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NOTAS EN ESTA SECCION
Génesis, desaparición y regreso de una película, por Osvaldo Bayer
Osvaldo Bayer. La Patagonia Rebelde. La escritura de la memoria, Rossana Nofal | La Patagonia Rebelde, Verónica Johana Farjat
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LECTURA RECOMENDADA
La Patagonia rebelde (monografía)

Génesis, desaparición y regreso de una película

Justo en 1974 todos aquellos que hicimos La Patagonia Rebelde nos ocupábamos todo el día en hacer posible su exhibición. El film estaba listo pero no podía estrenarse por cuestiones de censura. Juan Domingo Perón era el presidente y todo se había ido corriendo hacia la derecha desde los tiempos de Cámpora. Antes, en el Ente (censura) estaba Octavio Getino y él aprobó el guión sin ningún problema, igual que Mario Sofficci, el talentoso y bonachón director de cine, que presidía el Instituto Nacional de Cinematografía y que no encontró ningún inconveniente en entregar el préstamo a este film histórico. Al contrario, lo hizo con alegría. Pero, ese paraíso de la cultura que fue el gobierno de Cámpora apenas duró cuarenta y dos días y fue reemplazado por el yerno de López Rega, Raúl Lastiri, por orden de Perón.

Yo lo conocía bien a Lastiri. En mis tiempos de estudiante me ganaba la vida como bañero en la piscina del Club de Comunicaciones, en Núnez, en las vacaciones de verano. Y todas las tardes, sin falta, entraba al club este caballero vestido de impecable traje azul marino, camisa de cuello duro y llamativa corbata; se dirigía hacia la piscina y me hacía siempre la misma pregunta: "Y pibe, ¿cómo están las minas?". Ese señor, que me parecía un tanto ridículo con su atuendo poco deportivo, llegó a ser presidente de la Nación. Lastiri, en aquel tiempo -a fines de los '40-, era secretario privado del presidente del club. Un empleo tal vez inventado para darle sostén a este personaje que tenía un no sé qué de cafiolo porteño. Pero mi mente adolescente, a pesar de sueños y fantasías, no imaginó nunca, que este señor de diaria pregunta lasciva iba a regir "los destinos del país", y también el mío, en 1973.


La Patagonia rebelde, Héctor Olivera, completa
 

Porque este señor Lastiri -ya presidente- aprobó un decreto por el cual se prohibía mi primer libro, Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia (y por supuesto no sólo el mío, sino una larga lista). Empezaba mal el gobierno peronista. Recuerdo mi sentimiento de impotencia ante el acto degradante para la cultura de un palurdo así que había irrumpido en el escenario político levantado por el dedo del General. Un año después, ya con el General en el poder, nuevamente esa sensación de impotencia. Esta vez todo fue más refinado, lo que pasó con el film La Patagonia Rebelde. Se anunció con grandes avisos en los diarios del país para estrenarla el 2 de abril de 1974. Pero el Ente no es que la haya prohibido, sino que no la calificó, y sin calificación no se podía dar. El representante del Ministerio de Defensa se había mostrado en contra de la exhibición. De manera que el film se encontró en una situación ambigua: ni estaba permitido ni estaba prohibido.

Pero los problemas habían comenzado antes. durante la filmación, en la Patagonia, las noticias que se recibían eran inquietantes. El 22 de enero, cuando estábamos filmando en Puerto Deseado, supimos que Perón había destituido al gobernador de Buenos Aires -Oscar Bidegain, de la izquierda de su partido- y lo había reemplazado por Victorio Calabró, un integrante de la derecha y de la burocracia sindical. Y el 8 de febrero se había producido un episodio, tal vez pequeño en el ámbito político, pero muy significativo, ya que mostraba a Perón decidido a todo en su lucha contra la izquierda. En una conferencia de prensa realizada en Olivos, la periodista Ana Guzzetti, de El Mundo, le pregunta a Perón: "Señor Presidente, cuando usted tuvo la primera conferencia de prensa le pregunté qué medidas iba a tomar el gobierno para parar la escalada de atentados fascistas que sufrían los militantes populares. En el término de dos semanas hubo exactamente veinticinco unidades básicas voladas, que no pertenecen precisamente a la ultraizquierda; hubo doce militantes muertos y ayer se descubrió el asesinato de un fotógrafo. Evidentemente todo está hecho por grupos parapoliciales de ultraderecha". Perón, fuera de sí, le respondió: "¿Usted se hace responsable de lo que dice? Eso de parapoliciales lo tiene que probar". Y se dirigió al edecán aeronáutico y le indicó: "Tome los datos necesarios para que el Ministerio de Justicia inicie la causa contra esta señorita". La joven le informó a Perón: "Le aclaro que soy militante del movimiento peronista desde hace trece años". Perón le contestó: "Hombre, lo disimula muy bien".

Nos imaginamos lo que le habría ocurrido a otro presidente que hubiera hecho tal gesto de amedrentamiento contra el periodismo. Pero Perón podía permitirse una cosa así. Este episodio nos hizo ver que todo el escenario represivo aumentaba y paulatinamente se iba trasladando, como siempre sucede, a la cultura, y hasta a la vida íntima del pueblo. Por ejemplo, el decreto de Perón de fines de febrero que controlaba la comercialización de anticonceptivos. Se establecía que sólo podían ser vendidos con receta y éstas debían estar en triplicado. Una medida que se explicaba solamente por la injerencia de la Iglesia. Era un intento de represión de la vida sexual, sin ninguna duda, a pesar de que se explicaba que "una disposición tendiente a aumentar la natalidad como forma de alcanzar la meta de 50 milloones de habitantes para el año dos mil". Si no se permitían condones menos se iba a permitir un film que denunciara una escondida masacre patagónica ocurrida hace medio siglo.

LAS UNICAS DIGNAS

"... Cumplida la carnicería, el paternal Varela consideró pertinente, para solaz y esparcimiento de sus subordinados, enviarlos de visita a los prostíbulos de la zona. Paulina Rovira, encargada de la casa de tolerancia "La Catalana" en San Julián recibe el aviso. Pero, las cinco pupilas del establecimiento se le rebelan. Llegada la tropa, las mujeres esgrimen palos y escobas y al grito de: "¡Asesinos. Cabrones. No nos acostamos con asesinos!" rechazan a los soldados. Van presas. Son las únicas voces de repudio en medio del silencio de la sociedad cómplice. Temiendo que el episodio se difundiera se las deja en libertad... total ... era la opinión de cinco pobres mujeres..."
Sus nombres: Consuelo García, Ángela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache y Maud Foster.
(De "La Patagonia Rebelde" de Osvaldo Bayer)

Cuando terminamos de filmar exteriores y vinimos a Buenos Aires para interiores, se produjo algo tan insólito que cuesta creerlo. El "navarrazo". Se levantó el jefe de policía de Córdoba Antonio Navarro y con una docena de milicos volteó al gobernador Ricardo Obregón Cano y al vicegobernador Atilio López; éste un gremialista combativo. Los dos pertenecían a la izquierda del peronismo. Perón dejó de hacer maniobra e intervino la provincia en vez de defender al legítimo gobernador. El ritmo de la filmación fue acelerado mucho más con todo el apoyo de los actores y de todo el personal técnico, aunque algunos de nosotros ya no creíamos en un buen final, pero por eso mismo aumentaba la porfía. Ya la primera advertencia que debíamos darnos prisa nos la había hecho el gobernador de Santa Cruz, don Jorge Cepernic. A él yo lo había conocido años antes durante la investigación de las huelgas del '21. Era hijo de un trabajador rural que había participado en la huelga y mucho me ayudó a encontrar testigos de la época y en situar tumbas masivas. En aquel tiempo -estoy hablando del '69/'70-, él era uno de los pocos justicialistas que hacía fe de su ideología partidaria abiertamente. Ese riesgo y ese jugarse le abrió camino para posteriormente ser el candidato a gobernador indiscutible de ese partido en 1973. Y por supuesto, fue electo gobernador. Cuando supo de nuestros planes de llevar al film aquella investigación histórica, desde la gobernación nos dio pleno apoyo y ayuda. Por eso él se sentía muy responsable y preveía dificultades dado el enrarecimiento político de aquellas últimas semanas. Y en ese enero de 1974, se vino desde Río Gallegos hasta una estancia -a cuarenta kilómetros- donde estábamos filmando la escena del fusilamiento del líder obrero Outerello (que hizo ese gran actor que se llamó Osvaldo Terranova). Desde una loma vimos venir al gobernador, que se había bajado del auto y se aproximaba subiendo el desnivel. Me llevó a un aparte y me dijo: "Acabo de recibir un telegrama del Ministerio del Interior inquiriéndome quien dio el permiso para filmar en Santa Cruz La Patagonia rebelde. Se ve que en el gobierno hay fuerzas que se oponen. Voy a hacer como que no he recibido nada. Lo único que le pido es que traten de acelerar la filmación todo lo posible. Deseo fervientemente que la película pueda terminarse".


Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde. La escritura de la memoria

Por Rossana Nofal, Universidad Nacional de Tucumán

Es importante reconocer como escritura testimonial al texto La Patagonia rebelde de Osvaldo Bayer, libro a veces olvidado en la lista de clásicos del género en la Argentina. El proyecto escriturario del autor es el de construir una historia general y no oficial de los hechos. Apela al testimonio y a la historia oral; en su escritura conviven en tensión las evidencias documentales y sus interpretaciones sobre los acontecimientos.

La escritura testimonial nunca es apócrifa; está autorizada por el "prestigio" de instituciones letradas que lo incluyen en sus corpus de trabajo y por una "traducción técnica" de la voz del otro. El transcriptor construye un efecto de oralidad que facilita la transmisión del documento. Busca recuperar la experiencia colectiva de los hechos históricos, documentando la verdad no oficial con documentos oficiales.


De "Marchas y Canciones de las luchas de los obreros anarquistas argentinos (1904-1936)" Voz: Hector Alterio. Guión: Osvaldo Bayer

El testimonio, como género, se incluye en una tradición que deja de lado la creencia de que es posible el testimonio objetivo y que éste puede garantizar la verdad en la medida en que es auténtico. La escritura testimonial, como gesto, ocupa el espacio de la memoria que ha sido vedada por la historia oficial. Emplea el testimonio de los testigos, para borrar de la escritura la huella de la mentira y se erige contra el saber absoluto acerca de los acontecimientos. La escritura testimonial es un espacio tenso en el que narradores y narrados, desde posiciones desiguales, negocian un relato. Contrapone distintas voces en una escritura; esto implica una transformación radical de la idea de verdad, y es aquí donde se encuentran los elementos que constituyen la identidad del género.

El libro de Osvaldo Bayer, La Patagonia rebelde, Tomo III: Humillados y ofendidos,1 se inaugura con una advertencia del editor que califica a la obra como "historia de nunca acabar" La investigación histórica del autor se define como un proceso continuo. La palabra fin nunca puede ser escrita en el texto. La voz de los testigos sigue en las cintas grabadas; los relatos de los sobrevivientes no pueden concluir porque la verdad no puede callarse. El autor intenta una poética de la presencia, un espacio textual que sea capaz de seguir cada una de las huellas del relato de la muerte.

La tensión entre buenos y malos articula el relato. Héroes y villanos protagonizan la historia. Bayer focaliza cada uno de los personajes y los presenta como actores de un drama. Pero la masacre ha concluído; hay zonas del relato de la historia que han sido clausuradas por el autor. Comienza una época distinta en Santa Cruz. Se inaugura el tiempo de la revisión de las consecuencias de la represión. Se han terminado los enfrentamientos, las huelgas, las asambleas, los volantes y las banderas rojas.

El libro estará centrado en la interpretación de las acciones de Varela, en la evaluación de sus actuaciones militares y en la justificación de la venganza de los anarquistas. La campaña de Varela ha clausurado la violencia de la agitación obrera y ha "pacificado" el territorio a fuerza "de máuser y sangre". Bayer evalúa los resultados de los tres grupos que había presentado como actores de la tragedia patagónica. Sólo quedan dos; los obreros han sido totalmente eliminados.

Los hombres fusilados han sido las víctimas propiciatorias de la pacificación del territorio. En atroz simetría se presentan en el texto de Bayer los militares y los radicales, son dobles antitéticos en lo ideológico pero similares por su actitud frente al grupo social de los obreros. Bayer condena la actitud ambigua de los radicales frente a la orden de la represión. Los condena por esa ambivalencia de entre la cercanía y el alejamiento. Frente a la violencia el autor justificará la necesidad de una venganza. Los crímenes posteriores se determinan por la necesidad de venganza de los anarquistas. La escritura de Bayer es también una venganza. Sus palabras de denuncia de la muerte son similares a las armas anarquistas. Los cuerpos ausentes de los obreros, "borrados del mapa" por los militares, se hacen presentes en una escritura que busca cambiar la ausencia de la muerte por la presencia de las voces de los cuerpos.

Por eso, los insólitos acontecimientos que se habían desarrollado entre tres partidos: los poderosos, los obreros, y los radicales yrigoyenistas haciendo equilibrio, quedaban reducidos de pronto a dos sectores: los radicales y los hombres de la Sociedad Rural. El proletariado organizado, con sus entidades anarquistas, había sido borrado del mapa. (La patagonia..., 11)

 

La ley y las instituciones se ausentan del escenario histórico. Bayer cuestiona no sólo la explicación del presidente sino el papel del radicalismo. La hipótesis es que Yrigoyen no quería mezclar el poder político con la represión y por eso deja todas las decisiones en manos de Varela. Hay una figura y un orden ausente que se completa con la violencia de las armas. El autor cuestiona esta explicación de los hechos en la que la falta de las órdenes explícitas desencadena los hechos sangrientos.

Es interesante revisar los documentos de la historia militar acerca de la responsabilidad de Varela en los fusilamientos. Al respecto, el coronel Orlando Mario Punzi en su texto La tragedia patagónica. Historia de un ensayo anarquista,2 señala,

¿Cuál es su objetivo, fundamental sin duda, puesto que cumple órdenes directas del Presidente de la Nación, Comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, sin intervención de sus superiores inmediatos: de la brigada, de la división o del ministro del ramo?. Todo lo que Varela trae en tal sentido le viene de labios del primer mandatario, que en trece palabras le sintetiza la misión: "Vaya Teniente Coronel; vea bien lo que ocurre, y cumpla con su deber." Y nada más.3

La ausencia de órdenes legitima las acciones de Varela; la ambigüedad de la frase autoriza las acciones iniciadas en el sur. Bayer analiza la falta de la figura de Yrigoyen en la denuncia sobre la represión. El propósito central de su argumentación es trazar un paralelismo entre dos momentos históricos y entre dos presidentes: Yrigoyen y Alfonsín. El momento histórico de la tragedia representada en el texto (1921) y el momento de la circulación del mismo (1983) se unen con la intención de buscar las claves que expliquen la violencia fundacional de la modernidad de la patria. Los gobiernos radicales son los personajes antagónicos del discurso de Bayer; es contra ellos que se inscribe el relato.

En tanto enunciación política, la escritura como denuncia de Bayer es una réplica a la vez que supone o anticipa una polémica. Como lo señala Eliseo Verón, el discurso político está habitado por un otro negativo.4 El campo discursivo de lo político implica enfrentamiento, relación con un enemigo, lucha entre enunciadores. Verón ha trabajado en este sentido, la dimensión polémica del discurso político. La enunciación política es, desde su punto de vista, la construcción de un adversario. El adversario está excluído del "nosotros" y su discurso se define por la inversión de las creencias del "nosotros".

El gobierno radical es, por lo tanto, el contradestinatario5 y el adversario político del discurso del Bayer. Este colectivo es el antagonista de su discurso y de su construcción como la voz que enuncia "la verdad" de la historia. Los radicales están exluídos del "nosotros" que se define como: obreros patagónicos, intelectuales solidarios con su causa y anarquistas. "Nosotros" es la voz y la escritura de la verdad que se defiende del silencio con el cuerpo.

Es en la segunda guerra donde todo se trastoca, donde se cae la estantería al gobierno radical. Ante la nueva huelga —indudablemente más pacífica que la primera y mejor organizada, más general— se ordena la represión. Pero no el fusilamiento de los estancieros que no cumplían el convenio, sino de los obreros que exigían el cumplimiento de ese convenio. Claro que para ser neutrales desde el punto de vista histórico no podemos esperar que el gobierno radical fuera a ordenar que se fusilaran estancieros. Porque no era un gobierno obrero. Desde el punto de vista histórico los únicos equivocados fueron los obreros por haber iniciado la segunda huelga sin apoyo ni solidaridad de las centrales obreras de Buenos Aires y no haber negociado antes con el gobierno radical la probable salida de un movimiento de esa envergadura. Los obreros patagónicos se levantaron solamente porque tienen razón. Es la típica reacción anarquista. Desconocen lo más elemental de la política burguesa. Para triunfar no sólo hay que tener razón. (La Patagonia..., 21)

Para triunfar se necesita la violencia de las armas. La verdad de los militares se enfrenta con los cuerpos y con la sangre de los obreros de la Patagonia. Los discursos contrapuestos no pueden dialogar, no pueden escucharse; el Uno debe aniquilar al otro; los extranjeros deben silenciar su grito y su denuncia. La voz del autor cuestiona a los obreros que confiaron en el ejército y en los radicales. La barbarie de la represión desconoce la razón de las palabras.

Para el narrador del drama patagónico, los personajes más coherentes con sus propósitos son los estancieros. A partir de estrategias e intereses claros manejan los cuerpos y las palabras de los otros a su conveniencia. A diferencia de los obreros, la Liga Patriótica Argentina contaba con los contactos y el apoyo de Buenos Aires para defender sus intereses. Otra tensión que atraviesa el texto es la distancia entre Buenos Aires y el sur. El centro del país y sus instituciones aparecen de espaldas a la Patagonia. Bayer también acusa a las centrales obreras de la capital su silenciamiento frente a los movimientos en el sur.

El relato histórico desmitifica la diferencia entre los actores antagonistas de la tragedia. La oposición entre razón gubernamental y la barbarie de los militares que reprimen no existe en el texto de Bayer. Varela, de alguna manera "el doble monstruoso" de Yrigoyen, es uno de los represores y todos a la vez. La acción violenta del 10 de Caballería es la máscara inseparable del gobierno irigoyenista.

Bayer demuestra que el juego de la violencia en el país no se detiene en la década del veinte. La escritura de la tragedia demuestra que la muerte sobre "los revoltosos" sólo retrocede en algunos momentos históricos. Nunca se detiene en la cultura argentina la voluntad de excluir a "lo diferente", a lo vario, a lo distinto. Esta actitud se enmascara nuevamente a lo largo de la historia en otras represalias, en otros castigos y en otras venganzas. El pasado revela las claves para comprender el presente. Los culpables de los fusilamientos de la Patagonia apelan por primera vez al Artículo 34 del Código Penal para justificar sus acciones.

Fíjese el lector que varias décadas antes, el asesino Valenciano recurrió al subterfugio de ‘obediencia debida’, lo mismo al que recurrió el presidente Alfonsín para librar de culpa y cargo a los autores materiales de las torturas, secuestros y asesinatos de la dictadura militar de 1976 a 1983. Obediencia debida se convirtió en ley por el voto de las bancadas radicales de diputados y senadores. (La Patagonia..., 227)

El autor revisa las distintas hipótesis acerca de los fusilamientos. Todos aquellos que tratan de justificar a Varela —principalmente en los ambientes militares— hablan de las órdenes que cumplió. En Buenos Aires, los estancieros hacen circular la leyenda que fundan en el imaginario6 la creencia de que los obreros degüellan a niños y violan ancianas. Ante semejante anuncio, Yrigoyen determina que hay que terminar con los movimientos huelgísticos anárquicos en la Patagonia. Le da a Varela la orden de reprimir a hombres que no merecen ser considerados ciudadanos.

"Extranjeros", "anarquistas", "forajidos", "bandoleros", "insurrectos" son los calificativos que señalan a los huelguistas como sujetos sin patria. Dentro de las fronteras territoriales, los obreros son despojados del espacio que ocupan. Los individuos que se pliegan a la huelga y al movimiento contra los intereses de los estancieros, "mueren" primeros como ciudadanos. Pocos días antes, en Buenos Aires, había sido vetada la ley de pena de muerte. En el sur, lejos del lugar de la ley para los ciudadanos, Varela tiene la facultad y el poder para decidir la muerte de los obreros huelguistas.

Bayer construye un contradiscurso a la tesis de José María Borrero. El autor de La Patagonia trágica,7 fantasma textual en el texto de Bayer, niega toda responsabilidad en las muertes al teniente coronel Varela y al presidente Yrigoyen. Asegura Borrero que el verdadero autor de la matanza es el gerente de la Sociedad Rural, Edelmiro Correa Falcón, gobernador de Río Gallegos y enemigo personal del escritor.

Bayer discute esta hipótesis y se opone constantemente a aceptarla como la verdadera interpretación de los hechos. El autor de La Patagonia rebelde introduce en su texto la lógica de Borrero para explicar las acciones militares. A esa lógica de la incertidumbre, el autor opone la evidencia documental acerca de los hechos; deja de lado la interpretación de Borrero por considerarla "sin rigor histórico". Niega cualquier espacio para la mentira; desde el prólogo, en que plantea el texto como una investigación objetiva basada en material de entrevistas y documentos avalados por la escritura, evita referirse como un yo escritor.

"La Patagonia rebelde", en DVD: una reedición incluye declaraciones de Néstor Kirchner y Osvaldo Bayer


La nueva edición de la película (2007), realizada por Héctor Olivera en 1973, contiene escenas que antes fueron censuradas. Además de la palabra del Presidente, que actuó como extra en el filme, y del autor del libro en el que se basa la obra, se suman los testimonios de sus protagonistas: Pepe Soriano y Luis Brandoni.

"La Patagonia rebelde", clásico del cine argentino dirigido por Héctor Olivera, será reeditado en DVD con la inclusión de escenas censuradas. Además, se sumarán las declaraciones del presidente Néstor Kirchner, que actuó como extra en el rodaje del filme que se realizó en 1973 en Santa Cruz, y de Osvaldo Bayer, autor del libro en que se basó el filme.

Las frases del primer mandatario incorporadas en el DVD corresponden a declaraciones acerca de su participación en la película. Fueron recogidas en el acto de homenaje realizado el 13 de junio de 2004, cuando se cumplieron 30 años del estreno.

"Entre los agregados -comentó Olivera- hay un reportaje al ex gobernador Jorge Cepernic, al que sus captores en tiempos de la dictadura militar le dijeron que su detención obedecía a haber apoyado la filmación de la película". También se incluirán declaraciones de Pepe Soriano y Luis Brandoni, dos los principales intérpretes de la obra.

Otra novedad que contendrá la edición será la incorporación de documentos vinculados a la temática histórica del largometraje, que estuvo en cartel sólo algunas semanas, hasta comienzos de julio del 74. Luego fue levantado, pese al éxito de taquilla, y recién pudo ser reestrenada una década después, con el regreso de la institucionalidad democrática.

La noticia de la reedición de la película comenzó a circular la última semana, cuando Olivera estuvo en la Patagonia participando en la inauguración del monumento al español José Font, más conocido por su apodo de Facón Grande, a quien el cineasta considera "el primer mártir entre los líderes de los gremialistas rurales". También allí, el realizador trabajó en el avistamiento de locaciones para "La bandolera inglesa", su nuevo filme, que contará la historia de Elena Greenhill, la asaltante británica que asoló el sur argentino a principios del siglo XX.

Fuente: Télam, 18/07/07

Bayer es el historiador y el investigador de los hechos, no es un simple redactor de imágenes y anécdotas. En la escritura construye una polémica oculta en la que cada una de sus palabras reacciona contra la palabra de los "radicales" que están "allá", en Buenos Aires, lejos de la "tierra maldita"8 de la Patagonia.

Borrero apenas menciona la matanza. Simula una historia periodística, un informe objetivo y lineal de los sucesos y sus antecedentes; expone su tesis escuetamente sin ninguna documentación; reproduce informaciones y fotos periodísticas, fechando los hechos como lo haría un diario. El suspenso sobre la historia que está por escribirse organiza y sostiene el texto que se demora en el espacio de los personajes de la tragedia y no en la tragedia misma.

En breve aparecerá la segunda obra titulada: ORGIA DE SANGRE en la que tras una descripción detallada de los movimientos obreros ocurridos en la Patagonia y terminados con las horrorosas matanzas de 1921, se deslindarán responsabilidades, señalando con pruebas indubitables a los verdaderos autores morales y materiales de tales matanzas, quienes con fines inconfesables ponen todo su empeño en arrojar sombras siniestras sobre un inminente y austero ex mandatario de la nación y sobre la memoria de un pundonoroso militar argentino, primera víctima propiciatoria de los sucesos de Santa Cruz, cuya memoria se hace de todo punto preciso reivindicar, cumpliendo el deber fundamental de establecer la verdad histórica.9

En La Patagonia rebelde toda la historia se vuelve a narrar. El autor se propone un proyecto distinto y lleva a la escena histórica a todos los personajes de la tragedia; enfrenta y entrecruza sus voces. El texto se escribe con la verdad de los datos documentales; el rigor histórico aparece totalmente alejado de la ficción. Al comentar el final de la escritura de Borrero, Bayer anota:

De más está decir que el ‘inminente y austero ex mandatario de la Nación’ es Hipólito Yrigoyen, y el ‘pundoroso militar argentino’ es el teniente coronel Varela. Téngase en cuenta que La Patagonia trágica apareció durante la presidencia de Alvear (pocos meses antes de las elecciones en las que iba a ser consagrado Yrigoyen por segunda vez) y cuando ya Varela había sido muerto por el alemán Kurt Wilckens frente a los cuarteles de Palermo. (La Patagonia..., 15)

Bayer edifica un sentido diferente para contestar a los argumentos de su contrincante. Parte de un material histórico ya conocido y crea un orden nuevo para esos datos. El material de archivos no dice nada nuevo; es el mismo que usaron los antiguos cronistas de los hechos, la diferencia está en la interpretación de los sucesos. Es interesante revisar los distintos lugares desde los que Borrero y Bayer enuncian su relato sobre los hechos. Borrero, autor del libro deshilvanado, sombrío, agresivo e inverosímil, que se titula La Patagonia trágica,10 se define a si mismo como "el cronista" de los hechos.

He aquí la situación, que al cronista se le plantea en el momento de terminar el relato y comprobación del más estupendo caso de piratería terrestre, que registran los anales de la historia argentina. (La Patagonia trágica, 165 Las negritas me pertenecen)

El autor de la escritura simula una identidad falsa e inventa un personaje que pueda apropiarse de su voz y disimular su identidad. El autor del relato es "un periodista anónimo de Buenos Aires" que recorrió de incógnito en territorio de Santa Cruz durante 1924 recogiendo relatos parciales y episódicos sobre "los crímenes atroces, que en esos lugares se decían cometidos".11

Para no incurrir en repeticiones, dejamos la palabra al periodista anónimo, a quien tantas veces hemos nombrado. Todo lo que él dice, todo lo que él habla, es la fiel expresión de la verdad, es la realidad misma, que aún cabe comprobarse en conjunto y en detalle, pudiendo hacerse la sola aclaración de que cuanto él aplica a la firma ‘Menéndez Behety’ debe extenderse a todos los latifundistas de la región. (La Patagonia trágica, 204)

La crónica se remonta al siglo pasado tratando de buscar las claves que expliquen el asesinato de 1500 obreros en la estancia Santa Anita. Borrero señala como un hecho anterior a la matanza de los obreros, el exterminio indígena del siglo XIX. Documenta con fotografías la caza del indio y denuncia el hecho calificándolo como "uno de los genocidios más espeluznantes que se conocen".12 Los responsables del hecho son los latifundistas, "verdaderos señores de horca y cuchillo".13 Necesitaban apropiarse de las tierras fiscales para el contrabando de ganado. Los indios y los obreros son víctimas de los mismos intereses. Borrero dedica el libro "A los poderes públicos argentinos":

En demanda de justicia por los crímenes de lesa humanidad, que se han cometido y siguen todavía cometiéndose en los territorios del Sur, donde el sentimiento de la nacionalidad y el concepto de Patria, son considerados como un verdadero mito por parte de los latifundistas detentadores de la tierra pública, plutócratas patagónicos, que han amasado sus fabulosas fortunas con sangre de indios y cristianos y con lágrimas de huérfanos y viudas. (La Patagonia trágica, 18)

Borrero contruye su libro con estrategias similares a las que Bayer empleará para su escritura de la historia. La estrategia de ambos es la de volver atrás en el tiempo para buscar las claves que expliquen la violencia del presente. Al igual que Bayer, Borrero documenta su texto con citas de los diarios de la época y con material fotográfico de los actores principales de la tragedia. Incluye fotos de los tehuelches y los onas, víctimas de los latifundistas, fotos de cazadores de indios, y una foto de Correa Falcón, principal acusado en la matanza de los obreros.

En la producción testimonial, Bayer apela al uso de los medios de reproducción y a las técnica periodísticas. Incluye reportajes, fotografías, transcripción de documentos y una organización del material que siempre elude mostrar su carácter de construcción. La escritura y el montaje de elementos disímiles borra la evidencia de que los relatos son, en todos los casos, una versión de los hechos que llega al lector reconstruida por la experiencia de los protagonistas y por una particular focalización del comentador del material.

Bayer incluye colecciones de fotos en cada uno de los tomos sobre la tragedia patagónica. En la escritura hay una imperiosa necesidad de volver a nombrar a las víctimas en listas interminables; y pensarlos en las fotos como seres vivos. La inscripción de la imagen es la individualización y la encarnación de la identidad en una copia iconográfica del cuerpo, del rostro, y de la expresión. Juega con la mezcla de categorías. Lo público y lo privado se fusionan en un espacio no diferenciado donde se unen la imagen y el silencio de los que no tienen nombre con la verdad de los hablan sobre los hechos. Las fotos de escenas familiares alternan con las fotos de las fábricas, de las cárceles, de los soldados, de los muertos.

Las fotos de los militares que participaron en la lucha contrasta con la foto de una cruz en la tumba de los peones huelguistas fusilados en la Estancia San José. Bayer transcribe la dramática inscripción de la cruz "A los caídos por la livertá, 1921". La imagen trata de mostrar al obrero muerto como a un ciudadano común. La figura ausente deja de ser anónima al incluir su nombre en un libro que contesta a la historia oficial; el obrero deja de ser una persona anónima, al encarnar su rostro en esas imágenes fotográficas.

Borrero y Bayer apelan a la cita de artículos periodísticos, aunque el manejo discursivo del material es distinto en cada caso. Bayer traspone los recortes para alejar su presencia de la escritura y simular un espacio para el díalogo entre distintas versiones de los hechos; generalmente discute con las versiones oficiales de los diarios y acerca su enunciado al de los periódicos anarquistas. El autor actúa como mediador entre los hombres privados del derecho a usar su voz y la escritura. Las citas son un espacio de encuentro entre el diario oficial y los panfletos obreros, las hojas volantes de la prensa anarquista, las hojas sueltas y arrancadas de alguna libreta de almacén.

Borrero es el autor de los recortes que incorpora a su relato. La historia le permite compilar la incesante masa de cosas escritas en los diarios patagónicos. El autor sólo organiza el material periodístico. Se cita, se oculta; el narrador se pretende "objetivo" y "distanciado" de los hechos que narra. A pesar del alejamiento, el centro autorial no borra su marca, nunca se oculta. El montaje y la selección de sus textos no articula espacios de diferencia con respecto a su voz. La escritura revela una peculiar fusión entre narrador textual y autor real de las citas. Su voz y su perspectiva sobre los hechos implican siempre la construcción del monologismo que caracteriza a su relato. Sobre la inclusión del material periodístico afirma Borrero:

Buscando huellas en la ruta patagónica

Con 80 años recién cumplidos Osvaldo Bayer volvió a los sitios de los fusilamientos del ’21.

El escritor recorrió Comodoro Rivadavia, Jaramillo, Piedra Buena, Río Gallegos, Calafate y San Julián.

Por Mariano Blejman

"A los caídos por la liverta", decía la única cruz que quedaba en una fosa común patagónica donde se enterró a un centenar de obreros patagónicos fusilados en 1921, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen por el teniente coronel Varela, con la anuencia de los estancieros británicos. El escritor y periodista Osvaldo Bayer encontró esa cruz hace ya tres décadas, pero sigue recordando la frase cada vez que puede como esas marcas indelebles de la historia que, al fin y al cabo, terminaría convirtiéndose en su propia cruz (mal que le pese a este hombre agnóstico). Es una frase que le gusta repetir: cruz, justamente ésta, la que se llevaron de recordatorio a Jaramillo, cuenta Bayer, otro de los pueblos del sur argentino que vivieron en carne propia las huelgas patagónicas que dieron pie a la sólida obra de Bayer sobre la Patagonia Trágica. Y ahora vuelve al lugar, con 80 años recién cumplidos, como protagonista del documental La vuelta de Osvaldo Bayer (que emitirá Canal 7 hoy a las 22 como parte del ciclo Ficciones de lo real) y propone dejar una réplica de esa cruz en uno de los lugares del hecho.

Pero lo de la cruz y su recuerdo es apenas una anécdota. Los datos fríos hablan de 1500 peones rurales fusilados por las fuerzas del gobierno de Yrigoyen y el estímulo de los estancieros ingleses (acostumbrados al fin y al cabo a tratar como esclavos a sus empleados) para aplicar la ley marcial contra los

insubordinados, mayoritariamente anarquistas. Y la presencia de un hombre capaz de cambiar la historia convierte el viaje en una potente cuatro por cuatro en una postal de la coherencia y la perseverancia. La propuesta fue realizar junto a Bayer un recorrido profundo por aquellos lugares que él había comenzado a recorrer en 1968, cuando todavía vivían varios testigos de la matanza de obreros patagónicos que luchaban por mejores condiciones laborales.

En noviembre de 2006, Bayer recorrió Comodoro Rivadavia, Jaramillo, Piedra Buena, Río Gallegos, Calafate y San Julián; y visitó –junto al doctor Suárez Samper, médico y estanciero, que ayudó a Bayer con su investigación– los archivos gráficos, sonoros y de imagen, tanto públicos como privados, relatando para la cámara su versión en los escenarios donde sucedieron los hechos. Además de los antecedentes históricos, Bayer cuenta en la filmación anécdotas de la investigación y también del rodaje de la película La Patagonia rebelde, filmada en el ’73 y el ’74 por Héctor Olivera y estrenada en 1974, mientras Perón todavía ejercía su tercera presidencia. Entrevista también al ex gobernador de la provincia Jorge Cepernic, que ayudó a la filmación de la película, a pesar de recibir presiones de las Fuerzas Armadas para que no se siguiera rodando, y que luego estaría preso ocho años, la mayoría durante la última dictadura militar. Como es sabido, Bayer tuvo que exiliarse en Alemania.

La tenacidad del escritor ha dado sus frutos. Como producto de la investigación de Bayer hay un monumento a José Font y un colegio agropecuario con su nombre, en Río Gallegos hay una calle que lleva el nombre de Antonio "El Gallego" Soto (Bayer entrevista también a su hija Isabel, quien supo gracias al escritor de la existencia de otra familia de Soto), y también una calle con el nombre de Facón Grande, que luchó contra las fuerzas militares. En la tumba masiva de La Anita se hizo una escultura y en Jaramillo la vieja estación de trenes, escenario de enfrentamientos, será próximamente el Museo Facón Grande.

Además de las entrevistas históricas al nieto del soldado Gabino Pérez, Sebastián Cifuentes; la nieta del vasco Zurutuza, compañero de Soto, Liliana Zurutuza; la hija del capitán Viñas Ibarra, Elvira Viñas Ibarra; hay acaso, tantos años después, dos momentos de interesante tensión en el documental: uno sucede cuando Bayer encuentra al historiador Osvaldo Topcic y le pregunta sobre el destino de los archivos oficiales, fuente de Bayer para sus investigaciones. Topcic cuenta que fue un juez federal de Río Gallegos quien se los dio y los pone a disposición de Bayer "para cuando los necesite". Acto seguido, Bayer visita el archivo de Río Gallegos y pide que restituyan a su lugar de origen los archivos que cambiaron de "dueño" durante la dictadura. Pero Bayer no se agota en la denuncia y ya mismo propone (ésa ha sido la metodología del impaciente historiador: denunciar y proponer) que sean excavadas las tumbas masivas de la Estancia La Anita en el Calafate.

Y entonces aprovecha la ocasión para entrevistar a Federico Braun, descendiente de la familia Braun Menéndez, actual dueño de La Anónima Exportadora e Importadora del Sur y de Estancia la Anita, cuyos antecesores fueron responsables –o al menos instigadores– de tantas muertes. Dentro del marco de la corrección política, la conversación entre Federico Braun y Bayer no tiene desperdicio. Braun asegura que en su familia jamás fue un tema presente, que él compró la estancia a una parte de su familia hace unos años, y que por lo tanto no tiene por qué tener culpa alguna sobre lo sucedido. Bayer le pregunta si estaría dispuesto a organizar a los trabajadores, a lo que Braun se niega y Bayer le sugiere que hay que "trabajar y repartir". Braun le dice, justamente, que el año pasado pagaron 100 millones de pesos en impuestos, y que ésa es una forma de contribuir a la distribución de la riqueza. "Bueno... –le responde Bayer, al gentil hombre de traje–, hay formas y formas".

Fuente: Página/12, 20/02/07

Observarán nuestros lectores que gran parte de este libro está compuesto de crónicas y artículos periodísticos tomados de ‘El Radical’ y ‘La Verdad’ que se editaron en Río Gallegos durante la época precisamente, en que se desarrollaban casi todos los acontecimientos, que nos ocupan. Estos artículos escritos sobre el terreno y en la fecha misma de los sucesos o muy próximos a ellos, son la mejor fuente de información, que pudiera desearse y además tiene el carácter de verdaderos documentos históricos, que alejan toda sospecha de falsedad por los abundantes datos y elementos de prueba, que en ellos se aportan. Y como por otra parte han sido escritos por el autor de este libro, huelga declarar que la honradez profesional queda a salvo, ganando en veracidad la obra, todo lo que pueda perder de amenidad con relatos novelescos, que sería fácil hacer. (La Patagonia trágica, 102)

A diferencia de Borrero, Bayer se ubica en el lugar del historiador. Borrero es, en su obra, uno de los actores de la tragedia patagónica. La escritura de Bayer se propone superar las equivocaciones de la primera crónica de los hechos. También apela a la cita de notas periodísticas, pero todas ellas contrastan con los panfletos y las publicaciones anarquistas. Como historiador encuentra, identifica y revela los distintos tipos de "relatos" que yacen ocultos en la crónica de Borrero. Bayer ordena los datos de la crónica en una jerarquía de significación, asignando diferentes funciones a los datos de Borrero. Bayer invierte los primeros postulados para buscar la verdad; crea los dobles necesarios para probar la mentira que esconden las palabras "verdaderas" de Borrero.

Sin temor a equivocarnos (...) definiremos a José María Borrero como un resentido, un fracasado, un chapucero, un chambón, un frangollón, un charlatán. Pero todos estos adjetivos no nos ayudan a ser estrictos. Por eso tenemos que agregar esto: era brillante, seguro de sí mismo (el comisario Guadarrama nos lo definió como ‘simpático, muy amable, atrayente’ (...) Y así es su libro, La Patagonia trágica: brillante, valiente, arrollador, pero antihistórico, mentiroso, falso. Es la gran denuncia, pero luego quiere regatearnos la verdad y llevar agua a su molino, al salvar de culpa y cargo a Varela y a Yrigoyen y hacer responsables de todo a sus enemigos personales. (La Patagonia..., 135-136)

Una vez tramados los recuerdos desordenados de Borrero como un relato histórico, Bayer revela la coherencia de todo el conjunto de los acontecimientos. Los considera un proceso completo con un principio y un fin claramente determinados. La obra inconclusa de Borrero silencia la sangre y la muerte de los cuerpos, no concluye su crónica a pesar de haber anunciado el título de esta escritura. Ambos autores explican la historia como una "tragedia". Como lo señala Hayden White,

Las reconciliaciones que ocurren al final de la tragedia son mucho más sombrías; son más de la índole de las resignaciones de los hombres a las condiciones en que deben trabajar en el mundo. De esas condiciones, a su vez, se afirma que son inalterables y eternas, con la implicación de que el hombre no puede cambiarlas sino que debe trabajar dentro de ellas.14

En la historia tramada como tragedia se percibe una estructura de relaciones determinada por el eterno retorno de lo mismo en lo diferente. Para Bayer y para Borrero las condiciones de la violencia son inevitables y no se pueden superar. Ambos coinciden en señalar el poder de los inversores ingleses en la Patagonia y la repetición constante de hechos sangrientos a través del tiempo. Lo que Bayer cuestiona en Borrero es, fundamentalmente, su militancia radical.

Los dos autores tratan de convencer y emocionar a sus lectores. Para ello apelan al aparato lógico del campo de las pruebas. Ejercen la violencia de la escritura al apelar al razonaniento de su lector. Con elementos documentales y con testimonios de los protagonistas, justifican la validez histórica de las pruebas que emplean para acusar a los culpables. A partir de allí comienzan a interpelar el ánimo del lector que acepta como verdadero el relato; lo llevan a pensar el mensaje probatorio no sólo como elementos con fuerza propia, sino como una prueba subjetiva y moral sobre los acontecimientos. Bayer ordena los hechos ocurridos en las fronteras y completa la información de la memoria de los protagonistas, superando los errores de la relación anterior. Me parece importante citar in extenso la crítica del autor a la obra de Borrero.

Son débiles los argumentos de Borrero al querer echarle todo el fardo de los fusilamientos a la Sociedad Rural y salvar de culpa y cargo a los gobernantes y al teniente coronel Varela. La clave de cómo se dieron las cosas, de quién es o deja de ser el culpable, la da el artículo de fondo del diario de la Sociedad Rural de Gallegos, del 29 de marzo de 1922, titulado ‘La Sociedad Rural fue la única fuerza que hizo abortar los planes de los sediciosos al conseguir del gobierno de la nación el envío del 10 de caballería’. Y bajo el subtítulo ‘Fuerza que se impone’, señala lo siguiente: ‘Fue necesaria la intensa obra de la Sociedad Rural para obtener ya con los diarios más importantes del país, ya con las influencias en las altas esferas políticas o ya directamente, tratando de potencia a potencia, con los secretarios de Estado en las esferas gubernativas, el envío de las fuerzas del Ejército de la Nación (...)’. No cabe la menor duda: si los estancieros no se hubieran movido en Buenos Aires, la matanza no habría ocurrido. Pero decir que los culpables fueron solamente los latifundistas que confundieron al gobierno y al Ejército es sostener una incongruencia como si manifestáramos que la culpa de la matanza de los judíos en el Tercer Reich la tuvieron Krupp y los grandes industriales alemanes, y lavaríamos de responsabilidad a Hitler y a toda la organización represiva nazi. (La Patagonia..., 21)

El historiador tratará de prestar su voz y su escritura a las víctimas para que puedan hablar por sí mismas. Luego de investigar y de revisar todas las pruebas documentales, es capaz de oír y de entender palabras que nunca se han dicho, palabras que quedaron silenciadas en los abismos del olvido. La tarea del historiador es "hacer hablar los silencios de la historia, esas terribles notas de órgano que nunca volverán a sonar, y que son exactamente sus tonos más trágicos".15 Las voces de la escritura son las voces de los muertos y sus silencios. Bayer busca apropiarse de otro nombre propio para legitimar su denuncia. Es el nuevo José Hernández hablando de otro Martín Fierro.

¡Pobre paisano Liano! Todo le robaron. (...) ¿Y a quién ir a protestar? ¿Quién le podría hacer justicia? Sólo algún nuevo José Hernández podría interpretar a estos Martín Fierro patagónicos, que salían derrotados, apaleados, vejados, cagados, burlados, escarnecidos, sin un cobre, sin sus pilchas, solos, hasta sin perros. Humillados y ofendidos. Por gente uniformada venida de Buenos Aires que ni siquiera conocían la Patagonia. Por uniformados cuya única razón había sido el máuser, el látigo, los gritos. Que se llenaban la boca con la bandera azul y blanca pero que concurrían a banquetes de estancieros a escuchar cantitos extranjeros. (La Patagonia..., 100)

El relato maestro16 sobre el que se inscribe la interpretación de la escritura de Bayer es el Martín Fierro de José Hernández. El texto primitivo de la gauchesca se entiende como una experiencia de la cultura argentina; la escritura de Bayer está presa en el intersticio entre el texto primero y su interpretación. Bayer habla a partir de una escritura que forma parte del mundo, es un comentario17 sobre la parte enigmática, murmurada, que se esconde. Se propone restituir una verdad perdida, tapada. "Esta es la verdad: el robo, la servicia, el asesinato de auténticos trabajadores de campo".18

En La ida de Martín Fierro, las autobiografías de Fierro y Cruz son relatos violentamente antijurídicos. Hernández escribe contra la ley de levas que se aplicaba en el campo a los propietarios y no en la ciudad. Como lo señala Josefina Ludmer es "ley que desmentía la igualdad ante la ley y que también quitaba mano de obra a los hacendados".19 La escritura de Hernández es antimilitar: es el pasaje por el ejército el que despoja a Martín Fierro y lo transforma en gaucho malo; es el comandante del ejército el que le quita a Cruz la mujer.

La escritura de Bayer comparte con la de Hernández el antimilitarismo y la denuncia de la desigualdad ante la ley. Al tomar su voz, Bayer busca rastrear las huellas de un relato oculto e ininterrumpido sobre la violencia. Necesita desenterrar esa historia fundamental y todas sus modulaciones para dar cuenta de la historia actual. Necesita escribir la historia verdadera y no-oficial sobre las huelgas patagónicas y deconstruir todas las leyendas acerca de la "barbarie" de los huelguistas.

Construye, con testimonios, una historia alternativa a la historia oficial; para legitimar su escritura apela siempre a documentos oficiales. Ataca las leyendas sobre la tragedia patagónica y acusa claramente al presidente. Un doble discurso caracteriza a la escritura; por un lado el estilo de Bayer se vincula profundamente con el discurso periodístico, determinante de muchos rasgos; por otro lado hay en el texto un simultáneo distanciamiento de ese tipo discursivo.

El autor apuesta a una antigua función que tiene la escritura de la literatura como épica: la de rescatar e impedir el olvido de los hechos que deben perdurar como inolvidables. Bayer explica los orígenes de la violencia que funda la historia de la Argentina moderna; la lucha de los unos con los otros develan las claves del enigma de la cultura. Soto y los anarquistas son castigados por la ley y las armas; Varela es condenado por el silencio.

Con testimonios heterogéneos, relatados por voces que luchan desde lugares diferentes y aún desde la muerte, Bayer busca posicionarse en la memoria colectiva de la comunidad, en un intento por resolver imaginariamente aquello que acontece como un obstáculo real: el olvido. El autor de la historia alternativa y contestataria es el otro que destruye los argumentos oficiales, un otro que desconoce a su contraparte y trata de inscribir la historia "verdadera" de la matanza de mil quinientos obreros. Concibe a la historia como el eterno retorno de la uno en lo mismo; retorna al presente desde el pasado y escribe desde otro lugar lo que ya estaba escrito: la historia de la muerte que se clausura con la venganza.

NOTAS
1. (Buenos Aires: Planeta, 1995). Todas las citas corresponden a esa edición.
2. (Buenos Aires: Círculo Militar, 1991).
3. Punzi, op. cit. 49.
4. "La palabra adversativa. Observaciones sobre la enunciación política", El discurso político. Lenguajes y acontecimientos, Ed. VVAA (Buenos Aires: Hachette, 1987). 16-17.
5. Verón, op. cit. 17.
6. Ver Cornélius Castoriadis, "La institución imaginaria de la sociedad", El imaginario social, Comp. Eduardo Colombo, (Buenos Aires: Tupac, 1989). 42. "Recordemos ahí el sentido corrriente del término imaginario, que por el momento nos bastará: hablamos de imaginario cuando queremos referirnos a algo "inventado" —ya se trate de una invención "absoluta" ("una historia imaginada de cabo a rabo"), o de un deslizamiento, de un desplazamiento de sentido, en el que se les atribuye a unos símbolos ya disponibles otras significaciones que las suyas "normales" o "canónicas"(...) En ambos casos se da por supuesto que lo imaginario se separa de lo real, ya sea que se pretenda ponerse en su lugar (una mentira), o no lo pretenda (una novela).
7. (Buenos Aires: Americana, 1967). La primera edición es de 1928. Todas las citas corresponden a esta edición.
8. Charles Robert Darwin, que en 1833 cubriera a caballo el camino Carmen de Patagones-Buenos Aires valido de postas y de la escolta de jinetes facilitados por Rosas —a la sazón empeñado en su Conquista del desierto-, bautizó a la Patagonia como "tierra maldita", sólo por la simple observación de una estrecha lonja de terreno. Ver: Punzi, op. cit. 9.
9. Borrero, op. cit. 234.
10. Borrero, op. cit. 25.
11. Borrero, op. cit. 29.
12. Borrero, op. cit. 6.
13. Borrero, op. cit. 6.
14. (Metahistoria, México: Fondo de Cultura Económica, 1992). 20.
15. White, op. cit. p. 156.
16. Ver Frederic Jameson, Documentos de cultura, documentos de barbarie. La narrativa como acto socialmente simbólico, (Madrid: Visor, 1989) 24. "La forma más plena de lo que Althusser llama ‘causalidad expresiva’ y de lo que él llama historicismo se reescribe en términos de un relato maestro profundo, subyecente y más ‘fundamental’, de un relato maestro oculto que es la clave maestra alegórica o el contenido figural de la primera secuencia de materiales empíricos".
17. Sigo la definición de comentario que hace Michael Foucault en: Las palabras y las cosas (México: Siglo XXI, 1986) 48. "Saber consiste en referir el lenguaje al lenguaje, en restituir la gran planicie uniforme de las palabras y las cosas. Hacer hablar a todo; hacer nacer por encima de todo, las marcas del discurso segundo del comentario. Lo propio del saber no es ver ni demostrar sino interpretar. Comentarios de la escritura, comentarios de los antiguos, comentario de lo que relatan los viajeros, comentario de leyendas y de fábulas. (...) Por definición la tarea del comentario no puede acabar nunca. Y sin embargo, el comentario se vuelve por completo hacia la parte enigmática, murmurada, que se esconde en el lenguaje comentado: hacer nacer, bajo el discurso existente, otro discurso más fundamental, más primero que se propone restituir".
18. Bayer, op. cit., 101.
19. Josefina Ludmer, El género gauchesco. Un tratado sobre la patria. (Buenos Aires: Sudamericana, 1988) 231.

Imágenes: Obreros detenidos por los fusiladores /
Entierro de unos de los fusilados / Cartel publicitario de "La Patagonia Rebelde"Soldados / El asesino Varela.


La Patagonia rebelde

Por Verónica Johana Farjat
vero_farji@yahoo.com
nahir9@hotmail.com

1. Prólogo

La siguiente monografía, titulada "La Patagonia Rebelde"; está constituída por tres secciones: una introducción; un desarrollo (Los Sucesos de la Patagonia); y una conclusión de dicho tema.

a.- En la introducción puede observarse una síntesis de los acontecimientos de la historia de nuestro país hasta la fecha. Asimismo, se aborda brevemente el tema de nuestra monografía; puntualizando los hechos más importantes sin entrar en detalle, como lo haremos en el desarrollo de la misma.

b.- En el desarrollo de esta monografía, que se titula "Los Sucesos de la Patagonia"; se tratará amplia y detenidamente el tema en cuestión, haciendo hincapié en las actitudes del gobierno y de los represores frente a los reclamos de los huelguistas, y, a su vez, la actitud de los latifundistas y las grandes empresas sureñas frente a la problemática que acarreó la posguerra en relación a los costos de las manufacturas que ellos producían.

c.- En la conclusión se expresarán nuestras opiniones acerca de la actitud de los represores, así como también la de los huelguistas, frente a los sucesos de la época; enfatizando en la acción de Kurt Wilckens.

Asimismo, la monografía posee notas al pie de las páginas; para aclarar algún hecho, así como también para comentar la fuente de dicha idea o frase.

Consideramos menester aclarar que no existe abundante información referida al tema de esta monografía; pues los sucesos que tuvieron lugar en la Patagonia entre los años 1920 y 1922 no han quedado debidamente documentados, ya que a la clase oligarca de la época no le favorecía en lo absoluto la difusión de los mismos.

2. Introducción

Los enemigos de la revolución en la Argentina son una minoría pero controlan las palancas fundamentales del Estado, lo que los hace extremadamente fuertes. Controlan el aparato económico y jurídico y tienen a su servicio las fuerzas armadas y represivas, como instrumento principal que les garantiza la explotación al pueblo y el control del poder.

Como enseña nuestra historia, los terratenientes, primero para organizar el Estado que les asegurase el poder y luego para perpetuarse en el control de éste, apoyándose y/o subordinándose al imperialismo de turno, inglés, ruso o estadounidense, asesinaron y reprimieron a mansalva. Junto con ésto crearon las leyes y el aparato jurídico que avalara la barbarie. Así, tras más de 60 años de guerras civiles (de 1815 a 1880), fue con las armas que la oligarquía impuso la llamada Organización Nacional y masacró a los pueblos indígenas para apoderarse de sus tierras. Y en este siglo, aplastaron a sangre y fuego los levantamientos obreros, campesinos, estudiantiles y populares, cada vez que pusieron en peligro los privilegios de esa minoría que controla el poder. Ahí están de testigos las masacres del 1º de mayo de 1904, de la semana de mayo de 1909, la Semana Trágica de enero de 1919, la Patagonia sangrienta de 1921, La Forestal, el golpe de 1955 y la dictadura violovidelista de 1976. Al igual que la represión de la insurrección radical de 1905, la huelga de la construcción de 1935, la huelga azucarera de 1949, las luchas de los ferroviarios y metalúrgicos de 1954, las huelgas de 1959, las puebladas del 60-70, etc., etc. Antes, como ahora, modernizaron y utilizaron el aparato represivo para frenar las heroicas luchas que jalonaron nuestra historia.

La burguesía nacional, por su dualidad, cuando estuvo en el gobierno, por un lado forcejeó con los enemigos y por el otro, muchas veces terminó siendo cómplice, avalando la represión o reprimiendo. Esta política posibilitó los golpes de Estado en 1930, 1955, 1966 y 1976; que sirvieron a las clases dominantes para recuperar el gobierno e imponer por la fuerza de las armas su política proterrateniente y proimperialista. Resultó así equivocada la idea expresada reiteradamente por el general Perón de que era necesario tiempo para ahorrar sangre. Esta opción es falsa. Ha corrido mucha sangre de la clase obrera y el pueblo, y se ha perdido mucho tiempo.

No es conciliando con los enemigos como se ahorra sufrimientos a la clase obrera y el pueblo y se defienden los intereses nacionales. Para enfrentar a los enemigos de la revolución debemos prepararnos para una lucha que es encarnizada y que será larga y no pacífica. Sólo si el pueblo toma en sus manos las armas será posible derrotar al enemigo y asaltar el poder.

A lo largo de nuestra historia, el problema de en manos de quién estaba el poder, en particular las armas, ha sido y es una de las cuestiones claves para extraer enseñanzas y prepararnos para que el accionar revolucionario de las masas desemboque en la destrucción del Estado oligárquico-imperialista y la conquista del poder. Sólo cuando el pueblo se levantó en armas pudo triunfar. Así fue frente a las invasiones inglesas en 1806 y 1807, y así fue contra el colonialismo español de 1810 a 1824.

La organización de la autodefensa armada de masas en los períodos de auge más avanzados ha dejado grandes enseñanzas. Pero tuvieron un techo propio del carácter defensivo de su objetivo. Carecieron de, o era incipiente, una dirección revolucionaria que apuntara a construir las milicias y otras formas de organización armada propias de un plan de ofensiva revolucionaria con objetivos claros. Esta falta de dirección, línea, organización y preparación para que el proletariado defina a su favor, mediante la lucha armada de masas, una crisis revolucionaria; se manifestó en cada uno de los momentos en que la lucha de clases llegó a su máxima confrontación y se debía pasar a la ofensiva, al asalto al poder.

En lo que se refiere a los diversos inconvenientes que acarreó la Primera Guerra Mundial, podemos destacar la escasez de insumos, carestías y salarios bajos. Hubo grandes huelgas, y la situación social estalló en enero de 1919, dejando un saldo trágico de muertos y heridos. En la Patagonia se desató un conflicto en 1920, que culminó con fusilamientos de huelguistas dispuestos por el coronel Varela, enviado a poner orden en la zona. La economía se fue normalizando en la posguerra. En las Universidades, estudiantes y profesores reformistas fueron ocupando posiciones toleradas por el gobierno, pero que concitaron el odio de los desplazados y de los sectores a que éstos pertenecían. No obstante todos estos problemas, la politiquería, el personalismo y las vacilaciones, la conducción de Yrigoyen se esforzó siempre por afirmar la democracia y la conciliación social.

3. El Drama Patagónico

Desde 1917, con grandes huelgas como la de los obreros ferroviarios, de la carne, azucareros tucumanos, etc., un nuevo período de auge sacude a la Argentina. Esta oleada de luchas obreras alcanza su pico más alto en la segunda semana de enero de 1919. La lucha por salario, condiciones y tiempo de trabajo de los 800 obreros de los Talleres Vasena es reprimida violentamente por la policía, dejando un saldo de 4 muertos y 30 heridos. Esta represión pone en pie a los trabajadores y el pueblo de Buenos Aires y Avellaneda.

El gobierno de Yrigoyen reprime sangrientamente la sublevación popular. El ejército entra en la ciudad; se arman grupos civiles de la oligarquía que asaltan locales e imprentas obreras y realizan verdaderas "razzias" en los barrios obreros con un saldo de entre 800 y 1.500 muertos -según las fuentes diplomáticas de la época- y más de 4.000 heridos, incluyendo mujeres, ancianos y niños. Genocidio sólo comparable a los de Rosas y Roca contra los indios, que pasará a la historia oficial con el nombre de Semana Trágica.

Pese a la masacre, los ecos del levantamiento obrero y popular de la Semana de Enero de 1919 llegarán hasta los más apartados rincones, conmoviendo a los explotados y a los explotadores de esos verdaderos imperios latifundistas del norte y del sur argentinos. Ejemplos de esto serán las históricas huelgas de los hacheros alzados contra La Forestal y la rebelión de los obreros rurales y campesinos pobres en la Patagonia, en 1920 y 1921.

En 1920 hubo una nueva y prolongada huelga de marítimos, que fracasó. Pero ya para entonces se sentían los primeros indicios de malestar en el sur de la Patagonia, que en 1921 y 1922 tendrían un trágico desenlace. Osvaldo Bayer, investigador de estos hechos, destaca que los grandes stocks de lana, acumulados al terminar la guerra por falta de compradores, fueron el desencadenante de los sucesos de la Patagonia. Una gran crisis se abatió sobre los estancieros, los comerciantes y, sobre todo, los peones, que vivían y trabajaban en condiciones inhumanas.

Activados por dirigentes anarquistas de Río Gallegos, los peones rurales empezaron a manifestarse en el invierno de 1920. A fines de ese año, y comienzos de 1921 se generalizó la huelga en el territorio de Santa Cruz, y algunos grupos ocuparon estancias y tomaron rehenes, aunque sin cometer hechos irreparables. Las denuncias de la Sociedad Rural local y las exageradas informaciones publicadas por la prensa de Buenos Aires movieron a Yrigoyen a enviar al coronel Héctor B. Varela con efectivos del 10° de Caballería a poner orden en la zona. El coronel Varela logró que las partes en conflicto llegaran a un avenimiento, que reconocía la mayor parte de los pedidos de los huelguistas.

Comenzaron las huelgas, y con ellas el consiguiente apedreo amarillista de la prensa oligarca en Buenos Aires, denunciando situaciones gravísimas en donde exigían al gobierno nacional evitar los avances de "forajidos y delincuentes, con feroces anarquistas a la cabeza, 600 de ellos armados, envalentonados por la pasividad oficial", según La Prensa.

El 29 de enero llega a Río Gallegos el gobernador titular Izza, quien había sido designado por los estancieros como árbitro del conflicto. Varela desembarca en Santa Cruz junto a sus soldados tres días después, el 1° de febrero. Luego de realizar algunas inspecciones personales, Varela comprobó que los grandes diarios habían deformado los hechos. Se dirigió a Río Gallegos para entrevistarse con Iza, manifestándole sus intenciones de solucionar el pleito pacíficamente.

Al llegar el verano de 1921 el conflicto volvió a estallar, pero ahora con mayor encono. Grupos de delincuentes infiltrados entre los huelguistas cometieron desmanes que se atribuyeron a los trabajadores; éstos, convencidos de que los patrones no cumplirían nunca lo prometido, dieron a su protesta una mayor virulencia. El coronel Varela, a su vez, creyendo haber sido traicionado por los huelguistas y sospechando que el gobierno chileno estaba detrás del movimiento, se atribuyó poderes que nadie le había otorgado y se lanzó a una represión indiscriminada. Decenas de huelguistas fueron fusilados, muchos fueron reintegrados por la fuerza a las estancias y algunos debieron escapar rumbo a Chile.

"Marchas y Canciones de las luchas de los obreros anarquistas argentinos (1904-1936)". Producción por Virgilio Expósito en las postrimerías de la dictadura de Lanusse, voz: Hector Alterio, guión: Osvaldo Bayer.


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AUDIO COMPLETO AMBAS CARAS DEL DISCO
LADO A: 15' - LADO B: 17'

En Buenos Aires los sucesos de la Patagonia tuvieron repercusión en el Congreso pero no se investigaron a fondo. El gobierno no tenía interés en destapar un asunto en el que podía enjuiciarse su responsabilidad y la del ejército; los socialistas cumplieron formalmente con un pedido de informes. Sólo los anarquistas clamaron por los masacrados de la Patagonia y juraron venganza contra Varela, quien más tarde fue asesinado por un joven alemán, muerto, a su vez, por un miembro de la Liga Patriótica mientras estaba en Villa Devoto esperando su condena.

El 15 de febrero se convoca a una reunión entre partes donde se plantea la necesidad de que los obreros entreguen las armas y los rehenes tomados, y que sometieran a la justicia los hechos ilegales. Sólo después de esta instancia se discutirían los reclamos de los obreros.

Se organizó una asamblea que decidió, por 350 votos contra 200, entregarse al ejercito. En el grupo minoritario se encontraban quienes habían realizado actos vandálicos, comandados por El Toscano y El 68, los cuales decidieron huir hacia la zona cordillerana.

El 24 de febrero se formalizaron las entregas, y en reunión posterior entre los estancieros y la Federación Obrera Regional se aprobó el "laudo Izza"; que enmarcaba como reales las circunstancias planteadas por el pliego obrero. Varela decidió sumariar a los policías que habían cooperado en el apaleamiento de huelguistas. Los trabajadores de Santa Cruz habían triunfado.

Pero la solución pacifica del conflicto dejo insatisfechos a grupos como la Sociedad Rural, los estancieros y los ganaderos, quienes creían irrisorio que no se hubiese castigado a los obreros por haber realizado la huelga, y que además se les otorgara una compensación por los días no trabajados durante el paro. Mientras los obreros pensaban nuevas reivindicaciones, los grandes diarios de Buenos Aires seguían denunciando hechos de vandalismo, sin hacer distinción entre éstos y los auténticos reclamos obreros.

La oligarquía aplastó sangrientamente estas luchas. Pero ese río de sangre dividió las aguas de la lucha de clases en la Argentina, creando nuevas condiciones para la maduración de la conciencia revolucionaria.

Cuando los ecos de la represión de Santa Cruz llegaban a Buenos Aires, las manifestaciones de malestar social estaban remitiendo notablemente. Las causas: los sustanciales aumentos salariales obtenidos por muchos sectores y, sobre todo, la normalización de la economía producida por la posguerra. Además, los sindicatos anarquistas habían quedado debilitados. Se había producido, a lo largo de los años de Yrigoyen, una significativa nacionalización de las fuerzas del trabajo. Aún con errores y culpas en el manejo de las cuestiones laborales, el gobierno radical había evidenciado que era sincera su preocupación por el mejoramiento de la situación de los trabajadores. Un colaborador de Yrigoyen, el Dr. Víctor Guillot, sintetizaba así, por esos años, la concepción del presidente: "Arrancar al Estado de su posición indiferente u hostil frente a las colisiones entre capital y trabajo, y practicar un intervencionismo orgánico y sistemático conducido por elevadas inspiraciones de humana equidad". En los años siguientes, el número de huelguistas llegó a ser sólo la décima parte del que había alcanzado en la época de Yrigoyen, y no se registró ningún movimiento de signo violento: era el fruto de la conciliación social iniciada por el primer presidente radical.

4. Los Sucesos de la Patagonia

Uno de los capítulos de la primera presidencia de Yrigoyen que no se puede pasar por alto, fueron los sucesos de la Patagonia, cuya explicación plena no fue ni es fácil a causa de los intereses que estuvieron en juego y que presionaron desde la gran prensa y en las esferas del gobierno quizá sin conciencia de sus consecuencias finales.

En 1920, en plena postguerra, el precio de la lana argentina, como la de todo el mundo, comenzó a caer en grandes proporciones, de $9,74 a $3,08, ubicándose en los niveles normales de tiempos no bélicos. Este proceso, producto de la caída de la demanda mundial, provocó grandes crisis para los estancieros latifundistas que usufructuaban el suelo patagónico a través de la cría de ganado lanar.

Esos mismos estancieros de elite, quienes anotaban a sus hijos en Chile, por la cercanía, o utilizaban el idioma ingles en sus estancias, e inclusive izaban la bandera británica; pidieron ayuda a Don Hipólito Yrigoyen porque sus negocios no se mantenían en los niveles de antes.

Y pese a sus grandes aunque mermadas ganancias, obligaban a los peones a trabajar con 18° bajo cero arriando majadas. Los esquiladores terminaban jornadas de 16 horas con los brazos agarrotados, mientras que los obreros trabajaban 12 horas por día 27 días al mes.

Esta insostenible e inhumana situación culminó en una serie de actos de tendencia anarquista, prohibidos por el gobernador interino de Santa Cruz; un comisario inspector de nombre Falcón.

La situación de los arrieros, ovejeros, peones de las estancias patagónicas era penosa y ajena a todo amparo; se trabajaban de 12 a 15 horas diarias y los salarios eran ínfimos, y muchas veces pagados en documentos o en moneda extranjera con fuerte deterioro al hacerlos efectivos. Los obreros exigían a través de un pliego condiciones como que en habitaciones de 16 m² no durmiesen más de tres hombres; que los patrones entregaran un paquete de velas por obrero mensualmente (la noche se extiende por 14 horas, y los obreros debían pagar 80 centavos en las estancias paquetes de velas que valían sólo 5 centavos); que el día sábado no fuese laborable; que la comida fuese digna; y que los botiquines para curar sus sarnas y erupciones tuvieran instrucciones en castellano, pues la mayoría se encontraba en inglés, entre otras cosas. El pliego fue rechazado por la Sociedad Rural, inclusive uno posterior con menores condiciones.

Las autoridades locales respondían a las órdenes y deseos de los grandes latifundistas y dependían de ellos más que del gobierno nacional mismo. Había que acudir a la autodefensa y así lo hicieron los trabajadores de aquellos territorios. En Río Gallegos se fundó hacia 1918 una Sociedad obrera de oficios varios, que logró instalar una pequeña imprenta y una escuela y publicó el periódico 1° de Mayo. Desde Río Gallegos fueron enviados delegados al campo, las estancias y se comenzó a difundir literatura laboral para alentar la organización del trabajo. Más de una vez fue clausurada la Sociedad y encarcelados sus miembros y dirigentes. En septiembre de 1920 la Sociedad proyectó un mitin para el 1° de octubre a fin de recordar la vida y la obra de Francisco Ferrer, ejecutado en Barcelona en 1909, apasionado propulsor de la educación. La policía prohibió el acto cuando ya estaban hechos los preparativos y, entonces, como acto de protesta, se declaró una huelga general por 48 horas; fue detenido el secretario de la Sociedad y clausurado el local de la misma, hasta que el juez letrado revocó la decisión y dio autorización para celebrar los actos proyectados, con lo cual se dio por terminada la huelga el 2 de octubre.

Para contrarrestar la influencia creciente de la Sociedad obrera de Río Gallegos, se formó una Liga de grandes comerciantes y latifundistas, la cual, con la Sociedad rural, inició una ofensiva contra la organización obrera; fue boicoteado el periódico La Gaceta del Sur por haber aplaudido la actitud de los trabajadores en la huelga de protesta de septiembre contra los excesos de las autoridades policiales; por su parte la Sociedad obrera declaró el boicot contra tres comerciantes de la Liga en represalia por el boicot contra el mencionado periódico. Se quiso entonces reunir en la comisaría a los obreros y a los comerciantes afectados para imponer un de algún modo un arreglo. Los obreros se rehusaron a acudir espontáneamente a la citación del comisario y fueron detenidos y alojados en la cárcel y puestos a disposición del gobernador interino para su deportación. La Sociedad obrera se dirigió entonces a los trabajadores del campo: "La policía de ésta ha detenido a un grupo de obreros a quienes se niega a poner en libertad a pesar de haberlo ordenado el señor juez letrado doctor Ismael P. Viñas. Tal arbitrariedad nos ha obligado a decretar y continuar el paro general por cuya razón os incitamos a dejar el trabajo y a venir a esta capital como acto de solidaridad, y hasta que nuestros compañeros recobren la libertad". El manifiesto está fechado el 21 de octubre de 1920. El 30 de dicho mes fueron libertados ocho de los detenidos, pero aún quedaban dos más, que habían sido maltratados, y mientras no recuperasen la libertad la huelga continuaría. La Sociedad obrera recomendaba: "Prosigamos como hasta aquí respetando a todo el mundo, chicos y grandes, y particularmente a las personas que se hallan investidas de autoridad. La hora de exigir responsabilidades se acerca y cuando ella suene sabremos cumplir con nuestro deber".

Comenzaron a llegar a Río Gallegos obreros de las estancias respondiendo al pedido de solidaridad de la Sociedad obrera. Y en oportunidad de hallarse reunidos en buen número se confeccionó un pliego de condiciones para reanudar el trabajo, y fue presentado a los estancieros de la zona. Se atravesaba una grave crisis en la comercialización de la lana y los dueños de los latifundios rehusaron la admisión de las condiciones reclamadas por sus peones. Las reivindicaciones eran mínimas, de higiene, de comida de descanso, etc. Se pedía un sueldo mínimo de cien pesos por mes y comida, doce pesos por día para los peones mensuales que tuvieran que conducir arreos fuera del establecimiento; y los arreadores no mensuales cobrarían veinte pesos por día si utilizaban caballos propios. Los estancieros se obligarían a poner en cada puesto un ovejero o más, según la importancia del mismo, dándose preferencia para estos cargos a los que tuviesen familia, a los cuales se les darían ciertas ventajas según el número de hijos, "creyendo en esta forma fomentar el aumento de la población y el engrandecimiento del país". Los estancieros reconocerían también a la Sociedad obrera de Río Gallegos como única entidad representativa de los obreros, y aceptarían la designación de un delegado que serviría de intermediario en las relaciones entre las partes y estaría autorizado para resolver con carácter provisional las cuestiones de urgencia que afectasen tanto a los derechos de los obreros como de los patrones.

No eran reclamos susceptibles de quebrantar el orden y la economía del país. Reacios los estancieros a escuchar esas peticiones, la huelga se hizo general en toda Santa Cruz y en Chubut.

Un sentimiento de solidaridad animó a los olvidados trabajadores de la Patagonia. Que en este vasto movimiento algunos individuos hayan abusado de la fuerza que les daba la unión y que se produjesen algunos excesos de hostilidad patronal, sobre todo cuando el ejemplo de la violencia sin freno era dado por los que tenían la misión de actuar como guardianes del orden y de la legalidad. Pero la prédica de la Sociedad obrera fue siempre responsable y no se exhortó jamás a responder a la fuerza con la fuerza.

Atemorizados los obreros de la zona del Lago Argentino por los agravios policiales, resolvieron agruparse y ponerse en marcha para buscar amparo en Río Gallegos. En el paraje denominado El Cerrito fueron tomados entre dos fuegos por la policía que les seguía desde Lago Argentino y la que salió a su encuentro desde Río Gallegos; los que tenían armas respondieron a la agresión y hubo muertos y heridos por ambas partes. Hechos de esa naturaleza alentaron la campaña que se venía haciendo desde hacía meses por la gran prensa del país que llenaba páginas diariamente sobre los " bandoleros del sur", el mote con que se quiso encubrir las reclamaciones de los obreros patagónicos. La Sociedad obrera lanzó un manifiesto en el que se decía: "Llamamos nuevamente la atención a los hombres públicos del país para que, hiriendo con la saeta envenenada a los que, investidos de autoridad, atropellan a los trabajadores, procedan al castigo de los gobernantes del territorio, únicos culpables de los luctuosos sucesos ocurridos". La prensa que acogía todas las diatribas y calumnias contra la huelga, no consideró acto de justicia escuchar esas voces. Los huelguistas comprendieron que no tenían más defensa que la que pudiesen articular ellos mismos. Se armaron como pudieron, se apoderaron de empleados policiales y los retuvieron como rehenes hasta la solución del conflicto.

Fue entonces cuando el presidente Yrigoyen resolvió enviar al coronel Héctor Benigno Varela en enero de 1921 a la Patagonia con fuerzas de caballería y marinería.

La Sociedad obrera de Río Gallegos publicó manifiestos que muestran la confianza con que eran recibidas las tropas nacionales; el 16 de enero decía en un manifiesto al pueblo y a los trabajadores: "La llegada de fuerzas del ejército y de la armada nos devuelve la tranquilidad y las garantías que los atropellos de la policía nos habían quitado. Hoy estamos seguros de que nuestros derechos de ciudadanos han de ser respetados por la presencia de estas fuerzas, y por consiguiente hemos de mantener el paro decretado con más energía que hasta la fecha. No importa que algunos patrones, confiados equivocadamente esta vez en que el ejército nacional se ha de poner incondicionalmente al servicio del capitalismo, hayan resuelto, coincidiendo con la llegada de éste, despedir a sus empleados y obreros; estos patrones sufren un gran error, porque la presencia de los elementos militares que hacen un culto del honor y de la verdad, serán el mejor contralor de la conciencia y educación de los obreros de Río Gallegos y del respeto que siempre han guardado a la Constitución y las Leyes". . .

Denunciaba también cómo el gobernador interino de Santa Cruz, Edelmiro A. Correa Falcón, secretario gerente de la Sociedad rural de Río Gallegos, mientras que por un lado prohibió toda reunión pública y el tránsito por las calles después de las nueve de la noche, convocaba a los estancieros del territorio a una reunión para concertar la acción futura.

El 3 de diciembre de 1920 Yrigoyen nombró a Oscar Schweizer jefe de policía del territorio de Santa Cruz y a mediados de febrero del mismo año llegó el nuevo gobernador, Ignacio A. Izza, capitán de ingenieros retirado. Desembarcó la tropa del Teniente Coronel Varela del transporte "Guardia Nacional" en Puerto Santa Cruz, pero al advertir que el eje del movimiento era Río Gallegos, se trasladó a esa ciudad. El nuevo gobernador comunicó a Varela que la solución debía ser pacífica y que debía tener presente tanto los derechos de los patrones como los de los huelguistas. El jefe militar propuso entonces a los huelguistas una entrevista en la estancia El Tero, a igual distancia de El Campamento, donde estaban concentrados los huelguistas, y de La Vanguardia, donde acampaba sin medios de movilidad el destacamento del capitán Laprida.

Varela e Izza llegaron a El Tero sin escolta alguna y la entrevista se realizó el 15 de febrero. Se impuso a los obreros estas condiciones: deposición de las armas, entrega de los rehenes, la justicia entendería en las responsabilidades por los hechos de sangre ocurridos.

Aceptadas esas condiciones se entró a discutir la forma en que se haría la reanudación del trabajo. Los delegados de El Campamento fueron a dar cuenta a sus compañeros de las proposiciones ofrecidas. La gran mayoría, unos 550 huelguistas, votaron a favor, y una minoría, con cierta desconfianza, optó por alejarse hacia la cordillera.

En la segunda entrevista, de regreso los delegados de El Campamento, fue acatada la rendición incondicional, la entrega de los rehenes y heridos y luego las armas. No hubo, pues, la represión sangrienta que esperaba la Sociedad rural. El gobernador Izza discutió con los obreros el pliego de condiciones y denunció que los peones habían sido pagados con vales, en moneda chilena o con cheques a plazo y señaló la importancia que tenía para los hombres que vivían exclusivamente de su salario que se les pagase en moneda nacional y de inmediato; también habló de los galpones en donde se alojaban las peonadas como "pocilgas inmundas".

Entre los huelguistas cundió la alegría por el reconocimiento que habían logrado después de tantos afanes, pero entre algunos oficiales de las tropas hubo descontento por la inacción, pues habrían preferido una operación brutal e indiscriminada. En esa tesitura se hallaban el entonces teniente Elbio Carlos Anaya y el teniente primero Sabino Adalid, que hizo declaraciones públicas contra el Teniente Coronel Varela por la solución pacífica que había logrado.

Antes de que las tropas retornasen a Buenos Aires, tuvo lugar una asamblea que reunió a todos los hacendados, con la presencia del flamante gobernador Izza. Allí los estancieros aprueban un nuevo pliego de condiciones y eligen por unanimidad árbitro del conflicto al mismo gobernador. En el mismo, los hacendados hacían nuevas concesiones. He aquí la redacción del pliego:

5. Convenio propuesto por los estancieros a sus obreros

"Primero: Los suscriptos se obligan dentro de términos prudenciales que las circunstancias locales y regionales impongan, a las siguientes condiciones de mejoramiento económico y de higiene:

"a.- Las habitaciones de los obreros serán amplias y ventiladas reuniendo las mayores condiciones de higiene posibles; en cuanto a las cabinas, se entiende que éstas serán de madera con colchones de lana;

"b.- La luz de la sala común será por cuenta del patrón y también el fuego durante los meses de invierno;

"c.- Además del domingo, los obreros tendrán libre medio día en la semana;

"d.- La comida será sana, abundante y variada;

"e.- Cada estancia tendrá un botiquín de auxilio con sus instrucciones en idioma nacional;

"f.- Los patrones devolverán al punto donde los tomó, a los obreros que despida o no necesite;

"Segundo:

"a.- Los patrones se obligan a pagar a sus obreros un sueldo mínimo de cien pesos moneda nacional, alojamiento y comida, no rebajando ninguno de los sueldos que excedan actualmente esa suma;

"b.- Cuando el número de los obreros sea de 15 a 25, se pondrá un ayudante de cocina, y dos cuando el número de obreros sea de 25 a 40; excediendo de 40 obreros se pondrá un panadero;

"c.- Los ovejeros mensuales que tengan que conducir arreos de hacienda fuera de las respectivas estancias cobrarán 12 pesos moneda nacional diarios independientemente de sus sueldos y mientras conduzca el arreo;

"d.- Los campañistas mensuales percibirán 20 pesos moneda nacional por cada potro de amanse, fuera del sueldo que tuvieran asignado los carreteros percibirán la misma cantidad por cada novillo en las mismas condiciones.

"Tercero:

"Los patrones se obligan a poner en cada puesto un ovejero o dos, según sea su importancia; estableciendo una visita semanal por conducto de sus capataces. Los cargos de puesteros dentro de lo posible serán llenados por obreros casados acordándoles a éstos ciertas ventajas y en proporción al número de hijos que tuvieran.

"Cuarto:

"Los patrones se obligan y de hecho reconocen a las sociedades obreras legalmente constituidas: entiéndase que deberán gozar de personería jurídica. Los obreros podrán o no pertenecer a esas asociaciones pues sólo se tendrá en cuenta la buena conducta a idoneidad de cada uno.

"Quinto:

"Los obreros se obligan por su parte a levantar el paro actual de campo, volviendo al trabajo en sus respectivas faenas inmediatamente después de firmar este convenio.

"Río Gallegos, 30 de enero de 1921" .

Este pliego fue firmado por todos los poderoso latifundistas del sur de Santa Cruz. La lectura de este pliego presentado por los estancieros dice de por sí el triunfo de la lucha de los obreros de campo. En ningún lugar del país se había logrado un convenio así. Esto había sido mérito de un par de extranjeros y argentinos con confusas con confusas ideas anarcosindicalisatas. Pero las circunstancias iban a dejar en la nada todo esto, y este pliego de condiciones se iba a transformar meses después en escrita sentencia de muerte para los que habían osado levantarse.

Las tropas regresaron a Buenos Aires en mayo de 1921.

Apenas abandonaron las tropas el sur patagónico, fortalecido el movimiento obrero por los acontecimientos y su desenlace, comenzó la reacción patronal en los puertos del sur y en las estancias del interior. La policía fue reforzada por "guardias blancos" armados, surgidos al calor de la prédica de Manuel Carlés desde la Liga Patriótica, que obraba con perfecta autonomía de las autoridades nacionales. Una manifestación obrera en Río Gallegos fue atacada de improviso dejando un muerto y cuatro heridos como saldo. Los puertos de Deseado, Santa Cruz, San Julián y Río Gallegos quedaron paralizados en agosto por una huelga general. En conocimiento de esos hechos, algunos peones de las estancias propiciaron una huelga revolucionaria en todo el territorio. La represión en los puertos, las deportaciones de obreros a Buenos Aires, el encarcelamiento de militantes crearon un clima de intranquilidad y de protesta y al fin se planeó una huelga general. Se inició el paro en las estancias, se tomaron rehenes, cundió el pánico en el territorio y se reclamó ayuda al gobierno para hacer frente al peligro que representaban las nuevas tácticas empleadas por los obreros. Los embajadores de Gran Bretaña y Estados Unidos presionaron al gobierno para que tomase medidas en defensa de los intereses de sus connacionales en el sur.

Estos últimos sucesos ocurrieron porque el precio de la lana bajó verticalmente a fines de 1921, y las empresas se encontraron con un gran stock almacenado y la siguiente esquila casi encima. Para evitarla, provocaron ellas mismas un alzamiento obrero, haciendo detener a algunos dirigentes sindicales y enviando agentes que consiguieron levantar nuevamente las armas a los trabajadores previa formación de sus "guardias blancas". Los obreros organizaron un verdadero ejército y ocuparon varias estancias con la misma moderación que en la anterior oportunidad: se hacían firmar recibos por las reses que consumían y por los productos de almacén que tomaban. Un establecimiento incendiado, se supo posteriormente que lo había sido por su dueño, un inglés llamado Paterson, para cobrar un gran seguro.

Muchos pequeños propietarios se adhirieron a la huelga por considerarla justa. Pero, agitando el fantasma de la insurrección social, las empresas obtuvieron –se ignora por qué medios– que se enviara a Varela para reprimir la huelga.

Resolvió Yrigoyen, entonces, el envío de tropas de caballería al sur, toda una expedición militar dividida en dos cuerpos; uno con el Teniente Coronel Varela, jefe de la expedición, con los capitanes Pedro Viñas Ibarra y Pedro E. Campos, y la otra a las órdenes del capitán Elbio C. Anaya. Fue agregada a esa tropa un cuerpo de gendarmería. Las fuerzas embarcaron el 4 de noviembre de 1921. Un informe militar de Anaya define así la diferencia entre la primera y la segunda expedición de Varela: "Los acontecimientos de principios de 1921 pueden titularse campaña pacífica de la Patagonia en contraposición con la de fines de 1921-22 que llamaré campaña militar sangrienta".

En el transcurso del viaje de las tropas se produjeron hechos de sangre en la estancia Bremen, cerca de Cifre, cuyo dueño era alemán. Cuando se acercaba un grupo de diez peones a pedir víveres, éstos fueron recibido a tiros por el dueño y sus parientes, quedando como saldo dos muertos y cuatro heridos. Los huelguistas tomaron rehenes como protección y los estancieros huyeron hacia los puertos de la costa e hicieron relatos espeluznantes sobre las fechorías de los peones. El Teniente Coronel Varela escuchó esos relatos y consideró que la huelga era una insurrección armada y que en ese caso era aplicable el Código Militar, la Ley Marcial. Dio a sus hombres un bando dirigido a los obreros con instrucciones precisas:

"Si ustedes aceptan someterse incondicionalmente en este momento haciéndome entrega de los prisioneros, de todas las caballadas que tengan en su poder presentándoseme con sus armas, les daré toda clase de garantías para ustedes y sus familias, comprometiéndome a hacerles justicia en las reclamaciones que tuvieran que hacer contra las autoridades como asimismo a arreglar la situación de vida para en delante de todos los trabajadores en general. Si dentro de 24 horas de recibida por ustedes la presente comunicación no recibo contestación de que ustedes aceptan el rendimiento incondicional de todos los huelguistas levantados en armas en el territorio de Santa Cruz, procederé:

"Primero: A someterlos por la fuerza ordenando a los oficiales del ejército que mandan las tropas a mis órdenes que los consideren como enemigos del país en que viven;

"Segundo: Hacerlos responsables de la vida de cada una de las personas que en este momento mantienen ustedes por la fuerza, en forma de prisioneros, así como también de las desgracias que pudieran ocurrir en la población que ustedes ocupan y las que ocuparen en lo sucesivo;

"Tercero: Toda persona que se encuentre con armas en la mano y no cuente con una autorización escrita, firmada por el suscripto, será castigada severamente;

"Cuarto: El que dispare un tiro contra las tropas será fusilado donde se lo encuentre;

"Quinto: Si para someterlos se hace necesario el empleo de las armas por parte de las tropas, prevéngoles que de una vez iniciado el combate no habrá parlamento ni suspención de hostilidades."

Varela dictó ese bando por su cuenta y lo firmó, poniendo al territorio de Santa Cruz en pie de guerra. De parte de Yrigoyen, del ministro del interior y del ministro de la guerra no recibió instrucciones precisas; solamente debía cumplir con su deber, pacificar los territorios del sur, confiando en su condición de activo radical, uno de los comprometidos en la revolución de 1905.

Se aplicó el bando con todo rigor; pero hay que consignar que en la campaña contra los "bandoleros del sur" no hubo muertos ni heridos de las tropas, y eso que se trataba de una pequeña minoría frente a los millares de obreros en huelga. Hubo un primer encuentro en Punta Alta, y allí se rescataron 14 rehenes.

Uno de los centenares de casos ocurridos es el de Santiago González, que llegó a Santa Cruz el 12 de noviembre de 1921, contratado para trabajar como albañil en el Banco de la Nación. Fue detenido en el hotel donde se hospedaba por un soldado del 10° de caballería el 10 de diciembre; entre sus efectos se encontró un folleto titulado Carta Gaucha, escrito por Juan Crusao, y un escrito titulado La Voz de mi Conciencia, de Simón Radowitzky, que circulaban ampliamente por todo el país sin ninguna traba; el 28 del mismo mes fue ejecutado. De la misma magnitud, es el caso de Albino Argüelles; secretario general de la Sociedad Obrera de San Julián, herrero de oficio y afiliado al Partido Socialista. Este hombre fue quien organizó las columnas de peones rurales patagónicos en la huelga de 1921, en la cual se pedían mínimas mejoras en las condiciones de trabajo. Cuando llegó la tropa represora del capitán Elbio O. Anaya, les pidió parlamento a los dirigentes huelguistas, los apresó y luego de hacerlos castigar duramente ordenó su fusilamiento. Su muerte fue un asesinato vil y disfrazado por el capitán Anaya en su parte militar como "muerto mientras trataba de huir". La acostumbrada ley de fugas que en tiempos más actuales se convirtió en "desaparición" de personas.

El 22 de noviembre hizo imprimir Varela un nuevo bando, en el que dice que: "Se pasará por las armas a quienes no se entregaren a la primera intimación de las fuerzas militares o fueren sorprendidos por éstas con armas en la mano en actitud de resistir".

Quedaron en la memoria los sucesos de Paso Ibáñez, hoy Comandante Piedrabuena, a donde llegó una columna de 900 huelguistas, que ocupó el pueblo. Querían conferenciar con Varela y enviaron emisarios con ese propósito; se les respondió que debían rendirse incondicionalmente en el término de tres horas so pena de ser sometidos por la fuerza y pasados por las armas los que desacataren las órdenes impartidas. Sin garantías, los huelguistas entregaron los rehenes y huyeron hacia Río Chico y hacia la Estancia Bella Vista. Uno de los dirigentes, Avendaño, se entregó, probablemente con miras a negociar la rendición, y fue fusilado en Río Chico; luego se persiguió a los que se dirigían a Cañada León y fueron tomados 480 huelguistas, 4.000 caballos y 298 armas largas de todo tipo y calibre, 49 revólveres. Más de la mitad de los que se habían entregado sin combatir fueron ejecutados. Después de Cañada León, donde se halla la Estancia Bella Vista, Varela se dirigió hacia el Lago Argentino, donde tomó la estancia La Anita, de Menéndez Behety, en la que 500 hombres se rindieron sin combatir, siendo liberados 80 estancieros, mayordomos de estancia, gerentes, administradores y policías. Se procedió a fusilar sin freno alguno a los rendidos por las fuerzas que mandaba Viñas Ibarra. En conocimiento de los hechos ocurridos y de los métodos de la represión militar, hubo un intento de resistencia en estación Tehuelches, donde fueron heridos dos soldados y cayeron varios dirigentes de la huelga, José Font entre otros; pero en Tehuelches y Jaramillo el grupo de los huelguistas fue totalmente aniquilado.

Cientos de obreros fueron detenidos, apaleados y recluidos en dantescos depósitos, sin la menor forma de proceso. De ellos se escogía a quienes señalaban los representantes de las empresas, y se los llevaba al campo para fusilarlos. A algunos se les hacía cavar su propia fosa y luego se incineraban los cadáveres. En el Cerrito, en el Cañadón de la Yegua Quemada, actualmente Cañadón de los Muertos, y en otros puntos, fueron exhumados más tarde cientos de cadáveres.

Las publicaciones que vieron la luz sobre los hechos sangrientos de la Patagonia, en el curso de los mismos y después, son copiosas y pueden adolecer de parcialidad en favor de los huelguistas, que fueron víctimas, pero la verdad es que la segunda campaña del Teniente Coronel Varela dejó en aquellas regiones lejanas cerca de un millar de muertos, en su mayoría chilenos y españoles.

Muchos que no aprobaron aquellos métodos para resolver conflictos laborales callaron, guardaron silencio, pero eso no impidió que en todo el país cundiese una sentencia condenatoria, también en los círculos radicales, y en las esferas gubernativas.

Varela regresó a Buenos Aires, dejando 200 hombres al mando de Anaya y Viñas Ibarra; el ministro de la guerra lo recibió fríamente y el Congreso se levantaron voces acusadoras, una de ellas la de Antonio Di Tomaso:

"En el primer momento creyeron muchos de los obreros que la intervención de la tropa, si se producía como en el año 20, podría servir como un factor amigable, ya que se trataba de un elemento extraño al lugar, que tenía el prestigio de las armas de la Nación y que carecía de interés en el conflicto. En cambio, señores diputados, lo que se ha producido lo sabe todo el mundo. Se ha hecho una masacre y, para ocultarla se ha fraguado la leyenda del combate, se ha intentado dar la impresión de que allí ha habido batallas campales, de que un ejército perfectamente equipado y municionado atacaba a las tropas de la Nación. Todo eso es inexacto. Desde luego hay un dato que todos los diarios recogen, que nadie se ha atrevido a tergiversar porque habría sido imposible hacerlo: ¡No se han producido bajas en las tropas! Es extraño que un ejército de bandoleros bien armados, con buenos tiradores, que pelean en batallas campales, no causen una sola baja a las tropas nacionales, mientras mueren decenas de ellos".

Fue una requisitoria aplastante. Se pidió el nombramiento de una comisión investigadora, pero la mayoría radical impidió que prosperase la iniciativa.

Félix Luna expresó en su biografía del jefe del radicalismo que Yrigoyen no supo con certeza lo que pasó en Santa Cruz.

El ministro de relaciones exteriores, para contribuir por su parte a la solución de las tensiones sociales, inició negociaciones con Uruguay, Chile, Brasil y Paraguay a fin de concretar un tratado que permitiese seleccionar la inmigración tendiente a evitar de ese modo la entrada de elementos perturbadores e indeseables, a los que se atribuían todos los conflictos de trabajo. El tratado auspiciado quedó olvidado por falta de apoyo en los países que habría debido firmarlo; no obstante, el gobierno nacional adoptó medidas para evitar la entrada de los llamados "extranjeros peligrosos".

6. El Fin de una Interminable Batalla

Las empresas, que dirigieron todo, aprovecharon para liquidar de esta suerte a peones y pequeños propietarios a quienes debían dinero o cuyos campos ambicionaban. Además, abultaban los recibos firmados por los obreros para hacerse pagar por la Nación los supuestos daños causados por la huelga. Fue, en todo sentido, un episodio digno de "conquista y pacificación" de la Patagonia realizadas por las grandes empresas explotadoras a fuerza de látigo, y que dio a este pedazo de tierra argentina la triste denominación de "Patagonia Trágica".

Todo tuvo un desenlace sombrío como el episodio es sí. Dos años después de los sucesos, el Teniente Coronel Varela fue muerto por el hermano de uno de los fusilados en el Cañadón de la Yegua Quemada, Kurt Gustav Wilckens, que declaró haberlo hecho para vengar a sus compañeros asesinados. Estando bajo proceso, el centinela de vista que le adjudicaron una noche, lo despierta, le encañona el revólver por la mirilla del calabozo y lo mata a sangre fría; este oficial resultó ser un enfermo mental que, siendo policía, había sufrido heridas en uno de los encuentros sostenidos en Santa Cruz contra los huelguistas. El asesino del hombre que había matado al Teniente Coronel Varela fue recluido en un manicomio, y allí, a su vez, fue muerto por un antiguo huelguista patagónico que se hizo pasar por demente para ser internado en el instituto y llevar hasta allí la roja cadena de revanchas.

Yrigoyen nunca supo con certeza lo que pasó en Santa Cruz. Cuando el Dr. Viñas lo entrevistó para relatarle los horrores cometidos y pedirle que se procesara a los responsables, Yrigoyen no quiso hacerlo; dijo que una medida semejante acarrearía el desprestigio de las fuerzas armadas, y que la fe del pueblo en las instituciones debía salvarse aun a costa de la impunidad de algunos culpables. Sería injusto pensar que no castigó a los responsables porque le fueron indiferentes los desmanes cometidos: muchas veces demostró el valor supremo que le asignaba a la vida humana. Lo único cierto es que él no autorizó las barbaridades que se perpetraron; pero tampoco hizo nada para castigar a los culpables.

7. Conclusión

Fue durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen que se masacraron obreros en la llamada Patagonia Rebelde, en alusión a las huelgas desatadas por los grandes stocks de lana acumulados al terminar la Primera Guerra Mundial por falta de compradores. La violencia de clase fue la respuesta empleada durante la gestión de éste contra la movilización obrera. Los pedidos de esclarecimiento abortaron frente a la actitud de la bancada radical en el Parlamento, que impuso su mayoría contra la conformación de una comisión investigadora.

En la impresionante huelga que tuvo lugar en Santa Cruz, las masas enfrentaron la represión de las fuerzas oligárquicas con un elevado grado de violencia, dejando enseñanzas que aún hoy tienen vigencia. Sin embargo tanto el Partido Socialista como el incipiente Partido Comunista le dieron la espalda a la lucha violenta del proletariado. El Partido Socialista por oponerse, el Partido Comunista por ignorarlas. Desde nuestro punto de vista los hechos mostraron hasta dónde podía llegar el movimiento obrero encabezado y dirigido por los sectores más avanzados del anarquismo. Estos, por sus concepciones dejaron librado a la lucha espontánea de las masas la destrucción del Estado oligárquico. Carecieron de una línea que hiciera posible el avance de la lucha revolucionaria en la Argentina.

Sobre las huelgas de la Patagonia debe decirse que:

a.- Constituyeron el primer boceto revolucionario. Este primer boceto mostró que el proletariado tenía fuerza y capacidad (aun en las condiciones descriptas) para hegemonizar al conjunto del pueblo y hacer temblar las clases dominantes.

b.- Sin embargo, hubo errores que facilitaron el aislamiento del proletariado y su represión sangrienta:


La falta de una comprensión de la cuestión nacional en un país dependiente como el nuestro facilitó que la oligarquía y el gobierno instrumentaran falsas banderas patrióticas para dividir al movimiento y aplastar las luchas.

Las concepciones espontaneístas del anarquismo impidieron la existencia de un plan y de la preparación militar que posibilitara al proletariado y las masas populares crear una situación revolucionaria directa.

El Partido Comunista, por sus insuficiencias teóricas, sus concepciones erróneas y su profunda desconfianza en el potencial revolucionario del proletariado argentino, no hizo autocrítica sobre sus posiciones ni extrajo enseñanzas correctas de estas impresionantes luchas. Por lo tanto, no pudo desarrollar una línea de hegemonía proletaria ni afirmar el camino armado para el triunfo de la revolución en la Argentina.

Por su parte, la actitud del yrigoyenismo grafica el doble carácter de la burguesía nacional, que por un lado forcejea y por el otro concilia con el imperialismo y la oligarquía terrateniente. Y si bien hace concesiones al movimiento obrero y popular, para tratar de mantenerlo bajo su protección, temerosa del desborde, reprime violentamente las luchas que se salen de su control.

La experiencia del yrigoyenismo en el gobierno mostró, en definitiva, el fracaso del camino reformista para resolver las tareas agrarias y antiimperialistas. Su conciliación, particularmente con los grandes terratenientes ganaderos, facilitó la recuperación de posiciones por parte de la oligarquía y el imperialismo, que pasaron a predominar abiertamente con el gobierno de Alvear.

La muerte del coronel Héctor Varela fue un atentado individual llevado a cabo por el obrero anarquista Kurt Gustav Wilckens en 1923.

Osvaldo Bayer rescata la acción de Wilckens como justa reacción frente a la injusticia y la impotencia. Mempo Giardinelli, por el contrario, rememora que: "En 1922 gobernaba Hipólito Yrigoyen, no un tirano. Por lo tanto, Wilckens no ejerció ningún derecho de matar al tirano. (...) Y sin embargo, cuando Wilckens asesinó a Varela, no mató al tirano: sino que comenzó a matar a nuestra imperfecta democracia" .

En el caso de Wilckens, creemos que su objetivo era derrotar al sistema, al aparato represor del Estado. Pero de todos modos su gesto no es evaluado por la intención con que fue realizado, sino por la concepción política que lo puso en marcha y, también, por sus resultados concretos. Su acción individual presuponía una determinada concepción ideológico-política. Esta acción no puede medirse desde el lugar de la venganza planificada sino con la identificación del momento por el que atravesaba el proceso de formación ideológica de la clase obrera durante las primeras décadas del siglo en Argentina. Una etapa en la cual el ideario libertario y sus distintas formas de acción –entre ellas la directa– tras haber sido hegemónico en las direcciones y experiencias de las masas trabajadoras, perdía vigor precisamente por su incapacidad para constituirse en alternativa efectiva. El anarquismo contaba entonces con fuerte inserción en las fuerzas proletarias y populares y gran predicamento como perspectiva teórica y metodológica. Pero no es casual que el gesto de Wilckens tuviera lugar en momentos de franca e irreversible declinación del movimiento anarquista. Su acto, por tanto, era un gesto desesperado, aunque estuviera afincado en la esperanza. Una dirección política empeñada en llevar conciencia a los explotados y oprimidos y edificar una alternativa de masas, ciertamente debiera haber tomado distancia de aquel acto. Pero no desde el oportunismo nauseabundo de quienes buscan un lugar en el sistema capitalista con la misma desesperación con que Wilckens trataba de destruirlo.(*)

Fuente: Verónica Johana Farjat, "La patagonia rebelde", monografía editada originalmente en monografias.com

Imágen: Teniente coronel Varela, segundo a la izquierda, con el "gaucho Cuello", junto al caballo, uno de los jefes de la primera huelga obrera que después sería sustituido por otros dirigentes anarquistas.


La segunda vuelta de Antonio Soto

Por Osvaldo Bayer

El segundo regreso de Antonio Soto. Aquel que dijo en la estancia “La Anita”, en la lejana Santa Cruz, en aquel 20 de diciembre de 1921: “Yo no soy carne para tirar a los perros, no me rindo”. Fue cuando los peones rurales decidieron terminar con la huelga que mantenían con los terratenientes porque éstos no habían cumplido con el convenio firmado un año antes. Antonio Soto se negó a rendirse ante el 10 de Caballería comandado por el teniente coronel Varela. Y tomó camino hacia la cordillera.

Y tuvo razón Soto. Apenas se rindieron los peones, el Ejército Argentino comenzó a fusilarlos, así porque sí. Se los fusiló y se acabó. Y se los desapareció en tumbas masivas.

Terminaba así la huelga obrera más extendida de nuestra historia. Plena de épica. Es inexplicable cómo esos pobres peones pudieron parar las actividades en todos los campos. Los dirigentes apenas tenían un forcito a bigotes. Casi todo lo hicieron a caballo. Y organizaron largas columnas de protesta. Los esperaba la muerte ante los máusers de nuestros militares.

La historia, aunque tarda, termina siempre por reivindicar a la ética. Después que Soto fuese proclamado por la prensa oficial, la prensa terrateniente y los historiadores radicales como un “agente chileno”, ya ha salido a la luz la sacrificada e intachable conducta en toda su vida, hasta su muerte.

Aquí, en Buenos Aires, se acaba de inaugurar una exposición sobre su vida y su acción a 110 años de su nacimiento, en la Federación Judicial Argentina, y en un acto en el teatro Bambalinas se recordó su vida y su lucha, con la presencia de su hija, Isabel Soto, venida expresamente desde Punta Arenas, donde vive.

Para quien escribe esto fue una satisfacción plena de melancólica alegría. Había valido la pena escribir cuatro tomos para esclarecer los crímenes absurdos y cobardes de La Patagonia rebelde. Esos cuatro tomos y el film La Patagonia rebelde, dirigido por Héctor Olivera, me costaron ocho años de exilio y daños y heridas nunca cerrados. Pero valió la pena. Los humildes héroes del campo santacruceño están reivindicados. Sus tumbas están marcadas, no como antes, ignoradas por el silencio de todos. Ningún padre salesiano se aproximó nunca a poner una cruz. La Iglesia se comportó con los fusilamientos de los humildes peones de la misma manera que medio siglo después con la desaparición de miles de jóvenes idealistas.

Pero la Etica, como siempre, supo triunfar. Hoy Santa Cruz recuerda las huelgas rurales con monumentos, nombre de calles y de colegios. A los hombres que pusieron el rostro y el cuerpo para sostener la palabra solidaridad y lucharon por terminar la explotación del hombre por el hombre. Claro que entretanto hubo muchas agachadas del poder, como la del gobernador Puricelli, que vetó la ley de la Legislatura santacruceña por la cual se declaraba de lectura fundamental en los colegios secundarios el libro La Patagonia rebelde. Veto que todavía nadie fue capaz de levantar.

También la reivindicación llegó a Galicia, donde nació Antonio Soto, el “gallego” Soto. Allí, en El Ferrol, ciudad de su nacimiento, una calle lleva su nombre y en la humilde casa donde nació se ha puesto una placa donde se recuerda a quien salió de esos lares para marchar a la América de los sueños, donde encontró la realidad de la explotación de las peonadas en los latifundios fundados por Julio Argentino Roca.

El nombre de Soto sirve ahora a los pobladores de El Ferrol para contestar a una pregunta que les resulta demasiado desagradable. Porque en El Ferrol también nació el dictador Francisco Franco, el fusilador de poetas. Y es habitual que cuando se le pregunta a un nativo de esa ciudad dónde ha nacido, ante la respuesta de “en El Ferrol” el otro le añada: “¡Ah, donde nació Franco!”. Ahora, entonces, los nativos de El Ferrol contestan: “Sí, pero ahí también nació Antonio Soto. El luchador por los derechos rurales de la Patagonia argentina”.

Sí, allá también, en España, se hace la limpieza de tanto crimen y autoritarismo del franquismo. Está en plena discusión el proyecto de ley de memoria histórica que declara ilegítimos todos los juicios de los tribunales de la dictadura franquista. Y se está en el tema de retirar definitivamente los símbolos franquistas en ciudades y pueblos españoles: monumentos, plazas, calles, institutos.

Con estos homenajes en Buenos Aires, Antonio Soto ha regresado por segunda vez con su presencia histórica. La primera vez lo hizo en vida, en 1933, casi doce años después de la masacre que cometió Irigoyen y el Ejército argentino con los peones. Soto regresó para responderles a todos aquellos que habían sostenido que él había huido dejando solos a sus compañeros de lucha. Llegó al centro de Río Gallegos, se subió a una silla en la vereda de la tienda “La Favorita” y gritó: “¡Aquí estoy!”. Se abrió la camisa, ofreciendo el pecho, reivindicó las huelgas y denunció el crimen atroz de los fusilamientos. “Me fui aquella vez para seguir la lucha y la continuaré hasta la muerte.” Pero no pudo seguir hablando. El gobernador de la década infame, el militar Gregores, lo hizo apresar y lo hizo tirar al otro lado de la frontera. Soto siguió en Chile la lucha por los trabajadores. El periodista Callahan, que lo conoció en Puerto Natales, me lo describió así: “Antonio Soto era un autodidacto con ideas realmente visionarias, fue siempre consejero del Sindicato de Campos y Frigoríficos aquí, en Puerto Natales, y los viejos gremialistas tienen el mejor recuerdo de él. Predicaba el anarcosindicalismo como medio de lucha obrera y filosóficamente era partidario de las ideas anarquistas”.

Cuando ocurrió el golpe de Franco en España, Soto fundó en Punta Arenas el Centro Republicano Español, el Centro Gallego y la filial de la Cruz Roja. En Puerto Natales, Soto organizó un cine al que le puso el nombre “Libertad”, la palabra más amada por los socialistas libertarios.

Jamás, ninguno de los responsables hizo una autocrítica de la matanza de peones. La democracia sigue esperando. Ni los radicales ni sus historiadores, ni los militares ni los latifundistas. Siempre se guardó silencio. Por eso fue una satisfacción presenciar estos actos de homenaje a uno de los protagonistas de la justa huelga de los hijos de la tierra contra los dueños de la tierra.

Antonio Soto nació un 8 de octubre, aquí proclamado como el Día del Trabajador Rural. Pe