Por más que les duela

Por Juan Carlos Tealdi

Ilustración: Oswaldo Guayasamín, “Las manos de la protesta” (de la serie “La edad de la ira”, 1968)

“El camino no será fácil. Por más que les duela, esta es la dirección”, afirmó Mauricio Macri en el programa Periodismo Para Todos, anticipando el castigo de sus políticas. Por más que duela la tristeza del hambre en los comedores populares, el desamparo de los niños y los viejos, el daño de las enfermedades, la servidumbre de la ignorancia, el temor de la inseguridad, la impotencia del desempleo, el endeudamiento de las mayorías por la codicia de unos pocos, o la angustia del perderlo todo: ‘Esta es la dirección’.

Por más que el Congreso apruebe leyes para paliar ese dolor, esas leyes serán vetadas porque ‘esta es la dirección’. Si “el gradualismo fue el camino para cuidar a los más vulnerables (…) ahora vamos por menos gradualismo”. Y así, la espiral del ajuste al goce de derechos será más apretada: ‘Por más que les duela’.

El autoritarismo del gran especulador

Los gobiernos autoritarios (por más) y degradantes (que les duela), siempre afirman lo mismo desde el abuso de un poder que los ciudadanos no les otorgaron para que se hicieran dueños de sus cuerpos, su razón, ni su voluntad. Por eso Joseph Stiglitz afirmó: “La democracia, sabemos hoy, no consiste sólo en elecciones periódicas: en algunos países, esas elecciones han servido para dar legitimidad a regímenes esencialmente autoritarios y privar a grandes sectores de la ciudadanía de sus derechos fundamentales” (La gran brecha, 2015).

Y es que el camino que impone el gobierno no será fácil por una crisis cambiaria y financiera que el cortafuego de su endeudamiento serial no pudo controlar, obligándolo a acudir al recurso extremo del contrafuego del FMI cuya lógica es crear otro fuego (más ajuste) que al encontrarse con el fuego inicial (gradualismo) daría como resultado el fin de ambos incendios. El problema de este método, saben los que ya han visto su uso, es que sus consecuencias se vuelvan inmanejables.

Con la ilusión de prevenir esa catástrofe, Mauricio Macri nombró en el Banco Central a Luis Caputo, con la misión de llegar a un acuerdo con los operadores de los fondos especulativos que operan favorecidos por el actual gobierno. Pero los acuerdos llegarán si hay negocios. Como durante la gestión de Federico Sturzenegger, cuando más de la mitad del Bono Internacional 2117 (Bono a cien años) fue comprada por diez de los principales fondos (especulativos) de inversión del mundo.

Así, en la Argentina de estos días el ojo del huracán político está rodeado de cerca por el anillo ardiente de la cotización del dólar, las tasas de interés, los encajes bancarios y los mercados a futuro. Toda la atención está centrada en el desplazamiento de ese epicentro más que en la destrucción y las víctimas que quedan a merced de los buitres. Y sin embargo, la historia ya acumula muchas experiencias de esa dirección especulativa del único camino posible.
Gustavo Alamón, “Los notables” (serie), 1980.

La exuberancia irracional de los mercados especulativos

La especulación, en filosofía, requiere una reflexión profunda sobre el pensamiento que se quiere desarrollar. La especulación en economía, en cambio, se ha definido como “la compra o venta de un activo con la expectativa de obtener un beneficio de las variaciones de la cotización de dicho activo”. Así entendida, es una idea que lleva a una conducta poco fundamentada en sí misma porque las “expectativas” abren a falsas valoraciones de los beneficios y de los riesgos. Los grandes especuladores lo saben y por eso buscan cubrirse a sí mismos de la incertidumbre de sus expectativas. Sin embargo, a la población amplia de quienes sin especular son partícipes obligados en los resultados de esas operaciones, sólo les queda padecer las malas consecuencias de esas maniobras, “por más que les duela”.

La especulación económica ya ha manifestado su desmesura en las burbujas de mercado. Una de las primeras de la historia fue la tulipomanía, esa locura colectiva de los Países Bajos que alcanzó su pico entre 1636 y 1637. Las variedades multicolores exclusivas de los tulipanes neerlandeses (hoy explicadas por un pulgón de las plantas) dispararon un exorbitante aumento de su precio: cuando el ingreso medio anual de una persona era de 150 florines, por un solo bulbo se pagaron 6000 florines. En 1636, la tendencia alcista abrió “mercados de futuro” conocidos como “negocios de aire” (windhagel) que con la venta de notas de crédito desató una especulación financiera sobre los bulbos que serían recolectados más adelante. Pero en febrero de 1637 la burbuja estalló: los precios se derrumbaron y la economía neerlandesa quebró.

A partir de entonces se observaron varias burbujas especulativas en el capitalismo en desarrollo de contextos coloniales análogos al de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (1602) que había jugado en el trasfondo de la tulipomanía. Así fue la burbuja sobre las acciones de la Compañía de los Mares del Sur, creada para gestionar la deuda del Imperio Británico, con su quiebra en 1720; y la burbuja sobre las acciones de la francesa Compañía de las Indias, que había sido precedida por la Compañía del Misisipi creada en 1717 para asistir a la colonia francesa de Louisiana, y que quebró asimismo en 1720.

Hay varios ejemplos más recientes de las burbujas financieras y sus colapsos. La de Japón (1980-1990), en la que la inflación y la depreciación del yen llevaron a triplicar la tasa de interés bancario. Por eso hasta Alan Greenspan, siendo presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, se preguntaba: “¿Pero cómo saber cuando la exuberancia irracional ha escalado excesivamente los activos productivos, que entonces se convierten en el sujeto de contracciones inesperadas y prolongadas como ha pasado en Japón en la última década?” (“The Challenge of Central Banking in a Democratic Society”, 1996).

Y sin embargo, la especulación siguió en la dirección del único camino. Así fueron las burbujas de las Puntocom (1997-2001), la de España (1997-2007); y la paradigmática de las hipotecas subprime en Estados Unidos (2003-2008), entre cuyas causas operó la desregulación bancaria por la anulación a mediados de los años 1980 de la ley Glass-Steagall, establecida después de la gran crisis de 1929 para disminuir el excesivo poder de la Banca. Esa anulación estimuló la concentración de las rentas y la especulación financiera. Pero la especulación siguió adelante “por más” que el colapso de la burbuja dejó a nueve millones de personas sin empleo.

El acto en cuestión

Hace ya muchos años Herbert Marcuse planteaba un interrogante: “¿Dónde hay actualmente, en la órbita de la civilización industrial avanzada, una sociedad que no esté bajo un régimen autoritario? Conforme la sustancia de los distintos regímenes deja de aparecer en formas de vida alternativas, llega a descansar en las técnicas alternativas de manipulación y control. El lenguaje no sólo refleja estos controles sino que llega a ser en sí mismo un instrumento de control, incluso cuando no transmite órdenes sino información; cuando no exige obediencia sino elección, cuando no pide sumisión sino libertad. Este lenguaje controla mediante la reducción de las formas lingüísticas y los símbolos de reflexión, abstracción, desarrollo, contradicción, sustituyendo los conceptos por imágenes. Niega o absorbe el vocabulario trascendente; no busca la verdad y la mentira, sino que las establece e impone” (El hombre unidimensional, 1954).

Aún en la exuberancia irracional de la dirección autoritaria del único camino posible, los mercados especulativos han aprendido de sus fracasos y quieren garantías de beneficio para los especuladores. Por eso es que Luis Caputo dijo que su tarea desde el Banco Central será “darle certidumbre al mercado”. El revés de la trama de Esteban Bullrich, cuando dijo que el problema del gobierno era educar a los niños y niñas para “que sean capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla”. Toda una distinción política de los sujetos de riesgo en el neoliberalismo.

Una década antes de Marcuse, el filósofo Alexander Kojève supo aclarar: “El acto autoritario se distingue de todos los demás por el hecho de que no encuentra oposición por parte de quien, o de quienes, es el destinatario. Lo que presupone, por una parte, la posibilidad de una oposición, y, por la otra, la renuncia consciente y voluntaria a la realización de esa posibilidad” (La noción de autoridad, 1942). Por eso creo que una de las respuestas a la pregunta de mi buen amigo Miguel sobre la relación entre democracia y justicia, es la de la vinculación entre ambas por nuestros actos libres en oposición a la disociación que entre ellas imponen los actos autoritarios y degradantes de gobierno.

El Cohete a la Luna

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *