Patricia, De la lucha armada a la Seguridad

Adelanto del libro

La biografía (no autorizada) de la ministra Bullrich escrita por Ricardo Ragendorfer transita la historia personal y política de la responsable de la «demagogia punitiva» del presente. Se publica aquí parte del capítulo «Tiempo de revancha».

Ricardo Ragendorfer recorre con minuciosidad la vida personal, familiar y política de Patricia Bullrich. Desde su infancia, pasando por su militancia en Montoneros, el rol de Rodolfo Galimberti, la lucha armada y el exilio. Y por supuesto, el regreso y su incursión en la política, desde la izquierda peronista hasta la experiencia liberal-conservadora-represiva del macrismo.

El nivel de detalle de cada recorte en el tiempo y circunstancia, abruman. Ragendorfer disecciona la historia personal de Bullrich para amalgamarla con la tragedia de un país.

El libro une la historia de la ministra que pasó de encarnar el sueño de la revolución a las políticas represivas que se cargaron, entre otras, las vidas de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel.

«Patricia – De la lucha armada a la Seguridad», es, lo que el autor llama, una viaje a «una revolución al revés».

En estos días adelanta, en exclusivo, parte del Capítulo 5 «Tiempo de revancha», que describe el primer discurso de Bullrich en un acto de la Juventud Peronista, durante la primavera alfonsinista.

 

Adelanto del libro

Capítulo 5 – Tiempo de revancha

«¡Y ya la lo ve/ y ya lo ve/ es la gloriosa Jotapé!» -coreaba la multitud en el Luna Park durante la noche del 24 de agosto de 1984.

Galimberti, por estar de incógnito, se escabulló entre quienes ocupaban un sector lateral del estadio, mientras Patricia -ahora escoltada por el Gordo Llano- avanzaba hacia la cabecera repartiendo saludos y abrazos.

Allí, en un costado, se encontraba Juan Carlos Dante Gullo. La gente lo aplaudía. Ya eran las 20:40.

Sobre el escenario -coronado por un enorme cartel de tela que rezaba «La liberación nacional no se declama, se construye»-, alguien leía a viva voz un mensaje del gobernador de La Rioja, Carlos Saúl Menem.

¿Un mensaje? Patricia tragó saliva. Se suponía que ese hombre era uno de los invitados al acto.

En el backstage se cruzó con la Chuchi. Ella, algo nerviosa, le puso ante los ojos un telegrama que acababa de enviar Menem desde Tucumán: «Tengo el penoso deber de informar que por problemas con los vuelos es posible que no pueda concurrir».

Patricia tragó saliva otra vez. La Chuchi, no sin indignación, soltó:

– ¡Se borraron todos!

Ocurre que, en un principio, el lanzamiento público de la JP-U prometía ser una atractiva vidriera para la dirigencia renovadora del PJ, muy empeñada en consolidar su imagen frente a la ortodoxia partidaria, herida por el desastre electoral del año anterior. De modo que, además de Menem, habían asegurado su presencia -con discursos incluidos- personajes como el viejo Saadi, Carlos Grosso, Miguel Unamuno -el padre de Juan Pablo-, el intendente de Lomas de Zamora, Eduardo Duhalde, y el sindicalista José Rodríguez.

– ¡Se borraron todos! -insistió la Chuchi.

No todos. Estaba Grosso, quien sin embargo pidió su retiro del listado de oradores.

En cambio, Rodríguez y Duhalde se excusaron telefónicamente por sus inasistencias, acaso adelantándose con los tiempos. Porque el resto especuló hasta último momento con la capacidad de convocatoria del flamante espacio juvenil para no quemarse ante un estadio vacío.

A las 21:30 seguían llegando columnas.

Y la multitud coreaba: «¡Juventud presente!/ ¡Perón, Perón o muerte!».

Entonces llegó otro telegrama de Menem, esta vez desde Córdoba y con una ambigüedad: «Quizá sea posible estar a tiempo».

En aquel instante hubo un fugaz arremolinamiento sobre la entrada más cercana al escenario: llegaba don Vicente Leónidas con su hijo, «Ramoncito», el gobernador de Catamarca.

Luego apareció Miguel Unamuno, quien fumaba sin parar.

Juan Pablo permanecía con Patricia tras bastidores, obnubilado por la afluencia de militantes y adherentes.

– Habrá unas 40 mil personas -arriesgó. Ella no lo contradijo.

 

 

De repente escuchó que el presentador la nombraba. Era la hora de su cita con la gloria.

Durante los cuatro o cinco segundos que demoró en arribar al escenario -relataría luego-, sintió que todo a su al- rededor quedaba inmóvil y en silencio, como congelado, con la única excepción de sus latidos.

Y recién al bramar «¡Compañeros!» -estirando la pronunciación de la primera «o» en forma exagerada-, el bullicioso oleaje de la multitud volvió a la normalidad. A continuación, su arranque fue:

– ¡La crisis del peronismo es por haber renunciado al camino de la lucha revolucionaria que nadie como Evita supo representar!

Ella esforzaba sus cuerdas vocales al máximo. Sin embargo, su tono era monocorde, casi sin matices. Como si de su boca salieran palabras aprendidas de memoria. Algo de eso había. En los días previos acudió cada atardecer al monoambiente del barrio de Flores que Pancho le prestaba a Galimberti para informarle las novedades de la organización del acto. Y preparar con él su discurso.

Al respecto, el Loco le había fijado dos ejes: fustigar a la cúpula del PJ -presidida simbólicamente por Isabel, aunque bajo el control real del binomio Lorenzo Miguel – Herminio Iglesias- y arremeter contra la gestión de Alfonsín.

Pero el asunto también incluía -como se dice actualmente- un coaching en oratoria. En consecuencia, Patricia se vio obligada a ensayar una y otra vez su intervención ante un espejo sin que el Loco le sacara los ojos de encima.

Ahora su Pigmalión la observaba desde el fondo del estadio. A lo lejos, ella parecía una estatua parlante. Y por momentos, él se mordía los labios.

Aun así los presentes le obsequiaron a Patricia una aclamación cuando tildó al gobierno de «hambreador», antes de añadir:

– Alfonsín no tiene proyecto de país, no sabe adónde va.

Esto terminará muy mal, compañeros.

Entonces estalló otra aclamación. Pero no para ella. Todas las miradas apuntaban hacia un costado de la cabecera. Eran las 22:30.

Galimberti maldijo por lo bajo al advertir que justo en aquel instante la atención de la concurrencia se concentraba en torno a una figura emponchada y patilluda que, con parsimonia, se abría paso entre la muchedumbre. Menem, sonriendo de oreja a oreja, levantaba los dedos en «V».

Seguidamente desfiló ante el micrófono Dante Gullo; luego, Unamuno (padre) y los dos Saadi.

Por último, ya al filo de la medianoche, fue Menem quien tuvo el honor de cerrar el acto. Y con un remate de calidad:

– Esta juventud maravillosa, al igual que Jesús a Lázaro, debe decirle al peronismo: «¡Levántate y anda!».

La multitud parecía en trance.

Durante la desconcentración en la calle Bouchard, cientos de gargantas aún seguían coreando. «¡Juventud presente! / ¡Perón, Perón o muerte!».

Galimberti y Patricia se alejaban a bordo del 404. Ella, sin abrir la boca, digería la dimensión de lo acontecido. Él la miraba de reojo.

Corría ya la primera hora del sábado cuando ocuparon una mesa en la pizzería Imperio, de Chacarita. Recién cuando el mozo les trajo una grande de muzzarella y una Quilmes de litro, Patricia rompió el silencio:

– ¡Fue un éxito! Juan Pablo calculó 40 mil personas. El Loco, sin levantar la vista del plato, dijo:

– ¿Sigue usando anteojos ese pibe?

Patricia comprendió que él no estaba de su mejor talante. Quizá sintiera un ramalazo de nostalgia. De ser así, es probable que su mente haya retrocedido a la remota noche del 19 de abril de 1973, cuando en otra pizzería, la que estaba en la avenida Vélez Sarsfield, ellos celebraban su invocación a las milicias populares en el acto de la UES. Hubo entonces dos presencias que ya nunca podrá tener a su lado: el Gringo

Caretti y Julieta.

La voz de Patricia lo devolvió al presente:

– Bueno, no sé… serían 20 mil.

– ¡Qué carajo importa! Igual metimos un golazo. ¿Quién junta hoy en el peronismo tanta gente? ¡Nadie!

El ánimo del Loco se había recompuesto.

Y mientras atacaba la segunda porción, preguntó:

– ¿Y? ¿Qué sentiste al hablar?

No sin una pizca de rubor, ella contestó:

– Fue emocionante.

El Loco se mostró benévolo al comentar el desempeño de Patricia sobre el escenario. Y hasta se permitió una lisonja:

– Mirá cuando te toque hablar desde el balcón de la Rosada…

A Patricia se le escapó una risita.

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