Queríamos tanto a la censura

Alguna gente parece extrañarla, porque se la ve dispuesta a militar por su regreso

Por Marcelo Figueras

El cantito, de letra a prueba de desmemoriados, empezó a repetirse en estadios de fútbol. Una vez se lo atribuyeron a un mal arbitraje. Otra a un corte de luz, justo antes de que arrancase un partido. Pero ahí se acabaron las excusas. El cantito seguía sonando en las canchas, desde el ascenso hastas las grandes ligas. Se había convertido, simplemente, en aquello que había que cantar. Y un día desbordó sus cauces: esa mañana, ante el mal funcionamiento de una formación del subte A, los pasajeros se lanzaron a entonarlo. El cantito se revelaba como aquello que había proferir toda vez que la vida procurase un sinsabor.

La noticia llegó a despachos oficiales, hipersensibles al humor popular. (Algo a ser destacado, en el contexto de un gobierno al que la vida del pueblo no puede importarle menos.) Mientras tanto el cantito se multiplicaba en permutaciones infinitas: había versiones al estilo barbershop quartet, bluseras, con violín, acordeón, al piano en variaciones que iban de Liszt a Rachmaninoff, cumbiancheras, de combo ska de la esquina… Un video mostraba a un gatito contoneándose al ritmo. A esa altura ya se hablaba del “Hit del Verano” —oportunamente, al promediar una temporada mezquina en melodías infecciosas— y su letra se acrisolaba en una sigla que eximía de mayor información: MMLPQTP.

Temerosos de ser culpados por no haber ahorcado a la bestia en la cuna, algunos árbitros plantearon el debate: ¿se esperaría de ellos que abortasen un match, tan pronto sonase la infame melodía? Uno de sus líderes, además abogado, quiso encuadrar la medida dentro de la figura legal de ‘discriminación’. El asunto no prosperó, porque podía convertirse en la clase de remedio más dañino que la enfermedad. (Una cosa es detener a cuarenta y pico de tipos por cantar la marcha peronista, cosa que ocurrió durante la dictadura, y otra muy distinta sería reprimir a un estadio enfurecido.) Existían paliativos más prácticos: las grandes cadenas a las que se les regaló el bocatto di cardinale de la transmisión futbolística no se negarían a poner filtros que impidiesen que el Hit del Verano sonase en directo.

Puede que el daño que esa difusión infligiría al gobierno sea contenido. Pero existe otro daño, uno mayúsculo, que ya no puede ser acotado: el retorno del impulso censor que campeó en nuestra sociedad durante tanto tiempo —por marcar apenas una de sus etapas: lo que va de la Revolución Fusiladora a Néstor Paulino Tato y el slogan de la dictadura que establecía que El silencio es salud— y que se había tomado vacaciones durante el primer tramo de este siglo. Ya está claro que esa ausencia no era definitiva. La compulsión de acallar expresiones ajenas con excusas pueriles (¡estamos discriminando al ciudadano con más privilegios de este país!) volvió a exhibirse impúdicamente. En el contexto de un gobierno que cierra medios opositores y acosa a los que se le resisten, la vuelta del impulso censor significa otro golpe —uno estremecedor— a la salud de nuestra sociedad. (¿Cómo es posible que nadie haya puesto en marcha todavía un indicador al estilo Riesgo País — el Riesgo Democracia?)

Hablamos de la tentación de prohibir; de silenciar expresiones artísticas u opiniones ajenas, con argumentos que nunca dicen la verdad.

“La censura —escribió Mark Twain, que la padeció en vida más de una vez— es decirle a un hombre que no puede comer un bife porque existe un bebé incapaz de masticarlo”.

259–210 A.C.: El emperador chino Shih Huang Ti enterró vivos a 460 académicos, con la intención de controlar cómo se escribiría la historia de su tiempo. Quemó además la totalidad de los libros del reino; pensaba que así la posteridad creería que la Historia había comenzado con él.

El impulso de censurar una expresión pública, ya sea artística o política, se puede rastrear hasta el amanecer de la Historia. Sócrates lo padeció en 399 AC, cuando el Estado ateniense criticó sus enseñanzas y, ante la negativa del filósofo a moderarse, lo obligó a beber cicuta. (“El asesinato —opinaba George Bernard Shaw— no es sino una forma extrema de censura”.)

 

Calígula se opuso a que se leyese ‘La Odisea’, porque a su juicio expresaba nociones de libertad ‘demasiado griegas’.

La excusa más frecuente suele ser que esa expresión ofende sensibilidades morales o religiosas: de los desnudos en el arte (la Olimpia de Monet en 1865, la exposición de Mapplethorpe del ’89, cancelada antes de la inauguración) a la Inquisición que se cargó entre otros a Juana de Arco (1431) y Tomás Moro (1535), pasando por la Carrió que pidió que sigan muriendo chicas por abortos mal hechos, al menos hasta que la Cuaresma termine.

La creación de la imprenta a mediados del siglo XV tuvo, como efecto indeseado, el redoblarse de las iniciativas censoras. La Iglesia católica decretó en 1543 que ningún libro podía ser impreso sin su permiso, el célebre Nihil obstat. El Papa Pablo IV estableció el primer Index de Libros Prohibidos en 1559. (Que sería aggiornado 20 veces más por otros Papas; el último tuvo lugar en 1948 y recién fue abolido en 1966.) Entonces, en 1563, Charles IX de Francia imitó la potestad papal y estableció que tampoco podría editarse nada que no llevase un segundo sello: el permiso del rey. El resto de los monarcas europeos no tardó en imitarlo. Era inevitable: en el fondo, controlar la opinión pública no tenía que ver tanto con la ortodoxia religiosa ni con el buen gusto ni con el respeto a la ley, sino con el poder puro y duro.

8 D.C.: El poeta romano Ovidio fue exiliado por haber escrito Ars Amatoria (El arte de amar). Murió en Grecia ocho años después, pero las desventuras de su poema no acabaron allí. Toda su obra completa fue quemada por Savonarola en Florencia en 1497. A una traducción al inglés de Ars Amatoria se le prohibió el ingreso a los Estados Unidos durante 1928.

No niego que el impulso a vedar, acallar, clausurar sea humano. Al contrario: pocas conductas nos son más comunes que la de huir de lo que nos perturba. Tabúes han existido en todas las épocas. (Siempre me llamó la atención el subtítulo del libro de Freud: Semejanzas entre las vidas mentales de los salvajes y de los neuróticos. Me parece que, a pesar del correr del tiempo, cada vez explica más cosas. En este país, al menos.) Para conservar intocados esos códigos cuyo sentido no siempre podían explicar, nuestros antepasados estaban dispuestos a todo. Había cosas que no se podían hacer, pensar, decir, porque se necesitaba conservar la distancia respecto de nuestros deseos más oscuros: por ejemplo la ambivalencia que solemos sentir hacia toda figura de autoridad, empezando por los padres y siguiendo por el rey — o por el presidente.

Toda prohibición es, por eso mismo, conservadora. Su intención es preservar en ámbar lo que ya existe, resistir los cambios. Pero aquello que se pretende silenciar también responde a una necesidad profunda de la especie: la de cuestionárselo todo, la de tratar de ver siempre más lejos y mejor. Por eso, cuando un régimen prohibe un libro, un cuadro o un film, está prohibiendo mucho más que una obra a secas.

En 1644, el poeta John Milton se presentó ante el Parlamento inglés para oponerse a una disposición legal (Licensing Act) que implicaba un filtro censor para las publicaciones. Allí pronunció un discurso que se conoce como Areopagitica, donde además de citar al dramaturgo Eurípides —uno de los primeros defensores de la libertad de expresión: “La Libertad es verdadera cuando los hombres libres / pueden hablar libremente a la hora de aconsejar al pueblo”—, explicó qué clase de daño produce la prohibición: “Porque los libros no son cosas muertas, más bien contienen una potencia de vida tan activa como la de aquella alma de la que son progenie; ellos preservan como en un frasco el extracto más puro y eficaz del intelecto que los crió”.

Lo que Milton trataba de explicar era que, por más que la prohibición de una expresión pública —una obra de arte, una teoría científica, un pensamiento político— se escude en las leyes y los principios más altos, no hay forma de disimular que se trata de un acto de violencia. Perpetrado, casi siempre, por representantes del Estado.

640: Según la leyenda, el califa Omar quemó los 200,000 volúmenes de la biblioteca de Alejandría en Egipto, con esta justificación: “Si estos escritos de los griegos están de acuerdo con el Libro de Dios, están de más y no necesitan ser preservados; si están en desacuerdo, son perniciosos y deben ser destruídos”. La quema de los libros proveyó a la ciudad de combustible para calentar los baños durante seis meses.

De modo inevitable, las prohibiciones en nombre de credos, costumbres y leyes tenían un único efecto político: aumentar el poder de quienes fiscalizaban y escarmentaban a quienes rompían con las fronteras de lo permitido. Todavía hoy, los textos académicos afirman que en los Estados Unidos (land of the free!) nunca existió formalmente la censura. Pero la llamada Ley de Libelo le permite a los jueces interpretar un presunto acto de difamación y sancionar en consecuencia. Por eso han sido usadas durante décadas para perseguir artistas, periodistas e intelectuales en nombre de la seguridad nacional, la blasfemia y la obscenidad. El comediante Lenny Bruce, que libró una batalla personal contra la censura y pagó un alto precio, lo sintetizaba así: “Al prohibirte decir fuck, lo que están prohibiendo en realidad es que le digas fuck al gobierno”. Dicho de otro modo: te impiden decir algo sexual o sacrílego no porque sean mojigatos o píos, sino porque saben que tan pronto lo digas usarás esa misma libertad para juzgarlos a ellos y decir lo que ves.

El homenaje de Bob Dylan a Lenny Bruce, ‘el hermano que hubiésemos querido tener’.

Para tratarse de un país que se jacta de no practicar la censura, los Estados Unidos llevaron a cabo el ejercicio de control de pensamiento más vasto y despiadado del siglo XX en Occidente. Durante la primera mitad de la década del ’50, el senador Joseph McCarthy lanzó una persecución contra todo aquel/la que expresase una posición política liberal, acusándolos de ser comunistas y de formar parte de lo que se dio en llamar la Amenaza Roja. (Que a su cruzada se la llamase witchhunt, cacería de brujas, fue un acierto; porque al igual que el proceso que condenó a las mujeres de Salem en 1693, se trataba de una farsa dirigida a reprimir un fenómeno que escapaba de las manos del poder.)

En aquel tiempo McCarthy fue el hombre más temido de América. Imagino que miraría al Presidente Eisenhower y pensaría: “Puesto menor”. Pero su reino no duró mucho. Desacreditado, se entregó al alcohol y murió a los 48 años.

1497–98: Savonarola fue un fanático religioso que organizaba “hogueras de vanidades”, en las que destruía libros y pinturas de algunos de los más grandes artistas de Florencia. Asustados, muchos poetas dejaron de escribir en verso, que se consideraba una forma impura, y otros llevaban sus obras a las hogueras en persona. También denunciaba las canciones populares del momento, y llegó a cambiar la letra de algunas para adosarles versos piadosos. Pero en mayo de 1498 tuvo lugar su última fogata: una que alimentó con su propio cuerpo y copias de todos sus sermones.

En otros confines, la libertad de expresión ha sido y sigue siendo una rareza. La censura era norma en el Imperio Ruso. Hubo dos breves excepciones, con olor a primavera: una entre 1855 y 1865, alentada por el zar Alejandro II. Y otra en 1917, que duró aún menos: lo que va de abril a octubre. A partir de entonces la censura volvió a ser estricta, hasta la Caída del Muro y de la Unión Soviética. Lo cual habilita a decir que el pueblo ruso no ha sabido lo que es la libertad de expresión, hasta la década final del siglo pasado. (Que desde entonces no exista la ‘censura formal’, como dirían en EE.UU., no significa que Rusia sea hoy un paradigma de la libertad. Pregúntenle a las Pussy Riot, que terminaron presas en 2012 por hacer punk contra Putin. (¿Punk-tin?) A diferencia de lo que muchos creen, el capitalismo no conduce necesariamente a la adopción de valores liberales: el ciudadano-consumidor se resigna a tener una libertad de expresión limitada, siempre y cuando se le permita ser libre para comprarse todas las porquerías que se le antojen.)

Posverdad estilo soviético: el comisario Yezhov acompaña a Stalin, después cae en desgracia y… ¡no está más!

De China se puede decir algo similar. La República Popular emplea sofisticados mecanismos de censura en internet, bajo la denominación general —y eufemística— de Proyecto Escudo Dorado. “Cuando hay una censura estricta en internet, los estudiantes no pueden recibir una educación completa”, se queja el activista y artista Ai Weiwei. “Su visión del mundo carece de balance. No puede llevar adelante una discusión verdadera y profunda respecto de ningún tema”.

1562: Fray Diego de Landa, obispo de Yucatán, quemó infinidad de libros sagrados mayas porque discrepaban con el cristianismo que trataba de inculcar a los lugareños.

1565: Los frescos de Miguel Ángel en la Sixtina eran obscenos a los ojos de muchos creyentes, incluyendo al Papa Daniele de Volterra. El poeta Aretino escribió: “Ni siquiera en un burdel se ven escenas como esas”. Tiempo después un discípulo del artista pintó taparrabos encima de los cuerpos que, hasta entonces, sólo habían estado concentrados en su ascenso al Cielo.

1614: El libro de Walter Raleigh La historia del mundo fue prohibido por el rey James I de Inglaterra, que lo consideró “demasiado descarado a la hora de criticar a ciertos príncipes”.

Nosotros no vivimos en esos lares, pero tampoco tenemos mucho de qué regocijarnos. Este es el país donde estuvo prohibido mencionar un apellido en público. Recuerdo haber visitado en 1985 —esto es, a poco de terminada la dictadura— el depósito donde los censores habían apilado todas las colas de celuloide censuradas a películas. Había de todo: desde la Coca Sarli a El acorazado Potemkin, pasando por Bound for Glory (1976), el film de Hal Ashby basado en la vida de Woody Guthrie al que le habían cortado… ¡más de una hora de metraje!

Los censores a sueldo de los milicos también habían cortado una comedia italiana, de esas armadas a partir de varios sketches, tan comunes en aquella época: Signore e signori, buonanotte (1976). Le habían rebanado un episodio entero, que contaba lo siguiente. Día de desfile militar en Roma. Vestido con todas sus galas, un general (Tognazzi) se prepara para encabezarlo. Poco antes de partir, siente deseos de ir al baño. Deja su regalito y quiere tirar de la cadena, pero no hay agua. Al acicalarse frente a un espejo, se le cae una medalla encima de la merda. Pone en práctica entonces una serie de iniciativas tratando de rescatarla; entre ellas, sacar el agua de alrededor del strunzo con su gorra. Entonces el agua fluye de repente. Chau strunzo, chau medalla. Llega entonces su subalterno, que golpea la puerta. El desfile ya no puede esperar. Pero el general no sale. Del otro lado de la puerta, el subalterno oye el tiro que su superior se pega.

Yo había ido a ese lugar a encontrar aquello que el régimen había querido silenciar en los cines. Esperaba descubrir mucho discurso político, pero lo más revelador fue ese sketch de peli italiana del montón. Nuestros líderes todopoderosos rechazaban todo lo que oliese a discurso de izquierda, pero nada los asustaba más que la posibilidad de que los pusiesen en ridículo.

El episodio del malogrado ‘generale Tognazzi’.

Charles Bukowski, que lidió largo y duro con quienes querían acallarlo o reducir su voz a los márgenes, pensaba lo siguiente: “La censura es la herramienta de aquellos que tienen algo que esconder de sí mismos y de los demás. Su miedo es la incapacidad de enfrentarse a lo que es real. Ni siquiera puedo enojarme con ellos; sólo siento su horrenda tristeza. En algún momento de su formación, se los protegió contra la totalidad de los hechos de nuestra existencia”.

1807: El doctor Thomas Bowdler editó una versión revisada de las obras de Shakespeare, de las que clamaba haber quitado “todo lo que pudiese ruborizar las mejillas de la modestia”. A causa de esta delicadeza suya, el diez por ciento de los textos de Shakespeare quedó en el tintero. Un siglo y medio después se descubrió que la que había manejado la tijera era en realidad su hermana, Henrietta Maria. Autora de Sermones sobre la doctrina y los deberes del Cristianismo, Harriet era famosa porque durante las óperas cerraba los ojos cuando aparecían los bailarines, que le parecían lascivos en exceso. Hoy en día, el verbo to bowdlerize — bowdlerizar, diríamos, como sinónimo de remover material impropio u ofensivo según el diccionario de Oxford— es parte del idioma inglés.

Desde que el nazismo produjo hogueras con libros (“De estas cenizas nacerá el fénix del espíritu nuevo”, dijo Goebbels en 1933, mientras veía arder 20,000 volúmenes; pensar que hoy tantos lo reivindican en las sombras), los poderosos de Occidente aprendieron que existían formas más discretas y efectivas de practicar la censura. En esto coincido con el dramaturgo Sam Shepard: “La censura real existe y viene de la mano del marketing, desde que la única información que le interesa a los medios del mainstream es aquella de la cual pueden sacar provecho”.

La lógica es consistente. Si los medios no reflejan nada que sea remotamente parecido a la verdad, si no revelan lo que está ocurriendo a nuestras espaldas, ¿de qué nos quejaríamos? El diario más vendido de este país esconde las transas de este gobierno —claro: de muchas de ellas es partícipe, o beneficiario directo— al tiempo que sostiene que ir caminando al trabajo y vivir en monoambientes es cool, mientras que enojarse y protestar por todo está out y perjudica la salud. (Esto es el País de Jauja neoliberal, ya lo dijo María Moreno hace pocos días.) En paralelo se presiona y ahoga a medios no del todo complacientes y se eyecta de sus plataformas a voces populares —los Victor Hugo Morales, los Roberto Navarro—, para que su prédica no llegue a tanta gente.

Por eso no necesitan incurrir en censura explícita. Les basta con amordazar a los responsables de los medios, a la vez que aumentan el volumen del discurso imperante, que Shakespeare ya había descripto sin saberlo en 1606: se trata de “una historia / contada por un idiota, llena de sonido y de furia / que no significa nada”. (¿Para cuándo una versión de Macbeth rebautizada Macree?)

Por fortuna, también existen voces que pasan al frente y hasta se aquilatan en tiempos de persecución. En esto estoy con Fellini: “La censura es publicidad pagada por el gobierno”.

1842: El director de las escuelas parisinas para ciegos ordenó que se quemasen todos los libros escritos en Braille. Aparentemente no deseaba que los alumnos leyesen libros por las suyas. Pero algunos de sus empleados preservaron ejemplares y así esa escritura codificada se salvó.

1866: Apenas un año después de la Olimpia de Manet, Courbet subió la apuesta con su obra El origen del mundo, que retrataba del modo más naturalista una vagina en primer plano. El cuadro no se exhibió en público hasta 1995 y sigue produciendo escándalos: Facebook prohibió su reproducción en 2011.

Es verdad que a través de internet podemos conectarnos a escala global y obtener acceso a (casi) todo el saber y la información del mundo. Pero el sistema es de ida y vuelta y también permite que seamos vigilados y por ende controlados. Lo hace de forma subrepticia pero lo hace, hasta que considera que transgredimos algún límite y nos convierte en blancos o levanta la cabeza y nos aplica el rigor. Si entre otras imágenes eligiese yo ilustrar este texto con la reproducción de El origen del mundo de Gustave Courbet, ¿qué ocurriría con mi artículo cuando lo colgase en Facebook?

Lo que The Matrix profetizó en 1999 ya se ha cumplido. Nuestros sentidos consumen un paisaje virtual que no coincide con las realidades que existen más allá del velo. De chico me encantaban unos libros que mis abuelos trajeron de Europa. Mostraban las ruinas romanas tal como están hoy pero, entre foto y foto, propocionaban un transparente que completaba las partes derruídas y te permitía imaginar el edificio tal cual había sido en su esplendor. A veces pienso que nuestra realidad es un libro de ruinas, embellecido por las transparencias que el neoliberalismo interpone entre nuestros ojos y la verdad.

1931: La novela Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll fue prohibida por el gobernador de Hunan, una provincia de China, porque a su juicio los animales no debían usar el lenguaje humano y porque le parecía desastroso poner a animales y humanos en el mismo nivel.

1932: En una carta a un editor de los Estados Unidos, James Joyce dijo que “una persona muy amable” había comprado la edición inicial de Dubliners y la había hecho quemar.

De las múltiples lecturas que sugiere el fenómeno del Hit actual, me quedaré con dos. Una, la que me preocupa, tiene que ver con la reacción de ese grupo de árbitros liderados por Guillermo Marconi. Que por las suyas esta gente haya considerado la posibilidad de interrumpir un espectáculo masivo, sugiere que son más papistas que el Papa y están tratando de congraciarse con el régimen, o —no se trata de opciones que se excluyan entre sí— que tienen miedo, como en los ’70. Lo cual representaría una mala noticia, si se infiere que no serían los únicos en estar asustados. La autocensura —en esto coincido con la escritora Jennifer Egan, ganadora del Pulitzer— “es la forma más peligrosa de la censura, porque a través suyo se vuelve posible la hegemonía”.

Mi otra lectura, más voluntarista, sugiere que el valor del Hit del Verano no está por debajo de lo pre-revolucionario. Primero, porque al verificarse en el contexto de los estadios de fútbol, le disputa a Macri la única cabeza de playa que tenía sobre el lenguaje popular. (Con SuperTévez no le va a alcanzar para volver a ser escuchado ahí; necesitaría un equipo a pleno, estilo La Liga de la (In)Justicia. A esta altura la canción ya trascendió las canchas: suena en el Hospital Posadas, en el Banco Provincia, en La Ballena Azul del CCK, en el teatro Cervantes…) Segundo, porque impuso el símbolo ‘MM’ como sinónimo de todo aquello que está mal: desde un arbitraje piojoso a un subte que no anda, llegando incluso a funcionar como punchline de cualquier situación dolorosa. ¿Te martillaste un dedo? MMLPQTP. ¿Se cagó la barrera? MM…

1954: Las historietas del ratón Mickey son prohibidas en Berlín Oriental por considerarse al personaje “un rebelde anticomunista”. Esta decisión condensa la imbecilidad radical de todo acto de censura: cuando una prohibición convierte en rebelde a un personaje de ficción que es el paradigma del conformismo, es porque algo funciona muy mal.

2001: La ley conocida como Patriot Act fue aprobada por el Congreso de los EE.UU. en respuesta a los ataques del 11 de septiembre. Le dio al FBI acceso a la información de internet sobre todos nosotros, a la vez que le concedió el derecho a no informar a quién está investigando.

En tiempos de comunicaciones hipervigiladas, la verdad opta por caminos alternos. Las tribus de mi calle se expresan en lenguaje analógico. Pintan paredes a gran velocidad —la sigla es todo lo que necesitan, ya la he visto garabateada en mil muros de ladrillo— o apelan a una clave musical. Todo lo que hace falta para establecer comunicación, para identificar a otrx y ser identificado, es silbar un par de notas. La viralidad del mensaje no acaba en la virtualidad de las redes, su naturaleza esencial es orgánica y por lo tanto no puede ser reducida a bits de información.

En un futuro a mediano plazo nadie recordará este tiempo con claridad, porque somos de echar tierra sobre los momentos dolorosos. Pero de este cantito sí nos vamos a acordar. Todos. Siempre.

Eso es lo que les da miedo a ellos.

El Cohete a la Luna



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