Pensar con Estrategia

Por Ana Jaramillo

«¿Vieron que en Estados Unidos siempre nombran un general negro para que parezca que no hay racismo? Yo soy el general negro de la Argentina. (…) Las fuerzas armadas de las repúblicas latinoamericanas, factores activos y dinámicos de la seguridad nacional, tienen como tarea fundamental una misión pacífica aunque esencialmente combativa: constituir el escudo protector y, en muchos casos, la vanguardia de la lucha de todo el pueblo por asentar la soberanía y la autodeterminación nacional a través del desarrollo acelerado de la economía y de las formas superiores de la convivencia social» (Juan Enrique Gulgialmelli).

En estos momentos de pandemia, es insoslayable pensar con estrategia. No sólo en términos de la salud del pueblo, sino también de soberanía alimentaria, soberanía política de las decisiones y qué función deberían tener las fuerzas armadas en una democracia.

Quienes trabajamos en la revista Estrategia y en el «Instituto de Estudios Estratégicos y de las Relaciones Internacionales» creado por Juan Enrique Guglialmelli hemos rescatado su pensamiento en un libro que contiene sus artículos en la revista. En la presentación del libro sostuvimos que dicho compendio no pretendía ser ni apologética ni crítica, sino un aporte de la universidad pública nacional que debe «rescatar la memoria y poner a disposición de los investigadores, especialmente jóvenes, materiales que creemos indispensables para la hermenéutica histórica de nuestro país».

El primer libro que se escribió sobre él fue La batalla del General Guglialmelli de Raúl Larra (1995), donde concluye que «de recogerse la Opera Omnia publicada en Estrategia… podrían armarse varios libros» que desmentirían la afirmación de la brevedad de su obra intelectual, de la cual le hablaron algunos entrevistados. Guglialmelli era un espíritu generoso que se dedicaba a «resaltar la obra de las personalidades hundidas en el olvido»: por ejemplo, reunió la obra del general Savio.

Texto y contexto

Ningún texto puede separarse de su contexto si pretendemos interpretar al autor y al contenido de la obra. Mucho menos si se trata de una obra de pensamiento estratégico, como es la que nos dejó Juan Enrique Guglialmelli a lo largo de todos sus artículos en la revista Estrategia.

En el pensamiento estratégico, el texto implica el contexto histórico y geográfico. La práctica es inseparable de la teoría, de su contenido, ya que su decir se explicita en el proceso histórico. Se está analizando una determinada situación problemática, definiendo y proponiendo soluciones a la misma para decidir y pasar a la acción. Por eso, en estos momentos que está muy de moda el concepto de «problematizar los textos», sostenemos que hay que textualizar los nuevos problemas, invirtiendo el concepto. Creo que, si no analizamos el quehacer en nuestro contexto histórico y situacional geopolítico, no podremos decidir para pasar a resolver los problemas. Muchas veces sostuve que hay que invertir el apotegma cartesiano «pienso, luego existo» por «existo, luego pienso», donde vivimos y en cada época deberíamos pensar el qué hacer para solucionar los problemas si queremos resolverlos.

Podríamos separar el pensamiento de Gugliamelli expresado en la revista Estrategia en tres períodos:

a) La denominada Revolución Argentina, desde 1966 hasta 1973, ya que la revista comienza en mayo de 1969.
b) El tercer gobierno de Perón y el de Isabel Perón, desde 1973 hasta 1976.
c) La Dictadura militar, desde 1976 hasta los albores de la recuperación de la democracia en 1983.

Si bien, como dice Larra, se podrían escribir varios libros con la obra que presentamos, en este artículo sólo rescataremos dos de los temas-problemas fundamentales que preocupaban al autor y que son de absoluta actualidad. Es imperioso es repensarlos en el contexto actual: la misión de las Fuerzas Armadas en los países que luchan por su desarrollo o liberación, y la estrategia para la integración regional.

Creemos que Guglialmelli ha hecho un aporte al pensamiento estratégico nacional, discutible en cada coyuntura que atravesaba nuestro país, pero, como dijimos, en tanto pensamiento estratégico le es inherente la voluntad de acción, así como su apego situacional e histórico. O como lo ha denominado Matus, en la actualidad para las ciencias de gobierno: pensamiento estratégico situacional.

El pensamiento estratégico por lo tanto implica las categorías de espacio y tiempo, así como la voluntad y la decisión de actuar. Como sostiene Clausewitz cuando rechaza la fatuidad del «cronista» y la suficiencia cientificista de los estrategas de la escuela geométrica (Glucksman, 1969), para elogiar o censurar es necesario situarse en la persona que actúa, y juntar todo lo que ella sabía y el motivo de su acto.

Es fácil acertar con los ganadores de cualquier batalla, como fácil es juzgar los aciertos o errores después de que la historia transcurrió. Lo difícil es tomar las decisiones correctas con antelación, ser protagonista de la historia, para bien o para mal individual o colectivo. Porque significa hacerse cargo de los errores, así como ganar o perder. En términos populares: es fácil adivinar el resultado de un partido de fútbol con el diario del lunes.

Es difícil también pensar con antelación, prefigurar conflictos y soluciones en el proceso histórico, en medio de tensiones y contradicciones entre intereses económicos, políticos o geopolíticos y valores contrapuestos, así como llevar el pensamiento a la práctica.

Guglialmelli fue uno de los pocos miembros de las Fuerzas Armadas, exceptuando a Perón, que más allá de las proclamas militares o programas coyunturales se atrevió a escribir sus ideas acerca de la necesaria estrategia en materia de desarrollo, de seguridad o geopolítica para resguardar el interés nacional.

Asimismo, creó un órgano de difusión de sus ideas y las de sus invitados especiales en materia geopolítica, como fue la revista Estrategia, así como un «Instituto de Estudios Estratégicos y de las Relaciones Internacionales», en el cual se brindaban cursos, tanto a miembros de las Fuerzas Armadas como a investigadores civiles.

Tenía entre sus inspiradores, desde Clausewitz o von der Golz, pasando por Mosconi, Savio o Perón, hasta Lenin, Mao Tse Tung o el mariscal Tito.

En Estrategia invitó a escribir a innumerables militares y civiles, fundamentalmente nacionales y latinoamericanos, pero también americanos, ingleses, vietnamitas o yugoeslavos. Entre ellos, los uruguayos Recaredo Lebrato Suárez, o Bernardo Quagliottti de Bellis, o el paraguayo Roberto Knopfelmacher Benítez, el brasileño Paulo Nogueira Batista o Neiva Moreira, el peruano Velasco Alvarado, Jorge Fernández Maldonado Ferrari o Edgardo Mercado Jarrín, el boliviano Víctor Paz Estenssoro, o el vietnamita Van Tien Dung, y tantos otros. En fin, presidentes, militares, ministros, científicos o especialistas en temas geopolíticos, de desarrollo económico o social, así como periodistas especializados, desfilaban por la revista y el Instituto. Con ellos se debatía la geopolítica nacional, regional e internacional.

Pero sus ideas abrevaron fundamentalmente en el pensamiento desarrollista, cuando todavía existía la doctrina de Seguridad Nacional y el Desarrollo, y antes de que por la ruptura por parte de las Fuerzas Armadas del orden constitucional en 1976 perdieran toda legitimidad y toda posibilidad de excusa. Ello implicaba también que el «desarrollo» era casi la variable determinante de cualquier construcción de la Nación y tenía la primacía axiológica y política como objetivo frente a la democracia representativa o liberal. El objetivo era el desarrollo, sin importar cuál fuera la forma de gobierno, ni cuál el método de llegar al poder.

En el primer número de Estrategia, Guglialmelli sostiene que, ante el pensamiento liberal que les asigna una «función específica» porque le conviene a los intereses del statu quo, las Fuerzas Armadas en los países que luchan por desarrollarse deben incorporarse al «proceso nacional revolucionario». «Son protagonistas de las luchas por la soberanía y el desarrollo. El desarrollo se ha convertido en la esencia misma de la seguridad nacional» (Guglialmelli, 1969a).

Este planteo aún estaba enmarcado en la «legitimidad» nacional revolucionaria de los golpes de Estado. Como Osiris Villegas, secretario de Onganía y director del Consejo Nacional de Seguridad, para Guglialmelli, que fue director del Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE), la seguridad era una función del desarrollo (Villegas, 1969). La «subversión interna» o la inseguridad interna eran resultados del subdesarrollo, de la injusta distribución de la riqueza o de los contrastes económico-sociales regionales.

Sostenía que las Fuerzas Armadas debían participar con el conjunto de la comunidad en la lucha por el desarrollo integral nacional, y que esta lucha era la lucha por la liberación nacional. La teoría de la participación de las Fuerzas Armadas regulares en procesos revolucionarios latinoamericanos, desde los años cuarenta –como las de Torrijos, Velasco Alvarado, Torres o Perón– no conllevaba la «ilegitimidad» que sobrevino después de las dictaduras de los años 70 y 80, cuando, como él mismo decía, «la única hipótesis de conflicto que tenían eran los estudiantes de filosofía de pelo largo».

Para él, las Fuerzas Armadas debían participar en la construcción de su propia nación, no para mejorar su imagen de opresores y defensores del statu quo como sostenía McNamara, sino porque «los conflictos y rupturas de la cohesión de la comunidad nacional se originan en la opresión que sufren importantes sectores sociales angustiados por una situación económica incapaz de satisfacer sus justas aspiraciones, o por otras insatisfacciones o frustraciones de tipo político-social». Concluye que, por lo tanto, las Fuerzas Armadas deben tener claro el sentido y la dirección de los cambios que exige la sociedad en cada momento, participar y promover su ejecución. Su papel debe confundirse «con la lucha de todos los sectores de la comunidad nacional que sufren la opresión y la injusticia» (Guglialmelli, 1969b).

Grande fue su desilusión cuando vio la tergiversación de la llamada Revolución Argentina, de la cual había participado como miembro de los «azules», cuando Onganía comienza a establecer la limitación del intervencionismo estatal, la apertura de la economía a las inversiones externas, la ortodoxia financiera y el neoliberalismo preconizado por Alsogaray, así como la puesta en práctica de una catolicismo y anticomunismo a ultranza que llevó a transformar un beso de novios en un pecado y en un acto subversivo de la moral cristiana, así como a intervenir todas las universidades, vistas como bastiones de la «infiltración comunista» (Rouquié, 1998).

El general Guglialmelli, que criticaba los desvíos de la Revolución Argentina y reclamaba la puesta en marcha de la Revolución Nacional que había sido proclamada, y por la cual supuestamente habían derrocado al gobierno constitucional, fue arrestado. Para él, la Revolución Nacional era un «esfuerzo orgánico de toda la comunidad para consolidar su rango de Nación, de manera que el centro de decisión soberana en todo aquello que resulte esencial, le pertenezca. Por lo expresado, constituyen objetivos inmediatos de esa Revolución construir las bases materiales de la soberanía y fortalecer los vínculos espirituales entre sectores sociales y las distintas regiones por encima de las distintas ideologías» (Guglialmelli, 1969c). Sostenía que a eso se había comprometido la Revolución Argentina, con el consentimiento implícito de la opinión pública. Si ella no realizaba un cambio estructural y revolucionario, la interrupción del proceso constitucional carecería de justificación histórica. La Revolución debía tener coherencia interna y liderar el proceso con el concurso de toda la Nación. Para él, la responsabilidad no se agotaba en devolverle la soberanía al pueblo y no podría esgrimirse como disculpa que la empresa era de realización imposible. La responsabilidad histórica surgía de un imperativo ético profesional, así como del compromiso contraído con la Nación.

En 1972, sin ambages, reconocía que la Revolución Argentina había fracasado y que además había llevado al país a una de sus peores crisis económicas, sociales y políticas. Tampoco el Gran Acuerdo Nacional había tenido éxito y exigía en esa misma fecha a las Fuerzas Armadas que no hubiera ningún condicionamiento que retaceara la soberanía popular, porque eso favorecería la estructura de la dependencia. No se debía proscribir al líder del Justicialismo y afectar la pureza del proceso electoral, ya que el movimiento policlasista quedaría expuesto al juego de sus propias contradicciones internas.

Ya en 1973, con la asunción del tercer gobierno peronista, seguía rechazando el modelo tradicional del «profesionalismo liberal, para pasar a hablar del «profesionalismo nacional». Cada vez más alejado de su histórica pertenencia al «desarrollismo» orgánico, reconocía que la conducción «ha pasado al legítimo propietario de la soberanía nacional: el pueblo; el prestigio y la imagen de las Fuerzas Armadas ante su pueblo han sufrido un profundo deterioro» (Guglialmelli, 1973) y que desde 1930, salvo entre 1943 y 1945, actuaron como instrumentos de minorías privilegiadas o de intereses antinacionales.

Se tornaba urgente fortalecer la identidad entre el pueblo y las Fuerzas Armadas, participar en la elaboración de la política nacional y acatar las resoluciones del gobierno nacional.

Una segunda revolución para América Latina

Guglialmelli sostenía en 1972 que América Latina vivía su segunda revolución nacional. La primera era la del movimiento emancipador. Esta segunda era la revolución por el desarrollo integral con independencia, el ascenso de los sectores nacionales al gobierno y el control efectivo del poder. Ello significaría la ruptura de la dependencia política, económica, cultural e ideológica.

Los sectores nacionales a los que se refiere son los que sufren la opresión de grupos externos, ya sea imperialista o neocolonialista o del colonialismo interno, aquellos que no están comprometidos con los sectores opresores.

La hipótesis de conflicto es esencial y fundamental. Ese era el punto de partida para elaborar la estrategia, identificar las «fuerzas propias y reconocer al aliado para caracterizar al enemigo de los pueblos de América Latina. Y esa hipótesis la constituye la lucha por la liberación nacional».

Para ello investigaba los problemas limítrofes con los países de la región, tanto como las posibilidades de integración económica, social, política o cultural: proyectos hidroeléctricos conjuntos, o autoabastecimiento energético, gasífero o petrolero, entre otros.

En la actualidad vemos muchas de las anticipaciones de Guglialmelli en las políticas de la región que van asomando. Empezando por entender que el Cono Sur sería el punto de partida para la ulterior unidad latinoamericana y un núcleo de poder regional frente a los grandes centros de poder mundial, como sostuvo en Geopolítica del Cono Sur (Guglialmelli, 1979). El Mercosur, que comienza a dar sus primeros y dificultosos pasos para la integración de la región, estaría dándole la razón.

Con respecto a su recelo frente al expansionismo brasilero, que desde la época colonial fue el foco de tensión luso-español, también sostenía que se iban a encontrar los caminos de la cooperación cuando ambas naciones negociaran a partir de su desarrollo nacional y no de imposiciones de órganos trasnacionales. Su idea de integración progresiva, como la de los brasileños en ese momento, debía ser gradual entre los países, con sus acuerdos bilaterales o multilaterales de acuerdo a sus desarrollos nacionales, más que una integración supranacional impuesta, ficticia y acelerada. En ese sentido se estaban dando los dificultosos primeros pasos de integración de la comunidad de naciones de América Latina.

La resistencia latinoamericana al ALCA nos recordaba la resistencia que tuvo Guglialmelli en ese entonces al Pacto de Bogotá y Estados Unidos en 1966, ya que sostenía que podía ser un pretexto para que la Argentina renunciara a desarrollar sus industrias de base, siderúrgica o petrolera, automotriz, petroquímica, aluminio, etcétera, así como la infraestructura de servicios, energía o caminos, entre otros. Para él, detrás de estas «inocentes propuestas fundadas en la economicidad y la solidaridad regional se esconde en verdad la filosofía del estancamiento, la defensa del statu quo, el negocio de los monopolios internacionales, la renuncia a nuestro desarrollo independiente».

La revista, a lo largo de sus catorce años, como el propio autor, atravesó distintas etapas de la historia argentina, en las cuales, como es conocido, las Fuerzas Armadas jugaron distintos papeles. Así fue que muchos golpes militares fueron apoyados por distintos sectores civiles, hasta perder su total legitimidad a través de la última dictadura militar (1976-1983), su entrega y el genocidio que cometió.

Durante la década de los setentas y ochentas, América Latina fue arrasada por dictaduras militares que no sólo defendieron el statu quo del que hablaba Gulgialmelli, sino que se aliaron para someter a sus pueblos usando la represión más brutal.

Ya es difícil que, más allá de los límites o la fragilidad de la democracia representativa o la democracia liberal, ésta sea una excusa para que los militares rompan la institucionalidad democrática. Ya es difícil que alguien sostenga la legitimidad de un golpe basado en la legitimidad «nacional revolucionaria» (Schmitt, 1967), o que la soberanía nacional no se entienda aunada a la soberanía popular. Guglialmelli diría que no hay posibilidad de Defensa Nacional sin soberanía nacional. Yo le agregaría que no hay posibilidad de soberanía nacional sin soberanía popular. Haríamos una tregua.

Quizás sea uno de los rasgos utópicos que cada tanto nos endilgan. Pero estoy convencida de ello. Y nadie puede vivir sin convicciones y sin utopías. Menos aún en tiempo de pandemia. Si no tenemos utopías, la depresión y la melancolía avanzarán.

Para quien quiera investigar, la colección completa de la revista Estrategia está en la Universidad Nacional de Lanús, donada por el hijo del general Guglialmelli que se llamaba como él, Juan Enrique Guglialmelli.

Aguafuertes personales

¡Ana! Vociferaba Juan Enrique Guglialmelli desde su despacho. «No soy soldado ni esto es un cuartel. A mí no me grita», le contestaba cotidianamente yo desde la oficina de al lado. La escena se repetía a diario y él argüía que era general y tano, que no podía con su genio.

Trabajé en la revista Estrategia con él en el periodo 1973-1976. Hacía un poco de todo, de secretaria de redacción, de promotora comercial, de secretaria a secas, de representante ante L’ecole militaire o ante la London School for strategic studies, o de responsable de la revista y del Instituto cuando viajaba, o de simple acompañante de sus gulas para ir a tomar el té al Florida Garden o al London Grill, a comer sendas tortas de chocolate o scons calentitos.

Él me había convocado con mis escasos veinticuatro años, cuando era militante de la juventud peronista y estudiante de Filosofía. Veía pasar a distintas personalidades del quehacer nacional e internacional que discutían fervorosamente con el general. Cuando él lo decidía, me hacía participar de sus discusiones.

Allí convocamos a mi amigo Paulo Schilling a trabajar con él. Luego escribirían juntos varios artículos y libros. Estaban ambos investigando el expansionismo brasileño.

Allí vivimos juntos la ansiedad, la zozobra, el miedo y el desconsuelo cuando esperábamos al general chileno Carlos Prats, que nunca llegaría a la entrevista. El 30 de setiembre de 1974 lo habían asesinado junto a su mujer. Había comenzado la integración de la complicidad del Plan Cóndor. Lejos estaba ya la Doctrina de Seguridad vinculada al desarrollo. Era la Doctrina de la Seguridad a secas. Allí volvimos a sentir lo mismo cuando asesinaron al general boliviano Juan José Torres el 2 de junio de 1976. También tenía una cita con Guglialmelli.

Convocó a su hijo, el mayor Juan Enrique Guglialmelli, para que lo acompañara en su auto en el recorrido diario desde y hasta su casa. Comenzó a portar armas de nuevo. «Esto no da para más, si me llevan, yo me llevo algunos conmigo», me explicaba.

Los militares se habían transformado en aves de rapiña y cazadores de brujas, o de cualquiera que ellos creyeran que pensaba distinto o que estuviera vinculado a cualquier oposición, como sostenía el general Saint-Jean: «primero mataremos a todos los subversivos, luego a sus colaboradores, después… a sus simpatizantes, en seguida… a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente a los tímidos». Ello incluía a hijos y parientes de quienes ellos consideraban subversivos. Ya lo había anticipado en 1975 el general Videla, cuando dijo que morirían «todos los argentinos que fuera necesario», en la reunión de los ejércitos en el Uruguay.

Cuando recrudeció la caza, fue Guglialmelli el primero que se ofreció a ayudarme a salir, por responsabilidad y por solidaridad. Me acordé de la hipótesis de conflicto, porque yo tenía pelo largo y estudiaba filosofía.

Cuando volví del exilio en México, fue uno de los pocos que se alegró. Comenzamos a pensar cómo sacar la revista de nuevo, y nos juntamos con varios dirigentes peronistas. Ya teníamos varias posibilidades.

En una cena preparó a mi hija de once años para rendir su examen de reválida de Historia Argentina, cuando volvimos de México. Debía aprender que la población aborigen argentina no eran los mayas, los aztecas o los mexicas, sino los pampas, los onas, los mapuches o los guaraníes. Todo el restaurante estuvo en vilo ante el corpulento general: con cuchillos, tenedores, vasos y lápices de colores, explicaba a los gritos –porque era general y tano– la batalla de Maipú, la de San Lorenzo y tantas otras. «A la carga, comandaba San Martín», mientras desplazaba cubiertos y vasos. Concluyó, ante la mirada atónita de mi hija: «si la maestra te dice que no fue así, decile que venga a discutir con el general Guglialmelli». Ella no creía que fuera militar, ya que para ella todos los militares eran torturadores y genocidas. Los comensales aplaudieron. Mi hija guardó su papel con el mapa de las batallas, con los enemigos pintados de rojo. «Así lo hacemos los militares», le había explicado. Y se sorprendió cuando ella le contestó: «Ya lo sé».

Juan Enrique Guglialmelli murió dos días después de esa cena, el 9 de junio de 1983. 27 años antes, otro 9 de junio, se levantaba otro general sanmartiniano, Juan José Valle, en defensa de la democracia y del presidente Perón. Dos días después fue fusilado por orden de Aramburu.

Ambas figuras incidieron, quizás sin darme cuenta, en mi propia historia. Vaya este pequeño homenaje para ellos.

Referencias

Glucksman A (1969): El discurso de la guerra. Barcelona, Anagrama.
Guglialmelli JE (1969a): «Función de las fuerzas en la actual etapa del proceso histórico argentino». Estrategia, 1, mayo.
Guglialmelli JE (1969b): «Fuerzas Armadas y subversión interior». Estrategia, 2, julio-agosto.
Guglialmelli JE (1969c): «Responsabilidad de las Fuerzas Armadas en la Revolución Nacional». Estrategia, 4, noviembre-diciembre.
Guglialmelli JE (1973): «Fuerzas Armadas para la liberación nacional». Estrategia, 23, julio-agosto.
Guglialmelli JE (1979): Geopolítica del Cono Sur. Buenos Aires, El Cid.
Larra R (1995): La batalla del General Guglialmelli. Buenos Aires, Distal.
Rouquie A (1998): Poder militar y sociedad política en la Argentina. Buenos Aires, Emecé.
Schmitt C (1967): Clausewitz como pensador político. Buenos Aires, Struhart.
Villegas OG (1969): Políticas y Estrategias para el desarrollo y la Seguridad Nacional. Buenos Aires, Pleamar.

Revista Movimiento

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