¿Quién se queda con la Argentina?

El comportamiento del agro que no liquida productos muestra que no hay una actitud pasiva, sino activa.

Por Ricardo Aronskind

William Kentridge, Tango para dar vuelta la página (2013)

Algunos voceros de la extrema derecha, como Patricia Bullrich, han declarado su disposición a hacerse cargo del país ahora, en este momento, ante la situación «catastrófica» y el «sufrimiento de la gente». El desprendimiento personal que suponen estas declaraciones, la sensibilidad, la abnegación y el arrojo, no son tales. Son apenas el resultado de un astuto cálculo político para aprovechar una crisis cambiaria que tiene mucho de artificial, para intentar hacerse cargo de un país con un potencial enorme, y cuya economía no es ni un páramo ni una ruina.

Hay numerosas actividades productivas rentables, incluso para las pequeñas y medianas empresas, los salarios están bajos y mucha gente quiere trabajar. Muchas empresas han modernizado equipos previendo mejores tiempos para el país. Las capas medias y medias altas tienen importante capacidad de consumo que podrían volcar en el mercado local. La Argentina es competitiva no sólo en actividades agrícolas, gasíferas y mineras, y cuenta con un sector científico y tecnológico cada vez con mayores capacidades para potenciar la producción local. Hay necesidades de infraestructura irresueltas, lo que genera un enorme potencial para el crecimiento de la construcción y la mejora urbana en todo el país. Existe importante capacidad de ahorro y el sistema bancario está en buenas condiciones financieras, aunque requiere ajustes regulatorios para que sea una factor de apoyo productivo.

El Estado tiene un déficit controlable, y aún más si se mejora la recaudación tributaria encarando un combate eficaz y decidido contra la evasión. Los mercados occidentales le han cortado el crédito, pero hoy el mundo es mucho más extenso que el norte del Atlántico. No hay ningún problema insoluble y hay recursos naturales que adecuadamente administrados pueden contribuir a financiar una reconversión productiva verde del país. Con buenas políticas públicas, totalmente posibles ya que tenemos gente formada en temas altamente sofisticados, se puede avanzar aceleradamente hacia la reducción de la pobreza en todas sus dimensiones. El propio Estado puede ser susceptible de mejoras organizativas, de modo de incrementar su potencia para resolver problemas que hoy parecen endémicos.

Sin embargo, parece que estos datos objetivos son fáciles de borrar no ya de la conciencia colectiva a través de campañas de desmoralización perfectamente orquestadas, sino de la propia visión de mediano plazo de la dirigencia nacional, que se marea rápidamente con los estados de ánimo que genera una minoría social interesada.

Es sabido que una de las grandes capacidades de la derecha local es la generación de climas sociales favorables a sus intereses. Estamos viviendo exactamente uno de esos momentos, en que logran colocar a la población en un infierno provisorio, inaguantable, hasta que los grandes protagonistas y generadores de la crisis obtienen los resultados políticos y económicos esperados. La experiencia de la hiperinflación de Alfonsín nos debería servir de lección: después de unos cuantos meses de tortura hiperinflacionaria, y en el vacío de discursos potentes que disputaran con la derecha la explicación de lo que ocurría, la sociedad quedó dispuesta a aceptar el programa maximalista del neoliberalismo corporativo.

A la Argentina, como país de desarrollo medio, semi industrializado, con una económica híbrida, se la mantiene desde 1976 en una especie de dieta de inanición consistente en que siempre está asfixiada por restricciones financieras, provenientes de endeudamientos completamente estériles. Eso le impide desarrollarse y resolver sus problemas, que insistimos, son completamente superables.

Endeudamiento destructivo fue la deuda tomada por Martínez de Hoz durante la dictadura cívico militar, que no generó inversión productiva pero sí tremendas restricciones presupuestarias; la tomada por el menemismo, para financiar el festival de importaciones que contribuyó a arrasar parte de la industria nacional; y la tomada a velocidad turbo por el macrismo, completamente estéril y dedicada a atar a nuestro país a un nuevo ciclo de intervención externa.

Nunca debemos perder de vista un dato sorprendente: en cajas de seguridad aquí, en nuestro territorio nacional —según estimaciones de expertos en el tema— se acumulan improductivamente unos 100.000 millones de dólares, que podrían generar un espectacular ciclo de expansión productiva, empleo masivo y mejora de calidad de vida para toda la población.

Citamos el dato anterior, y recordamos también los 400.000 millones de dólares de argentinxs colocados en todo tipo de inversiones en el exterior, según estudios del Banco Central, que podrían contribuir a un amplio proceso de inversión y reconversión tecnológica para transformarnos en un país mejor, con alto nivel y calidad de vida.

Recordemos estos números reales como referencia de lo que el país es capaz de generar en materia de divisas, para resaltar que si en las reservas del Banco Central hubieran hoy tan sólo 20.000 millones de dólares más, esta corrida cambiaria que sobresalta a la mayoría no tendría razón de ser, se habrían quebrado las expectativas sobre una presunta devaluación y las diversas fracciones que hoy convergen con esta timba devaluatoria, se estarían dedicando a otras actividades socialmente más interesantes.

¿Por qué no hay 20.000 millones más en las Reservas?

No cuidar las reservas, teniendo en cuenta su papel fundamental como escudo contra las maniobras especulativas favoritas de sectores económicos internos, ha sido uno de los errores de política económica de este gobierno. Tiene que ver con la apuesta del ministro Guzmán, entre ingenua y abstracta, de que el arreglo con los acreedores externos, diseñado para alejar del presente los grandes vencimientos de deuda externa, reduciría significativamente las presiones devaluatorias sobre el tipo de cambio. En ese camino, no se evitó gastar reservas para mostrar credibilidad y confiabilidad hacia los fondos de inversión, el FMI y el Club de París.

Si a esa ingeniería financiera que se logró plasmar en acuerdos con bonistas y el FMI, se le sumaba que la economía en 2020 y 2021 estaba teniendo saldos comerciales favorables, parecía razonable pensar que no volverían a presentarse obstrucciones cambiarias que detonaran episodios como la corrida que hoy nos ocupa.

Pero a Guzmán se le escapaban, como al propio Presidente, las características de la Argentina real.

A diferencia de los manuales de texto económicos, que suponen gente abstracta, consumidores abstractos, empresarios abstractos, sin historia ni memoria, una verdadera política económica nacional tiene que basarse en actores reales, históricos, con sus mentalidades, con sus comportamientos, con sus ideologías y sus psicologías. Si no, no se puede entender nada de lo que pasa en nuestro país.

Si los pequeños productores agrarios fueran abstractos, una vez que el gobierno de Cristina, durante la disputa en torno a la Resolución 125, les ofreció la segmentación de las retenciones, más otros beneficios vinculados a las distancias de los puertos de embarque, debieron haber aceptado la oferta oficial, porque las nuevas condiciones que les proponían eran convenientes. Sin embargo, siguieron atados a la Mesa de Enlace, por ideología, por identificación, por rechazo al gobierno, junto con sectores que tenían otros intereses.

El supuesto de existencia de «racionalidad económica» puede no ser un factor decisivo para explicar el comportamiento de actores económicos en nuestro país. Probablemente porque también ya han dejado de ser «actores económicos» y son también actores políticos, con la diferencia de que actúan con métodos y formatos no partidarios. Tienen ideología, y pueden ser portadores de una visión completamente distorsionada de la realidad nacional e internacional.

Seguramente actores económicos racionales, pasivos y asépticos, simplemente «lectores de señales», hubieran actuado como esperaba Guzmán, o Stiglitz. Pero ya en 2020, el gobierno nacional y todxs lxs argentinxs debimos soportar una corrida cambiaria en plena pandemia, que generó una oleada inflacionaria posterior. Fue una más de las decenas de corridas que los más diversos gobiernos debieron soportar desde que los especuladores se acostumbraron a aprovechar debilidades cambiarias para hacer ganancias rápidas.

No se puede seguir gobernando la Argentina con visiones ingenuas o abstractas de los actores económicos, que los desresponsabilizan de las turbulencias existentes. No es cierto que los grandes jugadores miran ingenuamente el escenario para luego tomar decisiones. Por el contrario, operan sobre él, en función de sus intereses, y en determinados momentos pueden desplegar mayor capacidad operativa que gobiernos débiles o debilitados. Mientras la teoría dice que los gobiernos hacen, y los mercados son espectadores que reaccionan a señales, nuestra realidad muestra que los activos son los intereses corporativos, y lamentablemente el que se comporta como un espectador es el gobierno.

En relación a la penuria actual de dólares, y el comportamiento empresarial, tenemos un ejemplo claro, señalado recientemente por Carlos Heller. El gobierno ha puesto a disposición del sector agrario un mecanismo financiero completamente accesible para poner a resguardo sus ahorros de una presunta devaluación. Es un plazo fijo específicamente diseñado para que puedan vender con tranquilidad sus granos, y colocar sus pesos a resguardo de cualquier sorpresa cambiaria. Sin embargo, no han utilizado en forma masiva ese instrumento.

La excusa utilizada habitualmente por todos los sectores que impulsan devaluaciones, y sus economistas mediáticos es «la incertidumbre». Incertidumbre que nunca se sabe de dónde aparece, pero que de repente tiñe todos los comportamientos privados. Lo que habitualmente se hace es echarle la culpa al gobierno buscando algún problema o conflicto interno, y construir a partir de eso la explicación de la «incertidumbre». La excusa es muy buena, porque vuelve sobre el argumento del empresario abstracto, pasivo, neutro, que simplemente actúa en base a los mensajes que recibe de su entorno.

Pero en el comportamiento del agro que no liquida sus productos, se puede observar que no hay una actitud pasiva sino activa. No es por incertidumbre que no liquidan la cosecha, sino que es una actitud activa, de retaceo de divisas, para forzar una devaluación que mejore sus ya muy altas ganancias. Por supuesto que siempre hay que diferenciar entre pequeños y grandes productores, porque su situación económica es diferente, y porque mientras los pequeños son consumidores de argumentos e ideología, los segundos son generadores de ideas y de política. Sobre estos últimos el gobierno tendría que actuar para que abandonen su militancia devaluacionista.

Amamos odiar al FMI, pero esta vez no fue

No hay declaración de sectores de izquierda, o nacionales y populares, que no incluyan al FMI como el gran cuco y factótum de las desgracias actuales.

Sin embargo esa apreciación es equivocada en esta circunstancia, y no porque el FMI se haya transmutado en una organización promotora del bien de los pueblos, sino porque en este caso no es el protagonista principal.

En el acuerdo con el FMI, explícitamente, se estableció la meta de recomposición de las reservas del Banco Central, elemento clave para disuadir a los tiburones locales buscadores de devaluación. Si esas reservas no se recomponen, no es por mandato del FMI.

También hay decir que sin necesidad de recetas del FMI, es muy recomendable que un gobierno popular construya reservas fuertes en el BCRA, para ponerse a resguardo de los comportamientos predatorios privados, al menos hasta que las políticas productivas exportadoras y sustitutivas de importaciones generen solvencia externa estructural.

Pero ahora no es precisamente el FMI el que está detrás de este escenario actual, sino actores locales claramente identificados. La pasión anti FMI puede más que el análisis riguroso de los factores que inciden en la actual desestabilización cambiaria.

Por otra parte, el FMI reclama medidas que moderen el crecimiento, cosa que no queremos que ocurra. Lo cierto es que moderar el crecimiento tiende a ahorrar divisas. En ese sentido el FMI no es precisamente copartícipe de la corrida, sino que si se siguieran sus malas políticas, se juntarían más reservas.

El «festival de importaciones» del primer semestre del año tiene alguna bases objetivas, como el aumento muy fuerte de las importaciones de energía (se duplicaron los precios), un incremento cierto en la actividad económica interna que siempre tiene como correlato un aumento en las importaciones, y un abultamiento injustificado de importaciones de insumos, no explicable por la actividad productiva incrementada, sino por la especulación de grupos económicos para traer insumos a un tipo de cambio oficial que perciben más «barato» en relación a… la futura devaluación que apareció en el imaginario empresarial.

La respuesta socialmente progresista a la estrategia fondomonetarista de ahorrar divisas creciendo menos, es tener una vigorosa, inteligente y planificada estrategia sustitutiva de importaciones, que genere riqueza, empleo y ahorre dólares. Claro, no va en línea con la Biblia de la globalización neoliberal. Pero ¿quién es el tonto que a esta altura del descalabro internacional quiere resguardar las santas enseñanzas que están siendo abandonadas en todas partes?

Hasta un 20% de las importaciones actuales de nuestro país podrían ser reemplazadas eficientemente por producción local. Si bien es un proceso y no un cambio que se puede realizar en poco tiempo, no nos vendría nada mal ahorrar entre 15.000 y 20.000 millones de dólares al año, sin sufrir y además, creciendo.

El modelo ENTEL de venta de la Argentina

Cuando uno ve todo este panorama, no puede dejar de recordar la gestión de María Julia Alsogaray como interventora menemista de ENTEL, en el período previo a su privatización.

ENTEL había sido muy maltratada a lo largo de los años ’70 y ’80, y brindaba malos servicios. Había un alto grado de disconformidad social, a pesar de que como sabemos hoy, la telefonía y las telecomunicaciones son un gran y rentable negocio. Nuestra sociedad era fuertemente estatista, y la idea de las privatizaciones se introdujo desde afuera y desde arriba en nuestro país.

De todas formas, había que vencer ciertas resistencias a la privatización, que no estaban dadas aún al comienzo de la gestión menemista. La intervención de Alsogaray en la empresa tuvo la explícita intención de colmar el vaso de la indignación colectiva: en una gestión que en cualquier lugar normal hubiera sido considerada un desastre, se dejó derrumbar la empresa, cesaron las tareas mínimas de mantenimiento, mientras se subía violentamente el precio de las tarifas y se usaban todos los fondos que ingresaban en la empresa para comprar equipos modernos, que no se instalaban.

Así, cuando finalmente se produjo la privatización, por «arte de magia» empezó a mejorar rápidamente el servicio: se conectaron los equipos nuevos, y se empezó a reparar lo que fue voluntariamente deteriorado. La magia del mercado…

Quizás estemos atravesando un momento similar, pero ahora con nuestro país.

Aprovechando un momento delicado de las cuentas y reservas del Estado, generado por la gestión macrista originariamente, se promueve un microclima psicológico que evoca una catástrofe. La pasividad y falta de visión del actual gobierno no ha sido menor en la creación de las condiciones para que se ejecute esta maniobra. Pero no es una situación terminal, ni mucho menos amerita el asalto al Estado argentino por parte de los representantes de intereses corporativos asociados a una globalización que nos ofrece un destino miserable.

Tenemos que tener claro que nuestro país es mucho más grande que una corrida cambiaria, y que el control de su destino no puede ni debe ser cedido a cambio de un puñado de dólares.

El Cohete a la Luna