Preguntas

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

 

Por Andrés Rivera

Al Sergio le faltan dos dientes, ahí, adelante, de los de abajo. A veces, cuando habla, le sale como un silbido.

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Y se le cayó el pelo, al Sergio. Parece un cura, de ésos de antes. Pero donde se le cayó el pelo, tiene la piel suave y rosada. Y de noche, cuando los chicos duermen, y el Lucio carga a una loquita en su moto, y la loquita acomoda su culo a espaldas del Lucio, y la loquita grita, espantada, porque el Lucio toma las curvas desiertas de la ruta nueve como si volara, yo, a esa hora, le toco, al Sergio, la piel suave y tibia de la cabeza, allí donde se le cayó el pelo, y el Sergio se calienta. Se le estremecen los hombros, en la oscuridad de la cama, y, ya despierto, se da vuelta hacia mí, y su camiseta de lana, y su calzoncillo largo huelen a sudor, y a orina, y a no sé qué otra cosa agria y crujiente, y su lengua murmura palabras de alabanza a lo que yo soy, para él, en esos minutos de prueba, mi putona guacha yegüita mi buena. Y suspira. Y yo escucho, mientras el Sergio se quita, a los manotones, la camiseta de lana y el calzoncillo largo, la respiración de las chicas en la otra pieza, y al Lucio que endereza su moto, la loquita pegada a su espalda, caliente, que le implora, al Lucio, que pare, que frene, por favor, que ella se hace pis encima.

Y el Sergio se alza sobre mí, y yo, al Sergio que se alzó sobre mí, le toco lo que le cuelga entre las piernas, que es como un muñón, y el muñón lo tiene como de piedra, y le digo entre, y es una orden la que le doy, y el Sergio me entra con su muñón. Y cuando el Sergio entra en mí, soy yo la que tiemblo y acepto, y me rindo, gorda, blanda, sumisa.

El Sergio tiene la mano pesada.

Y es tan alto y tan fuerte como cuando lo conocí; como cuando venía a sentarse al otro lado de la mesa, y se quedaba mirándome, callado, alto y fuerte bajo la luz de la lámpara, y yo miraba, en la mesa de la cocina, junto a sus manos cerradas alrededor de una taza de café, la bolsa de carne y de huesos que él traía del frigorífico donde solía conseguir changas de matarife. Y yo no hablaba del Cony, que nos cagaba a puñetes a las chicas y a mí.

Y yo hablaba, en el frío del invierno, y en el frío de las casas, de los cinco años que estuve presa, y a la espera de que me clavaran una inyección en las venas, y me tiraran al mar, desde un avión, como a otras, como a otros.

Y él, el Sergio, estaba allí, al otro lado de la mesa, callado, la luz de la lámpara sobre su pelo rubio, y sus ganas de mí, y sobre la taza de café, vacía, que sostenía entre las manos, y sobre lo que yo decía de cinco años de cárcel, y de cómo llegabas a adivinar a quiénes se llevarían las mujeres que nos cuidaban, esas perras.

Y yo, de pie, con un pullover gastado, y una tricota, creo, sobre las tetas frías y desnudas, le contaba al Sergio cómo resistíamos a las perras de uniforme, a las rejas, y a los que nos decían que ninguna de las que estábamos ahí merecía la vida, ni pisar una tierra que fundaron los soldados de Dios.

Entonces, una noche de ese invierno, el Sergio se echó sobre mí, y su cuerpo, fuerte y duro, limpio de la sangre y la bosta de los animales que faenaba en el matadero o en el frigorífico, me arrastró a la cama, y el Sergio dijo, sus manos frías en mis tetas, ábrase, Cata, ábrase, que la entro. Y su risa, en la oscuridad y el silencio, era como una tos flemosa. Ábrase, que le voy a dar el gusto.

Compré un taxi. Lo compré para que lo trabajen el Lucio y el Sergio, si al Sergio le vuelven las ganas de manejar. Pero puse el auto a mi nombre.

No, si usted no es zonza, dijo el Sergio, y silbó entre los dientes que le faltan. Y rió como los viejos mañosos, o como cuando, en las noches que se echa sobre mí, consigue que yo le diga que es bueno para eso.

Pasó que nos indemnizaron. Los milicos se fueron, o los ingleses los echaron, y hubo elecciones, y volvieron los políticos, y dictaron una ley que llamaron de resarcimiento económico por los años que esperamos que nos subieran a los aviones, y nos desaparecieran en las aguas.

Y no va la Natalia, que subió setecientos kilómetros desde Buenos Aires para verme, y me pregunta si no leo los diarios; y dónde estaba que no me enteré de la ley que votaron los políticos; y si soy tan infeliz que voy a donarle al Estado los ochenta mil dólares que me corresponden por cinco años de cárcel. Y qué es lo que me pasa.

Eso preguntó la Natalia, y se me quedó mirando, bajita como es, el cabello blanco brillándole bajo la luz floja de la cocina.

Y la Natalia me llevó a un juzgado y a otro, y me dijo qué papeles debía firmar y qué papeles no, y qué documentos o testigos debía presentar en un juzgado y otro, y yo, que nunca creí que fuera a cobrar un peso, y que cobré los ochenta mil dólares al cabo de cinco o seis meses de idas y vueltas, me pregunté por qué la Natalia hizo lo que hizo por mí, y no sé, hoy, todavía, por qué la Natalia hizo lo que hizo por mí, cuando el gringo Masal, el negro Salguero, y el Cony quedaron fuera de la fábrica, y nadie, nadie te dice que quiere cambiar el mundo, y nadie grita, en las calles de Córdoba, Ni golpe ni elección: revolución.

El Sergio dice que subirá al taxi a las cuatro de la tarde, y no soltará el volante hasta después de entrada la medianoche. Se siente libre, me dice, en el silencio frío de la ciudad, al mando del coche, y yo le adivino, en la risa gozosa que se le escapa por el hueco de los dientes que le faltan, las mujeres a las que les sube las polleras en el asiento trasero del taxi, y les mete mano entre las piernas, y en el agujero del culo, y les suelta, en la cara, el fétido aliento de la úlcera que le crece en la panza, y que lo va a llevar, para siempre, a una cama de hospital.

¿Por qué sigo con él?

¿Por qué no lo echo a la mierda?

Yo miro para atrás. El Sergio no mira para atrás. Nadie mira para atrás.

¿Miran para atrás el gringo Masal y el negro Salguero, y los otros, los que alzaron al gringo Masal y al negro Salguero, y al Cony, sobre sus hombros, para que hablaran al viento, a la ciudad cubierta por la bruma de la mañana, a esa trampa para ciegos que bautizaron con el nombre de futuro?

Me dieron ochenta mil dólares por no convertirme en alimento de los peces: eso es verdad.

Verdad son las várices a punto de explotar en mis piernas, y los zapatos que el Sergio dejó de usar, y que yo calzo porque hay que ahorrar desde la nada, y porque, a veces, no tengo ganas ni voluntad ni paciencia para comprarme, siquiera, un par de chinelas.

Verdad es que el Sergio les pide a mis hijas que abran las piernas, y cuando ellas las abren, el Sergio, en cuatro patas, se mete debajo de la mesa, y mira y husmea lo que la Marta y la Lucy saben mostrarle, y dejan que él pase la lengua, como un cerdo, por sus partes saladas y oscuras.

Verdad fue que yo me le tiré encima al Sergio, en uno de esos atardeceres grises, o una noche, y las chicas escaparon de la cocina, a los gritos, espantadas, con risas del Diablo en la boca, y que el Sergio me volteó de un cachetazo.

No se levante de ahí, silbó el Sergio, en uno de esos atardeceres grises, o una noche, cuando los perros enloquecen, ladran, horas y horas, al vacío, a sí mismos, a los temblores de sus olfatos.

Yo era un pendejo, Cata, cuando usted y otras locas como usted, incendiaron Córdoba. Y el pendejo que yo era la miró, Cata, y le miró los ojos, y perdió la cabeza por una de las señoras bellísimas que corrió a los milicos, e incendió Córdoba.

Ahora, usted, Cata, es mi mujer, y usa mis zapatos, y eso es todo lo que tiene…

(De: Cuentos escogidos, Alfaguara, 2000)

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