Perfectos accidentes ridículos

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Luciano Lamberti

1. Máquina moledora

Tenía cinco años cuando Apá me dijo:

“Esta noche andá a dormir temprano que mañana te voy a llevar a la carnicería”.

La carnicería quedaba en barrio Bolívar. Era un salón amplio, que Apá les alquilaba a los abuelos, con el mostrador de azulejos color crema, una barra de acero inoxidable para colgar los ganchos y la pared que estaba al lado de la caja cubierta de fotos, debidamente enmarcadas y con un vidrio. En la mayor parte de esas fotos aparecía un caballo marrón de crines rasuradas, y al lado Apá, con pantalones oxford, patillas crecidas y un Marlboro entre los dedos. Había invertido gran parte de los ahorros familiares en la compra y el cuidado de ese caballo, así que lo iba a ver los fines de semana y algunas veces yo lo acompañaba hasta los establos del hipódromo. Me acuerdo de una pieza oscura con olor a bosta y a alfalfa. El caballo bajaba la cabeza para que yo le acariciara el cuello y mi viejo se quedaba hablando con Ramón acerca de las dosis de alimento y el alquiler del establo. Después me enteré de que el pobre animal nunca sirvió para nada, o sirvió por unos meses, y que mi viejo lo terminó vendiendo a un precio ridículo.

Mientras esperaban su turno, los clientes de la carnicería se acercaban a las fotos con las manos detrás de la espalda, y decían:
“Buen caballo, ¿eh?”.

Amá negaba silenciosamente con la cabeza.

Amá era la encargada de atender el mostrador, porque se podía pasar horas oyendo los monólogos de las viejas del barrio. Apá, el abuelo y mi hermano hacían, en la otra pieza, chorizos, salchichas, milanesas, hamburguesas, albóndigas. Había una máquina con tracción a sangre para los chorizos, y otra igualmente mecánica para aplastar las hamburguesas, que Apá había traído cuando vinieron del campo, pero la máquina moledora era eléctrica. Parecía un animal esmaltado. En la parte superior tenía una fuente de acero inoxidable, con una boca oscura en el medio, y en una de las caras un surtidor del que la carne salía en chorros largos como fideos. Cuando la prendías, la boca oscura empezaba a rugir.

Esa mañana aprendí a moler carne. Era un trabajo fácil pero tenía que estar atento. Un montón de carniceros habían perdido dedos y hasta la mano entera de esa forma. Un descuido, el taco que patina en el borde grasiento y la sangre que salta por el surtidor es la tuya. En mi primera semana de trabajo, Apá me llevó a conocer a un empleado joven al que la semana anterior la máquina le había comido tres dedos. Se llamaba Ricardo Dimarchio, y años después sería dueño de una cadena de supermercados, se llenaría de plata y para el cumpleaños de quince de su hija haría una fiesta realmente increíble. Una de las fotos lo mostraría sosteniendo —con una mano de dos dedos— la mano de su hija en el vals. Pero en ese entonces era un cadete de veinte años con un cabestrillo atado al cuello.

—Enseñale —dijo Apá, la mañana en que conocí a Ricardo.

Tuvo que insistir varias veces, porque el chico no quería. Al final lo convenció.

—Esto es lo que te va a pasar si no tenés cuidado —dijo Apá.

El chico se levantó la venda y me mostró las heridas frescas de la máquina moledora.

2. Accidentes

Me caí de las tribunas del Sportivo Belgrano, me quedé encerrado en una de las heladeras de la carnicería, me clavé un clavo entero en la planta del pie, me corté la yema del dedo anular con el tejido de una cancha de paddle (cinco puntos), me corté la pera al resbalar en la pileta del club (tres puntos), me quebré un brazo al tirarme del techo con un paraguas abierto, fui atacado por abejas a las que le habíamos golpeado el panal con una rama, el mantonegro del vecino de enfrente me mordió una mano, me clavé un cuchillo en el muslo mientras corría. Etcétera. Creo que sobreviví de milagro, y entonces me senté, cansado de tantos accidentes, y escribí una novela. Se llamaba “La isla desierta”, y hablaba de una familia que queda varada después de un naufragio, una reescritura más o menos literal del argumento de “La familia Robinson”, de la colección Robin Hood, que acababa de leer. Escribí la historia en un cuaderno Gloria de 24 páginas. En mi versión, la falta de alimentos y de agua (era una isla “difícil”) llevaba a la familia al canibalismo. Pero uno de los hermanos (Patrick, el “hermano bueno”) se retiraba a vivir solo en el lado oriental de la isla, y se autocomía para no tener que dañar a los demás. Cuando terminé de escribirla, metí el cuaderno en una botella, sellé la tapa y la enterré a medio metro de profundidad en el patio de casa. Al día siguiente fuimos a una fiesta. No recuerdo cuál: puede que fuera un casamiento, unos 15, la cena de fin de año del Club. Me acuerdo que estábamos todos recién bañados y bien vestidos y que en el auto había una mezcla de olores: olor a loción para después de afeitarse, olor a rouge, a desodorante, a chicle de sandía, a cigarrillo. Amá se había puesto un par de aritos que le regalamos para su día y un vestido ligero de verano que le quedaba hermoso. Yo iba atrás, con mi hermano, y me había asomado entre los asientos para mirar al frente. Íbamos rápido. Por alguna razón, seguramente la demora de Amá en bañarse y maquillarse y vestirse, estábamos llegando tarde, así que Apá (que odia llegar tarde a cualquier lado) se puso de bastante malhumor y aceleraba todo el tiempo. Cerca de la estación de trenes una moto nos salió al cruce, y Apá tuvo que dar un volantazo para no chocar. Alguien dio un grito, el auto perdió el control y terminó incrustado contra un poste. Yo, que estaba en el medio, salí disparado hacia adelante y atravesé el parabrisas.

3. Puericultura

Cuando cumplí los doce, sentado en el taller de carpintería de mi abuelo y con una revista Shock entre las piernas, eyaculé por primera vez sobre el cemento, tres o cuatro gotas líquidas. Una semana después empezaron los ruidos. Venían del comedor. No eran ruidos inquietantes: eran los sonidos de alguien que se desveló y se le ocurre la idea de revisar los cajones a ver si encuentra algo, no sabe muy bien qué. A cierta hora de la noche las copas de cristal que les habían regalados a mis Apás para el casamiento, y nunca se usaron, temblaban y se entrechocaban en uno de los compartimientos del modular. Los cajones se abrían. Los objetos cambiaban ligeramente de lugar. El comedor de casa tenía un pasillo que daba a las piezas: la de “los chicos”, donde dormíamos mi hermano y yo, luego el baño, y al fondo la de mis Apás. Una vez, mi hermano se había quedado solo en casa mirando tele cuando vio de refilón que alguien pasaba por la pieza del fondo. Pensó que había visto mal y dejó de prestarle atención, pero al rato oyó que la puerta del ropero se abría y golpeaba despacio contra la pared. Entonces se asustó. Llamó a la policía, vinieron con las sirenas prendidas, anduvieron por las piezas y por el techo y por el patio, pensando que era un ladrón o un degenerado, pero no encontraron nada. Con la teoría de que había fantasmas o de que alguien nos había hecho un daño, Amá llamó a un cura. El cura tiró agua bendita en las habitaciones, leyó unas palabras de un libro negro y se quedó a cenar.
Pero los ruidos seguían como si nada. Apá iba a ver, en calzoncillos y con la escopeta de dos caños. Apenas entraba al comedor, los ruidos enmudecían de golpe. Apá se quedaba un rato quieto, después suspiraba y apagaba la luz y se iba a dormir, pero hacía dos pasos y volvían los ruidos. Andábamos los cuatro como sonámbulos todo el día. Apá estuvo a punto de cortarse el pulgar con la sierra giratoria.

Entonces Amá se subió a la bicicleta y se fue hasta lo de Ricardo Acosta, en barrio La Moka. Acosta era un parapsicólogo, yogui, maestro de control mental, camarógrafo (había puesto una empresa para filmar cumpleaños de quince, casamientos, partidos de baby fútbol y esas cosas), militante del peronismo y puntero de Ruckauf en la ciudad. Vino esa misma siesta, en pantalones cortos y ojotas. Apenas entró en la cocina, extendió las manos y suspiró como diciendo: Esto va a estar difícil. Después estuvo midiendo la energía de las habitaciones. Cuando se sentó en el comedor, todos estábamos expectantes.

Acosta me miró y dijo: “El problema es este chico”.

Apá dijo que sí, como si lo hubiera sabido desde siempre. Amá le pidió explicaciones.

“Este chico sufre de una rara variedad de la telekinesis, o sea: de la capacidad de mover objetos con la mente”, dijo Acosta. “Telekinesis inconsciente, la llamamos. No se da cuenta cuando los mueve. Lo mueve en sueños, o los mueve un deseo no confesado. A veces se llega incluso a materializar una forma ectoplasmática como la que vio su hermanito. La mayor parte de las llamadas casas embrujadas son casos de telekinesis inconsciente. Y pasa mucho, sobre todo en la pubertad. ¿Este chico ya eyaculó?”

Sentí las miradas de todos sobre mí.

Hice que sí con la cabeza.

“Muy bien. Es buena señal. Entonces se te va a ir yendo con el tiempo, no te preocupés”, dijo Acosta.

Amá cambió la dieta regular (bifes con ensalada de tomates) por arroz y fruta, y Apá me obligó a tomar un laxante extremadamente poderoso. En el transcurso de ese mes los ruidos se espaciaron y luego desaparecieron. Además, como sabían que los provocaba yo, cada vez que oían algo raro me gritaban que me callara de una vez, como si estuviera roncando.

Una tarde colgué una cuchara de un hilo, me concentré, intenté moverla. Nada.

Ahora casi no tengo el don, o lo tengo cuando nadie mira, que es como no tenerlo.

4. Un pie descalzo

El Pitufo era mi héroe. Cuando nosotros nos achispábamos con licor de mandarina, él podía bajarse una botella de ginebra en una sola noche de conversación. A los catorce se metió a un asilo de ancianos con un amigo y se robaron la provisión entera de tranquilizantes y pastillas para dormir y para el corazón de todos los viejos. Pitufo fue el primero en todo y llegó alto y ahí se quedó. Brillando en la altura. Yo lo conocí de chico porque su papá era almacenero y le vendía al mío el pan rallado para las milanesas. También fuimos juntos a los scouts. Al mes de estar en el grupo, el Pitufo incendió un bosquecito donde habíamos ido a acampar, y lo terminaron echando. Su teoría era que lo habían echado porque sabía cosas. Como que el jefe de la tropa se cepillaba a la jefa de la manada, o de que uno de los Rovers era un enfermero gay. Después anduve un tiempo con él, pero cada vez que salíamos terminaba con la nariz rota o durmiendo en la comisaría y al final no nos veíamos tanto. Cuando mi generación se dispersó, algunos a Santa Fe, otros a Córdoba, otros a Buenos Aires, un par a Villa María, todos pensando que este país nos iba a permitir triunfar, destacarnos, hacernos un lugar mediante el tesón y toda la parafernalia del Sueño Argentino, el Pitufo se quedó. Había conseguido trabajo en una estación de servicio. Un par de años después lo echaron porque iba fumado y les vendía porro a los clientes.

En ese tiempo le perdí el rastro, aunque cada vez que me encontraba con un amigo hablábamos de él y su figura crecía con las distintas versiones y las historias inventadas: que fue manager de una banda de blues, que fue mecánico, que tuvo un videoclub (y le duró tres meses), que filmó una película experimental, que tuvo un programa de radio, que trabajó para los evangelistas en una gira nacional, que arregló computadoras y radios y televisores, que robó doscientos pesos en una estación de servicio, que tuvo una hija.

Hace unos años volví de Córdoba y me lo encontré en la calle. Amá me había dicho: “Está destrozado por la droga, ya pasó por dos clínicas de rehabilitación y ahora lo único que hace es sentarse en la plaza y juntar palitos y llevárselos a la casa”. Pensé que estaba exagerando pero cuando me lo encontré volvía de la plaza con las manos llenas de palitos. Lo saludé, me miró un segundo con los ojos apagados y luego me reconoció. Me dijo que estaba recuperándose, que estaba “saliendo”, que pensaba estudiar computación en la UTN. Me dio la impresión de esos reclusos que se pasan años en una pieza a oscuras, o con una mínima iluminación, una ventanita en lo alto por la que entra, a las seis de la mañana, un rayo de sol, y que después de cierto lapso en la soledad y el silencio absoluto comprenden algo sobre sí mismos que no los abandona en lo que les resta de vida. Al año siguiente me enteré de que se pegó un tiro con la escopeta del padre. Como no llegaba con las manos, tuvo que descalzarse un pie, sacarse la media y apretar el gatillo con el dedo gordo. Y así lo encontraron: frente al televisor prendido, con un pie descalzo.

5. Para que te hagas un hormiguero

El Pitufo me dijo alguna vez que todo lo que podía pasarnos era un perfecto accidente ridículo. A lo mejor por eso nunca quiso terminar nada, nunca se afianzó en ningún lugar, nunca se comprometió. A veces sueño con él. En el sueño son las seis o siete de la tarde y viene caminando por la vereda de la plaza donde me lo encontré, se acerca desde muy lejos como si me hubiera reconocido y tuviera ganas de verme, pero sin ningún apuro, con todo el tiempo para recorrer la distancia que nos separa, y cuando estamos frente a frente saca del bolsillo los palitos, me regala un puñado y me dice: “Estos palitos son para que hagas un hormiguero. No los sueltes por nada del mundo”. Y cada vez que me pasa algo terrible, me acuerdo de los palitos del Pitufo y siento que son lo único que me mantiene unido a la realidad. El otro día, por ejemplo, estaba en karate haciendo kumite con un compañero. Cuando faltaban cinco minutos para que terminara la clase le tiré una patada que se llama “mae geri” y en la que todo el peso del cuerpo descansa en una pierna, y la rótula de esa pierna se me salió de lugar. Caí de espaldas, cerré los ojos y mientras la gente se acumulaba a mi alrededor y el profesor me acomodaba la rótula, me salí del tiempo, me imaginé que el Pitufo venía a darme su puñado de palitos, a decirme que todo iba a estar bien aunque estuviera sufriendo el dolor más impresionante de mi vida.

Bueno, una última cosa. En el ochenta y siete u ochenta y ocho, un tornado pasó por acá. Fue una tarde de mucho calor y a eso de las cinco el aire se oscureció. Yo tenía siete años y estábamos solos con mi hermano, viendo televisión. De pronto se cortó la luz y casi enseguida oímos el viento y la puerta del garaje se cerró de golpe. Mi hermano corrió a descolgar la ropa y yo salí al patio y vi que el cielo estaba tan pesado que daba la impresión de que se podía tocar. Se oyó un trueno. Alguien, en alguna parte, festejó con un grito. Cerramos las persianas, que eran de plástico barato, prendimos una vela en el comedor y nos sentamos frente a frente como espiritistas mirando la llama. Se oyó otro trueno, muy cerca, y el viento aullando en los árboles. En ese preciso momento, aunque no lo supe hasta el día después, las chapas de zinc del techo de un vecino salieron disparadas por el cielo, dieron un par de vueltas y cayeron en otro patio. Una de las chapas decapitó a un perro que estaba atado a una soga, ladrándole a la tormenta. A un par de cuadras, un árbol se desplomó sobre un auto. La cruz de la iglesia se desprendió y rompió el parabrisas de otro. Uno de los vidrios de la estación de servicio estalló y los empleados, tipos duros que tomaban cocaína para trabajar toda la noche, dieron un grito y se tiraron detrás del mostrador. Dos de los viejos eucaliptus de la canchita de fútbol se derrumbaron con un bramido y un temblor sobre la tierra.

Después empezó el granizo. Piedras grandes, sin lluvia. Se las oía repiquetear en los techos y las paredes como si el mundo se estuviera derrumbando. Un gringo que justo cruzaba el campo con sus perros se tiró a la tierra y sobrevivió porque los perros se le echaron encima. Cuando terminó todo sus perros estaban muertos y el gringo los llevó en brazos hasta su casa, los enterró en el patio y les pagó una lápida a cada uno con su nombre: Armando y Ganzúa.

Al final llovió: doscientos milímetros. Los desagües se taparon con las piedras y en los barrios bajos el agua helada y llena de barro entró en las casas. A las dos horas, paró la lluvia. Se abrieron las nubes. Incluso salió el sol.

Con mi hermano nos pusimos una campera, porque había refrescado, y salimos. Las calles estaban cubiertas de piedras blancas, como si fuera nieve, y el barrio parecía más grande, más despojado. Había una antena de televisor con los caños retorcidos, tirada en el piso. En la esquina, los chicos ya estaban tirándose con las piedras.

La municipalidad tuvo mucho trabajo en los días siguientes. Había barrios enteros sin luz ni agua, gente que tuvo que ser evacuada y dormir en la cancha de básquet del Club, árboles arrancados de cuajo obstruyendo las calles. Quince días después, un grupo de obreros bajó de un camión en la canchita de fútbol. Los eucaliptus todavía estaban ahí, uno al lado del otro. Tenían más de cincuenta años. Los obreros los cortaron con una motosierra y tiraron los trozos al interior del camión. Tardaron varias horas en terminar. Después se comieron un asado y se fueron. Por mucho tiempo quedó una depresión en el lugar donde habían estado los árboles, algo que hacía difícil el juego, pero después la marca se fue borrando y hoy ya nadie se acuerda de nada.

(De: El loro que podía adivinar el futuro, Editorial Nudista, 2013



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *