¿Qué obras artísticas te han -cabal, inequívocamente- estremecido? ¿Y ante cuáles has quedado, seguís quedando, perplejo?

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

COMPILADO: 31 escritores argentinos responden la pregunta 5 del ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti.

Entre diciembre de 2018 y diciembre de 2020, treinta y un escritores argentinos fueron respondiendo las treinta y cinco preguntas que conforman el ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti. Estas entrevistas-cuestionarios fueron difundiéndose en la Zona Literaria de El Ortiba. Con el formato de Compilados cada una de las preguntas y respuestas se publican periódicamente en el orden establecido por el entrevistador.


6. ¿QUÉ OBRAS ARTÍSTICAS TE HAN —CABAL, INEQUÍVOCAMENTE— ESTREMECIDO? ¿Y ANTE CUÁLES HAS QUEDADO, SEGUÍS QUEDANDO, PERPLEJO?


RODOLFO A. ÁLVAREZ: El nacimiento humanito. Mis tres hijos y mi nieto.

FERNANDO DELGADO: La sonata «Claro de Luna» de Ludwig van Beethoven. Y, también, la carta a la Amada Inmortal.

JOSÉ MUCHNIK: «Las cuatro estaciones», de Antonio Vivaldi, que escuchaba a los trece años de un «33 vueltas», luego de la muerte de mi padre.
Cuando asistí a una exposición de Caravaggio en el «Museo Fabre» de Montpellier: la verdad existe, reside en la emoción, en la lágrima retenida, un detalle, luces de un rostro, pliegues de una túnica, mirada que logra escapar de la tela… Mi lágrima retenida en ese detalle.
¿Otro estremecimiento? «Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!»: César Vallejo, «Los heraldos negros».
¿Otro estremecimiento? «Relatos de Kolimá» de Varlam Shalámov. Antes de leer, ajustar vuestros cinturones de seguridad.
¿Perplejidades? Confieso que nunca he podido terminar «A la búsqueda del tiempo perdido» de Marcel Proust. Aunque leyéndolo por partes la escritura me parece maravillosa. Se plantea el tema de: ¿cómo abordar, leer, mirar, escuchar, sentir… una obra de arte?

BIBI ALBERT: «Amor sin barreras», el largometraje de Robert Wise y Jerome Robbins. «Laberinto», la película de Jim Henson. «Qué verde era mi valle», la novela de Richard Llewellyn. El monumento a Gulliver (atado por los liliputienses), en Valencia, España. El Museo Rodin, de París, todo entero. Los impresionistas, en el viejo museo Jeu de Paume, y los vitrales de la Sainte-Chapelle, detrás de la Notre Dame, también en París.

CLAUDIA SCHVARTZ: ¿Estremecimiento? ¿De placer? Odilon Redon. Un pequeño óleo en el Museo Nacional de Bellas Artes. El estremecimiento incluye contradicción, oxímoron si se quiere. O un abanico de sensaciones que no permanece inmóvil. Siendo así: Un pequeño autorretrato en verdes y azules de Vincent Van Gogh que sólo vi una vez. Parecía que Vincent se asomaba a una ventanuca, solo para mí. Las esculturas en madera talladas por Paul Gauguin. Un cuadro de Marcia Schvartz, entre los muchos de ella. Algunas esculturas de Juan Carlos Distéfano y otras de Norberto Gómez. Y siempre vuelvo a las pinturas de Cándido López. Y me gusta la pintura de Jorge Pirozzi.
Emily Brönte sí, me estremece. La leí muchas veces, año a año. «Alicia en el país de las maravillas» fue una de mis obras preferidas durante mi juventud. Otra obra que me encanta recorrer es «Ulises», de Joyce. Shakespeare me estremece una y otra vez. Lear. O el horrible Ricardo.
¿Perplejidad?: Nikolái Gógol.

JORGE CASTAÑEDA: El «Ulises» de James Joyce, el «Don Quijote de la Mancha», «Bomarzo» de Manuel Mujica Láinez, «El Aleph» de Borges, las novelas del español Ramón J. Sender por el manejo del color, algunos libros de la «Biblia» como el «Cantar de los cantares» o el «Libro de Job»; y la lista sería restringida.

JORGE LUIS LÓPEZ AGUILAR: El fragmento de un poema de Conrado Nalé Roxlo que debo haber leído en la época de la secundaria: «Carpintero, haz un féretro pequeño / de madera olorosa, / se nos ha muerto un sueño, / algo que era entre el pájaro y la rosa. / Fue su vida exterior tan imprecisa / que sólo se lo vio cuando asomaba / al trémulo perfil de una sonrisa / o al tono de la voz que lo nombraba…»
La letra de una canción del venezolano José Enrique Sarabia Rodríguez y que popularizara Nat King Cole: «Ansiedad, de tenerte en mis brazos / musitando palabras de amor…» o «Avanti Morocha» de Los Caballeros de la Quema: «Nunca dejo que un ángel haga nido en mi almohada…»
Y de «Coplas de bagualas del valle Calchaquí» de Atahualpa Yupanqui: «Yo ensillaba mi caballo / y ella se puso a llorar / y entonces, sin decir nada / comencé a desensillar». Así como ese verso de «Zamba del grillo», también de Yupanqui: «La luna alumbraba el canto del grillo junto al camino…».
Las letras de música popular siempre me atrajeron: «En aguas dormidas de algún manso arroyuelo / que sueña en las noches lo mismo que sueño yo» (del chamamé «Villanueva» de Ernesto Montiel) o del tango «Sin piel» de Eladia Blázquez: «Voy a aprender a llorar sin sufrir / sin detenerme a mirar una flor…».

LUISA PELUFFO: «Don Quijote de la Mancha» (Miguel de Cervantes), «Facundo» (Domingo F. Sarmiento), «El hacedor» y «Ficciones» (Jorge Luis Borges), «La metamorfosis» (Franz Kafka), «Esperando a Godot» (Samuel Beckett), los poemas «Tabaquería» (Fernando Pessoa) y «Un arte» de Elizabeth Bishop, algunos poemas de Giuseppe Ungaretti, algunos poemas de Alejandra Pizarnik. Y me estremecen cabal, inequívocamente, las obras de autores en los que el lenguaje coloquial se vuelve poético, como en Juan Rulfo, en Sara Gallardo, en Marguerite Duras, en Clarice Lispector. O poético y surrealista, como en Felisberto Hernández, en Oliverio Girondo. Y quienes filtran cierta perversidad en sus obras, como Patricia Highsmith, Flannery O’Connor, Manuel Puig. Y los que tienen una gracia especial para contar, como Lucio V. Mansilla.
Y me han estremecido obras no literarias: la Victoria de Samotracia, las pinturas de Paolo Uccello, la plaza y la Basílica de San Marcos en Venecia. Nunca me voy a olvidar de mi llegada a Venecia a fines de los ’60 en pleno invierno; le dediqué un poema: «Venezia: bajar/ del vaporetto/ de noche/ ni un alma/ en la piazza/ sólo/ la basílica/ iluminada»
Y también la música de Wolfgang Amadeus Mozart, el concierto n° 5 de Brandemburgo en re mayor de Johann Sebastian Bach, los tangos interpretados al piano por Arminda Canteros. Los tangos canyengues. «Oración del remanso» de Jorge Fandermole y «Vidala para mi sombra» de Julio Santos Espinosa.
Y el cine. Me vienen a la mente: «Tiempos modernos» de Charles Chaplin, «Ciudadano Kane» de Orson Welles, «Un tranvía llamado deseo» de Elia Kazan, «La Jetée» de Chris Marker, «Kaos» de los hermanos Taviani, «Los cuatrocientos golpes» de Francois Truffaut, «Hiroshima mon amour» de Alain Resnais, «2001 Odisea del espacio» de Stanley Kubrick, «Japonesita» de Ignacio Masllorens.
Perplejidad: «El gran vidrio» de Marcel Duchamp.

RITA KRATSMAN: Ya me referí a Claude Monet, aunque debo decir que tengo otras preferencias. Más que nada quiero describir lo que sentí cuando me encontré por primera vez con sus magníficas creaciones.
Tanto el David como el Moisés de Miguel Ángel me estremecieron al punto de quedar inmovilizada porque no podía creer que haya tenido el privilegio de conocer esas obras personalmente. ¿Cómo era posible que tuviera acceso a eso que había mirado cientos de veces en libros de arte? Solamente llegar al Moisés en San Pietro in Vincoli constituyó una experiencia marcada por una gran ansiedad.
Y así me sucedió con el «Guernica» de Pablo Picasso, ante el que también me quedé detenida en estado de completa perplejidad. Quería comprender el instante en que el autor, más allá de una ruptura formal, eligió esa monocromía. La muerte no admitía el color y la mente voló hacia el momento histórico de la masacre, como si cayeran frases que fueran arrastradas al pasado. Confieso que en ese momento apareció un deseo de fuga del lugar con el único objetivo de que el aire me envolviera con movimiento afable. Creo además que ese lienzo pudo anticipar, de alguna manera, las catástrofes que vendrían: la Segunda Guerra Mundial y al finalizar la misma, Dresde, Hiroshima y Nagasaki.
Pero a lo largo de mi vida también me estremecí ante obras que incluso influyeron en mi propia creación; decía Joseph Brodsky: «uno es lo que mira.» Y me refiero a esos grandes cineastas que ejercieron un impacto hasta en generaciones sucesivas. Nombro a Charles Chaplin, Ingmar Bergman, Akira Kurosawa, Francois Truffaut, Alain Resnais, Federico Fellini, Pier Paolo Pasolini.
Y con respecto a la música, todo Bach, casi toda la obra de Mozart incluidas sus óperas, los cuartetos de Beethoven, de Schumann el Concierto en La menor para piano, el Concierto para violín en Mi menor de Mendelssohn, así como las grandes obras de la lírica italiana. Y, además, toda vez que vuelvo a escuchar «Va, pensiero», coro del tercer acto de la ópera «Nabucco» de Giuseppe Verdi, cuyo tema, el exilio, expresa la nostalgia por la tierra natal, representada en la frase «¡Oh mia patria sì bella e perduta!», que traducida es «¡Oh patria mía, tan bella y perdida!» Quién sabe si el primer estremecimiento no anticiparía lo que hoy estamos a punto de perder.

LAURA CALVO: Estremecido, «La guerra del fin del mundo» de Mario Vargas Llosa. Estremecido y dejado en estado de perplejidad, «Orlando», de Virginia Woolf.

ROGELIO RAMOS SIGNES: Me sigue pasando con «El Quijote», que estoy leyendo por cuarta vez.
La primera vez fue una fea experiencia. Hice una pésima lectura y por obligación en el colegio secundario.
La segunda fue por mi cuenta y por simple curiosidad. Debo haber tenido poco más de treinta años y recuerdo haberme reído muchísimo.
La tercera fue más o menos veinte años después. Me reí muy poco y tengo presente que lloré en muchas partes. Quizás tenía que ver con algún momento determinado de mi historia, o con el hecho de aceptar el fracaso de algunos principios que había mantenido durante toda mi vida. ¡La terrible funcionalidad del arte!
Esta cuarta lectura es más calma: tomo notas, comparo, busco términos en algún diccionario de palabras olvidadas, produzco otros textos a partir de lo que leo. En fin, sé que esta será mi lectura final.
Me sigue emocionando la poesía de mis «maestros a distancia»: Antonio Cisneros, Pedro Shimose, César Fernández Moreno, Gregory Corso, Ezra Pound, Antonio Machado, Alfredo Veiravé, los poetas del Siglo de Oro Español. Textos muy variados y de múltiples fuentes.
Me sucede lo mismo con algunas novelas, además del Quijote de Cervantes; «La muchacha de las bragas de oro» de Juan Marsé, «En la pendiente» de Markus Werner, «Zama» de Antonio Di Benedetto, «Martedina» de Giuseppe Bonaviri, «La señora Calibán» de Rachel Ingalls, «El último encuentro» de Sándor Márai, «Pedro Páramo» de Juan Rulfo, «Todos los nombres» de José Saramago, «Lolita» de Vladimir Nabokov, «País de nieve» de Yasunari Kawabata, varias novelas de Murakami, más todas las que estoy olvidando en este momento. Con «Lolita» me ocurre lo mismo que con «El Quijote», requiere diferentes lecturas en diferentes edades, a veces con resultados totalmente opuestos.
Y cuentos: «Un día perfecto para el pez banana» de J. D. Salinger, «El perro que nunca existió y el anciano padre que tampoco» de Francisco Candel, «El evangelio según Marcos» de Jorge Luis Borges, «Antártida» de Claire Keagan, «Los destiladores de naranja» y «Tacuara mansión» de Horacio Quiroga, «El perjurio de la nieve» de Adolfo Bioy Casares, «Vecinos» de Raymond Carver, y algunos otros que ahora tampoco vienen a socorrerme.
Y en cuanto a música, son incontables los discos que necesito escuchar por lo menos una vez al mes; pero no quisiera que esto se convirtiese en un listado de títulos y de autores.

LUIS BENÍTEZ: «El Jardín de las Delicias», de El Bosco, la primera vez que lo vi en el Museo del Prado. Yo estaba dando vueltas por la sala contigua y como quien no quiere la cosa, mi mujer me llamó desde la siguiente, sin decirme de qué se trataba. Fui hasta donde ella estaba y me lo señaló, sin agregar nada. Fue un shock ver las tres tablas allí, cubiertas de tanto universo. Y también, en Roma, las ruinas del palacio de Augusto, rojas sobre el Monte Palatino. Y el Palacio de Cnosos, en Creta, con sus 4.500 años de antigüedad, pimpante y absoluto a un costado de la ruta. Y Micenas, en Grecia continental, con la «tumba de Agamenón» (donde nunca fue sepultado Agamenón) junto a la Puerta de los Leones. Todo lo que desde niño leí sobre estos sitios y esa pintura, vinieron a mi mente en esos sendos momentos y cada vez que los recuerdo, como ahora cuando escribo sobre ellos, me sacude algo maravilloso, no hecho de palabras sino de sensaciones poderosas.

LILIANA AGUILAR: Hasta los diez, doce años, devoraba las historietas de Superman (el original) y Superpiba, admiración que más tarde derivó en una especie de fanatismo por los relatos y novelas de ciencia ficción y literatura fantástica. Rendida ante los mitos de H. P. Lovecraft; de Ray Bradbury, en especial «Crónicas marcianas»; Philip K. Dick, Fredric Brown, Ursula K. Le Guin y más cerca nuestro, Macedonio Fernández; el uruguayo Mario Levrero; Jorge Luis Borges, Angélica Gorodischer; la revista española «Nueva Dimensión» y más acá «Péndulo», «Parsec» …
Como no faltaba más, apareció Gabriel García Márquez con su realismo mágico. Como verás, he vivido de la fantaciencia y las ficciones desde siempre. He escrito cuentos realistas pero mi corazón va por el lado de la realidad filtrada por la fantasía.
En artes plásticas soy una especie de turista que dice me gusta o no me gusta y pasa a la obra siguiente.
En arquitectura, El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, de Antoni Gaudí. Seguramente hay muchísimas ante las cuales quedaría extasiada pero no las conozco. He viajado más en libros que en tren o en avión.
En música adhiero con fervor a la sexta y novena sinfonía de Beethoven y toda la obra musical de Juan Sebastian Bach. Pero disfruto de cualquier ritmo al alcance de mi oído. La música es maravillosa.

GUILLERMO FERNÁNDEZ: Entiendo, como amante de lo clásico, que «Antígona», de Sófocles, resume toda la obra literaria. El encuentro con Creón sacude por la terrible actualidad, como explicaría Italo Calvino en «Por qué leer los clásicos». También, en la significatividad de Antígona sigo el texto «Antígonas. La travesía de un mito universal por la historia de Occidente», de George Steiner. En esa dirección que señaló Sófocles, los parlamentos de Bruto y de Marco Antonio, en la tragedia «Julio César», de Shakespeare, exponen el movimiento dialéctico y los argumentos seductores a los que la política nos acostumbró siempre. 

MÓNICA ANGELINO: Voy a nombrar dos: la obra artística que me ha estremecido y continúa haciéndolo es una pintura: «El grito» del noruego Edvard Munch, y cabal, inequívocamente, en novela, «Cien años de soledad» me sigue dejando azorada, opípara y me provoca mucha risa. Recuerdo como metáfora genial, a Aureliano, diciendo: «Apártense vacas que la vida es corta».

DAVID ANTONIO SORBILLE: Me impactan las obras monumentales de Miguel Ángel, las sinfonías de Beethoven, los conciertos para piano de Brahms, el film «Matar a un ruiseñor» de Robert Mulligan, algunas novelas de Faulkner, la poética de Juan L. Ortiz y Juan Gelman, entre otros.

CARLOS NORBERTO CARBONE: Los films de Akira Kurosawa; el drama lírico «Nabucco», de Giuseppe Verdi; Astor Piazzola y sus fuegos; Pablo Picasso y su «Guernica»; la novelística de José Saramago; Federico Fellini y su «Y la nave va»; Carlitos Chaplín (lo escribo en argentino) y su discurso tan poético sin decir ni una palabra. Todos me estremecen y siguen generando en mí ese desvelo único.

LEONOR MAUVECIN: Entre otras, «Las meninas», de Diego de Velásquez, esa idea magnífica que constituye una verdadera metalepsis, la obra dentro de la obra. Velásquez se retrata pintando la misma obra que vemos (1656), lo que curiosamente se repite en «Don Quijote de la Mancha», de Miguel de Cervantes, cuando en el bosque, cerca del Ebro, los duques de Tibaldi reconocen a Quijote y Sancho Panza porque han leído la novela (1615), y en «Hamlet», de William Shakespeare, se representa la misma pieza teatral dentro de la pieza teatral (1603), autores que no se conocían y crearon en épocas cercanas.
«El jardín de las delicias», de Jheronimus Bosch (el Bosco), del 1500-1505, pintura que sigue sorprendiendo por la gran creatividad que despliega, por los diferentes significados que muestra, por lo avanzada de esa imaginación. Francisco de Goya, en especial sus Caprichos. René Magritte con su pipa, que no es una pipa; y también su obra «La isla del tesoro». «La persistencia de la memoria», de Salvador Dalí. En Arquitectura, la antigua Grecia: el Partenón me emociona hasta las lágrimas. Las antiguas construcciones precolombinas me han dejado perpleja hasta ahora.

RUBÉN SACCHI: Me estremecieron las ruinas de Tiahuanaco, en Bolivia, y la pintura de René Magritte.
En música, la de Spinetta, Janis Joplin y King Crimson.
Muchos libros, pero destaco la novela «Desgracia», de J. M. Coetzee.
No recuerdo que alguna obra me haya dejado perplejo. Siempre le termino encontrando la vuelta, aunque la respuesta, al final, sea que es un bodrio y eso ¿sería arte?

HORACIO PÉREZ DEL CERRO: En mi temprana juventud, la novela «Don Camilo» de Giovanni Guareschi, y en prosa o relato las «Confesiones» de Paul Verlaine. Luego y mucho más adelante, «El señor presidente» de Miguel Ángel Asturias; «Pedro Páramo» de Juan Rulfo; las cinco baladas de «El jinete insomne» y «Cantar de Agapito Robles» de Manuel Scorza; y la novela «Tadeys» de Osvaldo Lamborghini. En poesía, «Poema del cante jondo», «Romancero gitano» y «Poeta en Nueva York» de Federico García Lorca; «Trilce», «Poemas humanos», «España, aparta de mí este cáliz», y en general toda la poesía de César Vallejo; la de Blas de Otero en «Ángel fieramente humano»; algunos poemas de Vicente Huidobro, y algo de la obra poética de Juan Gelman.

Como artículo aparte tengo que mencionar la obra de Antonin Artaud, como algo que me abrió la cabeza a un universo muy diferente, y de un valor único y como hecho literario desestructurado de todo lo conocido; su teoría sobre el teatro a su vez me llevó a Alfred Jarry, y a «El teatro de la muerte» de Tadeusz Kantor.

Del cine te puedo referir, «I pugni in tasca» (Con las manos en los bolsillos) de Marco Bellocchio; «Barrio chino», «El inquilino» y «A faca na agua» (El cuchillo en el agua) de Roman Polanski; «Ostia», con guión de Pier Paolo Pasolini y dirección de Sergio Citti, así como «Teorema» y «Edipo Rey» de Pasolini (su poesía me gusta mucho también); «Grupo de familia» de Luchino Visconti; «El acorazado Potemkin», «Iván el Terrible», parte 1 y 2, de Sergei Eisenstein (me parecen estas dos últimas de una magnificencia poética sublime, su coreografía, iluminación fuera de lo común, teniendo en cuenta la época en que fueron filmadas); «Tiempos modernos» de Charles Chaplin.

Del teatro, recuerdo tres obras que me emocionaron: «El avaro» de Moliere, interpretado por Walter Santana, «La mujer sentada» de Copi, en adaptación de Alfredo Arias, interpretada por Marilú Marini y Alfredo Arias. Y «La nona» de Roberto Cossa, que se puso en escena en el teatro Lasalle de la ciudad de Buenos Aires, con un elenco fuera de serie, Pepe Soriano, Ernesto Bianco y Carlos Carella, por nombrar algunos.

En cuanto a la música, Johann Sebastian Bach, Ludwig van Beethoven, Richard Wagner, Mozart, y Carl Orff con su «Carmina Burana», en lo que concierne a clásica. Mucho de nuestro folklore: del Uruguay, Alfredo Zitarrosa y José Carbajal; de Brasil, Chico Buarque y Maria Bethania. Del jazz, los blues, y un intérprete que me impresiona: Tom Waits.

En estado de perplejidad entré cuando pude ver y estar observándolo desde diferentes distancias durante cinco días, un cuadro de Vincent Van Gogh sobre un molino, no recuerdo ahora el título, en una muestra muy importante en el Museo de Arte de Río de Janeiro. Ahí estaban algunas obras de los pesos pesados de la pintura, Rembrand, Picasso, Modigliani, Portinari, Miró, Dalí, Chagal, Gauguin…, y de la escultura, Auguste Rodin. Pero esa obra, la de Van Gogh, me consternó de tal modo que me solazaba observando el tipo de movimiento del pincel, que era en círculos abiertos de izquierda a derecha; fue como retrotraerme en el tiempo y estar en presencia de Vincent cuando lo pintaba, fue una sensación muy rica y mágica a la vez, y sí, entré en un estado de perplejidad porque no sabía qué hacer con tanta belleza, era toda la belleza encarnada en ese cuadro y lo que me hacía sentir y dónde me llevaba. Era una «belleza convulsa», parafraseando a Francisco Umbral, o esa otra belleza con toda su crueldad, que decía Artaud, no la crueldad morbosa de un criminal y sus crímenes expuestos pornográficamente, sino la que se expone abierta y sin artilugios ni remilgos decorativos, esa misma belleza virgen de lo salvaje, una belleza salvaje e impiadosa a la luz de las leyes humanas, que distan mucho con las del equilibrio de la naturaleza. Eso me sucedió, trascendió mi observación, me hizo vivir el acto mismo de creación de Van Gogh.

MARÍA AMELIA DÍAZ: Me estremece la poesía de Stéphane Mallarmé, Giuseppe Ungaretti, Giacomo Leopardi, Saint-John Perse, Olga Orozco, la narrativa de Faulkner y Alejo Carpentier, los grabados de Piranesi, los cuadros de Remedios Varo y Oswaldo Guayasamín, «La persistencia de la memoria» de Salvador Dalí, y, en general, toda su obra, que permite diferentes miradas sobre un mismo cuadro, la música de Wolfgang Amadeus Mozart y Johann Sebastian Bach. Perpleja me dejan las creaciones de Leonardo da Vinci y los ensayos y cuentos de Jorge Luis Borges.

CRISTINA MENDIRY: «Trilce», de César Vallejo.
«Ídolo de niebla», de Enrique Blanchard.
«Correction», de Thomas Bernhard.
La inteligencia, el misterio y la magia en su máximo esplendor.

SANTIAGO SYLVESTER: De lo primero, es decir estremecimientos, ya hay poco. Esto me sucedió en mi juventud: por ejemplo, con César Vallejo, con Pablo Neruda o García Lorca.
En cuanto al asombro o la perplejidad, me ocurre bastante, a pesar de los kilómetros de lectura que tengo necesariamente a mis años: con T. S. Eliot, Carlos Drummond de Andrade, Borges, y muchos más.
El Quijote, Francisco de Quevedo o San Juan de la Cruz son perplejidades perpetuas.

ROBERTO D. MALATESTA: Bohumil Hrabal, «Una soledad demasiado ruidosa», nouvelle que es poesía pura, subrayé casi por completo el libro, historia de un perdedor magnífico, con tres relatos escatológicos y uno, de amor, que es una maravilla, y desde ya, la tristeza infinita.
Un libro de poemas que se puede leer como una novela, la «Antología de Spoon River» de Edgar Lee Master, otra maravilla, el espíritu humano, su fragilidad, su pecado, su lado oscuro expuesto verso tras verso. Un clásico, un maestro.
Eugenio Montale: pero si hubiese escrito solo el poema «Los limones», suficiente, no se necesita más.
El final del cuento de Borges, «La escritura del Dios» … ¡ah!

GLORIA ARCUSCHIN: «El jardín de las delicias» de Jheronimus Bosch, «La primavera» de Sandro Botticelli, la obra completa de Francisco de Goya y Lucientes, la obra de Carlos Alonso, la de William Turner, la de Antonio Berni.
La «Fuente de las Nereidas», esa fuente monumental realizada en mármol blanco, de Lola Mora.
La filmografía de Federico Fellini.
La música de Mozart, el saxo de Coleman Hawkins, la voz de Mercedes Sosa, la de Carlos Gardel.
La labor de la bailarina Maya Plisétskaya.
La obra de Federico García Lorca, Pushkin, Chéjov. «Rojo y negro» de Stendhal, «La divina comedia» de Dante Alighieri, «Rayuela» de Julio Cortázar, «Ulises» de James Joyce, novela que me abrió las puertas a la libertad de experimentar con el lenguaje literario. Sin dudarlo, «Los siete locos» y «Los lanzallamas», de mi admirado Roberto Arlt, quien me abrió las puertas a la utilización de los conflictos y el lenguaje de los argentinos, para la narrativa.

RAFAEL FELIPE OTERIÑO: Debo decir que las obras que más me han estremecido son: «La Odisea», los diálogos platónicos, «La Divina Comedia», «Don Quijote de la Mancha», nuestro «Martín Fierro», la poesía de Borges y de Czeslaw Milosz. En estado de perplejidad (si por esto entendemos duda, incertidumbre, confusión), el «Ulises» de James Joyce; si, en cambio, le damos la acepción de sorpresa, asombro: el poema «Un coup de dés» de Stéphane Mallarmé y la música de Gustav Mahler, particularmente el Adagietto de la Sinfonía nº 5.

ALEJANDRO MÉNDEZ CASARIEGO: Me estremecieron, o tal vez, mejor dicho, me impactaron fuertemente «Romancero gitano», de Federico García Loca, «El Quijote de la Mancha», «Las almas muertas» de Nikolái Gógol, parte de la poesía de Dylan Thomas. Entre otras innumerables obras literarias. Perplejidad, en el sentido de asombro y duda, me produjeron y me producen buena parte de la obra de Fiódor Dostoievski, de Victor Hugo, de Franz Kafka. Las novelas «América», «El proceso» y «El castillo», de este último, me dejaron realmente en un estado alterado.

LILIANA DÍAZ MINDURRY: Muchos poetas me han estremecido; ahora me acuerdo de Jorge García Sabal y lo rescato porque pocos lo conocen. De qué sirve nombrar famosos.
La buena poesía siempre produce perplejidad.

CARMEN IRIONDO: Un escritor francés, Marie-Henri Beyle, más conocido como Stendhal, describió una experiencia que sufrió en la Basílica de Santa Croce al ver por casualidad un fresco de Baldasarre Franceschini representando a las Sibilas. Él mismo dice haber alcanzado un estado emocional intenso y celestial ligado a la belleza del arte: «…la vida salía a borbotones, tenía miedo de desmayarme.» Estos estados que se repiten aun hoy en los museos, dieron lugar a la creación del nombre «Síndrome de Stendhal», diagnosticado por una serie de síntomas como palpitaciones, desorientación, pérdida de la identidad, agotamiento físico posterior a la visión manifiesta de una obra de arte.
En lo personal, me sucedieron cosas muy extrañas; de muy niña, cuando veía ballet, las veces que me llevaba mi abuela al Teatro Colón. Me brotaban lágrimas que no eran de tristeza ni de miedo, era más bien un estremecimiento producido en un ser vulnerable que aprendería un camino por el que salvarse de algo tan temido como la infancia. Ciertos instrumentos como el cello, el piano, cantantes de voces medias, no muy agudas, eso también en la infancia me producía piel de gallina y una sensación placentera de disociación de la realidad.
No recuerdo adonde, pero sé que me petrifiqué ante la obra de Francis Bacon, no podía dejar de mirar un cuadro en particular, tampoco me acuerdo de la imagen, ya que la verdadera creación no me fanatiza, sino que me disocia. Muy adolescente, en España, un cuadro de Rubens, «Heráclito llorando», vaya uno a saber por qué, me inspiró un poema que leí en voz alta por el micrófono del ómnibus en el que viajábamos en una excursión.
Finalmente, ya a mis casi treinta años, escuché un impromptu de Chopin que parecía una grabación impecable. Pero no me cerraba que sonara tan real y ante mi estupor descubrí un pianista sentado al piano. Me acerqué despacito, como ante un animal salvaje para los que hay que simular tranquilidad y silencio. Él sonrió. Yo lloré. Siguió tocando y realmente entré en una sensación de trance y de incredulidad por semejante talento. Era Manuel Rego. Un pianista de Mar del Plata que me brindó una de mis amistades más preciadas. Todo lo que sé de música lo aprendí de él.
Mis perplejidades han sido más bien ocasionales, no permanezco en estados de fascinación por mucho tiempo. Es un riesgo que ya no estoy dispuesta a experimentar.

LUCAS MARGARIT: Voy a hacer listas. Fuera de la literatura: en plástica, los primitivos flamencos, Rogier van der Weyden, los hermanos van Eyck, Hans Memling, El Bosco, Dirk Bouts, Joachim Patinir, etc. Más cercano a nosotros, Xul Solar, Paul Klee, Egon Schiele, Joseph Beuys y Anselm Kiefer, que es enorme. La pintura «La vuelta del malón» de Ángel Della Valle, y la obra de Juan Carlos Distéfano. Los artistas del grupo de Dau al Set. Algunas esculturas de Constantin Brancusi y Eduard Chillida. Tadeusz Kantor y Jan Švankmajer, ambos fascinantes. Son muchos.
Con la música me pasaría algo igual: Mahler y Bach (su «Pasión según San Mateo» es una cumbre), Mozart y Bellini. Los barrocos: Haendel, Baldassare Galuppi, Johann Adolph Hasse, etc. Y cambiando de ángulo, me gusta GONG, Syd Barret, el primerísimo Pink Floyd, Van der Graaf Generator y Peter Hammill que, además, es un gran poeta, The Incredible String Band y la antigua psicodelia… Georges Brassens, que es como un tótem en muchos días de tormenta. Y más.

CARLOS DARIEL: Me ha estremecido hasta la médula la poesía de Miguel Hernández, César Vallejo, Vicente Huidobro, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, Juan L. Ortiz, Antonio Porchia, por citar autores que escribieron en mi lengua.
En lengua extranjera me han estremecido Walt Whitman, Robert Frost, el Conde de Lautréamont, Stéphane Mallarmé, Antonin Artaud, Salvatore Quasimodo, Giuseppe Ungaretti, Victor Hugo, Goethe, Shakespeare…
En cuanto a la perplejidad, ese estado me lo han provocado algunas obras en particular, como «Fausto» de Goethe o la monumental obra arquitectónica de Antoni Gaudí. Pero también, y de un modo muy intenso, algunos poemas de autores como Vallejo, Artaud o Juan Carlos Bustriazo Ortiz.

Nioviembre 2021