Referéndum en Ecuador: La nueva batalla de Ayacuco

Por Alejo Brignole*

El próximo domingo 4 de febrero el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, convoca a un referéndum que intenta afianzar su estrategia de acoso y derribo contra la Revolución Ciudadana que llevara a cabo su antecesor, Rafael Correa. Una Revolución que fue democrática, profunda y plagada de desafíos, pero exitosa desde múltiples lecturas. Fue una trasformación total de las estructuras nacionales ecuatorianas, antiguamente fagocitadas –colonizadas– por oligarquías sirvientes a los poderes externos y a la hegemonía estadounidense.

Lenín Moreno, que fuera vicepresidente de Correa en su primera gestión y que ascendió a la presidencia como delfín de la Alianza PAÍS, sorpresivamente cambió de rumbo ideológico y conceptual sobre lo que Ecuador debe ser como nación. Se alió con los poderes tradicionales, devolvió los medios de comunicación a las élites corporativas y regresó a las arquitecturas económicas elitistas que Rafael Correa pudo reducir y doblegar durante una década de cambios constantes.

Sin dudas Rafael Correa –presidente desde el 2007 al 2017– logró dotar a Ecuador de herramientas genuinamente democráticas y devolver al pueblo llano los beneficios de una riqueza nacional históricamente negada. Una riqueza enajenada al capital extranjero y apropiada por las oligarquías nacionales, en tanto beneficiarias de segundo orden y cómplices de ese saqueo.

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Como es de esperar, Washington y sus aliados naturales en el asimétrico reparto mundial de la riqueza, intentan aplicar todos los mecanismos disponibles para evitar el virus de la independencia económica y la soberanía política latinoamericana. No debemos olvidar que América Latina es un pilar fundamental para el sostenimiento del capitalismo internacional, altamente dependiente de nuestros recursos y riquezas fisiocráticas (las del suelo nacional). Cualquier intento soberano resulta, por tanto, un problema de primer orden para la concentración económica, cuyo centro de gravedad se halla siempre en los países sumergentes.

Escasos de riquezas propias, estos países centrales deben mantener a toda costa mecanismos extractivos en las periferias mundiales para no sucumbir. Esta es la batalla que Rafael Correa peleó y en donde obtuvo históricos triunfos. Y esas son las victorias que Lenín Moreno, ahora aliado como un Iscariote a los diseños de los enemigos de Ecuador (y de toda Latinoamérica) intenta revertir. Para hacerlo, el presidente Moreno comenzó a hablar de corrupción en la anterior gestión –de la cual formó parte–. Y lo hizo siguiendo una agenda impuesta y elaborada por las usinas de pensamiento estratégico estadounidense. Tal cual hizo Temer en Brasil, o Macri en Argentina (ambos corruptos hasta niveles insospechados), Lenín Moreno promovió la idea de que la Revolución Ciudadana y la gestión de Correa no fue una ingeniería política nacional y popular claramente antiimperialista, sino apenas un entramado corrupto pensado para robar. De esta manera, las usinas de pensamiento norteamericanas intentan instalar en el ideario colectivo latinoamericano que los gobiernos de izquierda y los proyectos bolivarianos son un cáncer que hay que erradicar. Es decir, intentan deslegitimar los paradigmas y los logros sociales alcanzados (baste consultar las estadísticas de los gobiernos de Lula en Brasil, de Néstor y Cristina Kirchner en Argentina, de Hugo Chávez en Venezuela o los de Bolivia con el MAS-IPSP).

Lo que se intenta, en definitiva, es que los exitosísimos experimentos socializantes bolivarianos queden en el olvido. Que los electorados abracen la idea de que la corrupción, el clientelismo y el subdesarrollo son las consecuencias inevitables de las gestiones ubicadas a la izquierda del espectro político.

Este andamiaje ideológico es el que se intenta operar desde los medios masivos de comunicación. Casi todos invariablemente en manos de conglomerados corporativos intensamente emparentados entre sí y con ramificaciones en los oligopolios financieros y económicos mundializados. Esto es, una comunicación de masas en manos de los poderosos.

Pero como Rafael Correa ha dejado una huella tangible y perdurable en el pueblo ecuatoriano, dotándolo de un bienestar como nunca conoció en su historia nacional, el problema no resulta de fácil resolución para Lenín Moreno. Deslegitimar a un gobernante amado que identificó y atendió las necesidades crónicas de sus gobernandos, no se logra con frases altisonantes o mentiras escritas por periodistas venales entregados a los diseños mediáticos de las corporaciones. Desprestigiar a Correa requiere de una arquitectura más compleja y riesgosa. Por eso el Gobierno de Moreno convocó a un referéndum para el próximo domingo 4, en un intento de marginar a Correa mediante preguntas capciosas y razonamientos falaces.

En la consulta popular, el nuevo Gobierno perjuro de Lenín Moreno expone preguntas tales como… ¿Está usted de acuerdo con que se enmiende la Constitución de la República de Ecuador para que se sancione a toda persona condenada por actos de corrupción con su inhabilitación para participar en la vida política del país, con la pérdida de sus bienes?

Evidentemente nadie quiere a un corrupto manejando los asuntos públicos. Sin embargo la intención de la pregunta es dotar al nuevo Gobierno –si triunfa el Sí del referéndum– de un mecanismo de exclusión vitalicia para Rafael Correa, para la cual ya trabajan varios jueces armándole causas penales inconsistentes, tal cual sucedió con Dilma Rousseff o Lula en Brasil. Todas tácticas diseñadas desde Washington y aplicadas por sus más fieles servidores: presidentes neoliberales, diputados y jueces nacionales frecuentadores de las embajadas estadounidenses en nuestros territorios.

Otra de las preguntas del referéndum versa sobre la continuidad presidencial, en un intento por derogar la reelección presidencial sancionada en la reforma constitucional ecuatoriana de 2008. La continuidad de los gobiernos refractarios a toda dominación es una auténtica piedra en el zapato del capitalismo extractivo. Su peor pesadilla. Que al frente de un país gobierne un defensor de los recursos y un limitador del poder corporativo resulta un problema estratégico vertebral. De allí los esfuerzos hegemónicos por derribar todo intento de consolidar una estabilidad soberana que asegure a nuestras naciones el resguardo de sus riquezas. Sacar para siempre a Correa de juego –Como a Lula, como a Dilma, como a Evo, o a Nicolás Maduro– es una aspiración irrenunciable del poder corporativo trasnacional liderado por Washington, pues de nuestro fracaso y de nuestro regreso al subdesarrollo programado, depende el bienestar de las sociedades sumergentes y del propio capitalismo.

El Domingo 4 de febrero en Ecuador se vivirá, otra vez, una batalla decisiva por la independencia latinoamericana. Una segunda Batalla de Ayacucho que abra las puertas al colonialismo de siempre, o que reafirme nuestra voluntad de ser potentes y soberanos frente a los que procuran nuestra dependencia. Hoy Correa revive al Mariscal Sucre y Lenín Moreno, traidor a su clase y a su país, encarna en su traición a lo peor de nuestra Historia.

*Escritor y columnista dominical de Cambio.

Cambio, Bolivia

 

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