Preguntas después de una pregunta

ZONA LITERARIA | EL TEXTO SEMANAL

Por Guillermo Saccomanno

Imagen: Tito La Penna


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Camino la noche invernal del Bajo con mi hijo. En las recovas y sus alrededores, cuerpos durmiendo en la calle. El significante mayor de los efectos de la política neoliberal lo encontramos en quienes duermen hacinados en los compartimentos de los cajeros automáticos. Desde la oscuridad de una galería, una familia nos otea con recelo. No se terminaron de acomodar. Se nota que son nuevos en la calle, recién caídos, porque no desplegaron todavía sus bártulos ni se instalaron aún en el lugar. El miedo está en sus miradas. Mi hijo tiene ocho años. Los mira y me pregunta: ¿Por qué?

Cuando Kafka no puede escribir, escribe su diario. Habla de una cierta soledad que es típicamente rusa. Escribe que no puede escribir. El diario, anota, es su única y modesta tabla de salvación. Se impone aferrarse al cuaderno. Su diario es paradigmático y supera en desesperación cualquier otro diario de escritor. En él se define la esencia de un diario, su razón de ser: el bloqueo.

La desesperación y el absurdo como condicionantes, tanto sociales como individuales, son inherentes al trabajo de escritor. En lo personal, estoy convencido de que cuando se incursiona en ciertos abismos, sólo nos queda la risa de la angustia o el suicidio. Más de una vez no tengo nada que decir. Hace días que no escribo. Para mí, escribir no es escribir en el diario que llevo hace ya no sé cuántos años. Escribir, me digo, y no soy original en esto, es escribir la novela que ahora se ha frenado.

En efecto, soy de los que llevan un diario. Cuando experimento el no podimiento gombrowicziano, lo registro. Como suele ocurrir en todo diario, y el mío no es una excepción, las entradas referidas a divagaciones de lo cotidiano se alternan con los momentos de bloqueo, se vuelven obsesivas y monocordes. Cuando no estoy escribiendo la novela, se lo digo al diario. Y el diario crece. Se nutre del vacío.

El silencio como alternativa antes que la retórica autocompasiva. Lo difícil, me digo, es no escribir. Aún no escribir el diario. A menos que uno escriba por necesidad. La urgencia de descarga que el diario implica. No concibo otra literatura que no sea la que proviene de la insatisfacción. La búsqueda de belleza, aunque parezca un absoluto fuera de moda. La belleza como representación de una verdad. Un imposible. ¿Por qué no?

Un haiku de Masahide dice: Mi casa y su tejado ardieron. Ahora puedo ver la luz de la luna. Cheever aconsejaba, en sus talleres de escritura, escribir como si se estuviera en una casa en llamas.

Beckett: Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.

Steiner denuncia: Hoy, el alejamiento de la palabra, de su tradicional promesa de significado, ha devenido dramático. Tal vez se dice menos que antes. En los últimos años experimento reticencia con respecto a la ficción. La mayoría de las prosas me resultan normativa, lengua estandarizada. En cambio, no me ocurre con la poesía. Tal vez, me digo, se debe al poder de revelación que tiene la palabra poética. Pero, me pregunto, ¿toda palabra no es poética? Cada palabra contiene una verdad, que no es la misma para todos. ¿Cómo leer entonces cada palabra? ¿Y si el hallazgo de esa verdad no depende sólo de quien la escribe sino también –responsabilidad no menor– de quién la lee? La escritura implica, aún en su delirio, una responsabilidad. También su recepción.

No se puede problematizar la escritura sin antes problematizar la lectura. Ambas tienen una relación dialéctica. La escritura literaria nace de una experiencia previa: la lectura. Escribir escritura literaria puede sonar redundante. No lo es. Se trata de una distinción: una cierta manera de escribir que se diferencia, por su forma, de otras. Pero la forma lo es de un contenido. Pienso ahora otra pregunta: ¿Y si toda escritura es literaria? Que lo sea depende de mi intención de lectura. Es decir, una lectura literaria. Un ejemplo: Viñas lee en los obituarios y necrológicas de La Nación la historia íntima del poder.

Las buenas intenciones sólo producen mala literatura, dice Gide. Pasa con mucha novela que se pretende “realista”. Se quiera o no, toda novela propone una moral. ¿Cuál moral? ¿La que imponen los convencionalismos mediáticos? A la vez, ¿qué significa ser un autor “realista”? Los tipos “realistas” son de la peor calaña: allí los tienen del otro lado del mostrador en los bancos. Sin embargo, me digo, la novela en que trabajo, a mi pesar, a pesar de mi propósito de laconismo y austeridad en el lenguaje, también es una novela moral. Por tanto, le desconfío, la abandono cada tanto. También me doy cuenta: hace rato que perdí la inocencia y la confianza omnipotente en la escritura. A veces pienso, por ejemplo, al llevar un diario, que escribo por pura vanidad de la letra.

Tomo prestada de Blanchot la idea de una escritura del desastre. Una idea que incluye, como marca, a Marguerite Duras. La literatura nunca me ha abandonado, dice Duras. Su infancia en Viet-Nam, su vida bajo el nazismo, más tarde el afirmarse como escritora, la lucha contra el alcohol, signan su biografía. También, su escritura. Duras, paradigma, destruye el bello estilo, las formas elegantes, se lanza contra las buenas costumbres bien pensantes, contra el sistema que canoniza y a la vez margina, se lanza contra aun sabiendo que su combate está perdido de antemano. Apenas se entra al cementerio de Montparnasse, unos pocos pasos a la izquierda, allí esta su tumba. Sobre la losa, una cantidad de latas, jarros y botellas que en vez de flores tienen lapiceras, lapiceras y lapiceras. De lo que hablan esas lapiceras: del sentido.

Antes de venir a este foro, pensé en la articulación de un pequeño ensayo. Un paper didáctico, si lo prefieren. Reparé, lo compruebo una vez más ahora, que aquí acuden mayoritariamente docentes. Es decir, maestros. Trabajadores de la educación. Que, se suponen, deben transmitir a sus alumnos no la enseñanza de la verdad sino su búsqueda. Es decir, lo que un docente debe enseñar no son respuestas sino preguntas. Por estos motivos prefiero compartir con ustedes las preguntas que mi trabajo propone antes que las presuntas verdades de un opinador al paso. Las preguntas que me interesa compartir son acerca de la dificultad.

En 1937, en Berlín, Brecht enuncia Las cinco dificultades para decir la verdad. El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla. Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas. La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.

Después, Brecht dice: Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Para mí, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa. Pero, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina?

Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.

Somos el lenguaje que nos moldea desde que venimos al mundo. Somos lenguaje. Pero el lenguaje es también historia, contexto y herramienta.

Preguntarse por qué Baudelaire llama hipócrita a su lector.

Mis contradicciones. ¿Por qué yo, un intelectual acomodado, habría de ir en contra de las prebendas que este sistema me ofrece? Me refiero a cierto prestigio, una retribución por mi escritura con cierta aceptación crítica y de marketing, etcétera. El por qué tiene, quizás, una respuesta, en la pregunta que me hace mi hijo cuando vemos seres tirados en la noche de invierno petersburguesa. Situación de calle, el eufemismo que se les aplica. Miro la mirada de los padres y los hijos de esa familia que miran a mi hijo que los mira y, una vez más, pregunta: ¿Por qué?

Presentado por primera vez en el Foro Internacional por el Fomento del Libro y la Lectura. “Leer es resistir”, Chaco, agosto 2017.

08/09/17 P/12

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