Philip Roth, el novelista que diseccionó la furia sexual masculina

Por Daniel Arjona @DaniArjo

“Sí, en solo unos meses dejaré la ancianidad y entraré en la ancianidad profunda: cada día cayendo aún más hondo en el temible Valle de las Sombras. Ahora es sorprendente estar todavía aquí al final de cada día. Meterme a la cama por la noche, sonreír y pensar: ‘Viví un día más’. Y luego es sorprendente despertar ocho horas después, ver que es la mañana del día siguiente y que sigo aquí: ‘Sobreviví otra noche’. Pensarlo me hace sonreír otra vez. Me duermo con una sonrisa y me despierto con otra. Me encanta seguir vivo. Además, cuando esto sucede, como ha sido semana tras semana y mes tras mes desde que comencé a cobrar mi pensión, produce la ilusión de que nunca terminará, aunque por supuesto sé que puede hacerlo en cualquier momento. Es como jugar una partida, todos los días; una partida de apuestas altas que ahora, incluso en contra de las probabilidades, simplemente sigo ganando. Ya veremos cuánto me dura la suerte”. Así comenzaba la última gran entrevista del escritor estadounidense Philip Roth a Charles McGrath de The New York Times el pasado enero, justo antes de cumplir 85 años. La suerte de Roth ha terminado hoy al morir a causa de una insuficiencia cardiaca en Nueva York.

En aquella entrevista, al ser interpelado por el Me Too y las denuncias masivas de acoso sexual, Philip Roth admitía que la “furia erótica” masculina había sido una clave esencial de sus novelas: “Los hombres envueltos en la tentación sexual son uno de los aspectos de la vida masculina sobre los que he escrito en algunos de mis libros. Los hombres que responden al insistente llamado del placer sexual, plagados de deseos vergonzantes y de la temeridad de la lujuria obsesiva, maravillados incluso con el señuelo del tabú; durante décadas me he imaginado una pequeña cofradía de hombres perturbados, poseídos por fuerzas enardecedoras con las que deben negociar y a las que deben oponerse”. Y concluía: “En consecuencia, ninguna de las conductas más extremas sobre las que he leído últimamente en los periódicos me ha sorprendido”.

Roth fue acusado de todo tipo de ignominias desde el principio de su carrera por cumplir -brillante y elocuente- exactamente con aquello que se le exige a los mejores escritores: plasmar las contradicciones, obsesiones y miserias de su propia condición, un varón judío americano que alcanza la madurez en los convulsos años 60. Tras la publicación de su primer libro ‘Goodbye Columbus’ (1959), un rabino de Nueva York escribía una carta a la Liga Antidifamación exigiendo “silenciar a este hombre’ y añadiendo que “los judíos de la Edad Media habrían sabido que hacer con él”. Las acusaciones de autodesprecio judío y de antisemitismo hacia aquel escritor que se atrevía a mostrar en sus páginas judíos estadounidenses perfectamente prósperos que poco a poco iban arrinconando en su memoria el drama del Holocausto, crecieron hasta tal punto que, algunos años después, Roth recordaba divertido cómo aquella obra -por otra parte tan bien recibida por la crítica y merecedora del National Book Award en 1960- era citada en algunos círculos como “mi ‘Mein Kapf'”.

Los violentos ataques se redoblaron una década después -años erráticos en los que el escritor, sumido en un estrepitoso divorcio con su primera esposa Maggie, sufrió la peor “parálisis imaginativa” de su extensa carrera- y de nuevo con otra gran novela, quizás la mejor de Roth y aquella con la que logró la cuadratura del círculo literario: admirar a la crítica y colocar además centenares de miles de ejemplares en los domicilios de sus lectores. Pero estos ataques eran de otra índole: ahora a la acusación de “judío antisemita” se añadía la de “obseso sexual”.

¿Cómo se habría recibido una novela como ‘El mal de Portnoy’ (1969) si, en lugar de en los lúbricos años sesenta se hubiera publicado hoy, en tiempos de sensibilidad a flor de piel ante el acoso sexual en los que se discute en las páginas de los periódicos si ‘Lolita’, de Nabokov debiera ser censurada? Porque lo cierto es que el libro trata precisamente de un “enfermo” aquejado de un peculiar “desorden en que unos poderosos impulsos éticos y altruistas se hallan en perpetuo conflicto con un deseo sexual extremo, a menudo de naturaleza perversa”.

El protagonista de la novela es Alexander Portnoy, un judío aficcionado a la masturbación incesante que en sucesivas consultas a su psicoanalista da cuenta de una vida marcada por la obsesión erótica -vouyerismo, exhibicionismo, fetichismo- y la vergüenza. Aquello era el colmo incluso para los 60. Cuando la novela había vendido más de 200.000 ejemplares en sus primeras diez semanas nada menos que el Times publicaba un editorial titulado ‘Pasarse de la raya (y caer en la basura)’ en el que mencionaba a “un superventas actual saludado como una ‘obra maestra’ que, deleitándose en un autoindulgente psicoanálisis público, ahoga sus méritos literarios en repugnantes excesos sexuales”.

Sus novelas de los 70 llevaron a su hermana mayor a escribirle: “¿Por qué no ciegas ese pozo y cavas en otro lugar en busca de inspiración?”

Para Claudia Roth Pierpont -biógrafa del escritor y sin ninguna relación familiar con él pese a la coincidencia del apellido- ‘El mal de Portnoy’ fue “uno de los actos subversivos culminantes de una época subversiva”. Y la subversión continuó pues las novelas que Roth publicaría en los 70 -y en las que se presenta por primera vez su alter ego literario Nathan Zuckerman- mostraban un surrealismo grotesco voluntario. Roth aseguraría más tarde que “no estaba tratando de espantar a ese público enorme que me había ganado en Portnoy pero tampoco me importaba si lo hacía… Y supongo que lo hice”. Obras como ‘El pecho’ (1971), ‘La gran novela americana (1973), ‘Mi vida como hombre’ (1974) o ‘El profesor del deseo’ (1977) llevaron a su hermana mayor a escribirle: “¿Por qué no ciegas ese pozo y cavas en otro lugar en busca de inspiración?”

“No soy un vagabundo, ni un vicioso, ni un gigoló, ni una especie de pene con patas”, le dice Peter Tarnopol, el protagonista de ‘Mi vida como hombre’ a su psiquiatra, reflejando así los oscuros pensamientos de Roth por aquella época singularmente marcada por un viaje a Praga en 1972 a la busca de la sombra de Kafka en el cual al progesista y antinixoniamo Roth le sobrecogieron los estragos de la reciente invasión soviética de 1968 y se implicó en el apoyo a los escritores disidentes checos como su admirado Milan Kundera. Así, su atención a las estridencias de la “furia sexual masculina” se vería atenuada -aunque ni mucho menos borrada- en los ochenta y los noventa, ‘los años de Zuckerman’, años donde encontramos lo mejor de la producción novelística del escritor.

Las sutiles transformaciones en la escritura de Roth arrancan en 1978 con ‘La visita al maestro’, la deliciosa ‘nouvelle’ en la que un joven Zuckerman cree toparse con una clandestina Anna Frank encarnada en la hija de su escritor predilecto, E.I. Lonoff. El alter ego de Roth es también el personaje principal de novelaza como ‘Zuckerman desencadenado’ (1981), ‘La contravida’ (1986) o ‘Pastoral americana’ (1997), la obra cumbre con la que el escritor se alzó con el Pulitzer y en la que embiste contra los sueños libertarios de los sesenta malogrados en la violenta pesadilla del terrorismo político.

En 2012 anunció que dejaba de escribir ante “la fuerte sospecha de que ya había hecho mi mejor trabajo y cualquier cosa más sería inferior”

Los 90 son también los años de la enfermedad en los que Roth está a punto de morir dos veces y, con un quíntuple bypass en el pecho, redobla frenéticamente su actividad. La vejez y la parca acechan en títulos del nuevo siglo como ‘La mancha humana’ (2000), ‘El animal moribundo’ (2001), ‘Elegía’ (2006) o ‘Sale el espectro’ (2007). También el infierno del deseo sexual frustado, de la incontinencia urinaria o la impotencia. En 2012, tras concluir una trilogía más modesta de novelas -‘Indignación’ (2008), ‘La humillación’ (2009), ‘Némesis’ (2010)- el escritor anunció que dejaba de escribir ante “la fuerte sospecha de que ya había hecho mi mejor trabajo y cualquier cosa más sería inferior”.

Por cierto que la Academia Sueca que nunca otorgó el Nobel a Roth y que este año ha suspendido la entrega del premio tras un escándalo de abusos sexuales, bien podría disolverse definitivamente tras escapársele uno de los más grandes escritores del último siglo.

Al final de su biografía ‘Roth desencadenado’, Claudia Roth Pierpont recuerda su último encuentro con el autor una tarde de primavera a la puerta del Carnegie Hall de su amada Nueva York, tras asistir fascinado a un recital de un cuarteto de cuerda con la música de Shostakóvich y Bach aún resonando en su cabeza. “La gente se disgrega en varias direcciones y Roth busca un taxi en la Octava Avenida, con el brazo alzado. La espera se alarga un poco y los desconocidos que pasan por su lado lo saludan. Un hombre de pelo canoso que cruza la avenida se lanza: ‘¡Hola, me ha encantado todo lo que ha escrito en los últimos cincuenta años -dice, y luego añade rápidamente- Soy mayor de lo que parezco’. Roth, que ha estado tarareando para sí, emerge de sus pensamientos a tiempo de responder: ‘Yo también soy mayor de lo que parezco'”.

El Confidencial.com

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