Periodismo y ficción

Por Mónica López Ocón

Ernest Hemingway, safari 1953-1954

La culpa la tuvo Hemingway. Fue él quien contribuyó a crear el mito del periodista aventurero. Y no es para menos: cubrió los hechos más significativos de las dos guerras mundiales y fue corresponsal durante la Guerra Civil Española.

Una incontrolable vitalidad y, al mismo tiempo, un diálogo permanente con la muerte lo llevaron a practicar la caza de animales enormes y también la pesca, dos actividades que hoy le jugarían en contra, pero que en su momento fueron elementos fundamentales para construir su leyenda del mismo modo que su amor por el toreo. Como lo atestiguan las fotos, es cierto que derribaba leones, tigres y rinocerontes, pero esta actitud que delata a un hombre violento, hay que enmarcarla en un contexto de época. Además, aunque no hay justificación posible, es justo decir que, por lo menos, Hemingway se jugaba la vida, mientras que el dueño de una de las grandes fortunas del país que devino empresario periodístico, hizo lo mismo pero sin correr peligro. La empresa African Sky Hunting, que considera que un tour criminal es una buena oferta turística para millonarios aburridos, lo proveyó de todos los elementos necesarios para asesinar a mansalva sin correr riesgos. Según parece, la impunidad, se vuelve costumbre, porque no le tembló el pulso a la hora de evadir los aportes patronales ni al dejar en la calle a cientos de empleados que hasta hoy no han recibido indemnización alguna. Conclusión: hay que desconfiar de los mitos románticos porque el hecho de cazar leones poco y nada tiene que ver con la actividad periodística.

Volviendo a Hemingway, también practicó boxeo, lo cual, considerado desde el periodismo de hoy, fue una verdadera lástima. De haberse limitado a hacer un burocrático footing mañanero, quizá hubiera recibido valiosa información secreta sin necesidad de arrastrarse por las trincheras ni de ser herido en sus piernas por impactos de metralla mientras conducía, en pleno conflicto bélico y por su propia voluntad, una ambulancia de la Cruz Roja en Italia.

Después de todo esto, aun le quedó energía para aporrear diversas máquinas de escribir. Se dice que escribió en varios modelos de Corona y también en una Royal Quiet de Luxe, dos marcas demasiado relacionadas con lo monárquico que entraban en franca contradicción con sus ideales libertarios. Tal vez hubiera sido más apropiada para él una Remington que tenía el mismo nombre de la fábrica de armas más antigua de Estados Unidos. Ambas empresas no tenían nada que ver entre sí, pero Hemingway podría haberlas emparentado porque él disparaba palabras, tanto en el periodismo como en la ficción, que daban siempre en el blanco. Fue así que ganó el Pulitzer y el Nobel, dos galardones enormes que, sin embargo, no sirvieron para evitar que se quitara la vida con un disparo de escopeta. Hemingway tenía entonces 61 años y corría el año 1961. El periodismo televisivo no había tenido aun el tiempo necesario para transformarse en el monstruo devorador que es hoy y Wikipedia no existía. Pero una cosa es segura: de haber vivido Hemingway en el presente y de conducir un programa periodístico, jamás hubiera presentado a Martín Kohan como alguien “que dice que es escritor” (sic) como lo hizo el periodista maltratador de adolescentes indignado por el hecho de que algunos padres apoyaran las reivindicaciones de sus hijos y los acompañaran en la toma de un colegio.

Como lo demuestra el autor de El viejo y el mar, el periodismo siempre mantuvo una relación con la ficción. Los hechos bélicos de los que fue testigo y protagonista alimentaron sus novelas. Por quién doblan las campanas, basada en acontecimientos de la Guerra Civil Española, es un ejemplo emblemático.

“Hay un fusilado que vive” fue la frase que escuchó Rodolfo Walsh en un café de La Plata. Quien la dijo se refería a los fusilamientos perpetrados por miembros de la autoproclamada Revolución Libertadora la noche del 9 de junio de 1956, a las 23:30, en José León Suárez. Walsh, que tenía entonces 29 años, realizó una investigación minuciosa ayudado por Enriqueta Muñiz, una periodista que apenas había cumplido los 22.

Como se sabe, el fruto de esa investigación fue Operación Masacre, el relato de un hecho real que puso los elementos de la ficción, más concretamente el acelerado pulso narrativo de la novela negra, al servicio de la verdad.

Pero, como lo diría un expresidente de la Argentina, “pasaron cosas” –sería muy largo enumerar cuáles- , y hubo quienes equipararon el concepto de ficción con el de mentira e invirtieron la ecuación: hoy hay un periodismo corporativo que construye ficción echando mano de algunos elementos de la realidad.

Nunca el periodismo fue una práctica blanca e impoluta basada en la tan mentada “objetividad”, porque, como lo dijo el filósofo “no existen lo hechos, existen las interpretaciones”. Pero tal vez, nunca antes el corporativismo mediático haya sido tan salvaje ni las “fake news” tan abundantes y tan multiplicadas a través de las redes.

Hoy, el periodismo hegemónico no interpreta la realidad, más bien la guiona. Ser periodista se ha convertido en una práctica autoral. No sería extraño que un día nos encontráramos con un zócalo televisivo que dijera: “Cuando Alberto Fernández se despertó una noche de un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto…” , como le sucedió a Gregorio Samsa. Ni los obituarios se salvan de ese proceso de inversión. Si uno encontrara su propio nombre en uno de ellos, no le quedaría otra alternativa que morirse. El guión manda.

Tiempo Argentino