Posverdad

Por Enrique Lacolla

Ya no importa la verdad; lo que cuentan son las mentiras. Trump prosigue twitteando despidos y su estilo de gobernar empieza a tornarse histérico.

Hace rato que las esperanzas originadas por el final de la guerra fría entre la gente de buena voluntad se han desvanecido. Pero es evidente que los acontecimientos en curso en los últimos años están generando preocupaciones y temores incomparablemente más densos que los que se habían producido con posterioridad al eclipse de esas ilusiones. Las guerras del medio oriente fomentadas por Estados Unidos y sus socios de la OTAN, la manipulación de los disconformismos étnicos o religiosos expresados durante “la primavera árabe” para fomentar el caos y la división de estados constituidos como Libia y Siria; el golpe de estado en Ucrania y la activación de políticas agresivas contra Rusia que incluyen el despliegue de tropas y armamento occidentales en áreas que estaban concebidas como un colchón de seguridad para Rusia en tiempos de la Unión Soviética, son parte de una movida dirigida a acabar con esta potencia como factor relevante de la política mundial. Las sanciones económicas y, sobre todo, la fenomenal conspiración mediática concebida para demonizar a ese país son aún peores que el reordenamiento estratégico, pues ponen en evidencia de que se trata de conductas concebidas a largo plazo y que incluyen una preparación psicológica a gran escala para la guerra.

Esta preparación en está en curso. Los poderes mediáticos del neocapitalismo nos han sumido en la era de la “posverdad”; es decir, en la persuasión de la opinión respecto a determinados temas a través de la mentira sistemática, omnipresente, repetida infinidad de veces sin atender a los desmentidos o a lo que hace suponer el buen sentido, o incluso la revelación fáctica de una falsedad manifiesta. Se repite una mentira hasta que esta satura la mente de un público por lo general ignorante de la historia y propenso, por su impreparación cultivada por los medios, a la percepción superficial y apresurada de las cosas.[i] Noticias, reportajes, películas, series televisivas[ii] y declaraciones fortuitas de personajes importantes machacan, con diversos énfasis, la misma canción: Rusia es agresiva y hay que defenderse del peligro que viene de oriente. Los argumentos que suelen servirse para sustentar esa postura pueden ser negados y revertidos de manera contundente; pero no importa, se los repite, se suprimen las réplicas y se da por supuesta la veracidad de que dos más dos son igual… a cinco.

Por ejemplo, se acusa a Rusia de agredir a Ucrania (que fue durante toda su historia parte fundamental del Imperio ruso y de la Unión Soviética) con la intención de volverla a su viejo estatus, y también se le adjudica haber cumplido una terrible agresión al reincorporar Crimea a la madre patria. Lo mismo se afirma del sostén que presta a los insurrectos rusófonos del Donbass, que se resisten a ser gobernados por los neonazis que actualmente influyen pesadamente en el gobierno en Kíev, devenido este de una insurrección amparada y fomentada desvergonzadamente en su momento por el gobierno de Barack Obama. Al mismo tiempo se levanta un gran revuelo por la participación rusa en la guerra civil siria, que finalmente está dando cuenta del califato terrorista montado por Estados Unidos para potenciar la división del medio oriente y acabar –entre otras cosas- con el gobierno de Bachar al Assad de la misma manera en que se lo había hecho con el de Muammar Gadafi en Libia o con el de Saddam Hussein en Irak.

A esto ha venido ahora a sumarse una doble acusación, en singular coincidencia con el Mundial de Fútbol que debe tener lugar en junio en Moscú, y con la elección presidencial que se espera confirme a Vladimir Putin en el cargo. La primera acusación, contra Damasco y Moscú, está referida a la utilización de armas químicas para liquidar el enclave rebelde de Ghuta, en las proximidades de la capital siria. Y la segunda alude al presunto envenenamiento con gas nervioso de un ex espía ruso y su hija, residentes en Londres y que habrían sido víctimas, según la premier británica Teresa May, de una venganza del GRU, el servicio de inteligencia exterior del ejército ruso. Estos hechos han precipitado una catarata de declaraciones indignadas de los portavoces de la Unión Europea, un montón de invectivas de parte de la representante de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad, y la definición del gobierno ruso como “una fuerza maligna” por cuenta del ministro de relaciones exteriores inglés.

Una simple apelación al sentido común tendría que hacer tambalear las alegaciones occidentales. ¿Por qué la coalición sirio-rusa utilizaría armamento químico para acabar una guerra que tiene ganada? ¿Para desprestigiarse gratuitamente? ¿Y por qué suceden siempre en Londres los ataques con gas nervioso contra ex agentes rusos? ¿No será porque el MI 5 o el MI 6, expertos en provocaciones, están detrás de ellos? Esto, desde luego, está en el plano de lo indiscernible. Puede ser eso o puede no ser; el ataque puede provenir tanto de un servicio inglés como de cualquier otra parte, o de las mafias financieras asentadas en Europa del Este que también han hecho nido en Londres y que podrían haberse apropiado de toxinas provenientes del arsenal de armas químicas de la ex Unión Soviética durante el caótico período en que esta se desintegró. Pero lo que sí la campaña anti-rusa pone en evidencia es que el nivel de agresividad, maltrato, hostilidad y desprecio que los servicios occidentales (e incluimos a las corporaciones de prensa en este bloque), despliegan contra Moscú, ha hecho subir mucho el termómetro de la que es ya la segunda guerra fría.

El Reino Unido ha expulsado a más de 20 miembros de la embajada rusa por el caso de Sergei Skripal y su hija Yulia. Las represalias del Kremlin en el campo diplomático no se hicieron esperar, con un quid pro quo que despide de territorio ruso a un número similar de diplomáticos ingleses. Pero la mejor respuesta a la histeria y el batifondo generados por ese acto criminal sería un categórico triunfo del candidato de Unión por Rusia, Vladimir Putin, en las elecciones de hoy domingo 18 de marzo.

El estilo Trump

Mientras tanto el impredecible Donald Trump sigue su batalla personal con el sector de establishment que no lo ve con simpatía o con sus colaboradores de los que no se siente satisfecho. Acaba de deshacerse de otro de los hombres a los que había apelado para formar gabinete, Rex Tillerson, nada menos que su secretario de Estado. Su lugar será ocupado por Mike Pompeo, hasta el momento jefe de la CIA y, para cubrir la vacante que deja este, el presidente ha designado a Gina Haspel, que era la subjefe del servicio. El consejero de Seguridad Nacional –el cargo que ejerciera Henry Kissinger en su época de gloria- el general H. R. McMaster, ha caído a su vez en desgracia y ha sido “tillonised” según el Washington Post, aludiendo al período en que el ex secretario de Estado perdió el favor del presidente y fue puesto en una especie de limbo administrativo a la espera del twitter con el que Trump procedió a hacer pública su destitución. Agradeciéndole, eso sí, los servicios prestados. Menos mal.

Es difícil orientarse en los remolinos que genera Trump. Lo que puede establecerse en el caso del secretario de estado es que Tillerson sostenía “sotto voce” el acuerdo con Irán que Trump está empeñado en abolir, que tenía buenos lazos con Rusia, que preconizaba la neutralidad en la guerra entre Arabia Saudita y Yemen, y que no simpatizaba con el retiro de Estados Unidos del convenio Trans-Pacífico ni con el abandono del acuerdo climático de París. El nuevo secretario de Estado, Mike Pompeo, por el contrario, sintoniza mejor la línea del presidente y la de los más extremistas de sus votantes. Miembro del Tea Party, la agrupación que ocupa la extrema ala derecha del partido republicano, Pompeo es un decidido partidario de romper el tratado con Irán, favorece sin vacilaciones a Israel contra los palestinos y predica la mano fuerte en todos los contenciosos que se le crucen en el camino. En cuanto a su reemplazante al frente de la Agencia Central de Inteligencia, da miedo. Gina Haspel es una profesional de los servicios y ha sido acusada de presidir la tortura de presuntos terroristas musulmanes presos en una cárcel clandestina en Tailandia, en los primeros tiempos de la “guerra contra el terror” decretada por George W. Bush tras los ataques del 11S.[iii] Su nombramiento no requeriría del acuerdo del Senado, lo que torna más probable que una persona con sus antecedentes se convierta en la cabeza del más temido servicio de inteligencia del mundo. Después de todo, ¿quién la ha propuesto para el cargo? ¿Y qué puede esperarse de un presidente que, durante su campaña electoral, dijo que le agradaría traer de vuelta el “waterboarding” (el “submarino” en la jerga de los torturadores) y “a hell of lot worse” (un montón de cosas infernalmente peores) si fuera necesario para obtener confesiones?

Uno no sabe si Trump es un narcisista encerrado en sí mismo que actúa reactivamente a las influencias que tocan su psiquis en un momento dado, o si es por el contrario un tipo que calcula sus salidas y las usa para controlar a quienes se relacionan con él. En su nuevo rol de presidente conserva mucho de los rasgos típicos del ejecutivo y del gran empresario que cultiva un estilo despótico para intimidar a sus empleados y, eventualmente, aflojarles las defensas con un elogio. En un programa televisivo sobre negocios que fingía las operaciones de una firma ficticia y donde los concursantes debían asumir tareas que eran sometidas al juicio de Trump, con frecuencia su sentencia final solía ser: “¡está despedido!” Da la sensación de que no ha abandonado esa propensión a jugar al gato y al ratón. Ya es una procesión la fila de colaboradores echados sin miramientos por el magnate devenido en presidente. Michael Flynn (consejero de seguridad nacional), Steve Bannon (referente de la extrema derecha y consejero del presidente), James Comey (ex director del FBI), Sean Spicer (director de Comunicación o secretario de prensa), su sucesor Anthony Scaramucci, y Rex Tillerson (secretario de Estado), para nombrar solo a los más prominentes. Uno se pregunta si Trump se da cuenta de que no está lidiando con empleados que dependen de él para proveer a su carrera y su destino, sino con personas de influencia que pueden pasarle factura en algún momento; y que países como Rusia, China, Irán y otros son pesos pesados cuyos cálculos no maneja y que no están dispuestos a ser maltratados en cualquier ocasión.

Hay muchas formas en las que la decadencia suele expresarse. No es la menos importante el ascenso al poder de personajes propensos a tomar sus deseos por realidades y a su voluntad por un dictamen del destino.

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[i] En Argentina, durante los últimos años, hemos tenido oportunidad de presenciar hasta el hartazgo la puesta en práctica de esta mecánica. La invención de cuentas en el exterior que después no existen, las prisiones preventivas determinadas por presuntos delitos no comprobados ni juzgados, las denuncias a troche y moche desperdigadas justamente por quienes tienen enormes sumas en el exterior y que históricamente se configuraran como una casta de evasores que fondean sus dineros fuera del país, han sido y son el pan nuestro de cada día.

[ii] Es ejemplar en este sentido “Homeland”, la serie de Fox, originada en una serie israelí y adaptada luego a una versión norteamericana. La excelente puesta en escena, un guión brillante e impregnado de suspenso, y la solidez actoral, potencian un mensaje que, con más sutileza que otros especímenes del mismo género, muestra a Norteamérica como una fortaleza asediada por múltiples enemigos externos e internos, cosa que determina que el patriotismo de sus protagonistas requiera de una crueldad impiadosa para ejercitarse. Lo mismo puede decirse de películas como “El francotirador”, de Clint Eastwood, o “La noche más oscura”, de Kathryn Bigelow.

[iii] No está mal recordar que, como la tortura está teóricamente prohibida en Estados Unidos, los servicios de inteligencia de ese país se han habituado a “tercerizarla” en dependencias ocultas en el territorio controlado por gobiernos aliados, como Tailandia, Polonia y otros lugares.

Perspectivas

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