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Historiador Argentino, abogado y profesor
universitario fue uno de los más respetados y consultados historiadores de la
corriente que se llamó revisionista. Nació en Buenos Aires el 20 de agosto de
1906, en el seno de una familia tradicional cuyo bisabuelo, Vicente Rosa,
llegado desde España en 1828 fue director de aduanas durante el gobierno de Juan
Manuel de Rosas.
Su abuelo, José María, abogado de prestigio, llegó a Ministro de Hacienda de la
administración de Julio Roca. Se recibe de abogado a la temprana edad de 20 años
y luego de un breve paso como juez de instrucción se dedica a la enseñanza,
tanto en cátedras universitarias como secundarias. De su experiencia como Juez
de instrucción en Santa Fe sale su primer libro Más allá del código.
Su militancia política comenzó en las filas de la recientemente fundada
Democracia Progresista pero sus interés por la historia lo llevó al encuentro
con el pueblo real y subyacente.
Su segundo libro, de 1936: Interpretación Religiosa de la Historia, examina la
historia como La Sociedad en el Tiempo, descartando las visiones
institucionales, raciales, periodísticas o épicas.
Residió en Santa Fe, donde dictaba cátedras de derecho constitucional y en esa
ciudad, junto con otros estudiosos de la historia fundó en 1938 el Instituto de
Estudios Federalistas, desde donde se dictaron conferencias, se establecieron
lazos con entidades similares en el país y en el exterior y a través de ellas se
perfiló una vigorosa corriente de los que buscaban "revisar"
la historia y sobre todo mirarla desde un ángulo social.
En 1942 sale su primer libro de historia Argentina, "Defensa y Pérdida de
nuestra independencia Económica" principio de una larga serie de publicaciones,
algunas de las cuales incluiremos en esta página.
En 1945, ya sumado a la naciente corriente de pensamiento nacional de acción
política, debió trasladarse a Buenos Aires por desinteligencias con el rectorado
y algunos centros de estudiantes, fruto de su militancia política e histórica.
Centra entonces su actividad en la universidad de La Plata, ejerciendo también
la cátedra en colegios secundarios. Por entonces publica "Nos Los Representantes
del Pueblo" y "La Misión García ante Lord Strangford".
La llamada "Revolución (fusiladora) Libertadora" lo deja cesante para luego
encarcelarlo, en ocasión de la detención de su amigo John W. Cooke, a quién
había dado refugio en su casa. Pasa 35 días incomunicado para luego participar
en un gracioso y demencial interrogatorio por quien se denominaba "Capitán
Ghandi" donde se lo acusaba de complicidad con el régimen depuesto... en 1852.
Luego de 70 días de prisión sale para militar más activa y decididamente,
enrolándose en el fallido y trágico intento del General Valle del 9 de junio de
1956. La asustada reacción del gobierno "gorila" de entonces lo buscó para
fusilarlo pero consigue pasar a Montevideo y de allí, aceptando una invitación
del Instituto de Cultura Hispánica, que le promete la edición de su libro "La
Caída de Rosas" Viaja a España donde permanece hasta 1958, ejerciendo el
periodismo y dando conferencias en distintos ámbitos.
Vuelve para sobrevivir de lo poco que le producen sus publicaciones y artículos
y eventuales cursos de historia, que da permanentemente en sindicatos de todo el
país.
José María
Rosa - La historia oficial
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Su actividad tiene como marco el Instituto de Investigaciones Históricas Juan
Manuel de Rosas, entidad de la que fue presidente muchos años. De esa época son
sus libros "El Cóndor Ciego", "Rivadavia y el Imperialismo Financiero" y
"Francisco Solano López y las montoneras Argentinas". A raíz de esta última
publicación su nombre pasa a ser muy conocido en el Paraguay, a donde es
invitado permanentemente a dar conferencias o asistir a eventos relacionados con
el prócer máximo Paraguayo.
Mientras tanto participa activamente en lo que se llamó la resistencia Peronista
convirtiéndose en uno de sus referentes más respetados y queridos. Es en ese
período que el movimiento Peronista, antes indiferente toma con entusiasmo las
banderas revisionistas y las hace suyas. Rosa integraría la comitiva de notables
que van a buscar a Perón en el famoso vuelo charter del 1711-72.
Para entonces ya se había publicado su HISTORIA ARGENTINA. obra hecha por el en
13 tomos a los que luego de su muerte se le agregaron cuatro más.
El General Perón, en ejercicio de la presidencia, dispone que se haga cargo de
la embajada en Asunción , considerando que su prestigio en Paraguay pudiese ser
positivo para los intereses nacionales dado que en ese tiempo se jugaban en las
cotas de altura de la represa de Corpus, la factibilidad de construir Yaciretá.
Muerto Perón, tuvo desinteligencias con el canciller Vignes y optó por aceptar
la embajada en Atenas, donde permaneció hasta el golpe militar de 1976. Regresó
a Buenos Aires, donde sus libros eran retirados de las bibliotecas y su nombre
puesto en un "cono de silencio". Pero el viejo luchador no se resignaba a
quedarse de brazos cruzados. Es así como se fundó la revista "Línea" (Por
pretender abarcar a todo el pensamiento de la línea nacional), la voz de los que
no tienen voz.
El propósito fue mantener viva la llama del pensamiento nacional y mostrar que
subyacía otra Argentina llamada a renacer. No pudieron los militares acusar a
Pepe Rosa de ser guerrillero solo porque su figura era demasiado visible y
conocida. Pero buscaron todos los medios para acallarlo, desde el secuestro de
la revista hasta los innumerables juicios entablados en su contra. Pero "Línea",
cada vez con más coraje, salió adelante y fue la única voz distinta que se
escuchó durante esos años de plomo.
Mientras tanto continuó con la publicación de libros y artículos en algunos
medios que poco a poco se animaban a expresarse.
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Su última batalla, que le costó el alejamiento de algunos amigos "nacionalistas"
cortos de vista fue sobre la cuestión del Beagle, que casi nos había llevado a
una tonta e irreparable guerra entre hermanos. Un folleto sobre los fundamentos
de su posición en este tema está incluida
en esta página. Su
vida se apagó el 2 de julio de 1991 muriendo en forma serena, como compensación
a la vida de lucha que tuvo.
Estas páginas, iniciadas por el recuerdo de uno de sus hijos, fueron atrayendo
los miles de anteriores discípulos y, es nuestra esperanza que ayuden a formar
nuevos hombres en esta causa que se llama AMOR A LA PATRIA.
Libros de Jose Maria Rosa
DEFENSA Y PÉRDIDA DE NUESTRA INDEPENDENCIA ECONÓMICA El empréstito de Rivadavia
y la entrega de nuestras posibilidades económicas termina con la ley de aduanas
de 1835 -Ese es el comienzo de una prosperidad que termina en Caseros, cuando el
proyecto es dejar de ser nación soberana.
RIVADAVIA Y EL IMPERIALISMO FINANCIERO La entrega de nuestra economía a cambio
ventajas personales para Rivadavia y sus socios -La Agricultural -La Minning
-Maniobras turbias en la bolsa de Londres
EL CÓNDOR CIEGO La extraña muerte de Lavalle Lavalle no pudo haber muerto como
dijeron sus amigos. Tampoco como relató la partida Federal.
EL PRONUNCIAMIENTO DE URQUIZA De como el ejercito Argentino, preparado para una
rápida victoria sobre el Brasil en una guerra ya declarada se pasa al enemigo
por dinero. -Este libro es una versión abreviada de "LA CAÍDA DE ROSAS".
ANÁLISIS DE LA DEPENDENCIA ARGENTINA Historia económica de nuestra entrega y la
pérdida de vocación de ser un gran país.
EL FETICHE DE LA CONSTITUCIÓN El país, luego de abandonar su vocación soberana
en Caseros, se "dibuja" de acuerdo a un programa de desargentinización -Este
libro es una versión abreviada de "NOS LOS REPRESENTANTES DEL PUEBLO"
Fuente: www.lucheyvuelve.com.ar
Recuerdos
de José María Rosa, a cien años de su nacimiento|
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Las cartas dirigidas a Fermín Chávez comprenden un período clave en la
vida del historiador: 1956 a 1958, los años del exilio en Uruguay y
España. para evitar represalias por su participación en el fallido
levantamiento del general Juan José Valle contra el gobierno de facto
que encabezaba Aramburu; son también los años en que escribe y publica
una de sus obras más importantes, La Caída de Rosas, un proyecto que
sale de sus reflexiones sobre la caída de Juan Domingo Perón, en 1955.
"¡Pero si esto es Caseros!", fue la reacción de un indignado Rosa ante
la Revolución Libertadora.
"Como conspirador era pésimo", asegura su hijo. Pese a ello, esa
actividad lo ocupa durante algún tiempo. En una de sus primeras cartas
desde Montevideo, Rosa firma como Tomassini, el nombre que había
adoptado co mo conspirador en la revuelta del general Valle. Además,
escribe en clave comercial, como corresponde a un viajante de comercio,
el personaje que representaba. "A mi vuelta encontré a los muchachos muy
entusiasmados con el negocio", escribe en noviembre del 56. "Lástima que
el Patrón no quiere novedades de ninguna clase ni introducir
modificaciones en el negocio."
Para quien dude de que se trata de un texto cifrado basta una aclaración
del hijo del historiador: "La única vez que papá ganó plata en su vida
fue cuando recibió una herencia", contó. Hay pocas alusiones directas a
Perón en sus cartas. Lo llama el Patrón, el Jefe, pero casi nunca lo
nombra. "Todas las precauciones son pocas", escribe en enero de 1958.
En 1957, ya en España, el exilio de Rosa se torna amargo. "Me he dado
cuenta ahora lo que es el exilio. Es una sensación de ausencia
definitiva, de muerte, de no ser nada, de estar olvidado", escribe. Las
cartas retratan a un hombre que no podía estar ausente de las
circunstancias de su país. Dedica hojas enteras, a veces hasta los
márgenes, a especular sobre la situación política argentina. También se
intuyen los miedos de este memorioso: "Me choca que se me haya olvidado
así. Nunca mencionan mis libros", le confiesa a Chávez.
Sin embargo, la impresión dominante es la del hombre apasionado por la
historia: "De Caseros vivo y a él me tengo que consagrar. Casi no veo a
nadie", escribe. El periodista Enrique Pedro Oliva, que compartió el
exilio con Rosa, le contó a Clarín que "Pepe parecía que vivía en la
Historia".
Las cartas a Fermín Chávez se interrumpen en 1958, el año de su regreso
al país. Para Pepe Rosa empezaban años de militancia política en la
resistencia peronista. También son tiempos de polémicas históricas que
le garantizarían el recuerdo de adversarios y admiradores.
Fuente: Clarin, 21/08/06
17 de septiembre de 1861, batalla de Pavón
Por José María Rosa
Chocan cerca de la estancia de Palacios, junto al arroyo Pavón en la provincia
de Santa Fe, los ejércitos de Urquiza y Mitre. A Urquiza, a pesar de Caseros, lo
rodea el pueblo entero; Mitre representa la oligarquía porteña. Aquél es un
militar de experiencia, éste ha sido derrotado hasta por los indios en Sierra
Chica. El resultado no parece dudoso, y todos suponen que pasará como en Cepeda,
en octubre de 1859, cuando el ejército federal derrotó a los libertadores.
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Parece que va a ser así. La caballería de Mitre se desbanda. Ceden su izquierda
y su derecha ante las cargas federales. Apenas si el centro mantiene una débil
resistencia que no puede prolongarse, y Mitre como Aramburu en Curuzú Cuatiá,
emprende la fuga. Hasta qué le llega un parte famoso: "¡No dispare, general, que
ha ganado!". Y Mitre vuelve a recoger los laureles de su primera – y única –
victoria militar.
¿Que ha pasado? .. Inexplicablemente Urquiza no ha querido coronar la victoria.
Lentamente, al tranco de sus caballos para que nadie dude que la retirada es
voluntaria, ha hecho retroceder a los invictos jinetes entrerrianos. Inútilmente
los generales Virasoro y López Jordán, en partes que fechan "en el campo de la
victoria" le demuestran el triunfo obtenido. Creen en una equivocación de
Urquiza. ¡si nunca ha habido triunfo más completo! Pero Urquiza sigue su
retirada, se embarca en Rosario para Diamante, y ya no volverá de Entre Ríos.
¿Qué pasó en Pavón?.. Es un misterio no aclarado todavía. Se dice que intervino
la masonería fallando el pleito en contra del pueblo, sin que Urquiza pagara las
costas (las pagó el país), que un misterioso norteamericano de apellido Yatemon
fue y vino entre uno y otro campamento la noche antes de la batalla concertando
un arreglo, que Urquiza desconfiaba del presidente Santiago Derqui, que estaba
cansado y prefirió arreglarse con Mitre, dejando a salvo su persona, su fortuna
y su gobierno en Entre Ríos. Todo puede conjeturarse. Menos que lo que dirá en
su parte de batalla: que abandonó la lucha "enfermo y disgustado al extremo por
el encarnizado combate". ¡Urquiza con desmayos de niña clorótica! ..
LA MASACRE DEL PUEBLO
Derqui ingenuamente intentará la resistencia. El grueso del ejército federal
está intacto y lo pone a las órdenes de Juan Saa, mientras espera el regreso de
Urquiza. Lo cree enfermo y le escribe deseándole "un pronto restablecimiento
para que vuelva cuanto antes o ponerse al frente de las tropas". Pero Urquiza no
vuelve, no quiere volver. A cuarenta días de la batalla, el 27 de octubre, el
inocente Derqui todavía escribe al sensitivo guerrero interesándose por su salud
y rogándole que "tome el mando".
La trompetería oligárquica anuncia la gran victoria, aunque Mitre no puede mover
a los suyos de la estancia de Palacios porque no tiene caballada. Sarmiento,
desde Buenos Aires, le escribe el 20 de setiembre: "No trate de economizar
sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre
es lo único que tienen de seres humanos" (Archivo Mitre, tomo IX, pág. 363).
Pero Urquiza quiere medidas radicales "o Southampton o la horca". En Southampton
pasaba su ancianidad, pobre pero jamás amargado, Juan Manuel de Rosas.
Ni uno ni otro. Urquiza no será un prófugo. Quedará en Entre Ríos y no perderá
ni el gobierno de esa provincia ni una sola de sus muchas vacas. Derqui,
Pedenera, Saa, el Chacho Peñaloza, Virasoro, Juan Pablo López, esperan que
vuelva Urquiza de Entre Ríos y en una sola carga desbarate las atemorizadas
tropas mitristas. Por toda la República, de Rosario al Norte, vibra el grito
¡Viva Urquiza! en desafío a los oligarcas: todos llevan al pecho la roja divisa
federal con el dístico "Defendemos la ley federal jurada. Son traidores quienes
la combaten". Urquiza tiene trece provincias consigo y un partido que es todo, o
casi todo, en la República. Se lo espera con impaciencia. Derqui suponiendo que
es el obstáculo para el regreso del general, opta por eliminarse de la escena y
en un buque inglés se va silenciosamente a Montevideo, renunciando la
presidencia. Lo reemplaza Pedernera, que tiene toda la confianza de Urquiza.
Pero Urquiza no viene.
Entonces las divisiones mitristas a las órdenes de Sandes, Iseas Irrazabal
Flores, Paunero, Arredondo (todos jefes extranjeros) entran implacables en el
interior o cumplir el consejo de Sarmiento. Hombre encontrado con la divisa
federal es degollado; si no lo llevan es mandado a un cantón de fronteras a
pelear con los indios. No importa que tenga hijos y mujer Es gaucho, y debe ser
eliminado del mapa político. Todo el país debe "civilizarse".
Venancio Flores, antiguo presidente uruguayo, a las ordenes de los porteños,
sorprende en Cañada de Gómez el 22 de noviembre al grueso del ejército federal
que sigue esperando órdenes de Urquiza. Ahí están sin saber a quién obedecer, ni
qué hacer. Flores pasa tranquilamente a degüello a la mayoría e incorpora a los
otros a sus filas. Nuestras guerras civiles no se habían distinguido por su
lenidad precisamente, pero ahora se colma la medida. Hasta Gelly y Obes,
ministro de Guerra de Mitre, se estremece con la hecatombe: "El suceso de la
Cañada de Gómez – informa – es uno de los hechos de armas que aterrorizan al
vencedor... Este suceso es la segunda edición de Villamayor, corregida y
aumentada" (en Villamayor, Mitre había hecho fusilar al coronel Gerónimo Costa y
sus compañeros por el sólo delito de ser federales).
Esa limpieza de criollo que hace el ejército de la Libertad entre 1861 y 1862 es
la página más negra de nuestra historia, no por desconocida menos real. Debe
ponerse el país "a un mismo color" eliminando a los federales. Como los
incorporados por Flores desertan en la primera ocasión, en adelante no habrá más
incorporaciones: degüellos, nada más que degüellos. No los hace Mitre, que no se
ensucia las manos con esas cosas; tampoco Paunero ni Arredondo. Serán Flores,
Sandes, Irrazabal, todos extranjeros. Y los ejecutores materiales tampoco son
criollos: se buscan mafiosos traídos de Sicilia: "En la matanza de la Cañada de
Gómez – escribe José María Roxas y Patrón a Juan Manuel de Rosas, los italianos
hicieron despertar en lo otra vida a muchos que, cansados de los trabajos del
día, dormían profundamente" (A. Saldías: La evolución republicana, pág. 406).
Así avanza la ola criminal, estableciendo "El reinado de la libertad", como dice
La Nación Argentina, el diario de Mitre.
Sarmiento sigue con sus aplausos: "Los gauchos son bípedos implumes de tan
infame condición, que nada se gana con tratarlos mejor", dice el apóstol de la
civilización. Los pobres criollos que caen en manos de los libertadores, solo
pueden exclamar ¡Viva Urquiza! al sentir el filo de la cuchilla. Algunos
consiguen disparar al monte a hacer una vida de animales bravíos.
Seguirá la matanza en Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja, mientras
se oiga el ¡Viva Urquiza! en alguna pulpería o se vea la roja cinta de la
infamia. Que viva Urquiza mientras mueren los federales. Y Urquiza vive
tranquilo en su palacio San José de Entre Ríos, porque ha concertado con Mitre
que se le deje su fortuna y su gobierno a condición de abandonar a los
federales. Dentro de poco hará votar por Mitre en las elecciones de presidente.
"Pavón no es solo una "victoria militar – escribe Mitre o su ministro de Guerra
– es sobre todo el triunfo de la civilización sobre los elementos de la
barbarie".
EL CHACHO PEÑALOZA
Fue entonces que se alzó la noble figura del general Ángel Vicente Peñaloza,
llamado El Chacho por todos. Era brigadier de la Nación y jefe del III ejército
nacional acantonado en Cuyo. Al ver que los libertadores proceden de esa manera,
escribe a uno de ellos, el general Antonino Taboada, el 8 de febrero de 1862:
"¿Por qué hacen una guerra a muerte entre hermanos con hermanos?", contraria a
la hidalguía de la raza. No hay objeto porque Urquiza ya no vuelve más y los
federales han aceptado su derrota. Pero de allí a exterminarlos, va mucho "¿No
es de temer que las generaciones futuras nos imitaran tan pernicioso ejemplo?".
La carta es tomada como una provocación, y Peñaloza queda despojado de su rango
militar y declarado indigno de vestir el uniforme. Las tropelías siguen:
degüellos, saqueos, raptos, violaciones. En Guaja, Sandes ordena quemar la casa
del Chacho, después de saquearla.
Peñaloza se revuelve como un jaguar herido. No tiene tropas de línea, ni armas,
ni jefes, Pero su grito de guerra resuena por todos los contrafuertes andinos, y
van a reunírseles cientos, miles, de paisanos que llegan con su caballo de monta
y otro de tiro, agenciado quién sabe cómo. Con medio tijera de esquilar fabrican
una lanza acoplándola a una caña Tacuara. Y el Chacho empieza sus victoriosas
marchas y contramarchas de La Rioja a Catamarca, de Mendoza a San Luis. La
montonera crece y se hace imbatible. Poco pueden contra ella los ejércitos de
línea formados por milicos enganchados o condenados a servir las armas: las
cargas de los jinetes llanistas desbaratan a los ejércitos de la libertad.
Le ofrecen la paz, y el Chacho la acepta porque es un ingenuo. Cree en la
sinceridad y buena fe de los libertadores. El no pelea para imponerse a nadie,
sino para defender a los suyos. En La Banderita el 30 de mayo se firma el
compromiso: no se perseguirá más a los criollos, y Peñaloza desarmará su
montonera. José Hernández, el autor de Martín Fierro, cuenta la entrega de los
prisioneros tomados por el Chacho: "Ustedes dirán si los he tratado bien –
pregunta éste – ¡Viva el general Peñaloza! fue la respuesta. Después el riojano
pregunto: – ¿Y bien? ¿Dónde está la gente que ustedes me apresaron? .. ¿Por qué
no responden? .. ¡Qué! ¿Será verdad lo que se ha dicho? Será verdad que los han
matado a todos? .. Los jefes de Mitre se mantenían en silencio,- humillados. Los
prisioneros habían sido fusilados sin piedad, como se persigue y se mata a las
fieras de los bosques; sus mujeres habían sido arrebatadas por los vencedores".
(Vida del Chacho, p. 176).
LA LEY MARCIAL
Todo es mentira en los libertadores. No habrá paz. Al Chacho lo han engañado
valiéndose de su buena fe de caballero y de criollo. Apenas se licencia el
ejército federal, que Sarmiento - ahora gobernador de San Juan y director de la
guerra – incita o Mitre a no cumplir el compromiso: "Sandes está saltando por
llegar a La Rioja y darle una buena tunda al Chacho. ¿Qué regla seguir en esta
emergencia? Si va, déjelo ir. Si mata gente, cállese la boca".
Recomienza la persecución de la gente. "Quiero hacer en La Rioja una guerra de
policía – escribe Mitre a Sarmiento –. Declarando ladrones a los montoneros sin
hacerles el honor de considerarlos partidarios políticos ni elevar sus
depredaciones al rango de reacciones, lo que hay que hacer es muy sencillo..."
(D. F. Sarmiento Obras Completas, XIX 292). No dice lo que es sencillo, porque
hay cosas que Mitre no escribe y debe ser entendido a medias palabras. Pero
Sarmiento, que tiene otra pasta, reúne a los jefes militares, les lee
instrucciones de Mitre y acota: "Está establecido en este documento la guerra a
muerte... es permitido quitarles la vida donde se los encuentre".
Con todo hay en Mitre y Sarmiento un homenaje al derecho. Mitre debe dictar una
cátedra para decir que debe aplicarse a la gente del Chacho la guerra de
policía, Sarmiento debe aclararla que es a muerte, que Sandes y los suyos no
tengan escrúpulos. Un siglo más tarde, la ley marcial se aplicará en la
Argentina – sin retorcerla, ni interpretarla, ni valerse de subterfugio alguno –
a todo prisionero vencido, aún a quienes se entregan voluntariamente, aún a los
tomados antes de iniciarse las operaciones. Pero no estoy escribiendo sobre años
tan estúpidamente crueles (*), de retroceso moral tan manifiesto, sino sobre
cosas ocurridos hace un siglo cuando Sarmiento y Mitre – algo distintos a sus
sucesores de 1956 – debían explicar con razonamientos especiosos, pero
razonamientos al fin, porque aplicaban la ley marcial a los adversarios
Tiempos que Chacho con su generosidad criolla temía que llegaran si los
libertadores de 1861-62 encontraban quienes los tomaran como modelo. "¿No es de
temer que las generaciones futuras nos imitarán tan pernicioso ejemplo?" ...
¿Imitarán?
(*) Rosa escribía esto en 1964
Fuente: Periódico Retorno, 5/11/1964
Orden del día
El ejército porteño, al mando del General Mitre,
entonces Gobernador de Buenos Aires, derrota al ejército confederado argentino
en la batalla de Pavón (1861)
EL GENERAL EN JEFE DEL EJÉRCITO DE LA CAPITAL (Bartolomé Mitre) SE DIRIGE A LAS
TROPAS QUE LA HAN SALVADO
"Soldados del Ejército de la Capital: La paz está afianzada por la fuerza de
vuestras bayonetas. El Ejército que os amenazaba no ha podido imponeros la ley
de la violencia, ni destruir el orden de cosas creado por vuestra soberana
voluntad, pues por el Tratado que ha firmado, y que el Gobierno ha puesto bajo
vuestra salvaguardia, reconoce plenamente vuestra soberanía, deja el derecho y
la fuerza en las mismas manos en que los encontró, y se obliga a evacuar el
territorio del Estado sin pisar el recinto sagrado de la ciudad de Buenos Aires.
Guardias Nacionales de la Capital: Habeís probado una vez más que Buenos aires
no necesita más trincheras que los pechos de sus hijos, pues con la mitad de la
ciudad abierta, vuestras hileras han cubierto las avenidas, evocando los
gloriosos recuerdos del pasado sitio, llenos de fe en el triunfo de la grande y
noble causa que Buenos Aires ha sostenido por siete años, y que habeís hecho
triunfar por la paz, como la habriaís hecho triunfar por la guerra.
Veteranos y Guardias Nacionales de Cepeda: Desde el campo de batalla os conduje
a la Capital, después de quedar dueño de él, después de una retirada memorable,
después de un combate nacional glorioso en que también tomásteis parte, y
vuestra presencia ha contribuído poderosamente a salvar la Capital, cubriendo
sus trincheras con la misma resolución con que en campo abierto y uno contra
cuatro derrotásteis los batallones que se midieron con vosotros.
Compañeros de armas: Si hablo de esta manera interpretando el sentimiento
público, es en nombre de la dignidad del pueblo de Buenos Aires, no estimulado
por la vanagloria, ni el orgullo, para que todos comprendan, y sepan los propios
y extraños, que lo que hemos alcanzado lo debemos a nuestros propios esfuerzos,
a nuestra constancia, a la fidelidad, a los principios porque hemos derramado
nuestra sangre, y que nadie puede jactarse de habernos impuesto la ley, ni
ejercido respecto de nosotros actos de conmiseración.
Compatriotas armados: Mostraos dignos de la paz, como os habeis mostrado dignos
de los grandes y dolorosos sacrificios de la guerra. Aceptad con nobleza la
posición que los sucesos nos han creado, sin altanería, pero sin debilidad.
Seamos fieles a los compromisos que hemos contraído, mantengámonos unidos, y
probemos con nuestros hechos, que al ingresar nuevamente a la gran familia
argentina, lo hacemos con nuestra bandera, con vuestros hombres, con los mismos
principios que hemos sostenido por el espacio de siete años, dispuestos a
sostenerlos con energía en las luchas pacíficas de la opinión, y a defenderlos
aun a costa de nuestras vidas, si la violencia pretendiese atacarlos.
Soldados del Ejército de la Capital: Al bendecir la paz que el cielo y nuestros
esfuerzos nos han dado, al abrir los brazos para estrechar en ellos a todos los
hermanos de la familia argentina, no olvideis que en el recinto de Buenos Aires
se han salvado una vez más los inmortales principios de la revolución de Mayo, y
decid conmigo en este momento solemne: ¡Viva Buenos Aires! y que ese grito os
aliente en medio de la paz a perseverar en la virtud cívica, como os ha alentado
tantas veces en medio de las luchas sangrientas que hemos empeñado en defensa de
nuestros derechos."
Vuestro General y amigo, Bartolomé Mitre
Fuente: Archivo Guido del Archivo General de la
Nación.
La
enseñanza de la Historia
Por José María Rosa
El gran instrumento para desargentinizar la Argentina y hacer de la Patria
de la Independencia y la Restauración la colonia felíz del 80 había sido la
falsificación de la Historia.
No bastaba con la caída de Rosas ni con las masacres que siguieron a Pavón.
Era necesario dotar a la nueva Argentina de una conciencia compatible con el
dominio de una clase y el tutelaje foráneo. La patria ya no sería la tierra,
o los hombres, o la tradición sino las instituciones copiadas, la libertad
restringida, la civilización ajena.
Pero nuestra historia era el relato del nacimiento, formación y defensa de
una nacionalidad. Había en ella -como en toda historia nacional- emoción de
pueblo, gestos de conductores, coraje de auténticos patricios.
Por eso la preocupación primera de los hombres de Caseros, aun antes de la
Constitución a copiar y los extranjeros para poblar, fue la falsificación
del pasado: dotar a los argentinos de una historia "arreglada" (la palabra
es de Alberdi), de "mentiras a designio" (la frase es de Sarmiento) que
enalteciera la civilización ajena en perjuicio de la barbarie nativa.
Se amañó el pasado. Se adaptó (como en toda América) la leyenda negra de la
conquista española: Juan María Gutiérrez, el rector de la universidad de
Buenos Aires, hablaría de los crueles conquistadores y lujuriosos frailes
que España nos mandó para nuestro mal. Se mostró a la Revolución de Mayo
como un complot de doctores ansiosos de libertad de comercio y
constituciones escritas; para llevar sus beneficios fueron Belgrano al
Paraguay y San Martín a Chile y el Perú. No había tierra ni tradiciones;
nada de eclosión turbulenta y magnífica de un pueblo que brega por su
independencia; todo pasaba en una sola clase social; todo ocurría por
móviles extranacionales. Don Bernardino Rivadavia, de vinculaciones con
empresas británicas, que gobernó de espaldas a la realidad, dislocó el
antiguo virreinato en cuatro porciones insoldables, e hizo dictar en horas
de guerra internacional una constitución que levantó contra su gobierno a
todo el país, fue presentado como el Grande Prócer de la Argentina.
El arreglo resultó fácil hasta los tiempos de Rivadavia, porque la "leyenda
negra" había sido preparada por los enemigos de España retaceando y
tergiversando auténticos materiales españoles, y la concepción minoritaria y
extranjerizante de la Revolución existió realmente, sino en los patricios de
1810, en los mayos de 1838. Era cuestión entonces de ocultar la presencia
del pueblo en las jornadas de 1810, en el grito de Asencia, en la noche del
5 al 6 de abril, y negarlo como montonera cuando irrumpió en el litoral
llegando a la plaza de la Victoria en febrero de 1820. Se llamó anarquistas
a los conductores de ese pueblo con Artigas a la cabeza, y se calificó de
próceres a quienes buscaban por Europa el dominio extranjero que asegurase
el dominio de su clase. San Martín y Belgrano no fueron como hombres de
pensamiento político definido, ni expuestas sus opiniones sobre las cosas y
la gente de la tierra, sino como héroes de alto, pero único, valor militar.
Con esos materiales se podía fabricar la historia de la primera década
independiente, y avanzar en la segunda hasta el fracaso de Rivadavia en 1827
"por las ambiciones y barbarie de los caudillos". Fue lo que hicieron
Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López. Aquél en la Historia de Belgrano y la
independencia argenta con alcance a la muerte del héroe epónimo en 1820; y
éste en la Historia de la revolución argentina que llegaba hasta los tiempos
de Dorrego en 1828.
No se podía avanzar más allá. Porque más allá estaba Rosas.
Y la época de Rosas era un problema.
Había una nacionalidad enfrentando las fuerzas poderosas de ultramar, un
pueblo patriota imponiendose a una minoría extranjerizada, un jefe de
extraordinarias condiciones políticas venciendo a los interventores
extranjeros y sus auxiliares nativos. Debía pasarse por alto la creación de
la Confederación Argentina, el entusiasmo y participación populares y sobre
todo la defensa de la soberanía contra las apetencias foráneas. No se podían
separar los "ejércitos libertadores" ni las "asociaciones de Mayo" de las
intervenciones foráneas y su fondo de reptiles, ni disimular el cañón de
Obligado, ni la victoria de los tratados de Southern y Lepredour, ni la
derrota por Brasil cuando el Imperio adquirió al general (y con el general,
el ejército) encargado de llevarle la guerra.
No. A la época de Rosas debía borrarsela de la historia argentina, negarla
en bloque, condenarla sin juicio: tiranía y nada más.
Lo dijeron en claras palabras los legisladores que condenaron a Rosas como
reo de lesa Patria. No lo hicieron porque así lo sintieran. Lo hicieron con
la esperanza de que un fallo solemne impidiera una posterior investigación
de carácter histórico por el argumento curial de la cosa juzgada. Lo dijo el
diputado Emilio Agrelo. ("No podemos dejar el juicio de Rosas a la historia
¿qué dirán las generaciones venideras cuando sepan que el almirante Brown lo
sirvió? ¿que el general San Martín le hizo donación de su espada? ¿que
grandes y poderosas naciones se inclinaron ante su voluntad? No, señores
diputados. Debemos condenar a Rosas, y condenarlo con términos tales que
nadie quiera intentar mañana su defensa"). Absurdo, pero así fue.
Para la enseñanza primaria y secundaria bastaba rellenar los años
posteriores a 1829 con los cargos contra Rosas de los escritores unitarios
al servicio de los interventores europeos. Pues como Aberdeen, Guizot y
Thiers necesitaran presentar su empresa colonial como una cruzada de la
Civilización contra la Barbarie (como se presentan en todos los tiempos,
todas las empresas coloniales de todos los imperialismos), existía una
abundante literatura de horrores cometidos por Rosas, que iban desde el
incesto con su hija a la venta de cabezas de unitarios como duraznos por las
calles de Buenos Aires, pasando por rostros adobados con vinagre y orejas
ensartadas en alambres que adornaban su salón de Palermo.
La presentación del monstruo, que tanto había impresionado a la clientela
burguesa de Le constitutionelle de Thiers, hasta arrancarle un apoyo a las
intervenciones que llevarían la civilización a los sauvages sudamericains
(no ocurrió lo mismo en Inglaterra, pese al Manchester Guardían y a los
discursos de Peel, tal vez por el mayor sentido común de los británicos)
serviría ahora para adoctrinar a los niños argentinos en el horror al
"tirano" y la repudio a sus "secuaces". Todo lo que pudo servir contra Rosas
(Tablas de sangre, novelas como Amalia, poesías condenatorias, alegatos de
resentidos, chismes de comadres) fue vertido en dosis educativas en los
libros de texto como definición de la "tiranía". Contra ella los auxiliares
del imperialismo lucharon veinte años con patriótico desinterés, pues el
Catecismo de la Nueva Argentina presentaba un gran demonio rojo –Rosas–
perseguido sin tregua por unos ángeles celestes. Finalmente el Bien se
imponía sobre el Mal como debe ocurrir en todos los relatos morales.
En la Universidad el cuadro variaba. Rosas seguía siendo el monstruo y sus
enemigos los hombres de bien; pero su mayor crimen había sido postergar con
argumentos fútiles por veinte años la ansiada constitución -objeto exclusivo
de la revolución de Mayo– hasta caer por uno de sus tenientes (Urquiza)
convertido oportunamente al constitucionalismo y la libertad. Llegó entonces
la Constitución de 1853; pero como Urquiza tenía resabios federales debió
esperarse hasta su derrota en Pavón para que los goces de la libertad se
extendieran por toda la Argentina. El 12 de octubre de 1862, con la asunción
de la presidencia por Mitre, se detenía "la historia". Más allá no había
nada importante (fuera del corto epílogo del Paraguay para abatir a otro
"tirano" monstruoso en beneficio de su pueblo oprimido) y solamente se
registraba una galería de presidentes con fechas de su ingreso y egreso y
alguna frase final sobre "los grandes destinos". Era cierto, certísimo que
más allá de Caseros no había historia: las colonias felices, como las
mujeres honestas, carecen de historia.
Fuente: José María Rosa, Historia Argentina, Tomo VIII, Buenos Aires, Ed.
Oriente, 1977
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