Política y verdad

Por Mario de Casas

Imagen: Antonio Gramsci

“La verdad siempre es revolucionaria” Romain Rolland

Una de las formas de la violencia cotidiana propinada por el régimen es la mentira, la mentira organizada y militada. Ahí están los mercenarios y mercenarias que fungen de periodistas o animadoras/es bajo subordinación de los Magnetto, los Mitre y los Manzano. Macri, por su parte, extrema el cinismo que lo caracteriza cuando dice “tengo el compromiso de decirles siempre la verdad”. Como la única verdad es la realidad, la única que ha pronunciado el Presidente está en la frase “el rumbo es a partir de la transparencia”: nunca se vio con tanta claridad que el rumbo de un Gobierno estuviera inequívocamente determinado por la realización de negocios privados con recursos públicos en favor de sus integrantes. Por si fuera poco, en el teatro de calle Comodoro Py, se insiste en representar obras del director con asiento en la Embajada, cuyos guiones son tan mediocres como la calidad interpretativa del elenco estable de actores. Este dispositivo perverso, con soporte en antiguas y nuevas tecnologías, es el instrumento con el que el régimen instala la ficción que necesita.

La peligrosidad de la agresión está en que muchas de las víctimas no la perciben como tal y, en consecuencia, son también difusores-victimarios. No hace falta ser un filósofo político para comprender que se trata de un ataque frontal a la democracia, cualquiera sea el alcance que se quiera dar a este término.

No es un fenómeno nuevo, lo nuevo es que se ha perfeccionado al punto de generar convencimientos incoherentes y delirantes de alcance masivo, como ha puesto en evidencia el personaje Randall López del talentoso Martín Rechimuzzi.

Walsh y Gramsci

El combate por la verdad tiene fundamentos que trascienden un imperativo moral individual, es una necesidad social, es decir, una cuestión política. Así lo entendieron, entre otros, Rodolfo Walsh y Antonio Gramsci; ambos hicieron de la pluma un arma letal y del compromiso su razón de vida.

Walsh, entre tantos testimonios, dejó un monumento a la verdad política con su insuperable Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar, en la que no sólo denunció la mayor tragedia argentina del siglo pasado sino que explicó antes y mejor que nadie los mecanismos mediante los cuales era consumada.

Para comprender la concepción de la política como ética de lo colectivo en Gramsci, hay que prestar atención a dos aspectos —por lo menos— de su obra. Uno y principal es la razonada pasión con que defendió la veracidad en política; el otro es la comparación que estableció entre filosofía de la praxis y maquiavelismo.

La búsqueda de la verdad y la aspiración a la veracidad en el quehacer político son congruentes con la explicitación de las propias convicciones y estas deben hallar en su lógica la justificación de los actos que el político cree necesario llevar a cabo: “La mentira y la falsificación —declaraba el joven Gramsci— sólo producen, en cambio, castillos en el aire que otras mentiras y otras falsificaciones harán decaer” (1). Más tarde hizo suya la máxima de Romain Rolland del epígrafe. “Decir la verdad y llegar juntos a la verdad” fue para él la sustancia moral del programa comunista en la época de L’Ordine Nuovo.

En los textos de la cárcel reiterará que decir la verdad es consustancial a la política auténtica, es la táctica de toda política revolucionaria. La exaltación de la veracidad, ya no sólo frente a la mentira o el engaño explícitos sino incluso frente a la falsa piedad y la compasión mal entendida, es el hilo a través del cual en sus Cuadernos de la cárcel trata de fundir una relación afectiva sana con la vida buena en la esfera pública.

Gramsci y Maquiavelo

Pero, ¿cómo se compatibilizan y complementan la exaltación de la veracidad, esta insistencia en decir la verdad en política, con la atracción de Gramsci por Maquiavelo? ¿No es Maquiavelo el padre moderno del doble discurso en política, el representante por antonomasia de una concepción de la política para la que decir la verdad no tiene cabida porque equivale a ser poco astuto, ingenuo?

La gran contribución de Maquiavelo habría consistido, según Gramsci, en haber distinguido analíticamente la política de la ética; y en haberlo hecho en los orígenes de la modernidad, no sólo o no principalmente en términos elitistas, en beneficio del Príncipe, sino también de los de abajo. De ahí su republicanismo. Esto es así porque, para el preso político del fascismo, Maquiavelo, lejos de ser aquel cínico pensador que reduce la cuestión del poder a mera técnica de dominio, piensa en “quien no sabe, quien no nació en la tradición de los hombres de gobierno”, esto es, en el pueblo (2).

La afirmación metódica de la autonomía del ámbito político implica que los políticos no sean juzgados prioritariamente por lo que hagan o dejen de hacer en su vida privada, sino teniendo en cuenta si mantienen o no, y hasta qué punto lo hacen, sus compromisos públicos. En este terreno, el juicio —piensa Gramsci— es político y, por lo tanto, lo que hay que juzgar es la coherencia, la conformidad de los medios a determinados fines, y esos fines. Lo cual no quiere decir que la coherencia política se oponga a que alguien sea honesto: el reconocimiento de que el juicio en este plano es político implica que la honestidad de la persona es condición necesaria de la coherencia política.

En los tiempos modernos esta confusión entre los espacios ético y político tiene consecuencias, como la permanencia de una concepción muy extendida tendiente a desvalorizar la política como actividad en nombre de una moral universalista y absolutizada, una moral declamatoria que luego no se practica — lo que Maquiavelo llamaba “hipocresía cristiana”. Confusión que se consolida cada vez que una decisión pública responde a un interés privado; que conduce a la vulgar identificación de la política con la mentira y el falso maquiavelismo y al alejamiento o rechazo de vastos sectores de la población respecto de la política, esa despolitización tan necesaria al régimen como la leche al bebé.

Se trata de una tergiversación que es consecuencia de una mala lectura de Maquiavelo, históricamente difundida por los jesuitas, quienes han condenado pour la galerie las enseñanzas del florentino pero “fueron en la práctica sus mejores discípulos”. En referencia a ellos, el revolucionario italiano se hizo una pregunta irónica: “¿No habrá sido Maquiavelo un político poco maquiavélico, puesto que sus normas se aplican pero no se dicen?”

La oscilación entre el hacer política sin convicciones éticas y la manipulación moralista de la opinión —como la que se busca con el reciente DNU de “extinción de dominio”— contra toda política, que los sectores dominantes aborígenes han administrado con maestría, es, para Gramsci, la consecuencia última del primitivismo, del carácter elemental de una cultura que aún no distingue con claridad entre los planos ético y político. En otras palabras: lo que se presenta y hasta se fomenta como escepticismo o como cinismo ciudadano respecto de determinadas actuaciones en el escenario público no es tal, no es una crítica de la política en acto, sino falta de cultura política inducida por aquellos que quieren mantener a los sectores populares al margen de la participación política.

Estas reflexiones de Gramsci sobre ética y política son oportunas respecto del actual drama argentino; entre otras razones, porque contribuirían a elevar al disputado sentido común el principal descubrimiento de Maquiavelo, lo que permitiría construir una cultura política nacional-popular a la altura de los tiempos.

Verdad y hegemonía

Para Gramsci, las formas históricas de la hegemonía no son siempre las mismas, y varían según la naturaleza de las fuerzas sociales que la ejercen. La hegemonía de los sectores populares y la hegemonía de los sectores dominantes no pueden tener la misma forma ni pueden utilizar los mismos instrumentos.

Al analizar las formas con las que la burguesía italiana había conseguido ejercer su hegemonía a través de la política de los moderados, entendió que no es posible tomarla como modelo para la clase obrera en la lucha por la suya. Hegemonía en general es la capacidad de guiar sólo en la medida en que esa capacidad se traduce en efectiva dirección política, intelectual y moral. Pero una clase que consigue dirigir —no sólo dominar— en una sociedad basada económicamente en la explotación de clase y que pretende perpetuarla, debe recurrir a formas de hegemonía que oculten y mistifiquen tal explotación.

Distinta es la situación de los sectores populares en lucha por la propia hegemonía. Mientras los sectores dominantes, al tratar de conciliar intereses opuestos y contradictorios, están obligados a encontrar los mecanismos apropiados para suscitar un consenso manipulado, el primer interés de los sectores populares es, precisamente, develar los engaños ideológicos que oculta la dialéctica de la realidad, por eso “en la política de masa decir la verdad es una necesidad política”.

En este caso, la relación de hegemonía debe ser, necesariamente, “una relación pedagógica” en que “el vínculo entre maestro y escolar es una conexión activa, hecha de relaciones recíprocas. Por lo tanto, todo maestro es siempre escolar, y todo escolar maestro”. Así, las relaciones entre aliados pueden ser simétricas, a diferencia de lo que sucede en la hegemonía burguesa, en la que hay siempre un superior que prevalece sobre un inferior, y en la que a menudo este prevalecer se resuelve con actos ilegales y hasta brutales; sólo en este caso hegemonía es sinónimo de prepotencia.

El mandato gramsciano de “decir la verdad” en procura de la hegemonía popular tiene una consecuencia política fundamental: la muy distinta calidad del consenso buscado por unos y otros. En tanto quienes necesitan ocultar el antagonismo de los intereses sociales tienen suficiente con obtener un consenso pasivo, de aliados subalternos —típico de los regímenes autoritarios—, para el proletariado —escribe Gramsci— “es cuestión de vida, no el consenso pasivo e indirecto, sino el activo y directo; la participación, por consiguiente, de los individuos, incluso si esto provoca una apariencia de disgregación y de tumulto”. Se deduce que los momentos de lucha son inevitables para que la verdad se forme y sea reconocida con el consenso activo de los interesados. “Una conciencia colectiva, es decir, un organismo vivo, no se forma sino después de que la multiplicidad se ha unificado a través de las fricciones entre los individuos”.

El acierto de esta diferenciación gramsciana ha quedado reiteradamente probado entre nosotros, como cuando Guillermo Vilas sentenció que “si Menem decía lo que iba a hacer no lo votaba nadie”. Macri, continuador de ese legado, produjo un hito como protagonista del debate entre candidatos a Presidente en 2015, durante el cual puso en escena el falso maquiavelismo de Durán Barba, que después se convertiría en política de Estado, en la que se inscriben el canallesco manejo macrista de las redes sociales y esa desvergonzada letanía del llamado al diálogo y a los acuerdos.

Desafío

El desafío que deberá enfrentar el amplio arco de sectores agredidos por el Régimen para recuperar la soberanía de la Nación, conquistar, reconquistar y consolidar derechos negados o usurpados, es la realización de una transformación social de envergadura, que implica luchar por el poder y por la hegemonía.

La historia nacional revela la existencia de una rebeldía social que emerge en los mayores momentos de opresión, y que en tales ocasiones se ha congregado en lo que llamamos movimiento nacional, popular y democrático. Que este es uno de esos momentos puede comprobarse respondiendo preguntas tales como: ¿puede haber patria sin soberanía?, ¿soberanía sin liberarnos del imperialismo?, ¿desarrollo sin autodeterminación?, ¿bienestar de las mayorías sin desarrollo?

Pero la historia también enseña que un proceso transformador de gran calado no se hace con la mera suma de rebeldías; que las rebeldías dispersas pueden servir para ganar una elección pero no para alcanzar y mantener una relación de fuerzas favorable para afrontar tal desafío; y que es indispensable la estructuración y el sostenimiento de las rebeldías populares en torno a formas transformadoras, lo que implica teoría, organización y métodos transformadores. Semejante entramado hace de la historia conciencia; de la experiencia teoría; articula los distintos frentes sociales, formas de lucha y resistencias en una estrategia de largo plazo; y aprovecha todas esas energías porque no confunde tácticas con estrategia, objetivos inmediatos con objetivos fundamentales. Si el régimen se ha organizado para la mentira, una tarea ineludible de la oposición al régimen es organizarse para la verdad. No hay tiempo que perder, las circunstancias sugieren que este año habrá que enfrentar el posible intento de golpear con la madre de todas las mentiras, el fraude electoral.

No obstante una desfavorable relación de fuerzas, hoy los sectores populares cuentan a su favor con un sólido liderazgo político, factor decisivo pero contingente que no depende solamente de una persona ni de la voluntad de un grupo sino también del devenir del proceso histórico, por lo que subestimarlo con el único argumento —importante pero volátil— de que “Cristina es la que más votos tiene”, y más aún desdeñarlo, serían graves torpezas políticas. Si alguien duda de la centralidad de esta condición intransferible, puede acceder a una prueba contundente a través de televisores, diarios, revistas, computadoras o celulares: es el único cuadro político que produce la feroz reacción de todas las fuerzas del régimen, las oligárquicas y las PRO-imperialistas; salvo que ese alguien crea que tan brutales ataques se deben a la “soberbia” de Cristina y no a su condición de líder de uno de los polos de la agudizada lucha de clases.

Asimismo, quienes piensan que el kirchnerismo y CFK van a desaparecer por sustitución, porque los nieguen o proscriban, se equivocan. No ha llegado aún el momento de la superación dialéctica en una nueva síntesis, que es lo que pasó entre el yrigoyenismo y el peronismo primero y entre el peronismo y el kirchnerismo después.

Por ahora, las transformaciones nacional y social son impensables sin el kirchnerismo y sin Cristina: el kirchnerismo es la forma política que han tomado las fuerzas sociales de tales transformaciones y Cristina quien ha ganado en la arena política las credenciales para conducirlas a la victoria.

1) “Per la veritá” [1916], en Cronache torinesi: 1913 – 1917. Einaudi, Turín, 1980, pág. 5.
2) Las citas textuales y las referencias que siguen sobre Gramsci, esta incluida, corresponden a Cuadernos de la cárcel, Edición crítica del Instituto Gramsci a cargo de Valentino Gerratana. Coedición Ediciones Era / Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 1999.

El Cohete a la Luna

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