Para después del coronavirus, Argentina necesita un New Deal de reconstrucción

En crisis, pandemias y guerras los Estados Nacionales son actores fundamentales del nuevo orden

La actual depresión mundial es la oportunidad de implementar un programa nacional con algunos aspectos semejantes al New Deal de Roosevelt (Estados Unidos). Tomar medidas inmediatas y audaces en momentos en que las grandes potencias están ellas mismas altamente endeudadas y buscan soluciones para su salvataje propio.

Por Mario Rapoport*

La salida de la crisis del ’30 del siglo pasado en Estados Unidos fue con el New Deal (Nuevo Trato) impulsado por el presidente Franklin Delano Roosevelt.

Ante los lamentos de los economistas neoliberales que abogan por una salida rápida de la cuarentena para volver a retomar el rumbo de la economía, deberíamos preguntarnos de que rumbo se trata.

La pandemia esta estrechamente vinculada a la marcha de la globalización económica neoliberal que multiplicó rápidamente los efectos de la nueva enfermedad llevándola a todos los confines de la tierra.

Los cambios ecológicos y el calentamiento global producto de ello también habrán ayudado a la aparición del nuevo virus. Recordemos que muchos de esos economistas y políticos afines nos decían que si no tomábamos el carro de la globalización ibamos a quedar pronto fuera del mundo.

Desgraciadamente, y en forma casi simultánea en el tiempo histórico, el macrismo nos dejó comprometidos con una deuda impagable y el coronavirus nos ató a una enfermedad mundial, por lo que estamos bien sentados y de la peor manera, en el tan mentado carro de la globalización, que en vez de beneficiarnos nos hará retroceder hacia una refeudalización del país, una salida que tanto economistas europeos y norteamericanos no descartan incluso en los países centrales.

Refeudalización

De que se trata cuando se utiliza la palabra refeudalización. Sin duda, no constituye una vuelta a las características del antiguo feudalismo, sino que, como señala Sieghard Neckel (2013, citado por Kalmeiear en un reciente libro Refeudalización difundido por Clacso), “dado que la renta del propietario se basa en la parte apropiada del producto neto rural sin necesidad de esfuerzos propios, el modo de financiamiento actual del capitalismo se caracteriza por el hecho que la acumulación de capital ocurre sin inversión y el retorno de las ganancias por propietarios esta garantizada. En ella los propietarios sin riesgo se parecen mucho más a los patrones feudales que al empresario burgués”.

Si a esto le agregamos que el capital de los multimillonarios es cada vez más patrimonial, según lo demostrado por Piketty (El capital en el siglo XXI, 2014), y no pertenece ya los emprendedores originales sino a su hijos o nietos el panorama se completa: los amos del dinero son actualmente largas dinastías como en la época feudal.

La revista Fortune (representativa del establishment norteamericano) en un número especial de agosto de 1986, hace una descripción del poder que aun tenían los Rockefeller en esa época, en un artículo titulado «¿El fin de una dinastía?». El total de la fortuna familiar era entonces de 3,5 billones (miles de millones) de dólares, y el árbol genealógico mostraba 6 generaciones y 83 miembros vivos disfrutando de sus compañías, inversiones y fideicomisos.

La aristocracia argentina sigue siendo, en cambio, en su base, de terratenientes y el nombre de señores feudales les calza mejor todavía (a ellos se les debe agregar el capital extranjero invertido en tierras, como los Benetton). La soja, las actividades extractivas, los recursos naturales pertenecen a estas familias, la gran mayoría de la vieja oligaquía. Los Blanco Villegas (rama materna de Mauricio Macri), las familias de Patricia Bullrich y Marcos Peña y, por supuesto, los Martínez de Hoz, los Blaquier, son un ejemplo.

Multimillonarios

Desde el punto de vista jurídico, además, los multimillonarios, que constituyen el famoso 1 por ciento de la población del mundo, no se rigen por los principios de su ciudadanía nacional sino por derechos adquiridos individuales o dinásticos. Poseen la llamada “ciudadanía por inversión” basada en los paraísos fiscales, sin impuestos a los ingresos, bienes o herencia.

Su ideología central se fundamenta en el supuesto de que para garantizar la acumulación de capital es necesario la existencia de un número muy pequeño de individuos extremadamente ricos y políticamente poderosos. Sólo un efecto derrame del mismo crecimiento hará que los trabajadores y las clases medias reciban las sobras, un menú sumamente restringido para los que verdaderamente producen la riqueza.

Esto se puso en práctica con la paulatina liquidación del Estado de Bienestar que existió en los países desarrollados en el período de posguerra hasta los años ’70 del siglo pasado por el temor al avance del comunismo. En los ’80 y los ’90, con Ronald Reagan (Estados Unidos) y Margaret Thatcher (Gran Bretaña), los gobiernos tuvieron que hacer profundos recortes y ajustes en los servicios sociales, los programas de salud (que ahora tienen gran gravitación en la pandemia) y educación, las jubilaciones y la ayuda a los pobres y desempleados. Todo a beneficio de los mercados financieros que produjeron la crisis de 2008.

Globalización neoliberal

Como un tsumami, la globalización neoliberal destrozó también las barreras nacionales en los países llamados piadosamente emergentes con la complicidad de dirigencias locales que, debemos decirlo con claridad, son socias de intereses ajenos, y juegan para ellos y no para sus mismos países. La perdida de la identidad nacional ha sido su meta y ya esta lejos la época en que hablábamos de una industria argentina o poníamos el acento en nuestro propio camino de desarrollo, tironeados siempre de afuera por el capital internacional y de adentro por esas elites locales.

Hay que retomar cuando llegue el momento sanitario adecuado la marcha plena de la economía pero, al mismo tiempo, ganar de mano al neoliberalismo mientras la economía está todavía paralizada por la pandemia o la post pandemia.

Con la cuarentena preservamos mejor la salud del conjunto de la población y de nuestras fuerzas productivas, no sólo la de nuestros mayores, y se abre un espacio para lograr que el país pueda seguir respirando una vez que la pandemia se aplaque o se logre encontrar la vacuna o los remedios necesarios.

Una parte de las clases medias que todavía creen que el Estado es un cuco y que su mayor presencia estorba el funcionamiento de los mercados pueden ahora observar que un Estado reconstituido, no el que nos dejó Macri que respondía a los intereses de una ínfima minoria, viene en su ayuda, sanitaria y económicamente.

New Deal

Es necesario recurrir a la historia, y no sólo a la argentina, para conocer las salidas de otras crisis, pandemias y guerras, que forman un trío destacado en el orden mundial.

Comencemos por ver el espectáculo del siglo XX. En ese siglo tenemos en abundancia los tres factores y todos no siguieron el mismo camino. La gran depresión de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial fueron sus mayores hitos. La salida de la crisis la dio, dentro de las potencias de la época, los Estados Unidos con el New Deal (Nuevo Trato) impulsado por el presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt.

Desde 1929 a 1933, el PIB de Estados Unidos cayó cerca de la mitad, el consumo de bienes durables en un 70 por ciento, la inversión se redujo a su quinta parte y los precios al consumidor disminuyeron un 24 por ciento. Por su parte, lo que es más grave desde el punto de vista social, el número de desocupados pasó del 3,2 al 24,8 por ciento de la población activa.

En forma dramática, la revista Fortune, en un número de aquella época, se dirigía paternalmente en su editorial a los mismos desocupados: «Usted que antes fue un carpintero –decía–, no tiene ahora más trabajo ni dinero. Le han cortado el gas y también la electricidad, vuestra mujer languidece, vuestros hijos tiemblan». Y daba una serie de consejos para que esas personas pudieran comer y vestirse recurriendo a cantinas municipales o al Ejército de Salvación. El artículo terminaba con otro consejo a una franja distinta de trabajadores: «Y si usted es un intelectual que tiene mujer y niños, ¿qué hace?… debe hacer como el carpintero» (F. Gigon, Jeudi noir, Laffont, París, 1976).

El New Deal tomó forma en los primeros meses del gobierno de Roosevelt, en 1933. Las políticas económicas tuvieron tres ejes centrales:

1. El incremento del consumo.
2. La política agraria.
3. La búsqueda de una solución al problema del desempleo.

Etapas

En general se le reconocen dos etapas. En la primera, de 1933 a 1935, se tomaron medidas coyunturales para resolver los problemas más urgentes e impulsar la reactivación económica basada en la intervención del Estado ante el fracaso de los mercados.

En primer lugar se hizo una depuración del sistema bancario, eliminando a aquellos bancos que funcionaban mal o irregularmente y se inició un control directo de los precios por el gobierno. La ley de Recuperación Industrial Nacional (NIRA) de junio de 1933 concedió a los obreros la libertad de sindicarse y creó un organismo de regulación (NRA) sobre la producción industrial, que estableció horas máximas de trabajo y salarios mínimos que podían incrementarse.

La ley de Ajuste Agrícola (AAA) tenía como objetivo ayudar a los agricultores hundidos por la crisis. Otras tendían a resolver más directamente el problema de la desocupación como la Administración de Trabajo Civil, que proporcionó empleo o ayuda a 4 millones de estadounidenses. Pero en su mayoría fueron declaradas inconstitucionales por una Corte Suprema conservadora.

En la segunda etapa, que comenzó en 1935, se superó el problema de la Corte y fueron aprobadas medidas importantes como la Ley de Seguridad Social, que establecía niveles de sanidad y asistencia para toda la población y la Ley Wagner. Esta última reafirmó los derechos de sindicalización a los trabajadores (en esa época muchas empresas prohibían al presencia de cualquier tipo de sindicatos) y reguló los procedimientos de negociación colectiva.

Una amplia reforma impositiva dejó a un lado el impuesto a la herencia existente y se aprobó la elevación al 79 por ciento de los ingresos superiores a los cinco millones de dólares que en los gobiernos republicanos anteriores había sido de menos del 20 por ciento. También se sancionaron la Ley Bancaria y de Utilidades de Empresas Públicas, para aumentar el control sobre esas instituciones.

Roosevelt, en el discurso del 28 de Abril de 1935, en referencia a ese proyecto sobre empresas públicas, señalaba: “bajo el dominio de conglomerados económicos, la industria de los servicios de gas y electricidad se han mantenido en una guerra sin esperanzas entre ella y el sentimiento público. La administración ausente de una empresa innecesariamente controlada por un conglomerado ha perdido el contacto con la gente, y la solidaridad de las comunidades a las que pretende servir” (Franklin D. Roosevelt Speeches 1935).

En la ultima etapa del gobierno estalló la Segunda Guerra Mundial que produjo una nueva expansión productiva, y sacó definitivamente al país de la depresión. Para evitar ahora presiones inflacionarias el control de precios se acentuó, la lucha contra los monopolios tuvo sus frutos y en los años de guerra los precios crecieron sólo a un 2 por ciento anual.

Programa

Es un programa con cuestiones coyunturales en su inicio muy parecidas (caída del PIB, endeudamiento, un sistema financiero en quiebra, desocupación, hambre, problemas laborales agudos) y diferencias (allí existía una fuerte deflación y aquí vivimos procesos inflacionarios).

En el pasado y en aquella misma época de la guerra la sindicalización masiva, las primeras leyes sociales y otras similares al New Deal las puso en marcha Perón, que aludió a ese programa económico como modelo en los discursos de su primera campaña presidencial.

Ahora se repite, después de la experiencia macrista una coyuntura también similar con la depresión mundial actual y una herencia interna desfavorable en el gobierno de Alberto Fernández.

Las medidas para dar un ingreso mínimo a gran parte de la población, frenar la desocupación, aumentar salarios y jubilaciones con haberes mínimos, ayudar a las pequeñas y medianas empresas, establecer un más firme control de precios y congelar algunos, manejar empresas públicas esenciales, se inspiran en la experiencia norteamericana y argentina de esos años.

Se propone implementar también un impuesto a las grandes fortunas para costear estas políticas (en la época de Roosevelt fue equivalente el aumento de las alícuotas de los ricos en el sistema tributario). Quedan pendientes, entre otras cosas, un reordenamiento del sistema financiero que viene de la época de la dictadura militar y un mayor control del movimiento de capitales. No será sin duda fácil pero es necesario.

La meta esencial aquí y ahora es la reindustrialización del país y el fortalecimiento del mercado interno, impulsando la creación de nuevo polos tecnológicos, y reorientando el sector agropecuario hacia rubros de mayor valor agregado que cambien el perfil de nuestras exportaciones. Para ello hay que reforzar los organismos de ciencia y tecnología (algo que se ha comenzado a hacer).

En suma estamos hablando de implementar un programa con algunos aspectos semejantes al New Deal, una vez que la epidemia se aplaque, si es posible con un amplio consenso político como se dio entonces en Estados Unidos.

Salidas

En cuanto a la cuestión de la deuda externa, un nudo georgiano que nos apreta la garganta es preciso aplazar cualquier decisión de pago hasta que la economía del país se recobre. Pero hacer un análisis riguroso de su contenido y pagar lo que realmente corresponde: no lo que contribuyó a la fuga de capitales o al juego especulativo como se hizo con los fondos buitres.

Debemos recobrar los jirones de soberanía perdida y volver a los circuitos internacionales curados no sólo del coronavirus sino también de la pandemia económica internacional con políticas económicas propias.

Una de las salidas para el capitalismo neoliberal es la de la tierra arrasada, con una mayor disponibilidad de mano de obra y recursos naturales en todo el mundo, que las corporaciones podrían dominar a su gusto y paladar. Lo hicieron en el pasado y constituye el peor escenario.

Pero hay también otro, la resurgencia de los Estados Nacionales como actores fundamentales del nuevo orden mundial.

Ninguna ayuda vendrá de los organismos internacionales de crédito. Por eso, es necesario tomar medidas inmediatas en momentos en que las grandes potencias están ellas mismas altamente endeudadas y buscan soluciones para su salvataje propio. Esto tiene que llevar al abaratamiento de una deuda externa que nos esquilmó a cambio de nada.

Parecen tareas quijotescas para un país aislado en el extremo sur del mundo. Pero con la ventaja de tener una naturaleza pródiga como para alimentar a 300 millones de personas, contar con un capital humano que puede crear las tecnologías que nos faltan y mejorar con nuevos bienes de intercambio nuestro perfil internacional. No nos queda otra salida.

* Profesor emérito de la UBA y del ISEN.

19/04/20/ P/12

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