Por qué los rusos aman a Natalia Oreiro

El documental Nasha Natacha

Por Julia Muriel Dominzain

¿Nunca sonríen? ¿Es posta la foto del presidente montando un oso? ¿Son todos espías de la KGB? ¿Qué onda el video de Putin en contra de “los que quieren homosexualizar a la población”? ¿A los rusos les da igual el frío, están acostumbrados? ¿De verdad son fanáticos de Natalia Oreiro?

Vivir en Rusia es vivir desmintiendo, dar explicaciones, encontrarte forzada a responder (cuando no queda más remedio) la trillada frase: “es más complejo”. En parte, lo ajeno que resulta el país tiene que ver con que haya tan pocas películas, documentales, textos, libros o relatos que hablen bien de Rusia. O, mejor dicho: porque sean tantas más las películas, documentales, textos, libros o relatos que hablen mal de Rusia. Casi siempre les toca ser los malos, los servicios, los antipáticos, los sin escrúpulos, los sumisos, los sicarios.

Puedo entender que -a lo lejos- hay algo que suena inverosímil de que haga tanto (pero tanto) frío, de que pasen tantos (pero tantos) meses nublados, con el cielo gris, el día corto y la noche eterna. Es raro que, por decir un ejemplo, durante todo el mes de diciembre de 2017 el sol haya salido seis minutos en total. Nos resultan ajenos los 17 millones de kilómetros cuadrados que lo hacen el país más extenso del mundo, sus palabras y sus letras. Nos alarma que ocupen el puesto número dos en el ranking mundial de suicidios. Ni hablar de cuánto nos sorprende que hayan sido una Unión Socialista de Repúblicas Soviéticas durante siete décadas, o que el presidente haya ganado la reelección con el 76 por ciento de los votos en 2018.

Pero nada de todo esto convierte en verdad a ninguna de esas caricaturas rusas a las que nos acostumbró el -digamosló- discurso hegemónico occidental.

Así que debo decir que no, que claro que no es cierto que no sonrían: tal vez no sonríen en los mismos momentos en que nosotros lo haríamos. También, que es un montaje la foto de Putin sobre un oso. Pero ojo: un montaje que han sabido aprovechar estampándolo en tazas que los turistas compraban con desenfreno durante el Mundial.

No es verdadero el discurso que se viralizó de Putin en el que acusa a los líderes del mundo de “homosexualizar la población”. En el video original, el presidente habla en la Plaza Roja por del Día de la Victoria: “Inclinamos la cabeza ante la memoria de los hijos y las hijas, de los padres y las madres, de los abuelos, de esposos y esposas, hermanos y hermanas, camaradas del regimiento y amigos, de todos los que no regresaron de la guerra”. Que esa noticia sea falsa tampoco quiere decir que él sea el más deconstruido: está convencido de que la familia es mujer y varón (en Rusia no hay matrimonio igualitario y sí una ley que prohíbe “la propaganda homosexual frente a niños”).

Tampoco es cierto que les dé igual la temperatura: putean el frío como nosotros seguimos puteando a la humedad.

Al final, de todo lo que se ha dicho sobre Rusia, lo único cierto es que son fanáticos de Natalia Oreiro.

Durante los tres años que viví en Moscú corroboré esto cada vez que pude. A veces por deporte, por intriga. Otras, por cansancio:

– Soy de Argentina.

– Da… – me respondían un “sí” desinteresado.

– Argentina: ¡Messi!

– ¡Ah, Daniel Messi! – me han llegado a decir.

– Mmm… Argentina… ¿Natalia Oreiro? – preguntaba con miedo al offside.

– ¡¡Natalia Oreiro!! ¡Ooooh! ¡Cam-bio-do-lor-por-liber-tá!

Claro: para los rusos, el fútbol no es el deporte nacional, así que Messi les dice algo pero hasta ahí. A Maradona hay una generación que lo recontra conoce y otra que no tanto. Tampoco son de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Son (al menos 80 millones de ellos) devotos de la Iglesia Ortodoxa, que no responde al Papa, por lo que Francisco les parece “un señor”.

Pero con Natalia Oreiro sucede otra cosa. A Natalia Oreiro no solamente la conocen: Natalia Oreiro los hace cantar.

Antes de que lluevan las acusaciones, aviso que tengo doble pasaporte. El argentino, por nacimiento. Y el uruguayo, por mi papá. Mismo liceo al que después iría Natalia Oreiro. Así que a mí tampoco me da igual que confundan nuestros países, que no sepan el origen correcto de la artista que los deslumbra: Uruguay, nomá.

Pero mi amigo ruso Boris hasta el día de hoy sigue pensando que soy paraguaya. Así que, digamos, en un momento entendí que es como si alguien nos pidiera a nosotros que supiéramos diferenciar si un artista es de Kazajistán o Tayikistán, y que no nos vayamos a confundir.

Además, bien lo canta Natalia y las rusas que la acompañan a capela: ser, se es del Río de la Plata. “Soy del Río de la Plata, corazón latino, soy bien candombera; llevo siempre una sonrisa, con mi sueño a cuestas, no tengo fronteras; soy del Río de la Plata, que viva el candombe de sangre caliente…”

De todos modos, la mayoría sabe perfectamente que Natasha es uruguaya. Pero les da igual, porque -tal y como cuentan en el documental que acaba de estrenar Netflix a nivel mundial- ellos la adoptaron. “Nasha” significa “nuestra”. Nasha Natasha: nuestra Natalia.

Fueron los rusos y las rusas los que, sin saberlo, le pusieron el nombre a la gira de 2014 que el director uruguayo Martín Sastre filmó. Fueron los rusos y las rusas quienes, sin planearlo, dieron título al documental que produjo Alex Kuschevatzk y que presentaron en el Festival de Moscú en 2016. Lo que supo hacer Natalia Oreiro, sin lugar a dudas, fue escuchar.

Y, tal vez, eso es lo que la hace diferente.

Porque no podés escuchar desde el escenario, cegada por las luces, ahogada por el humo artificial. No se oye bien con el sombrero soviético puesto, desde el traje de cuero impregnado al cuerpo. No hay forma de saber qué te dicen mientras cantás con toda tu fuerza ¡tu-ve tu-ve-neno tuve tuamor y también tufuego! Pero no es brillar frente a las cámaras y los públicos lo único que hace Natalia Oreiro.

Natalia Oreiro elige unas fans y las sube a bailar con ella.

Natalia Oreiro les enseña, con paciencia, la coreografía de Gilda.

Natalia Oreiro les hace chistes en un excelentemente bien administrado ruso que aprendió, porque los respeta.

Natalia Oreiro termina de vibrar con el último acorde de la última canción y no se desconecta. Porque sabe que no hay desconexión posible con un pueblo que la sigue desde hace más de dos décadas, que nunca la abandonó, que nunca dejó de cantar sus canciones. Lo sabe porque lo comprobó: cada año -cuenta- volvía a Rusia creyendo que seguramente la habrían olvidado. Pero no: los rusos no olvidan. Los rusos salen de a millones una vez por año con una foto de aquel familiar que peleó en la Gran Guerra Patria. Los rusos no denostan los tiempos soviéticos ni tampoco a los zares a los que asesinaron: los consideran una parte constitutiva de ellos. Los rusos no arrancaron las hoz y martillos de sus puentes cuando construyeron los shoppings.

Los rusos no hacen úselo y tírelo. Lo rusos son fieles, tienden cordones umbilicales.

Natalia Oreiro lo sabe. Lo siente. Y, desde la ventana de un hotel en lo más profundo de Siberia, llora porque extraña a su hijo.

Tal vez, por todo esto, Natalia Oreiro escucha.

El origen de toda la locura fue Muñeca Brava, la telenovela argentina que salió por Telefé entre 1998 y 1999. Los dos años se ganó el Martín Fierro a “Mejor Telenovela”. Después recorrió el mundo: Wikipedia dice que se tradujo a más de 50 idiomas. No sé si será cierto. Pero lo que seguro es cierto es que Wikipedia dice que se tradujo a más de 50 idiomas.

La trama era la típica: una historia de amor entre una chica pobre y un chico rico. Había machismo, patriarcado y violencia de clase para tirar al techo. Pero el personaje de Natalia Oreiro tenía algo de todo lo que quieren las wachas. Incluso mucho antes de que las niñas y adolescentes que lo veíamos pudiéramos ponerlo en palabras. Por momentos se vestía recontra femenina, seductora, (diríamos hoy) “hegemónica”. Pero en la escena siguiente se ponía un enterito de jean, una remera cuello cerrado, la visera para atrás y le decía al mismísimo Facundo Arana: “¡Yo soy La Cholito, jetón!”. Del otro lado de la pantalla, muchas gritábamos gol. El 1 a 0 de la ex adolescente a la que, tiempo atrás, una publicidad de O.B. había sexualizado.

Cuando Muñeca Brava llegó a Rusia hacía una década de la caída del Muro de Berlín. Es decir, que esas niñas, niños o adolescentes habían nacido o al menos, crecido, en un sistema capitalista. No fueron “homo sovieticus” quienes se enamoraron de Natalia Oreiro sino las generaciones que vinieron después.

Principalmente, mujeres. Mujeres que hoy pueden tener, como Natasha, cuarenta y pico. Con muchas de las que lo charlé, me decían que les parece divertida, “de mente abierta”, que Muñeca Brava fue un bombazo, que “a Nati se la adora de verdad” o que “de mis 12 compañeras de clase, 10 estudiaron español por ella”. La serie se tradujo como “Ángel salvaje”.

En el documental, hay un momento en que Natasha aparece sentada en la cama, cosiendo su propio vestuario. Dice que cree en los sueños, en la fantasía: como si hablara Milagros. Pero después agrega, como si la tomara La Cholito, que ella, principalmente, cree en las oportunidades.

Todo lo dice con elegancia y suavidad. Pero el golpe es tremendo.

Como cuando, en un programa de prime time en Rusia, dice sonriendo a cámara: “Davái, paiéjali, Putin, dame el pasaporte”. Que es como decir: dale, Putin, copate.

O como en el diálogo que se viralizó varias veces en redes sociales. Una escena que transcurrió en el “America Business Forum” de 2019, en Punta del Este:

– Uno a veces no se explica cómo una chica uruguaya de un barrio común y corriente llega a tener éxito en el mundo, donde ni siquiera conocemos el idioma, ¿no? – le pregunta un presentador uruguayo en el escenario.

– ¿Y por qué no se explica que una chica que nació en un barrio -como vos decís- “común y corriente” pueda llegar a tener éxito en el exterior? – repregunta Oreiro con una sonrisa impecable.

El público la ovaciona: gritos, aplausos, silbidos.

Quizá sea la combinación entre dulzura y actitud lo que enamore a las rusas que tienen, en su haber, zarinas icónicas, como Catalina La Grande. Que aprendieron de Alexandra Kollontai, una de las primeras mujeres en ocupar puestos gubernamentales en el mundo: a seis semanas de la Revolución de 1917, reemplazó el matrimonio religioso por el civil y simplificó el divorcio para ambos cónyuges. Que admiraron a las mujeres del Regimiento 588, denominadas por los alemanes “brujas de la noche”, encargadas de bombardear nazis en la oscuridad. Que tienen derecho a voto desde 1917, aborto legal desde 1920. Que vieron volar al espacio a la cosmonauta Valentina Tereshkova en 1963 y que todavía la escuchan pedir (con más de 80 años) que la lleven a la luna, aunque el viaje sea solo de ida. Que homenajean a las partisanas con monumentos de mujeres en pollera y con fusil. Esa es la pista en la que aterrizó la muñeca brava.

La novela irrumpió en una Rusia que intentaba superar la “crisis del rublo” de 1998 y su posterior “efecto Vodka” (devaluación, quiebras, inflación). Salieron a flote a pura tracción. Como dice la letra de “El vagón azul”, un clásico soviético:

“Los minutos se alejan lentamente,

no esperes encontrarte con ellos ya.
Y aunque que el pasado nos dé algo de pena
es mejor, por supuesto, el porvenir.
El camino se extiende a lo lejos como un mantel,
y se apoya al fondo en el horizonte.
Todos esperamos lo mejor
y rueda, rueda, el vagón azul”

La canción nace de Cheburashka, el personaje soviético de un cuento de mitad del siglo pasado que se convirtió en dibujito animado y que es tan popular como constitutivo. Es una especie de ¿osito? ¿monito? ¿ratoncito? Un animal que no se parece a nada, desconocido, un incomprendido. “Antes yo era un extraño, un juguete sin nombre, al que nadie se le acercaba”, canta Cheburashka.

En varios momentos del documental (alerta mini spoiler) se ven los kilos de regalos que le hacen a Natasha: cuadros pintados especialmente con una imagen de Cabo Polonio o de ella amamantando a su hijo; sombreros; flores; libros de figuritas y -claro- peluches de Cheburashka. En una escena en particular, una periodista rusa que vive en Argentina dice que -para ella- los rusos regalan porque es el modo que tienen de expresar esas emociones que les cuesta mostrar.

Entonces quizá no es que no sonríen, quizá sonríen a través de Natashas. Porque el resto del tiempo están en tareas más operativas, reales, concretas vinculadas a sobrevivir al invierno. Física y mentalmente, en ahorro de energía. Puede parecer simple, pero vivir en medio de una amplitud térmica de 50 grados (25° dentro de las casas, 25° bajo cero afuera) no es tarea sencilla. Tampoco lo es mantener el ánimo arriba sin el aporte de Vitamina D que viene del sol.

Y entonces son importantes las guirnaldas luminosas que envuelven los edificios, los adornos, las comidas, las celebraciones, las Natashas, las canciones, las supersticiones, el humor agudo, la poesía, la danza clásica del teatro Bolshoi, transpirar en los saunas, los rituales, las ceremonias, los regalos.

Recuerdo que en Moscú, los momentos de entregar obsequios eran muy importantes. Si en el trabajo alguien cumplía años, se casaba o renunciaba, el resto juntaba dinero, compraba el regalo y se hacía de un rato para frenar la vorágine de la jornada, ponerse en una ronda y no solamente entregar el objeto sino, siempre, decir unas sentidas palabras.

Que le regalen a Natalia Oreiro tantos Cheburashkas me resultó conmovedor. Porque es como si le estuvieran diciendo: tomá esta parte de nosotros. Te damos este muñequito que nadie sabe bien qué es, que nadie conoce, que no es Micky Mouse, no, es mucho mejor. Que es único, raro, desconcertante. Andá, llevalo al mundo. Así, con esa extrañeza, es como nos miran.

Pero, al final, esto somos: un espécimen tan tierno que tiene como canción preferida una que dice “qué pena que el cumpleaños sólo sea una vez al año”. Esto seremos: un pueblo al que, si te acercás, te atraviesa tan para siempre como el peluche de la niñez. Y esto queremos ser: algo tan mullidito que quién pudiera acurrucarse en un Cheburashka para pasar ahí la larga noche del invierno ruso.

Revista Anfibia

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