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Horacio Casco & Batista Benengeli

Relato de un análisis reo y mataburro de psicoanálisis

Segunda edición

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INTRODUCCION | PROLOGO | UNICATO | DUQUESA | TRICOTA | CUATERNO | COCINERO | LA MEDIA | LA ESCOPETA | OCHOA
NOVOA | DIEGO | PALITO | DOCENA | LA YETA | EL BORRACHO | LA NIÑA BONITA | POST-SCRIPTUM | MATABURRO | GUIA

INTRODUCCION

Sigmund Freud, inventor del psicoanálisis y troesma de troesmas, no hizo capote facilongo ni cachó la canasta gratarola, de prima la yugó de abajo, reventó la burra de la pensadora y salió de perdedor porque la embocó bien pulenta: el psicoanálisis fue un flor de batacazo sin grupo pa’ darle la biaba a los balurdos del farabute con sabiola en orsái, pa’ escrachar a los cartones que toman mate nomás que con la vieja y deschavar al grata que talla de machimbre en la parada, pero dopo juna chomas de ganchete, y solari en el cotorro se prueba la enagua de la paica, pa’ ver como le queda.

Aparte todo lo que le orejeaba a los neuras que hacía tirar en el diván pa’ que chamuyen de lo que se les cante y de paso filetearle los berretines inconcientes el troesma iba y lo ponía en los brolis con parlamento bien debute. Pa’ que manye hasta el más otario veterano. En cambio los psicoanalistas sin carpeta de hoy en día farolean con una chamuyeta abacanada, la van de jailaifes y yuyetas y parlan con labia entreverada, nada más que pa’ mandarse la parte y darse dique con la gilada.

Pero pa’ que el reaje mistongo no se trague más la milanesa y manye postaposta el psicoanálisis sin sanata ni camelo, en este broli que nos hicimos en yunta con el licenciado Horacio Casco, te tiramos en parla rea de la yeca cómo un púa rante como yo -pa’ mi bien o pa’ mi mal- tuvo que ir a parar al diván del psicoanalista. Pero a la final hice bien y eché buena, ya te vas a dar cuenta vos también cuando manyés el broli.

De yapa va un mataburro que te bate la justa sobre el renombrado Complejo de Edipo, las pifiadas de los actos fallidos, las vigilanteadas del Superyó y las maneras jodidas que tiene el turro del inconciente pa’ salirse siempre con la suya.

Y encima, a los que se rajaron hace mucho del rioba y ya no mancusan la parla yengue, o a la gilada que nunca salió del centro y no casa una, de puro tauras que somos les tiramos una soga al final del broli.

Batista Benengeli

Los Refutadores de Leyendas no se limitan a demostrar que el mundo es razonable y científico, sino que también lo desean así. (Este es seguramente su peor pecado).
Alejandro Dolina

Es incluso muy ofensivo para alguien tomarlo al pie de la letra, porque siempre más bien hay que entenderlo más allá de lo que dice, puesto que es siempre más allá que yace el sentido.
Jacques-Alain Miller

PROLOGO

Viena, 1920: Sigmund Freud publica "Psicología de las masas y análisis del yo", un profundo estudio sobre las identificaciones colectivas y las formaciones inconcientes; Buenos Aires, 1920: Gardel lleva al disco "Milonguita", con letra de Samuel Linnig y música de Enrique Delfino. Si para Freud la patria de los mitos es el mismo inconciente, para los argentinos el mito mismo de la patria es Carlos Gardel. Tal vez sean meros artilugios, forzada coincidencia o rebuscadas sincronías, pero las enseñanzas freudianas y el historial del tango cada uno a su modo, si se lo quiere y se lo puede ver, prohíjan en su seno el mito de los orígenes, la nostalgia de haber sido, el dolor de ya no ser, e indiscutiblemente un infinito anhelo de algo más. Tal vez la eternidad de unos laureles que no supimos conseguir. O la fugacidad de un instante que nunca volverá. De Freud aprendimos que no hay imposibles para la fantasía. Y del tango sabemos que, definitivamente, no los hay para el deseo.

A riesgo de caer en el estereotipo valuado como ingenioso desde el discurso psi, se hace inevitable un interrogante de apertura: tango y psicoanálisis, ¿un encuentro imposible? No sé si a todo el mundo le resultará interesante y divertido inventar encuentros irreales, pero en mi lejana adolescencia a mí me apasionaba imaginar hipotéticos y fantásticos diálogos entre Ringo Bonavena y el Che Guevara, el Hombre de la Barra de Hielo de "Titanes en el ring" y la escritora Victoria Ocampo, B.B. King y Roberto Grela. Y en tren de pura diversión a Sigmund Freud y El Morocho intercambiando puntos de vista sobre el pique de Lunático, las gambas de las neoyorquinas, los yeites de la pebeta Dora y su berretín con la señora K.

Pero en la vida cotidiana también hay situaciones, menos exóticas claro, que nos obligan a cuestionar nuestra capacidad de asombro y hasta replantear nuestro pesado bagaje de prejuicios. Personalmente me pasó algo así hace unos cuantos años en el antiguo ferrocarril Roca todavía sin electrificar, a partir de una situación intrascendente y casi banal: escuchando un tango.

Yo era para entonces un joven psicólogo con dos meses de egresado en camino hacia Plaza Constitución. Media hora antes había tenido una brevísima y desconcertante entrevista con el director de una institución analítica cercana a la estación de Gerli. Luego del saludo de rigor, y sin dar lugar a presentación alguna, el tipo me había largado de sopetón: "¿Vouz parlez français, monsieur?" A continuación pasó a informarme por suerte en castellano que si yo deseaba ser partícipe de su importante proyecto no me vendría para nada mal manejar un poco el francés. Después le pidió a la secretaria que trajera unos cafecitos desabridos, recordó con entusiasmo la gloriosa gesta fundacional de la institución cinco meses atrás, miró la hora mascullando "¡Merde!", y me dio sin ambages olímpicamente el espiante. No sin antes recomendarme encarecidamente que me contactara con su secretaria, sin falta, apenas pudiera sostener un razonable diálogo en la lengua de Moliere. Con acento parisino.

Nerviosamente, y sin que él siquiera lo notara, le dejé sobre el escritorio mi breve curriculum prolijamente adosado a una carpetita bien debute y me las tomé.

Fue en el viaje de regreso cuando escuché aquel tango. Brotaba de una gastada, chillona e increíble Spika del tipo que viajaba a mi lado. La inconfundible voz de Alberto Echagüe desgranaba un clásico tango canyengue que yo, seguramente, había oído muchas veces. Pero esta vez, no sé por qué, presté atención a la letra:

"...Las va de que es junado, conversa de sotana, su vieja ferramenta la tuvo que amurar... las va que fue ladero de puntos remanyados... tiene pinta bulinera de gavión de rango miyio..."[1]

Y entonces, instantáneamente, se me reveló que la mayor parte de mi vida había escuchado una increíble cantidad de tangos cuyas letras entendía mucho menos que el francés. Y el dato más inquietante: recién me daba cuenta.

Mientras se me confundía retrospectivamente la vergüenza por mi torpe respuesta al director: "Y... un poquito", con el estupor por su comentario: "¡Mais c’est intolérable!", otra parte mía navegaba por un archipiélago argótico que fragmentariamente se asomaba a mi memoria: chaferolo, goruta, marroco... Nunca antes me había percatado cómo se me piantaba el significado de estos términos. Llegado a Constitución metí la mano en el bolsillo y me encontré con la sofisticada tarjetita de la institución analítica. Leí en dorado sobrerrelieve: Campo Analítico Pa-Ger (que debía querer decir París-Gerli o algo así, según le había parecido a la desaprensiva y novata secretaria de los cafecitos desabridos, la hice un bollito bien chiquito y la emboqué, de puntín y carambola, en un inmenso tacho de basura que estaba como a cinco metros.

Esa misma semana, y después de olvidarme del director, de la institución y del francés, me puse a investigar algunas publicaciones populares antiguas y letras de tangos y milongas de la vieja guardia. También consulté diccionarios del habla jergal rioplatense, busqué y rebusqué en librerías de viejos y visité cuatro bibliotecas públicas. Pero no me interesó el asunto para abordarlo desde lo semiológico-semántico, el análisis morfosintáctico o la erudición etimológico-lexicográfica, sino a partir de la estructura fonológica en su articulación fonética real. O sea cuando la gente habla.

Reuní todo el material que pude, resumí, extracté, me compré un grabadorcito de los que usan los periodistas y, para trabajar en paz e inspirarme, me puse a buscar un bar con suficiente tranquilidad y cierta atmósfera de antaño.

Empecé a frecuentar después de varios intentos fallidos por prestigiosas confiterías profusamente recicladas, boliches no antiguos sino sencillamente decadentes y bares nuevos disfrazados de viejos un Café-Bar-Billares de La Boca, con auténtico mostrador de estaño, añosas sillas vienesas barnizadas, piso de baldosas cachadas con dibujos incaicos, ventiladores de techo desprovistos de relucientes adornos y paredes pobladas de oscurecidos cuadros de ignotos y olvidados artistas. Una gastada escalera de mármol ascendía a la planta alta, desde donde brotaban de vez en cuando los secos repiqueteos de las esferas de marfil. Los escasos y callados parroquianos y una suave música de tango, emergente de cuidadísimos long play, envolvía todo en un cálido aire de tenue intimidad.

Después de unos meses de asidua concurrencia, y apenas el mozo me veía llegar, me acercaba él solo el cortadito con las dos medialunas de grasa y el vaso de agua fría de costumbre. Una mañana, mientras repasaba las fichas acumuladas y me deleitaba con una esmerada selección de Osvaldo Berlingieri, se me arrima y me comenta sobre el hombro y como al paso:

Acá hay otro como usted que también viene, un gordito melenudo.
- ¿Por qué como yo? le contesté girando la cabeza con cierto malestar, considerando que si bien me afligían unos kilitos de más y no visitaba con cierta regularidad al peluquero, no creía merecer tan chabacana y ligera descripción.
- Porque siempre viene solo y se la pasa escribiendo.
- Debe ser un vendedor haciendo cuentas, le respondí de malhumor y sin convicción.
- No, me dijo con vehemencia, es uno que escribe en un cuaderno y aparte se hace el porteño cancherito, el otro día le gritó con todo desde la ventana de ahí a un muchacho que cruzó mal la calle y casi lo agarra el colectivo: "¡Che pastenaca, por qué no junás cuando cruzás la yeca, a ver si te apiolás y descubrís que están los semáforos, paparulo!"

Mi interés por el otro fue creciendo a medida que el mozo se iba en confidencias, ya para entonces con el brazo apoyado en mi mesa y las piernas desenfadadamente cruzadas: Que viene a eso de la tardecita. Que se sienta en la otra punta. Que pide ginebra, grapa o caña. Que alguna vez se apareció con una guitarra. Que usa sombrero. Y que a la plata le dice mosca, biyuya o meneguina. Y aunque el mozo siguió entusiasmándose en la descripción no hizo falta más: yo ya había decidido que ése era nuestro hombre en La Boca.

Pero como yo no sabía qué era exactamente "a eso de la tardecita" volví al bar a las cinco y media de la tarde. A las ocho menos cuarto apareció el sujeto, me di cuenta porque coincidía casi exactamente con la imagen que el mozo parlanchín y observador que ahora no estaba había acertado en transmitirme: Petiso, cincuentón, gordito, melenudo, con sombrero marrón oscuro de ala gacha, ojitos vivaces y un escarbadientes mocho colgando de los labios. Se sentó lanzando una espiración entre el suspiro forzado y el eructo contenido, tomó unas cuantas copas a las apuradas, sacó de un portafolios de cuero marrón gastado un cuaderno de espiral y tapa dura y escribió con birome azul durante cuarenta minutos. Después, sin darme tiempo de abordarlo, guardó todo, tiró la mosca sobre la mesa y se las picó.

Al mejor estilo policial lo seguí a tres cuartos de calle desde la otra cuadra de la cancha de Boca. Caminó a paso lento y tranquilo, comiendo mandarinas que iba sacando del portafolios, hasta México y Bolívar, en San Telmo. Subió por una escalera estrecha y empinada a "El Bancadero", una mutual de asistencia psicológi­ca como decía el cartel de la cual yo tenía ciertas y buenas referen­cias. Pero como se me habían hinchado los pies por la caminata paré un taxi y me fui a casa, busqué en la guía telefónica el número de la mutual y pregunté con voz de paciente primerizo si los psicólogos de ahí eran buenos, cuanto cobraban y lo que a mí realmente me interesaba qué periodicidad tenían las sesiones. Me dijeron, muy amablemente, que a pesar de todo eran bastante buenos, que cobraban muy barato y que atendían una vez por semana. A los siete días me fui de vuelta hasta "El Bancadero" y me planté en la vereda de enfrente.

A la hora señalada salió el tipo; yo tenía que negociar entre la remanida timidez y mi real interés por el asunto, así que como no me animé a encararlo pese a que lo había ensayado frente al espejo toda la semana lo seguí de nuevo. Esta vez caminó a paso lento, tranquilo, y fumando Particulares albañiles, hasta el barrio de Nueva Pompeya. Entró a "La Blanqueada" y pidió una grapa. Yo me senté a cinco mesas de distancia, abrí un diario para taparme la cara –como lo había visto hacer en las películas pedí un agua mineral sin gas, y con mucho disimulo me saqué los zapatos.

Con cara feliz, y hasta casi descan­sada, el hombre tomó un traguito, prendió un cigarrillo y sacó del portafolios el famoso cuaderno y otro pilón de papeles que desplegó sobre la mesa. A la distancia parecían manuscritos mil veces corregidos con sobretextos y tachaduras. No me aguanté más: me acerqué y le pedí fuego. Mientras prendía mi cigarrillo alcancé a leer de reojo, en algo que parecía un soneto de apretada letra, la palabra "tristesa" (sic) tachada, y en el renglón de arriba "cervesa" (sic).

- Se ve que el señor es un poeta, le dije solemnemente, devolviéndole el pucho.
- Y de los buenos, me retrucó.

A partir de ese momento se inició una charla que se prolongaría hasta la medianoche. El personaje se llamaba Carlos Domingo no sé cuánto, pero le decían el petiso Carloncho. Evidentemente era un hombre de letras, pero últimamente se ganaba la vida como conserje del turno noche en el albergue transitorio "Nuestro Refugio" de Valentín Alsina que él insistía en llamar "el amueblado", y aparte redondeaba unos pesitos como sortijero en una calesita de La Boca. Yo, para salir del paso, me hice pasar por el director de la colección de poesía de una mediana editorial haciendo tiempo e interesado en descubrir nuevos valores para un nuevo proyecto de gran alcance. Le dije que, casualmente, todos los miércoles a la noche tenía un par de horitas libres y que no sabía qué hacer, así que si a él no le parecía mal nos podíamos encontrar, leer sus poemas, tomar unas grapitas y comentar ideas.

Así comenzó mi relación con el petiso Carloncho, y las explicaciones en mi casa por el tremendo aliento a alcohol de todos los santos jueves a la madrugada. El petiso me contó que vivía en Mataderos y que se hacía unas changuitas escribiendo cartas de amor sobre pedido para la gilada que carece de lirismo. Que hacía terapia de grupo y que le iba muy bien. Que hace poco se le dio por estudiar canto, y que por menos de setenta cuadras ni loco se sube a un colectivo. También me hizo leer ochenta y seis originales inéditos de trabajados alejandrinos (fieles a la sugerencia de Gabriel García Márquez de no calentarse por la ortografía), un ensayo con ilustraciones a la carbonilla hechas por él mismo intitulado "Flora y fauna del arrabal en el tango", un extenso y exultante panegírico futbolístico con el provisorio nombre de "Oda a La Máquina", una extraña autobiografía con dos finales y una recopilación, ya lista para su publicación y bastante interesante, de cánticos del tablón titulada "La doce no puede parar".

Lo que me asombró del poeta e incentivó aún más mi curiosidad más allá del palpable desparpajo y el desenfado de su cancherismo reo fue la recurrente e inagotable intención festiva y dicharachera que atravesaba de punta a punta su discurso.

Pero sostener una doble identidad me estaba costando muchas sesiones de terapia, frecuentes y terribles dolores de cabeza, bastantes agarradas con mi mujer, y la impertinente sugerencia de un colega, que detectando con olfato de maestro la resaca que me acompañaba todos los jueves a la mañana en la consultora donde cumplíamos funciones, trató de convencerme de que el alcoholismo es una muy fea y asquerosa enfermedad, y de lo efectivo que son los grupos de Alcohólicos Anónimos, confesándome luego sin tapujos que gracias a ellos él había cortado de cuajo con el chupi. Claro que solo por ahora. Por otro lado descubrí la dificultad de grabar las conversacio­nes a escondidas: o se me terminaba el cassette y no lo podía dar vuelta, o no acertaba con el "Play" y el "Record" a la vez tanteando en el bolsillo canguro de mi campera, sin hacer ruido ni ponerme nervioso. Así que una noche, antes de que el poeta pidiera la cuarta vuelta de grapa doble, le sinceré mis verdaderas razones.

Le dije que me disculpara, pero que en realidad yo era un tímido psicólogo que investigaba por su cuenta el habla popular porteña, y que había sido, hasta que lo conocí, aburridamente abstemio. Pero que creía que él, con su bagaje de tanta experiencia de vida y una agudísima e infrecuente percepción de la realidad (esto para dorarle un poco la píldora) podía darme una manito. Sobre el pucho, sin mosquearse, haciendo redondeles de humo y satisfecho de sí mismo por haberme agarrado en falta, el petiso me largó un sermón sobre la lengua orre. "Mire licenciado, hay una parla de broli pretendidamente rea, pero prolija y de moñito, que ciertos sabihondos con dique de filólogos gustan de apropiarse y dictar cátedra, como si fueran de la Real Academia, pero la verdadera parla orre es la que va orilleando los diccionarios y chapalea en los arrabales de la gramática, no para meterse sino para rajarse; ahora no me vaya a salir usted también con la cantinela cagatinta de los que se empolvan a propósito de nostalgia para parecerse un poco a los yeites inventados sobre el rioba y el gotán". Luego me largó que me dejara de joder con seguir a la gente, esconder grabadores y averiguar en los libros las cosas de la vida, y que si de veras estaba interesado en saber de la gualén posta de la yeca que me arrimara hasta Mataderos, donde él podía presentarme una persona que casualmente tenía algo que ver con los psicólogos, pero no se extendió en más detalles. La verdad, en un momento me sentí desasosegado, y hasta llegué a pensar que el petiso se vengaba tomándome el pelo, pero igual anoté en un papelito la dirección que me dio y quedé en ir a verlo a Mataderos en unos días, a eso de las ocho y media de la noche.

El 97 me dejó a once cuadras. El bar del encuentro quedaba en el corazón de la niebla de los frigoríficos. Envuelto en un halo de mágico misterio y un áspero olor a chicharrones estaba el oscuro pero acogedor cafetín "El Trébol". Allí, efectivamente, me esperaban el petiso y un amigo, un tal Batista Benengeli, tomando unas cervezas con una picadita completa, que al final tuve que pagar.

Hombre de mirada dura pero amable, Batista vestía saco azul con hombreras, camisa Ombú celeste y pañuelo de cuello. La piel cetrina y un inmenso bigote tipo Nietzsche lo ponían a mitad de camino entre el compadrito arrabalero del imaginario colectivo y el intelectual errante de Kostas Axelos a Foucault, pero también con cierto aire de viejo militante de la izquierda setentista. Sin preámbulos me largó una historia tan sentimental y disparatada como curiosa e hilarante. Y con un lenguaje que yo solo había encontrado en algunos escritos de Carlos de la Púa, Celedonio Flores o Julio Ravazzano Sanmartino. Pero en un desconcertante entrevero de referencias temporales más cercano a las gambetas del inconciente que a la bizarra mística del arrabal. Poco después me daría cuenta que se parecen bastante.

Mientras el petiso Carloncho pedía otra vuelta –esta vez de ginebra con hielo para ellos "y una naranjada (sic) para el amigo, acá el licenciado" le pregunté a Batista Benengeli si no tendría problemas en grabar con tiempo su relato, con la probabilidad de una publicación. Agarró viaje enseguida.

Durante dieciocho semanas nos encontramos grabador de por medio, pero ahora a la vista varias veces en "El Trébol", algunas en mi consultorio, otras en la cervecería "Bremen" de Caballito y una vez en un barcito de parado del Once, mientras mi relator devoraba un morcipán con bastante chimichurri y una cervecita, esperando el rápido para Haedo.

Cuando desgrabé y transcribí los diecinueve cassettes de noventa minutos y le alcancé a Batista el primer borrador se le ocurrió agregar un Mataburro de Psicoanálisis, que él mismo elaboró casi de inmediato y que aparece a continuación de la historia. Para Batista es una valiosa guía de orientación para el lector, para mí una versión sucedánea y rantifusa de los glosarios que usualmente figuran en los libros de divulgación científica. Ambos coincidimos en agregar un segundo glosario que facilite al lector la comprensión de algunos términos que no figuran en los diccionarios oficiales del idioma esos osarios de palabras, como dijera José Gobello que Batista sugirió titular: "Guía pa’ que también manyen los que se rajaron del rioba y no se recuerdan de la parla yengue", y para cuya confección recurrimos a la colaboración de los amigos de Batista, a quienes él llama "la barra". Por último, el título general "Pa manyar a Freud" fue sugerido por el petiso Carloncho y unánimemente aceptado.

Desde aquella conversación con el poeta en "La Blanqueada" y mi primer encuentro con Batista en "El Trébol" ha pasado ya mucho tiempo. Hoy, repasando el texto completo y a pocos días de su publicación, me cuesta aceptar la existencia y veracidad de algunos personajes moviéndose en un revoltijo de hechos y tiempos en los que el narrador despliega su singular testimonio (que de todas maneras, tanto el editor como yo, decidimos respetar). Del licenciado Cayetano Bertolotti, por ejemplo, me enteré por boca del mismo Batista que en este momento está volando de Nueva York a Teherán con escala en Pretoria, para asistir a un congreso internacional, pero después de tres meses de fatigosa búsqueda por diversos archivos y redes informáticas no hemos hallado su inscripción en ninguna asociación o colegio profesional, ni encontrado el registro de su egreso de ninguna universidad nacional o extranjera, como tampoco la matrícula habilitante para el ejercicio de la psicoterapia. Otras personas y situaciones me acarrean aún más dudas. Es más: a veces pienso si la secreta intención de Batista Benengeli como la confesada por Borges en el epílogo de sus obras completas no será la trama mitológica de un espacio y un tiempo del Buenos Aires que nunca existió. O si la barra, la santa, el licenciado Bertolotti, la Marisel, y hasta quizás el mismísimo cafetín "El Trébol", no serán el beneficio secundario de un corazón ahogado en un silencioso río de ginebra y de barro. Allá por los arrabales del sur.

O como una vez me dijo el petiso, en respuesta a mi asombro y azorada mudez, mientras él trataba de embocar carozos de aceitunas con bastante precisión, por cierto en el cenicero de la otra mesa del café: "No se lo tome tan en serio licenciado, después de todo la cuestión es entretenerse un cacho nomás".

LIC. HORACIO CASCO
Al sur de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de la Santísima Trinidad en el Puerto de Santa María de los Buenos Aires.

RELATO DE UN ANÁLISIS REO

(EL CASO BATISTA CONTADO POR ÉL MISMO)


1. Unicato

EL MOTIVO

Todo empieza una fría y triste madrugada de garúa, al volver al bulo después de una noche de garufa por Barracas al sur. La percanta que acamalaba, la que era mi alegría, esa florcita de fango del Riachuelo, me había amurado en lo mejor de mi vida. Apenas abrí la puerta y embroqué el pelpa de envolver el fiambre encima de la banqueta y escrito a las apuradas: "Chau chitrulo", se me piantaron las ganas de vivir. Pero ahí no terminó todo mi mal, también el salchicha querendón se tomó el piro a los dos o tres días, harto de cagarse de hambre y de bancarse mis lamentos. Parece que cuando al fin quedamos solos el rope me chamuyaba con los ojos tristones: "Embagayá las pilchas y piantate de la pieza, Batista, esto no se banca". Prefirió los rigores de la yeca a verme tan cacheteao por el destino y todo el santo día sin consuelo. Y entonces sí: amurado por partida doble ahí nomás largué el laburo, me tiré al abandono y le empecé a dar al escabio, campaneando la catrera desolada, las pilchas viejas, las flores secas y mi alma atormentada colgando de una percha. Todo lo que quedaba desde que la nami se rajó del bulín pa’ acoplarse a no sé quién. Y volví a la casita de La Vieja, allá por los Corrales de Mataderos. Al arrabal florido y mistongo que me vio nacer.

Todo estaba como entonces: la calle, la casa, la panadería y el corralón de al lado. Llegué vencido con mi atadito al hombro, el Winco, los discos, el cuadrito de El Zorzal y el póster de la Gloriosa Academia. La Vieja apenas me vio llegar no me dijo nada. Hacía veinte largos años que me esperaba con la pieza bien barrida, la catrera recién hecha y el mate calentito. Mi foto de purrete y los trofeos y copas del finado estaban adornados con geranios. Había olor a pucherito de gallina y la mesa estaba puesta. Radio El Mundo pasaba "Derecho viejo" de Arolas, y que venía atrasado el diecisiete[2] . Yo no podía ni tragar la sopa de dedalitos por el nudo que tenía en el gañote, así que dejé el puchero pa’ otro día, le di alpiste y le cambié el agua al viejo canario cantor y me fui a mi zapie a torrar un cacho la siesta. Pero no pude apoliyar. Todo lo que había ahí me parecía triste y desparejo: el banderín y las fotos de "El Gráfico" del 66, el paraguas colgado de un gancho, el espejo empañado. La Santa sin embargo parecía como contenta, había estrenado repasador y tenía puesto el delantal floreado dominguero. De mientras me acomodaba la pilcha en el ropero cantaba bajito "Yo soy la morocha..."

A la tardecita me fui hasta "El Trébol" lo único en la vida, vea y me encontré de vuelta con los gomías de la vieja barra: el flaco Sarampión, quemero y bastante ligador; el petiso Carloncho, gallina y bardo rante; la yunta del cabezón Moretones y el dientudo Gargajo, bosteros, hábiles pa’l sapo y el metegol; y el Chueco Repisa, cuervo y calentón, pero gomía del alma. Los muchachos mataban el tiempo entre monte, pase inglés, dominó y truco y mancusaban de sultanas guerreras, del 8 a 2 de Independiente contra Lanús y del baile increíble de los nigerianos. Al enterarse de mi desgracia se rompieron a la gurda pa’ entusiasmarme en un chinchón por cinco cervecitas, llevarme de prepo a los bailongos y trifulcas de "La Estrella del Maldonado", el bar "Bolivia" y el "TakaTaka" adonde tocaba el troesma Firpo y arrastrarme a cantarles serenatas a las chicas de Flores. Cualquier cosa, vea, con tal de sacarme del aplaste y el estufo. Pero yo era una sombra del que supe ser. Andaba con lo que después me buchonearon se llama depresión y de las más fuleras que me caloteó la risa en plena juventud. Con los gomías yo podía chamuyar la noche entera, pero en vez de consolarme empezaban a tirar pálidas sobre los bulines donde las minas meten mano y nada es más como era antes: te empiezan a joder con eso de "En esta zapie llena de humedad me falta espacio pa’ mis frascos con moños, todos del mismo color, y que pa’ ponerte las cortinas como vos querés primero me tenés que pintar la persiana; a la final te la pasás pitando todo el día y una meta barrer los puchos que dejás tirados por ahí". De mientras yo me la pasaba meta embrocar el culo del vaso, pa’ no mirarlos de frente, ellos acordaban que lo más piola es la pareja transitoria y sin compromiso. Y que pa’ picaflores como nosotros, cuanto más transitoria y con menos compromiso mejor.

Como con la barra no me entendía mucho, con el único que sinceraba un poco las heridas que tenía en el alma y las espinas clavadas en el corazón era con el peluquero. Primero porque era de Racing como yo, y dopo porque hacía treinta y cinco pirulos que me cortaba las crenchas. Desde que el finado del viejo me llevaba de jopende y me sentaban en la sillita alta de caña, mientras él aprovechaba pa’ relojearse de garrón el informe bursátil y "El Alma que Canta". Al verme con la zabeca tan gacha que agatas si me podía pasar la navaja por la papada y aparte acobardado como un pájaro sin luz, don Victorio me chimentó a la sordina que él se dedicaba nada más que a emprolijar es un decir las piojeras por afuera, pero que de la parte de adentro, cuando les anda patinando el embrague, se encargan unos puntos que le baten psicólogos. Y medio secreteando, mientras sintonizaba "Ronda de Ases" por LR4 Radio Splendid, me confidenció que un cuñado suyo, choborra y burrero empedernido, una vez que andaba medio bajoneado, seco y enfermo por los chuchos, fue a ver a uno de esos psicólogos y ahora anda como nuevo. Aparte hacía poquito había em­bocado la trifecta en San Isidro. Y si no que vaya a ver a un cura sanador, muy gomía suyo, pero que no vaya después de las nueve de la noche, porque a eso de las siete de la tarde, después que termina el laburo, al hombre se le da por ponerse a escuchar a Angel Vargas y chuparse unos vinitos. Así que a la nochecita lo agarrás siempre medio en pedo, y capaz que en vez de hacerte un exorcismo te quiere curar de los juanetes.

Volver a la casita de La Vieja no me convencía mucho. Pa’ tapar mi pena la barra no tenía más remedio que la joda y el chupi, y La Vieja el morfi, los rezos, el mate calentito, las bolas de fraile con dulce de leche y el remanyado "Ya se la va a pasar m’hijo", así que me encanuté en la zapie por cinco meses y me puse a pensar lo que me había tirado el peluquero, de mientras tomaba mate con tilo y me escuchaba de punta a punta "Naftalina" por Radio Municipal. Ni voluntad pa’ un solitario tenía, vea. ¿Qué joraca tenía yo pa’ batirle a un psicólogo más de lo que me venía batiendo a mí mismo desde que la nami se piantó del bulo?: "A lo macho te la tenés que aguantar, Batista, namis hay de sobra, pinta no te falta, labia tenés, ¿qué querés, la chancha y los veinte?" Y después me mandaba cada suspiro que hasta el pelpa de la zapie se descolgaba de a poco hasta quedar descolgao. Y cada vez que La Vieja me venía a despertar con el mate mañanero y las bolas de fraile me empezaba a agarrar una cursiadera chirle y me venía dolor de bocho. Aparte me había salido un flor de forúnculo ahí adonde te jedi, que se me hinchaba cada vez que seguía al troesma Sosa musitando con saña: "Este ¡odio! maldito que llevo en las venas me amarga la vida como una condena..." Mi única distracción era vichar por horas la colección de trompos que atesoraba de jopende: cuatro temibles troyeros, siete longilíneos batatas, un hábil corralero y tres cachados cascarrias.

Pero un día, de mientras el Cuarteto Colángelo se mandaba "El Amanecer", una matina alegre que se escuchaba cantar a los pajaritos y por la ventana entreabierta se entreveraba un rayo de sol con el olorcito a tortas negras calentitas de la panadería y se escuchaba el griterío de los pebetes jugando a la culadera y a ver quien meaba más largo, me batí firme: "Batista: vos no podés seguir así". Y llamé urgente a La Vieja.

- Vieja, ¡voy a cambiar! le batí desiderio.
- Menos mal, m'hijito me contestó con la maceta del potus en la mano, ya mismo se me pega un baño, se me afeita bien afeitado y se me cambia de pilcha.
- ¡No vieja, voy a cambiar la perra davi que vengo llevando desde que volví a esta casa!
 - No se me aflija m'hijo, que yo ya le estoy rezando al Rodrigo, a la beata Roxana y al Santo Grial, pa’ que ésa pérfida mujer que lo traicionó vuelva a su lado lo más rápido posible, y me lo haga de nuevo feliz, si eso a usted le gusta.
- ¡No vieja, antes de calzar cornamenta a sabiendas me mato, me pego un tiro, me achuro, me amasijo, me tiro abajo del tranvía, o algo todavía peor! salté de lo más estrilado y revoliando el frasco con las pastillas de Veronal y una bola de fraile medio mordida por la ventana, que justo le fueron a dar al gorro del enano de cemento del jardín.
- Entonces vea m’hijo, me retrucó La Santa, de mientras regaba el potus limón que adoraba le conseguí el teléfono de una parapsicóloga, porque pa’ mí que a usted le han hecho un daño. Esta mujer es ahijada de la nuera de la comadre Pamela, la de la galletitería del mercadito, se llama Raquel Millerinsky, dicen que es de las buenas y aparte cobra barato. Usted tiene que ir a verla pa' que ella le diga lo que le conviene.

Pero don Victorio me había batido "psicólogo" y esta Raquel era "para". Yo no entendía mucho la diferencia y me parece que La Santa más o menos así que esa tarde, pa’ que no se me quemaran los pelpas, me calcé la daga y el chumbo, me puse el lengue con mis iniciales bordadas, casé el funyi y salí pa’ "El Trébol". A consultar con el equipo. Pero antes me puse los lentes ahumados, porque hacía varios me­ses que no me daba el sol en la jeta.

Pero cuando llego, los yoyegas que mataban el tiempo con una partidita de mus me avisan que los gomías hacía un ratito se habían rajado con un toco de vales promocionales que les habían regalado por la yeca pa’ la inauguración del piringundín top de San Justo "The Naked Phallus Bawdyhouse", adonde iban a amenizar los pibes de "Subte A". Yo me quise cortar ahí mismo todas las venas juntas, partirme el marote contra la pared, aplastarme el dedo gordo con un piano de cola, arrancarme el forúnculo con una tenaza, tirarme de arriba de todo del monumento al resero y hacer chirriar la tiza en el pizarrón de a propósito. Pa’ joderme por boludo.

Volví pa’ las casas masticando la hiel de la amargura y ya estaba por mandar a la mierda a todos los psicólogos y hacerme una escapadita eso sí, temprano a lo del cura chupitegui. Pero carburé un cacho, y pa’ no contrariar a La Vieja, y aparte pa' ver lo que era, me llegué al otro día hasta el consultorio de la tal Raquel, que quedaba por el lado de la recova de la yeca Centroamérica, en la Plaza Miserere.

Apenas abrieron la tapuer ahí nomás manyé que la cosa no iba a andar ni pa’ atrás ni pa’ adelante: estaba lleno de estatuas de santos adornadas con flores de plástico y velas prendidas, del techo colgaban ristras de lucecitas de colores y las paredes estaban repletas de banderines de Anillaco. Tres sofaifas y un punto esperaban pa’ atenderse. Una paica que la iba de secretaria y que aparte estaba bastante fuertona me batió que antes de pasar a ver a la señora Raquel tenía que anotar mis datos en un pelpa y que tenía que gatillar la consulta por adelantado. De mientras pelaba el cuero y le garpaba, canté nombre, apellido, alias, profesión, domicilio, estudios cursados, teléfono, signo, decanato, marcas corporales, correo electrónico y fax, signos estelares de mi nacimiento, referencias comprobables y pasatiempos preferidos. La nami escribía de mientras pitaba como escuerzo con la radio clavada en LR4 Radio Splendid, transmitiendo a Iván Caseros que presentaba a Rivero. Después, de mientras es­peraba pa' que me atiendan, y pa’ matar el tiempo, empecé a relojear de a uno a los que aguantaban sentaditos y musa como en lo del dentista.

El punto con pinta de cagatinta tenía jeta y facha de boludo, y pa’ mí que era boludo nomás, porque si andaba fallo de minaje y le faltaba pique lo que tenía que hacer era cortarse un cacho de la flor de vinagrera que calzaba, dejarse el tegobi grueso y empilchar a lo varón, sin ese saquito bataraz ni esa gorrita tilinga haciendo juego. Se ve que aparte de faltarle encanto todo lo había conseguido garpando como un chabón. Las namis tenían pinta de desengañadas, estaban todas angustiadas y llorisqueaban cada vez que se acorda­ban de aquel desengaño.

La que estaba al lado mío me empezó a fichar con descaro. Era una flor de potra con pintusa de bacana con un tapado de armiño todo forrao en lamé, llena de collares y pedrerío de colores. Yo casé una revista como quien no quiere la cosa y relojié a la paica de ganchete. Ahí le empezaron a rodar los lagrimones, y casándome de sopetón de la solapa me chantó toda atragantada que se llamaba Gisela Rubensky, que estaba perdidamente enamorada de un tal Ernst Lehrs, un dandy peinao a la gomina engrupido, charlatán y piantadino, que con el verso que no puede decidirse de una vez sale con dos minas a la par: "Conmigo que soy toda una señora de chalet y con un loro todo desplumado, una percalera sin peleche que lo tiene dado vuelta, aparte con el yeite de que perdió los lentes culo e’ botella que usa me manguea todos los santos días 3,85 bataraces, que pa mí, qué quiere que le diga don, son pa’ ir a encurdelarse al cafetín", me batió toda hecha un mar de lágrimas. "Aparte desde que se hace atender por un psicoanalista está más pirado que nunca, se le dio por usar calzoncillo de lata porque dice que como de purrete se hacía tanto la rata en el colegio y ahora tiene mesa ratona, usa funyi arratonado y se hace los ratones con la Silvia Süller tiene un cagazo bárbaro de que algún roedor se le emporre de prepo por ahí más abajo de la espalda, ¿a usted le parece que habiendo tantos taitas malevos y buenos mozos, como usted por ejemplo, a mi me tenga que tocar un colifato como éste?" me largó la mina entre pucheros y soplándose los mocos.

Apenas pude retrucarle que no se haga problemas, que ratas, lauchas y ratones son animalitos bastante asquerosos, pero que yo no sabía si les daba el cuero pa’ tanto. Por suerte vino la secretaria y le batió que pase.

A mí me tocó después que salieron todas las minas con una vela colorada cada una y el que te jedi con un paquetón de muñamuña y un frasco de depurativo Pagliano en el sobaco. La tal Raquel con un vestido de moaré azul eléctrico, las uñas pintadas de rojo sangre y pinta de ligera pa’ los mandados estaba sentada atrás de una mesita con un paño verde. Me dijo que me sentara en una sillita descangayada, y sin tiempo pa’ perder y con fondo musical de Los Guarros, desparramó un montón de barajas con dibujos rarones y me batió:

- Mire Batista, las cartas dicen que hubo en su pasado una mujer traicionera que le ha hecho mucho mal, pero también veo que pa’ su suerte y por su bien hay un hombre que entrará en su vida: simpático, preparado, con un poco de pancita pero le queda bien; con las chapas un poco voladas pero muy inteligente, una luz, vea, barba entrecana, lentes bastante gruesos...

Yo ahí me empecé a poner cabrero, me acomodé en la silla, tosí adrede ladiando un cacho la solapa pa' que la fulana se apercibiera que calzaba el fierro, me mandé de a propósito una flor de escupida en el sopi bien a lo chancho y mancusé cualquier cosa con voz de macho pa' que las mina se diera cuenta que yo no era ningún fifí a lo chiqué ni ningún chuchi ni pichi de andar con chiquitas ni de modales suaves. La paica lo casó al vuelo y me batió hecha una furia:

- ¡Pero don Batista, no es lo que usted se piensa, este ser maravilloso tiene que ver con su felicidad, a este hombre se lo manda Dios pa’ sacarlo de la depresión y ese odio que lo está atormentando!

Yo le retruqué que pa’ mi felicidad no necesitaba ningún hombre. La parapsicóloga me salió al cruce con cancha, largando que lo que a mí me vendría muy bien era ir a ver un psicólogo de verdad, un licenciado posta, que era de lo que me estaba hablando, y que ella me podía recomendar pa’ que él me atienda. Ahí se me entreveraron más los tantos: ¿Pa’ qué quería yo otro psicólogo más? Pero la Raquel me confidenció que yo era un caso pa’ la ciencia, que conmigo no había yuyos, cartas ni consejos de cuarta, como los que ella les tira a la gilada. Que pa’ qué me iba a seguir engatuzando: "No es lo mismo un psicólogo que un parapsicólogo, don Batista", me bocinó a la sordina. Como me pareció posta lo que me tiró casé el papelito con la dirección que me anotó, la saludé y me las tomé contento. Al salir la secretaria me enchufó de prepo un elefante de la suerte de yeso pintado. Pero me tuve que poner como si fuera de oro.

Medio como pa’ festejar, y pa’ sacarme la baranda a sahumerio, me fui a bajar unos vinitos a "El Gran Otro", un rante cho­boli de chupandines torabas. Ahí me lo encontré, de puro pedo, al cabezón Moretones, que no conforme con el exceso de goce alcanzado en el quilombo de San Justo venía del "Café de La Pichona" de la calle Pavón, y todavía andaba buscando socio pa' seguir la farra. Como no nos veíamos desde que yo me había encanutado en la zapie, agarramos y nos fuimos a empinar unas cañas a un café del Paseo Colón bastante viejo pero reciclado por el arquitecto Livingston y después enfilamos pa’l piringundín alemán del bajo "Delikatessen~Schoppen & Minnen" donde Marito Cosentino se hacía unas changuitas tocando la trompeta.

Y ahí pasó de todo: Las mujicas milongueras que había eran dos bagayos pintarrajeados y un mionca amosférico que se hizo garpar diecisiete Hesperidinas; unos maringotes pechadores del vapor "Deutsches Kurdargarten", con jeta de gringos yobacas y flor de merluza encima, nos apuraron pa’ que, ya que estaba, los invitemos con unas copitas a ellos también. Palabra va, palabra viene, empezaron las puteadas en bajo alemán, el manoteo y apurado descule de botellas y la ostentosa exhibición de cachiporras. Los bagayos se nos pusieron en contra y haciendo alianza con los maringotes nos empezaron a tirar carteras, collares, hebillas, aritos, colitas pa’l pelo, medibachas descartables, potes de strudel de manzana, fichas de video juegos y hasta los monederos con las latas. Marito Cosentino también se calentó y nos revolió el pistón por la zabeca. Menos mal que nos agachamos a tiempo y se partió en dos contra la pared, estremeciéndonos en un lamento en sol mayor. De repente uno de los gringos redomones peló una daga como de medio metro, la revolió por el aire, la siguió con la vista, la barajó al vuelo y nos tiró: "¡Kompadritten das Pelotten!". Mi cumpa y yo decidimos jugarnos por el honor nacional y pelamos las facas: Arbolito versus Solingen. Picardía criolla contra fuerza bruta. Sur contra Norte. Por suerte las minas, cuando junaron los filos relucientes, se pusieron a pegar unos gritos tan histéricos que se enteró toda la cuadra y cayó la yuta. Nosotros nos pudimos rajar por el tapial del fondo disfrazados de Hare Krishnas, con unos manteles anaranjados como ponchos que manoteamos al vuelo y dos baldes pa’l hielo que usamos de tambor. Pero en el revoltijo me habían afanado todo lo que llevaba encima, aparte del funyi y el elefante de yeso. Y encima salimos llenos de piojos, pulgas, garrapatas, chinches, escarabajos, ornitorrincos y ladillas.

Cuando volví a las casas y La Vieja me preguntó cómo me había ido con la parapsicóloga, recién entonces me acordé del papelito y me tantié enseguida les griyos, pero en el entrevero se ve que me habían currado hasta las pelusitas. Primero pensé en volver a lo de la Raquel a buscar de nuevo la dirección del psicólogo, pero después me acordé del elefante de yeso y de lo que me lo habían cobrado y me batí: "Si esta era la buena suerte cómo será la mala, Batista", así que le conté a La Santa a las apuradas lo de la parapsicóloga saltiándome rápido lo del piringundín y me fui a apoliyar. Pero antes me pasé querosén por la piojera. Y por el otro lado.

Como yo seguía igual los gomías de la barra ya no sabían qué hacer pa’ tirarme un cable. Un día, entre grapas y moscatos, y de mientras sacudía el cubilete, el Chueco Repisa me tiró una que podía ser buena: yo me tenía que plantar a la hora de salida del Hospicio de las Mercedes[3] , y a medida que se rajan los que laburan ahí pispiarlos uno por uno, y al que me convenciera samparle derecho viejo: "Doctor, vea, usted tiene cara de bueno y de entenderme, atiéndame urgente que soy un caso desesperado".

Lo hice. Pero después de una semana de acoso terapéutico los que me cayeron bien fueron tres enfermeros, dos visitadores médicos y un piantado con permiso de salida que me dijo: "Ponete esta peluca de alondras y volá".

Hasta que una tardecita como cualquier otra, de mientras chairaba la daga en la zapie y escuchaba "El pabellón de las rosas" por el Cuarteto Polenta chupando unos mates con cedrón antes de rajarme pa’l feca, entró La Vieja de lo más acelerada a darme sacudones y a avisarme que tenía un llamado de un desconocido en lo de la Berta Pappenheim, la vieja de al lado que nos prestaba el tubo:

- ¿Batista Benengeli?
- Usted dirá, don.
- Sé que anda mal y buscando tratamiento pa’ curarse, Benengeli.
- ¿Y de áhi?
- Bueno, resulta que yo soy terapeuta, psicoanalista de prima y tengo mucha cancha; mi gracia es Cayetano Bertolotti, pa’ servirlo.
- ¿Y cómo me encontró, don Bertolotti?

Y en vez de contestar a mi pregunta el punto me canturreó con voz melosa y cadenciosa, a lo Rosita Melo:

- "...Batíiista, si tanto te han heríiido, por quéee te niegas al olvíiido, víiives inú­tilmente tríiiste, y séee que nunca merecíiiste, pagar con péeena, la culpa de ser buéeeno, tan bueno como fuíiiste, por amóoor..."

Yo no pude retrucarle, vea, tenía un nudo en el gañote y me saltaban los lagrimones como a criatura. El tordo lo agarró en el aire y me tiró sobre el pucho:

- Batista, qué le parece si nos encontramos en mi consultorio y chamuyamos un cacho de lo que le anda pasando, vea?
Vea Bertolotti, voy a tener que ir porque esta vuelta tengo una corazonada, y el de la zurda no es globero le contesté con voz finita y todo baboseado por la emoción.
- Por las dudas, Batista, anote mi tubo: cuaterno, la media, la caída, huevo, tricota, diego.

Esa noche en vez de enfilar pa'l feca me fui a patear por la orilla del Cildáñez a vichar renacuajos y carburar en mis asuntos. Pero volví temprano a las casas porque me vinieron los retorcijones y como una catarata de angustia y ansiedad la cursiadera chirle otra vez. La Santa suspendió de apuro el volauven de champiñones y me preparó enseguida una sopita de arroz. Y de mientras me pelaba una manzana grandota y bien lustrada me largó:

- Aparte de rezar pa’ usted el rosario todos los días, y por las dudas que tampoco se entienda con este doctor que lo llamó, m’hijo, le conseguí una entrevista con la pastora Deborah y un turno con una cieguita salteña, una milagrera abrecaminos que tiene el don y cobra barato. Aparte también le conseguí hora con Doña Rosaura, a las diez, pa' que le lea la borra del café.

- Usted no se ha enterado que los rusos mandaron a la perra Laika en un cuete pa' la estratósfera pa’ que chumbe a su gusto allá arriba, después al Yuri Gagarín más lejos, y parece que no van a parar hasta llegar a la luna. Hay que estar con el progreso, vea vieja, las curanderas son cosas del pasado y ya no corren más, ahora el último grito de la ciencia son los psicoanalistas; aparte usted sabe muy bien que a mí el café no me gusta y me da acidez le devolví firme pero esquivándole la vista. Yo me apercibía que La Santa me fichaba muda y con los ojos como el dos de oro.

No pudimos seguir la conversa porque ahí nomás me vinieron los retorcijones y tuve que salir cagando pa'l excusado. Nunca mejor dicho. De mientras me bajaba los lienzos alcancé a escuchar que La Santa me gritaba desde la cocina :

- ¡Aparte acá a la vuelta hay una angelóloga tarotista, y dicen que cobra barato!

Yo me chamuyé pa’ mis adentros: "La pobre se quedó en el cuarenta y cinco"

(a Enrique Santos Discépolo)

2. Duquesa

MI PRIMERA ENTREVISTA CON EL PSICOANALISTA

Habíamos quedado con el tordo el martes a la nochecita. Esa tarde me tomé unos mates con poleo, me remojé las patas en salmuera, me afeité bien afeitado abajo de la parra, le pasé bastante betún a los tarros y me acomodé bien temprano la pilcha de salir: el lengue largo, el funyi grone, los socinca de lunares y la daga; metí un manojito de ruda macho en el griyo, emboqué un moscato con cubitos y piqué unas aceitunas verdolagas. Ahí me empezaron a agarrar de vuelta los retorcijones que me venían jodiendo de hace rato, pero que me tenían peor justo desde la vez que hablé con el psicólogo. Ya se me iba haciendo tardón, así que me puse bastante Brancato en la piojera, empilché despacio y me fui a saludar a La Vieja, que fregaba en el piletón:

- Vieja, me voy del analista batí lo más tranqui que me salió.

Y como seguía enjuagando el camisón cuadrillé, como sin darme bola, repetí:

 - Vieja, me voy del terapeuta, ¿le pasa algo?

Ahí se dio vuelta. La Santa ya no se aguantaba más, se me tiró al hombro y me largó entre lagrimones:

- ¡Cuídese m'hijito, y no me vaya a aflojar que ya es un hombre, pero no se me deje llenar la cabeza con ideas extrañas a nuestra identidá, recuérdese que acá a la vuelta hay una angelóloga tarotista muy buena, y aparte acá está la madre que lo tuvo en sus brazos pa' contenerlo, pa’ escuchar sus penas y acompañarlo a elaborar el duelo!

Yo no sé por qué no se la pude devolver, de golpe me entró una pelusita en el ojo y justo se me atragantó el gañote, así que pegué la vuelta y me las tomé.

El consultorio del tordo quedaba a unas cuantas cuadras del cafetín "La Auténtica Puñalada", adonde toca el Fulvio Salamanca y sabe parar la banda del Orejudo Yónatan: matones, cuchilleros y flor de malandras si los hay, así que yo iba calzado, por las dudas. En el camino empecé a tener palpitaciones, parecía que el bobo se me quería saltar del cuero, y me chorreaba la gota gorda. Con disimulo, por si me pispiaba la gilada, hacía como que me acomodaba el bufoso, pero me tanteaba una puntada que tenía en el costillar. Pa’ colmo de males se me había chingado la sobaquera, me venía un tirón desde la verija hasta el cogote y me volvieron los retorcijones. Pero esta vez apreté las cachas y me la aguanté bien a lo macho.

La dirección que me había pasado el Bertolotti era una esquina de ochava cortona. Un saucecito atorrante sopapeado por la Sudestada estiraba una ramita que venía a pegarle a un cartel de chapa bien pintado y partido al diome por una raya. De un lado, con letra joya y bien fileteada a lo troesma Arce[4] , decía: "CAYETANO BERTOLOTTI  PSICOANALISTA", y del otro, escrito a las apuradas como pizarra de verdulero: "JACINTO BERTOLOTTI  PICA Y PICA  BAJADA DE CORDÓN". De mientras me leía el cartel toqué el timbre y aguanté. Justo cuando al tordo se le daba por sacar la tranca y abrir el portoncito yo estaba medio agachado pa’ vichar el cartel, porque me jodía la ramita del sauce.

El otro que dice ahí es mi hermano que vive al fondo me tiró el punto, usted debe ser el tal Batista Benengeli, ¿no?
El mismo que viste y calza batí yo muy nervioso, mordiéndome el tegobi y mancusando con la mirada: "Vos sabés que yo llevo en el alma marcado un dolor". Por la facha del fulano me di cuenta enseguidita que era el hombre que la parapsicóloga me había prometido que me iba a mandar Dios.

El portoncito daba a un pasillo cachuzo todo descascarado, adonde unos pibes con facha de bastante reítos jugaban al rango entre el gran griterío, y de lado a lado había un alambre con pilchas colgadas. Una bombita roñosa cacheteada por el ventarrón alumbraba un grafiti que decía: "AGUANTE EL SABALAJE COOL". La tapuer del consultorio estaba como al medio del pasillo y tenía un flor de sapo de los de antes. Mientras le emporraba la yúa el tordo me bate por lo bajo:

- Es por los pendejos éstos, si les dejo abierto aprovechan cuando me voy por un ratito pa’ meterse y hacer quilombo.

Apenas pasé lo primero que viché fueron tres cuadritos: de un lado estaba el Negro Cele Flores[5] picado de humedad, del otro una foto del Macedonio Fernández con el vidrio rajado, y en el diome un viejo de barba haciendo facha, pero de ese yo no tenía el gusto. Después me enteré que era el famoso y ponderado Sigmund Freud.

En un rincón de la zapie, blanqueada a la cal, con las baldosas todas cachadas y con bastante grela, había una mesa destartalada que la iba de escritorio, un par de sillas de fierro pintado y una catrera bastante piola que me dió a pensar que el tordo apoliyaba ahí, o que el rana se llevaba minas. Pero después me enteré que era el renombrado diván de los psicoanalistas. Del otro lado de una ventanucha mifusa que mangueaba una cortina había un Primus con una pava de lata toda negra y abollada, un tocadiscos de madera que pasaba a la orquesta de Juan Cambareri, meta y ponga con "El Llorón", y otro cuadro muy conmovedor de un payaso triste con un lagrimón rodándole por los cachetes. También viché una repisita con unos brolis cachuzos, una PC con todos los chiches, otro cuadrito chipé con unos versos que decían: "Atenti con la azotea, / que no te entre a filtrar / es difícil arreglar / el marote si gotea[6] ". Y un farol a querosén que ahumaba los tirantes del techo, desde donde nos campaneaban unas arañas cabezonas, ariscas y patudas, chochas y rechonchas por todo el bicherío que se juntaba ahí arriba.

El punto me hizo sentar en una de las sillas de fierro, él se puso atrás de la mesita, casó un pelpa a lo canchero, escabulló, pa’ que no se viera, una petaquita de ginebra por la mitad en el jonca de la mesa, y me largó de buenas a primeras:

- Bueno, usted dirá mi amigo, qué me lo trae por acá y qué me le anda pasando.

Yo me quedé musa, me venían de vuelta los tirones y se me cayó el tagarnina porque me temblequeaban los garfios. El tordo usaba lentes tipo culo de botella, tenía bastante busarda, barba a lo Karadagián y era medio peladito. Tendría alrededor de cuarenta abriles, todo posta como me le había cantado la Raquel Millerinsky. Pero todo eso se lo pispié al refilón, porque el cagazo me hacía esquivarle la vista. El tordo alzó las patas a lo plasta y las encajó arriba de la mesa, se echó pa' atrás a lo canchero y me chantó sacándose los lentes:

- Vos tenés un julepe de la gran puta, ¿no Batista?

Ahí casé y me apiolé que el Cayetano era un analista posta, un genio, un fuera de serie, una lumbrera, en fin, un señor. Se había dado cuenta de todo sin que yo abriera el buzón. Después, y apenas pude empezar a desembuchar lo que tenía guardado, de golpe y porrazo la parla me volvió finita. Pero no aflojé y buchonié todo lo que tenía ensobrado, la visión en carne y hueso de una lenta soledad, vea: Que desde que la nami se rajó del bulo abandonando el hogar en la flor de los abriles por sus caprichos infantiles yo andaba con retorcijones y cursiadera seguida. Que me había pescado la ladilla. Que me costaba apoliyar. Que se me cruzaban muy fuleros berretines y que me iba por los cafetines a buscar felicidad. Que me había salido un forúnculo ahí adonde te jedi. Que soñaba con esos labios rojos susurrándome a la sordina: "Melonazo", "Chitrulo" y cosas parecidas. Qué vieja y qué cansada imagen me devolvía el espejo. Que oía el rezongo de mi pasado. Que de cada amor que tuve tenía heridas...

El Cayetano me relojeaba musa y me daba changüí pa’ que yo le siguiera chamu­yando: "Hablame simplemente de aquel amor ausente", parecía batirme el genio con la mirada. De mientras el tocadiscos pasaba bajito "Oigo tu voz" por Lucio Demare y su orquesta típica, el de la zurda me buchoneaba que me venía al pelo hocicar y sincerarme.

Cuando terminé si me hubieran visto los muchachos estaba haciendo miñangues el lengue con mis iniciales bordadas. Tenía la zabeca gacha y me embrocaba los tamangos de salir. Justito les iban a parar unos lagrimones que golpiaban la tapún como goterones. Yo, disimulando que moqueaba, me sobaba una crencha que se me venía a la frente, pa ´taparme la jeta. Pero enseguidita me batí que eso no podía seguir así. Me hice fuerte y levanté cabeza. ¡Pa’ qué!: él también tenía los ojitos colorados, y medio atragantado y golpiándose con los puños cerrados el chope me tiró a lo macho recio:

- ¡No te me hagás ningún problema Batista, yo te voy a hacer un flor de tratamiento y de acá te vas a ir pa’ tu casa bien curado y con la frente bien alta, esas minas no tienen perdón de Dios!

Al final, con la pilcha toda arrugada y las crenchas revueltas nos sentamos más tranquis y derechitos. Yo estaba grogui y como con flor de marimba encima; el Cayetano se prendió un Clifton, se calzó los de ver de lejos y me sentenció seguro:

- Bueno che, ahora tenemos que chamuyar un cacho de la dolorosa.

"Cagamos pensé yo, ahora este coso me revienta". Antes que abriera el buzón pa’ decirme lo que me pensaba cobrar le lloré la carta: que andaba ciego, pato, forfái, miyio, fallo al gruyo, cero de menega y en la rama. El que te jedi me apuró con que le batiera sin vueltas con cuánto pensaba ponerme pa’l análisis que sería la solución de mi vida. "Tanto" salté yo más rápido que ligero. El punto agarró viaje enseguida y me tiró que estaba bien, que tenía que ir tres veces por semana y que me iba a atender cincuenta minutos cada vez, y que si yo le fallaba me jodía, porque igual me tenía que poner con las sesiones que pegaba el faltazo, y que no las podía recuperar. No te voy a macanear, esto no me cayó bien, pero me batí: "Macho, acá vas a tener que entrar por el aro".

Yo me moría de ganas de quedarme un cacho más, pero el tordo con mucha clase me dio el espiante, así que manotié el funyi, le garpé y me rajé pa'l rioba. A contarle a La Vieja.

Antes de llegar a las casas me dieron retorcijones de vuelta, pero esta vez campanié unas ligustrinas, me escabullí a un lugar solari y oscurito, y me mandé tremenda flor de garcada. De ésas que te hacen pensar que la felicidad existe.

Yo me apercibía que empezaba a ser otro Batista.


(a Horacio Ferrer)

3.Tricota

LA FAMOSA TRANSFERENCIA

Al principio me parecía que mi terapeuta era lo más grande que había después de La Vieja y el Morocho, claro y que se las sabía todas. Pero al tiempito le agarré un cacho de bronca, porque se me hacía que el giliberto me gastaba cuando yo le preguntaba cualquier cosa y él se echaba pa’ atrás, y con sonrisita sobradora me tiraba "Y a vos macho ¿qué te parece?" Pero después caí en cuenta que los psicólogos jamás te contestan a lo que vos les preguntás, por más que porfiés. Y retomó puntos de vuelta.

"¿Qué mierda me sapa con el punto éste?", carburaba yo, de mientras el flaco Sarampión me zamarreaba pa' que me agarre una porción de pizza que se me enfriaba o pa’ levantar una escoba bien servida. Otras veces me distraía con el tano de la carnicería cuando me lo cruzaba sin querer por la yeca: "¡E Batista, come va!, ¿así que ha ritornato a la casa de la tua mamma, ma per qué?", me tiraba todo entusiasmado el carnicero buscando conversa. Pero yo musa a lo boludo meta relojearlo. El tano la seguía: "¿Pero é que le ha morfato la lingua lo ratone, Batista?". Pero como yo seguía sin abrir el buzón repiqueteando "Tano, tano, tano" en mi zabeca, y a él le parecía que yo no le pasaba ninguna pelota, el quía se cansaba y me chantaba fulo: "¡Vafangulo paparulo!". Y se rajaba a las putedas de lo más cabrero.

La bóveda me andaba a todo trapo así que agarré y llevé a sesión lo que me andaba pasando. El cráneo de mi terapeuta me batió que yo no me quería levantar ninguna escoba porque en realidad yo ya estaba jugado en el análisis, y también me reveló que distraerme por la yeca cuando pasaba el tano era un acostumbrado yeite de la parla inconciente:

- ¿Cómo me llamo yo, Batista ?
 - Cayetano, vea.
- ¿Cómo se dice yeca al vesre?
- Caye.
- ¿Y con quién te entretenés por la yeca?
- Con el tano.
- Ahora agarrá y poné todo junto "Caye" y "Tano".
- Caye... tano... ¡Cayetano Bertolotti! las patas de la silla del tordo me batieron con su queja de lo ancho que se puso el genio por la flor de interpretación que se mandó. Justito el macho Rivero cantaba "Cuando me entrés a fallar".

El Caye poco a poco fue emprolijando el mazacote de mi parla de adentro, poniendo a cada uno con su cada uno y a cada cual con su cada cual: "El mancusar en análisis es como mezclar y dar de vuelta, Batista, son iguales los cuarenta cartones pintados, pero sale pato o gallareta según como barajés, y en este paño no se te vaya a dar por perrear. La terapia te da el encanto de secarte en una timba y armarte para volverte a meter." Yo por un decir le guardaba lealtad, respeto y admiración como debe ser entre hombres y por eso estaba rechiflado repicando "Cayetano" a cada rato. Pero como me parecía muy de otario me ponía a carburar en otra cosa. El genio me chimentó que el inconciente se las arregla pa’ salirse siempre con la suya, y que por más que lo atés y lo encerrés en una pieza, le pongás la tranca y le metás el sapo, él se las arregla siempre pa’ pirarse. Aparte no anda con agrandes fuleros ni se vá en aprontes de versito, si te canta "¡Quiero!" es porque tiene buenas.

Un día me casó la javie en la cocina escuchando en el Winco a Jorge Valdés, morfando un sanguchito de mondiola y dulce de batata con chocolate, chupando mate con cascarita de limón verde y relojeando una estampa de San Cayetano. Estaba medio distraído pensando en todos los fatos que empezaba a ver de a poco en la terapia, en cómo se me había cortado de golpe la cursiadera chirle, la forma polentería en que me había desaparecido el forúnculo de donde te jedi y había zafado de la ladilla. De mientras La Santa me daba vuelta el disco y me preparaba un sánguche de paleta sanguchera con tomate, huevo duro, morrón, anchoa, pepino, ananá y salsa agridulce pa’ que no coma porquerías me batió:

- No se me aflija m'hijo, que ya le va a salir algún trabajito.
- Cayetano es el santo que más me copa, vieja, le batí no muy convencido.

Otra vez que iba a colgar la ropa en el alambre me agarró con el cortaplumas en la mano tajeando todo entusiasmado en el paraíso del fondo las letras "B" y "C":

Se ve que ir del analista no le hace tan mal después de todo. ¡Ya se me está queriendo enamorar de vuelta este pícaro del Batista! Pero dígame m'hijito, ¿cómo se llama la mujer que me va a arrebatar esta joya, Carla, Cristina, Coca, Carmiña, Celia, Conchita, Celina o Carlota?
No vieja, nada que ver, "B C" quiere decir "Batista Campeón", aparte yo no saldría con una mina que le baten Conchita le contesté. Pa’ no darle disgustos.

Yo estaba cagado de llegar a irme de boca con La Santa, y se me hacía que en cualquier momento podía pisar el palito, así que me guardaba de largar la mascada pa’ que no vaya a agarrar pa’l lado de los tomates. Cuando alguno de los gomías del la barra se caía por las casas a chupar unos matirolos o mancusar de bueyes perdidos yo me iba de la vaina por contarles del análisis, pero pa’ evitar conflictos en el vínculo madrehijo chamuyábamos en jeringozo:

- ¿Apasipi quepe tepe gupusta epesapa teperapapiapa Bapatipistapa me preguntaba como pa’ tirarme de la lengua el dientudo Gargajo.
- ¡Baparbaparopo chepe, epel pupuntopo epes upun flo­por depe tipipapazopo! le contestaba yo de lo más canchero y agrandado.

Pero enseguida la cortamos porque La Santa, disimulando que pasaba por ahí pa’ buscar un repasador que se había olvidado, o que iba a la cocina a ver como andaba el poulet au curry o a echarle flit a los moscones, estaba con las antenas paradas y aparte de lo más enculada carburando que le queríamos meter el rope. A la final terminábamos charlando de boludeces y dejábamos pa’ la hora de vernos en el feca la conversa sobre la tremenda pegada de mi análisis.

Yo le copiaba todo al Caye, la manera de escupir y de cruzar las gambas, como apagaba el pucho en el sopi con el taco del botín así y así, pa’ un lado y pa’l otro, como se rascaba la cucuza y la forma de olfatiarse disimuladamente los sobacos pa’ ver si andaba con olor a chivo. Hasta empecé a lastrar a lo chancho pa’ que me saliera una busarda parecida, pero no hubo caso. Y algunas noches, cuando La Vieja se iba a apoliyar, iba despacito y le afanaba los lentes de la mesita de luz pa’ mirarme en el espejo y ver cómo me quedaban. Empecé a despedirme de la barra batiendo: "La dejamos pa’ la próxima" o "Vamos a dejar acá por hoy", como me largaba el Caye antes de darme el piro. Hasta me conseguí un cuadrito bien enmarcado de Freud en un negocio de todo por dos sopes y lo colgué entre El Mudo y la Gloriosa Academia.

Un día le estaba haciendo los mandados a La Vieja, pensando como siempre en mi terapia, cuando vicho pa’l lado de la ferretería de Larrazábal la inconfundible chomba colorada con rayitas verdes y blancas del Caye. En un principio me quedé duro como momia, ¿qué joraca hacía el troesma en mi rioba? Dopo me batí: "¿Qué hago, lo sigo o no lo sigo?’ A la final ganó "lo sigo", y enfilé escondiéndome atrás de los árboles pa’ donde se había escabullido. Salió de la ferretería y se metió en el almacén de doña Aimée, de ahí se fue a la zapatería del rengo, dopo a la carbonería de la Mafalda y al final terminó en el kiosco del compadre Nicanor. Todo con tanto apuro que no me daba tiempo de rajar y taparme de base en base. De última, y pa’ no pasar por otario, lo encaré de atrás de mientras el punto chamuyaba con el kiosquero. Le puse de atriqui la mano en el hombro y le batí convencido: "¡Salutria, el rioba le da la bienvenida al más famoso psicoanalista de la Reina del Plata!". El punto pegó la vuelta... ¡y no era el Caye! El tipo, haciendo caso omiso de mi alegre chamuyo, me tiró con desesperación: "Usted don, por un casual, ¿no tendrá monedas de cambio pa’ poder viajar?" Yo tiré a la mierda la bolsa de los mandados y salí rajando pa’ las casas. Del lorca que me agarró. La Vieja casi me mata porque en el brodo le había perdido la bolsa y la plata, y aparte no le había llevado el medio kilo de milonguitas bien tostaditas, el yogur descremado, las ciboulettes pa’l omelette aux fines herbes ni los fideos soperos. "¡Te la pasás todo el santo día pensando en ese análisis y aparte no me ayudás más en los quehaceres domésticos como antes, Batista, una casa es mucho pa’ una mujer sola, vea m’hijo", me tiró La Santa de lo más cabrera.

Pero cuando me empecé a dejar la chiva ahí se armó la bronca grosa. La Vieja no quiso saber nada. Empezó con que la barba junta bichos, que en esta casa somos limpitos pero pobres y qué van a decir los vecinos. Pero a la final hice mejor negocio: le cambié volverme a afeitar por hacerme de un diván baratieli que ya había pispiado en Segundamano. Pa’ ponerlo en la cocina. Venía reposta pa’ torrar la siesta.

Yo me daba cuenta que La Santa se empezaba a poner como celosa del Caye. Dos por tres me salía que ella me veía un poco mejor porque Doña Rosaura, la angelóloga, la pastora Deborah y la cieguita abrecaminos habían hecho una cadena de oración pa’ mí, y que por eso se me había cortado milagrosamente la cursiadera y todo lo demás. Como descalificando a mi terapeuta. "Aparte la perra Laika a la final reventó por más alto que le haya toreado a las estrellas, vea", me batía con la sangre en el ojo, de mientras le sacaba lustre con ceniza y limón a las copas y trofeos del finado y le prendía otra vela al Rodrigo pa’ que yo no siguiera desplazando síntomas y encontrara la senda de la pura verdad.

"Las viejas generaciones no comprenden a la juventud de hoy en día", carburaba yo, de mientras me manyaba el broli: "¿Qué merde (me) pasa en (mi) psicoanálisis?", de un tal licenciado Santiago Canal, pa’ distraerme un cachito antes de pirarme pa’ los bailongos de "Sin Rumbo", "La Viruta" y el "Parakultural". Tirado en un diván que me vendió por chaucha y palito un psicólogo, que harto de que no le caigan pacientes decidió cambiar de rubro y dedicarse a la venta de lombrices en la costanera, que según él es mejor negocio. Y junando por la ventana unas nubecitas coloradas adonde me parecía que el troesma Pugliese le metía pata con "La Yumba", de mientras un lagrimón que se veía más grandote por los los vidrios de los lentes le salpicaba en los gloriosos garfios. "Es por la alegría, Batista", me batía el troesma de troesmas.

(a Homero Manzi)

4. Cuaterno

LA RESISTENCIA ES UNA CAGADA

Aunque la barra me apoyó mucho al principio pa’ que me analizara, al ver que yo me la tomaba tan a pecho me empezaron a gastar y a cagarse de risa. Sobre todo el flaco Sarampión, hábil pa'l verdugueo y la cachada. Pero cuando se dieron cuenta que mi yeite no era moco 'e pavo empezaron a correr la bola por todos los cafetines de los cien riobas porteños. Y se llegaron hasta "El Trébol", pa' junarme de cerca, de Balvanera y Pompeya, del bajo Flores y San Telmo, del Barrio de las Latas, Villa Ortúzar y Ensenada, Monte Castro, el Abasto, San Nicolás, la Tierra ’el Fuego, Puente Alsina, Monserrat, Almagro, Colegiales, Villa Crespo y Villa Freud.

Vino Nicanor Paredes, el flaco Abel que todavía no se había ido, el Negro Lavandina, el macho Enrique Symns, el guapo Rivera, Ernesto Ponzio con el gordo Bazán, el Pardo Rivarola, el apache argentino Humberto J. D’Arcángelo, el criollo bueno Alberto Arenas de paso pa’ la taquería y con la maleta chorreando sangre, don Pepe Avellaneda, Ruggerito sin Barceló, el Torito de Mataderos Justo Suárez, los cafiolos Palangana y el Aguja Brava, el poeta canero Andrés Cepeda, el Jeringa y el Omar Chabán, y hasta el compadre Tolosas con su ladero el manco Wenceslao Suárez, de Chivilcoy. No quiero macanear, pero me parece que al refilón lo viché al troesma Borges, que de seguro andaba olfatiando letra pa' mandarse otra historia de esas que él escribe; y lo ví clarito al comisario Meneses empilchado a lo Humprey Bogart. Había también un montón de calaveras de samica a rayas y moñito diquero azul petróleo con pintitas amarillas; los pungas de alta escuela del café de Navarrita, de León Suárez y Falcón, especialistas en sotanas, camisulín, costaleti, yuca de arriba, culata, y chiquitín; los gratas de la barra de Zequeira y Oliden; mecheras de rompe y raja; tangas y filos orilleros; los curdelis de Alberdi y Montiel; un pilón de cartones papanatas; traficantes y fiocas de categoría; los escruchadores de "El Torito"; un par de burreros capitaneados por el Mingo Torterolo y Don Vicente Cataldi, que equipados con embrocantes de lujo se la pasaban chamuyando por los celulares: "En la tercera no fueron de la partida el cuaterno, la escopeta y la leche, cachó la canasta y ganó por afano total Little Osobuco..." Unas papas milongueras y las muñecas diqueras de "El Morro", de Murguiondo y Alberdi, franeleaban con unos capitolios con clase, mientras se escuchaba un coro de muchachas vestidas de percal. Y apareció también un chiquilín con la ñata toda de­formada, de tanto apoyarse en los vidrios de los cafetines. Lo hicimos pasar pa’ que no se cagara de frío y lo invitamos con una cañita –eso sí, rebajada con ginebra. El pibe nos batió apesadumbrado que venía pa’ aprender un cacho de filosofía, algo de dados y timba, como pa’ empezar, y alguna que otra poesía cruel. Y, ya que estaba, pa’ ganarse alguna potra bien zafada y calentona, confesó agrandado el purrete.

Los nuestros que la jugaban de locales y rápidos pa' los mandados aprovechaban el gentío embelesado con los cortes de Gerardo Portalea y La Rusa pa’ enchufarle los ganchos de atriqui a los pamelas que jirafeaban en el fondo, mientras Rodolfo Biaggi los distraía aporreando un piano a martillazos y unos tangas gomías hacían laburo de ropero.

- Bati, ¿cómo es andar con el Complejo de Edipo, parecido a los sabañones, el empacho, el mal de ojos o la culebrilla? tiró un choborra de abajo de una mesa, creo que el Pegador Rosendo Juárez, buscando al tanteo un licor que lo aturdiera de una buena vez por todas.
- ¿Adónde está la resistencia ésa, che Batista? largó el lungo Juan Muraña de arriba del estaño, listo pa’l visteo a lo pirata: un cuchillo en cada mano y el chumbo entre los dientes.
- Si soñás con el finado, el mudo de la vuelta, que aparte de hablar con señas era de mezquinarte la conversa, ¿a cuál hay que adornar: al 47, el muerto, o al 48, il morto qui parla?, preguntaban los que le dan fiero al escolaso. Un ñato timbero se me acercó y me secreteó a la oreja que si yo le revelaba la verdadera interpretación de los sueños podíamos hacer una sociedad mitimiti.
- Yo, pa’ conocer a la gente, soy mejor que todos los psicoanalistas juntos, te reconozco a cualquiera tan solo por la voz, por más que haya cambiado o se ponga careta, intervino un viejo criado, pletórico de narcisismo, de mientras canchereaba sacudiendo el plumero como las bastoneras yanquis. Desentonando, como siempre, en el ambiente tanguero.

Como no hay que amarrocar lo que uno tiene manyado yo me paraba arriba de un banquito y les iba poniendo la tapa uno por uno. Aquello día a día se pare­cía más a un coloquio rantifuso de psicoanálisis. El cabezón Moretones, que la iba de coordinador, hacía anotar las preguntas en los pelpas de agarrar las porciones y me las iba pasando: "¿Podría extenderse en la consideración de la articulación entre el axioma fantasmático y el rasgo unario implicado en la fórmula del llamado discurso del amo?", "¿También hay que garpar el IVA si te analizás?", "Si uno se enamora perdidamente de su psicóloga, que está rebuena, ¿qué pasa?". Pero una intervención me sorprendió y me patió el nido de veras: "¿Quién fue el chorizo de cuarta que se achacó las últimas páginas sobre Uqbar de la AngloAmerican Cyclopaedia?".

Los yoyegas del boliche, pa’ homenajear al Torito de Mataderos, ponían a todo lo que da "Muñeco al suelo" de Lomuto, y se refregaban las manos carburando en ampliar las instalaciones pa’ mejor surtir al tejenaite. En cuatro o cinco meses tuvieron que bajar hasta las botellas de Pineral del último estante, esas todas negras de tierra que quedaban del tiempo en que la rubia Mireya revoliaba las polleras de arriba de las mesas y la Milonguita hacía sus levantes entre la gilada en celo. A mí me nombraron parroquiano ilustre, con pergamino y todo, y escribieron en la vidriera: "EL TREBOL UN ESPASIO PARA EL CHAMUYO EL RELACS Y UN ENCUENTRO CON EL BATISTA TODOS LOS DIAZ A ESO DE LAS DIES".

Una cheno, dopo que se rajó la gilada y quedó la intimidad de la barra y como los galaicos haciéndose los sotas empezaban a apilar las sillas patas pa’ arriba al dientudo se le ocurrió ir a tirar confites al aire al potrero que queda al lado de la esquina rosada, pa’ seguir festejando la perfomance de mi terapia. Todos menos el flaco Sarampión, que se abrió al toque pa’ atracarle el carro y hacerle el verso a un gato oxigenado, a ver si se lo levantaba arrullándolo con un piropo infalible que le había secreteado el petiso: "Aprovechá la partida que estoy en liquidación, ¡ganate la lotería que te ofrece este varón!". Y si no pasaba nada con éste tenía a mano otro alternativo, pero un poco subido de tono: "¡Nena, abrime la fiambrera pa’ meter el zochori!"

Después de que nos bajamos cinco porrones de ginebra empezaron los cuetazos. "Este por el Batista"; "Este por el Cayetano"; "Este por Freud"; "Este por el sujeto del inconciente"; "Por la transferencia"; "Por la contratransferencia"; "Por el Otro no barrado"; "Por los Superyós gambas y benevolentes"; "Por los aranceles accesibles"; "Por la primera sesión sin cargo." Y de mientras cargaban de vuelta los chumbos aprovecharon el silencio pa’ ga­rronearme consejos: "¿Cómo es que hay que hacer pa’ analizarse bien en serio, Batista, hay que ir en ayunas?"; "¿Conviene tomarse unas grapitas antes de la sesión pa’ darse coraje?"; "¿Qué pasa si el analista al que le batís tus fatos resulta buchón y ortiba del taquero?", preguntaban bajito entre el humo de los tiros y las sombras de la noche. Disimulando que andaban con unas tremendas ganas de echarse panza arriba del diván y empezar a asociar libremente.

Yo les batí sereno que La Reina del Plata, aparte de ser capital de la cometa y el gotán, talla fuerte en psicoanálisis, y que los analistas criollos son de lo mejor. Que cuando salen de gira por el mundo triunfan y hacen capote, se codean con el príncipe de Gales, la Mistinguett, Cindy Crawford y el maharajá de Kapurtala, le ponen la alfombra roja en el Waldorf Astoria de Nueva York y se pueden eligir las mejores minas. También les batí que yo había sido un otario como ellos, y que antes creía que los que se analizaban eran unos pipistrelos que no tenían nada mejor que hacer que dejarse currar por los psicólogos.

El Hombre de la Esquina Rosada que se la había pintado toda de vuelta, pero en un tono más delicado y con una guarda de rositas rococó atraído por los tiros se acercó a pispiar un cacho, y aprovechó pa’ sacarse una vieja duda: "Si uno se apoliya abrazado a un osito de peluche divino, color té con leche y todo peludito, ¿también se lo tiene que sincerar al analista, don Batista?" La barra, que paraba la oreja, empezó a ficharse de reojo, a junar disimuladamente la Estrella Polar y la Cruz del Sur, a chiflar "A la gran muñeca", a toser adrede y hacer como que pisaban hormigas. Pa’ que no se escucha­ran las risitas.

Pero había algo que todos tenían que manyar, aunque les duela:

Punto uno: los que dicen que el psicoanálisis no sirve pa’ un carajo son unos resistidores de mierda. Punto dos: a ésa resistencia el analista tiene que darle fiero con la tartamuda de la interpretación. Punto tres: si ya decidiste analizarte tenés que asegurarte un buen esparo pa' enchufarle la lanza bien a lo dedo de oro a los yucas del inconciente y afanarte la casimba de lo reprimido. Pa’ eso no hay mejor ropaés de academia que un psicoanalista bien debute y canchero. Pero guarda, araca, dequerusa, no te dejés embalurdar por algunos troncos que la van de sabelotodos, se engrupen de analistas, tocan de oreja y te enroscan la víbora con el piripipí, sin el verdadero manyamiento del capo de todos los capos, el troesma de troesmas Sigmund Freud.

La barra me relojeaba con más respeto que al bronce de La Voz. De mientras la luna lambeteaba brillitos a los bufosos, más de un prontuariado segurola carburaba "¿Dónde estará mi arrabal, quién se afanó mi niñez, en qué rincón luna mía volcás como entonces tu clara alegría?". Y de jonca que se morían por analizarse ahí nomás. El Hombre de la Esquina Rosada, en cambio, se fue bordeando el zanjón, morfándose un cacho de quiche Lorraine y murmurando: ¡Dónde habrá un chongo, viejo Gómez!, y recitando con ademanes:"The sun is going down and the dogs are starting to how[7] l"

Yo, diplomado en el agrande, echado pa’ atrás con el chefún requintado bajo la luz de la luna, un pucho retacón que me humeaba en los ojos pero me la aguanté y las manos en los griyos, bien fachero y como quien no quiere la cosa, largué:

- Muchachos, discúlpenme, pero me tengo que ir a torrar un cacho, porque mañana voy a terapia con la fresca.

Al envidioso del Chueco se le iba sola la mano al fierro todavía calentito, pero el inanalizable se controló, no sin dejar de batir con desconsuelo:

- Andá nomás, trastornado.

No le retruqué pa’ no gastar pólvora en chimangos, vea. De lejos me parecía que De Angelis arremetía con "Pavadita". Yo no era más aquel muchacho oscuro.

(a Carlos de la Púa)

5. Cocinero

LA TRAICIÓN

Ya iban pa’ los seis meses que estaba yendo del Caye, sin fallarle una sola vez, llueva, truene, refucile o caiga piedra. Un Sarmiento de la terapia, vea. En el rioba yo era puntacho manyado cuando pasaba empilchado con saco entallao con botones de nácar, chaleco de piqué de fantasía, lompas de gabardina a rayas ribeteado con trencillas al tono, polainas de prima, chalina de vicuña, funyi debute de Maxera, camisa Arrows con cuello palomita, lengue blanco de satín bordado, tarros de anca de potro charolados con taco francés y chapitas, guantes color patito y con un clavel jaspeado en el ojal. Bien faroleando y bien yengue. El sabalaje canero se chistaba por lo bajo: "Hoy le toca terapia" embrocando con envidia mi tapín de ganador y mi ganada fama de compadrito y gigoló. "El jailaife se va pa’l psicoanalista" parece que también carburaban Chiche, Zaino y Moro, los padrillos cadeneros cinchados a la chata del corralón, unos pingos de lo más cancheros que cada vez que podían pispiaban con ojos de codicia a la Sweet Carolina, la yegüita cara blanca del botellero que estaba bastante fuerte, pa’l gusto equino. Y hasta el ciego dejaba de pitar los Partagás y de tocar la armónica que le había regalado la Laura Hansen, pa’ tantearme los leones bien planchados cuando yo pasaba por el umbral adonde él estaba sentado haciendo tiempo: "¿Sos vos Evaristo?", me batía melancólicamente el inconsolable, manotiándome las canillas.

El asunto fue que un día llego a mi sesión, y como el portón estaba sin tranca me mandé por el pasillo sin tocar el timbre. Ahí me lo crucé por primera vez al Jacinto, el famoso hermano del tordo, que venía encurdelado agarrándose de dos yirantas. Los jopendes jodones que siempre andaban por ahí le estaban echando querosén a un gato barcino pa' prenderlo fuego. Yo me llegué hasta la tapuer del consultorio y pa’ mi sorpresa escucho clarita la voz del tordo. Y la de otro más, aguardentosa. Me picó la curiosidad, y como había una escalera tirada en el fondo del pasillo me subí a lo patilana y cogotié por la banderola entreabierta. Y ahí los descubrí. Fue como si me hubieran encajao un puntazo de atrás, vea: en el mismo diván en que yo le confidenciaba todas mis intimidades al Cayetano había otro punto chamuyándole a la sordina. Y el tordo lo junaba y le ponía la oreja... como me la ponía a mí.

"¡Traición, otra vez la la maldita traición, pero esta vez alguno se va a ir derechito pa’ la Quinta del Ñato con los chinchulines colgando pa’ afuera como ristra de ajo!", me batí con odio. Bajé de la escalera a los santos pedos y pelé la daga en el fierro dormía y acechaba un rencor humano y hacía tiempo que andaba buscando vaina en un cruel corazón y le largué: "Esta puerta se abrió para tu paso". Y ahí nomás con toda saña, en un revuelo de venganza y odios contenidos, y pegando tremendos alaridos, le empecé a pegar tantos patadones al picaporte hasta que la tapuer se vino abajo: entonces me planté a lo Moreira, en el medio de la polvareda levantada al desencajarse la tapuer de las bisagras, bien parado a lo macho, con la daga en la mano palpitando hambre de güesuda, los ojos colorados y saltones y mostrando todos los dientes que podía.

El farabute del diván tenía tajeada la jeta de lado a lado y tapín de rufián domiciliado en Devoto, mezcla rara de fayuto con rechifle de botón. Apenas me junó el ñato se arqueó volando como langosta, se paró en guardia a lo KungFu arriba del diván y empezó a pegar gritos en coreano. A todo esto el Caye estaba de bombo en el sopi con los ojos saltones. Al verlo así me recordé del petiso Carloncho cuando tenía que jugarse a una baraja y largaba, después de pitar bien fuerte y tirar el humo despacio pa’ arriba haciendo redondeles: "A veces es preciso ser hombre".

- ¿Y por este merlo jetón, recatango y lancero de cuarta abobinado a reja me cambiaste, gavión? le tiré salpicándole escupida en la trucha. La daga se lambía de contenta.
- ¡Pero che, llegaste una hora antes, estoy con otro paciente! me contestó como pudo, abrazado a la PC, con la voz tembleque y un cagazo de la gran puta.

No sé si por la bronca o la vergüenza me espiracusé corriendo por el pasillo a lo otario papafrita, y ahí me trompecé con el toga hecho una fogarata con patas –ahora parecía un siamés acalorado que venía pa’ mi lado como un avión a chorro y se me enredó en los talones. Igual me alcanzó a encajar al voleo un flor de tarascón en las canillas. Me lo tuve que sacudir como si hubiera pisado un tereso antes de seguir corriendo. Mientras saltaba el portoncito que daba a la yeca el marote me daba más vueltas que una calesita, pero seguí a los santos dopes como cinco cuadras. Hasta que al final largué los bofes y tuve que sentarme forfái en un tacho de basura abajo de la quieta luz de un farol del alumbrado. Estaba todavía con la daga en la mano que parecía decirme sin consuelo: "Me quedé con unas ganas bárbaras, Bati", aparte se me había volado el chefún y me estaba chorreando un caldo colorado de la pata por la mordida del gato. Un vigilante de recorrido, poniendo de a propósito cara de orto, se me acercó, y de mientras se daba golpecitos en la palma de la mano con el garrote, me zampó: "A vos no te tengo manyado de por acá". Tuve que llorarle la carta y jurarle por La Vieja que yo era nada más que un analizado todo con­fundido, pa’ ablandar al tira y no terminar en cana encima de todo. Por suerte el quía lo entendió reposta porque él también se analizaba y me dejó ir, recomendándome mientras sobaba ahora mansamente el garrote, que pa’ las neurosis de transferencias muy jodidas no hay como unas buenas cataplasmas de ajo macho, un emplasto de miga de pan con dulce de membrillo y una regia enema de salmuera.

De resultas de este lío el Bertolotti se me vino en picada como escupida de músico. Yo no podía dejar de darme máquina al pensar que otro a su lado...muy movilizado, vea. A la hora, y dopo que el cobani me pasó por escrito todas las recetas que conocía pa’ combatir los influjos transferenciales, me presenté, ahora sí, puntualmenete a mi sesión. Pero no le mancusé un carajo, lo quería cagar bien a lo turro a ese terapeuta traicionero. El no sabía qué hacer pa’ explicarme el fato. Que mirá cómo me dejaste al otro punto. Que se me fue todo angustiado. Que yo nunca te juré que vos eras el único. Que aparte de a mí y al otro también atiende a un bombero hidrofóbico, a un enano con complejo de superioridad porque calza el 48, a un arriero apenado y a las treinta histéricas de siempre. Eso aparte de hacerse unas changuitas en un parque de diversiones los fines de semana como boletero en el tren fantasma. Y que pa’ analizarse hay que cinchar bien a lo buey y bancarse el picoteo.

De mientras me hacía la película con el enano trepándose al diván con sus tremendos camambuses y al arriero estacionando el overo manchado en el portoncito, lo sobraba con una sonrisita cachadora. Cuando terminó mi hora me levanté del diván, me peiné lo más tranqui, chiflé un cachito: "...Sé buenita, no me busques, alejate de mi vida..." y plantado a lo taita y ladiando un cacho la solapa, pa’ que se viera que andaba calzolari, le chanté:

- Vas a tener que patiar mucho yuyo y adoquín pa’ conseguirte otro paciente como yo, no servís pa’ acompañarme ni siquiera en la partida, compadrón prontuariado de vivillo y retazo de bacán[8] . Le revolié los honorarios como se le tira un caracú a un perro apestado, bien desde lejos, y me fui a la mierda pisando fuerte. Pero antes me di vuelta le grité con todo: "¡Chau chitrulo!" Los pendejos del pasillo, cagados en las patas por si me la agarraba con ellos por lo del gato, recularon dando zancadas.

Pa’ mí el Caye estaba fiambre a partir de ése día. Más que amor era un sufrir, vea. Si le hubiera hecho caso a La Vieja carburé y en vez de tratarme con este coso tiburcio más estirao que alambre de fiambrera, gil a la gurda engrupido y charlatán, y me hubiera ido a ver a la angelóloga por lo menos no me hubiera morfado ese flor de garrón. ¡Dónde iré con mis pesares, dónde iré con este amor!, suspiré, y me remonté del consultorio coleando como barrilete, apilado a mi destino y abrazado a mi rencor. Llegué hasta San Cristóbal boleado y yirando de la cuarta al pértigo sin ton ni son. Ahí me bajé un troli de clarete en el cafetín al paso "El Foco de lo Imaginario" escuchando a Alfredo De Angelis en "Mi Dolor", después me mandé pa’ La Paternal, y en la pizzería berretonga "La Profunda Herida Narcisística" me embuché una grande mitimiti con una botella de anís escuchando a Francisco Rotundo en "El vinacho". El vate Sanmartino, que andaba por ahí secolari vendiendo de mesa en mesa sus brolis, junando mi facha ruinosa me requechó dos puchos uno pa’ pitar y otro pa’l guardabarro y a cambio de una grapita, un plato de agnolotis a la bolognesa, un matrimonio bien caliente al plato y un pingüinito de Chardonnay, me corneteó un consejo de oro en su rante chamuyo de arrabal:

- Nunca te pongás en curda
para no perder los puntos
vos sabés que en este asunto
siempre falla el de la zurda,
el que toma se embalurda
y está para el chacamento,
pierde la línea, da el vento
y lo curra el más chabón,
el balero siempre fresco
pa’ no pasar por cartón[9]

Y ahí nomás se sentó, se acomodó y empezó a recordar, en su debute chamuyo canero, del potiem del Cachafaz y el negro Limones, de su época de poronga en la ranchada de Caseros. Y a pegarle duro a la gallega de 8 Hermanos. Al final me tuve que poner con media docena de brolis recontramanoseados pa’ sacarme al ventajero de encima. Y aparte acercarlo hasta el bulín por el pedo que se agarró.

Dopo que lo dejé largando los chivos mientras recitaba a Roberto Juarroz volví a la pizzería, me mandé un sanguchito de pebete de jamón y queso con medio tubo de Mariposa y me contenté con la idea de hacerme un flor de asadito completo el domingo con chichulines trenzados, zochoris remojados, morcilla vasca, cuatro tiras anchas, un matambrito de pollo con bastante limón, mollejas, tripa gorda, unas provoletas pa’ picar, ubre con perejil, brochettes de lomo, riñoncitos y panceta, un cacho de vacío y una ensaladita mixta con pepinos. Con briquetas y el diván. Y de mientras me cagaba de risa imaginando cómo iba a rociarlo todo de querosén y dopo de prender un Fontanares le iba a tirar el fósforo, me refregué las manos, pelé la daga y le batí: "Tranquila vos, no te hagás la hache y no te dejés ganar por la frustración, que por lo menos vas a poder ensartar unas morcillitas, ponele la firma". El malevaje extrañáu me miraba sin comprender.

(a Jorge Montes)

6. La media

MI NOCHE TRISTE

Esa noche no volví a mi casa, medio mamerto enfilé derecho pa’ "El Trébol" a encontrarme con la barra y ver si los gomías se seguían cotizando en las buenas y en las malas. Estaba el cabezón Moretones con el flaco Sarampión jugando al siete y medio y mancusando sobre una idea del flaco pa’ hacerse de unos buenos mangos: encanastar perros finolis pa’ ver después si ofrecen recompensa. El cabezón le increpó que eso era secuestro encubierto, y el flaco retrucó que no era más que una audaz adaptación al tiempo de malaria que nos toca vivir. Mientras tanto el dientudo y el petiso rascaban una milonga en la encordada, contentos porque le habían acertado tres fragatas al 28 las tetas y se habían levantado un toco de mangruyos. Yo garpé tres picadas bien completas, le batí al galaico, que venía de colgar un cuadro de La Pasionaria: "Eche amigo, nomás échele y llene, hasta el borde la copa de fernet", y al petiso: "Tocala de vuelta Carloncho", diciéndoles a todos con las vergüenzas en flor, copa a copa, pena a pena, tango a tango:

- No me reculen muchachos, otra vez necesito contención porque la vida se me ha vuelto absurda una vez más; la vez que quise ser bueno en la cara se me rieron, toda carta tiene contra, y toda contra se da...y ahora quiero olvidar su terrible traición... Y ahí se me cortó la parla y tuve que sonarme los mocos. Pa’ disimular los lagrimones.

Y la barra fiel y taura no achicó. Empezaron que ellos ya sabían lo que me iba a pasar, porque siempre, pero siempre, pasa igualito y lo mismo: las mujeres no tienen perdón de Dios. Que las minas esto, las minas lo otro, y que ellos ya lo habían dicho: son todas unas reventadas, unos yiros disfrazados, yeguas insaciables, atorrantas, chusmonas, trai­do­ras y se la pasan todo el santo día pintándose las uñas, haciéndose los claritos, el batido y el brushing y sacándole el cuero a los machos en el almacén y en la peluquería. Y que aparte de la crueldad no hay que olvidarse de la vileza de las pérfidas traiciones de las que son capaces; a los pobres giles marean sin grupos, pero al llegar al final de sus carreras sus primaveras verán languidecer. Y que ahora a mí no me quedaba más remedio que odiarla con toda la fuerza de mi alma.

Yo no sabía qué joraca decir, así que me quedé musa. El dientudo se recordó lo que le hizo La Polaca: se piró con el padrino pelao la misma noche del casamiento, en el mismo remise de la ceremonia y alzándose con dos pisos de la torta, los muñecos de yeso y la olla de clericó, que era de la vieja. El poeta del off Boedo relató con lagrimones la infamia de La Casilda: con la excusa de que le enternecía el monito se fue atrás de las ruedas embarradas del último organito tirado por un yobaca flaco. Y del organillero rengo, que jodía a todo el mundo a la hora de la siesta preguntando por la casa de la vecina muerta. Al final se perdieron en la nada, y el alma del suburbio se quedó sin los densos y melosos gemidos del veterano RinaldiRoncallo. Y sin la aflautada voz de La Casilda. El cabezón Moretones me batió compungido que la paica que adoraba se le piantó con su mejor amiga –de él, la María José, y que ahora conviven lo más panchas en un loft todo pintado de celeste pastel y rosa viejo en la Ciudad Oculta. La María José ahora se hace llamar José María. El flaco Sarampión sonriendo a lo canchero y con diamantes en el comedor dijo que no me haga ningún problema, que la cosecha de unicornios azules nunca se acaba: "Viuditas, casadas y solteras, pa’ mí son todas peras en el árbol del amor, Batista". El Chueco Repisa no estaba, pero la barra me confidenció que la nami se agarró una obsesión fatal con el tragasables de un circo ambulante, y lo siguió nueve semanas y media hasta Baradero, pero que ahí se despenó desengañada morfándose ella solita una sandía de diez kilos con media damajuana de vino patero al enterarse que el punto era marcha atrás y pareja estable del Hombre Bala. Hasta uno de los yoyegas que estaba orejeando la conversa se deschavó que la Josefa un día cruzó al kiosquito de enfrente a comprar una caja de espirales y hace diecisiete pirulos que no aparece.

Salimos de "El Trébol" y nos fuimos a bardear coreando por los arrabales los cachitos de letra de "Rencor" que nos acordábamos: "Este odio maldito que llevo en las venas me amarga la vida como una condena... la ¡odian! mis ojos porque la miraron, la ¡odian! mis labios porque la besaron, la ¡odio! con toda la fuerza de mi alma, y es tan grande este odio como fue mi amóoor..." Y cada vez que tocaba conjugar el verbo "odiar" patiábamos con saña un tacho de basura dejándolo culo pa’ arriba todo desparramado en el medio de la yeca.

Dopo los gomías me llevaron de arrastre hasta el "Armenonville" tocaba la típica de Canaro y Jazz Gregor, de ahí salimos pa’l "Salón Rodríguez Peña" pasando por el "Café El Nacional", el "Chantecler", "El Tambo", "El Pabellón de los Lagos", el Velódromo, "Lo de Jensen", "Sin Rumbo", el "SansSouci", el "Picadilly", "Pachá", el "Montecarlo", el salón "La Argentina", el "Chantecler", el "Tabarís", el "Marabú", "Los dos pianitos", "Michelángelo", "El Cielo", el café "La Terraza", el "Tibidabo", "Blades", el "Viejo Almacén","Trumps", el "Club del Vino", al bailongo de María La Vasca, "New York City" y el antiguo almacén "A la ciudad de Génova". Pa’ tirar el espinel, sacarle viruta al piso, chupar como esponjas y ponerle curitas a los timbres y salir rajando, como era ancestral costumbre de la barra pa’ apaciguar la angustia y sacar al circunstancial amigo del bajón y el aplaste.

Al dientudo y al cabezón los dejamos lanzando los chivos en Palermo, cerca del Tambito. Primero se habían agarrado a las piñas con el inglés Carlos Kern en lo de La Vasca donde tocaba el pibe Ponzio porque no los quería dejar pasar por el pedo que traían, dopo habían estado chupando de una sonda enchufada a un barril de quebracho "René Barbier" en lo de la Laura Monserrat donde se floreaba el Rosendo Mendizábal permaneciendo en simbiosis con el barril por más de cuatro horas. Eso sí, turnándose pa’ poder escuchar al pardo que esa noche estrenó "El Entrerriano". Dopo se bajaron cuatro trolis al hilo de licor de nísperos bueno pa’ los radiadores y veinticinco Bidú cola con aguardiente y cubitos en el VIP del bodegón de cuarta "Caix". El flaco Sarampión, que era flor de caburé, casi se agarró a los mamporros con el chileno Joaquín Carrasco por la gaucha Manuela, pero al final se levantó otra mosaico tetona y con un mortero de no creer, una lechuguita de pestañas muy arqueadas en una esquina sin ochava de Monserrat, y se abrió al toque pa’ una garsonier repiché de tiempo compartido que sabía frecuentar por Caracas y Jonte, justo enfrente del bar del griego: un cotorro a la gurda con kitchinette, antesala pa’ la franela, espejos fumés, cortinas de raso, paredes en tono pastel azulado, colchones de agua, salita pa’l sadomasoquismo, salón de fiestas, mobiliario Old American Folk patinado, arañas con pasamanos pa’ colgarse, veintisiete gatos de porcelana y bouquets blancos bajo pálidas luces de lámparas art decó. Todo climatizado, bien debute y con alfombras de La Europea, pa’ no hacer ruido.

El petiso se jugó a mi baraja y con la encordada a la rastra nos fuimos pateando tachos desde los caserones de tejas de Belgrano hasta nuestro atorrante arrabal, con escala en "Age of Communications". Como a la madrugada vimos a una nami sola, fané y descangayada saliendo de lo más campante de un cabaret de yomería donde cantaban la Tania y la Merello y pasaban discos de Armando Pontier y Osvaldo Fresedo. Se iba pa’ la confitería "El Vesubio" a desayunar chocolate con churros. El petiso se le acercó y le largó de sopetón: "Pa’ que vos me escuchés mis parolas se enflaquecen a veces..." La naifa le cortó el verso soplándole el humo del Vuelta Abajo en plena trucha y le batió con aliento a birra Corona y a Cubana Sello Verde: "Pa’ vos te lo dejo en cincuenta, corchito e’ sidra". El Carloncho se puso todo colorado y reculó resoplando: "Nadie más cree en la poetas hoy en día" y empinó una petaquita de Tres Plumas hasta verle el fondo. La naifa se fue al mazo y bajó a cuarenta, a treinta, veinte, diez. Y se plantó en siete y medio. Y como el petiso no quería lola ni le daba bola la faifa paró un tacho y se rajó haciendo fuck you con el dedito, de mientras le gritaba al petiso desde la ventanilla: "¡Che vejiga, babieca secolari, te creés que sos un rana y sos flor de gil!"

Después seguimos pata y pata. Si junábamos un choboli abierto nos metíamos a chupetear un cacho, yo pa’ ahogar el dolor moral, la tristeza y el síntoma de inhibición de la angustia que había en mi alma. Y el Carloncho de puro curda nomás. En una cueva rasposa de empedernidos chupandines, en Rivadavia y Combate de los Pozos, mientras Ernesto Baffa le daba con pulentosa nostalgia a "Organito arrabalero", pa’ que bailen El Cívico y La Moreira, el petiso embrocando sereno el culo rajado de un vaso de ginebra vacío chimentó entre suspiros, hipos y provechitos: "Batista, ¡qué sería del gotán sin nuestra errante melancolía!" "¡Y viceversa!", la salió al cruce más rápido que bombero el troesma desde la tarima que había parado la oreja arrancando furioso con "Pa’l rojo, celeste y blanco" y murmurando: "Tango, tango, hoy preciso de tu ayuda pa’ calmar urgente mi dolor..." Y le rodaron un par de lagrimones. Ahí se nos arrimó el troesma Gobello que había pispiado de sotamanga la conversa y nos chantó a tuti cuanti, con clase: "Es que el gotán, señores, no se ha hecho pa’ cantar lo que se tiene, sino pa’ llorar lo que se ha perdido irremediablemente", y se fue rumbeando musa pa’ dar su clase en la Universidad del Gotán. Pa’ colmo Mariano Grondona, que venía con una jarra de "Beaujolais Navarro Correas" con cubitos en una mano y un choripán medio mordido chorreando aceite en la otra, también quiso meter la cuchara y arrimó una conclusión: "Tango, del latín tactum, tangere, yo siempre se lo digo a la gilada gringa de Harvard: pa’ entender el tango primero te tenés que encajetar con una flor de potra del conventillo de Sarandi, pero que su leve risa sea un cantar, pa’ que endulce sus cuerdas el pájaro cantor, y después la mina te tiene que clavar bien clavadas las guampas, pa’ que vos sufrás como una bestia y andés todo el día mamado. ¡Ah, pero si yo me la llego a cruzar de puro pedo a la turrita esa...!", batió con los ojos colorados y saltones, una baba de hiel chorreándole por la papada y pasándose el garfio pa’ un lado y el otro por el gañote. Después refunfuñó: "¡Yo tengo una pena que llevo en el alma por una perversa que no sé olvidáaaar!", y empinando la jarra se la bajó de un saque, chorreándose el jetra desde el buzón a las botamangas, tragándose los cubitos, todo hecho un asco, vea. Rajamos de ahí con el petiso que poetizó: "Fanega que andás penando sin un mo­tivo mayor, quien te dijo que en la vida todo es mentira, todo es dolor". En la indiferente y fría soledad de la yeca recién amanecida podíamos peinar nuestras angustias sin que nos joda nadie.

No sé como vinimos a parar al rioba con un pingüino vacío en cada mano, una cala en el cabalete y sin un sope. El Carloncho, medio breca porque en el trajín se le había saltado la bordona mientras le hacía reverencias a la estatua del resero canturreando: "¡Victoria, araca victoria, estoy en la gloria, se fue mi mujer!" me largó así nomás y sin vaselina:

- ¿Y cómo se llamaba esa guacha infiel, che Batista?
- No me hagás recordar Carloncho, que no hay que mezquinarle olvido a las traiciones cuando son tan fuleras batí yo más rápido que bombero, haciéndome el lonyi, junando las últimas estrellitas y masticando amargamente: "El día que me quieras no habrá penas ni olvidos". A lo lejos de escuchaba al Cuarteto Cedrón con la voz del Tata en "Los Mareados".

Lo dejé al Carloncho en la tapuer de su cotorro esquifuso, una leonera que sabía tener empapelada con poemas de Carlos de la Púa, Homero Manzi y Raúl González Tuñón, tapas de "Playboy" y "Cerdos & Peces", banderines de River, cuadros de Pascual Contursi y de la Berta Singerman, una foto de John Pemberton pa’ practicar tiro al blanco con jabalinas y un cartelito pa’ hacer control mental que decía: "¡Maldito seas Palermo, me tenés seco y enfermo, mal vestido y sin morfar!" Agarrándose del picaporte me batió entregado: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche, Batista, pero antes tengo que terminar otra obra de largo aliento: ‘Booz apoliyado’ y mi ‘Oda a la Máquina’, que está por la mitad". Y empezó, como casi siempre, a cantar loas a la magia de Moreno, las gambetas de Muñoz, la precisión de Pedernera por el medio, el cañonero Angelito Labruna de puntero, la versatilidad de Loustau, todo en una sinfonía de pases geniales y un virtuosismo hay que reconocerlo de la gran puta. Cuando estaba por entusiasmarse reviviendo con ardor la goleada a los xeneises en el Monumental y los 292 golazos de Labruna hacha y hacha con el paragua Erico cayó planchado. Lo tuve que llevar de arrastre pa’ la pulisa. Tercer piso sin ascensor.

La noche se iba a baraja, y el lucero del alba hacía pata ancha solari el cielo de Mataderos, ese lugar amasado con gotán, bosta, vino y misterio, tajeado entre el Camino de las tropas, la Avenida del Trabajo, Emilio Castro y Escalada. Más que un lugar, un destino, vea. Y chiflando bajito "Es tan triste vivir entre recuerdos, cansa tanto escuchar ese rumor..." enfilé pa’ mi casa. Pero antes de entrar me saqué los caminantes. Pa’ no despertar a las musas. No sin antes escabullir los pingüinos atrás del enano de cemento del jardín. Recordando al viejo Discepolín carburé "El alba no perdona, no tiene corazón".

Había en la casa un hondo y cruel silencio huraño, y apenas cogotié la puerta embroqué a La Vieja tirada en la hamaca paraguaya con el deshabillé modelo semáforo de frisa roja, amarilla y verde, las chinelas del pompón y la pava en el Primus. La radio pasaba bajito "Incurable". Yo me hice el otario preguntando qué hora era y si le andaba pasando algo. Pero La Santa, de lo más cabrera, me escrachó al toque:

- ¿Cuándo se me va a dejar de locuras juveniles, m'hijo? Ya me va pa’ los cuarenta y no me da más que puros disgustos, vea.

Ahí nomás me le puse de rodillas y con remordimientos le sinceré todas mis penas. Le batí lo que hacía el Bertolotti a mis espaldas: atendía a un montón de otros pacientes. Una lágrima indiscreta furtivamente cayó. De mientras se cebaba un mate con cascaritas de naranjas amargas La Vieja me sentenció con clase:

- Vea m'hijito, los hombres, por más psicoanalistas que sean, son todos iguales y cortados por la misma tijera: borrachos, maulas, taimados, machistas, fajadores, les tira la calle y le escapan al trabajo. Usté ya debe saber que no hay como una buena madre pa' entenderse con el hijo de sus entrañas.

Dopo se bajó de la hamaca, me dejó arrodillado y se fue a ponerle un vasito de agua y prenderle una vela larga y finita a la Difunta Correa y otras dos más gordas y cortonas al Tibor Gordon y a la Gilda. Pa’ agradecerles el milagro de haberme rescatado de la peste del psicoanálisis y de las garras del satánico doctor Cayetano. Y de paso les garroneó a los tres juntos otra gauchadita: que hagan fuerza pa’ que yo deje de hacerla renegar tanto y vaya de una buena vez a ver a una vidente ciega, sorda, muda, paralítica y con hemorranas pero con flor de sifonazo que cura con flores de Bach, esencia de delfín del Pacífico y bagre de Chascomús, péndulo, aromaterapia, reiki, programación neurolingüística y terapia de los cantos. Y que también predice el destino por el tamaño, la estructura y la baranda de los teresos que te hace cagar en una escupidera dorada con forma de cuerno de la abundancia. Aparte de redículo a mí me pareció bastante asqueroso ese tratamiento alternativo, y no me cerraba lo de la terapia de los cantos. Pero me callé la boca pa’ no darle más disgustos a La Vieja esa noche de excesos. Y me fui a torrar de lo más palmado.

Pero tuve una pesadilla de la gran puta: soñé que volvía del feca como siempre, pero al llegar a mi casa veo desde lejos todas las luces prendidas y escucho risas de jarana. Me asomo por la ventana pa’ ver lo que pasa y juno a un punto de espaldas, sentado a la mesa y terminando de morfarse un lechoncito adobado. Y a La Vieja, que viene de la cocina con una bandejita, le bate al punto: "Bueno m’hijito, acá le traigo la cañita de naranja que a usted más le gusta, y pa’ después le tengo preparado unos ricos matecitos". El punto empina la caña y dopo, siempre de espaldas, prende la radio justito agarra "Noches de tango" por Radio del Pueblo, le chamuya a La Santa a la oreja, y los dos se cagan de risa y se ponen a bailar un vals por el "Cuarteto de Punta y Taco". A mi me vinieron al bocho, como una ironía del cruel destino, los versos aquellos: "Pero iban blandamente a compás los bailarines, y embriagada la pareja sin notarlo se besó..." Desesperado pego la vuelta, pa’ espiarlos desde la ventana del fondo, y juno clarito que el punto tiene...¡la cara del Cayetano!

Me desperté desorientado como curda en la góndola de lácteos. Y más cabrero que nunca. Fui a la cocina, interrogué a La Vieja sobre cuánto hacía que no se bailaba un valsecito criollo, cuándo había sido la última vez, dónde, cómo y con quién. Y sin esperar respuesta, y sin siquiera chupar un mate, agarré el cortaplumas, me fui derechito hasta el paraíso del fondo pa’ completar las iniciales "B" y "C". Puse "Bajas Calorías". Dopo agarré el trabuco naranjero, lo cargué despacito con perdigones como pa’ un chancho jabalí, y me fui a lo del Cayetano. Pa’ hacerlo boleta.

- ¿Cómo, no era que yo era un chitrulo y vos no venías más? me corrió con la parada el tordo sobándome el lomo, apenas me abrió la tapuer toda descangayada, dejate de joder, pasá, tirate en el diván y no me actués más, ¡haceme el favor che! LR3 Radio Belgrano pasaba bajito "Lo que vos te merecés" por Alberto Podestá.

Y yo, como un boludo, guardé el fierro y le hice caso.

(a Eduardo Escáriz Méndez


7. La escopeta

SUEÑOS NADA MÁS

A mí me parecía cargada tener que batirle al analista los sueños, que antes me habían parecido un engañapichanga lleno de boludeces, y que pa´lo único que servían era pa’ embocar un número a la zabeca o a los premios.

Pero ahí está la madre del borrego me batía el Cayetano, con el fondo de "El Marne" en solo de fueye por Leopoldo Federico: de mientras vos me chamuyás de lo que soñaste te van a ir viniendo solaris otras parolas surtidas a la sabiola, y ahí me las tenés que largar así como te llegan: los sueños son el eco del eco de tu voz, Batista. El analista, profe de la yuga, emérito de la bandera, el monseñor y el angelito; troesma diplomado en la alta escuela del escruche, casa el corta y la maceta y le entra a dar con tuti a la resistencia por la mucheta de los sueños, que es joya de rúa pa’ achacate el paco del inconciente. Y en esa maría hay de todo: un montonazo de gruyos, bobos a patadas, marrocas a la gurda y una bocha de sarzos, lo mejor de lo mejor pa’ que salgás del pozo de una vez por todas; así que vos tenés que estarte atenti, dequerusa, campaneando lo que sapa en la yeca de mientras el analista labura adentro con la viuda. Y ni se te pase en hacer gansadas y anotarte de ortiba de las resistencias.

Dopo que finiquitó su espiche banderudo me apretó que no me hiciera el chochán rengo y vaya largando el rollo con mucha efe, sin mezquinarle labia ni recular cuando se ponga a tiro la asociación libre.

Y ahí de punto pasé a banca, y empecé a lustrar carpeta de ligero. Por ejemplo un día yo soñé que andaba con mi viejo lo más pichi, meta pata por un lugar todo redondo adonde al fondo había un ranchito con un globo medio desinflado agarrado del techo. Mi viejo mira todo eso y me tira: "¿Y ésto, che Batista, pa' qué mierda sirve?" Y como había un montón de doñajuanas por el sopi, el ciruja vidalita acostumbrado al mangazo y el garrón empieza a pispiar si alguno está junando pa’ grafiñarse una. Yo le bato que no tiene más que avisarle al chaferolo que está en la tapuer pa’ llevarse la que quiera. Dopo nos escabullimos por una escalera toda forrada de cuero que daba a un pozo, y al fondo había otra escalerita y otro pozo.

Otro día soñé que iba como siempre a lo del Caye, pero cuando llego está la cana en el portoncito y uno de los tiras, de mientras se morfaba un postre vigilante, y con la boca llena, me dice: "Al coso éste lo venimo a engayolá por estafa reiterada". Yo me agrando y les toreo a los yugas: "¡Si no sueltan a ese hombre decente y honrado armo un flor de quilombo!" Los ratis, lo más tranquis, me agarran del fundillo del orto y me encanan a mí también. Pero en la taquería, dopo que me sacan los laberintos en el concierto de pianola, lo veo al Caye en el yompa, enfarolado de jetra finoli de chambré, con bobo y marroca de oro, y a los chaferolos haciendo cola pa’ que los atienda. El del postre vigilante daba vueltas a lo boludo, pa' ver si podía meterse entre los primeros. Mientras tanto Luis Cardei y Antonio Pisano entretenían con unos tanguitos sentimentales a los otros L.C. guardados.

Otro sueño más: voy con la barra de joda al piringundín "El Goce Libidinal II" de Berazategui, lleno de jardineras calentonas, ligeras, gustosas y cancheras, adonde canta la Sol Bustelo y el príncipe cubano Angel Sánchez Carreño presenta al loquerío una por una: Julieta: ¡la princesa del compás!; Yanííína: ¡la de la auténtica y esmerada escuela francesa!; Rebéééca: ¡la traviesa colegiala pa’ pedir de boca!; Marianéééla: ¡la exorbitante diosa chaqueña que no le envidia nada a la Coca Sarli ni a la Nélida Roca! y Mamuasel Grisééél: ¡mezcla rara de Natalia Graciano con la gorda Matosas y máster graduada en besos negros! ¡Sí señores: las más redeliciosas flores del pecado y criaturas recontraperfumadas que en vez de decir metejón dicen "amour", en vez de espiantá "sortez", en vez de catrera "le lit" y en vez de guita "l’argent!" ¡Todas superbebotas alucinantes y mimosas! ¡También tenemos el anexo "Panconpán," con un par de fornidos fisicoculturistas bien dotados, pa’ lo que se morfan la cola ‘e laucha; cuartito especial pa’ la disciplina; la concurrida tortillería "Only for your eyes", y nuestro autoservicio de consoladores "Pruebe antes de comprar!" Pero al llegar me tanteo el de la culata y me doy cuenta que me habían refilado el cuero y toda la teca en el bondi. De mientras los chabones se la pasan posta adentro yo me quedo aguantiñando en la tapuer, escuchando unas milongas por el Sexteto Mayor y platicando con un fantasma de lo más divertido, que me batía canyengue lo peligroso que es tomarse la vida en farra. Y que de tanta joda te podés pegar la payasa.

A lo último le tiré el sueño donde él se lastra el lechoncito adobado y aparece bailando un gotán con La Vieja. El Caye casó todos estos sueños, y sin largar el santo me batió:

- Bueno Batista, acá empieza la joda. A ver: ¿de qué color era mi jetra? A ver: ¿qué clase de novi había en las damajuanas, del bueno o del berreta? A ver: ¿qué mierda había en fondo del pozo? A ver: ¿me quedaba bien el jetra finoli? A ver: ¿estaban buenas esas papusas del queco? A ver: el lechoncito que yo me estaba morfando, ¿de cuántos kilitos sería? A ver: ¿así que me quedaba reposta el jetra y el bobo de oro, no?

Y así, poco a poco y a tranco parejo el Caye me fue buchoneando el secreto de los sueños. Me dijo que el lugar todo redondo era la de cuero número cinco cosida con tiento que siempre quise tener y me fue negada de purrete. Que el globo eran todos los bolazos que yo le había enchufado a La Santa, pero que como estaba medio desinflado eran mentiras no muy grandes, pero que igual tenía que ir a pedirle perdón (yo me acordé enseguida de las iniciales "B" y "C" y de la ladilla que me agarré en el piringundín del Bajo la otra vez). El Caye me batió también que el viejo era un choborra porque se le iban los ojos por las doñajuanas (¡la pegó!). Que la escalera quería decir que yo le tenía un cagazo drepa a los excusados muy oscuros (¡otra vez la repegó!). Que el naca de la tapuer, pa’ él, era un colega psicoanalista medio estrunzo y bartolero que lo envidia y que no se lo banca ni pintado. Que lo viera a él todo niquelado significaba que yo me había apercibido que mi analista era una persona de mucho rango, renombre, categoría y clase: "Date cuenta che, ¿te fijaste como el chaferío hacía cola en la taquería pa’ que yo los atienda?" Y que yo le viera morfándose un lechón en la casa de La Vieja significaba que en esta etapa de mi análisis se estaba barajando la oralidad, y que yo la estaba proyectando maliciosamente hacia él como defensa ante mis propias tendencias agresivas.

Todo esto me lo largó de mientras revoliaba a lo canchero el mouse por el cable, se olfatiaba los sobacos y me cantaba que lo adorne con unos buenos mangos al sesenta y siete[10] ; el cuarenta y cinco[11] ; el cuarenta y cuatro[12] ; el setenta y ocho[13] y al noventa y siete[14] . Y la terminó con que el fantasma de la tapuer del queco, en fin, no tenía lógica y no había que darle ninguna bola.

Lo que no me quedó claro era por qué joraca me afanaron la mosqueta y no pude entrar al piringundín. "No importa Batista me batí ya te va a venir otro sueñito y vas a tener gomanes y minas mejores pa' la revancha y jugarte el berretín". Pero por más que hice fuerza, minga de soñar con minas: soñé con serpientes. Y con unas nubes como aguas que bajaban turbias, adonde el troesma Hugo del Carril ladeaba un cachito el sombrero, estiraba ancha una sonrisa muda, hacía así con la zabeca como diciendo "¡qué lo parió, las cosas de la vida!" y me batía: "¡Este es mi muchacho, carajo!"

(a Angel G. Villoldo

8. Ochoa

EL OTRO

Un domingo, a eso de las once, once y media, de mientras preparábamos con La Vieja un flor de puchero bien completo y chupábamos unos verdes con hojitas de menta, cae mi hermana melliza, la Tere bautizada María Teresa, en casa le decíamos Teresita y ella se hace llamar Peggy. Hacía rato que no se aparecía por el rioba, vivía sola y aparte hacía muchas horas extras en la fábrica de tejidos "Tarbuch & Loewenthal". La había arrimado un tipo de jetra a rayas, tegobi finito, botas de cabritilla recontralustradas con taco pera, un sarzo en cada dedo encima de los guantes y lentes ahumados de carey sintético, que se hacía llamar "El Hombre de las lobas", en un Kaiser Carabela todo blanco y con una fogarata pintada en cada guardabarro. Pero el punto no quiso ni estirar las patas, apenas la Peggy se bajó toda perfumada, con una copa de champán en la mano y alardeando de su dulce hechizo se rajó a los santos pedos. De mientras el bote se perdía entre el barrial tocando bocina con los acordes de "El puente sobre el río Kwai", La Santa me codeó y me secreteó por lo bajo: "Este debe ser el que le arrastra el ala a la Teresita".

La Tere era bastante pretensiosa pa’ la pilcha, le gustaba darse dique y se veía que en esa fábrica le garpaban bien, porque siempre andaba forrada. Pero lo que yo no le bancaba eran las polleras cortonas, la boquilla larga de bacana y que se ponga tanto colorete y carmín.

En vez de tomar mate la Tere se bajó dos sovas de Legui al hilo, revolió la cartera como de tres metros y la embocó en el gancho de la pared, prendió un pucho en el calentador, taconeó de acá pa’ allá por la cocina, abrió la ventana y se mandó un flor de gargajo que le fue a dar justo a la sabiola del enano de cemento del jardín, se sentó en la silla chueca y me zampó sin vaselina:

- Che Batista, me ortibaron que vas de un tordo de esos que curan colifatos.