Planeros reales… los que tienen coronita

Un análisis de un tipo de subvención que no suele ser criticada por las derechas: las monarquías y sus privilegios.

Por Álvaro Ruiz

Imagen: Cortejo fúnebre de la reina de Inglaterra. AFP

No quisiera confundir con el título de la nota, por eso prevengo a los lectores más sensibles a las noticias funestas de hace un par de semanas. Lo de «reales» no alude a lo «verdadero», aunque quizás algo de eso se filtre de mi subconsciente. De lo que se trata, y es objeto de esta nota, es de la fabulosa -e increíble por su pacífica aceptación- subvención que ciertos Estados -con los recursos de sus Pueblos- brindan a las «realezas».

Las monarquías actuales

Aunque resulte difícil de comprender, en la actualidad y desde hace ya mucho tiempo, existen regímenes monárquicos en diferentes puntos del planeta entre los cuales, es cierto, que aparecen diferencias en el grado de autoritarismo o amplitud de las atribuciones que presentan y otro tanto con respecto a su origen e imposición.

A los fines de las reflexiones que me propongo habré de ceñirme a las occidentales, no sólo por la cercanía «cultural» que sea factible reconocer, sino por verificarse en sociedades y países que se reivindican como «civilizados», modernos y cultores de principios de organización social avanzados y respetuosos de derechos humanos fundamentales. Condiciones, que suelen anteponerse frente a monarquías de otras regiones del mundo que se señalan como carentes de esas cualidades e inmersas en un profundo atraso.

Un rápido repaso del mapa «real» europeo nos arroja la existencia de doce monarquías: Andorra, Bélgica, Dinamarca, España, Holanda, Liechtenstein, Luxemburgo, Mónaco, Noruega, Países Bajos, Suecia y Reino Unido.

Esta última, en particular se extiende a otros territorios ultramarinos, como Antigua y Barbuda, Bahamas, Belice, Granada, Jamaica, Islas Salomón, Papúa Nueva Guinea, San Cristóbal y Nieves, San Vicente y las Granadinas, Santa Lucía, Tuvalu. Territorios insulares, muchos de ellos en nuestra región, que a pesar de su formal «independencia» reconocen como Jefe de Estado al -ahora- rey del Reino Unido, el impresentable Carlos III, contando con un Gobernador o Primer Ministro en cuya designación interviene el monarca, y que forman parte de la Mancomunidad de Naciones (Commonwealth) a las que se las identifica -eufemísticamente- como monarquías parlamentarias.

Monarquías ¿republicanas?

Una clara exageración del lenguaje es la de considerar Repúblicas a las monarquías porque, aún, cuando exista un determinado margen electivo emparentado con la soberanía popular o un cierto esquema parlamentario, sería impropio entenderlas como tales en sentido estricto y tradicional, tanto se las considere -hipócritamente- emergentes de la voluntad de Dios o del Pueblo.

Las Repúblicas conforme a la conceptualización moderna son las que resultaron, justamente, de la confrontación con los regímenes de las realezas y con miras a su sustitución por Estados organizados en base a la voluntad y el poder popular, desconociendo todo privilegio nobiliario y prevalencias por razones de sangre, estirpe o dinastía.

Además, es preciso tener en cuenta la historia de esos países monárquicos, que en la mayor parte de los casos han sido o siguen siendo imperios y, en tanto tales, se han enriquecido con políticas de colonización y devastación de los territorios conquistados.

Tomemos algunos ejemplos para mensurar las «cualidades» de sus políticas de dominación, como las consecuencias perniciosas que de las mismas devinieron para las poblaciones que cayeron bajo su poder imperial o colonial.

Países Bajos (antes Holanda), en donde se ungió como reina a la ex argentina Máxima -lo que algunos compatriotas celebran eufóricos- y quien también presenta antecedentes familiares ligados al genocidio (su padre Jorge Zorraguieta, ex Secretario de Agricultura y Ganadería de la dictadura de Videla), al igual que otras monarquías europeas colonialistas muestra una historia plagada de salvajes violaciones de derechos humanos.

Bastaría, mediante un elemental ejercicio de memoria, con recordar la actuación de las Compañías de las Indias Occidentales y Orientales originadas en las Provincias Unidas de los Países Bajos.

«En el siglo XVI se crean las Provincias Unidas de los Países bajos. Crearán dos compañías, la de las Indias Orientales y la de las Indias Occidentales (…). De hecho, Holanda llegó a crear su propio monopolio de la trata de esclavos en el Océano Indico desde Nueva Guinea hasta sus posesiones en Indonesia y Oceanía.»

«Los holandeses que asolaban el África, vendían la mayor parte de los esclavos capturados a los españoles, y en el S. XVIII, al conquistar Indonesia, esclavizaron a su población (…).» (www.mgar.net/var/trata.htm – MG. Historia. Trata de esclavos).

Aunque es preciso advertir que no se trata de un mero pasado remoto, como se pusiera de manifiesto con una de sus compañías más emblemáticas (Nidera S.A.), que tenía en 2011 en la Argentina explotaciones agrarias (desflore de maíz) en las que se sometía al personal contratado a condiciones análogas a la esclavitud, encuadrables en prácticas de trata de personas con fines de explotación laboral.

Similar fue la acción del Reino de Bélgica en el Congo, que estuvo bajo su dominio desde 1885 como propiedad privada particular del rey Leopoldo II hasta 1960 en que logró su independencia.

Patrice Lumumba, héroe de la liberación y fundación de la República Democrática del Congo (RDC), fue su primer ministro durante pocos meses ya que, aprovechando desinteligencias internas del Partido gobernante y un movimiento secesionista promovido por su antigua metrópoli en una provincia con grandes riquezas mineras, en 1961 sicarios enviados por el gobierno belga lo asesinaron en presencia de agentes de inteligencia de ese país y norteamericanos.

En cumplimiento de la orden de deshacerse de su cadáver, cortaron el cuerpo de Lumumba y lo disolvieron en ácido, tal fue el relato que en el año 2000 hizo el policía belga (Gerard Soete) que participó en aquel magnicidio y que había conservado como trofeo un diente del mártir congoleño.

En junio de 2022, transcurridas casi dos décadas de los reclamos formulados por los hijos de Lumumba, el diente fue entregado a sus familiares por el rey Felipe de Bélgica en su primera visita a la RDC, manifestando en esa ocasión: su «profundo pesar por las heridas» causadas durante la colonización. ¡Cuánta sensibilidad la del monarca del siglo XXI!

Con posterioridad a la guerra civil (1936/1939) se impuso una feroz dictadura en España, que estableció un régimen corporativo fascista y restauró una monarquía totalmente sometida al gobierno de Franco.

A la muerte del dictador (1975) se reconvirtió la organización del Estado, manteniéndose la monarquía que siguió en manos del rey Juan Carlos al que se le atribuía un espíritu amplio y «democrático», quin varias décadas después debió abdicar al quedar de manifiesto la ausencia de toda cualidad en aquel sentido y, fundamentalmente la falta de ética como de moralidad, envuelto en negociados para su enriquecimiento personal y otros muchos escándalos.

El mismo que con unas ínfulas anacrónicas, en ocasión de la Cumbre Iberoamericana de 2007, pretendió silenciar al Presidente de la República Bolivariana de Venezuela haciendo gala de un autoritarismo colonialista, al espetarle a Hugo Chávez Frías el conocido «¿Por qué no te callas?».

En aquel pasaje a una singular democracia «realista» se celebró el «Pacto de la Moncloa» (1977), tantas veces recordado e incluso elogiado, pero que visto con perspectiva significó resignar una verdadera refundación de la República. A la vez que echar un manto de olvido (sin Memoria, Verdad y Justicia) sobre los horrendos crímenes del franquismo en sus casi 40 años de gobierno y que, recién hace poco tiempo, se intenta restañar investigando el destino de cientos de miles de personas y niñeces robadas, juzgando esos delitos de lesa humanidad cuya efectiva concreción genera serias dudas.

No será necesario referir, por ampliamente conocidas, las atrocidades cometidas en su época imperial en la conquista y colonización de América, que emulan sino superan las anteriormente mencionadas.

El Reino Unido se ha destacado por su piratería mercenaria, pero sus políticas de dominación colonialista y de expoliación -tráfico de esclavos y sometimiento a la esclavitud de poblaciones enteras, mediante- exhiben un salvajismo metódico que va más allá de episodios aislados. Argentina puede dar testimonios sobrados, desde 1806 hasta nuestros días.

El caso de la India es emblemático, a tal punto que Adam Smith fue un severo crítico de las acciones desplegadas en ese país por el Imperio Británico, relatando que «Cientos de miles mueren de hambre en un solo año a causa de las condiciones impuestas por los conquistadores que convirtieron la escasez en hambre.»

Sin embargo, esos hechos eran justificados por otros muchos alegando que eran en favor de la defensa de la industria nacional con la que competía la de India. Así, en el entorno de uno de los más poderosos empresarios del ferrocarril (James Hill), sostenían: «lo que se está haciendo en la India no está bien, pero no hay otra solución si queremos que sobrevivan los campos de Lancaster. Tenemos que destruir a nuestros competidores».

En esa línea, los campeones del libre mercado, para imponer la industria textil inglesa a mediados del siglo XVIII arrasaron la tejeduría artesanal de la India apelando a las matanzas o con una «sofisticada» metodología que consistía en cortarles el dedo pulgar a las tejedoras con el propósito de imposibilitarles manipular los telares.

De vagos y malentretenidos

Ahora bien, resulta casi inimaginable el costo que significa sostener esas «coronas», tanto por las suntuosas -como numerosas- propiedades (palacios, mansiones, residencias veraniegas o temporarias, de monarcas y sus séquitos) como de las miles de personas que ocupan o mantienen en sus Cortes.

No se trata sólo de la burocracia y personal de servicio que en definitiva trabajan, sino de todos los muchos otros que integran las familias reales (y allegados) que hacen de la holganza su forma y medio de vida, a quienes además de mantenerle su buen vivir se le asignan rentas fabulosas para sus caprichos y sobrados vicios que incluyen pedofilias, aprovechamiento -cuando no promoción- de la prostitución y la trata de personas con fines de explotación sexual que con cierta frecuencia salen a la luz, sin que generen más que fugaces escándalos explotados por la prensa sensacionalista y sin ahondar en las raíces de esos execrables sistemas que le brindan sustento.

Un botón, dicen, que basta de muestra y a este respecto bastaría con analizar el reinado de Isabel II de Inglaterra, que duró 70 años. Un récord que, como señalaba un especialista en monarquías y resulta una obviedad biológica, difícilmente alcanzará su heredero que asciende al trono con 73 años de edad.

Siete décadas manteniendo a una reina -y a sus cortesanos- que ostentaba una fortuna personal del orden de los 600 millones de euros a los que hay que sumar otros 40.600 millones que acumuló en su longevo reinado. Además, es preciso considerar que el patrimonio de la Corona Real Británica se cataloga como el mayor de la realeza europea, estimado en 82.300 millones de euros.

¡Tanto para tan poco!

Tras su fallecimiento se reiteraron edulcorados cuentos acerca de Enrique VIII (su tío), que abdicara al trono real en 1936 y permitiera, la consagración como reina de Isabel II muerto su padre Jorge III. En ese relato se lo muestra como un romántico en el que primaron «las razones del corazón más que las razones de Estado», atribuyendo aquella decisión a su férrea voluntad en contraer matrimonio con una plebeya norteamericana divorciada (Wallis Simpson).

Nada se dice de su filonazismo -real motivo del apartamiento de su sitial real- descubierto con anterioridad a su «enomaradizo renunciamiento», revelado claramente con posterioridad a que abdicara cuando se reuniera con Hitler en 1937 y que se pusiera de manifiesto en declaraciones suyas luego de concluida la guerra en que dijera cosas tales, como, que «Hitler no era un mal tipo» o que la Segunda Guerra Mundial fue causada «por los judíos y por los rojos».

Tampoco se alude a que, pese a todo ello, conservó el título de Duque de Windsor y las fabulosas asignaciones como ex – rey hasta su fallecimiento en París, en donde residía desde mucho tiempo antes.

Todo un emblema de un eterno «planero» del corazón, podría calificárselo por los enormes subsidios estatales recibidos a lo largo de su vida.

¿Cómo se explica la tolerancia de esos Pueblos?

Sangre, sudor y lágrimas auguraba Churchill implicaría para los ingleses enfrentar a Alemania, aunque su caudal -lamentable- sería insignificante comparado con el que hicieran derramar ese Imperio y otras monarquías europeas a lo largo de los siglos y hasta el presente -en todos los Continentes- a las poblaciones que estimaban inferiores y eran sometidas a su inagotable codicia e impudicia.

Desde los márgenes del mundo central, en que tantas veces somos calificados de salvajes, incivilizados, cultores de bárbaros personalismos populistas y otras estigmatizaciones, cuesta comprender como en las sociedades en que rigen regímenes semejantes a esta altura del siglo XXI todavía se los admita, se los naturalice y se siga manteniendo a tanto -y tanta- inútil rodeados de un boato costosísimo subsidiado sin mengua más allá de las crisis que, en forma creciente, empobrecen a sus poblaciones.

Podrá hablarse de tradiciones, peculiares idiosincrasias, perdurabilidad de referencias regias que obnubilan o provocan ensoñaciones de pasados remotos idealizados, inclinaciones conservadoras o creencias en potenciales equilibrios que sostienen a esas Naciones, pero difícilmente pueda justificarse su existencia a la luz de elementales convicciones democráticas, igualitarias y de justicia social.

¿No hay mal que dure cien años?

Un culto de siglos a los parásitos que viven del Estado por haber nacido en cunas de oro, tanto como el silencio y falta de condena de esa condición por quienes se empeñan en demonizar a los nacidos en cunas de barro, renegando a diario los más pobres por la asistencia que frente a necesidades impostergables reciben asistencias estatales, constituye un signo también preocupante.

En tiempos en que las inveteradas prácticas imperialistas conspiran contra un desarrollo con equidad de Naciones y Pueblos, a la vez que aparecen «nuevos/viejos» fenómenos totalitarios de un extremismo feroz que les son funcionales y herederos de las supremacías blancas que históricamente han representado aquéllas, es necesario ponderar detenidamente, por la peligrosidad que representan, ese tipo de semejanzas y emparentamientos no de sangre regia sino de sangres derramadas.

Muerto el perro se acabó la rabia, dice el dicho, pero no sucede así cuando se trata de una jauría que sigue con sus inclinaciones predatorias y que, con nuevas estéticas y medios instrumentales, continúa asolando el mundo y poniendo en riesgo la vida, la libertad y una convivencia razonable, democrática e igualitaria.

El Destape

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