Privilegio

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Alice Munro

Rose conocía a mucha gente que habría deseado nacer pobre. Así que con esa gente se crecía, ofreciéndole escándalos diversos y retazos de la miseria de su infancia. El aseo de los chicos y el aseo de las chicas. El viejo señor Burns en su excusado. Shortie McGill y Franny McGill en la entrada del aseo de los chicos. No repetía a propósito el escenario de los retretes, y se sorprendía un poco de que no dejara de aparecer. Sabía que aquellas barracas pequeñas, oscuras o pintadas, se prestaban a las bromas zafias, pero Rose las veía como marcos fantásticos de vergüenza y escarnio.

En el aseo de las chicas y el aseo de los chicos había una entrada cubierta, que evitaba poner una puerta. La nieve se colaba de todos modos a través de los listones y por los huecos en los nudos de la madera, que servían para espiar. La nieve se amontonaba en el asiento y en el suelo. Muchos, por lo visto, preferían no usar el agujero. En la nieve acumulada bajo una capa de hielo, donde se había derretido y vuelto a congelar, había zurullos copiosos o solitarios, que parecían conservados en una vitrina, brillantes como la mostaza o negruzcos como el carbón, con todas las tonalidades intermedias. A Rose se le revolvían las tripas al verlos; era superior a ella. Se detenía en seco en la entrada, incapaz de obligarse a dar un paso más, decidía que podía esperar. Dos o tres veces se hizo pis encima, corriendo desde la escuela a la tienda, que no estaba muy lejos. Flo se indignaba.

—¡Meona, meona! —cantaba en voz bien alta, burlándose de Rose—. ¡No aguanta ni a llegar a casa para hacer pis!

A Flo también le complacía, en el fondo, porque le gustaba ver que a alguien lo ponían en su sitio, la naturaleza reafirmándose; era de esas mujeres que airean los trapos sucios de los demás. Rose se moría de vergüenza, pero no revelaba el problema. ¿Por qué no? Probablemente temía que Flo se presentara en la escuela con un balde y una pala, a limpiar, y de paso no dejase títere con cabeza.

Creía que la escuela se regía por un orden inalterable, por unas reglas distintas a las que Flo pudiese comprender, un salvajismo incalculable. La justicia y la limpieza se le antojaban entonces nociones ingenuas de una época primitiva de su vida. Empezaba a crear ese repertorio de cosas que jamás se podrían contar.

Jamás podría contar el episodio del señor Burns. Justo después de comenzar la escuela, y antes de tener la menor idea de lo que vería allí, o ni siquiera si habría algo que ver, Rose fue corriendo junto a la valla de la escuela con algunas otras niñas, entre las acederas y las varas de oro silvestre, y se agachó detrás del excusado del señor Burns, que daba al fondo del patio del recreo. Alguien había arrancado desde la valla los listones de abajo, así que se podía mirar adentro. El viejo señor Burns, medio ciego, panzón, sucio, brioso, se acercó por el jardín trasero de su casa hablando solo, canturreando, azotando el pasto con un bastón. En el excusado, también, tras unos momentos de esfuerzo y silencio, se oyó su voz.

Hay una colina verde a lo lejos
tras la muralla de una ciudad
donde crucificaron a Nuestro Señor
que murió para salvar a la humanidad.

El señor Burns no cantaba con devoción sino con un tono amenazante, como si incluso en ese momento echara de menos una pelea. La religión, por allí, salía a relucir sobre todo en las peleas. La gente era católica o protestante fundamentalista, y unos y otros estaban moralmente obligados a hostigarse. Muchos de los protestantes pertenecían a familias de tradición anglicana o presbiteriana, pero siendo ahora pobres no podían presentarse en esas iglesias y se habían pasado al Ejército de Salvación, a los pentecostales. Otros habían sido paganos redomados hasta que los salvaron. Algunos seguían siendo paganos, pero protestantes en las peleas. Flo decía que los anglicanos y los presbiterianos se daban aires de grandeza, y el resto eran evangelistas exaltados, mientras que los católicos aguantaban cualquier doble rasero o perversión con tal de sacarte dinero para su papa. Así que Rose no tenía que ir a ninguna iglesia.

Todas las niñas se agacharon a mirar, se asomaron para ver aquella parte del señor Burns que colgaba por el agujero. Durante años Rose creyó haber visto testículos, pero pensándolo bien ahora creía que solo había sido culo. Algo similar a una ubre, con una superficie erizada, como la lengua de vaca antes de que Flo la cociera. Desde entonces se negó a comer lengua, y después de contarle a Brian lo que era, él tampoco comió, así que Flo se puso hecha una furia y dijo que por ella podían vivir a base de mortadela.

Las niñas más mayores ni siquiera espiaron, se quedaron de pie mientras algunas fingían arcadas como si vomitaran. Varias de las pequeñas se levantaron de un salto y se sumaron a ellas, deseosas de imitarlas, pero Rose siguió en cuclillas, estupefacta y pensativa. Habría querido recrearse en la contemplación, pero el señor Burns terminó, salió abrochándose los botones y cantando. Las niñas se escabulleron hacia la valla para saludarlo.

—¡Señor Burns! ¡Buenos días, señor Burns! ¡Eh, señor Burns, se le caen los huevos!

El hombre fue hasta la valla rugiendo y blandiendo el bastón, como si espantara a las gallinas.

Grandes y pequeños, niñas y niños, todo el mundo —salvo la maestra, claro está, que cerraba la puerta durante el recreo y se quedaba dentro de la escuela, aguantándose igual que Rose hasta llegar a su casa, arriesgándose a tener un percance y padeciendo agonías—, todo el mundo se reunió para mirar en la entrada del aseo de los chicos cuando corrió el rumor: «¡Shortie McGill se está follando a Franny McGill!».

Hermano y hermana.

Haciendo el acto.

Esa era la palabra que empleaba Flo: «acto». Allá en el campo, en las granjas de las montañas donde se crio, Flo decía que la gente estaba chiflada, que comían heno hervido y hacían el acto con parientes de sangre. Antes de que Rose comprendiera a qué se refería, solía imaginar un escenario improvisado, un tablado precario en un viejo granero, donde se subían miembros de la misma familia e interpretaban canciones tontas y recitados. «¡Vaya actuación!», decía Flo asqueada, echando el humo del cigarrillo, no refiriéndose a un acto concreto sino a cualquier cosa en esa línea, pasada, presente y futura, que sucediera en cualquier lugar del mundo. Los pasatiempos de la gente, como sus pretensiones, no dejaban de asombrarla.

¿Y de quién fue la idea, en el caso de Franny y Shortie? Probablemente algunos de los chicos mayores retaron a Shortie, o quizá él alardeó y lo desafiaron. De una cosa no cabe duda: no pudo ser idea de Franny. Seguro que la pillaron, o le montaron una encerrona. Ni siquiera podía decirse que la pillaran, porque ella no corría, no habría puesto tanta fe en escapar. Pero se resistió, tuvieron que llevarla a rastras, y luego la tiraron al suelo, donde querían. ¿Sabía lo que se avecinaba? Por lo menos sabría que los demás nunca la metían en nada bueno.

A Franny McGill la había estrellado su padre, borracho, contra la pared cuando era una cría. Eso decía Flo. En otra versión Franny caía de un trineo, borracha, coceada por un caballo. Se había estrellado, en cualquier caso. La cara se llevó la peor parte. La nariz le quedó torcida, y cada vez que respiraba se oía un bufido largo y espeluznante. Tenía los dientes apiñados, así que no podía cerrar la boca, y le costaba retener la saliva. Era una chica pálida, huesuda, desgarbada, miedosa, como una anciana. Abandonada a su suerte en segundo o tercer curso, sabía leer y escribir un poco, aunque apenas le exigían nada. Tal vez no fuese tan estúpida como todo el mundo creía y simplemente estuviera pasmada, perpleja ante las agresiones constantes. Y a pesar de todo, había algo esperanzador en ella. Seguía a cualquiera que no la atacase o la insultase de entrada; ofrecía trocitos de ceras de colores, bolas de chicle que arrancaba de los asientos y los pupitres. Había que rechazarla con firmeza, y fulminarla con miradas de advertencia siempre que te echaba el ojo.

«Lárgate, Franny. Lárgate o te daré un puñetazo. Lo haré. Va en serio.»

Los abusos de Shortie, y de los demás, continuarían. Se quedaría embarazada, se la llevarían lejos, volvería y se quedaría embarazada otra vez, se la llevarían, volvería, se quedaría embarazada, se la llevarían de nuevo. Hablarían de esterilizarla, de que el Club de Leones pagara la operación, hablarían de encerrarla, cuando de pronto murió de neumonía, y se acabó el problema. Más adelante Rose pensaría en Franny al toparse con el personaje de la fulana lela, beatífica, en un libro o una película. Los hombres que hacían libros y películas parecían sentir debilidad por esa figura, aunque Rose se daba cuenta de que la maquillaban. Mentían, pensaba ella, cuando dejaban fuera el aliento y las babas y la dentadura; preferían no tener en cuenta el morbo afrodisíaco de la repulsión, en su afán por gratificarse con la idea de una plácida candidez, de una acogida sin matices.

La acogida que Franny le dio a Shortie no fue tan beatífica, a fin de cuentas. Se puso a chillar, con aullidos que se hicieron entrecortados y flemáticos por sus problemas respiratorios. No dejaba de sacudir una pierna. O el zapato se le había salido, o ya iba sin zapatos. Allí estaba su pierna blanca, y su pie descalzo, con los dedos manchados de barro; parecían demasiado normales, demasiado vigorosos y dignos para pertenecer a Franny McGill. Eso fue lo único que Rose alcanzó a ver. Era pequeña, y la empujaron hacia el final. Los chicos mayores los rodeaban en un corro, dando ánimos, y las chicas mayores rondaban detrás, riendo con nerviosismo. Rose sentía curiosidad, pero no se escandalizó. Someter a Franny a un acto así no tenía trascendencia general, nada que ver con lo que le podía pasar a cualquier otra. Era solo un abuso más.

Cuando Rose contaba esas cosas a la gente, años después, causaban efecto. Tenía que jurar que eran ciertas, que no exageraba. Y eran ciertas, aunque el efecto estuviese descompensado. Su etapa escolar parecía deplorable. Daba la impresión de que había sido desdichada, y no era verdad. Estaba aprendiendo. Aprendió a apañárselas en las grandes peleas que desgarraban la escuela dos o tres veces al año. Rose tendía a ser neutral, y eso era un error garrafal; podían lloverte palos de los dos bandos. Habías de aliarte con gente que viviera cerca, para no correr demasiados riesgos al volver andando a casa. Ella nunca sabía bien a qué venían las broncas, y no estaba hecha para pelear, no acababa de entender qué necesidad había. Siempre la pillaba desprevenida una bola de nieve, o una piedra, un guijarro lanzado por la espalda. Sabía que nunca sería su fuerte, que nunca llegaría a estar en una posición segura, si es que existía tal cosa en el mundo de la escuela. Pero no era desdichada, salvo por su incapacidad de ir al retrete. Aprender a sobrevivir, a pesar de la cobardía y la cautela, de los sustos y la aprensión, no es lo mismo que ser desdichado. Y además es interesante.

Aprendió a esquivar a Franny. Aprendió a no acercarse nunca al sótano de la escuela, que tenía todas las ventanas rotas y estaba tenebroso, húmedo, como una cueva; a evitar el hueco oscuro de debajo de la escalera y el hueco de entre los montones de la leña; a no llamar bajo ningún concepto la atención de los chicos grandes, que le parecían perros salvajes, igual de rápidos y fuertes, caprichosos, exultantes en el ataque.

Un error que cometió al principio y no habría cometido después fue contarle a Flo la verdad en lugar de una mentira cuando un chico mayor, uno de los Morey, le puso la zancadilla y la agarró cuando bajaba por la salida de incendios, arrancándole la manga del chubasquero por la sisa. Flo fue a la escuela a armar la de Dios es Cristo (su intención manifiesta) y oyó a varios testigos jurar que Rose se había enganchado la manga en un clavo. La maestra se quedó taciturna, no quiso inmiscuirse, dio a entender que la visita de Flo no era bien recibida. Los adultos no pisaban la escuela en Hanratty Oeste. Las madres tomaban partido en las peleas, se asomaban por las vallas, chillaban; algunas incluso se abalanzaban a tirar de los pelos y lanzar pedradas. Insultaban a la maestra a sus espaldas y mandaban a los niños a la escuela con instrucciones de no aguantar sus monsergas. Pero nunca se habrían comportado como hizo Flo, nunca habrían puesto un pie en el recinto escolar, nunca habrían llevado una queja hasta ese punto. Nunca habrían creído, como Flo parecía creer (y aquí Rose la vio por primera vez perdida, equivocada) que los culpables confesarían, o serían delatados, que la justicia adoptaría cualquier forma más allá de un tirón y un roto en un abrigo de los Morey, en revancha, una mutilación secreta en el guardarropa.

Flo dijo que la maestra no sabía hacer su trabajo.

Pero sí sabía. Sabía hacerlo muy bien. Cerraba con llave la puerta durante el recreo y dejaba que fuera pasara lo que tuviera que pasar. Nunca intentó que los chicos mayores subieran del sótano, o que entraran de la salida de incendios. Les hacía cortar leña para la estufa y llenar el barril de donde todos bebían; por lo demás, podían ir a la suya. No les importaba cortar leña o bombear, aunque les gustaba empapar a otros con agua helada, y rozaban el asesinato con el hacha. Iban a la escuela solo porque no había otro lugar donde meterlos. Tenían edad para trabajar pero no había empleo para ellos. Las chicas mayores podían conseguir empleo, al menos como sirvientas, así que no se quedaban en la escuela a menos que pensaran hacer el examen de ingreso, para estudiar bachillerato y tal vez un día colocarse en una tienda o un banco. Algunas lo hacían. En sitios como Hanratty Oeste, las chicas prosperan más fácilmente que los chicos.

La maestra mantenía ocupadas a las chicas mayores, salvo a las de la clase de ingreso, mangoneando a los niños más pequeños, mimándolos o dándoles azotainas, corrigiéndoles la ortografía, y quitándoles para uso propio cualquier cosa interesante en forma de estuches, lápices de colores nuevos, las joyas que salían en los paquetes de Cracker Jack. Lo que ocurría en el guardarropa —si se robaban fiambreras del almuerzo o se rajaba un abrigo o a alguien le bajaban los pantalones—, la maestra no lo consideraba de su incumbencia.

No era en ningún sentido una mujer entusiasta, imaginativa, empática. Todos los días cruzaba andando el puente desde Hanratty, donde tenía a su marido enfermo. Había vuelto a dar clases en la madurez. Probablemente fue el único empleo que pudo lograr. Tenía que seguir a toda costa, así que seguía. Nunca adornaba las ventanas con recortables o pegaba estrellitas doradas en los cuadernos. Nunca hacía dibujos en la pizarra con tizas de colores. No tenía estrellitas doradas, no había tizas de colores. No demostraba ningún amor por nada de lo que enseñaba, ni por nadie. Debía de desear, si es que deseaba algo, que un día le dijeran que podía irse a casa, no volver a ver a ninguno de ellos, no volver a abrir un libro de ortografía, nunca más.

Pero enseñaba cosas. Algo debió de enseñarles a los que iban a hacer el examen de ingreso, porque varios aprobaron. Debió de intentar que todos los que iban a aquella escuela aprendiesen a leer y escribir y resolver operaciones básicas de cálculo. Las barandas de la escalera estaban rotas, los pupitres arrancados del suelo, la estufa humeaba y las cañerías se sostenían con alambre, no había libros de consulta, o mapas, y la tiza siempre escaseaba; incluso la regla de madera del aula estaba sucia y astillada por uno de los extremos. Las peleas y el sexo y los hurtos eran los asuntos importantes del día a día. Y a pesar de todo… Se presentaban datos y tablas. Frente a tanto desbarajuste, malestar e impotencia, se mantenía cierto hilo de la rutina de una clase corriente; una invitación. Algunos aprendieron a escribir sin faltas de ortografía.

Tomaba rapé. Era la única persona a la que Rose había visto hacer eso. Espolvoreaba un poco en el dorso de la mano, se lo acercaba a la cara y aspiraba delicadamente por la nariz. Con la cabeza hacia atrás, el cuello expuesto, por un momento parecía despectiva, desafiante. Por lo demás, no era excéntrica en lo más mínimo. Era rolliza, canosa, desaliñada.

Flo estaba convencida de que tenía embotado el cerebro por el rapé. Era como ser una drogadicta. Los cigarrillos solo te aplacaban los nervios.

En la escuela sí había un detalle cautivador, precioso. Estampas de pájaros. Rose no sabía si la propia maestra se había encaramado a clavarlas más arriba de la pizarra, a una altura donde no las pudieran profanar al menor descuido, si fueron el primer y último intento en el que puso alguna esperanza, o si databan de una época anterior, más plácida, en la historia de la escuela. ¿De dónde habían salido, cómo habían llegado hasta allí, cuando no había ningún otro adorno o ilustración?

Un pájaro carpintero de cabeza colorada; una oropéndola; un arrendajo azul; un ganso del Canadá. Los colores nítidos y duraderos. Fondos de nieve pura, de ramas en flor, de un embriagador cielo de verano. En un aula corriente no habrían resultado tan extraordinarios. Allí lucían vívidos y elocuentes, tan en discrepancia con el entorno que no parecían representar a los pájaros en sí, ni aquellos cielos y nieves, sino algún otro mundo de inocencia perenne, de información pródiga, de alegría privilegiada. Nada de robar fiambreras del almuerzo allí, ni de rasgar abrigos; nada de bajar a nadie los pantalones y sondear con palos dolorosos; nada de follar; nada de Franny.

Había tres chicas mayores en la clase de ingreso. Una se llamaba Donna, otra Cora, la otra Bernice. Ellas tres eran la clase de ingreso; no había nadie más. Tres reinas. Aunque cuando te fijabas bien, una reina y dos princesas. Así las veía Rose. Caminaban del brazo por el patio de la escuela, o agarradas de la cintura. Cora en el medio. Era la más alta. Donna y Bernice la flanqueaban y le abrían paso.

Era Cora a quien Rose adoraba.

Cora vivía con sus abuelos. Su abuela cruzaba el puente para ir a Hanratty a limpiar y planchar en otras casas. Su abuelo era el «recolector de la miel». Eso significaba que iba por el pueblo limpiando los retretes. A eso se dedicaba.

Antes de tener ahorrado el dinero para instalar un cuarto de baño de verdad, Flo había conseguido un inodoro químico para colocarlo en un rincón del leñero. Una solución mejor que el excusado, sobre todo en invierno. El abuelo de Cora se lo desaconsejó.

—Muchos se han puesto uno de estos chismes químicos y luego se han arrepentido —le dijo a Flo.

El hombre tenía un acento basto.

Cora era hija ilegítima. Su madre trabajaba en otro sitio, o se había casado. Quizá trabajara de sirvienta, y se las arreglaba para mandarle ropa usada que le daba la gente. Cora tenía mucha ropa. Iba a la escuela con un traje de satén beis drapeado sobre las caderas; o de terciopelo azul, con una rosa del mismo tejido mustia prendida en un hombro; o de crespón rosa palo cargado de flecos. Vestía con ropa impropia para su edad (aunque a Rose no se lo parecía), pero no le quedaba grande. Cora era alta, maciza, con curvas. A veces se recogía el pelo en un moño alto, dejando que un mechón le cayese encima de un ojo. Ella, Donna y Bernice a menudo se hacían peinados de mayores, se pintaban los labios con abundante carmín, se ponían un taco de colorete. Los rasgos de Cora eran toscos. Tenía una frente grasa, ojos castaños perezosos, la complacencia madura e indolente que pronto se endurecería y le echaría años encima. Pero en ese momento estaba espléndida, caminando por el patio de la escuela con su séquito (en realidad era Donna, con su cara pálida y ovalada, el pelo claro y rizado, la que se acercaba más a ser bonita), las tres del brazo, hablando de temas serios. A los chicos de la escuela no les hacía ni caso, ninguna de esas chicas perdía el tiempo con ellos. Estaban esperando, o quizá ya agenciándose, novios de verdad. Algunos chicos las increpaban desde la puerta del sótano, procaces y anhelantes, y Cora se volvía y les gritaba:

—¡Demasiado mayor para la cuna, demasiado joven para la cama!

Rose no tenía ni idea de qué significaba eso, pero admiraba cómo Cora ladeaba las caderas, el tono burlón, cruel, aunque perezoso e imperturbable de su voz, su mirada centelleante. Después, a solas, Rose recreaba toda la escena, los reclamos de los chicos, metida en el papel de Cora. Plantaba cara igual que ella a sus torturadores imaginarios, los trataba con el mismo desdén provocativo.

«¡Demasiado mayor para la cuna, demasiado joven para la cama!»

Rose caminaba por el patio detrás de la tienda imaginando que el satén turgente le ceñía las caderas, que llevaba el pelo recogido con algunos mechones sueltos y los labios rojos. Quería crecer y ser igual que Cora. No quería esperar a hacerse mayor. Quería ser Cora, ya.

Cora iba a la escuela con tacones. No tenía un andar grácil. Cuando se paseaba por el aula con sus vestidos suntuosos notabas un temblor, oías vibrar las ventanas. También podías olerla. Su talco y sus cosméticos, su piel oscura y tibia, y su pelo.

Las tres se habían sentado en lo alto de la escalera de incendios con la llegada del buen tiempo. Se estaban poniendo esmalte de uñas. Olía como a plátanos, con un raro toque químico. Rose iba a entrar en la escuela por la escalera de incendios, como solía hacer, evitando la amenaza cotidiana de la entrada principal, pero cuando vio a las chicas dio media vuelta, sin atreverse a esperar que se echaran a un lado.

Cora la llamó.

—Puedes subir, si quieres. ¡Vamos, sube!

La estaba incitando, alentando, como haría con un cachorro.

—¿Te apetece que te pinte las uñas?

—Entonces todas van a querer —dijo la chica que se llamaba Bernice, que resultó ser la dueña del frasco de esmalte.

—No se las pintaremos a todas —dijo Cora—. Solo a ella. ¿Cómo te llamas? ¿Rose? Solo se las pintaremos a Rose. Vamos, sube, cielo.

Cora le pidió que tendiera la mano. Rose se asustó al ver que la tenía sucia, hecha una calamidad. Y encima fría y temblorosa. Un objeto pequeño y repugnante. No le habría extrañado que Cora la soltara de golpe.

—Estira los dedos. Así. Tranquila. ¡Cómo te tiembla la mano! No voy a morderte, ¿a que no? Quédate quieta, como una buena chica. No querrás que me salga, ¿verdad?

Untó el pincel. Era un esmalte rojo intenso, como el de las frambuesas. A Rose le encantó el olor. Cora tenía unos dedos grandes, rosados, firmes y tibios.

—¿No es precioso? ¿No crees que las uñas te quedan preciosas?

Las estaba pintando a la moda de entonces, difícil y ya desfasada, dejando la media luna y las cutículas sin esmalte.

—Es de un tono rosado, para que haga juego con tu nombre. Qué nombre tan bonito, Rose. Me gusta. Me gusta más que Cora. Odio Cora. Tienes los dedos helados, con el calor que hace hoy. ¿No los notas helados, en comparación con los míos?

Estaba coqueteando, por puro capricho, como hacen las chicas a esa edad. Probarán sus encantos con cualquier cosa, con perros y gatos, o hasta con sus propias caras delante del espejo. Rose estaba en ese momento demasiado abrumada para disfrutar. Se sentía débil, absorta, sobrecogida por tan alto favor.

A partir de ese día, Rose se obsesionó. Se pasaba el día entero intentando caminar como Cora y parecerse a ella, repitiendo cada palabra que le había oído decir alguna vez: intentaba ser Cora. Rose estaba hechizada por todos y cada uno de sus gestos, el modo en que se enroscaba con un lápiz el pelo, abundante y áspero, el modo en que gemía a veces en la escuela, con hastío majestuoso. El modo en que se chupaba el dedo y se alisaba primorosamente las cejas. Rose también se chupaba el dedo y se alisaba las cejas, deseando tenerlas morenas, en vez de decoloradas por el sol y casi invisibles.

La imitación no bastaba. Rose fue más lejos. Imaginó que caía enferma y que por alguna razón llamaban a Cora para que cuidara de ella. Mimos durante la noche, caricias, cuneos. Inventaba historias de peligros y rescates, azar y gratitud. A veces ella rescataba a Cora, a veces Cora rescataba a Rose. Después todo era calidez, indulgencia, confidencias.

«Qué nombre tan bonito.»

«Vamos, sube, cielo.»

El despertar, la crecida, la corriente del amor. Del amor sexual, sin saber aún exactamente en qué había que concentrarse. Debe de estar ahí desde el principio, como la miel blanca y dura en el balde, a la espera de derretirse y manar. Carecía de cierta intensidad, faltaba cierta urgencia; estaban las diferencias inherentes al sexo de la persona elegida; por lo demás era lo mismo, la misma pulsión que ha dominado a Rose desde entonces. La marea alta; la locura indeleble; la riada torrencial.

Cuando todo florecía —las lilas, los manzanos, los majuelos a la vera del camino— empezaba el juego de los funerales, que organizaban las chicas mayores. La que hacía de muerta, porque a ese juego solo jugaban niñas, se tumbaba en lo alto de la escalera de incendios. Las demás desfilaban a paso lento, entonando algún canto, y al pasar la cubrían con puñados de flores. Se inclinaban fingiendo llorar (algunas lo conseguían de verdad) y la contemplaban por última vez. En eso consistía el juego. En teoría todas tendrían una oportunidad para hacer de muertas, pero al final no salió así. Después de que a las chicas mayores les tocara a cada una su turno, no iban a perder el tiempo haciendo de comparsa en los funerales de las más pequeñas. Las que continuaron pronto se dieron cuenta de que el juego había perdido toda su pompa y su fascinación, y se dispersaron, dejando solo a una caterva tenaz para liquidar el asunto. Rose fue una de las últimas en abandonar. Aguantó con la esperanza de que Cora subiese por la escalera de incendios en su funeral, pero Cora no le hizo ningún caso.

La que hacía de muerta podía elegir el canto fúnebre que quisiera. Cora había elegido «Qué hermoso debe de ser el cielo». Yacía colmada de flores, lilas sobre todo, y llevaba su vestido de crespón rosa. También unos abalorios, un broche donde se leía su nombre en lentejuelas verdes, la cara empolvada. Motas de polvo temblaban en la pelusilla que le cubría las comisuras de los labios. Sus pestañas aleteaban. Tenía una expresión concentrada, ceñuda, rigurosamente muerta. Cantando con tristeza, lanzando lilas, Rose estaba tan cerca que sintió el impulso de cometer algún acto de adoración, pero no se le ocurrió nada. Solo alcanzó reunir detalles en los que se recrearía después. El color del pelo de Cora. Le brillaban los mechones que se prendía detrás de las orejas. Un tono caramelo más claro, más cálido, que el cabello de encima. Sus brazos desnudos, morenos, flácidos, eran los brazos recios de una mujer, cubiertos de vello. ¿Qué olor exhalaba en realidad? ¿Qué expresaba el gesto, hosco y displicente, de sus cejas depiladas? Rose se enfrascaría en esas cosas más tarde, cuando estuviese a solas, se enfrascaría en recordarlas, conocerlas, guardarlas para siempre. ¿Y con qué fin? Cuando pensaba en Cora percibía un lugar oscuro y radiante, un centro incandescente, un olor y sabor a chocolate quemado, que nunca llegaba a apresar del todo.

¿Qué se puede hacer con el amor cuando llega a ese punto de impotencia, de desesperanza y obcecación malsana? Algo tendrá que cortarlo de raíz.

Rose no tardó en meter la pata. Robó caramelos de la tienda de Flo para dárselos a Cora. Fue una tontería, una ocurrencia torpe e infantil, se dio cuenta enseguida. No solo porque los robara, aunque eso fue una estupidez, y nada fácil. Flo guardaba los caramelos detrás del mostrador, en un estante inclinado, en cajas abiertas donde los niños no alcanzaban a meter la mano, pero a la vista. Rose esperó a un momento de descuido, y entonces se subió al taburete y llenó una bolsa con lo que pudo pillar: gominolas, confites, regalices surtidos, brotes de arce de chocolate, palotes de caramelo. No se comió ni una sola golosina. Se llevó la bolsa a la escuela, metida debajo de la falda y sujeta con la goma de las bragas. Apretando bien el brazo contra la cintura para que no se le cayera. Flo le preguntó: «¿Qué pasa, te duele la barriga?», pero por suerte estaba demasiado ocupada para investigar.

Rose escondió la bolsa en su pupitre y aguardó una ocasión, que no se presentó como esperaba.

Aunque hubiese comprado las golosinas, aunque las hubiese conseguido en buena ley, habría sido un despropósito de todos modos. Al principio tal vez no, pero ahora ya era tarde. Ahora Rose exigía demasiada gratitud, demasiado reconocimiento, no estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa. El corazón se le disparaba, se le secaba la boca con el extraño regusto metálico del deseo y la desesperación solo con que Cora pasara cerca de ella con su andar rotundo, importante, en la nube de perfumes que exhalaba su piel caliente. Ningún gesto podría igualar lo que sentía Rose, no había satisfacción posible, y sabía que lo que estaba haciendo era ridículo, nefasto.

No conseguía armarse de valor para ofrecérsela, nunca se daba el momento, así que al cabo de unos días decidió dejar la bolsa en el pupitre de Cora. Hasta eso fue difícil. Tuvo que fingir que había olvidado algo, después de las cuatro, volver a entrar corriendo en la escuela, a sabiendas de que tendría que salir corriendo de nuevo más tarde, sola, y pasar por delante de los chicos mayores en la puerta del sótano.

La maestra estaba allí, poniéndose el sombrero. Todos los días para cruzar el puente se ponía su viejo sombrero verde, adornado con unas plumas. Donna, la amiga de Cora, estaba limpiando las pizarras. Rose intentó meter la bolsa en el pupitre de Cora. Algo cayó al suelo. La maestra no se inmutó, pero Donna se volvió y le gritó:

—Eh, ¿qué estás haciendo en el pupitre de Cora?

Rose soltó la bolsa en el asiento y echó a correr.

Nunca imaginó que Cora iría a la tienda de Flo y entregaría las golosinas, pero eso fue lo que hizo, ni más ni menos. No para meter a Rose en un lío, sino solo por divertirse. Disfrutaba dándose importancia y sintiéndose respetable, además del placer de tratar con mayores.

—No sé por qué quería darme esto a mí —dijo, o Flo dijo que había dicho.

Por una vez, la imitación de Flo era mala; a Rose no le sonó ni por asomo como la voz de Cora. Flo la hacía parecer afectada y quejica. «¡Pensé que más valía venir a avisarla!»

Las golosinas no se podían comer, de todos modos. Se habían espachurrado y estaban pegoteadas, así que Flo tuvo que tirarlas.

Flo se quedó de piedra. Eso dijo. No porque robara los caramelos. Naturalmente estaba en contra de robar, pero pareció darse cuenta de que en ese caso era un mal menor, era lo de menos.

—¿Qué ibas a hacer? ¿Dárselos? ¿Por qué querías dárselos? ¿Estás enamorada de ella o qué?

La pregunta pretendía ser un insulto y una broma. Rose contestó que no, porque asociaba el amor con los finales de las películas, los besos y el matrimonio. En ese instante sus sentimientos eran convulsos y vulnerables, y, aunque ella no lo sabía, ya empezaban a marchitarse y arrugarse por los bordes. Flo fue una ráfaga de aridez.

—Sí que lo estás —dijo Flo—. Me das asco.

Flo no hablaba de una futura homosexualidad, ni mucho menos. De haberse referido a eso, o de haberlo pensado, aún se lo habría tomado más a broma, le habría parecido más estrafalario, más incomprensible, que los típicos devaneos. Era el amor lo que le daba asco. Era la esclavitud, el sometimiento, el autoengaño. Eso la desconcertaba. Vio el peligro, sin duda; intuyó la flaqueza. La ilusión ciega, las ganas, la necesidad.

—¿Y qué tiene ella de especial? —preguntó Flo, y enseguida se respondió a sí misma—: Nada. De guapa no tiene un pelo. Va a convertirse en un adefesio de grasa, eso se ve venir. Y también tendrá bigote. Mejor dicho, ya lo tiene. ¿De dónde saca esa ropa que lleva? Supongo que cree que la favorece.

Rose no replicó, y Flo siguió despotricando con que Cora no tenía padre, que podías imaginar a qué se dedicaba la madre, y para colmo ¿quién era el abuelo? ¡El recolector de la miel!

Flo volvió sobre el asunto de Cora, de vez en cuando, durante años.

—¡Ahí va tu ídolo! —diría al verla pasar por delante de la tienda, después de que empezara el bachillerato.

Rose fingía no acordarse de ella.

—¡Claro que la conoces! —insistía Flo—. ¡Quisiste darle golosinas! ¡Robaste golosinas para ella! No sabes la gracia que me hizo.

A pesar de que disimulaba, en el fondo Rose no mentía. Recordaba los hechos, pero no los sentimientos. Cora se había transformado en una chica grandota de aspecto huraño, encorvada bajo el peso de los libros del instituto. Los libros le sirvieron de poco, fracasó en el bachillerato. Llevaba blusas corrientes y una falda azul marino, que sí la hacían parecer gorda. Tal vez su personalidad no logró sobrevivir a la pérdida de los vestidos elegantes. Se marchó, consiguió un trabajo durante la guerra. Se alistó en las Fuerzas Aéreas, y aparecía en casa de permiso, embutida en el espantoso uniforme del cuerpo. Se casó con un aviador.

A Rose no le importó mucho esa pérdida, esa transformación. A esas alturas ya intuía que la vida da muchas vueltas. Solo pensaba en lo desfasada que estaba Flo, recordando la historia cada dos por tres y dando una imagen de Cora cada vez peor: morenota, peluda, arrogante, gorda. Después de tanto tiempo, y tan en vano, Rose veía que Flo intentaba advertirla y enderezarla.

La escuela cambió con la guerra. Menguó, perdió toda su energía maligna, su espíritu anárquico, su estilo. Los chicos más temibles se alistaron en el ejército. Hanratty Oeste también cambió. La gente se marchó, aprovechando los puestos de trabajo que generó la guerra, e incluso los que se quedaron consiguieron empleo, cobrando más de lo que nunca habían soñado. La respetabilidad arraigó, en todos salvo los casos perdidos. Los tejados se rehacían enteros, en lugar de remendarse con parches. Las casas se pintaron, o se revistieron con ladrillo decorativo. La gente se compraba frigoríficos y alardeaba de tenerlos. Cuando Rose pensaba en Hanratty Oeste en los años de la guerra, y los años previos, se le antojaban épocas tan alejadas como si se hubieran usado alumbrados distintos, o como si todo estuviera grabado en película y la película se hubiera imprimido de otro modo, de manera que por un lado las cosas se veían nítidas y decentes y limitadas y corrientes, y por el otro, oscuras, borrosas, revueltas y turbadoras.

Incluso la escuela se reformó. Ventanas nuevas, pupitres atornillados al suelo, palabrotas tapadas con brochazos de pintura roja. El aseo de los chicos y el aseo de las chicas se derribaron, y se rellenaron los pozos con tierra. El ayuntamiento y el consejo escolar creyeron oportuno poner inodoros con cisterna en el sótano rehabilitado.

Todo el mundo se movía en esa dirección. El señor Burns murió en verano, y la gente que compró su casa instaló un cuarto de baño. Y levantaron una valla alta de alambrada, para que nadie desde el patio de la escuela pudiera encaramarse y arrancarles las lilas. Para entonces, Flo había instalado también un cuarto de baño. Pidió que colocaran de paso el resto de los accesorios, aprovechando la prosperidad de los tiempos de la guerra.

El abuelo de Cora tuvo que retirarse, y nunca volvió a haber otro recolector de miel en el pueblo.

(De: ¿Quién te crees que eres?, Lumen, 2016. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino)

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