¿Qué postal (o postales) de tu niñez o tu adolescencia compartirías con nosotros?

ZONA LITERARIA| EL TEXTO DE LA SEMANA

COMPILADO: 31 escritores argentinos responden la pregunta 12 del ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti.

Entre diciembre de 2018 y diciembre de 2020, treinta y un escritores argentinos fueron respondiendo las treinta y cinco preguntas que conforman el ‘En cuestión: un cuestionario’ de Rolando Revagliatti‘. Estas entrevistas-cuestionarios fueron difundiéndose en la Zona Literaria de El Ortiba. Con el formato de Compilados cada una de las preguntas y respuestas se publican periódicamente en el orden establecido por el entrevistador.


12: ¿QUÉ POSTAL (o postales) DE TU NIÑEZ O DE TU ADOLESCENCIA COMPARTIRÍAS CON NOSOTROS?


RODOLFO A. ÁLVAREZ: La primera bicicleta que hizo de mí un poeta alucinado y a los diez años me dio mi primera (hermosa) noviecita.

FERNANDO DELGADO: En mi adolescencia me había puesto de novio con Graciela. Me gustaba mucho. Hacía muy poco que salíamos. Para ese tiempo ya tenía un viaje planeado con un primo y un amigo, a Tanti, en la provincia de Córdoba, a una casita de una tía abuela, la tía Elvira, quien había sido enfermera, y una linda mujer. (Según contaba la tía Elsa, Elvira había conocido a Juan Domingo Perón, siendo él Secretario de Trabajo y Previsión, en ocasión de su visita al hospital donde ella trabajaba. Y alguna vez hasta se dejó entrever la existencia de un cierto amorío entre Elvira y el después Presidente de la República.) Estando en la terminal de ómnibus por el barrio de Once, se apareció Graciela y me acompañó hasta que llegó la hora de la partida. Sentí entonces que nunca nadie me había acompañado como ella lo hizo. Le prometí escribirle y lo hice. No obtuve respuesta a mi carta y cuando regresé de Tanti no volví a verla. Ella estudiaba en una escuela religiosa y tenía como compañera a otra chica con la cual yo ya había tenido un romance. La carta que le había enviado a Graciela, por error de numeración postal fue recibida por una vecina de la misma calle, también compañera de año y muy amiga de mi relación anterior. De esto me enteré mucho tiempo después. Nunca le hicieron llegar esa carta, en la cual declaraba cuántos deseos yo tenía de volver a verla.

JOSÉ MUCHNIK: Bicicleta celeste, muerte de mi padre: trece años, casa de la calle Colombres, velorio, mucha gente con sus pésames, tengo que escaparme de algún modo, escaparme sin irme, a los trece años un niño judío ya hizo su bar mitzvá, es un hombre, tres hermanas mujeres, me tocaba asumir. Se me ocurrió desmontar las ruedas de la bicicleta, volver a montarlas, volver a desmontarlas, así llegué al día siguiente, rodando sin ruedas. En el entierro leí el kadish, como corresponde, luego debía asistir todos los amaneceres a la sinagoga de la calle Asamblea para rezar por la memoria de mi padre, todos los amaneceres durante un año pueden ser mucho para un niño-hombre. Día de invierno con lluvia, digo a mi madre, ma’, hoy no voy, bueno, llueve, quedate en cama… A los diez minutos dos correligionarios adultos vienen por mí, Iósale vamos, si vos no venís no llegamos a diez (el miniem, quórum mínimo para rezar juntos, es de diez personas). Fui, terminada la ceremonia, ocho de la mañana, en vez de volver a casa con mi bicicleta celeste, me “fugo” hacia el parque Chacabuco, al mediodía tenía hambre, se terminó la fuga. Cuando volví, encontré a mi madre más que preocupada, pude negociar que ya no iría todos los amaneceres a la Sinagoga. ¿Ahí comenzó mi ateísmo? ¿A causa de la bicicleta celeste?

BIBI ALBERT: Teníamos una quinta con pileta, en San Miguel, provincia de Buenos Aires. Amaba que mi papá me mirara tirarme, siempre haciendo una pirueta diferente. —¡Mirame, pá, mirame, pá, papito, mirame! Ésa es la foto, la postal: yo zambulléndome, papá en el borde, entre orgulloso y fastidiado.

CLAUDIA SCHVARTZ: A los trece años, o tal vez catorce, fui aceptada en un grupo del Colegio Nacional Buenos Aires que viajaba a Tilcara. Se estaba trabajando entonces en la recuperación arqueológica del Pucará. Mi madre, Hebe Clementi, era una de las profesoras elegidas por el grupo de alumnos, y ella me “coló”. Aprendí muchas cosas, como dije. Por bastante tiempo dejé, con tristeza, de ver a esos antiguos compañeros, a los que, sin embargo, guardé en el corazón. Ese viaje se repitió varias veces. Cada viaje es otro viaje, pero el sentimiento del cerro, esa soledad y esa amistad con la piedra y su música, su virtud, creo que es algo insustituible, un baluarte en mi vida. Y aparece siempre en lo que escribo, una de mis casas.

JORGE CASTAÑEDA: De mi niñez suburbana en Bahía Blanca, como el también bahiense Eduardo Mallea [1903-1982], atesoro algunas postales: Una foto de mi madre con su delantal de cocina, la moto Puma de mi padre, yo con guardapolvo blanco y los juegos de aquellos años: bolitas, figuritas, el hoyo pelota, etc.

JORGE LUIS LÓPEZ AGUILAR: De chico era introvertido. De grande me la he pasado hablando. No tengo mucho para compartir. Tal vez porque siempre recuerdo al Nino Aliberti observando que la postura de algunas gentes era “voy a hablar de mí mismo, que es un tema que me apasiona”.

LUISA PELUFFO: “en el campo a la hora de la siesta me internaba en la maraña de letras de salgari y su mar de piratas y tesoros en la siesta del campo yo soñaba y enterré un tesoro después no lo pude encontrar”

RITA KRATSMAN: La ensoñación adopta lo que le ofrece la realidad. Pero quién de nosotros no imaginó alguna vez visitar esa casa que divisamos desde la ventanilla de un tren, recorrer esos senderos escoltados por álamos o perderse en un campo de girasoles. Aun si la morada fuera misteriosa, exaltaría ese miedo infantil por lo oculto. Es propio de la infancia que uno de los factores de agitación íntima se ponga en juego con la sola imaginación de las tinieblas.
Siempre me gustó mirar a través de aquellas ventanillas otras vidas posibles, al punto de armar en mi mente escenarios que describieran un mundo de relación distinto. Por lo tanto, aquel encantamiento por lo ilusorio marcó mi infancia y quedó en mí como una postal que siempre se repite.

LAURA CALVO: Galopar en el campo hasta la laguna, buscar huevos de pato, tero, gallareta, perforarlos con una aguja, ensartarlos como cuentas de un collar.

ROGELIO RAMOS SIGNES: La del niño lector, de clase media, que se hizo culturalmente como pudo, a los ponchazos. La del músico frustrado. La del tímido irrecuperable. La del inseguro que se inventó un personaje con el mismo nombre, la misma edad e idénticos rasgos personales.

LUIS BENÍTEZ: La de un niño feliz, en los años sesenta, subido a un burrito en La Falda, Córdoba. Dichoso meramente por estar subido a un burro en La Falda, sin mayores necesidades que seguir allí, sobre el lomo de aquel animalito.

LILIANA AGUILAR: Un viaje con mis abuelos a San Rafael, Mendoza, en su flamante Ford ‘A’.
Atendiendo a mis cuatro años de auténtica y forzada soledad —mi casa era la única casa re-construida en varias manzanas a la redonda—, mis padres consintieron en dejarme viajar con ellos.
Después de varias horas llegamos a un parque con canteros llenos de margaritas en flor y niños. Decenas de niños. Los mayores se sentaron a tomar café negro en la cocina mientras cuchicheaban cuestiones de adultos, supongo, mientras yo miraba por la ventana a los chicos jugando a esconderse y encontrarse. Supuse que mi ausencia pasaría inadvertida y me escurrí por la puerta de salida con la intención de unirme al grupo. No tengo palabras para decir mi alegría entonces. Sentí que por fin mi pequeño mundo tenía sentido. ¿Diez? ¿Treinta minutos? A mí me pareció sólo un instante. El abuelo llamaba para el regreso.
Ese lugar fue uno de los tantos hogares-escuela levantados por la Fundación Eva Perón de aquella época. El ordenanza de la institución, era un español del mismo pueblo de mi abuelo, aunque no sé si ya eran amigos o la visita funcionaba de correo para enviar noticias suyas a otros familiares.

GUILLERMO FERNÁNDEZ: Las que me escribían mis abuelos cuando se iban de veraneo a la costa. Yo me quedaba con mis padres. Me alegraba la foto de la playa, el sello, la letra prolija de mi abuela, quien escribía como si lo hiciera en un renglón ficticio. Y, por supuesto, el saludo, indicando que estaban siempre presentes, aunque lejos. Después, con el tiempo, me percaté de que las distancias son excusas para estar juntos.

MÓNICA ANGELINO: Tenía cuatro años y vivíamos en Villa Domínico, Avellaneda, provincia de Buenos Aires, nuestra casa era de chapa cartón prensado negro. Negras las paredes, negro el techo, piso de tierra. No hace falta decir que, con las velas apagadas, todo dentro de esas cuatro paredes era muy oscuro; pero acostada, mi cama en un rincón de la casa, el agujero que había dejado un clavo me permitía ver una estrella cuya luz no se colaba; para mí era algo así como un acto mágico: movía mi cabeza unos milímetros para acá o para allá y la estrella desaparecía, me corría y de nuevo estaba ahí. Esa estrella logró que jamás le tuviese temor a la oscuridad. La oscuridad de la pobreza también tiene momentos de luces, y esa estrella era mía, mi brillante riqueza.

DAVID ANTONIO SORBILLE: Una foto de mi niñez, en la que estaba con mis padres y mi hermana menor que yo, con el fondo de la Basílica de Luján.

CARLOS NORBERTO CARBONE: Una foto bailando el twist con mis hermanas y mis padres riéndose.
Y otra de toda la familia en una camioneta, de esas que por acá denominábamos “estanciera”, yendo al río, al balneario del barrio de Núñez, a practicar deporte náutico con una cámara de neumático para usar de bote.

LEONOR MAUVECIN: Qué pregunta, ya en unas respuestas he contado algo de mi infancia. Apareciéndome Borges recurrentemente, enunciaría que nunca salí de aquel jardín ni de aquella biblioteca. Tuve una infancia feliz y comprometida con lo social y puedo reiterar lo que dije en una publicación:
“Cuando miro hacia atrás, buscando la génesis de este oficio transgresor que es la escritura, oficio que no acepta las leyes de la física, ni del propio lenguaje, que nos mantiene, como diría Olga Orozco, “suspendidos entre enigmas”, que valora las palabras más que al oro; cuando miro hacia atrás, vuelvo a una casa y un amplio jardín donde se descolgaban las montañas con los espinillos nativos, los aromos y los umbrosos pinos bajo cuya sombra brotaban los hongos después de la lluvia.
Cuando miro hacia atrás advierto los libros de la biblioteca de mi padre y oigo su voz recitando, del poemario “El rosario de Eros”, de la uruguaya Delmira Agustini: “Yo tenía dos alas que del azur vivían como dos siderales raíces/ dos alas, con todos los milagros de la vida, la muerte y la ilusión.”
Escribí un libro que se llama “La casa del aire”; en él cuento las anécdotas más novelescas y hermosas de mi casa y de los vecinos que la rodeaban. La casa estaba en la montaña, allí disfruté de una libertad maravillosa. Teníamos tres caballos con los que salíamos a cabalgar por los sinuosos caminos de montaña. Mi yegua se llamaba Calandria y a veces tomaba la leche montada en su grupa. Leía sentada a horcajadas arriba de los árboles. La escuelita de Ñu Porá la había fundado mi madre, mi padre hizo la construcción y quedaba a unas pocas cuadras de mi casa. La portera era Elena Oroná, que yo de niña apodé Bubo, una extraordinaria mujer que vivió siempre con mi familia, que vino como “criada” a los trece años a la casa de los abuelos y desde que mi madre se casó, vivió con nosotros ayudando en mi casa. A ella, que ahora tiene 98 años, y está a mi cargo, le debo, entre muchas cosas, quizás uno de mis mejores poemarios, “El libro de Elena”, donde relato en poesía su vida y la de su madre, viejita que también vivió en mi casa y fue amada por todos, hacía quesos, tejía al telar, teñía con plantas y raíces e hilaba lana de oveja que envolvía en un uso que maravillosamente hacía bailar en el suelo hasta que surgía el ovillo.
La adolescencia también fue grata, fui scout hasta los 23 años, alternando campamentos con labor comunitaria. En 1974 me casé con Alfredo, mi actual marido, hombre bueno y hermoso. Me puse de novia a los quince años, mi suegro tenía la confitería bailable más famosa de Rio Ceballos, pueblo turístico. Mi juventud fue alegre y divertida, disfruté la escuela y fui maestra del tercer grado en el Colegio de monjas a los 16 años, cargo que tuve que abandonar para seguir la carrera de Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba, porque la distancia a la capital me hacía imposible su cursado.”

RUBÉN SACCHI: Los paseos a las ciudades de Luján y La Plata con mis padres y hermano; andando en sulki a pedal por la Plaza Villa Obrera, de Lanús; mi perra Damita; la cuadra donde me crié; el bar “La Mia Citta”; las movilizaciones políticas de los 70.

HORACIO PÉREZ DEL CERRO: Cabalgatas de varios días a campo abierto, resereando con un zaino entre Buenos Aires y Entre Ríos o La Pampa, llevando tropilla de cabestro junto a otros muchachos amigos. Disfrutaba la libertad del viento pegándome en la cara, las charlas intrascendentes o no, hasta hacer noche en algún bosquecillo, alrededor de un fogón entre asado, ginebra y guitarras bien templadas.
Otra de las postales es una cabalgata de varios días en soledad, alternando entre el campo y la playa, desde Villa Gesell hasta Miramar. Durmiendo bajo las estrellas, leyendo y escribiendo algo así como un pequeño diario de viaje.

MARÍA AMELIA DÍAZ: Mi libertad de chica de barrio corriendo detrás de las mariposas a la hora de la siesta; o los bichitos de luz, pequeñísimos faroles de la noche que encendían las calles de tierra donde crecían margaritas silvestres. La llegada de las revistas “El Tony”, “Patoruzú”, “Patoruzito”, “O Cruzeiro”, “Life”, “Selecciones del Reader’s Digest” y todas las que me mandaba la abuela, pulcramente atadas con un piolincito. Esa tremenda pasión por la lectura de todo libro que cayera en mis manos: leía todo el tiempo que podía, a veces a escondidas, hasta altas horas de la noche, alumbrándome con una vela, para que mis padres no advirtieran luces encendidas. Y lo más hermoso: la mesa de Navidad o Año Nuevo, con toda la familia reunida, en mi memoria es una postal inolvidable.

CRISTINA MENDIRY: Una niña creando diálogos y guiones en sus juegos. Y una adolescente justiciera y soñadora.

SANTIAGO SYLVESTER: Mi niñez feliz transcurrió en Salta, en una casa con patios. Menciono los patios porque es algo que ha desaparecido de la arquitectura actual. Gran parte de mi felicidad estuvo en esos patios con canteros y macetas, con el olor del agua y de la tierra cuando los regaban por la tarde. Y el toldo y las parras aplacando el solazo de las siestas del verano.
De mi adolescencia recuerdo que fue tan complicada como la de cualquier otro, contando con la protección relativa en la que transcurrió la mía. Salta era por entonces, aunque no lo sabíamos, una ciudad chica, penetrada por el campo. Los carros y los coches a caballo circulaban por el centro de la ciudad, y también llegaban las vendedoras de quesillos y tamales, a caballo y con las árganas cargadas. Y ya ves, de eso no ha quedado ni la palabra árgana.

ROBERTO D. MALATESTA: Bueno, ya conté sobre mi niñez; va otra: era un niño que tenía como libros preferidos la biblia y el diccionario, y a ello oponía todos los juegos de pelota que derribaban en serie las planteras de mamá. De más está decir que mi madre me prefería lector.

GLORIA ARCUSCHIN: Vacaciones de familia, con papá manejando el Chevrolet 34 de Luxe. En carpa, con living y todo, mamá con su cocina, aromas entre los médanos. Mi hermanita de diez años. Y el mar de Ostende, costa Atlántica de la provincia de Buenos Aires, con su extensa explanada de arena finita.

RAFAEL FELIPE OTERIÑO: No lo dudo: yo, niño de cuatro años, en el campo, con boina negra y faja de igual color en la cintura, montado en el caballo alazán que me regaló mi padre (al que bauticé, apenas lo vi, con el nombre “Rubio”, por mi ignorancia sobre el pelo de los caballos).

ALEJANDRO MÉNDEZ CASARIEGO: La infancia: galopando en caballos de remonta, por las calles del barrio militar en Jujuy, en malón con mis hermanos. Esto intenté retratar en mi libro “Pieles rojas”. La adolescencia me trae la primera (y tal vez única de esa intensidad) sensación de enamoramiento: el mareo, el vértigo, la incontenible euforia. A esto nunca pude retratarlo.

LILIANA DÍAZ MINDURRY: La azotea de mi casa de la infancia: allí iba a pensar o a llorar.

CARMEN IRIONDO: Haciendo un esfuerzo considerable puedo compartir alguna postal de mi niñez, pero muy triste en cualquier imagen que recuerde. Por ejemplo, hay un dibujo de mi abuelo en donde miro por una ventana cerrada a la calle, el flequillo tupido que me tapa la frente y disimula la ansiedad por encontrar a alguien que venga a buscarnos a mí y a mi madre enferma.
Por esto mi adolescencia transcurrió en casa de mis abuelos, sin hermanos, y muy exigida en materia de logros y en reivindicar a una madre que había trasgredido toda norma en un hogar muy conservador y de alguna forma flojo de límites. Mis postales de esa época obteniendo reconocimiento de mis hazañas son: premios en la escuela, por el deporte, aplausos por la danza, etc., pero la postal más linda sería junto al primer chico que me gustó a los once años, un hermano de una compañera de colegio. Se llamaba Miguel.

LUCAS MARGARIT: Corriendo por el Bosque Petrificado Sarmiento, en nuestra provincia de Chubut, en medio de un silencio necesario.

CARLOS DARIEL: Carlitos trepándose a los árboles, pateando una pelota en el potrero, poniéndose un terrón de tierra en la boca para probar su sabor o trabajar en equipo con los amigos del barrio para construir un refugio bajo tierra.

Enero 2022