Qué le dice Davos a la Argentina

En la UE quieren cerrar acuerdos “antes de que se pueda iniciar un nuevo ciclo populista”

Por El Experto Que Ya Vio Casi Todo

La cita en la villa alpina de Davos, en la actual gira internacional de Macri, es fundamental para la estrategia del gobierno del PRO. Davos es una oportunidad inapreciable para conocer lo que está ocurriendo en la economía mundial, pero más allá de las declaraciones, hay que tener en cuenta que las definiciones de los grandes empresarios que allí se encuentran están permeadas por las perspectivas de rentabilidad, que es lo que decide finalmente si las inversiones se concretan, y esto es válido tanto para el desenvolvimiento de la economía internacional como para conocer las intenciones políticas argentinas. El ministro de Producción, Francisco Cabrera, habló acerca de cómo la Argentina podrá aprovechar la revolución tecnológica en marcha. Dijo que hay en el país un programa de transformación productiva cuyo eje es preparar trabajadores para afrontar la inevitable metamorfosis en curso, que incluye sobre todo el desarrollo de la programación y el empuje a los emprendimientos en áreas innovadoras, lo cual supone una política para la fuerza laboral que adquiere particular importancia y dará lugar a tensiones con los sindicatos, y que lo principal es conseguir una mayor flexibilidad laboral para bajar el costo salarial y atraer inversión. Los empresarios hablaron sobre todo de las expectativas que despierta en ellos la apertura del país al mundo. La tarea de los políticos es asegurar esas condiciones. En lo que atañe a la Argentina, Macri se ocupó de asegurar que el país estaba dejando atrás al populismo y encarando su plena integración al mundo.

En la economía mundial hay una recuperación desde la segunda mitad de 2016 que si bien es la reacción más fuerte desde la gran crisis de 2008, tiene una dinámica muy moderada, salvo en China, en el sudeste asiático y en los mayores países emergentes, empezando por la India. La reactivación no es robusta en los países industrializados por la orientación financiera de la inversión que, al reducir la de carácter productivo, está dando lugar a una productividad que avanza a paso muy lento o que pierde fuerza. A grandes rasgos, el crecimiento fue de 3% en 2017 en el mundo y de poco más de 4% en los países emergentes y en desarrollo y la aceleración alcanzaría en los emergentes la marca del 4,5% en 2018. En América Latina el crecimiento no pasará de 2% en 2018 y lo más importante en la región es la lenta salida de la recesión en Brasil, pero el intercambio comercial está creciendo por encima de la producción, con aumento en los flujos de inversión financiera e incluso en la inversión extranjera directa. Sin embargo, como el bajo crecimiento agudiza la competencia, hay un mayor proteccionismo y la deuda está creciendo demasiado.

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El endeudamiento ha sido favorecido por el gran flujo de capital líquido, que ha dado lugar a un largo período de bajas tasas de interés que ha incrementado la vulnerabilidad del sector financiero, ya que si el crecimiento volviera a aflojarse por la baja inversión productiva, se presentarían dificultades de pago de la deuda. El lento avance de la productividad se está extendiendo a los países emergentes, plantea la necesidad de acelerar el cambio tecnológico y para eso se requiere la adaptación del mercado laboral, pero como la inversión productiva se ha desacelerado, esa adaptación no sólo se refiere a las nuevas técnicas y métodos de trabajo sino a la contención salarial para lograr mejoras más rápidas en la productividad. Este es el punto alrededor del cual gira la mayor atención de empresarios y políticos y estos últimos son los encargados de llevar a cabo las reformas necesarias para concretarlo. Casi a coro, unos y otros argumentan que la presente reactivación cíclica es la mejor oportunidad para encarar las reformas, y asegurarlas con condiciones políticas firmes.

Sin embargo, el bajo crecimiento, la baja o estancamiento en los salarios reales más las dificultades para encontrar empleo a quienes los pierden y la creciente diferenciación laboral, están provocando una falta de confianza generalizada en las conducciones políticas más cercanas al establishment empresario en los países industrializados. Al mismo tiempo el electorado se aleja de las conducciones políticas populares en los países emergentes y en los de bajo ingreso, mientras que en los países centrales hay un vuelco hacia preferencias más nacionalistas y proteccionistas que amenazan la organización integrada del capitalismo global. Para ellos, el peligro más cercano no es ya el comunismo sino el populismo y el nacionalismo, mientras que la llegada de gobiernos más liberales o de derecha en los países emergentes o de menores ingresos crean la amenaza de una próxima vuelta de los nacionalismos populistas que eventualmente podrían llegar a frenar las reformas que con tanta vehemencia se proponen en reuniones como la de Davos.

Ante este panorama, que ha deteriorado el nivel de vida y reducido la parte del salario en el ingreso nacional, el World Economic Forum advirtió que el crecimiento económico de los últimos años no redujo la pobreza y está provocando una creciente desigualdad que vulnera la cohesión social y provoca reacciones políticas que dan lugar a un escenario poco previsible. Uno de los datos que más circuló en Davos es que el 82% del crecimiento económico se concentró en el 1% de la población mundial. Por ese motivo, el establishment mundial ahora se preocupa por la inclusión social, y Macri presenta su programa político asegurando que su cometido es terminar con la pobreza.

Sin embargo, el capitalismo en el mundo conduce a la mayor diferenciación social. En los años ’70 empezó a declinar el Estado de Bienestar con el que se enfrentó una posible expansión del comunismo en la Europa de posguerra y Margaret Thatcher y Ronald Reagan lo transformaron en un nuevo liberalismo, que privilegia la especulación financiera y persigue la productividad a costa del empleo y del gasto social. Las condiciones laborales, el empleo y el nivel de vida empezaron a deteriorarse y esa situación se agudizó desde la última crisis de 2008. El Fondo Monetario Internacional advierte que la inflación se combate bajando los salarios y el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, sostuvo que “la política antiinflacionaria es bastante dependiente de lo que ocurre con los acuerdos salariales”, y que “si pudiéramos ir quitándonos de encima la cláusula gatillo y de acuerdos nominales para más adelante, creo que sería más fácil el proceso de desinflación porque quitaríamos indexación a la economía”.

Es así que la reforma laboral en la Argentina, que parecía quedar dentro de una compleja tramitación con los sindicatos y el peronismo por sugerencia de Miguel Pichetto, se adelantó parcialmente. El gobierno envió al Congreso Nacional un DNU para ser tratado por la Comisión Bicameral Permanente que los debería controlar, con unas cuarenta normas que reducen los trámites que deben hacer las empresas para operar en el país y habilitan prácticas para operar en el sector financiero y en los transportes que reducen los costos. También introduce modificaciones en leyes y decretos que un grupo de diputados del Frente Renovador considera inconstitucionales porque “alteran las reglas del Estado de derecho”, le adjudican al Poder Ejecutivo pasar por alto las atribuciones del Congreso y dan lugar a una reforma del Estado que también vulnera la legislación laboral.

Otra muestra de adecuación al giro financiero que impera en el mundo y que puede tener graves repercusiones en una economía tan castigada por la fuga de dólares como la argentina, es que el 16 de enero último, la Comisión Nacional de Valores autorizó las “ventas en corto”, un eufemismo que se refiere a las operaciones puramente especulativas del mercado de capitales. Esta regla fue dictada con el propósito presumible de que Morgan Stanley incorpore al país al índice de mercados emergentes, introduciendo en la inversión financiera local a los grandes jugadores mundiales.

Aunque el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, y muchos analistas hayan dicho que hay que acostumbrarse a la volatilidad del dólar, cuando el 28 de diciembre pasado se modificaron las metas de inflación se provocó indirectamente una devaluación que va a llevar a las empresas a subir los precios y elevará el impacto de la quita de subsidios. Si en ese contexto se quita la indexación a los salarios, es obvio que éstos quedarán por detrás de los precios, ya que el cálculo del consultor empresario Miguel Kiguel de que si la devaluación alcanza al 10% los precios van a subir sólo de 2% a 2,5% está lejos de la realidad.

En la presidencia del G20, la Argentina estará particularmente comprometida a que la política económica se centre en flexibilizar el mercado laboral y bajar el costo salarial, abrir el mercado financiero, encontrar vías para incorporar el avance tecnológico capaz de mejorar la productividad, ya que las inversiones extranjeras por el momento son menores que las esperadas, pero se van a producir en áreas muy específicas, como la energía, la minería incluyendo al litio, el agro y las finanzas. Por eso, como existe en el mundo una “brecha de infraestructura que hay que cerrar”, al decir de Dujovne, la Argentina se preparará tratando de movilizar el capital privado hacia este tipo de proyectos.

Como prólogo a Davos, Macri se encontró en Rusia con el presidente Vladimir Putin y firmaron un compromiso de cooperación bilateral para aumentar el intercambio comercial basado en una fuerte complementariedad y promover el mutuo desarrollo de la agricultura, la energía, el medio ambiente y luchar contra el terrorismo y el crimen organizado. Se trata de 30 puntos que incluyen la necesidad de que se reanuden las negociaciones de la Argentina con el Reino Unido por las Islas Malvinas. La Argentina abrirá una consejería agroindustrial en Moscú para proveer de alimentos a Rusia y aportarle genética bovina. La Argentina tiene debilidad de fósforo en la agricultura y necesita de ese insumo. Las empresas rusas tienen interés en la modernización de la red ferroviaria argentina, en la inversión en Vaca Muerta y las licitaciones para transmisión eléctrica. En logística se destaca el interés ruso de operar el puerto de Posadas. El peso de la negociación, aparte del intercambio comercial, se concentró en carne y energía. La ventaja del acuerdo con Rusia es que no incluye compromisos de impacto social.

En Francia, Macri trató de lograr una pronta firma del Acuerdo del Mercosur con la Unión Europea para acelerar el proceso de integración, en lo que también tienen urgencia los países industrializados del continente, pero la barrera es el agro francés y el de otros países entre los que se cuentan Polonia e Irlanda. Macri apeló a la seguridad alimentaria y las oportunidades de inversión en energías renovables que presenta la Argentina, pero la posibilidad de que los agricultores franceses cedan en sus posiciones es compleja. Por su parte, las ofertas de los europeos son poco atractivas, Uruguay afirma que son irrelevantes y está poco inclinado a firmar, y la Argentina está especialmente pendiente de los acuerdos en carne y etanol, con expectativas fuertes en todo el sector agroalimentario, en las energías renovables y en el gas y petróleo no convencional de Vaca Muerta, y hay iniciativas a concretar en minería de plata en Santa Cruz y logística portuaria para facilitar el acceso de la producción a los canales de exportación de granos y productos de las economías regionales. El interés político es particularmente grande tanto para Macri como para los países europeos. La comisaria de comercio de la UE, Cecilia Malsmtröm, dijo que era necesario cerrar las negociaciones antes de las elecciones presidenciales en Brasil. La verdadera dimensión de la carrera por el acuerdo es que hay que firmarlo antes de que se pueda iniciar un nuevo ciclo político populista.

El Cohete a la Luna

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