Peronismo de izquierda / Izquierda peronista

Por Hernán Brienza

Nacional, popular y revolucionario Un clima de rebeldías individuales puede durar indefinidamente sin afectar al régimen que las provoca. Solamente cuando la rebeldía está coordinada y encauzada en un movimiento de liberación adquiere la eficacia necesaria para luchar con éxito (…) Declaro que no puede haber liberación sin peronismo, reconozco que tampoco podrá hacerla exclusivamente el peronismo. La tarea requiere una movilización popular muy vasta, una gran política de masas orientada por un programa que sea, al mismo tiempo, inflexible en el mantenimiento de ciertos principios fundamentales y suficientemente amplios como para superar los particularismos ideológicos de sectores que coinciden en el propósito común (…) Cualquier política de liberación debe ser, por sobre todo, antiimperialista (…) En primer plano aparecen indisolublemente la cuestión nacional y la cuestión social. Una no puede resolverse sin la otra… La lucha por la liberación es, por lo tanto, revolucionaria, así como nacional y social.
JOHN WILLIAM COOKE, La lucha por la liberación nacional

I. LA IZQUIERDA SACUDIDA

El ingreso del peronismo en el tablero nacional significó un verdadero cimbronazo para las estructuras económicas y políticas del viejo régimen conservador, cuya larga decadencia había signado los años que van desde 1916 hasta 1943. Y el mundo de las ideas —sobre todo— de las izquierdas en la Argentina sufrió una verdadera conmoción por el hecho de que los partidos cuyas clientelas principales se extraían de los sectores obreros veían como el nuevo movimiento político, al que ellos acusaban de burgués en el mejor de los casos y de nazifascista en el peor, les arrebataba su protagonismo y sus bases de apoyo. El debate principal de la izquierda, entonces, se centró en qué hacer con el nuevo fenómeno y de qué manera contrarrestarlo, si es que había que hacerlo. Y las respuestas fueron muy variadas.

El socialismo, nacido en 1896, tenía como estrategia de acción avanzar hacia la nueva sociedad desde el reformismo social parlamentario, con apoyo del proletariado de carácter urbano, con influencia en los sectores medios de la sociedad, algunos de ellos sindicalizados. Fue uno de los principales perjudicados por la irrupción del peronismo, ya que, entre 1943 y 1949, las principales banderas sociales —el Nuevo Derecho proclamado por Alfredo Palacios— quedaron en manos del flamante movimiento que ponía en práctica las leyes siempre negadas hasta entonces en el Congreso.

Su posicionamiento, pese a que centenares de sus cuadros sindicales se cambiaran de camiseta y se pusieran la peronista en 1946, fue de hostigamiento constante a ese militar. Participantes de la opositora Unión Democrática, durante el gobierno peronista las relaciones empeoraron y el momento más duro fue cuando sus principales dirigentes fueron arrestados en 1953, tras el atentado en Plaza de Mayo, en el que murieron siete manifestantes.

Américo Ghioldi, su líder consideró, sin más, que el peronismo era fascista y por lo tanto debía combatirse sin cuartel. Y no dejó en su partido mucho margen para la disidencia, lo cual llevó al rompimiento entre el Partido Socialista Argentino y Partido Socialista Democrático.

La visión del Partido Comunista Argentino no distó demasiado del diagnóstico que realizaron los socialistas. Hasta el golpe militar de 1943, el PCA experimentó un desarrollo importante, con miles de activistas y una densa red de agitación y propaganda, constituyó múltiples instituciones socioculturales en el seno de la clase trabajadora, lideró conflictos gremiales trascendentales y se convirtió en la fuerza política de mayor expansión en el proletariado industrial, dentro del cual participó en la fundación y dirección de algunos de los sindicatos únicos por rama más importantes, así como de la codirección de la CGT de José Peter.

Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, el PCA, de inquebrantables lazos con la Unión Soviética, optó por seguir las definiciones internacionales más que analizar los detalles que definían la política criolla. Así prevaleció la idea de formar frentes antifascistas ahí donde se presentaran regímenes totalitarios. Y sin dudarlo caracterizaron de esa manera al nuevo régimen entronizado en 1943.

Pero mientras su líder Victorio Codovilla escribe Batir al nazi-peronismo y Perón gana las elecciones, algunos comunistas se unen al peronismo, como el dirigente Rodolfo Puiggrós, afiliado al partido desde 1921. Puiggrós define al peronismo como «un movimiento de liberación nacional, policlasista, de base popular» —identificándolo con los movimientos de liberación nacional surgidos al calor del proceso de descolonización, que se da al finalizar la Segunda Guerra Mundial—. «Se trata de pasos importantes, por más que parezcan mínimos a la mentalidad de izquierda que exige todo para que no se haga nada», dice. De esta manera, Puiggrós se apoya, decididamente, en la línea del pensamiento nacionalista popular, cultivada por Arturo Jauretche —quien señala que la oposición izquierda/derecha era una forma de eludir los intereses de las potencias extranjeras, y eso se evidenciaba en el lenguaje de la izquierda— y Raúl Scalabrini Ortiz, y a la que se sumarían rápidamente Hernández Arregui y Jorge Abelardo Ramos, el Colorado.

Las principales líneas que se reivindican herederas de la Cuarta Internacional surgen de la explosión del Partido Obrero de la Revolución Socialista, por un lado, y de la influencia de Liborio Justo, por el otro. Decenas de periódicos trotskistas se lanzan a la calle: El Militante, Frente Obrero, Octubre, de Ramos, y Voz Proletaria, de J. Posadas —el de mayor permanencia pública después de La Vanguardia, de los socialistas—, encarnan ese tiempo de debates.

El grupo dirigido por «Quebracho», es decir Liborio Justo, la Liga Obrera Revolucionaria, alentó la reflexión acerca de la relación de nuestros países con el imperialismo. La resistencia de sectores de las burguesías nativas, afirmaba, a la subordinación completa al imperialismo dio origen al fenómeno de «nacionalismo burgués».

El surgimiento del peronismo planteó preguntas: ¿Quién es Perón? ¿Un representante de la burguesía nacional, un agente del imperialismo inglés y norteamericano o un bonapartista sui géneris? El peronismo y su relación con la clase obrera abrió el debate más ríspido, a la vez que impidió que la infinidad de grupos «cuartistas» pudieran elaborar un análisis crítico radical y reagruparse.

Quebracho, tomando las elaboraciones mexicanas de Trotsky, fue el primero que planteó que, en América Latina, la tarea revolucionaria inicial es la liberación nacional. Él bautizó a uno de sus discípulos, Hugo Miguel Bressano, con su seudónimo: Nahuel —que en araucano significa tigre— Moreno, por el color de su piel.

El documento precursor —fundacional— del «entrismo morenista» se llamó El Partido. «Nos empalmaremos en el movimiento obrero, acercándonos y penetrando en las organizaciones donde éste se encuentre, para intervenir en todos los conflictos de clase», decía el manifiesto. Consecuente con ese planteo, se ligó a la clase obrera de Avellaneda, en esa época la ciudad industrial más importante de la Argentina. Dentro de este núcleo, pero en 1949, aparece —de la mano de José Speroni— otro de los marxistas olvidados: Milcíades Peña, con sólo 15 años.

Un grupo diferente —ex justista— lo representan Jorge Abelardo Ramos y Niceto Andrés —que editan a partir de 1945 el periódico Octubre, extremando la línea del viejo Quebracho— y es el primero que busca ubicarse en la línea que expresa un revisionismo histórico socialista, federal provinciano o latinoamericano. De hecho, en 1945, el periódico Frente Obrero, en el que militaba Ramos, fue la única organización de izquierda que acudió a la movilización obrera del día 17 de octubre, y posteriormente reconoció allí los inicios del «Movimiento de Liberación Nacional».
Poco después, Ramos se apartó de Frente Obrero y, a fines de 1949, publicó América Latina: un país.

Si hay una figura que tiende un puente entre el pensamiento nacional y popular del forjismo y la izquierda revolucionaria, ese hombre es John William Cooke. Luego de abandonar su primer liberalismo, el Bebe se enamora de los planteos revolucionarios y comienza a transitar un camino que lo llevará, desde su liberalismo progresista inicial, al nacionalismo popular encarnado por el peronismo.

Tras la caída de Perón, Cooke tensa mucho más aún las cuerdas del nacionalismo popular, construyendo una parábola ideológica que lo lleva de la derecha a la izquierda. Los trabajos del Bebe, sobre todo luego de su experiencia posterior a la gestión peronista, a la época de la resistencia y, fundamentalmente, de la Revolución Cubana, van en ese sentido.

Es que justamente la revolución llevada adelante por Fidel Castro y Ernesto «Che» Guevara sacude las ideas políticas de toda la izquierda latinoamericana. A las concepciones marxistas-leninistas, practicadas por el PCA, a la vía democrática del Partido Socialista, al movimientismo llevado adelante por el peronismo y a las metodologías gramscianas despuntadas por Cooke, el ala izquierda del nacionalismo, se les suma la teoría del foco, es decir, de la conquista del poder a través de una guerrilla rural.

Simultáneamente, Puiggrós, Ramos y Hernández Arregui, entre los más célebres, comienzan a delinear las bases de lo que será el pensamiento de la Izquierda Nacional —el término es creación de Ramos—, que obviamente incluye al Jauretche más radicalizado de las décadas del sesenta y del setenta, y que uno de sus principales ejecutor que es Cooke. En palabras de Hernández Arregui se trata de (…) la teoría general aplicada a un caso nacional concreto, que analiza a la luz del marxismo, en tanto método de interpretación de la realidad, y teniendo en cuenta, en primer término, las peculiaridades y el desarrollo de cada país, la economía, la historia y la cultura en sus contenidos nacionales defensivos y revolucionarios, y coordina tal análisis teórico con la lucha práctica de las masas contra el imperialismo en el triple plano nacional, latinoamericano y mundial y en este orden.

Y la izquierda nacional comenzó a interpretar al peronismo de manera diferente a lo que lo hacían las llamadas, desde ese momento, izquierdas tradicionales. La izquierda nacional lo avistó como un movimiento antioligárquico y antiimperialista basado principalmente en las clases trabajadoras industriales, en parte de la clase media y en el ala nacionalista de los militares, y si bien había aparecido en los años cuarenta como una revolución nacional burguesa, debía ser apoyado por tratarse de un hecho progresista en un país subdesarrollado.

Pero la radicalización teórica va de la mano del surgimiento del ala izquierda dentro de la militancia peronista tras el golpe de 1955. La proscripción del peronismo obligó a sus militantes a pensar vías alternativas para acceder al poder. Mientras unos elegían el camino del participacionismo, otros endurecían sus posturas y optaban por la acción directa. Claro que esta última alternativa no era gratuita: a medida que abrazaban los métodos violentos, radicalizaban sus concepciones ideológicas.

Las huelgas de los frigoríficos en 1959, fogoneadas por Sebastián Borro y Cooke, fueron un hito para la concepción combativa del peronismo. Ese mismo año, en diciembre, los «hombres tigres», Uturuncos según la voz quechua, se instalaron en Tucumán bajo la conducción ideológica del Bebe. El Movimiento Peronista de Liberación (MPL) era liderado entre otros por el «Gallego» Enrique Mena, el comandante uturunco. A las acciones de este movimiento se sumaron los ataques al cuartel de Rosario, la acción armada de Ezeiza, el Movimiento Revolucionario Peronista (MRP), en 1964, y su desprendimiento, la Juventud Revolucionaria Peronista, liderada por Gustavo Rearte.

La instalación de Cooke en Cuba transformó radicalmente su posición ideológica y su metodología para la acción. Demostración de eso fue la creación de su propia agrupación, llamada Acción Revolucionaria Peronista, definida por su creador como «una organización que al tiempo de elegir la vía revolucionaria que conocemos, se reclama integrante del movimiento de masas peronistas, ya que no concebimos revolución sin peronismo, tampoco creemos que sea misión que nos incumba exclusivamente a los peronistas».

La vía revolucionaria ya estaba definitivamente adoptada en la Argentina. Y no era cosa solamente de peronistas. También otros grupos de filiación marxistas comenzaron a organizarse teniendo en cuenta la vía armada, siguiendo el ejemplo del castrismo, como el Ejército Guerrillero del Pueblo, de Jorge Masetti, que inició un foco en Salta, las Fuerzas Armadas de Liberación, un desprendimiento del PCA y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que surgían de un escisión del Partido Socialista Argentino de Vanguardia.

Obviamente, después de la imposibilidad del regreso de Perón en 1964, del golpe de la Revolución Argentina de 1966, de la continuidad de la proscripción, del recrudecimiento de la represión a partir de la doctrina de seguridad nacional, sumados al ejemplo que presentaba la Revolución Cubana, las experiencias de organizaciones revolucionarias peronistas florecieron en todo el país, con una concepción diferente de la de Sierra Maestra. En la Argentina, Cooke fue el primero que lo observó: no se trataba de irse a la selva, la metodología debía ser la organización de guerrillas urbanas. Claramente, el mayor exponente de esta idea aquí fue Montoneros, que dominó el escenario político en la década de 1970.

La influencia de Cooke, Ramos, Hernández Arregui, Puiggrós, entre otros, fue principalmente ideológica y sobre todo tendió a sintetizar dos tradiciones hasta ese momento irreconciliables: el nacionalismo y el socialismo. Cooke fue el padre de la izquierda peronista, pero también el creador de la fórmula «socialismo nacional», que dominó el pensamiento vernáculo en las décadas de 1960 y 1970. En sus propias palabras, según la carta escrita a Perón en 1961, «hoy en día nadie piensa en que la liberación nacional puede hacerse sin la revolución social, y por eso la lucha es de pobres contra ricos también. Desde que esto ocurre, ya no hay nacionalismo burgués».

Cooke lo había logrado. Después de cincuenta años, el nacionalismo —en sus orígenes de tradicionalista, conservador, de derecha, en términos simplistas— se había encontrado, finalmente, con la izquierda —en sus orígenes internacionalista, cosmopolita, antinacional— para sellar la operación intelectual más riesgosa de todo el siglo XX.

II. COOKE Y LA IZQUIERDA PERONISTA

Si bien John William Cooke era fundamentalmente un hombre de acción, un militante y un dirigente político, su principal aporte a la política nacional fue su producción intelectual, como periodista y como pensador. El Bebe fue así el continuador, pero al mismo tiempo la culminación del llamado pensamiento nacional, quien supo interpretar mejor al peronismo desde una óptica marxista. Aunque no extremadamente teórica, su obra, que consta de la Correspondencia Perón-Cooke, Apuntes para la militancia, peronismo y revolución y La lucha por la liberación nacional, alcanza un nivel de profundidad difícil de soslayar.

La conversión final de Cooke hacia la izquierda se produjo cuando viajó a Cuba en 1960, recién estrenada la revolución. Desde allí comenzó a escribirle a Perón, intentando convencerlo de las maravillas conseguidas en la isla por Fidel Castro y los suyos. Cuba se convirtió para él en el nuevo punto de partida político y estratégico para los revolucionarios latinoamericanos; ofrecía un ejemplo de revolución social triunfante a pesar de su estrecha proximidad con los Estados Unidos.

Pero su labor en la isla fue sumamente cansadora y se convirtió en una tarea titánica, pues debía explicar el peronismo a las autoridades cubanas y, al mismo tiempo, convencer a los peronistas que lo esperaban en la Argentina de que el futuro estaba en esa revolución. Obviamente, el Bebe no consiguió cumplir con ninguna de las dos misiones.

La razón más repetida en esta época por él, cuando los peronistas criticaban a la revolución fidelista, era:

Los comunistas somos nosotros, en última instancia, porque no somos una amenaza teórica sino una posibilidad concreta. Los comunistas en la Argentina somos nosotros, porque el imperialismo yanqui no se guía por definiciones filosóficas sino por hechos prácticos; y el movimiento de masas que pone en peligro las inversiones, el orden social y la seguridad hemisférica, eso es el comunismo.

Para Cooke, el aprendizaje más importante que podía tomarse de la Revolución Cubana era la indivisibilidad de la liberación nacional y la social: «La revolución nacional siempre es en parte socialista, siempre es un paso hacia el socialismo, mayor y menor de acuerdo a las circunstancias objetivas concretas que existan en el país. Yo creo que América Latina se emancipará siendo socialista. Que el peronismo, que será el conductor de la liberación argentina, será socialista», le escribió a Perón, en junio de 1962.

En esa línea de pensamiento, entendió que el peronismo y el castrismo eran formas nacionales de una misma lucha revolucionaria continental y que era artificial pretender que las soluciones fueran idénticas y automáticamente transferibles. Y a partir de allí, sus cartas comenzaron a traccionar a Perón hacia La Habana.

Pero Cooke aún guardaba cierta influencia de sus ideas anteriores y nunca pudo desprenderse definitivamente del policlasismo típico del peronismo. Es allí donde su postura no sólo se entronca con las ideas de su líder, sino también con el concepto de bloque histórico de Antonio Gramsci —esto es más claro en su libro La lucha por la liberación nacional—. A pesar de su clara dirección revolucionaria, Cooke dejaba un espacio a la burguesía, no ya como directora del frente sino como aliada necesaria:

Ahora podrán actuar frentes nacionales pluriclasistas, pero con las clases revolucionarias —obreros, campesinos, intelectuales, pequeña burguesía— en el comando. Y empiecen como empiecen, terminarán en el socialismo; las tendencias internas que quieren inmovilizar la situación y no considerarla como punto de arranque para transformaciones subsiguientes serán arrasadas.

Cooke partía de dos supuestos necesarios: 1) que las clases no revolucionarias dentro del peronismo aceptarían la hegemonía de las clases revolucionarias, y 2) que se produciría una reformulación no sólo de la alianza clásicamente peronista sino también programática. Hasta entonces, el peronismo había llevado adelante las mayores reformas sociales, de ahora en más sólo cabía realizar la socialización de la economía como objetivo principal. «Es preciso que el gobierno sea del pueblo —le escribía a Perón—, que la producción sea del pueblo… Hay que socializar mucho, y hay que socializar todo lo que sea expansión promovida desde el Estado.»

Pero en su constante corrimiento hacia la izquierda, Cooke fue aislándose dentro de la conducción justicialista, que ya había optado claramente por el integracionismo al juego marcado por el arco antiperonista. Y el propio Perón hacía oídos sordos a los intentos ya desesperados del Bebe para que se definiera por la vía revolucionaria. En 1962, ambos dirigentes sabían que corrían por sendas casi paralelas. Así, Cooke hizo públicas sus diferencias, a las que escondía bajo la caracterización de metodológicas cuando en realidad eran fundamentales.

En esencia lo que se discute es un problema de ritmo, de cómo operar sobre las líneas de acción que usted ha trazado para el movimiento. Usted ve la necesidad de un desenvolvimiento gradual hacia posiciones que multiplicarían nuestro poderío y facilitarían las batallas finales contra la oligarquía. Yo opino que esa mejora decisiva de nuestra situación estratégica no nos demanda ni combinaciones complicadas ni políticas a largo alcance y basta la decisión drástica y tajante, pocas y categóricas medidas de su parte, para eliminar plazos y tramitaciones.

Recién en enero de 1966, Cooke entendió que ambas posiciones ideológicas eran diferentes y que no se trataba de una sencilla cuestión metodológica. «Usted procede en forma muy diferente a la que yo preconizo y, a veces, en forma totalmente antitética.» El Bebe tomaba conciencia final de que había dejado de ser peronista.

Absolutamente seducido por la figura del Che Guevara, su amigo personal, y de Alicia Eguren, su pareja, Cooke profundiza, entonces, su admiración por los primeros logros de la Revolución Cubana. Y una característica que siempre lo subsumió fue la moral revolucionaria. Ese sentimiento de superioridad moral era esencial, en Cooke, para convencer al pueblo de que debía acompañar ese testimonio de lucha. Estaba convencido de que se debía ganar primero la batalla por la legitimidad política antes que vencer a los enemigos en el campo de batalla. Y esa superioridad debía ser demostrada con el sacrificio desinteresado del militante dispuesto a luchar y morir por su pueblo y su patria. «Nosotros pertenecemos a este mundo nuevo de hombres heroicos unidos por el ideal revolucionario», sentenció en La lucha por la liberación nacional.

Y hacia el fin de su vida, Cooke, que no había podido convencer a los cubanos de la ontología revolucionaria del peronismo, terminó catequizado por la visión marxista y definió al peronismo desde una postura clasista. Así, las contradicciones internas de ese movimiento nacional lo llevaban a su propia destrucción, más que el accionar de sus enemigos locales y del imperialismo.

Cooke tenía ya la misma mirada de la izquierda tradicional sobre el peronismo. La alianza de 1945 —que después de todo no era sino para él una revolución democrática burguesa— se quebró con la crisis económica y, cuando se acabó la bonanza de posguerra, la puja distributiva deglutió a los miembros del frente. Sin embargo, lúcido como era, comprendió algo que muchos militantes posteriores del peronismo revolucionario se negaron a ver: «El peronismo es revolucionario, pero no está organizado adecuadamente para las tareas revolucionarias… Es un gigante invertebrado y miope», resumía, mustio, en La lucha por la liberación nacional. Y en algunos escritos fue aun más ácido: «No se puede armar la clase trabajadora para que defienda a su régimen —habla de la posibilidad de las milicias obreras en 1955— y al otro día decirle: ‘Bueno, m’hijo, devuelva las armas y vaya a producir plusvalía para el patrón’».

Pero su escepticismo lo llevaba a comprender que el peronismo tampoco podía ser suplantado por su poder en las masas. Es decir, con el peronismo no se podía hacer la revolución, pero tampoco se la podía hacer sin él. Por eso sostenía: «El peronismo no desaparecerá por sustitución sino mediante superación dialéctica, es decir, no negándolo, sino integrándolo en una síntesis». Para él, eso era el Frente Nacional, «la amalgama de la izquierda peronista con las izquierdas tradicionales —si lograban superar su sectarismo— y otros sectores como los movimientos rurales, estudiantiles, la pequeña burguesía y la burguesía industrial independiente del imperialismo».

Así, Perón iba a quedar en la historia como «el máximo valor de la política democrático-burguesa en la Argentina, un premarxista que, por inteligencia o por conocimientos generales sigue la evolución que toma la historia y simpatiza con las fuerzas que representan el futuro, lo cual no significa que sea en este momento el destinado a trazar una política revolucionaria».

Sin embargo, Cooke tampoco podía desprenderse definitivamente del viejo general, y tal vez, esa fatal melancolía es la que también envolvió a muchos militantes revolucionarios de la década de 1970. «Perón —reconocía el Bebe— no sólo es el artífice de la única época en que el obrero fue feliz. Es el recuerdo, el símbolo, de la primavera revolucionaria del proletariado argentino, del momento cenital de las grandes conquistas sociales y las reivindicaciones nacionales. Por eso, su mito se alimenta tanto de la adhesión de los obreros como del odio que le profesa la oligarquía».

Por último, Cooke, como tantos otros pensadores de la tradición nacional, deja su definición respecto de lo que para él significa el nacionalismo. En una carta enviada a Perón desde La Habana en septiembre de 1961, sentencia:

El único nacionalismo auténtico es el que busque liberarnos de la servidumbre real: ése es el nacionalismo de la clase obrera y demás sectores populares, y por eso la liberación de la patria y la revolución social son una misma cosa, de la misma manera que semicolonia y oligarquía son también lo mismo.

Esos conceptos los refuerza en su libro La lucha por la liberación nacional y concluye:

Un clima de rebeldías individuales puede durar indefinidamente sin afectar al régimen que las provoca. Solamente cuando la rebeldía está coordinada y encauzada en un movimiento de liberación adquiere la eficacia necesaria para luchar con éxito (…) Declaro que no puede haber liberación sin peronismo, reconozco que tampoco podrá hacerla exclusivamente el peronismo. La tarea requiere una movilización popular muy vasta, una gran política de masas orientada por un programa que sea, al mismo tiempo, inflexible en el mantenimiento de ciertos principios fundamentales y suficientemente amplios como para superar los particularismos ideológicos de sectores que coinciden en el propósito común (…) Cualquier política de liberación debe ser, por sobre todo, antiimperialista (…) En primer plano aparecen indisolublemente la cuestión nacional y la cuestión social. Una no puede resolverse sin la otra… La lucha por la liberación es, por lo tanto, revolucionaria, así como nacional y social.

 

III. EL COLORADO NACIONAL

Jorge Abelardo Ramos fue un intelectual «inclasificable». No fue un historiador académico, claro, mucho menos un periodista profesional de esos que se refugian entre objetividades e independencias de turno, ni tampoco un intelectual con sede ideológica en Francia, en Moscú o en los Estados Unidos. Tenía la prosa de un ensayista apasionado, herencia de ese exquisito género decimonónico argentino; sin embargo, no lo era estrictamente. A principios del siglo XIX, existía un concepto que siempre me pareció adecuado para definir a los cultores de la mejor tradición argentina, la del escritor público.

¿Qué es exactamente un escritor público? Se trata de alguien que puede entrar y salir de los géneros con absoluta libertad, que no tiene un campo de acción específico a la hora de elegir las herramientas para la expresión y la comunicación, que abarca distintas disciplinas, pero que todas ellas se caracterizan por su condición de cosa pública. Son hombres que escriben sobre lo común, sobre aquello que nos pertenece a todos y a todas, sobre pasado, presente y futuro compartidos. Ramos es uno de los mejores exponentes del siglo XX de esta categoría de intelectuales polemistas.

Padre del concepto «izquierda nacional» en oposición a la izquierda tradicional internacionalista y al nacionalismo elitista, Ramos lideró durante años el Frente de Izquierda Popular, que acompañó siempre al peronismo con cercanía, y después fundó el Movimiento Patriótico de Liberación. Personaje singular y original dentro del pensamiento argentino, fue más conocido por su color que por su nombre, pero sobre todo por sus originales y provocativas ideas.

Nacido en el barrio de Flores el 23 de enero de 1921, era hijo del militante anarquista Nicolás y de Rosa Gutmann, una muchacha de familia socialista, pero que admiraba a Hipólito Yrigoyen, porque éste le había conseguido personalmente un trabajo en el Ministerio de Agricultura. Ramos dio sus primeros pasos políticos de la mano de un tío, que lo llevaba a los encuentros del Partido Socialista. Pero fue en el Colegio Nacional de Buenos Aires donde comenzó su militancia al calor de los enfrentamientos por la Guerra Civil española. Allí leyó al anarquista Rafael Barrett y comenzó a interiorizarse en el pensamiento de León Trotsky. Su admiración por el líder ruso exiliado lo conectó con el grupo de Liborio Justo, conocido como «Quebracho», hijo del presidente Agustín. Juntos formaron el Grupo Obrero Revolucionario (GOR), integrado además por Mateo Fossa, Luis Alberto Murray, Ángel y Adolfo Perelman y Constantino Degliuomini, entre otros. Pero la gran preocupación del Colorado era de qué manera aplicar las teorías de análisis marxistas a la realidad «criolla». Y el peronismo fue la justificación de gran parte de sus ideas.

Periodista de vocación, trabajó en Noticias Gráficas, donde escribió la columna política «De frente y de perfil» con el seudónimo de Antídoto. Luego, en 1953, tras el acercamiento entre el Partido Socialista de la Revolución Nacional (PSRN), dirigido por Enrique Dickmann, y el peronismo, Ramos comenzó a escribir con el alias de Víctor Almagro en el diario Democracia, donde también escribía Juan Domingo Perón con el nombre de Descartes.

Tras el brutal golpe de 1955, Ramos y el PSRN, a pesar de estar proscriptos, publican el periódico Lucha Obrera. La experiencia dura poco y, entrado el año 1960, el Colorado abre la librería Mar Dulce, que funcionó como un lugar de encuentro y una usina de las ideas de la izquierda nacional. Como productos de esas reuniones, en 1962, Ramos funda el Partido Socialista de la Izquierda Nacional junto con Jorge Enea Spilimbergo, Ernesto Laclau, Blas Manuel Alberti, Adriana Puiggrós y Emilio de Ípola, entre otros. Por aquellos años interviene en la polémica sobre las posibilidades revolucionarias y desecha duramente las posiciones foquistas, a las que considera heterodoxas y suicidas.

En 1967, Ramos recibe una carta de Perón en la que el General reconoce desde Madrid su pertenencia orgullosa a la «izquierda nacional». Esa vinculación será clave para el desarrollo político posterior del Colorado y de sus análisis respecto de la acción a llevar adelante en la década de 1970. Lo cierto es que, más allá de la exagerada carta de Perón, entre ambos se estableció un contacto y una relación de mutua simpatía que les traería réditos a ambos políticos. Cuatro años después, el 9 de diciembre de 1971, el Colorado funda el Frente de Izquierda Popular (FIP) basado en dos consignas: «Perón presidente» y «Patria Socialista». Y, en septiembre de 1973, esa relación entre Perón y Ramos iba a dar sus frutos: el FIP presentó al General como candidato a presidente, pero por fuera del Frente Justicialista de Liberación (Frejuli), y el resultado fue que esa lista obtuvo 900 mil votos.

Más allá de sus peripecias políticas, Ramos fue uno de los intelectuales más interesantes del siglo XX. Aplicó al revisionismo histórico —junto a otros como Rodolfo Puiggrós o Rodolfo Ortega Peña— la mirada marxista y de clase que enriqueció un discurso que parecía anquilosado en las primeras décadas de esa centuria. Su primer libro importante fue América Latina: un país (1949), en el que plantea la necesidad de retomar el sueño de la patria grande que soñaron Simón Bolívar y José de San Martín.

Pero el libro que marcó su producción literaria fue Revolución y contrarrevolución en la Argentina, una revisión histórica del país en la que trastoca los principales puntos de las escuelas oficial y revisionista clásica. Para el Colorado, las acciones de mayo de 1810 no son el inicio de un movimiento consciente de liberación nacional, sino que forman parte de una revolución democrática que, luego de fracasar la revolución liberal en España, se traslada a América. Ramos lamenta que el proceso de emancipación trajera tras de sí la balcanización del continente americano.

A partir de esa nueva mirada, el Colorado les asignará a los caudillos el rol de bastiones defensivos del espíritu nacional plebeyo, que enfrentarán a Buenos Aires ya sea en la versión unitaria o de Rosas, vinculados ambos por el usufructo monopólico del caudaloso recurso de las rentas de la aduana porteña. De esa manera, Ramos se desmarca del revisionismo rosista. Pero quizá la principal polémica del libro consista en la revalorización que hace de Julio Argentino Roca. El Colorado sostiene que Roca, junto al Ejército —al que considera una verdadera burguesía nacional— tuvo un rol modernizador del Estado argentino.

Esta concepción de la fuerza —Historia política del ejército argentino (1958)— le permite, entonces, hacer un puente entre los generales Enrique Mosconi, Manuel Savio y el propio Perón, como personajes de una línea que —como hemos visto— formó parte del nacionalismo popular económico.

La gran operación que realiza Ramos es la aplicación de la dialéctica marxista —pero no binaria— a la historia argentina. Y lejos de analizar sectores abroquelados o cristalizados, prefiere utilizar como contradicción principal una línea revolucionaria y otra contrarrevolucionaria, dinámica que le da título a su trabajo más extenso.

Leer a Ramos es una aventura del intelecto porque, si bien utiliza un esquema dialéctico, no se centra en una sola condición para definir lo «revolucionario». Comprende que el análisis debe abarcar una serie de variables que incluyen la lucha de clases, pero superada o acompañada por diferentes paliativos, por ejemplo, el industrialismo versus el agrarismo rentista, las mejoras concretas de subsistencia de los sectores del trabajo, la disputa geográfica entre provincias y puertos y, por sobre todas las cosas, la clave de la liberación nacional frente a la presión de los imperialismos de turno. El Colorado sabe que no hay revolución social sin liberación nacional, ni viceversa, y allí está la riqueza del análisis que recorre toda su obra.

Por último, leer a Ramos también es un placer estético. Su pluma es la de un escritor, ofrece descripciones minuciosas, giros literarios, metáforas, construcciones irónicas que lo catapultan a un lugar inclasificable: ni historiador académico ni periodista profesional ni militante panfletario. El Colorado es un espadachín de la lengua política, un escritor público latinoamericano que sutura las heridas de un país pequeño que —como él siempre dijo— fue paisito porque no pudo ser patria grande.

IV. ¿QUÉ FUE EL SER NACIONAL?

Juan José Hernández Arregui es el más sistemático de los pensadores nacionales. Si en Scalabrini iluminaba la precisión de los datos, la afición por el empirismo; en Jauretche, el estilo y la lucidez para vislumbrar los chispazos de colonialismo en los discursos y aparatos culturales; en Cooke, el nervio revolucionario; en este pensador, nacido en Pergamino en 1913, lo que resulta convocante es la obsesión por crear un sistema de ideas coherente y cerrado en torno del nacionalismo revolucionario, es decir, el cruce entre lo que parecían dos paralelas: el nacionalismo y el marxismo.
Afiliado desde los 19 años a la UCR, escribió en diferentes periódicos radicales como Debate, Doctrina Radical y La Libertad. Pero, tras la muerte de su madre, decidió mudarse a Villa María y luego a Córdoba capital, donde se doctoró en 1944 en la Facultad de Filosofía y Letras. La llegada del peronismo al poder provocó en Hernández Arregui un efecto similar al de la mayoría de los yrigoyenistas forjistas. En contacto con Arturo Jauretche, decidió mudarse a La Plata e ingresó al gobierno de Domingo Mercante como director de Publicaciones y Prensa del Ministerio de Hacienda. Hasta 1955 trabajó en la Universidad de La Plata, en la UBA, y en radio. El golpe de Estado, por supuesto, lo dejó por sus ideas políticas sin sus trabajos habituales y lo confinó al Instituto de Historia de la Universidad de La Plata.

Como suele ocurrir, inmerso en la atmósfera represiva de la dictadura de Pedro Aramburu, Hernández Arregui, al igual que Jauretche, escribió sus mejores libros: Imperialismo y cultura, de 1957, La formación de la conciencia nacional, de 1960, ¿Qué es el ser nacional?, de 1963, y Nacionalismo y liberación, de 1969.

Esos textos le valieron el reconocimiento del ex presidente Juan Domingo Perón, quien le escribió:
He leído sus anteriores obras Imperialismo y cultura y La formación de la conciencia nacional, que representan dos jalones de la cultura sociológica argentina, hasta entonces servida en su mayoría por vendepatrias y cipayos. Le considero a usted el mejor escritor argentino de la actualidad (…) Muchas gracias por todo. Le ruego que acepte, con mi admiración y el saludo más afectuoso, un gran abrazo.

Su compromiso político convirtió su vida en un encadenamiento de sobresaltos. En 1972 sufrió un atentado, en el que su esposa resultó gravemente herida, y tras la muerte de Perón, la Triple A lo amenazó de muerte y lo colocó en una de sus terroríficas listas negras. Decidió refugiarse en el interior del país, en Mar del Plata, donde murió de un sorpresivo paro cardíaco el 22 de septiembre, a los 60 años.

El pensamiento político y filosófico de Hernández Arregui ha tenido una silenciosa pero abrumadora influencia en la historia de las ideas argentinas. «Porque soy marxista es que soy peronista», resume de forma precisa su pensamiento. Significa que cualquier persona que estudie seriamente el marxismo, las luchas de clases, y aplique el materialismo histórico a la realidad argentina llegará a la conclusión, inevitablemente, de que debe hacerse peronista. Ésa es la conclusión que saca y desde donde parte no sólo su adscripción política a ese movimiento, sino también su discusión con las izquierdas tradicionales.

Las principales acusaciones que la izquierda nacional y Hernández Arregui, en particular, hacen a la «izquierda tradicional» son su «desconexión con la realidad del país», la sistemática ignorancia de la población nativa y «el carácter antinacional de su pensamiento y de su acción política». En síntesis reprochan la aplicación dogmática de las categorías marxistas de las «metrópolis» a la realidad de «países coloniales», lo que genera un equívoco en los términos de los enfrentamientos de sectores. Uno de los tópicos fundamentales de todos los nacionalismos, la industrialización y el desarrollo, también está presente en Hernández Arregui. No hay revolución posible sin liberación nacional y no hay ninguna posibilidad de liberación nacional sin un proceso de industrialización exitoso. Por esa misma razón, la mejor estrategia de la izquierda nacional era la de ingresar en el peronismo, no para hacer «entrismo» como creía Nahuel Moreno, sino para acompañar y generar las tensiones necesarias de la etapa que finalmente llegaría una vez que triunfara la alianza de clases del peronismo, es decir, la dialéctica definitiva entre burguesía industrial y proletariado. Para eso, Hernández Arregui sostenía que había que apoyar al nacionalismo industrial en su lucha contra la oligarquía ligada a los intereses imperialistas. Enfrentar al peronismo, como lo hacía la izquierda tradicional, significaba debilitar el progreso de la historia y aliarse a los enemigos históricos de la clase obrera.

En sus libros, Hernández Arregui realizó un pormenorizado estudio sobre las marcas coloniales en la literatura y en otras manifestaciones culturales (Imperialismo y cultura), en el aparato superestructural de la política, con una crítica demoledora al andamiaje liberal argentino (La formación de la conciencia nacional) y, finalmente, desarrolló una teoría y práctica del nacionalismo revolucionario (¿Qué es el ser nacional? y Nacionalismo y liberación).

Los lectores iniciados en Hernández Arregui saben ya que el nacionalismo revolucionario también comparte muchos de los puntos de la matriz del pensamiento nacional y popular:

Agonía.
Agonismo.
Proteccionismo económico.
Intervencionismo estatal.
Igualitarismo.
Federalismo.
Hispanismo.
Propensión a la intolerancia.
Autonomía cultural.

Las características particulares del pensamiento «arreguista» son: a) el sujeto nacional de liberación no es sólo el Estado-nación argentino sino también el espacio «hispanoamericano católico», lo que contiene por supuesto al mestizaje de tradiciones que incluye las expresiones de la América India y del gauchaje; b) cierta fobia a la inmigración europea, y c) la insinuación de la metodología de la revolución armada —al igual que en Cooke— como herramienta política de transformación.

Pero uno de los puntos sobresalientes de su ideario es la caracterización del sujeto político de la nación o el ser nacional. En La formación de la conciencia nacional explica:

La conciencia nacional es la lucha del pueblo argentino por su liberación. En este sentido el interés por la historia es la conciencia de la libertad como necesidad. Esta conciencia es colectiva pese a que sus formulaciones conscientes surjan de mentes individuales. A esta consciencia histórica han resistido y resisten otras fuerzas. La falta de unidad nacional, estimulada durante más de un siglo por el imperialismo y la clase terrateniente, ha contado y cuenta con aliados: el carácter plurirracial y la división de clases de la población argentina, factores que han ejercido una efectiva influencia a través del sistema educativo de la oligarquía en la visión cultural apócrifa de vastos sectores sociales sobre el país argentino. En este sentido, el problema de la inmigración exige un ahondamiento de las tituladas izquierdas en la Argentina. Esa inmigración, junto a su significado de progreso, ha resistido a la verdadera cultura nacional. Una cultura nacional, base espiritual de la unificación del país es, sin que se anulen en su seno las oposiciones de clase, participación común en la misma lengua, en los usos y costumbres, organización económica, territorio, clima, composición étnica, vestidos, utensilios, sistemas artísticos, tradiciones arraigadas en el tiempo y repetidas por las generaciones; bailes, representaciones folklóricas primordiales, etc., que por ser creaciones colectivas, nacidas en un paisaje y en una asociación de símbolos históricos, condensan las características espirituales de la comunidad entera, sus creencias morales, sistemas de la familia, etc. La cultura de un pueblo deriva de un conjunto de factores materiales y espirituales, más o menos estables y permanentes, aunque en estado de lenta movilidad, íntimamente conexos y en sí mismos indivisibles, o mejor aún, configurados de un modo único por el genio creador de la colectividad nacional.

Por supuesto, Hernández Arregui es mucho más complejo —y en mi opinión particular el que más me cautiva de los pensadores nacionales— que las definiciones que se extractan en este libro, pero bien vale reflejar algunas para reflexionar sobre ellas y al mismo tiempo invitar a su lectura o a su relectura. Si en 1960, en La formación de la conciencia nacional, aún no desarrolla su versión definitiva, tres años después, en ¿Qué es el ser nacional?, realiza una definición acabadamente revolucionaria de su nacionalismo:

Es un hecho político vivo empernado por múltiples factores naturales, históricos y psíquicos. (…) El ser nacional se convierte en algo inteligible, o sea, en una comunidad establecida en un ámbito geográfico y económico, jurídicamente organizada en nación, unida por una misma lengua, un pasado común, instituciones históricas, creencias y tradiciones también comunes en la memoria del pueblo, y amuralladas, tales representaciones colectivas, en sus clases no ligadas al imperialismo, en una actitud de defensa ante embates internos y externos, que en tanto disposición revolucionaria de las masas oprimidas, se manifiesta como conciencia antiimperialista, como voluntad de destino (…) Todo esto exige una revisión de la historia. Revocar la imagen aceptada sin crítica sobre España y sobre América Hispánica es romper con falsos nacionalismos que han marcado nuestra servidumbre material y cultural a lo largo de los siglos XIX y XX. Únicamente es legítimo hablar de un nacionalismo iberoamericano, apto para restituirnos nuestro pasado y, a través de la conciencia histórica del presente, abrirnos a un porvenir de grandeza.

Hombre de fe, Hernández Arregui termina su libro con una sentencia que moviliza desde la melancolía:

En los pueblos anida el porvenir de la América nuestra. Destino que urde todos los días, en los campos de trigo, en las minas, los cañaverales y gomerales del trópico, acunado por los sones nocturnos de las guitarras y las melodías fraternales de sus pueblos, cuya persistencia anónima a través de los siglos revela la presencia de una gran nación bajo la constelación cultural de la América hispánica. Estos pueblos, inseridos en la patria grande, descuartizada pero no disuelta, han tomado la ruta de la emancipación. Y así se cumplirá, en toda su dimensión abarcadora del mañana, la sentencia de Bolívar: «Nuestra América es la patria de todos». Una patria que en la intemporalidad de Historia Universal augura el próximo poder mundial de Iberoamérica.

Pero el gran acierto de Hernández Arregui en la materia es el minucioso estudio publicado en 1969 y titulado Nacionalismo y liberación. En ese texto, el autor retoma la cuestión nacional en Carlos Marx, pero invierte algunas de las prioridades. Si bien el autor de El capital sostiene que las reivindicaciones nacionales tienen que estar supeditadas a la lucha de clases, Hernández Arregui agrega que, en los países coloniales, no se puede desvincular revolución social de liberación nacional y que la lucha de clases está atravesada por las élites dominantes colonizadas y el proletariado, parte —como ya se ha dicho— del tan mentado «ser nacional». En este sentido, su tesis central responde de antemano a los señalamientos que hicieron los especialistas sobre el tema unas décadas después, es decir, tanto a Hobsbawm como a Anderson:

¿Qué es el nacionalismo? Pocos conceptos en el vocabulario político contemporáneo tan mentados como el de nacionalismo. Y ninguno más controvertido, incluso, dentro de las mismas corrientes nacionalistas. Pero las disputas más confusas y las desinteligencias más intransigentes enconan a los individuos y las clases sociales, ni bien se ahonda en el mismo. El hecho no debe extrañar. La palabra nacionalismo implica la dilucidación previa de dos órdenes de cuestiones complejas e interrelacionadas. Una teórica, por lo general, no clarificada por quienes manejan el vocablo, y que es más bien objeto de estudios especializados —económicos, históricos, lingüísticos—, y otra práctica, de ahí la imposibilidad de entendernos cuando hablamos de «nacionalismo», espoloneada la cuestión por exigencias presentes, vivas, actuantes, que dividen en tendencias antagónicas internas a los pueblos coloniales de hoy. El concepto político de nacionalismo no es unívoco, da origen a dispares ideologías, a interpretaciones, de clases falsas y comprometidas, como veremos, de la realidad política nacional. Y que, en tanto ideologías de clase, en última instancia aunque pregonen el patriotismo más altisonante, son la negación misma del nacionalismo, si es que por nacionalismo, entendemos, en su acepción verdadera, la teoría y práctica de la política nacional, que únicamente puede encarnarse en la actividad revolucionaria de las masas.

En la tesis de Hernández Arregui hay por los menos dos nacionalismos, como ya dijimos. Pero para él, el verdadero nacionalismo es el de las colonias. Hacia el final del libro resumirá:

No se trata de ver enemigos en los extranjeros. Lo que se impone es combatir la extranjería de los propios argentinos y a aquellas metrópolis que mandan sobre nuestra economía, succionan las riquezas del país y desdoblan la cultura nacional con la mediación de los grupos dirigentes cuyo poder económico se asienta en la entrega de lo propio. Los enemigos más bien los tenemos adentro (…) La patria no es una comunidad abstracta aunque esto hiera a los santos idealistas. La patria es una fracturación dolorosa. Una oposición real, áspera, cotidiana, de las clases sociales nacionales y antinacionales entre sí (…) El rasgo fundamental de una nación es una política propia (…) y ésta no es dable sin el gobierno de los comandos de la economía nacional. (…) Un país colonial, aunque tenga gobierno propio, si no es dueño de su economía tampoco lo es de su suelo, ya que, al depender de otra nación o grupo de naciones acreedoras, es y será siempre, como país deudor, una factoría encadenada a la metrópoli de superior poderío económico y militar (…) No es, pues, el orgullo el que da vida al nacionalismo de los pueblos coloniales. Es una demanda histórica y una exigencia de justicia (…) Para diferenciar, en fin específicamente, el nacionalismo de las metrópolis del nacionalismo de las colonias. El nacionalismo de las colonias, a diferencia del nacionalismo de las naciones opresoras, no tiende a encerrarse en sí mismo, sino a proyectarse fuera de sí como reclamo de libertad; el nacionalismo de los países oprimidos no ambiciona la superioridad, como las naciones opresoras, sino la igualdad de todos los pueblos; el nacionalismo de los países oprimidos levanta la bandera no de un destino predestinado e inmutable, sino su divisa a la vida histórica sin grilletes; el nacionalismo de los pueblos oprimidos no exalta a su pueblo por encima de otros. Tal cual lo hacen las naciones opresoras (…) El nacionalismo de los pueblos oprimidos no es el nacionalismo de las oligarquías indígenas cuyos intereses de clase esclavizan al país entero bajo directivas foráneas. El nacionalismo de los pueblos oprimidos es, efectivamente, un nacionalismo de clase contra la apostasía de las clases dirigentes vendidas al extranjero y arrodilladas ante el becerro de oro (…) Para este nacionalismo: el porvenir más aún que el pasado constituye la patria. El nacionalismo de los pueblos coloniales sabe que la celebración de la humanidad sólo se alcanzará con la destitución del nacionalismo de las metrópolis, para las cuales, el universo no es la humanidad, sino su universal opresión sobre la humanidad. Éste es el desafío que nosotros, argentinos e iberoamericanos, lanzamos al rostro de los enemigos interiores y exteriores de la patria ultrajada, a la que, ya lo hemos dicho, hay que rescatar, si en necesario, con las armas en la mano.

V. COLOFÓN

Agónico y agonista cerró Hernández Arregui su teoría sobre el nacionalismo argentino. Era esperable. Hacia 1969, el mundo estaba revolucionado. El nacionalismo no podía estar ausente de esa forma de pensar y de accionar sobre la realidad que vivían sus protagonistas. Su sentencia final tendría un desenlace espeluznante: los años setenta como metáfora del choque entre dos grandes formas de pensar, vivir, imaginar, sentir, decir la Argentina. Para ser más preciso diré que, quizá, se trató del enfrentamiento entre dos versiones antagónicas del nacionalismo católico argentino: uno vinculado con los resabios de la oligarquía agroexportadora, y el otro, con la radicalización del proyecto político del peronismo. Allí hay dos naciones enfrentadas y acusadas una a la otra de antinación: los vendepatrias, por un lado; los subversivos apátridas, del otro. En ambas interpretaciones se escuchan los ecos de una tradición: Sarmiento, Lugones, los Irazusta con su argentina jerárquica y autoritaria, en la fanfarria militarista de la dictadura —curiosamente autodenominada «Proceso de reorganización nacional»—. En la otra, los acordes de los caudillos federales, de Ugarte, de Jauretche y Scalabrini, el peronismo. Hoy, a más de cuarenta años, todavía se discute cuál es la Argentina verdadera. Hoy, en forma larvada, silenciosa, solapada, oculta, aún se enfrentan esas dos Argentinas. Y en ese empate hegemónico tal vez haya una respuesta. Quizás no haya una Argentina verdadera y otra apócrifa. Quizá la Argentina no sea otra cosa que ese enfrentamiento que perdura, que persiste, que emerge una y otra vez con distintas intensidades. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez.

 

Barrio de San José de Flores, Buenos Aires. 17 de diciembre de 2018

(Fragmento de: La Argentina imaginada. Una biografía del pensamiento nacional, Aguilar, 2019)

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