Papa aborígen

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Osvaldo Baigorria

Foto: Ana Portnoy

I

La naturaleza, qué utopía. La búsqueda de un lugar remoto donde escapar y vivir lejos de la guerra y en contacto con los árboles y los animales ocupó buena parte de mi vida y esperanzas hasta que la naturaleza cambió para siempre. O quizá la naturaleza fue igual desde el principio y no lo sabía, o el que cambió fui yo, o algo me mostró que ella misma contenía la guerra de la que yo quería huir.

El paso de la utopía a la distopía fue drástico. Llegué hasta la comunidad del Papa aborigen por los datos que me pasó una de sus ex fieles («ex» porque desertó del sistema cerrado de polifidelidad que se había impuesto en la secta). Era Nakasuk/Grasa de Foca (seudónimo que refiere a cierta crema que se ponían en Groenlandia para estimular el deseo y facilitar la penetración anal o vaginal), quien había seguido al Papa en sus años de niña cándida hasta que abandonó la secta para iniciar su carrera de pornógrafa originaria. Primero como actriz, más tarde como directora, se propuso hacer cine erótico alternativo, anti patriarcal, un proyecto que sólo pudo empezar a desarrollar seriamente cuando consiguió subsidios estatales al cine porno indígena. Su traición al Pope había sido absoluta, me explicó, porque en la secta estaba prohibido tomar fotos o grabar videos (y no había teléfonos móviles) ya que se suponía que esas capturas de imágenes podían robar el alma.

Para cuando la conocí, Nakasuk/Grasa de Foca se había librado por completo de esas creencias limitadoras y a través de un portal propio difundía películas soft y hard core con mujeres y hombres trans pilagá, selknam, wichí, mapuche, ranquel, aimará, guaraní, quechua, maya, sirionó, chiquitano, araona, tupí, aché, yanomamo, puruhá, saraguro, mazateca, nahuátl, zapoteca, otomí, quiché, yaqui, huichol, navajo, sioux, tarahumara, blackfoot, haida, tlinglit, cherokee, mojave y tantos otros que quisiera poner en la lista para no pecar de injusto pero no me da el aliento.

Claro que a un neófito le resultaba difícil distinguir quién era indígena y quién no entre esos cuerpos de piel morena, cobriza, olivácea y hasta de tono amarillo y casi de carapálidas que aparecían en escena. No obstante, Nakasuk/Grasa de Foca decía tener un método de preselección incluso superior a los refinados sistemas de detección de ADN que en algún momento habían sido obligatorios en los análisis de sangre de las actrices y actores para determinar si eran auténticos indoamericanos elegibles para los programas de pornografía social. Controvertidos, esos análisis identificaban cuáles eran los genes dominantes y cuáles los recesivos de cada etnia a lo largo de diez generaciones, incluyendo las mezclas y combinaciones posibles, de manera de establecer cuánto de aimará, zapoteca o navajo, digamos, podía haber en una muchacha latina o en un negro mota. Por suerte, la obligatoriedad de hacerse un análisis ya había sido eliminada a causa de la lucha de organizaciones humanitarias y de defensa de minorías, de modo que ahora bastaba con que un criollo cualquiera, criado en Itaizungó, por ejemplo, dijera ser descendiente de charrúas para que pudiera entrar de actor en los planes de subsidios estatales. Más de uno se habrá hecho el vivo, pero el sistema en general funcionaba. Sobre todo, Nakasuk/Grasa de Foca reivindicaba su método infalible, por observación de los movimientos corporales, el modo de caminar, los gestos e incluso el vaivén pélvico durante el coito para saber no sólo si alguien era india/o sino para conjeturar, con escaso margen de error, de qué nación primera descendía.

En cuanto al Pope indio, que Nakasuk/Grasa de Foca había conocido lo suficiente como para saber que de indio tenía poco y nada, llegó a formar una comunidad interracial de fieles entre quienes al principio se contaban nativos de la tribu haida de las islas Reina Carlota que después se retiraron de la secta aunque continuaban por ahí cerca brindando asistencia y cuidados a la gente criada en ciudades y poco hábil para la vida en esas tierras salvajes. Su apellido era Fangulo pero se lo conocía por el nombre de pila que le habría puesto su madre adoptiva, una artesana de Epuyén convencida de que con la marca apropiada el chico podría llegar lejos: Ananda. «Hay que llamarse como un indio de veras, de la India, no esas boludeces de nombres patagónicos que les ponen a sus hijos los progresistas culposos», diría la artesana, y el chico llegó lejos.

Ananda llegó hasta el norte lejano afirmando que descendía por parte de madre de un tal Baigorri, inventor de una maquinita que hacía llover en los años treinta del siglo XX, y por parte de padre de un tal Fangulo, sobreviviente de la destrucción occidental y cristiana de las pampas del siglo XIX. Como muchos recitaban ese versito de que eran descendientes de algún cacique, se sospechaba que Ananda Fangulo era un falso indígena, para colmo con apellidos vasco e italiano. Pero él contaba que había viajado en busca de sus raíces hasta el sur profundo, más allá de la Patagonia, hacia la legendaria ciudad encantada de los Andes o la isla blanca de los mitos selknam, siguiendo al sol blanco y al fuego frío que arden en el Polo y explorando las cavernas, túneles y ríos subterráneos que comunican al planeta desde la Antártida hasta el Ártico, y en esas oscuridades tuvo la revelación de que había que emigrar a las zonas de frontera donde se había establecido la hegemonía blanca para infiltrarla en su propio terreno: el norte nuevo-americano, la Nueva América aborigen.

Además, por su crianza y sus viajes, Ananda decía haber adquirido antiguos saberes, como la capacidad de entrar a voluntad, por visualización e imaginería dirigida, en ciertos pliegues o agujeros del universo que podían reproducirlo en distintas épocas y espacios. Citaba o parafraseaba a Kurt Vonnegut, entre otros, sin mencionar la fuente: «El universo es un lugar enorme, con suficiente lugar para que un montón de personas equivocadas tengan razón sobre un montón de cuestiones y aun así no puedan ponerse de acuerdo en nada». Y también: «Hay lugares del universo donde todas las diferentes verdades pueden convivir sin conflicto. Esos lugares, que se encuentran diseminados por el cosmos, son como pliegues espaciotemporales, ovarios o agujeros negros que, si uno tropieza con ellos por azar o accidente, puede terminar fragmentado y disperso en una miríada quizá infinita de lugares y de tiempos. Una dispersión total que te llevaría a cientos de miles de lugares a la vez. Pero si uno aprende a entrar a voluntad en ellos, podría controlar en cuántos y en qué lugares y tiempos le conviene quedarse».

Como el mundo está lleno de gente crédula, convencida de que la ficción y la no ficción son cosas distintas, no le costó mucho a Ananda Fangulo reunir una cantidad enorme de fieles en su movimiento de éxodo a las montañas en busca de uno de esos lugares mágicos, incluso con el apoyo de capitalistas que le donaron fondos suficientes para el emprendimiento gracias a las enormes cosechas de millones de toneladas de marihuana en esos años de mejor clima. Dirigió a su grey a establecer una comunidad en los Territorios del Noroeste, cerca del Yukón, y se hizo elegir Pope, o Papa. Dijo que era sólo por un año, porque sería una función rotativa. Como declaró en el discurso inaugural, su compromiso siempre sería con la Revolución, con mayúsculas aunque también con atenuantes.

Hasta allí me llevó mi curiosidad, siguiendo las pistas que me dio Nakasuk/Grasa de Foca. Anandaland, la Tierra de la Suprema Felicidad, la Tierra de la Alegría. Cómo describir ese enclave perdido en las montañas. Sólo puedo decir que el paisaje era awesome, una palabra que me parece mejor dejar sin traducción porque increíble, fantástico, prodigioso o sorprendente ni se le acercan a dos metros. Es algo que corta la respiración, que suena como un suspiro. Awe es pavor, maravilla, una maravilla que da temor y temblor, que atemoriza. Supongo que a veces es bueno sentir awe por algunas cosas. Por ejemplo, los árboles que hablan, susurran, crujen. Las montañas que se mueven, de modo imperceptible salvo para los que comían las papas alucinantes que había importado el Pope. Porque en medio de esos bosques de árboles milenarios crecían papas sembradas por los seguidores de Ananda y de las que se podía extraer, en destilerías caseras, el alcohol para fabricar aguardiente. Papas en el bosque. «Juguemos en el bosque mientras el Papa no está. ¿Papa está? ¡Woooo!» decían los árboles desde sus raíces, y respondían con un eco las montañas. Tubérculos que habían cruzado de sur a norte, desde aquellos nacidos en Pampa Corral hasta las cepas modificadas genéticamente en laboratorios clandestinos. Papas precolombinas, papas poscoloniales, papas americanas que alimentaron a cinco o seis continentes sin contar la Atlántida, se exaltaba el Papa Ananda en su discurso a las masas hippies el día en que llegué a Anandaland, en el tercer aniversario de su coronación.

—Cuando caminen por el bosque siempre cuiden sus espaldas, manga de distraídos -sermoneaba-. Recuerden que ahí puede andar el hide-behind. Es un genio maligno que aparece cuando uno anda solo y se esconde tras la espalda. Por más vueltas que uno de, siempre lo tendrá detrás y por eso ningún ser humano lo ha visto.

Toda la audiencia se dio vuelta a la vez y miró atemorizada a hacia atrás, buscando aquella presencia oculta. Mujeres de largas polleras que cubrían sus largas piernas de largos pelos y hombres también de barbas y cabellos hasta la cintura y un montón de niños lampiños correteando por ahí. También rapados, mohicanos, afros con rastas o crestas y de tez blanca, rosa, negra, marrón o amarilla que en esas zonas eran llamados hippies por comodidad, y porque todos parecían algo antiguos, como de otra época. Ananda trató de llevar calma, explicando mejor:

—Ya les dije que aparece cuando uno anda solo, sarta de imbéciles. Nunca en público. Si no, lo descubrirían fácilmente las hadras. A esas sí que ustedes las han visto, las conocen. Tienen un ala sola, que les permite volar en una única dirección y siempre van dando vueltas alrededor de uno. Ellas avisan con un silbido si ven un hide-behind.

La masa de hippies incautos miraba en todas las direcciones, olfateaba, trataba de ver o escuchar a esos seres alados. Algunos verían algo de puro drogados que estaban, la mayoría nada. Igual todos creían.

—Cuídense más que nada de los cazadores de scones -siguió el Pope Ananda, robando ideas a la literatura argentina, norteamericana y quizá universal, pero daba igual porque los hippies qué iban a saber, si no leían nada-. El scon es muy viajero. Le gusta andar de noche para que nadie lo vea ni escuche, porque llora constantemente. Y los cazadores siguen su rastro de lágrimas. Cuando lo acorralan, llora tanto que se deshace en lágrimas y desaparece. Es raro que lo agarren vivo. Ustedes no tienen ese recurso, son llorosos pero no tanto como para deshacerse en lágrimas. Están obligados a esconderse de los cazadores que, cuando se quedan sin scones, se ponen furiosos y salen a cazar hippies. Y ahí sí cazan a los tiros. Porque un hippie no es ninguna rareza, no vale lo que un scon. Por suerte los cazadores no saben cómo llegar hasta acá. Cuando vean alguno deben reportarlo de inmediato a los haida, que se encargarán de fusilarlo a flechazos. Son fáciles de reconocer, andan con armas largas y esvásticas en sus chaquetas militares. No son necesariamente nazis, son oportunistas que usan esos símbolos para provocar. Aunque algunos están medios locos y siempre serán peligrosos. Son nazis en un sentido amplio, arquetípico, gente que cree que hay seres superiores y seres inferiores. La igualdad y la mezcla son amenazas para esos tipos de pensamiento discriminatorio, de ideología supremacista, que afirman que a los inferiores hay que sojuzgarlos o aniquilarlos, incluyendo a los débiles y a los diferentes que también son considerados inferiores. Eso es ser nazi. El mayor problema no es que una persona sola, por su cuenta, se sienta superior a las demás, sino que ese sentimiento se convierta en delirio colectivo. Acá nunca decimos que somos mejores que nadie, sólo queremos que nos dejen vivir en paz. Y yo tampoco soy superior a ustedes porque me han elegido Papa, o porque esté acá dando mi discursito. No hay ningún ser superior. Si los trato mal, es para que reaccionen y en algún momento me destronen o me cambien por otro Papa. O Mama, o Papisa, lo que quieran. Papa es un significante vacío.

Era demasiado complejo para los hippies que estaban cada vez más inquietos, ya no tanto por miedo a esos seres que nunca habían visto sino porque parecían cansarse del discurso entre esquizo y paranoizante de Ananda. Empezaron a distraerse, seguían pasando porros, comían brownies de chocolate con cannabis que trajeron para el picnic, mojaban papas de pura cepa peruana en la cerveza artesanal y se apuraban a comer y beber porque el día había empezado bien pero se estaba nublando y en las montañas nunca se sabe, el clima puede cambiar muy de golpe.

Pero Ananda, que además de ser un argentino chanta era taimado y no perdía mirada sobre la masa y jamás comía marihuana porque sabía que te deja medio boludo, enseguida sacó un tema que cautivó de entrada:

—A los que comen brownies, les cuento: las brownies son mujercitas y hombrecitos de color pardo que colaboran con las tareas domésticas. Sí, como gnomos -le dijo a una niña que le hacía esa pregunta con los ojos, como si le leyera la mente-. Gnomos viene del griego gnosis, conocimiento. Ahora mismo, ustedes se están comienzo pedazos de conocimiento.

Ah. Éxtasis hippie. Con razón nos quedamos colgados, embelesados de esas palabras. El THC frito con el chocolate es conocimiento puro.

Entretanto el cielo se había nublado por completo. Un primer trueno anunció que pronto se terminaría el picnic. El Pope Ananda aprovechó para acotar:

—Ahora nos llama Haokah, el dios del trueno. Usa los vientos como batientes para hacer sonar su tambor, ese bombo peronista y legüero, que se escucha a varias leguas. Hay que obedecerle y levantar campamento.
Antes de que los crédulos totalmente colgados en la nube de cannabis y aguardiente pudieran recoger sus cosas y llamar a sus hijos que correteaban por ahí, se largó una lluvia torrencial que dejó a todos hechos sopa. Y un viento frío para rematar. Había que correr a secarse a algún fogón. Estampida general, pies descalzos sobre la hierba mojada, niños que lloran, se deshacen en lágrimas, desaparecen. «Con el clima aquí nunca se sabe» decían los más veteranos.

II

Algo sí se sabía o presentía. El clima iba a cambiar. Y al fin cambió. Para peor, naturalmente. Parte del problema fue la ignorancia, parte la crueldad.

El cargo papal debía durar un año, como el de todos los Popes de la Tierra de la Alegría, aunque Fangulo se las arregló para gobernar por lo que parecía una eternidad. Apoyándose en una técnica de visualización que, según dijo, podía materializar imágenes inducidas tras largas horas de meditar sentado con los ojos cerrados, prometió terminar con las lluvias de verano y cumplió: dejó de llover. También empezó a nevar cada vez menos en invierno. Sus seguidores volvieron a elegirlo un año tras otro. Pronto la nieve pasó de tener dos metros de alto a acumular sólo unos pocos centímetros en el mes de enero. Eso sí, el invierno siguió siendo frío, con menos de 30 bajo cero, y continuó durando seis meses, de noviembre a marzo, con días reducidos a cinco horas, entre las 10 y las 15, aunque cada vez con menos nieve.

De modo que cuando volví a Anandalandia quince años más tarde me encontré con un paisaje irreconocible. Seguía lleno de hippies pero todo estaba medio amarillento, nada verde, los árboles mustios, los huertos raquíticos y con mucha sed. Ya no crecían ni las papas. El arroyo era un hilito de agua que corría sobre las piedras y la energía para la cámara frigorífica de la comunidad se obtenía de paneles solares. La mayoría de las chozas no tenía luz. Por suerte cuando fui era verano, el día duraba como veinte horas, de las 3 de la mañana a las 23, y no faltaba energía solar pero te morías de calor. Por la crisis del petróleo, la nafta estaba prohibida y se negociaba en el mercado negro. La mayoría no salía de la aldea. La sequía amenazaba, los incendios diezmaban los bosques y también las casas. Era la decadencia -no la degeneración, porque los géneros seguían en pie-pero todavía algunos porfiaban en su estilo de vida. Muchos habían vuelto a formar tolderías para no tener que reconstruir sus cabañas de madera destruidas por los incendios de cada verano.

Se veía que al Pope Ananda se le había ido la mano. Quise hablar con él. Pedí una audiencia aprovechando mi condición de connacional y me la dieron en seguida. Ananda me recibió en su choza en la parte más alta de la montaña, rodeado de ocho o diez mujeres y no sé cuántos niños. Calvo, con una barba larguísima amarronada por alquitrán de cannabis, estaba gordo y desnudo debajo de su larga túnica alguna vez blanca y ahora gris por lo grasienta, abierta al medio, con su miembro erecto y enrojecido como el de un perro, con el prepucio bajo y la punta húmeda sobresaliendo entre sus piernas sentadas en posición de loto. Sonrió y me invitó a pasar. Transpiraba.

—Peace, brother -dijo-. Bienvenido a esta tierra de armonía y abundancia, donde nunca falta sexo y comida, no como en esas ciudades llenas de mierda y violencia. ¿Querés acostarte con alguna de mis mujeres? ¿Te armo una pipa para compartir?

Le pedí un poco de agua, me dijo que no había. Me ofreció jugo de carne de ciervo que tenían en el cooler. Sangre fría. El vegetarianismo había sido una de las primeras ideologías que tuvo que adaptarse a la nueva situación. Las mujeres cazaban animales que deambulaban cada vez más hambrientos a causa de la sequía: ciervos, zorros, coyotes, osos, perros salvajes y hasta domésticos con arco y flechas, en parte porque no tenían municiones para las armas de fuego y en parte para no llamar la atención con los disparos. Me lo explicó, lo entendí, pero quise saber cómo había empezado todo.

—Fue por la deforestación. Los árboles que el gobierno mandaba sembrar no crecieron lo bastante rápido para compensar a los que cortaron, después el gobierno colapsó y ya no hubo manera de detener la erosión.
Le pregunté si él no podía hacer llover, ya que era descendiente del inventor de una máquina que provocaba lluvias y, además, había podido detener las tormentas con sus técnicas de visualización. Se rio:

—No seas pelotudo. Eso era para la gilada. Uno tiene que aceptar la voluntad de Pacha Mama y listo. Acá las lluvias pararon solas, el clima cambió por su cuenta, yo nunca hice un carajo. Les dije a todos que me pasé muchos días concentrado en la meditación, y justo el tiempo cambió. Tuve suerte. Buena o mala, según como la quieras ver.

—¿Cuál es la parte buena?

—Sigo siendo Papa. La parte mala, además de la sequía, es que ahora tengo un montón de mujeres y una cantidad de hijos que ni llegué a contar. Me paso los días cocinando la comida que ellas me traen y cuidando de esta casa, donde a la noche ya ni se puede dormir entre los ronquidos y peleas de tanta gente, o que se ponen a jugar y a hacer cosas entre ellos, sexo, qué se yo. Encima en verano la noche es corta. Y en invierno ni te cuento. A veces en la oscuridad no distingo a quién me estoy cogiendo o quién me la chupa, si es alguna de mis mujeres o a algún pobre hijo mío. Esta promiscuidad me está matando, ya no tengo fuerzas. Por lo menos acá no llega el sida ni otras venéreas. La endogamia tiene sus ventajas.

—Pero llega alguien de afuera como yo, un visitante, ¿cómo sabés si tiene o no una enfermedad infecciosa?

—Es que las infecciones son un tremendo invento, un negocio redondo de los laboratorios. Yo te miro a los ojos y sé si estás enfermo. Te diagnostico no por fondo sino por superficie de ojo. ¿Sabés cuánta gente me viene a consultar, no sólo de esta comunidad sino de pueblos vecinos?

—¿Cuánta?

—No sé, pero mucha. Era una pregunta retórica. A todos les enseño a visualizar. Si están enfermos, les digo que se relajen dos veces, una a la mañana, otra a la noche, inhalando por la nariz y exhalando por la boca mientras visualizan que las bacterias y los virus van siendo expulsados, uno por uno, en cada exhalación, junto con todos los pensamientos negativos. Esos pensamientos se tienen que ir en forma de nube negra que sale de la boca. Porque lo que te enferma son esos pensamientos. Ya el pensar que podés tener un virus es negativo. ¿A ver?

Me examinó los ojos, uno a la vez, levantando los párpados y retirando la piel para observar de cerca.

—Estás lo más bien. Si no te gusta ninguna de las mujeres de acá, también tengo una hija de diez años que ya ovula. ¿O preferís un muchachito? Echá una ojeada y elegí.

Para no ofenderlo, miré en torno a ese campamento de gente desnuda o en harapos recostada a la sombra o que deambulaba entre la basura trayendo y llevando cosas que parecían basura, al costado de autos oxidados y sin ruedas que se hundían a medias en la tierra. Una mujer tenía un chico que lloraba entre sus piernas, le masajeaba los testículos para calmarlo y le sacaba los piojos del pelo para comérselos. Otra estaba embarazada y de espaldas, con las piernas abiertas, atendida por un muchacho que le examinaba la vagina mientras ella transpiraba y gemía, como si estuviera por parir. Y otra se estaba restregando las nalgas contra el suelo, parecía que se estaba limpiando después de cagar. Le dije a Ananda que estaba medio descompuesto y volví a preguntarle si tenía algo más para beber aparte de la sangre de ciervo.

—Semen -dijo y empezó a masturbarse. Pero lo hacía de una manera rara, cerrando los ojos, siempre sentado en posición de loto, como si meditara o estuviera tratando de visualizar que eyaculaba. Me fui antes de que acabara.

III

En el camino hacia la ruta de salida, donde me puse a hacer dedo, me encontré con un típico cazador de scones a bordo de una camioneta negra eléctrica. Se detuvo a mi lado, bajó el vidrio de la ventanilla. Era un rubio rapado medio gigante con dos armas automáticas en el asiento y mirada azul nazi. Me arrepentí de haberle hecho señas con mi pulgar. Preguntó si había visto algún hippie por la parte más alta de la montaña. Le dije que no, pero no me creyó. Abrió la puerta y me obligó a subir a la camioneta para que lo llevara al lugar de donde venía. Qué momento. Empecé a sudar de miedo. No quería traicionar a Ananda, este sería un manipulador abusivo pero no merecía morir a manos de un facho armado hasta los dientes, y mucho menos sus mujeres-hijas-seguidoras. Siempre hay que tener en cuenta la contradicción principal.

Anduvimos un rato dando vueltas y le di indicaciones para llegar a una curva del camino de montaña desde el que nos pudieran ver los haida que protegían a la comunidad de hippies formando un cordón de arqueros en las alturas. Uno de ellos nos divisó a tiempo, y apenas el nazi se bajó de la camioneta lo clavó de un flechazo, silente y certero. Me escurrí rápido escondiéndome en el bosque a ver si también la ligaba yo.

Después de todo eso no quise volver más. El cambio fue insoportable. Entre los incendios y los cazadores de scones, los habitantes de la comunidad terminaron dispersos y desaparecieron como si hubieran atravesado un pliegue del tiempo. Igual que los pampas después del malón blanco. Se ve que la historia se repite, como dijo un alemán, una vez así y otra vez asá.

Coda de aquel cuaderno de viaje: dicen que del exterminio de la Tierra de la Alegría o de la Suprema Felicidad sólo se habría salvado un sobreviviente, gracias a una de esas mujeres que antes de su huida logró congelar un óvulo fecundado por el Pope Ananda que llegó a manos de un biólogo que a su vez lo mantendría en un freezer durante décadas hasta que la biotecnología fuese capaz de enviar material genético humano a una de las estaciones espaciales en órbita donde se fundarían nuevos mundos. Ese óvulo de madre desconocida, que bien podría haber sido de alguna descendiente de Nakasuk/Grasa de Foca, luego daría nacimiento a un hombre nuevo que en su kibutz extraterrestre sería criado en comunidad y sin familia, exento de la moral y los dilemas terráqueos, a salvo del apego, del fanatismo y del ansia de supremacía, aunque no a salvo de la sed de conocer. Y entonces un día ese hombre decidirá volver a la Tierra, a sabiendas de que la encontrará en condición irrecuperable con sequías y guerras químicas y nucleares por el agua y el espacio vital entre mafias, mercenarios, guerrilleros y Estados colapsados. Y en busca de sus raíces llegará hasta la región montañosa donde se encontraba Anandaland, y allí se enamorará de alguna mutante que habrá sobrevivido a la radiación y logrará preñarla, lo cual será motivo de disputa porque él querrá regresar con ella o al menos con su óvulo fertilizado a la estación espacial y ella querrá quedarse y continuar aquí, con su vida miserable en esta Tierra porque, en realidad, no conoce otra.

(De Indiada, Blatt & Ríos, 2018)

 

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