Petro asume la presidencia de Colombia; buscará una «paz total»

«Es la hora del cambio», dice.

La guerra contra las drogas ha fracasado, señala el primer gobernante progresista del país.

La senadora María José Pizarro colocó la banda presidencial a Gustavo Petro, economista de 62 años, ayer en la ceremonia de toma de posesión que se llevó a cabo en la Plaza de Bolívar, en Bogotá. Foto Xinhua.

(Afp, Ap y Prensa Latina) Bogotá. «No podemos seguir en el país de la muerte, tenemos que construir el país de la vida», proclamó ayer Gustavo Petro Urrego tras asumir la presidencia de Colombia con la promesa de que «cumpliremos los acuerdos de paz», al señalar que «este es el gobierno de la vida, de la paz, y así será recordado», y aseverar: «desde hoy empezamos a trabajar para que más imposibles sean posibles en el país. Si pudimos, podremos».

Petro asumió como el primer mandatario progresista de este país sudamericano, con un discurso en el cual se comprometió, además, a unir a una dividida nación, luchar contra la pobreza, la desigualdad y el cambio climático, además de buscar la paz con la guerrilla y las bandas criminales.

Decenas de miles de simpatizantes se reunieron en el centro de Bogotá y en grandes pantallas instaladas en lugares públicos de todo el país.

«Uniré a Colombia. Uniremos, entre todos y todas, a nuestra querida Colombia. Tenemos que decirle basta a la división que nos enfrenta como pueblo», dijo el mandatario.

«Es la hora del cambio. Hoy empieza la Colombia de lo posible. Estamos aquí contra todo pronóstico, contra una historia que decía que nunca íbamos a gobernar, contra los de siempre, contra los que no querían soltar el poder», destacó.

La ceremonia de toma de posesión se cumplió en la histórica Plaza de Bolívar de Bogotá, donde estaban congregadas unas 100 mil personas, mandatarios de América Latina e invitados especiales.

El presidente del Senado, Roy Barreras, le tomó juramento y le colocó la banda presidencial junto a la senadora María José Pizarro, hija de Carlos Pizarro, ex candidato presidencial y ex comandante de la desmovilizada guerrilla M-19, a la cual perteneció el ahora presidente. La senadora Pizarro, cuyo padre fue asesinado en abril de 1991, colocó la banda en representación de los cientos de miles de víctimas de la violencia.

«Hasta que la dignidad se haga costumbre»: Márquez

El flamante mandatario dio posesión a su vicepresidenta Francia Márquez, la primera afrocolombiana en asumir ese cargo, y quien juró lealtad ante la Constitución, el pueblo de Colombia y sus ancestros y ancestras «hasta que la dignidad se haga costumbre».

En su primer discurso, Petro resaltó: «tenemos que terminar, de una vez y para siempre, con seis décadas de violencia y conflicto armado», y convocó, también, «a todos los grupos armados a dejar las armas en las nebulosas del pasado, a aceptar los beneficios jurídicos a cambio de la paz, a cambio de la no repetición definitiva de la violencia, a trabajar como dueños de una economía próspera pero legal que acabe con el atraso de las regiones».

Petro, economista de 62 años que fue congresista, se propone buscar una «paz total» que silencie los fusiles y antes de su posesión anunció que restablecerá una negociación con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional.

Con las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colomia pretende implementar el acuerdo de paz de 2016 que permitió la desmovilización de unos 13 mil combatientes, mientras busca alternativas jurídicas para las bandas criminales implicadas en el narcotráfico que recibirían beneficios como rebajas de penas a cambio de delación de rutas.

Francia Márquez, primera afrocolombiana en asumir la vicepresidencia.Foto Afp

El conflicto armado interno dejó al menos 450 mil muertos, la mayoría civiles, sólo entre 1985 y 2018.

«No creí que yo alcanzara a estar vivo para ver que por fin esto está pasando, yo sé que no vamos a cambiar de un día para otro, pero esto es apenas el comienzo», comentó Nelson Molina, de 56 años, quien trabaja como plomero.

El mandatario también propuso una nueva estrategia internacional para combatir el narcotráfico: «es hora de una nueva Convención Internacional que acepte que la guerra contra las drogas ha fracasado, que ha dejado un millón de latinoamericanos asesinados durante estos 40 años, y que deja 70 mil norteamericanos muertos por sobredosis cada año. Que la guerra contra las drogas fortaleció las mafias y debilitó los estados».

Colombia enfrenta la permanente presión de Estados Unidos para erradicar los cultivos de hoja de coca, la materia prima de la cocaína, así como para confiscar los cargamentos de la droga.

Petro anunció que implementará planes para reducir el hambre en el país de 50 millones de habitantes, donde cerca de la mitad de la población vive en la pobreza.

Recordó en su discuso que sus planes también contemplan educación universitaria pública gratuita, cambios al sistema de salud y subsidios para los ancianos pobres que no reciben jubilación.

Sus promesas económicas, incluida una reforma al sistema de pensiones y la prohibición de nuevos proyectos de exploración petrolera en favor de las energías renovables, provocaron nerviosismo en los empresarios e inversionistas, a pesar de que nombró ministro de Hacienda al reconocido economista José Antonio Ocampo.

Aunque la izquierda no logró la mayoría de las 295 curules del Congreso, Petro consolidó una coalición con las fuerzas de centro y partidos tradicionales, como el Liberal, que le garantizarían la aprobación de sus reformas y la gobernabilidad.

El mandatario también se comprometió a luchar contra la corrupción y el cambio climático e impulsar la industria nacional.

La primera medida de Petro como presidente fue ordenar a los militares llevar la espada del libertador Simón Bolívar, héroe de la independencia de Colombia, Bolivia, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela, robada por el M-19 en 1974 y devuelta en la década de los 90.

El presidente saliente Iván Duque había negado la autorización para sacar de la espada del palacio presidencial y exhibirla durante la ceremonia de toma de posesión.

La Jornada