
PESSOA
Y SUS HETERONIMOS. Fernando Antonio Nogueira Pessoa (1888-1935), nació
en Lisboa el 13 de junio, a las 3 de la tarde. Entre 1896 y 1905 vivió
en Durban, Sudáfrica, donde su padre era cónsul, de forma que el idioma
inglés se convirtió en su segunda lengua; de hecho, trabajó como traductor
técnico y sus primeros trabajos están escritos en inglés.
En 1906 se matricula en el Curso Superior de Letras en Lisboa, pero
lo abandona un año más tarde.
En 1914 empieza a escribir poemas de sus heterónimos (personalidades
dentro de sí mismo, distintos alter egos). Colabora en revistas culturales
como Orfeu que surge en 1915, Atena dirigida por él mismo y Ruy Vaz
a partir de 1924, o Presença en 1927.
En 1926
Pessoa requiere la patente de invención de un Anuario Indicador Sintético,
por Nombres y Otras Clasificaciones, Consultable en Cualquier Lengua.
En esta época dirige junto con su cuñado la Revista de Comercio y Contabilidad.
En 1934 aparece Mensagem, el único libro que se publicó mientras vivía.
Muere en Lisboa el 30 de noviembre de 1935. Tenía 47 años.
Pessoa está considerado como uno de los poetas más importantes de la
literatura portuguesa. Influido por filósofos como Nietzsche y Schopenhauer
introdujo en su país las corrientes literarias en auge en su época como
el modernismo o el futurismo y se convirtió en el principal foco estético
de la vanguardia portuguesa.
Fernando Pessoa es el poeta de los heterónimos; el poeta que se desmultiplica
o despersonaliza en la figura de innumerables heterónimos y semi-heterónimos,
dando forma por esta vía a la amplitud y la complejidad de sus pensamientos,
conocimientos y percepciones de la vida y del mundo, al dar vida a las
múltiplas voces que comporta dentro de sí, el poeta puede percibir y
expresar las diferentes formas del universo y de las cosas del hombre.
Será curioso recordar que la palabra pessoa conlleva en sí este simbolismo
del desbordamiento ficticio, del asumir plenamente un personaje, si
recordamos que la palabra persona surge de las máscaras del teatro de
los actores clásicos, representativas de un personaje, origen etimológico
de pessoa. Los heterónimos pueden ser vistos como la expresión de diferentes
facetas de la personalidad de Fernando Pessoa y como la manifestación
de una profunda imaginación, creatividad y ficción que desde pronto
se revela en el poeta -se recuerda que el primer heterónimo, el Cjevalier
de Pas fue inventado cuando el poeta tenía seis años. Los más conocidos
y con producción literaria más
En ese periódico
vendría a colaborar también en ese periodo, Eduardo Lança, un brasileño
que fija su residencia en Lisboa y ahí se dedica a su producción literaria
y acompaña a Fernando Pessoa también en su regreso en 1903, a Durban.
En Durban, se van creando nuevas personalidades : Alexander Search y
el hermano Charles James Search, Robert Annon y David Merrick. De regreso
definitivo a Portugal, en el año 1905, Fernano Pessoa se hace acompañar
de estos compañeros en la actividad literaria. Además de los hermanos
Search, viaja con él un francés: Jean Seul de Méluret. A cada una de
estas personalidades, Fernando Pessoa les atribuyó proyectos literarios,
distribuyendo de este modo, su voluntad de intervenir en la vida cultural
de aquella que siempre fue su patria, su nación. Regresando a Portugal,
Fernando Pessoa retoma sus periódicos manuscritos. Al O Palrador, dirigido
en esta nuva etapa por Gudencio Nabos, se le unen O Phosphoro e O Iconoclasta.
Respondiendo a sus planes de intervenir sobre la sociedad portuguesa,
que considera empobrecida e viciada, va enseñando textos críticos y
humorísticos que tratan por ejemplo, la política y la religión. Otra
de las muchas personalidades creadas por Fernando Pessoa fue la de Joaquim
Moura Costa el cual colabora en estos dos periódicos, a través de textos
que manifiestan bien su espíritu satírico y revolucionario.
Pantaleao fue otro de los colaboradores de O Phosphoro. Peraonage multifacetada,
se vuelve al periodismo, a la poesía, a los textos humorísticos, es
militante republicano y teje críticas vehementes a la iglesia católica
y a la monarquía. Por esta altura aparece también, como en un desbordamiento
de aquel, Torquato Mendes Fonseca da Cunha Rey que, antes de morir encarga
a Pantaleao que publice un texto suyo.
En el proyecto de Fernando Pessoa para la Empresa Ibis en 1907, proyecto
inmerso en el espíritu patriótico que se manifiesta abiertamente por
la voluntad de contribuir para la divulgación de la cultura portuguesa,
colaboran Vicente Guedes (personaje muy asociado a Bernardo Soares,
este último asumido por Pessoa como semi-heterónimo), Carlos Otto y
los ya conocidos Joaquim Moura Costa e Charles James Search. Carlos
Otto, además de colaborar en el proyecto de la Empresa Ibis, surga también
con Pantaleao, Joaquim Moura Costa y Fernando Pessoa unido al periódico
O Phosphoro.
Del periodo del sensacionismo y del interseccionismo, Teresa Rita Lopes,
en la obra ya mencionada, nos da cuenta de personalidades como Antonio
Seabra, Frederico Reis (probablemente un hermano del heterónimo Ricardo
Reis), Diniz da Silva, Thomas Crosse e I.I.Crosse, siendo estos últimos
los divulgadores en lengua inglesa del sensacionismo. Parece haber existido
otro hermano Crosse, A.A. Crose, aquel que respondía en periódicos ingleses
a concursos de charadas y del cual Fernando Pessoa habla a Ophelia (la
respuesta a concurso de charadas no es novedad en el Fernando Pessoa
de 1919, ya que, en Durban también disputaba estos concursos a través
del nombre de Tagus).
A esta lista se deben aún de añadir el psicólogo F. Antunes, que surge
hacia 1907, Frederick Wyatt y sus hermanos Walter y Alfred (este último
con residencia en París dondo convive con Mario de Sá-Carneiro=, o Barao
de Teive, personalidad literaria cuya obra continúa descubriéndose y
que expresa la faceta de inadaptación y el sentimiento de exclusión
de su demiurgo, Bernardo Soares (a quien acabó por ser atribuído o Livro
do Desassossego, pensado tanto para Vicente Guedes como para o propio
Fernando Pessoa) e María José que, según Teresa Rita Lopes, habrá sido
la voz femenina que más se destacó en el universo de las creaciones
pessoanas.
Además
de los nombres de botelho y de Quaresma (y de tantos otros!) se destaca
también el de Antonio Mora, personalidad asociada al paganismo, el que
asume el papel de loco (dando expresión a un tema que Fernando Pessoa
vive con profunda intensidad) de un manicomio de Cascais y que, exprimiendose
como médico, viene a diagnosticar al hombre moderno, detectando al loco-enfermo.
Colabora con Pessoa en proyectos para algunas revistas.
Las personalidades más conocidas son como mencionamos, los heterónimos
Alvaro de Campos, Alberto Caeiro y Ricardo Reis. Para cada uno de estos
hombres, Fernando Pessoa diseñó una cuidada biografía, un horóscopo,
un retrato físico completo, trazó sus características morales, intelectuales,
ideológicas. Tres personajes diferentes y cada cual con una actividad
literaria distinta, personajes que se conocen y entran en polémica unos
con otros, bien como el demiurgo, tres facetas de un mismo hombre que
de las dispersión parece haber hecho condición de encuentro consigo
mismo.
Ricardo Reis, en lo relativo a su nacimiento, tanto en la mente del
poeta, como en su 'vida real', Fernando Pessoa establece fechas distintas.
Primero afirma, de acuerdo con el texto de Páginas íntimas y de Auto-Interpretación
(p.385) que este nació el día 29 de enero de 1914: El Dr. Ricardo Reis
nació dentro de mi alma el día 29 de enero de 1914 a las once de la
noche. Yo había estado oyendo el día anterior una discusión extensa
sobre los excesos, especialmente de la realización del arte moderno.
Según mi proceso de sentir las cosas sin sentirlas, me fui dejando ir
en la onda de esa reacción momentánea. Cuando me di cuenta de en qué
estaba pensando, ví que había levantado una teoría neoclásica, que se
iba desenvolviendo... Más tarde, en una carta a Adolfo Casais Monteiro
fechada el 13 de enero de 1935, altera la fecha de este nacimiento afirmando
que Ricardo Reis nacera en su espíritu en 1912. Fernando Pessoa considera
que este heterónimo fue el primero en revelársele aunque no haya sido
el primero en iniciar su actividad literaria. Si Ricardo Reis está latente
desde el año 1912, a juzgar por la carta mencionada, es sólo en marzo
de 1914 cuando el autor de las Odes inicia su producción, desde entonces
continuada e intensa, y siempre coherente e inalterable, hasta el 13
de diciembre de 1933. También en lo que respecta a la biografía de Ricardo
Reis, Fernando Pessoa presenta datos distintos. En el horóscopo que
hizo de él, sitúa su nacimiento el 19 de setiembre de 1887 en Lisboa
a las 4:05 de la tarde. En la carta a Adolfo Casais Monteiro referida
anteriormente altera la ciudad natal de Ricardo Reis de Lisboa a Porto.
Médico de profesión, monárquico, hecho que lo llevó a vivir emigrado
algunos años en Brasil, educado en un colegio de jesuitas, recibió,
pues, una formación clásica y latinista y fue imbuido de principios
conservadores, elementos que no son transportados para su concepción
poética. Domina la forma de los poetas latinos y proclama la disciplina
en la construcción poética. Ricardo Reis es marcado por una profunda
simplicidad de la concepción de la vida, por una inmensa serenidad en
la aceptación de la relatividad de todas las cosas. Es el heterónimo
que más se aproxima al creador, tanto en el aspecto físico - es moreno,
de estatura media, anda medio curvado, es magro y tiene apariencia de
judío portugués (Fernando Pessoa tenía ascendencia israelita)- tanto
en la manera de ser y en el pensamiento. Es adepto del sensacionismo,
que hereda del maestro Caeiro, pero al aproximarlo al neoclasicismo
lo manifiesta, pues, en un plano distinto como refiere Fernando Pessoa
en Páginas Intimas e Auto Interpretaçao,(p. 350): Caeiro tiene una disciplina:
las cosas tienen que ser sentido tal como son. Ricardo Reis tiene otra
disciplina diferente: las cosas deben ser sentidas, no sólo como son,
también de modo que se integren en un cierto ideal de medida y reglas
clásicas.
Se
asocia todavía el paganismo de Caeiro y sus concepciones del mundo al
estoicismo y al epicureismo (según Frederico Reis la filosofía de la
obra de Ricardo Reis se resume en un epicureismo triste - in Páginas
Intimas e Auto Interpretaçao, p.386). Su forma de expresión la va a
buscar a los poetas latinos, de acuerdo a su formación, y afirma, por
ejemplo, que debe haber, en el más pequeño poema de un poeta, cualquier
cosa donde se note que existió Homero (Páginas Intimas e Auto Interpretaçao,
p.393).
Alberto Caeiro, el maestro, en torno al cual se determinan los otros
heterónimos, nació en abril de 1889 en Lisboa, pero vivió la mayor parte
de su vida en una quinta en el Ribatejo, donde conocería a Alvaro de
Campos. Su educación se limitó a la instrucción primaria, lo que combina
con su simplicidad y naturalidad que reclama para sí mismo. Rubio, de
ojos azules, estatura media, un poco más bajo que Ricardo Reis, está
dotado de una apariencia muy diferente al de los otros heterónimo. También
es frágil, aunque no lo aparenta mucho, y murió, precozmente (tuberculoso),
en 1915. El maestro es aquel de cuya biografía menos se ocupa Pessoa.
Su vida eran sus poemas, como dice Ricardo Reis: La vida de Caeiro no
puede narrarse pues no hay en ella más que contar. Sus poemas son lo
que hubo en su vida. En todo lo demás no hubo incidentes, ni hay historia
(en Páginas Intimas e Auto Interpretaçao, p. 330).
Aparece a Fernando Pessoa el día 8 de marzo de 1914, de forma aparentemente
no planeada, en una altura en que el poeta se debatía con la necesidad
de ultrapasar el paulismo, el subjetivismo y el misticismo. Es en ese
momento conflictuoso que aparece, de repente, una voz que se ríe de
esos misticismos, que rabia contra el ocultismo, niega lo trascendental,
defendiendo la sinceridad de la producción poética, un ser manifiestamente
apologista de la simplicidad, de la serenidad y nitidez de las cosas,
un ser dotado de una naturaleza positivo-materialista y que rechaza
doctrinas y filosofías. Es este ser que en el día 8 de marzo escribe
de corrido más de 30 poemas de O Guardador de Rebanhos. Gran parte de
la producción poética de Ricardo Reis parece haber sido siempre escrita
de este modo impetuoso en momentos de súbita inspiración. A esa voz,
Fernando Pessoa da el nombre de Alberto Caeiro.
Alberto Caeiro da también voz al paganismo. Según Fernando Pessoa, la
obra de Caeiro representa una reconstrucción integral del paganismo,
en su esencia absoluta, tal como ni los griegos ni los romanos que vivieron
en él y por eso no pensaran, lo que pudrían hacer.
Se
presenta como el poeta de las sensaciones; su poesía sensacionalista
se asienta en las sustitución del pensamiento por la sensación (soy
un guardador de repaños/ el reballo es mis pensamientos/ y mis pensamientos
son todos sensaciones). Alberto Caeiro es el poeta de la naturaleza,
el poeta de actitud antimística (si quisieran que yo tuviera misticismo,
está bien, lo tengo/ soy místico, poro sólo como cuerto/ mi alma simplemente
no piensa/mi misticismo es no querer saber/ y vivir es no pensar en
eso).
Es el poeta del objetivismo absoluto. Ricardo Reis afirma que Caeiro,
en su objetivismo tota, o, antes, en su tendencia constante hacia un
objetivismo total, es frecuentemente más griego que los propios griegos.
Es también el poeta que repudia las filosofías cuando escribe, por ejemplo,
que los poetas místicos son filósofos enfermos (doentes)/ y los filósofos
son hombres dolidos y que niega el misterio y en lo que a la búsqueda
del sentido íntimo de las cosas: El único sentido íntimo de las cosas/
Es que ellas no tienen ningún sentido íntimo...
Fernando Pessoa dejó un texto en que explicita el valor de Caeiro y
un mensaje que este poeta nos dejó y puede servir de base para la comprensión
de su obra:
A un mundo sumergido en diversos géneros de subjetivismo viene a surgir
el Objetivismo Absoluto, más absoluto de lo que los objetivistas paganos
tuvieron jamás. A un mundo ultracivilizado viene a sustituir una Naturaleza
Absoluta. A un mundo hundido en humanitarismos, en problemas operarios,
en sociedades éticas, en movimientos sociales, tras un desprecio absoluto
por el destino y por la vida del hombre, lo que, puede considerarse
excesivo, es al final natural para él un correctivo magnífico. (Páginas
Intimas e Autointerpretaçao, p.375)
Alvaro de Campos nació en 1890 en Tavira y es ingeniero de profesión.
Estudión ingeniería en Escocia, se formó en Glasgow, en ingeniería naval.
Visitó oriente y durante esa visita, a bordo, en el Canal de Suez, escribe
el poema Opiário, dedicado a Mario de Sá-Carneiro. Desilusionado de
esa visita, regresa a Portugal donde lo espera el encuentro con el maestro
Caeiro, y el inicio de un intenso viaje por las teorías del sensacionismo
y del futurismo o del interseccionismo. Lo espera aún un cansancio y
un sonambulismo poético como el prevé en el poema Opiario: Vuelvo a
Europa descontento, y de paso/ de llegar a ser un poeta sonambólico.
Conoció a Alberto Caeiro en una visita al Ribatejo y se convirtió en
su discípulo: Lo que el maestro Caeiro me enseñó fue a tener claridad;
equilibrio, organismo en el delirio y en el desvairamiento, y también
me enseñó a procurar no tener filosofía ninguna, pero con alma (Páginas
Intimas e Auto Interpretaçao, p.405)
Se distancia entre tanto, mucho del maestro al aproximarse a movimientos
modernistas como el futurismo y el sensacionismo. Se distancia del objetivismo
del maestro y percibe las sensaciones distanciándose del objeto y centrándose
en el sujeto, cuando, pues, en el subjetivismo que acabará por encaminarse
por la conciencia del absurdo, por la experiencia del tedio, de la desilusión
(grandes son los desiertos, y todo es desierto/ grande es la vida, y
no vale la pena haber vivido) y de la fatiga (lo que hay en mi es sobre
todo cansancio/ no de esto ni de aquello,/ sin siquiera de todo o de
nada:/ cansancio así mismo, él mismo, /Cansancio).
Alvaro de Campos experimentara la civilización y admira la energía y
la fuerza, transportándolas para el dominio de su creación poética,
nombrandamente en los textos Ultimatum y Ode Triunfal. Alvaro de Campos
es el poeta modernista, que escribe las sensaciones de la energía y
del movimiento así como, las sensaciones de sentir todo de todas las
maneras. Es el poeta que más expresa los postulados del Sensacionismo,
elevando al exceso ese ansia de sentir, de percepcionar toda la complejidad
de las sensaciones.
Su primera composición data de 1914 y todavía el 12 de octubre de 1935
firmaba poesías, o sea, poco antes de la muerte de Fernando Pessoa,
el cual dejara de escribir textos antes que Alvaro de Campos.
Semiheterónimos
Además de los heterónimos Alvaro de Campos, Alberto Caeiro y Ricardo
Reis, Pessoa escribió una serie de textos atribuidos a unos semi-heterónimos,
personajes no totalmente independientes de la figura del poeta. Entre
ellos se encuentran:
Pero Botelho: escribió una serie de cuentos como El Prior de Burcos,
Cuaresma, La Muerte del Dr. Cerdeira, La experiencia del Dr. Lacroix,
El Eremita de la Sierra negra, El vencedor del tiempo, de los cuales
sólo se conservan algunos fragmentos.
Antonio Mora: Filósofo, escribió varios textos sobre el paganismo, y
sobre los heterónimos como el libro Alberto Caeiro y la renobación del
paganismo, en el que cuenta la relación maestro-discípulo que había
entre los heterónimos y reflexiona sobre sus posturas paganas.
Fausto: A este semi-heterónimo se le atribuye un poema dramático incompleto
en es que se hace una reflexión sobre el conocimiento, el mundo, el
placer y el amor, la muerte ...
Alexander Search: Uno de los primeras personalidades que aparecen en
Pessoa autor de sus primeras composiciones. Escribe en inglés.
Bernardo Soares: Contable al que se le atribuye el Libro del Desasosiego,
publicado en 1982. También escribió algunos poemas.
Frederico Reis: Es el hermano del heterónimo Ricardo Reis.
Barón de Teive: Sólo se conocen notas sueltas para un libro que no llegó
a terminar como La educación del estoico. Al igual que Soares, Pessoa
afirma que nació a partir de rasgos particulares de su personalidad.
Viciente Guedes: Hay teorías que afirman que fue el primer autor del
Libro del Desasosiego aunque algunos de los textos incluidos en este
libro fueron publicados con anterioridad adjudicandose su autoría el
propio Pessoa.
Por último decir que en otras ocasiones Pessoa escribía bajo su propia
personalidad pero tras un seudónimo, algunos de ellos fueron:
Raphael Baldaya
A.A.Cross
Thomas Crosse
Pantaleao
Chevalier de Pas
Charles Robert Anon
Maria Jose
Adolf Moscow
Jean Seul de Méleuret
Fuente: http://www.ufp.pt/ Universidad Fernando Pessoa - Portugal [Nota:
los errores ortográficos son del original]
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Fernando Pessoa - El banquero anarquista
[Traducción de Rodolfo Alonso]
Indice
Nota previa
El banquero anarquista
Apéndice
Traducción al inglés
Textos
alternativos y complementarios
Epílogo
Nota
previa
Esta edición de El banquero anarquista reproduce el texto
publicado en vida por Fernando Pessoa, en 1922, en la revista
Contemporánea (Nº 1, mayo, pp. 5-21). Se procedió, no obstante,
a la actualización de la ortografía, así como a la homologación
en el uso de la abreviatura ud. (usted) que, seguramente por
desliz tipográfico, aparece escrita, en mitad de la frase, a
veces con u minúscula y a veces con u mayúscula.
Se publican también, en el Apéndice, algunos textos existentes
en el Legado de la Biblioteca Nacional de Lisboa: la traducción
al inglés, hecha por el propio poeta, de las primeras dos
páginas del texto de 1922 (dos hojas mecanografiadas con cuatro
agregados a mano); los distintos escritos (manuscritos,
mecanografiados o mixtos) destinados a una proyectada edición
corregida y aumentada de la novela, que no llegaría a
concretarse, ni siquiera a ser concluida por el autor.
Esos textos se presentan, en el Legado, en estado de borrador,
sin indicación del lugar exacto del texto original donde
deberían ser insertados. En su fijación, se remiten como nota al
pie a las variantes encaradas por Fernando Pessoa, entendiéndose
por variante la palabra o palabras agregadas sobre, bajo, a
continuación (entre paréntesis) o al margen de una palabra o
expresión, con vistas a una posible alteración del texto, así
como el señalamiento de las palabras dudosas, esto es,
consideradas de redacción provisoria por el autor. Se corrigen
también algunos lapsus evidentes de redacción y se utiliza la
señal convencional , siempre que aparece un espacio en blanco
dejado por Pessoa.
Cada texto del Apéndice es precedido por el número de la
referencia que consta en el Legado y por la indicación de la
forma en que se presenta: manuscrito [Ms. ], mecanografiado
[Mee. ] o mecanografiado con agregados a mano [Mixto].
La presentación de estos textos alternativos y complementarios
se hace según el orden de catalogación de la Biblioteca
Nacional, atendiendo al hecho de que no siempre es posible
determinar, con rigor, el lugar de su inserción en la versión de
1922, ya que algunos de ellos podrían, inclusive, venir a
sustituir por completo muchos parágrafos del texto publicado,
independientemente de su secuencia, y de que otros, además, no
tienen ningún antecedente discursivo que remita a ellos.
.
El banquero anarquista
Habíamos
concluido de cenar. Frente a mí, el banquero, mi amigo, gran
comerciante y acaparador notable, fumaba como quien no piensa.
La conversación, que había ido apagándose, yacía muerta entre
nosotros. Intenté reanimarla, al azar, sirviéndome de una idea
que me pasó por el pensamiento. Me di vuelta hacia él,
sonriendo.
-Es verdad: me dijeron hace días que ud. en sus tiempos fue
anarquista...
-Fui, no: fui y soy. No cambié con respecto a eso. Soy
anarquista.
-¡Ésa sí que es buena! ¡Usted anarquista! ¿En qué es ud.
anarquista?... Sólo si ud. le da a la palabra cualquier sentido
diferente...
-¿Del habitual? No; no se lo doy. Empleo la palabra en el
sentido habitual.
-¿Quiere ud. decir, entonces, que es anarquista exactamente en
el mismo sentido en que son anarquistas esos tipos de las
organizaciones obreras? ¿Entonces entre ud. y esos tipos de la
bomba y de los sindicatos no hay ninguna diferencia?
-Diferencia, diferencia, hay. Evidentemente que hay diferencia.
Pero no es la que ud. cree. ¿Ud. duda quizás de que mis teorías
sociales no sean iguales a las de ellos?...
-¡Ah, ya me doy cuenta! Ud., en cuanto a las teorías, es
anarquista; en cuanto a la práctica...
-En cuanto a la práctica soy tan anarquista como en cuanto a las
teorías. Y en la práctica soy más, mucho más anarquista que esos
tipos que ud. citó. Toda mi vida lo demuestra.
-¿¡Qué!?
-Toda mi vida lo demuestra, hijo. Ud. es el que nunca prestó a
estas cosas una atención lúcida. Por eso le parece que estoy
diciendo una burrada, o si no, que estoy jugándole una broma.
-¡Pero, hombre, yo no entiendo nada!... A no ser..., a no ser
que ud. juzgue su vida disolvente y antisocial y le dé ese
sentido al anarquismo...
-Ya le dije que no; esto es, ya le dije que no doy a la palabra
anarquismo un sentido diferente del habitual.
-Está bien... continúo sin entender... Pero, hombre, ¿ud. quiere
decir que no hay diferencia entre sus teorías verdaderamente
anarquistas y la práctica de su vida, la práctica de su vida
como ella es ahora? ¿Ud. quiere que yo crea que ud. tiene una
vida exactamente igual a la de los tipos que habitual-mente son
anarquistas?
-No; no es eso. Lo que yo quiero decir es que entre mis teorías
y la práctica de mi vida no hay ningún desacuerdo, sino una
conformidad absoluta. De allí que no tenga una vida como la de
los tipos de los sindicatos y de las bombas, eso es verdad. Pero
es la vida de ellos la que está fuera del anarquismo, fuera de
sus ideales. La mía no. En mí, sí, en mí, banquero, gran
comerciante, acaparador si ud. quiere, en mí la teoría y la
práctica del anarquismo están reunidas y ambas son verdaderas.
Ud. me comparó con esos tontos de los sindicatos y de las bombas
para indicar que soy diferente de ellos. Lo soy, pero la
diferencia es ésta: ellos (sí, ellos y no yo) son anarquistas
sólo en la teoría; yo lo soy en la teoría y en la práctica.
Ellos son anarquistas y estúpidos, yo anarquista e inteligente.
Es decir, mi viejo, soy yo quien es el verdadero anarquista.
Ellos, los de los sindicatos y las bombas (yo también estuve
allí y salí de allí precisamente a causa de mi verdadero
anarquismo), ellos son la basura del anarquismo, los hembras de
la gran doctrina libertaria.
-¡Eso ni el diablo lo ha oído! ¡Eso es espantoso! ¿Pero cómo
concilia ud. su vida, quiero decir su vida bancaria y comercial,
con las teorías anarquistas? ¿Cómo lo concilia ud., si dice que
por teorías anarquistas entiende exactamente lo que los
anarquistas ordinarios entienden? ¿Y ud., todavía por encima, me
dice que es diferente de esa gente por ser más anarquista que
ellos, no es verdad?
-Exactamente.
-No entiendo nada.
-¿Pero ud. pone empeño en entender?
-Todo el empeño.
Él se quitó de la boca el cigarro, que se había apagado; volvió
a encenderlo lentamente; miró el fósforo que se extinguía; lo
depositó suavemente en el cenicero; después, irguiendo la
cabeza, por un momento inclinada, dijo:
-Oiga. Yo nací del pueblo y en la clase obrera de la ciudad. De
bueno no heredé nada, como puede imaginar, ni la condición ni
las circunstancias. Apenas me aconteció tener una inteligencia
naturalmente lúcida y una voluntad un tanto más fuerte. Pero
ésos eran dones naturales, que mi bajo nacimiento no me podía
quitar.
"Fui obrero, trabajé, viví una vida ajustada; fui, en resumen,
lo que la mayoría de la gente es en aquel medio. No digo que
absolutamente pasase hambre, pero anduve cerca. Por otra parte,
podía haberla pasado, que eso no hubiera alterado nada de lo que
sucedió o de lo que voy a exponerle, ni de lo que fue mi vida ni
de lo que ella es ahora.
"Fui un obrero común, en suma; como todos, trabajaba porque
tenía que trabajar, y trabajaba lo menos posible. Lo que yo era,
era inteligente. Siempre que podía, leía cosas, discutía cosas
y, como no era loco, nació en mí una gran insatisfacción y una
gran rebelión contra mi destino y contra las condiciones
sociales que lo hacían así. Ya le dije que, hablando claro, mi
destino podía haber sido peor de lo que era; pero en aquel
entonces me parecía que yo era un ente a quien la Suerte había
hecho todas las injusticias juntas, y que se había servido de
las convenciones sociales para hacérmelas. Esto era así allá por
mis veinte años, veintiuno a lo sumo, que fue cuando me volví
anarquista.
Se detuvo un momento. Se volvió un poco más hacia mí. Continuó,
inclinándose todavía más.
-Fui siempre más o menos lúcido. Me sentí sublevado. Quise
entender mi rebelión. Me volví anarquista consciente y convicto:
el anarquista consciente y convicto que ahora soy.
-¿Y la teoría que ud. tiene hoy es la misma que tenía en ese
entonces?
-La misma. La teoría anarquista, la verdadera teoría, es una
sola. Tengo la que siempre tuve, desde que me volví anarquista.
Ud. ya va a ver... Le iba diciendo que, como era lúcido por
naturaleza, me volví anarquista consciente. ¿Pero qué es un
anarquista? Es un sublevado contra la injusticia de que nazcamos
desiguales socialmente; en el fondo es sólo eso. Y de ahí
resulta, como es evidente, la rebelión contra las convenciones
sociales que volvieron esa desigualdad posible. Lo que le estoy
indicando ahora es el camino psicológico, esto es, cómo es que
la gente se vuelve anarquista; ya vamos a la parte teórica del
asunto. Por ahora, comprenda ud. bien cuál sería la rebelión de
un tipo inteligente en mis circunstancias. ¿Qué es lo que ve por
el mundo? Uno nace hijo de un millonario, protegido desde la
cuna contra aquellos infortunios, y no son pocos, que el dinero
puede evitar o atenuar; otro nace miserable, para ser, cuando
niño, una boca más en una familia donde las bocas resultan de
sobra para la comida que puede haber. Uno nace conde o marqués,
y tiene por eso la consideración de todo el mundo, haga lo que
haga; otro nace así, como yo, y tiene que andar derechito como
una plomada para ser al menos tratado como gente. Unos nacen en
tales condiciones que pueden estudiar, viajar, instruirse,
volverse (puede decirse) más inteligentes que otros que
naturalmente lo son más. Y así por ahí adelante, y en todo...
"Las injusticias de la Naturaleza, vaya, no las podemos evitar.
Ahora las de la sociedad y de sus convenciones, ésas, ¿por qué
no evitarlas? Acepto, no tengo incluso otro remedio, que un
hombre sea superior a mí por lo que la Naturaleza le dio: el
talento, la fuerza, la energía, no acepto que él sea mi superior
por cualidades postizas, con las que no salió del vientre de su
madre, sino que le ocurrieron por azar después que apareció por
aquí: la riqueza, la posición social, la vida fácil, etcétera.
Fue de la rebelión que le estoy pintando, por estas
consideraciones, que nació mi anarquismo de entonces: el
anarquismo que, ya le dije, mantengo hoy sin ninguna alteración.
Se detuvo otra vez un momento, como pensando la forma en que iba
a proseguir. Aspiró y exhaló el humo lentamente, hacia el lado
opuesto al mío. Se volvió e iba a proseguir. Yo, sin embargo, lo
interrumpí.
-Una pregunta, por curiosidad... ¿Por qué es que ud. se volvió
precisamente anarquista? Ud. podía haberse vuelto socialista, o
cualquier otra cosa avanzada que no fuese tan lejos. Todo eso
estaba dentro de su rebelión... Deduzco de lo que ud. dice que
por anarquismo entiende (y me parece que está bien como
definición de anarquismo) la rebelión contra todas las
convenciones y fórmulas sociales y el deseo y el esfuerzo para
abolirías todas...
-Eso mismo.
-¿Por qué escogió ud. esa fórmula extrema y no se decidió por
cualquiera de las otras... de las intermedias?
-Se lo digo. Medité todo eso. Está claro que en los folletos que
yo leía se encontraban todas esas teorías. Escogí la doctrina
anarquista, la teoría extrema, como ud. muy bien dice, por las
razones que le voy a decir en dos palabras.
Miró un momento hacia ninguna parte. Después se volvió hacia mí.
-El mal verdadero, el único mal, son las convenciones y las
ficciones sociales, que se sobreponen a las realidades
naturales; todo, desde la familia al dinero, desde la religión
al Estado. La gente nace hombre o mujer: quiero decir, nace para
ser, una vez adulto, hombre o mujer; no nace, en buena justicia
natural, ni para ser marido ni para ser rico o pobre, como
tampoco nace para ser católico o protestante, o portugués o
inglés. Es todas esas cosas en virtud de las ficciones sociales.
¿Pero por qué esas ficciones sociales son malas? Porque son
ficciones, porque no son naturales. Tan malo es el dinero como
el Estado, la constitución de la familia como las religiones. Si
hubiera otras, que no fueran éstas, serían igualmente malas,
porque también serían ficciones, porque también se sobrepondrían
y estorbarían a las realidades naturales. Pero cualquier sistema
que no sea el puro sistema anarquista, que quiere la abolición
de todas las ficciones y de cada una de ellas completamente, es
una ficción también. Emplear todo nuestro deseo, todo nuestro
esfuerzo, toda nuestra inteligencia, para implantar, o
contribuir a implantar, una ficción social en vez de otra, es un
absurdo, cuando no resulte incluso un crimen, porque es provocar
una perturbación social con el fin expreso de dejar todo igual.
Si encontramos injustas las ficciones sociales, porque aplastan
y oprimen lo que es natural en el hombre, ¿para qué emplear
nuestro esfuerzo en sustituirlas por otras ficciones, si lo
podemos emplear para destruirlas a todas?
"Eso me parece que es concluyente. Pero supongamos que no lo es;
supongamos que nos objetan que todo eso es muy exacto, pero que
el sistema anarquista no es realizable en la práctica. Vamos
ahora a examinar esa parte del problema.
"¿Por qué es que el sistema anarquista no sería realizable?
Todos nosotros, los avanzados, partimos del principio, no sólo
de que el actual sistema es injusto, sino de que hay ventaja,
porque hay justicia, en sustituirlo por otro más justo. Si no
pensamos así, no somos avanzados sino burgueses. ¿Pero de dónde
viene este criterio de justicia? De lo que es natural y
verdadero, en oposición a las ficciones sociales y a las
mentiras de la convención. Pero lo que es natural es lo que es
enteramente natural, no lo que es mitad, o un cuarto, o un
octavo de natural. Muy bien. Ahora, de dos cosas, una: o lo
natural es realizable socialmente o no lo es, en otras palabras,
o la sociedad puede ser natural o la sociedad es esencialmente
ficción y no puede ser natural de ninguna manera. Si la sociedad
puede ser natural, entonces puede existir la sociedad
anarquista, o libre, y debe haberla, porque ella es la sociedad
enteramente natural. Si la sociedad no puede ser natural, si
(por cualquier razón que no importa) tiene forzosamente que ser
ficción, entonces del mal el menor; hagámosla, dentro de esa
ficción inevitable, lo más natural posible, para que sea, por
eso mismo, lo más justa posible. ¿Cuál es la ficción más
natural? Ninguna es natural en sí, porque es ficción; la más
natural, en este, nuestro caso, será aquella que parezca más
natural, que se sienta como más natural. ¿Cuál es la que parece
más natural, o que sentimos como más natural? Es aquella a la
que estamos habituados. (Ud. comprende: lo que es natural es lo
que es del instinto; y lo que, no siendo instinto, se parece en
todo al instinto es el hábito. Fumar no es natural, no es una
necesidad del instinto; pero si nos habituamos a fumar, nos
parece natural, pasa a ser sentido como una necesidad del
instinto. ) ¿Pero cuál es la ficción social que constituye un
hábito nuestro? Es el actual sistema, el sistema burgués.
Tenemos pues, en buena lógica, que o encontramos posible la
sociedad natural, y seremos defensores del anarquismo o no la
juzgamos posible, y seremos defensores del régimen burgués. No
hay hipótesis intermedia. ¿Entendió?...
-Sí, señor; eso es concluyente.
-Todavía no es tan concluyente... Todavía hay otra objeción del
mismo género que liquidar... Puede aceptarse que el sistema
anarquista es realizable, pero puede dudarse de que sea
realizable de repente', esto es, que se pueda pasar de la
sociedad burguesa a la sociedad libre sin que haya uno o más
estadios o regímenes intermedios. Quien haga esta objeción
acepta como buena, y como realizable, la sociedad anarquista;
pero intuye que tiene que haber un estadio cualquiera de
transición entre la sociedad burguesa y ella.
"Ahora bien, supongamos que es así. ¿Qué es ese estadio
intermedio? Nuestro fin es la sociedad anarquista o libre; ese
estadio intermedio sólo puede ser, en consecuencia, un estadio
de preparación de la humanidad para la sociedad libre. Esa
preparación o es material o es simplemente mental; esto es, o es
una serie de realizaciones materiales o sociales que van
adaptando a la humanidad a la sociedad libre, o es una simple
propaganda gradualmente creciente e influyente que la va
preparando mentalmente a desearla o a aceptarla.
"Vamos al primer caso: la adaptación gradual y material de la
humanidad a la sociedad libre. Es imposible; es más que
imposible, es absurdo. No hay adaptación material sino a una
cosa que ya hay. Ninguno de nosotros se puede adaptar
materialmente al medio social del siglo XXIII, aunque sepa lo
que será; y no se puede adaptar materialmente porque el siglo
XXIII y su medio social no existen materialmente todavía. Así,
llegamos a la conclusión de que, en el pasaje de la sociedad
burguesa a la sociedad libre, la única parte que puede haber de
adaptación, de evolución o de transición es mental, es la
gradual adaptación de los espíritus a la idea de la sociedad
libre... En todo caso, en el campo de la adaptación material,
todavía hay una hipótesis...
-¡Caramba con tanta hipótesis!...
-Ah, hijo, el hombre lúcido tiene que examinar todas las
objeciones posibles y refutarlas antes de poder considerarse
seguro de su doctrina. Y además, todo esto es en respuesta a una
pregunta que ud. me hizo...
-Está bien.
-En el campo de la adaptación material, decía yo, hay en todo
caso otra hipótesis. Es la de la dictadura revolucionaria.
-¿Cómo? ¿De la dictadura revolucionaria?
-Como yo le expliqué, no puede haber adaptación material a una
cosa que no existe, materialmente, aún. Pero si, por un
movimiento brusco, se hiciera la revolución social, queda
implantada ya, no la sociedad libre (porque para ella la
humanidad no puede tener todavía preparación), sino una
dictadura de aquellos que quieren implantar la sociedad libre.
Pero existe ya, aunque en esbozo o en comienzo, existe ya
materialmente algo de la sociedad libre. Hay ya por lo tanto una
cosa material, a que la humanidad se adapte. Es éste el
argumentó con que los cuadrúpedos que defienden la "dictadura
del proletariado" la defenderían si fuesen capaces de argumentar
o de pensar. El argumento, está claro, no es de ellos: es mío.
Me lo pongo, como objeción, a mí mismo. Y, como le voy a
demostrar..., es falso.
"Un régimen revolucionario, en cuanto existe, y sea cual fuere
el fin al que se dirige o la idea que lo conduce, es
materialmente sólo una cosa, un régimen revolucionario. Pero un
régimen revolucionario quiere decir una dictadura de guerra o,
en las verdaderas palabras, un régimen militar despótico, porque
el estado de guerra le es impuesto a la sociedad por una parte
de ella, aquella parte que asumió revolucionariamente el poder.
¿Qué es lo que resulta? Resulta que quien se adapte a ese
régimen, como la única cosa que él es materialmente,
inmediatamente, es un régimen militar despótico, se adapta a un
régimen militar despótico. La idea, que condujo a los
revolucionarios, el fin hacia el que se dirigían, desapareció
por completo de la realidad social, que es ocupada
exclusivamente por el fenómeno guerrero. De modo que lo que sale
de una dictadura revolucionaria, y tanto más completamente
saldrá, cuanto más tiempo dure esa dictadura, es una sociedad
guerrera de tipo dictatorial, esto es, un despotismo militar. Ni
tampoco podía ser otra cosa. Y fue siempre así. Yo no sé mucha
historia, pero lo que sé coincide con esto, ni podía dejar de
coincidir... ¿Qué salió de las agitaciones políticas de Roma? El
Imperio Romano y su despotismo militar. ¿Qué salió de la
Revolución Francesa? Napoleón y su despotismo militar. Y ud.
verá lo que sale de la Revolución Rusa... Algo que va a atrasar
decenas de años la realización de la sociedad libre... También,
¿qué podía esperarse de un pueblo de analfabetos y de
místicos?...
"En fin, esto ya está fuera de la conversación... ¿Ud. entendió
mi argumento?
-Lo entendí perfectamente.
-Ud. comprende por consiguiente que yo llegué a esta conclusión:
Fin: la sociedad anarquista, la sociedad libre; medio: el
pasaje, sin transición, de la sociedad burguesa a la sociedad
libre. Este pasaje sería preparado y vuelto posible por una
propaganda intensa, completa, absorbente, en forma tal de
predisponer a todos los espíritus y debilitar todas las
resistencias. Está claro que por "propaganda" no entiendo sólo
la de la palabra escrita y hablada: entiendo todo, acción
indirecta o directa, cuanto puede predisponer a la sociedad
libre y debilitar la resistencia a su venida. Así, no teniendo
casi ninguna resistencia que vencer, la revolución social,
cuando viniese, sería rápida, fácil, y no tendría que establecer
ninguna dictadura revolucionaria, por no tener contra quién
aplicarla. Si esto no puede ser así, es que el anarquismo es
irrealizable; y si el anarquismo es irrealizable, sólo es
defendible y justa, como ya le demostré, la sociedad burguesa.
"Ahí tiene ud. por qué y cómo me volví anarquista, y por qué es
que rechacé, como falsas y antinaturales, las otras doctrinas
sociales de menor osadía.
"Y rápido... Vamos a continuar mi historia. Hizo estallar un
fósforo y encendió lentamente el cigarro. Se concentró y
enseguida prosiguió.
-Había otros varios muchachos con las mismas opiniones que yo.
La mayoría eran obreros, pero había uno u otro que no lo era; lo
que éramos todos, era pobres y, que yo recuerde, no éramos muy
estúpidos. Había una cierta voluntad de instruirse, de saber
cosas, y al mismo tiempo una voluntad de propaganda, de esparcir
nuestras ideas. Queríamos para nosotros y para los otros, para
la humanidad entera, una sociedad nueva, libre de todos estos
preconceptos, que hacen a los hombres desiguales artificialmente
y les imponen inferioridades, sufrimientos, estrecheces, que la
Naturaleza no les había impuesto. En mi caso, lo que leía me
reafirmaba en estas opiniones. En libros libertarios baratos,
los que había en ese tiempo, y ya eran bastantes, leí casi todo.
Fui a conferencias y reuniones de los propagandistas de la
época. Cada libro y cada discurso me convencía más de la certeza
y de la justicia de mis ideas. Lo que yo pensaba entonces, le
repito, mi amigo, es lo que pienso hoy; la única diferencia es
que entonces sólo lo pensaba, y hoy lo pienso y lo practico.
-Pues sí; eso, hasta donde veo, está muy bien. Está muy claro
que ud. se volviese anarquista de esa manera, y veo
perfectamente que ud. era anarquista. No necesito más pruebas de
eso. Lo que yo quiero saber es cómo es que de ahí salió el
banquero... cómo es que salió de ahí sin contradicción... Esto
es, más o menos ya calculo...
-No, no calcula nada... Yo sé lo que ud. quiere decir... Ud. se
basa en los argumentos que me acaba de oír y juzga que yo
encontré al anarquismo irrealizable y por eso, como le dije,
sólo defendible y justa a la sociedad burguesa, ¿no es así?...
-Sí, pensé que sería más o menos eso...
-¿Pero cómo podía serlo, si desde el principio de la
conversación le tengo dicho y repetido que soy anarquista, que
no sólo lo fui sino que continúo siéndolo? Si yo me hubiera
vuelto banquero y comerciante por la razón que ud. juzga, yo no
sería anarquista, sería burgués.
-Sí, ud. tiene razón... ¿Pero entonces cómo diablos... ? Vamos,
vaya diciendo...
-Como le dije, yo era (fui siempre) más o menos lúcido, y
también un hombre de acción. Ésas son cualidades naturales; no
me las pusieron en la cuna (si es que tuve cuna), soy yo el que
las llevó allí. Pues bien. Siendo anarquista yo encontraba
insoportable ser anarquista sólo pasivamente, sólo para ir a
escuchar discursos y hablar de eso con los amigos. No: ¡era
necesario hacer algo! ¡Era necesario trabajar y luchar por la
causa de los oprimidos y de las víctimas de las convenciones
sociales! Decidí ponerle el hombro a eso, según pudiese. Me puse
a pensar cómo es que yo podría ser útil a la causa libertaria.
Me puse a trazar mi plan de acción.
"¿Qué es ser anarquista? La libertad, la libertad para uno y
para los otros, para la humanidad entera.
Querer estar libre de la influencia o de la presión de las
ficciones sociales, querer ser libre tal como se nació y
apareció en el mundo, que es como en justicia debe ser, y querer
esa libertad para uno y para todos los demás. No todos pueden
ser iguales frente a la Naturaleza: unos nacen altos, otros
bajos; unos fuertes, otros débiles; unos más inteligentes, otros
menos... Pero todos pueden ser iguales de ahí en adelante; sólo
las ficciones sociales lo impiden. Esas ficciones sociales son
las que era necesario destruir.
"Era necesario destruirlas... Pero no se me escapó una cosa: era
necesario destruirlas pero en beneficio de la libertad, y
teniendo siempre en vista la creación de una sociedad libre.
Porque eso de destruir las ficciones sociales tanto puede ser
para crear libertad, o preparar el camino de la libertad, como
para establecer otras ficciones sociales diferentes, igualmente
malas porque son igualmente ficciones. Aquí es donde se
necesitaba cuidado. Era necesario acertar con un proceso de
acción, cualquiera que fuese su violencia o su no violencia
(porque contra las injusticias sociales todo era legítimo), por
el cual se contribuyese a destruir las ficciones sociales sin,
al mismo tiempo, perjudicar la creación de la libertad futura;
creando allí mismo, en el caso de que fuese posible, algo de la
libertad futura.
"Es claro que esta libertad, que se debe tener cuidado de no
perjudicar, es la libertad futura y, en el presente, la libertad
de los oprimidos por las ficciones sociales. Claro está que no
tenemos que fijarnos en no perjudicar la "libertad" de los
poderosos, de los bien situados, de todos quienes representan
las ficciones sociales y tienen ventajas en ellas. Ésa no es
libertad; es la libertad de tiranizar, que es lo contrario de la
libertad. Ésa, por el contrario, es la que más debíamos pensar
en perjudicar y en combatir. Me parece que esto está claro...
-Está clarísimo. Continúe...
-¿Para quién quiere el anarquista la libertad? Para la humanidad
entera. ¿Cuál es la manera de conseguir la libertad para la
humanidad entera? Destruir por completo todas las ficciones
sociales. ¿Cómo se podrían destruir por completo todas las
ficciones sociales? Ya le anticipé la explicación cuando, con
motivo de su pregunta, discutí los otros sistemas avanzados y le
expliqué cómo y por qué era anarquista... ¿Ud. se acuerda de mi
conclusión?...
-Me acuerdo...
-... Una revolución social súbita, brusca, aplastante, haciendo
pasar a la sociedad, de un salto, del régimen burgués a la
sociedad libre. Esta revolución social preparada por un trabajo
intenso y continuado, de acción directa e indirecta, tendiente a
predisponer a todos los espíritus para la llegada de la sociedad
libre, y a debilitar hasta un estado comatoso todas las
resistencias de la burguesía. Me excuso de repetirle las razones
que llevan inevitablemente a esta conclusión, dentro del
anarquismo; ya se las expuse y ud. ya las entendió.
-Sí.
-Esa revolución sería preferiblemente mundial, simultánea en
todos los puntos, o los puntos importantes del mundo; o no
siendo así, partiendo rápidamente de unos a otros, pero, a pesar
de todo, en cada punto, esto es, en cada nación, fulminante y
completa.
"Muy bien. ¿Qué podía hacer yo con ese fin? Por mí solo, no
podría hacerla a ella, a la revolución mundial, ni siquiera
podría hacer la revolución completa en la parte relacionada con
el país en donde estaba. Lo que podía era trabajar, en la entera
medida de mi esfuerzo, para preparar esa revolución. Ya le
expliqué cómo: combatiendo, por todos los medios accesibles, las
ficciones sociales; no perjudicando nunca al hacer ese combate o
la propaganda de la sociedad libre, ni la libertad futura ni la
libertad presente de los oprimidos; creando ya, de ser posible,
algo de la futura libertad.
Exhaló el humo; hizo una leve pausa, volvió a comenzar.
-Entonces aquí, mi amigo, puse yo mi lucidez en acción. Trabajar
para el futuro está bien, pensé; trabajar para que los otros
tengan libertad está perfecto. ¿Pero entonces yo?, ¿yo no soy
nadie? Si yo fuese cristiano, trabajaría alegremente por el
futuro de los otros, porque iba a tener mi recompensa en el
cielo; pero también, si yo fuese cristiano, no sería anarquista,
porque entonces las tales desigualdades sociales no tendrían
importancia en nuestra corta vida: serían sólo condiciones de
nuestra prueba y serían recompensadas en la vida eterna. Pero yo
no era cristiano, como no lo soy, y me preguntaba: ¿pero por
quién y por qué me voy a sacrificar en todo esto? Más todavía:
¿parquees que me voy a sacrificar?
"Tuve momentos de descreimiento; y ud. comprende que era
justificado... Soy materialista, pensaba; no tengo más vida que
ésta, ¿para qué voy a atormentarme con propagandas y
desigualdades sociales y otras historias, cuando podría gozar y
entretenerme mucho más si no me preocupara de eso? Quien tiene
sólo esta vida, quien no cree en la vida eterna, quien no admite
más ley que la Naturaleza, quien se opone al Estado porque él no
es natural, al casamiento porque él no es natural, al dinero
porque él no es natural, a todas las ficciones sociales porque
ellas no son naturales, ¿por qué motivo es que defiende el
altruismo y el sacrificio por los otros, o por la humanidad, si
el altruismo y el sacrificio tampoco son naturales? Sí, la misma
lógica que me muestra que un hombre no nace para ser marido, o
para ser portugués, o para ser rico o pobre, me muestra también
que él no nace para ser solidario, que él no nace sino para ser
él mismo, y en consecuencia lo contrario de altruista y
solidario, y por lo tanto exclusivamente egoísta.
"Discutí la cuestión conmigo mismo. Fíjate, yo decía para mí que
nacemos pertenecientes a la especie humana, y que tenemos el
deber de ser solidarios con todos los hombres. ¿Pero la idea de
"deber" era natural? ¿De dónde es que venía esta idea de
"deber"? Si esta idea de deber me obligaba a sacrificar mi
bienestar, mi comodidad, mi instinto de conservación y mis otros
instintos naturales, ¿en qué divergía la acción de esa idea de
la acción de cualquier ficción social, que produce en nosotros
exactamente el mismo efecto?
"Esta idea de deber, esto de la solidaridad humana, sólo podía
considerarse natural si trajera consigo una compensación
egoísta, porque entonces, aunque en principio contrariase el
egoísmo natural, si diera a ese egoísmo una compensación,
siempre, a fin de cuentas, no lo contrariaría. Sacrificar un
placer, simplemente sacrificarlo, no es natural; sacrificar un
placer a otro es lo que ya está dentro de la Naturaleza: entre
dos cosas naturales de las que no se pueden tener ambas, escoger
una es lo que está bien. ¿Pero qué compensación egoísta o
natural podía darme la dedicación a la causa de la sociedad
libre y de la futura sociedad humana? Sólo la conciencia del
deber cumplido, del esfuerzo para un buen fin; y ninguna de
estas cosas es una compensación egoísta, ninguna de estas cosas
es un placer en sí, sino un placer, si lo es, nacido de una
ficción, como puede ser el placer de ser inmensamente rico, o el
placer de haber nacido en una buena posición social.
"Le confieso, mi viejo, que tuve momentos de descreimiento... Me
sentí desleal a mi doctrina, traidor a ella... Pero pronto
superé todo eso. La idea de justicia estaba ahí, dentro de mí,
pensé. Yo la sentía natural. Yo sentía que había un deber
superior a preocuparme sólo por mi propio destino. Y seguí
adelante en mi propósito.
-No me parece que esa decisión revelase una gran lucidez de su
parte... Ud. no resolvió la dificultad... Ud. siguió adelante
por un impulso absolutamente sentimental...
-Sin duda. Pero lo que le estoy contando ahora es la historia de
cómo me volví anarquista y de cómo lo continué siendo, y
continúo. Le voy exponiendo lealmente las vacilaciones y las
dificultades que tuve, y cómo las vencí. Coincido en que, en
aquel momento, vencí la dificultad lógica con el sentimiento y
no con el raciocinio. Pero ud. ha de ver que, más tarde, cuando
llegué a la plena comprensión de la doctrina anarquista, esta
dificultad, hasta entonces sin respuesta, tuvo su solución
completa y absoluta.
-Es curioso...
-Lo es... Ahora déjeme continuar con mi historia. Tuve esa
dificultad y la resolví, bien que mal, como le dije. Después
seguí, y en la línea de mis pensamientos, surgió otra dificultad
que también me perturbó bastante.
"Estaba bien que me hallara dispuesto a sacrificarme, sin
recompensa alguna verdaderamente personal, esto es, sin
recompensa alguna verdaderamente natural. Pero supongamos que la
sociedad futura no concluía en nada de lo que yo esperaba, que
la sociedad libre nunca llegaría, ¿por qué diablos es que yo, en
ese caso, me estaba sacrificando? Sacrificarme a una idea sin
recompensa personal, sin que ganara nada con mi esfuerzo por esa
idea, vaya; pero sacrificarme sin tener al menos la certeza de
que aquello para lo que yo trabajaba existiría un día, sin que
la propia idea ganase con mi esfuerzo, eso era un poco más
fuerte... Desde ya le digo que resolví la dificultad por el
mismo proceso sentimental por el que resolví la otra; pero le
advierto también que, del mismo modo que la otra, resolví ésta
por la lógica, automáticamente, cuando llegué al estado
plenamente consciente de mi anarquismo... Ud. después verá... En
el momento de lo que le estoy contando, salí del apuro con una o
dos frases huecas. "Yo cumplía con mi deber para con el futuro;
que el futuro cumpliera el suyo conmigo"... Esto, o cosa que se
le parezca...
"Expuse esta conclusión, o, antes, estas conclusiones, a mis
camaradas, y todos ellos coincidieron conmigo; coincidieron
todos en que era preciso ir para adelante y hacer todo por la
sociedad libre. Es verdad que uno u otro, de los más
inteligentes, quedaron un poco conmocionados con la exposición,
no porque no coincidiesen, sino porque nunca habían visto las
cosas tan claras, ni las aristas que estas cosas tienen... Pero
finalmente coincidieron todos... Todos íbamos a trabajar por la
gran revolución social, por la sociedad libre, ¡ya quiera el
futuro justificarnos o no! Formamos un grupo con gente
convencida y comenzamos una gran propaganda; grande, es claro,
dentro de los límites de lo que podíamos hacer. Durante bastante
tiempo, en medio de dificultades, enredos y a veces
persecuciones, ahí estuvimos trabajando por el ideal anarquista.
El banquero, llegado a este punto, hizo una pausa un poco más
larga. No encendió el cigarro, que estaba otra vez apagado. De
repente tuvo una leve sonrisa y, con el aire de quien llega al
punto importante, me miró con mayor insistencia y prosiguió,
aclarando más la voz y acentuando más las palabras.
-A esta altura -dijo él- apareció una cosa nueva. "A esta
altura" es un modo de decir. Quiero decir que, después de
algunos meses de esta propaganda, comencé a reparar en una nueva
complicación, y ésta era la más seria de todas, ésta es la que
iba a valer...
"Ud. se acuerda, ¿no es verdad?, de aquello que yo, por un
raciocinio riguroso, establecí que debía ser el proceso de
acción de los anarquistas... Un proceso, o procesos, mediante
cualquiera de los cuales se contribuyese a destruir las
ficciones sociales sin perjudicar, al mismo tiempo, la creación
de la libertad futura; sin perjudicar, por consiguiente, en lo
más mínimo, la poca libertad de los actuales oprimidos por las
ficciones sociales; un proceso que, en lo posible, crease ya
algo de libertad futura...
"Pues bien: una vez establecido este criterio, nunca más dejé de
tenerlo presente... Pero, a la altura de nuestra propaganda, de
la que le estoy hablando, descubrí algo. En el grupo de la
propaganda, no éramos muchos; éramos unos cuarenta, salvo error,
se daba esta coyuntura: se creaba tiranía.
-¿Se creaba tiranía?
-De la siguiente manera... Unos mandaban a otros y nos llevaban
para donde querían; unos se imponían a otros y nos obligaban a
ser lo que ellos querían; unos arrastraban a otros por mañas y
por artes hacia donde ellos querían. No digo que hicieran esto
en cosas graves; incluso, no había cosas graves allí como para
que lo hicieran. Pero el hecho es que esto ocurría siempre y
todos los días, y se daba no sólo en asuntos relacionados con la
propaganda, sino también fuera de ellos, en asuntos vulgares de
la vida. Unos iban insensiblemente para jefes, otros
insensiblemente para subordinados. Unos eran jefes por
imposición, otros eran jefes por maña. En el hecho más simple se
veía esto. Por ejemplo: dos de los muchachos salían juntos a una
calle, llegaban al final de la calle y uno tenía que ir hacia la
derecha y otro hacia la izquierda; a cada uno le resultaba
conveniente ir para su lado. Pero el que iba hacia la izquierda
le decía al otro, "venga ud. conmigo por aquí"; el otro
respondía, y era verdad, "Hombre, no puedo; tengo que ir por
allí" por esta o aquella razón... Pero al fin, contra su
voluntad y su conveniencia, allá iba con el otro hacia la
izquierda... Eso era una vez por persuasión, otra vez por simple
insistencia, una tercera vez por cualquier otro motivo... Esto
es, nunca era por una razón lógica; había siempre en esta
imposición y en esta subordinación algo de espontáneo, algo como
instintivo... Y como en este caso simple, en todos los otros
casos; desde los menos hasta los más importantes... ¿Ud. ve bien
la cuestión?
-La veo. ¿Pero qué diablos hay de extraño en eso? ¡Eso es de lo
más natural que hay!
-Será. Ya llegamos a eso. Lo que le pido que note es que es
exactamente lo contrarío de la doctrina anarquista. Fíjese bien
que esto ocurría en un grupo pequeño, en un grupo sin influencia
ni importancia, en un grupo al cual no se le había confiado la
solución de ninguna cuestión grave o la decisión sobre cualquier
asunto de importancia. Y fíjese que ocurría en un grupo de gente
que se había unido especialmente para hacer lo que pudiese por
el ideal anarquista, esto es, para combatir, tanto como fuera
posible, las ficciones sociales, y crear, tanto como fuera
posible, la libertad futura. ¿Ud. se fijó bien en estos dos
puntos?
-Me fijé.
-Vea ahora bien lo que eso representa... Un grupo pequeño de
gente sincera (¡le garantizo que era sincera!), establecido y
unido expresamente para trabajar por la causa de la libertad,
había, al cabo de unos meses, conseguido sólo una cosa positiva
y concreta: la creación entre sí de tiranía. Y fíjese qué
tiranía... No era una tiranía derivada de la acción de las
ficciones sociales que, aunque lamentable, sería disculpable,
hasta cierto punto, aunque menos en nosotros, que combatíamos
esas ficciones, que en otras personas: pero en fin, vivíamos en
medio de una sociedad basada en esas ficciones y no habría sido
enteramente culpa nuestra si no hubiéramos podido escapar del
todo a su acción. Pero no era eso. Los que mandaban a los otros,
o los llevaban hacia donde querían, no hacían eso por la fuerza
del dinero o de la posición social o de cualquier autoridad de
naturaleza ficticia que se arrogaran; lo hacían por una acción
de cualquier especie fuera de las ficciones sociales. Quiero
decir, esta tiranía era, con relación a las ficciones sociales,
una tiranía nueva. Y era una tiranía ejercida sobre gente
esencialmente oprimida por las ficciones sociales. Era, todavía
por encima, tiranía ejercida entre sí por gente cuyo objetivo
sincero no era sino destruir tiranía y crear libertad.
"Ahora ponga el caso en un grupo mucho mayor, mucho más
influyente, que trata de cuestiones importantes y de decisiones
de carácter fundamental. Ponga a ese grupo encaminando sus
esfuerzos, como el nuestro, hacia la formación de una sociedad
libre. Y ahora dígame si a través de ese cargamento de tiranías
entrecruzadas ud. entrevé alguna sociedad futura que se parezca
a una sociedad libre o a una humanidad digna de sí misma...
-Sí: eso es muy curioso...
-Es curioso, ¿no es cierto?... Y mire que hay aspectos
secundarios muy curiosos también... Por ejemplo: la tiranía de
la ayuda...
-¿La qué?
-La tiranía de la ayuda. Había entre nosotros quien, en lugar de
mandar a los otros, en lugar de imponerse a los otros, por el
contrario, los ayudaba en todo cuanto podía. Parece lo
contrario, ¿no es verdad? Pues vea que es lo mismo. Es la misma
tiranía nueva. Es del mismo modo ir contra los principios
anarquistas.
-¡Ésa sí que es buena! ¿En qué?
-Ayudar a alguien, mi amigo, es tomar a alguien por incapaz; si
ese alguien no es incapaz, es o convertirlo en tal o suponerlo
tal, y esto es, en el primer caso una tiranía, y en el segundo,
un desprecio. En un caso se cercena la libertad del otro; en el
otro se parte, por lo menos inconscientemente, del principio de
que el otro es despreciable e indigno o incapaz de libertad.
"Volvamos a nuestro caso... Ud. ve bien que este punto era
gravísimo. Vaya que trabajásemos por la sociedad futura sin
esperar que ella nos lo agradeciese, o arriesgándonos, incluso,
a que ella nunca llegase. Todo eso, vaya. Pero lo que era
demasiado era que estuviéramos trabajando para un futuro de
libertad y que no hiciéramos de positivo más que crear tiranía,
y no sólo tiranía, sino tiranía nueva, y tiranía ejercida por
nosotros, los oprimidos, los unos sobre los otros. Esto sí que
no podía ser...
"Me puse a pensar. Aquí había un error, algún desvío. Nuestros
objetivos eran buenos; nuestras doctrinas parecían verdaderas;
¿serían equivocados nuestros métodos? Seguramente debían de
serlo. ¿Pero dónde diablos estaba el error? Me puse a pensar en
eso y me iba volviendo loco. Un día, de repente, como ocurren
siempre estas cosas, di con la solución. Fue el gran día de mis
teorías anarquistas; el día en que descubrí, por decirlo así, la
técnica del anarquismo.
Me miró un momento sin verme. Después continuó, en el mismo
tono.
-Pensé así... Tenemos aquí una tiranía nueva, una tiranía que no
es derivada de las ficciones sociales. ¿Entonces de dónde es
derivada? ¿Será derivada de las cualidades naturales? Si lo es,
¡adiós sociedad libre! Si una sociedad donde están en operación
apenas las cualidades naturales de los hombres, aquellas
cualidades con que ellos nacen, que deben sólo a la Naturaleza y
sobre las cuales no tenemos poder alguno; si una sociedad donde
están en operación apenas esas cualidades es un amontonamiento
de tiranías, ¿quién va a mover el dedo meñique para contribuir
al advenimiento de esa sociedad? Tiranía por tiranía, que quede
la que está, que al menos es aquella a la que estamos
acostumbrados y que por eso, fatalmente sentimos menos de lo que
sentiríamos una tiranía nueva, y con el carácter terrible de
todas las cosas tiránicas que son directamente de la Naturaleza:
el no haber rebelión posible contra ella, como no hay revolución
contra tener que morir, o contra nacer bajo cuando se prefería
haber nacido alto. Asimismo ya le probé que, si por cualquier
razón no es realizable la sociedad anarquista, entonces debe
existir, por ser más natural que cualquier otra salvo aquélla,
la sociedad burguesa.
"¿Pero sería esta tiranía, que nacía así entre nosotros,
realmente derivada de las cualidades naturales? ¿Pero qué son
las cualidades naturales? Son el grado de inteligencia, de
imaginación, de voluntad, etcétera, con que cada uno nace; esto
en el campo mental, es claro, porque las cualidades naturales
físicas no vienen al caso. Pero un tipo que, sin ser por una
razón derivada de las ficciones sociales, manda a otro,
forzosamente lo hace por que es superior en una u otra de las
cualidades naturales. Lo domina por el empleo de sus cualidades
naturales. Pero hay una cosa para considerar: ¿ese empleo de las
cualidades naturales será legítimo, esto es, será natural?
"¿Pero cuál es el empleo natural de nuestras cualidades
naturales? El servir a los fines naturales de nuestra
personalidad. ¿Pero dominar a alguien será un fin natural de
nuestra personalidad? Puede serlo; hay un caso en que puede
serlo: es cuando ese alguien está para nosotros en un lugar de
enemigo. Para el anarquista, es claro, quien está en el lugar de
enemigo es cualquier representante de las ficciones sociales y
de su tiranía; nadie más, porque todos los otros hombres son
hombres como él y camaradas naturales. Ahora, ud. bien ve, el
caso de tiranía que habíamos estado creando entre nosotros no
era éste; la tiranía que habíamos estado creando era ejercida
sobre hombres como nosotros, camaradas naturales, y más todavía,
sobre hombres dos veces nuestros camaradas, porque lo eran
también por la comunión en el mismo ideal. Conclusión: esta
tiranía nuestra, si no era derivada de las ficciones sociales,
tampoco era derivada de las cualidades naturales; era derivada
de una aplicación equivocada, de una perversión de las
cualidades naturales. ¿Y esa perversión, de dónde es que
provenía?
"Tenía que provenir de una de dos cosas: o de que el hombre es
naturalmente malo, y en consecuencia todas las cualidades
naturales son naturalmente pervertidas, o de una perversión
resultante de la larga permanencia de la humanidad en una
atmósfera de ficciones sociales, todas ellas creadoras de
tiranía, y tendiente, en consecuencia, a volver instintivamente
tiránico el uso más natural de las cualidades más naturales.
Ahora, de estas dos hipótesis, ¿cuál sería la verdadera? De un
modo satisfactorio, esto es, rigurosamente lógico o científico,
era imposible determinarlo. El raciocinio no puede enfrentar el
problema porque éste es de orden histórico o científico, y
depende del conocimiento de hechos. Por su lado, la ciencia
tampoco nos ayuda, porque, por más lejos que retrocedamos en la
historia, encontramos siempre al hombre viviendo bajo uno u otro
sistema de tiranía social, y por consiguiente, siempre en un
estadio que no nos permite averiguar cómo es el hombre cuando
vive en circunstancias pura y enteramente naturales. No habiendo
manera de determinarlo con seguridad, tenemos que inclinarnos
hacia el lado de la mayor probabilidad, y la mayor probabilidad
está en la segunda hipótesis. Es más natural suponer que la
larguísima permanencia de la humanidad en ficciones sociales
creadoras de tiranía haga que cada hombre nazca con sus
cualidades naturales pervertidas, en el sentido de tiranizar
espontáneamente incluso a quien no pretenda tiranizar, que
suponer que las cualidades naturales pueden ser naturalmente
pervertidas, lo que, de cierto modo, representa una
contradicción. Por eso el pensador se decide, como yo me decidí,
con una seguridad casi absoluta, por la segunda hipótesis.
"Tenemos, pues, que una cosa es evidente... En el estadio social
presente no es posible que un grupo de hombres, por bien
intencionados que estén todos, por preocupados que estén todos
sólo en combatir las ficciones sociales y en trabajar por la
libertad, trabajen juntos sin que espontáneamente creen entre sí
tiranía, sin crear entre sí una tiranía nueva, suplementaria a
la de las ficciones sociales, sin destruir en la práctica todo
cuanto quieren en la teoría, sin perjudicar involuntariamente lo
más posible el propio objetivo que quieren promover. ¿Qué puede
hacerse? Es muy simple... Es que trabajemos todos para el mismo
fin, pero separados.
-¡¿Separados?!
-Sí. ¿Ud. no siguió mi argumento?
-Lo seguí.
-¿Y no le parece lógica, no le parece inevitable, esta
conclusión?
-Me parece, sí, me parece... Lo que no veo bien es cómo eso...
-Ya le voy a aclarar... Dije yo: trabajemos todos para el mismo
fin, pero separados. Trabajando todos para el mismo fin
anarquista, cada uno contribuye con su esfuerzo a la destrucción
de las ficciones sociales, que es hacia donde lo dirige, y hacia
la creación de la sociedad libre del futuro; y trabajando
separados no podemos, de ningún modo, crear tiranía nueva,
porque nadie tiene acción sobre otro y no puede, en
consecuencia, ni dominándolo, disminuirle la libertad, ni
ayudándolo, apagársela.
"Trabajando así separados y con el mismo fin anarquista, tenemos
dos ventajas: la del esfuerzo conjunto y la de la no creación de
tiranía nueva. Continuamos unidos porque lo estamos moralmente y
trabajamos del mismo modo para el mismo fin; seguimos siendo
anarquistas, porque cada uno trabaja para la sociedad libre;
pero dejamos de ser traidores, voluntarios o involuntarios, a
nuestra causa, dejamos incluso de poder serlo, porque nos
colocamos, por el trabajo anarquista aislado, fuera de la
influencia deletérea de las ficciones sociales, en su reflejo
hereditario sobre las cualidades que la Naturaleza dio.
"Es claro que toda esta táctica se aplica a lo que denominé el
período de preparación para la revolución social. Arrumadas las
defensas burguesas, y reducida la sociedad entera al estado de
aceptación de las doctrinas anarquistas, faltando sólo hacer la
revolución social, entonces, para el golpe final, es que no
puede continuar la acción separada. Pero a esa altura, ya la
sociedad libre estará virtualmente alcanzada; ya las cosas serán
de otra manera. La táctica a que me refiero sólo dice con
respecto a la acción anarquista en medio de la sociedad
burguesa, como ahora, como en el grupo al cual yo pertenecía.
"Era ése, ¡por fin!, el verdadero método anarquista. Juntos,
nada valíamos que importara, y todavía, encima, nos
tiranizábamos y nos perjudicábamos unos a otros y a nuestras
teorías. Separados, poco también conseguíamos, pero al menos no
perjudicábamos la libertad, no creábamos tiranía nueva; lo que
conseguíamos, por poco que fuese, era conseguido realmente, sin
desventaja ni pérdida. Y, de más en más, trabajando así,
separados, aprendíamos a confiar más en nosotros mismos, a no
recostarnos unos sobre otros, a volvernos más libres, a
prepararnos, tanto personalmente como a los otros, mediante
nuestro ejemplo para el futuro.
"Quedé radiante con este descubrimiento. Fui enseguida a
exponérselo a mis camaradas... Fue una de las pocas veces en que
fui estúpido en mi vida. ¡Imagine ud. que yo estaba tan colmado
con mi descubrimiento que esperaba que ellos estuviesen de
acuerdo!...
-No estuvieron de acuerdo, es claro...
-¡Contestaron ásperamente, mi amigo, ásperamente todos! ¡Unos
más, otros menos, todo el mundo protestó!... ¡No era eso!...
¡Eso no podía ser!... Pero nadie decía lo que era o lo que tenía
que ser. Argumenté y argumenté, y en respuesta a mis argumentos
no obtuve sino frases, basura, cosas como esas que los ministros
responden en las cámaras cuando no tienen ninguna respuesta...
¡Entonces fue cuando vi con qué animales y con qué cobardones
estaba metido! Se desenmascararon. Los de aquella chusma habían
nacido para esclavos. Querían ser anarquistas a costa ajena.
¡Querían la libertad, pero que fuesen los otros quienes se la
consiguiesen, que les fuese dada como un rey da un título! ¡Casi
todos son así, los grandes lacayos!
-¿Y ud. se enojó?
-¡Si me enojé! ¡Me enfurecí! Me puse a dar coces. Di con palos y
con piedras. Casi me fui a las manos con dos o tres de ellos. Y
acabé por irme. Me aislé. ¡Me vino un enojo con todos aquellos
carneros que ud. no se imagina! Casi llegué a descreer del
anarquismo. Casi decidí que no me importaba más todo aquello.
Pero, pasados unos días, volví en mí. Pensé que el ideal
anarquista estaba por encima de estas querellas. ¿Ellos no
querían ser anarquistas? Lo sería yo. ¿Ellos querían solamente
jugar a los libertaños? No estaba yo para juegos en una cuestión
así. ¿Ellos no tenían fuerza para combatir sino recostados unos
en los otros, y creando, entre ellos, un simulacro nuevo de la
tiranía que decían querer combatir? Pues que lo hiciesen, los
necios, si no servían para otra cosa. Yo no iba a ser burgués
por tan poco.
"Estaba establecido que, en el verdadero anarquismo, cada uno
debe, por sus propias fuerzas, crear libertad y combatir las
ficciones sociales. Pues por mis propias fuerzas iba yo a crear
libertad y a combatir las ficciones sociales. ¿Nadie quería
seguirme en el verdadero camino anarquista? Seguiría yo por él.
Iría solo, con mis recursos, con mi fe, desamparado hasta del
apoyo mental de los que habían sido mis camaradas, contra las
ficciones sociales enteras. No digo que fuera un bello gesto, ni
un gesto heroico. Fue simplemente un gesto natural. Si el camino
tenía que ser recorrido por cada uno en forma separada, yo no
necesitaba de ninguno más para seguirlo. Bastaba mi ideal. Fue
basado en estos principios y en estas circunstancias como
decidí, por mí solo, combatir las ficciones sociales.
Interrumpió un poco el discurso, que se había vuelto acalorado y
fluido. Lo retomó enseguida, con la voz ya más sosegada.
-Es un estado de guerra, pensé, entre yo y las ficciones
sociales. Muy bien. ¿Qué puedo hacer contra las ficciones
sociales? Trabajo solo, para no poder, de ningún modo, crear
tiranía alguna. ¿Cómo puedo colaborar solo en la preparación de
la revolución social, en la preparación de la humanidad para la
sociedad libre? Tengo que elegir uno de dos métodos, de los dos
métodos que hay; siempre, es claro, que no pueda servirme de
ambos. Los métodos son la acción indirecta, esto es, la
propaganda, y la acción directa de cualquier especie.
"Pensé primero en la acción indirecta, esto es, en la
propaganda. ¿Pero qué propaganda podría hacer sólo yo? Aparte de
esta propaganda que siempre se va haciendo en conversaciones,
con éste o aquél, al azar y sirviéndonos de todas las
oportunidades, lo que quería saber era si la acción indirecta
era un camino por donde yo pudiese encaminar mi actividad de
anarquista enérgicamente, esto es, en forma de producir
resultados palpables. Vi enseguida que no podía ser. No soy
orador y no soy escritor. Quiero decir: soy capaz de hablar en
público, si es necesario, y soy capaz de una nota periodística;
pero lo que yo quería averiguar era si mi hechura natural
indicaba que, especializándome en la acción indirecta, de
cualquiera de las dos especies o en ambas, podía llegar a
obtener resultados más positivos para la idea anarquista que
especializando mis esfuerzos en cualquier otro sentido. Pero la
acción es siempre más provechosa que la propaganda, excepto para
los individuos cuya hechura los señala esencialmente como
propagandistas: los grandes oradores, capaces de electrizar
multitudes y arrastrarlas detrás de sí, los grandes escritores,
capaces de fascinar y convencer con sus libros. No me parece que
yo sea muy vanidoso, pero, si lo soy, no se me da, al menos, por
envanecerme de las cualidades que no tengo. Y como le dije,
nunca se me dio por creerme orador o escritor. Por eso abandoné
la idea de la acción indirecta como camino a seguir en mi
actividad de anarquista. Por exclusión de partes, estaba forzado
a escoger la acción directa: es decir, el esfuerzo aplicado a la
práctica de la vida, a la vida real. No era la inteligencia sino
la acción. Muy bien. Así sería.
"Tenía, pues, que aplicar a la vida práctica el método
fundamental de acción anarquista que yo ya había esclarecido,
combatir las ficciones sociales sin crear tiranía nueva, creando
ya, si fuese posible, algo de libertad futura. ¿Pero cómo
diablos se hace eso en la práctica?
"¿Porque qué es combatir en la práctica? Combatir en la práctica
es la guerra, es una guerra, por lo menos. ¿Cómo es que se hace
la guerra a las ficciones sociales? ¿Cómo es que se vence al
enemigo en cualquier guerra? De una de dos maneras: o matándolo,
esto es, destruyéndolo; o apresándolo, es decir, subyugándolo,
reduciéndolo a la inactividad. Destruirlas ficciones sociales yo
no podía hacerlo; destruirlas ficciones sociales sólo podía
hacerlo la revolución social. Hasta allí, las ficciones sociales
podían estar conmocionadas, tambaleando, por un hilo; pero
destruidas sólo lo estarían con el arribo de la sociedad libre y
la caída positiva de la sociedad burguesa. Lo más que yo podría
hacer en ese sentido era destruir -destruir en el sentido físico
de matar- a uno u otro miembro de las clases representativas de
la sociedad burguesa. Estudié el caso y vi que era una burrada.
Suponga ud. que yo mataba a uno o dos, o una docena de
representantes de la tiranía de las ficciones sociales... ¿El
resultado? ¿Las ficciones sociales quedaban más conmocionadas?
No lo quedaban. Las ficciones sociales no son como una situación
política que puede depender de un pequeño número de hombres, de
un solo hombre a veces. Lo que hay de malo en las ficciones
sociales son ellas, en su conjunto, y no los individuos que las
representan sino por ser representantes de ellas. Además, un
atentado de orden social produce siempre una reacción; no sólo
todo queda igual, sino que la mayor parte de las veces empeora.
Y todavía, por encima, suponga, como es natural, que, después de
un atentado, yo fuera apresado; fuera apresado y liquidado, de
una manera u otra. Y suponga que yo hubiera acabado con una
docena de capitalistas. ¿Y qué venía a dar todo eso, en resumen?
Con mi liquidación, incluso no por muerte, sino por simple
prisión o destierro, la causa anarquista perdía un elemento de
combate; y los doce capitalistas, que yo habría estirado, no
eran doce elementos que la sociedad burguesa hubiera perdido,
porque los elementos componentes de la sociedad burguesa no son
elementos de combate, sino elementos puramente pasivos, puesto
que el "combate" está no en los miembros de la sociedad burguesa
sino en el conjunto de ficciones sociales en que esa sociedad se
asienta. Y las ficciones sociales no son gente a la que se pueda
pegar tiros... ¿Ud. me comprende? No era como el soldado de un
ejército que mata a doce soldados de un ejército contrario; era
como un soldado que mata a doce civiles de la nación del otro
ejército. Es matar estúpidamente, porque no se elimina a ningún
combatiente... Yo no podía por consiguiente pensar en destruir,
ni en su totalidad ni en parte alguna, las ficciones sociales.
Tenía entonces que subyugarlas, que vencerlas subyugándolas,
reduciéndolas a la inactividad.
Súbitamente, apuntó hacia mí el índice derecho.
-¡Fue lo que hice!
Abandonó su gesto y continuó:
-Traté de ver cuál era la primera, la más importante de las
ficciones sociales. Sería a esa a la que yo debía, más que a
ninguna otra, intentar subyugar, intentar reducir a la
inactividad. La más importante, de nuestra época por lo menos,
es el dinero. ¿Cómo subyugar al dinero o en palabras más
precisas, la fuerza, o la tiranía del dinero? Volviéndome libre
de su influencia, de su fuerza, superior por consiguiente a su
influencia, reduciéndolo a la inactividad por lo que significaba
con respecto a mí. ¿Por lo que significaba con respecto a mí,
comprende ud. ?, porque yo soy el que lo combatía; si fuese
reducirlo a la inactividad por lo que respecta a todo el mundo,
eso ya no sería subyugarlo, sino destruirlo, porque sería acabar
del todo con la ficción dinero. Pero ya le probé que cualquier
ficción social sólo puede ser "destruida" por la revolución
social, arrastrada con las otras en la caída de la sociedad
burguesa.
"¿Cómo podía yo volverme superior a la fuerza del dinero? El
método más simple era apartarme de la esfera de su influencia,
es decir, de la civilización; irme a un campo para comer raíces
y beber agua de los manantiales; andar desnudo y vivir como un
animal. Pero esto, incluso si no hubiera dificultad en hacerlo,
no era combatir una ficción social; no era ni siquiera combatir:
era escapar. Realmente, quien es esquivo en trabar un combate no
es derrotado en él. Pero moralmente es derrotado, porque no se
batió. El método tenía que ser otro: un método de combate y no
de fuga. ¿Cómo subyugar al dinero combatiéndolo? ¿Cómo hurtarme
a su influencia y tiranía, no evitando su encuentro? El método
era sólo uno adquirirlo, adquirirlo en cantidad suficiente como
para no sentirle la influencia, y en cuanta mayor cantidad lo
adquiriese, tanto más libre estaría de esa influencia. Fue
cuando vi esto claramente, con toda la fuerza de mi convicción
de anarquista, y toda mi lógica de hombre lúcido, que entré en
la fase actual, la comercial y bancaria, mi amigo, de mi
anarquismo.
Descansó un momento de la violencia, nuevamente creciente, de su
entusiasmo por su exposición. Después continuó, aunque con un
cierto calor, su narración.
-¿Se acuerda ud. de aquellas dos dificultades lógicas que yo le
dije que me habían surgido en el comienzo de mi carrera de
anarquista consciente?... ¿Y ud. se acuerda que yo le dije que
en aquel momento las resolví artificialmente, mediante el
sentimiento y no mediante la lógica? Esto es, ud. mismo notó, y
muy bien, que yo no las había resuelto mediante la lógica...
-Me acuerdo, sí...
-¿Y ud. se acuerda que yo le dije que más tarde, cuando di por
fin con el verdadero método anarquista, las resolví entonces
para siempre, mediante la lógica?
-Sí.
-Ahora vea cómo fueron resueltas... Las dificultades eran éstas:
no es natural trabajar por cualquier cosa, sea lo que fuere, sin
una compensación natural, es decir, egoísta; y no es natural dar
nuestro esfuerzo para cualquier fin sin tener la compensación de
saber que ese fin se alcanza. Las dos dificultades eran éstas;
ahora fíjese cómo quedan resueltas mediante el método de trabajo
anarquista que mi raciocinio me llevó a descubrir como el único
verdadero... El método da como resultado que yo me enriquezco;
por consiguiente, compensación egoísta. El método encara la
prosecución de la libertad; entonces yo, volviéndome superior a
la fuerza del dinero, esto es, liberándome de ella, consigo
libertad. Consigo libertad sólo para mí, es cierto; pero es que
como ya le probé, la libertad para todos sólo puede llegar con
la destrucción de las ficciones sociales, con la revolución
social, y yo, por mí solo, no puedo hacer la revolución social.
El punto concreto es éste: busco libertad, consigo libertad:
consigo la libertad que puedo, porque, es claro, no puedo
conseguir la que no puedo... Y vea ud.: aparte del raciocinio
que determina este método anarquista como el único verdadero, el
hecho de que él resuelve automáticamente las dificultades
lógicas que se pueden oponer a cualquier método anarquista,
prueba más que él es el verdadero.
"Pues fue este método el que yo seguí. Me entregué a la empresa
de subyugar la ficción dinero, enriqueciendo. Lo conseguí. Llevó
un cierto tiempo, porque la lucha fue grande, pero lo conseguí.
Evito contarle lo que fue y lo que ha sido mi vida comercial y
bancaria. Podría ser interesante, en ciertos puntos sobre todo,
pero ya no pertenece al asunto. Trabajé, luché, gané dinero;
trabajé más, luché más, gané más dinero; gané mucho dinero
finalmente. No reparé en métodos; le confieso, mi amigo, que no
reparé en métodos; usé todo lo que hay: el acaparamiento, el
dolo financiero, la misma competencia desleal. ¡¿Por qué?! ¡¿Yo
combatía las ficciones sociales, inmorales y antinaturales por
excelencia, y tenía que reparar en métodos?! ¡¿Yo trabajaba por
la libertad y me iba a fijar en las armas con que combatía a la
tiranía?! El anarquista estúpido, que tira bombas y pega tiros,
bien sabe que mata, y bien sabe que sus doctrinas no incluyen la
pena de muerte. Ataca una inmoralidad con un crimen, porque
encuentra que esa inmoralidad vale un crimen para ser destruida.
Él es estúpido en cuanto al método, porque, como ya le mostré,
ese método es errado y contraproducente como proceso anarquista;
ahora, en cuanto a la moral del método, él es inteligente. Pero
mi método era exacto y yo me servía legítimamente, como
anarquista, de todos los medios para enriquecerme. Hoy realicé
mi limitado sueño de anarquista práctico y lúcido. Soy libre.
Hago lo que quiero, dentro, claro está, de lo que es posible
hacer. Mi lema de anarquista era la libertad; pues bien, tengo
la libertad, la libertad que, por el momento, en nuestra
sociedad imperfecta, es posible tener. Quise combatir las
fuerzas sociales; las combatí y, lo que es más, las vencí.
-¡Alto ahí!, ¡alto ahí! -dije yo. -Eso estará todo muy bien,
pero hay una cosa que ud. no vio. Las condiciones de su método
eran, como ud. probó, no sólo crear libertad, sino también no
crear tiranía. Pero ud. creó tiranía. Ud., como acaparador, como
banquero, como financista sin escrúpulos, ud. disculpe, pero es
ud. el que lo dijo, ud. creó tiranía. Ud. creó tanta tiranía
como cualquier otro representante de las ficciones sociales que
ud. dijo que combate.
-No, mi viejo, ud. se engaña. Yo no creé tiranía. La tiranía,
que puede ser resultado de mi acción de combate contra las
fuerzas sociales, es una tiranía que no parte de mí, que por
consiguiente yo no creé, está en las ficciones sociales, yo no
la junté con ellas. Esa tiranía es la propia tiranía de las
ficciones sociales; y yo no podía, ni me propuse, destruirlas
ficciones sociales. Por centésima vez le repito: sólo la
revolución social puede destruirlas ficciones sociales; antes de
eso, la acción anarquista perfecta, como la mía, sólo puede
subyugarlas ficciones sociales, subyugarlas en relación sólo con
el anarquista que pone ese método en práctica, porque ese método
no permite una más larga sujeción de esas ficciones. No se trata
de no crear tiranía, se trata de no crear tiranía nueva, tiranía
donde no la había. Los anarquistas, trabajando en conjunto,
influyéndose unos a otros como yo le dije, crean entre sí, fuera
y aparte de las ficciones sociales, una tiranía; ésa es la
tiranía nueva. Esa, yo no la creé. No la podía incluso crear,
por las propias condiciones de mi método. No, mi amigo; yo sólo
creé libertad. Liberé a uno. Me liberé a mí. Es que mi método,
que, como le demostré, es el único verdadero método anarquista,
no me permitió liberar a nadie más. A quien pude liberar, lo
liberé.
-Está bien... Coincido... Pero mire que, con ese argumento, la
gente casi es llevada a creer que ningún representante de las
ficciones sociales ejerce tiranía...
-Y no la ejerce. La tiranía es de las ficciones sociales y no de
los hombres que las encarnan; ellos son, por así decir, los
medios de que las ficciones se sirven para tiranizar, como el
cuchillo es el medio del que se puede servir el asesino. Y ud.
ciertamente no juzga que suprimiendo los cuchillos suprime a los
asesinos... Mire... Destruya ud. a toáoslos capitalistas del
mundo, pero sin destruir al capital... Al día siguiente el
capital, ya en las manos de otros, continuará, por medio de esos
otros, su tiranía. Destruya, no a los capitalistas, sino al
capital; ¿cuántos capitalistas quedan?... ¿Ve?...
-Sí; ud. tiene razón.
-Ah, hijo, lo máximo, lo máximo, lo máximo que ud. me puede
acusar de hacer es de aumentar un poco, muy, muy poco, la
tiranía de las ficciones sociales. El argumento es absurdo,
porque como ya le dije, la tiranía que yo no debía crear, y que
no creé, es otra. Pero hay un punto débil más: y es que, por el
mismo razonamiento, ud. puede acusar a un general que entabla
combate por su país, de causar a su país el perjuicio del número
de hombres de su propio ejército que tuvo que sacrificar para
vencer. Quien va a la guerra da y recibe. Que se consiga lo
principal; el resto...
-Está muy bien... Pero fíjese en otra cosa... El verdadero
anarquista quiere la libertad no sólo para sí, sino también para
los otros... Me parece que quiere la libertad para la humanidad
entera...
-Sin duda. Pero yo ya le dije que por el método que descubrí,
que era el único método anarquista, cada uno tiene que liberarse
a sí mismo. Yo me liberé a mí; cumplí con mi deber
simultáneamente conmigo y con la libertad. ¿Por qué es que los
otros, mis camaradas, no hicieron lo mismo? Yo no se lo impedí.
Ése es el que hubiera sido el crimen, si yo se lo hubiese
impedido. Pero yo ni siquiera se lo impedí ocultándoles el
verdadero método anarquista; en cuanto descubrí el método, se lo
dije claramente a todos. El mismo método me impedía hacer más.
¿Qué más podía hacer? ¿Obligarlos a seguir ese camino? Aunque lo
pudiera hacer, no lo haría, porque sería quitarles la libertad,
y eso iba contra mis principios anarquistas. ¿Ayudarlos? Tampoco
podía ser, por la misma razón. Yo nunca ayudé, ni ayudo, a
nadie, porque eso, eso de disminuir la libertad ajena, va
también contra mis principios. Lo que ud. me está censurando es
el que yo no sea más que una sola persona. ¿Por qué me censura
el cumplimiento de mi deber de liberar, hasta donde pueda
cumplirlo? ¿Por qué no los censura antes a ellos por no haber
cumplido el de ellos?
-Pues sí, hombre. Pero esos hombres no hicieron lo que hizo ud.,
naturalmente, porque eran menos inteligentes que ud., o menos
fuertes de voluntad, o...
-Ah, mi amigo: ésas son ya las desigualdades naturales y no las
sociales... Son ésas con las que el anarquismo no tiene nada que
ver. El grado de inteligencia o de voluntad de un individuo es
entre él y la Naturaleza; las mismas ficciones sociales no
tienen allí ninguna responsabilidad. Hay cualidades naturales,
como ya le dije, que se puede presumir que sean pervertidas por
la larga permanencia de la humanidad entre ficciones sociales;
pero la perversión no está en el grado de la cualidad, que es
absolutamente dado por la Naturaleza, sino en la aplicación de
la cualidad. Pero una cuestión de estupidez o de falta de
voluntad no tiene que ver con la aplicación de esas cualidades,
sino sólo con el grado de ellas. Por eso le digo: ésas son ya
absolutamente las desigualdades naturales, y sobre ésas nadie
tiene ningún poder, ni hay modificación social que las
modifique, como no puede volverme a mí alto o a ud. bajo...
"A no ser... A no ser que, en el caso de esos hombres, la
perversión hereditaria de las cualidades naturales llega tan
lejos que alcanza el mismo fondo del temperamento... Sí, que un
tipo nazca para esclavo, nazca naturalmente esclavo, y por lo
tanto incapaz de algún esfuerzo en el sentido de liberarse...
Pero en ese caso..., en ese caso..., ¿que tiene él que ver con
la sociedad libre o con la libertad?... Si un hombre nació para
esclavo, la libertad, siendo contraria a su índole, será para él
una tiranía.
Hubo una pequeña pausa. De repente me eché a reír.
-Realmente -dije yo- ud. es anarquista. En todo caso, da ganas
de reír, incluso después de haberlo oído, comparar lo que ud. es
con lo que son los anarquistas que andan por ahí...
-Mi amigo, yo ya se lo dije, ya se lo demostré, y ahora se lo
repito... La diferencia es sólo ésta: ellos son anarquistas sólo
teóricos, yo soy teórico y práctico; ellos son anarquistas
místicos y yo, científico; ellos son anarquistas que se agachan,
yo soy un anarquista que combate y libera... En una palabra:
ellos son seudoanarquistas y yo soy anarquista.
Y nos levantamos de la mesa.
Lisboa, enero de 1922.
Apéndice
Traducción al inglés
[272D-15y dorso]
[Mixto]
We had finished dining. In front of me my friend, the banker,
great merchant and remarkable profiteer, was smoking in an
unthinking way. Conversación, which had been dying away, lay now
dead between us. I tried to cali itback to life, in a chance
manner, availing myself of an idea that has crossed my
meditation. I turned, smiling, to him.
-Look here: they told me a few days ago that you were once an
anarchist.
-Once isn't right. I haven't changed in that respect. I am an
anarchist.
-Good heavens! You an anarchist! How can you be an anarchist?
Unless you give the word some meaning which is quite different.
-From the common one? No, I don't. I use the word in the usual
sense.
-Do you mean to say then that you are anarchist in exactly the
same sense as these trade unión chaps are anarchists? So there's
no difference between you and these bomb or strike beggars?
-Oh, no1: there isa. difference. Of course there is a
difference. But it's not the sort of difference you might
suppose. You suppose, for instance, that my social theories
can'tbe the same as theirs?
-Oh, I see. In theory you're an anarchist; in practice...
-In practice I'm as much an anarchist as in theory. And in
practice I'm much more - oh ever so much more - of an anarchist
than those chaps you mentioned. All my life shows2 it.
-Eh?
-All my life shows3 it, my boy. The fact is, you have never
given these things a lucid attention. That's why you think I'm
talking nonsense, or fooling you all the time.
-But, man, I can't make head or tail of what you're saying!
Unless, unless you think your life corruptive and anti-social
and think anarchism is that.
-I've told you already that I think nothing of the kind. I mean:
I've told you that by anarchism I mean only what is usually
meant by the word.
-All right... I'm still at sea. Look here, man: do you mean to
say that there's no difference between your really anarchistic
theories and the practice of your life - the practice of your
life as it is now? Do you want me to believe that you have a
life exactly like that of the chaps who are commonly called
anarchists?
-No, that's not the point. What I mean to say is that between my
theories and the practice of my life there is no antagonism, but
an absolute conformity. I know, of course, that my life doesn't
resemble the life of those bomb and trade unión chaps. But it's
theirlife that is outside anarchism, outside their own ideáis.
Mine isn't. In me - yes, in me, the banker, the great merchant,
the profiteer, if you like - the theory and the practice of
anarchism are joined and both right. You compared me to those
bomb and
narchism are joined and both right. You compared me to those
bomb and trade unión fools just to point out that I am different
from them. I am, but the difference is in this: they (yes, they
and not I) are anarchists only in theory; I am an anarchist in
both theory and practice. They are anarchists and fools, and I
am an anarchist and not a fool. That is to say, oíd man, I am
the real anarchist. They-the bomb and trade unión men (I was
once with them, but I left them exactly because I was really an
anarchist) - they are the rubbish of anarchism, the females of
the great doctrine of freedom.
-Good Lord! I've never heard anything like that! That's
bewildering! But how do you fit your life - I mean your life as
a banker and a business man - into your anarchist theories? How
do you fit it if you say that you mean by anarchist theories
exactly what everybody (any common anarchist) means? And you
say, on top of all that, that you're different from them because
you're more of anarchist than they are, don't you?
-Yes.
-I can't under stand you at all.
-But would you like to understand?
-Of course I would.
He removed from his mouth the cigar, which had gone out, lit it
slowly, stared at the waning match, put it lightly on the
ash-tray; then, turning to me his head, which had sunk for a
moment said:
1 Variante superpuesta y manuscrita para "no" : "yes".
2 Variante puesta debajo y manuscrita para "shows": "proves".
3 Variante superpuesta y manuscrita para "shows": "proves".
Textos
alternativos y complementarios
[272D-l]
[M.]
Pasó la mano horizontalmente, en un gesto de vaga caricia, sobre
el bigote que sería poblado si no estuviera cortado al ras4.
Y prosiguió hablando; y yo me distraje de él para escucharlo.
¡Le descubro5 un deseo, hombre, le descubro6 un deseo!... Y
reímos juntos - el banquero y yo*.
[272D-dorso]
[M.]
¿Cómo sería este hombre de joven? Lo miré, como tantas veces lo
he mirado, pero esta vez de nuevo. Su estatura media, de hombre
alto y fuerte, no se notaba, estando él sentado. La cara sería
grosera si no estuviese, por encima de los ojos un poco cansados
y de las cejas espesas, la amplitud de la frente. Percibí por
primera vez, al fijarme en el cigarro encendido, sus manos
secas, un poco más largas de lo que su tipo físico normalmente
consentiría. Dejé de mirar porque él iba a hablar.
[272D-2]
[M. ]
Alrededor de nosotros el restaurante se callaba, ya casi
desierto. Habíamos hablado mucho, y largamente, pero ahora la
conversación, que se había venido enfriando, yacía inerte entre
nosotros.
Intenté reanimarla con un recuerdo que de repente me surgió, con
respecto a él. Erguí la cabeza y lo miré sonriendo, doblemente
calmo, quieto.
Fue esto: me dijeron que en sus tiempos ud. fue anarquista.
[272D-3]
[M. ]
¿Sabe lo que me recuerda el estado actual de Rusia?
-¿Qué?
4 Variante superpuesta para "al ras": "pequeño".
5 Variante superpuesta para "le descubro": "descubro en ud. "
6 ídem.
* El segundo párrafo se presenta separado del primero por una
línea horizontal, a todo lo largo de la hoja, no siendo
obviamente su continuación.
-Un colegio de jesuitas. Los jesuitas tienen al menos la
explicación de la religión: los otros no. Los comunistas son los
jesuitas sin excusa*1.
-mire que un niño come mucho-
Ni pensé en sonreír.
-¿De qué se ríe usted?
-Ese socio con el que ud. anduvo fue el tal que le dio la mano,
y...
-Fue; no había otro. ¿Y entonces?
-Nada.
-¿Ud. encuentra falta de escrúpulos?
-Yo no iba a decir tanto...
-No lo iba a decir, pero ya lo estaba pensando... Pues claro que
fue falta de escrúpulos.
[272D-4 y dorso]
[M. ]
Mire, mi amigo: las ideas que se piensan válidas, también es
porque se las siente. Nada vive en este mundo -ni la más
abstracta de las ideas- si no está arraigado en el corazón.
¿Amor intelectual por la humanidad? ¿Sentimiento abstracto de
justicia?
Mande todo eso [a] pasear; y ni paseará porque no tiene piernas
para eso7.
¿Noción de justicia? Todos la tenernos. ¿Y qué justicia hacernos
nosotros? ¡Palabras de cura!, todos decimos eso. ¿Y cómo va
nuestra caridad? Mi viejo, entre que la gente se convenza de una
cosa y sentir que se convenció de ella hay una gran distancia. Y
en esa distancia está todo. Está aquel todo donde no estamos
nosotros... 8
Les hago un favor. Los llamo, por caridad, seudoa-narquistas.
¡Porque anarquista, mi amigo, soy yo!
Y, con un resto de gestos triunfal, pidió la cuenta*2.
[M. ]
Es verdad:
-Me dijeron aquí hace días algo gracioso con respecto a ud.
-¿Qué era?10 Algo bueno no era, naturalmente.
*1 Véase variante de este texto, 272D-i2, donde, con un
desarrollo mucho mayor, se retoma la referencia a la Revolución
Rusa. El texto estaba destinado a ser insertado, en la versión
de 1922, a continuación de la frase: "También ¿qué podía
esperarse de un pueblo de analfabetos y de místicos?... " (p.
10).
7 Al comienzo de la página existe un esbozo de poema que
comienza: "Concluid, señora, que el buen día es oscuro" y una
referencia a Shakespeare.
8 Variante, en la secuencia de la línea y entre paréntesis
rectos, para la última frase: "Está todo, sí, incluso nosotros".
9 Variante superpuesta para "resto de gesto": "gesto aún".
* 2 Texto que, visiblemente, constituiría un nuevo final para el
cuento.
10 Variante superpuesta: "¿Con respecto a mí?".
-Ni bueno ni malo. Simplemente, lo encontré gracioso. Me dijeron
que ud. en sus tiempos fue anarquista.
-Está equivocado, pero lo que está equivocado es el "fue". Fui
anarquista y soy anarquista.
-¡Eso es mejor todavía!... Entonces ud.... Ah, ya comprendo: ud.
es anarquista teórico. A ud. la doctrina anarquista le parece
buena, pero o la halla inviable en la práctica, o por lo menos
inviable para ud., en su vida de banquero y gran comerciante.
-No es nada de eso. Soy anarquista en" teoría y soy anarquista
en la práctica. Soy banquero y gran comerciante no a pesar de
ser anarquista, sino porque soy anarquista.
-Ahora sí que no entiendo nada. Ud. establece entre su
anarquismo y su negocio una relación, por así decir, de causa a
efecto*.
[272D-6y7]
[M. ]
-No es por así decir: es precisamente así. Me hice banquero y
gran comerciante en obediencia, obediencia consciente y
orientada12, a mis principios anarquistas.
Quedé boquiabierto. Me pasé la mano lentamente por la cabeza,
como para quitarme un velo de asombro, y conseguí hablar.
-Pero vea: esto así es un embrollo cualquiera. Lo más natural es
una cosa que muchas veces ocurre en discusiones: una cuestión de
definiciones.
-¿De definiciones?
-Sí: estamos hablando de anarquismo sin definir la palabra. No
nos entendemos, o por lo menos, yo no lo entiendo. Lo más seguro
es que ud. entienda por anarquismo una cosa, y que yo entienda
otra. Dígame ud. lo que entiende por anarquismo.
-Por anarquismo entiendo aquella doctrina social extrema que
cuestiona13 que no debe haber entre los hombres otras
diferencias o desigualdades sino las naturales, ni pesar sobre
los hombres otras penas u otros males sino los que la propia
Naturaleza da... La abolición, por consiguiente, de todas las
castas, de la aristocracia, del dinero, de todas las
convenciones sociales que promueven la desigualdad. La
abolición, también, de todas las convenciones sociales contra la
Naturaleza, las patrias, las religiones, el casamiento... ¿No
era esto lo que ud. entendía por anarquismo?
-Oh, hombre, por desgracia para mi criterio, era justamente eso.
Dígame: ¿estoy loco?
El banquero rió.
-¿Y ud. quiere curarse? Si quiere yo lo curo. El tratamiento es
un poco largo
11 Variante superpuesta para "en": "en la".
* El texto está encabezado por el título El banquero anarquista,
seguido de dos indicaciones: "perfeccionar el argumento de mutua
influencia" y "aumentar el argumento extraído". Tal como 272D-2,
constituye otra variante para el primer párrafo de la versión de
1922 (p. 5), continuando en 272D-6 y 272D-7.
12 "orientada", palabra dudosa, con variante superpuesta:
"predeterminada".
13 "cuestiona", palabra dudosa, con variante superpuesta:
"proclama".
pero da resultado.
-¿El tratamiento? ¿Qué tratamiento?
-Voy, si ud. quiere, a explicarle todo eso: explicarle cómo me
volví anarquista, explicarle cómo por ser anarquista me volví
gran comerciante y banquero, gran comerciante y hasta, como ud.
sabe, acaparador, continuo, por eso mismo y fiel a mis
principios anarquistas. Lleva un rato decirlo pero ud. queda
convencido. Por eso le dije que el tratamiento era un poco largo
pero daba resultado. ¿Quiere escuchar?
-¡Eh, sí quiero! Diga, diga...
[272D-8]
[Mixto]
-Nací, como ud. sabe, de lo que en lenguaje burgués se llama
"gente humilde", esto es, de gente pobre de clase trabajadora.
Cuando se es pobre pero con aire burgués se dice "buena gente".
Cuando se es trabajador pero autosuficiente se dice "gente del
pueblo". Yo nací como humilde.
Sonreí. Él continuó.
-Cuando digo "pobre", quiero decir realmente pobre, una familia
en que no se gana lo bastante para el sustento, y mucho menos
para lo también mayormente necesario, o que puede ser necesario,
como remedios. Cuando se es trabajador, pero se gana lo bastante
para todo eso, ya se está en lo que yo llamo autosuficiente.
-Es el sentido lógico de la palabra, pero no es el usual.
-Pues no. Es por eso que le estoy explicando.
Sacó un cigarro de la cigarrera, le cortó bruscamente la punta,
lo encendió con una rápida caricia, y después de meditar
abstractamente un poco, mientras exhalaba la primera bocanada,
me encaró con una especie de decisión intelectual.
-Nací, como le dije, de gente pobre. Entre padre y madre, hijos,
y la mujer y el hijo de uno de ellos, éramos once en casa. Sólo
cinco de nosotros trabajábamos: mi padre, yo y dos hermanos
míos, pues los otros eran pequeños, y mi cuñada, que era
costurera. Me estoy refiriendo, es claro, a la época en que
comencé a volverme anarquista. (Incliné la cabeza. ) Con sólo
cuatro trabajando, y ninguno ganando más que lo suficiente para
alimentarse y vestirse decentemente sólo a sí mismo, puede ud.
calcular cómo se vivía, se comía y se vestía en aquella casa.
Pues era así que vivíamos, yo y la familia, cuando comencé a
tener cabeza para pensar*.
[272D-9]
[Mixto]
-No comprendo. ¿Sin diferencia entre los propios trabajadores?
¿Usted quería que un aprendiz ganase tanto como un oficial, o un
tipo que trabaja diez horas gane tanto como uno que trabaja
siete?
* Texto que podría eventualmente sustituir la parte del diálogo
del banquero que comienza por "Oiga. Yo nací del pueblo... " (p.
6).
-No es eso. Yo era tipógrafo. Y sabía que cualquiera de los
oficiales de peluquero del negocio al lado de la tipográfica
ganaba más que yo, por lo menos en ese momento, y sin contar
propinas. No comprendía, dentro o fuera del sistema burgués, en
qué el trabajo de un tipógrafo tenía menos valor, social o
humano, que el trabajo de un peluquero. Ni entendía por qué es
que, en buena ley, yo, tipógrafo, tenía que ganar más, porque lo
ganaba, que un cavador de zanjas. Bien sé que económicamente eso
se explica fácilmente; pero económicamente es lo que me
sublevaba. Una economía que producía esos resultados era, para
mí, y todavía lo es, una injusticia y una tiranía.
-Los obreros no siempre ven ese aspecto de la cuestión. Quiero
decir, no siempre llevan el espíritu de observación hasta ese
punto.
-Bien sé, pero lo llevé yo. Estúpido nunca fui, gracias a Di...,
gracias a no sé qué...
Sonreímos ambos.
-Yo comprendí, es claro, que todo eso eran defectos del sistema
burgués; que no era por culpa del peluquero que yo ganaba menos,
ni por mi culpa que el cavador ganaba menos que yo. El sistema
burgués, en sus distintos engranajes, protegía al peluquero más
que a mí, y a mí más que al cavador. El mismo sistema que
protegía a la modista más que a mi cuñada costurera, a mi patrón
más que a mí, y al agricultor más que al peón de campo...
"Colmado de pensar todos los días -todos los días y todas las
noches- en estas injusticias, me volví un profundo sublevado.
Tampoco era fácil pensar en otra cosa. Era suficiente despertar
para oír las lamentaciones de mi madre y las quejas de mi padre
-casa donde no hay pan, mi viejo... -, era suficiente sentarme a
la mesa para encontrar argumentos, desde las mismas quejas y
trifulcas hasta lo que había encima de la mesa, lo que había
para cinco y tenía que alcanzar para once... Era suficiente esto
y todo lo demás... Era suficiente el tener que andar casi
siempre con una camisa que en el mejor caso estaba medio rota y
en el peor sucia, o tener que pasar un invierno entero sin que
hubiera manera de conseguir un sobretodo, a no ser que dejase de
dar el dinero en casa y hacerme pasar hambre no sólo a mí sino
también a los otros, que no tenían culpa. Por fin, todo esto, y
todo esto todos los días... *
[272D-10]
[Mec. ]
-El ideal del anarquista es la libertad, la igualdad por la
libertad, y la fraternidad por la igualdad en la libertad.
Fíjese bien: lo que hay de igualdad en el sistema anarquista no
acompaña a la libertad, proviene de ella. Para que
pueda haber un sistema intermedio entre el sistema burgués y el
anarquismo, y para que por él se pase suavemente hacia el
anarquismo, ese sistema intermedio
* Como se puede ver, el diálogo del interlocutor del banquero no
continúa ninguno de sus diálogos en la versión de 1922, por lo
que se debe conjeturar que otro nuevo texto, del que éste sería
a su vez la continuación, se perdió o ni llegó a ser pasado por
escrito.tiene que contener más libertad que el sistema burgués.
Si no fuera así, no es un paso hacia el anarquismo, sino una
simple sustitución del sistema burgués por ora cosa, o
equivalente, si no hay acrecentamiento de libertad, o peor, si
hay decrecimiento. Sustituir el sistema burgués por un sistema
equivalente es tomarnos el trabajo de realizar esfuerzos, y tal
vez hasta de derramar sangre y causar angustia, para quedar
exactamente en lo mismo. Es como si gastáramos dinero y trabajo
para mudarnos de una casa que queda lejos del Bajo, porque queda
lejos del Bajo, a otra casa, del otro lado de la ciudad e
igualmente lejos del Bajo.
"Pero lo peor es que no apareció todavía ningún sistema que
pueda ser considerado intermedio entre el capitalismo y el
anarquismo, que no sólo sea superior en materia de libertad al
capitalismo, sino que siquiera le sea equivalente. El socialismo
y el comunismo se basan en la idea de igualdad, despreciando la
de libertad. Son peores tiranías que el sistema burgués que, al
menos, basándose en el individualismo, siempre se basa en una
cosa que envuelve en germen la libertad. El socialismo y el
comunismo vuelven al Estado omnipotente, y a los hombres iguales
bajo ese monstruoso Rey Absoluto, que ni siquiera tiene cuerpo
para que podamos matarlo. Con el socialismo y el comunismo el
burgués pierde y el trabajador no gana. El burgués se vuelve
esclavo, lo que no era; el obrero, quedando igual al burgués,
continúa siendo, con otro dueño, el esclavo que era. En el
sistema burgués, un trabajador siempre podía, por trabajo o
suerte, o cualquier otra razón, conseguir dinero, ir
ascendiendo, hasta alcanzar un cierto grado de libertad, aquella
libertad que el dinero puede dar. En el régimen socialista o
comunista, no hay esperanza. Es la perfecta realización del
infierno sobre la Tierra, y en el Infierno, por lo que parece,
son todos iguales.
"Ya ve ud., que yo no podía aceptar el socialismo o el
comunismo, en cualquiera de las distintas formas de uno y de
otro, como pasos hacia el anarquismo, por la simple razón de que
ir hacia atrás no es el método más simple de ir hacia adelante.
El hecho, mi viejo, es que socialismo y comunismo son regímenes
de odio y, dígase en elogio de la humanidad, los regímenes de
odio no pueden durar.
-Regímenes de odio, ¿cómo?
-El objetivo del socialismo y del comunismo no es elevar al
trabajador sino rebajar al burgués. El trabajador queda en la
misma, si no peor, como ya le dije. Lo que el burgués pierde, el
obrero no lo gana. El anarquismo, por el contrario, es un
régimen de amor, y nadie quiere oprimir a quien ama.
[272D- 11 y dorso]
[Mixto]
-Está bien, comprendo. ¿Pero no habría otro tipo de sistema
intermedio, realmente intermedio, entre el capitalismo y el
anarquismo?
-Si lo hay, no lo conozco. Pero ud. verá, en el transcurso de mi
exposición, que no veo necesidad de tal sistema... Vamos ahora
al otro caso, el de, poniendo de lado al anarquismo por inviable
o provisoriamente inviable, admitir un sistema anticapitalista
menos radical que el anarquismo, pero con viabilidad o
viabilidad inmediata o cercana. El socialismo y el comunismo, ya
le mostré que no sirven; y si no sirven como sistemas de
transición, mucho menos sirven (¡caramba!, da frío pensar en
eso) como sistemas definitivos. De modo que lo que resta por
examinar es si el anarquismo será viable, o si será viable en un
tiempo relativamente cercano.
"Comencemos por dejar de lado esa historia de lo "relativamente
cercano". Lo que queremos es el bien de la humanidad, por la
libertad: lo que queremos es trabajar para establecer el sistema
que le dará ese bien. Hasta aquí está en nuestra mano. No está
en nuestra mano, sino en la operación de las leyes naturales, el
determinar la hora en que ese objetivo se realice. Por
consiguiente, lo que tenemos que examinar es si es viable el
sistema anarquista.
"Comencemos por definir lo que viene a ser eso de viabilidad. No
se entiende evidentemente, en el caso del anarquismo, su
viabilidad en nuestro tiempo, con estas costumbres y maneras
-maneras de actuar, de sentir y de pensar-, todas producto del
sistema burgués. Eso equivaldría a preguntar si el anarquismo es
viable dentro del sistema burgués. Se trata de saber si el
anarquismo no contraría la naturaleza humana. Si no la
contraría, es viable; si es viable, algún día, si
permanentemente trabajamos por él, él ha de llegar.
"La naturaleza humana se compone de dos elementos: los instintos
naturales, como el de conservación y el sexual, y los instintos
sociales, que se resumen en esto: en tener, con todos los otros
hombres, una aspiración común. Tener, con todos los hombres, una
aspiración común es -notará ud. - la base del sentimiento
religioso -dando al término, es claro, su sentido lato-, que es
el más alto sentimiento humano, el de la fraternidad en un ideal
común.
"Cuando los hombres se vayan convenciendo de que la libertad es
el supremo bien, y de que sólo en la libertad podemos ser
iguales y amarnos como hermanos, porque lo seremos, el ideal
anarquista habrá alcanzado el estadio religioso. Ahora, cuando
un ideal o una aspiración alcanza el estadio religioso
fatalmente vence, como lo prueba la historia de todas las
religiones; y fatalmente vence porque se encuentra de acuerdo
con lo que es, al mismo tiempo, el más alto y el más profundo,
el más humano y el más puro de los sentimientos humanos, porque
se encuentra, en suma, de acuerdo con la humanidad en sí misma,
con la humanidad entera.
"¿Se duda de que ese convencimiento se pueda dar, por
gradualmente que sea, en todos los hombres? ¿Por qué? El propio
sistema capitalista, porque es individualista, muestra la
conveniencia y la belleza de la libertad, y porque es opresor,
muestra su necesidad y la necesidad de remover las injusticias
que la oprimen. ¿Les llevará tiempo a los hombres alcanzar ese
convencimiento? Sin duda. Pero porque el convencimiento está de
acuerdo con la propia naturaleza humana, puede llegar; como está
de acuerdo con el instinto religioso, que traduce la aspiración
en acción, puede vencer; como es estimulado, positiva y
negativamente, por el régimen social en que vivimos, tiene con
qué alimentarse y poderse formar. De acuerdo así con la
naturaleza humana fundamental, pues no le impide ningún instinto
natural, y de acuerdo también con la naturaleza humana superior,
pues se adapta con su espíritu religioso, el anarquismo es
enteramente viable.
Se detuvo un momento en lo que ya era un discurso. Estaba un
tanto cansado. Señaló con un dedo la copa, mirando hacia el
criado. Éste la llenó de coñac. Rehusé con la cabeza que llenara
la mía. El banquero bebió de un trago. Pensó un poco. Se me
ocurrió una objeción y la expuse.
-Ud. dice que si una aspiración social alcanza el estadio
religioso, forzosamente vence, y me citó la historia de todas
las religiones. Acepto el argumento, pero le hago notar lo
siguiente: cualquier religión, después de vencer, ¿impuso
realmente, o conservó realmente, la aspiración que la había
formado? Fíjese en el cristianismo. Alcanzó el estadio
religioso, venció, es verdad. ¿Pero lo que se realizó fue
cristiano? ¿La civilización cristiana estuvo y está de acuerdo
con los principios cristianos? ¿La paz, el amor entre los
hombres, la caridad, la castidad, todo eso que está en el
cristianismo, a ud. le parece que ha sido muy sobresaliente en
la vida de la civilización cristiana?
-No me parece. Y presumo que ud. quiere decir que, alcanzando el
anarquismo el estadio religioso, y realizándose de esa manera,
malogrará, al realizarse, sus propios principios y aspiraciones
exactamente como el cristianismo, en su realización malogró los
suyos.
-De eso se trata.
-Pero, mi amigo, el cristianismo se malogró al realizarse porque
es una religión antinatural, antinatural porque contraría casi
todos los instintos humanos, y antinatural porque es
sobrenatural. Y lo sobrenatural es antinatural de dos maneras:
porque es sobrenatural, y porque sobre lo sobrenatural, que es
invisible e inverificable, es imposible obtener la creencia y el
acuerdo de todos los hombres. ¿A ud. no le parece más fácil que
nosotros dos coincidamos en que este coñac es bueno, porque lo
podemos probar, que en la idea que nos hagamos de la cara del
francés que lo fabricó? Pues es mucho más fácil, mucho más
natural y mucho más Q conseguir que los hombres aspiren a la
libertad, que saben lo que es, que a un cielo o a un Dios del
que no pueden tener en verdad idea alguna. Por otro lado, yo
cité el hecho histórico de que siempre haya vencido una
aspiración cuando alcanza el estadio religioso, simplemente para
probar la viabilidad del anarquismo cuando alcance ese estadio.
No comparé al anarquismo con ninguna religión, ni podría
compararlo. El anarquismo es la irreligión natural, puesta por
la Naturaleza en el corazón de los hombres. Empleo las frases
religiosas, ud. entiende, pero les pongo un signo menos. Y así
está claro.
-Si ud. hubiera dicho "el estadio místico", en lugar de "el
estadio religioso", yo no hubiera hecho objeción alguna.
-Es verdad. Tiene ud. mucha razón. De hecho es eso lo que yo
debería haber dicho. ¿Pero ud. comprende, no es verdad?
-Ahora, perfectamente*1.
[272D-12]
[Mixto]
No tenía escrúpulos. ¿Por qué había de tener escrúpulos? ¿Cómo
puede tener escrúpulos quien está trabajando por la liberación
de la humanidad?
Casi tuve ganas de reír, pero mi risa murió antes de pensar en
nacer14. El banquero hablaba calurosamente y con evidente
sinceridad.
Y en un gesto aún triunfal pidió la cuenta.
-Un colegio de jesuitas. Un jesuita debería retorcerse de rabia
de ver cómo allí se realizó en serio la tal historia de, ¿cómo
es que se llama?..., del perínde ac cadáver. Los jesuitas, al
menos, tienen la excusa del Otro Mundo. Los comunistas, hijo,
son los jesuitas sin excusa.
Hay intelectuales, profesores, estudiantes avanzados, y otras
personas así que son socialistas y comunistas... Y ésos, en
general, ni son de la tal "gente humilde" ni pasaron hambre
ni...
-Ahora deje eso, hombre, deje eso. ¿Usted considera que yo, yo
que sé cómo se forma, cómo se forma en serio, un sublevado,
usted considera que yo creo en la sinceridad de esos mierdas? Si
un tipo cree en una cosa como el comunismo o el anarquismo sin
haber pasado por lo que yo pasé Que uno u otro se considere
sincero, está bien: también hay mucha gente que se considera
inteligente y no lo es, y que se considera buena y no lo es, y
que se considera bonita y no lo es. ¡Bromas, mi amigo! Hay que
pasar por cosas que a uno lo sublevan para llegar a ser un
sublevado. No siendo así, sólo siendo un santo, porque sólo un
santo puede tener, sólo por el corazón y sin que sea por la
experiencia, amor a la humanidad.
-Pero, finalmente, siempre hay un Kropotkin, un Tolstoi...
-Y un Jesucristo, podía ud. agregar. Pero ésos son para mí de la
especie de los santos. Y fíjese, ¿cuántos Kropotkin o Tolstoi
considera ud. que andan por ahí dando vueltas por el mundo?
Hombre, si el mismo Cristo era de gente humilde y, naturalmente,
también pasó las suyas.
-Usted al menos no anda creyendo algo muy habitual entre sus
correligionarios. Ud. acepta la existencia histórica de Cristo.
-Ni la acepto ni la dejo de aceptar. Me estoy sirviendo de
argumentos que ud. pueda comprender, como si ud. fuese inglés y
no hablase otra lengua, yo le estaría diciendo lo mismo en
inglés*2.
*1 Es evidente que la página 272D-11 continúa la 272D-10. Todo
este texto se presenta como variante de la respuesta del
banquero a la pregunta: "¿Por qué escogió ud. esa fórmula
extrema y no se decidió por cualquiera de las otras... de las
intermedias?... " (p. 7).
14 Más adelante, en la misma página, variante para la última
parte de la frase: "pero mi risa no llegó a ser generada".
*2 Se encuentran, claramente, tres secuencias distintas: un
primer párrafo que remite al último diálogo de 27*0-3 y que no
"encaja" en ningún momento de la versión de 1922; una frase
aislada, variante de la última frase del cuento; la parte final,
que continúa en la página 27*0-13, remitiendo también a 272D-3,
y que se presenta como agregado, para ser insertado después de
la referencia a la Revolución Rusa (p. 10).
[272D-13]
[Mixto]
-¿Entonces a qué atribuye ud. ese comunismo de los
"intelectuales" y otros por el estilo?
-Quién sabe. La razón no ha de ser la misma para todos. En unos
ha de ser a causa de esa porquería que se llama esnobismo. En
otros será por aquello de que es la manera más moderna de
vincularse con la religión. Los restantes, esos que parece que
nacen para esclavos, y tienen como los rusos el ansia de que los
manden, por influencia de compañías o de lecturas. Los más
viejos y los más jóvenes a causa de la parte sexual del asunto.
El amor libre, eso ya lo noté entre los anarquistas, fue siempre
una teoría muy querida por los impotentes y por los onanistas.
-Y las mujeres, por lo que parece...
-Ah, eso...
-Hay una señora aquí cerca, en una mesa -le advertí
rápidamente...
El banquero estuvo callado un momento, que aprovechó [para]
encender de nuevo el cigarro.
-Continuemos con su exposición -le recordé.
El banquero asintió con la cabeza. Después de unos momentos
prosiguió15.
-La tiranía es siempre la tiranía -dijo el banquero-. ¿Para qué
diablos sustituir la tiranía social del sistema burgués por la
tiranía de Estado del sistema socialista o del sistema
comunista? Eso es pasar un preso de la celda 23 a la celda 24.
-La celda 24 puede ser más confortable -lo atajé sonriendo.
-Es posible, pero el único verdadero confort es la libertad.
Vamos, déjeme continuar, o antes déjeme responder a su
objeción... ¿Dice ud. por qué no opté yo por cualquier sistema
intermedio entre el sistema burgués y el anarquismo? Ahora bien,
eso puede entenderse de dos maneras: tomar a ese sistema
intermedio como sistema definitivo y preferirlo al anarquismo,
puede ser más viable o menos inviable; o tomar a ese sistema
intermedio perfeccionamientos, a alcanzar finalmente el estadio
anarquista. Ahora le voy a responder a ambas hipótesis...
15 Entre este párrafo y el diálogo siguiente, aparece destacada
la frase: "No sé lo que ud. iba a decir, pero basta lo que ya se
le escapó. "
Epílogo
"El escrúpulo es la muerte de la acción. "
barón de teive
"Todo lo que es humano en el hombre y
más que cualquier otra cosa, la libertad, es
el producto de un trabajo social, colectivo. "
mijail bakunin
El banquero anarquista, cuento publicado en el N91 de la revista
Contemporánea, en 1922, ha merecido, sorprendentemente tal vez,
un conjunto apreciable de ediciones y reediciones a lo largo de
los últimos ochenta años.
Estas sucesivas ediciones o reimpresiones reproducen, por lo
general, con erratas de más o de menos, actualizando o no la
ortografía "etimológica" de Fernando Pessoa, el texto de 1922.
La única excepción y novedad está constituida por la última
edición de Teresa Sobral Cunha (Relógio d'Água, Lisboa, 1998)
que incluye también una nueva versión, fruto de un montaje hecho
a partir de los diferentes textos, existentes en el legado
pessoano de la Biblioteca Nacional de Lisboa, con los cuales el
poeta encaraba la hipótesis de rever, corregir y aumentar su
cuento.
De hecho, es el mismo Fernando Pessoa quien, en diversas
ocasiones, se refiere a esa intención. En una carta a Adolfo
Casáis Monteiro, del 13 de Enero de 1935, escribe:
Estoy ahora completando una versión enteramente modificada de El
banquero anarquista; que debe estar lista en breve y espero, en
cuanto esté lista, publicarla de inmediato. Si así fuera,
traduciré inmediatamente ese texto al inglés, y voy a ver si
puedo publicarlo en Inglaterra. Tal como debe quedar tiene
posibilidades europeas. (No tome esta frase en el sentido del
Premio Nobel inmanente).
Algunos días después (20 de enero), dice al mismo destinatario,
refiriéndose a proyectos de publicación:
Para esa fecha, que indico como probable para la aparición del
libro mayor, deben estar publicados El banquero anarquista (con
nueva forma y redacción), (... )
Y más adelante:
En cuanto a la publicación de El banquero anarquista en inglés,
tampoco ahí ocurrirá ninguna, creo yo, pero por otras razones,
dificultad notable. Si la obra tuviera capacidad de interesar al
mercado inglés, el agente literario a quien se la enviara la
colocaría más tarde o más temprano.
Este proyecto relativo a su "sátira dialéctica" (como la llama
en otra carta, ésta dirigida al director de Contemporánea, José
Pacheco, en el mismo año de 1922) no llegaría a concretarse.
Pessoa iba a morir, como se sabe, en noviembre de 1935, sin
siquiera haber completado la modificación que se proponía hacer
y que, tal vez un poco "fingidamente", daba, en enero, como casi
realizada.
En realidad, los textos que nos dejó son otros tantos borradores
-algunos manuscritos informes, otros mecanografiados con
distintos agregados, otros incluso que aparecen dispersos, sin
ningún antecedente discursivo que remita a ellos (o que haga
suponer que o se perdieron otros textos, eventualmente escritos
por Pessoa, o que éste no llegó a producirlos)-, todos ellos sin
ninguna indicación rigurosa con respecto al lugar donde podrían
ser insertados, o acerca del texto de la versión de 1922 que
podrían venir a sustituir.
La misma traducción al inglés iba a quedar postergada. Tanto
como es posible apreciar por los textos conocidos, Fernando
Pessoa apenas tradujo poco más que página y media del comienzo
de su "cuento del raciocinio". Pero, curiosamente, lo hizo a
partir del original publicado en Contemporánea, lo que lleva a
pensar que hizo esta traducción antes de la modificación
prevista o, si no, que había dejado de lado, mientras tanto, la
idea de rever y aumentar el texto primitivo, o aun que, por lo
menos en la parte inicial, había optado por no alterarlo. (Esto
es, por otro lado, práctica habitual en Fernando Pessoa,
ampliamente comprobada, por ejemplo, en la edición crítica de
los Poemas ingleses hecha por Joao Dionisio: proponer una
variante o una nueva versión que después termina por rechazar,
optando por la primera redacción del texto).
Por todo esto, me parece de buen criterio no intentar hacer con
este conjunto de borradores (aunque algunos de ellos,
especialmente los más largos, mecanografiados, representen un
significativo enriquecimiento del texto, más despojado,
publicado en Contemporánea) un montaje, o sea, una nueva versión
puramente virtual, aunque legítima. Me pareció preferible, en
contrapartida, agregarlos como apéndice, dándolos a leer y a
conocer en toda su corporalidad - y no truncados, como acabaría
irremediablemente por ocurrir, si fuesen, forzadamente,
insertados en el texto ya conocido.
Por otro lado, estos textos, así presentados, quedan como una
invitación a los lectores para que cada uno pueda construir su
versión de revisión -siempre posible, a pesar del riesgo de
falsear la voluntad del autor- del cuento impreso en 1922 y que,
según el mismo Pessoa confiesa amargamente a José Pacheco (en la
carta antes citada), "nadie leyó".
No será difícil admitir, con (como) Pessoa, que su "sátira
dialéctica" haya pasado inadvertida al inexistente medio culto
portugués. Haber sido publicada en una revista no contribuyó,
ciertamente, a atraer sobre sí una atención particularizada,
aunque la novedad del primer número de Contemporánea pudiera
parecer, en principio, jugar a su favor.
Sin embargo, la fortuna póstuma de que el texto ha gozado hace
suponer que, por lo menos desde el punto de vista editorial, su
relectura se ha impuesto ampliamente. El hecho de tratarse de
una de las pocas producciones autónomas pessoanas, publicada en
vida del autor (aunque fuera en una revista), podrá justificar,
hasta cierto punto, ese interés de los editores.
Pessoa reconoce, además, la escasez de su obra publicada y
atribuye a El banquero anarquista una importancia tal que
incluye siempre ese título en las extensas listas que, a lo
largo de los años, fue trazando de las obras a publicar o a
reeditar, en Portugal y en Inglaterra, decidiendo por eso
también encarar su modificación.
La invitación a la lectura de esta "sátira" continúa siendo, hoy
como entonces, enteramente válida.
En primer lugar, El banquero anarquista se impone como una obra
imprescindible para el conocimiento de la práctica literaria y
cosmovisión pessoanas. Da cuenta, por un lado, del uso (propio
de un escritor que se define a sí mismo como un "raciocinador
minucioso y analítico") de una lógica implacable, aunque se
asiente, muchas veces, en falacias o argumentos poco ortodoxos
(es el caso del hombre que combate la ficción del dinero
enriqueciéndose, en nombre de una doctrina que proclama la
necesidad de destruir el foso entre ricos y pobres... ) y de una
implacable ironía (un anarquista que se vuelve banquero, un
banquero que se confiesa anarquista... ). Y, por otro lado, se
nos presenta como un producto que, apareciendo fechado, no deja,
paradójicamente, de trasponer las fronteras temporales y de
darnos la impresión de una notable actualidad.
Escrito en plena posguerra, en un Portugal político altamente
inestable, con los ecos muy próximos de la Revolución Rusa de
1917 (Pessoa se refiere, por otro lado, de manera premonitoria,
a lo que de ella resultaría: "Algo que va a atrasar decenas de
años la realización de la sociedad libre... ", p. 11) y con su
influencia ideológica haciéndose sentir a varios niveles1, El
banquero anarquista toma de esos vientos su inspiración.
La misma biografía pessoana puede proporcionar, igualmente,
algunas pistas de lectura, en la medida en que el poeta venía
experimentando, en los últimos años, una necesidad cada vez más
apremiante de mejorar su situación financiera, o la veleidad de
volverse incluso un empresario exitoso.
En 1917-18, Pessoa funda, con los amigos Geraldo Coelho de Jesús
y Augusto Ferreirá Gomes, una firma de comisiones y
consignaciones, y en 1921 emprende, por ejemplo, por medio de
otra firma, propiedad suya -la editora Olisipo, también agencia
de servicios- una serie de contactos con empresas inglesas, como
intermediario para la compra y venta de minas en Portugal. Con
este negocio, de ser concretado, habría conseguido,
posiblemente, su independencia económica: se habría liberado de
la ficción del dinero1...
Pero el fracaso absoluto del emprendimiento puede haber servido
para confirmar aquello que Pessoa ciertamente sabía desde muy
temprano: que sólo un banquero, un comerciante acaparador, con
una total ausencia de escrúpulos y dejando de lado las buenas
intenciones, podría aspirar a esa liberación2.
Es curiosamente en este punto que reside la vulnerabilidad de la
propuesta política del cuento, propuesta que, diciéndose
anarquista, contradice, ya desde un comienzo, los principios del
anarquismo, incluso de un anarcoindividualismo que parecería, a
cierta altura, poder ser la ideología defendida por el personaje
del banquero: apología del egoísmo y de la competencia
desenfrenada y despiadada, de talante ultraliberal;
mitologización del dinero, considerado como un compulsivamente
buscado objeto de posesión y no transformado, como defendería un
"verdadero" libertario, en un simple medio de trueque; ausencia
del proyecto de una sociedad nueva o de un nuevo modelo social,
necesariamente solidario y anticapitalista.
No debe haber dudas de que Fernando Pessoa se da cuenta de estas
contradicciones y de que se sirve de ellas para producir el
efecto pretendido. En la biblioteca pessoana se encuentran, por
ejemplo, entre muchas otras, tres obras de Gustave Le Bon, así
como The Man versus the State, de Herbert Spencer; As doutrínas
anarquistas, de Paul Eltzbacher (traducida al portugués por el
anarquista Manuel Ribeiro), o la obra de otro conceptuado
intelectual anarquista, contemporáneo suyo, Emilio Costa, Vida
portuguesa: ilusóes políticas, lo que muestra su conocimiento e
interés por el pensamiento y reflexión en el área de la
sociología política ligada a las corrientes socialistas,
individualistas y anarquistas. La suprema ironía está, además,
en esas paradojas, tan al gusto del autor que, recuérdese, pone
en la escritura de su muy cercano Bernardo Soares estas dos
máximas contradictorias:
El dinero es bello, porque es una liberación.
Eres libre si puedes apartarte de los hombres, sin que te
obligue a buscarlos la necesidad del dinero (... )
Es también en este punto que su "sátira dialéctica" se revela de
una modernidad sorprendente: frente al relato que el
protagonista hace de su lucha por la conquista del dinero y a
las justificaciones que presenta
por los atropellos y traiciones a la ideología, se diría que
estamos en presencia de la historia de un Bill Gates más del
momento. Salta a la vista la premonición pessoana de un mundo
cada vez más dominado por la tiranía del dinero, por el
vaciamiento ideológico y por la consiguiente desaparición de los
principios, sumergidos y subvertidos por los intereses, donde
moralidad, lealtad, fraternidad, son palabras vanas y los fines
justifican, maquiavélicamente, todos los medios.
El tan actual, y cada vez más proclamado, triunfo de lo
económico sobre lo político es irónicamente puesto en
perspectiva desde el mismo título -el protagonista es
presentado, en primer lugar, como banquero y sólo después,
clasificado como anarquista-, especie de sombra que lo acompaña
o de mancha cuya existencia, a lo largo del cuento, se esfuerza
por explicar.
El banquero, digno representante del homo economicus de fin de
siglo, gasta sus energías para encontrar argumentos que
contrarían, finalmente, la romántica ideología de la que se dice
seguidor. Lo político aparece, así, como pura ficción, a la cual
se superpone, mientras tanto, como Pessoa constataba ya en 1922,
la real ficción de la economía3. Es de ella que el banquero,
siendo banquero y siendo, por lo tanto y simultáneamente,
también un viejo tirano y también un viejo esclavo de su propio
poder, no conseguirá ser liberado.
Con sus fragilidades, dígase, El banquero anarquista constituye,
de hecho, un amargo e irónico retrato de su sociedad, nuestra
contemporánea, a la cual los textos alternativos y
complementarios añadirían, quizás, alguna consistencia, pero no
lo volverían más actual, de lo que merece, pues, ser leído por
"todo el mundo" y, una vez más todavía, reeditado.
Manuela Parreiro da Silva
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