Ricardo Piglia: el primer lector (1941-2017)

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Había nacido en Adrogué, crecido parcialmente en Mar del Plata y estudiado en la Universidad Nacional de La Plata. Reticente a una carrera de Letras que -como decía- lo habría confinado al estudio del estilo, las lenguas clásicas y, a lo sumo, la lectura de algunos pocos buenos libros de crítica que él podría acometer por su cuenta, eligió la de Historia. La cursó, la concluyó e impartió clases en esa Universidad. No obstante, no estaba llamado a ejercer esa vocación. O, para ser más precisos, no sólo esa. Y no sólo en este país.

Su vida intelectual fue como un volcán o como un cometa. Quién sabe. En un punto ambas cosas se parecen tanto ¿no?

No porque no hubiera habido méritos en ella ni una impecable y hasta descollante formación. Incesante. Persistente. Sino por el modo en que una inteligencia formidable afortunadamente fue encontrando el modo de encajar en espacios, lugares, ámbitos, instituciones y alcanzar el logro superlativo de una escritura exigente de sí como disciplinada que resplandecía y ya resultaba sorprendente a los ojos del mundo. Hubo un instante -nunca sabremos cuándo- en el que su obra pasó a formar parte del patrimonio de la Historia literaria de todos los tiempos. Ese momento deslumbrante siempre resulta desconocido y magnífico. Pero tiene lugar. Él, al fin y al cabo, había consagrado su vida a la literatura como otros lo hacen, con el mismo fuego, a una familia u otra misión no menos noble. Y la literatura parecía ser, al mismo tiempo, lo único que le interesaba. Lo que por otra parte no es poco. Y, en palabras nada menos que de Diamela Eltit, «lo que es, obviamente, una locura». Estas palabras fueron pronunciadas en un discurso que Diamela Eltit leyó con motivo de entregársele a Piglia un premio importante en Chile.

Esa apuesta absoluta, tuvo una recompensa que se vio coronada con muchos libros publicados, traducciones, premios, becas, un puesto -notable y de muchos años- en la Universidad de Princeton (EE.UU.), adaptaciones de una de sus novelas a una ópera y a películas, conferencias, viajes, entrevistas… Fundamentalmente fue escritor de narrativa. Pero también de ensayos, de guiones de cine y del guión de esa misma ópera («La ciudad ausente»), cuya puesta estuvo bajo la dirección de su amigo Gerardo Gandini. Asimismo, fue responsable de la dirección de colecciones de libros (sobre todo de policiales negros, pero también de otras de rescate hacia el final de su vida) y participó de muchas publicaciones periódicas y de diarios. Realizó ediciones críticas de la obra de otros autores, entre otras, la de Walsh. Se hizo cargo de la escritura de muchos estudios y prólogos, al igual que lo había hecho Borges, pero con un perfil muy distinto.

Lo entrevisté en dos oportunidades. En una de ellas le pregunté qué libros consideraba imprescindibles debían ser leídos. Primero dijo una humorada. Luego accedió, condescendiente. Y mencionó cuatro: los «Diarios» de Kafka, «El museo de la novela de la eterna» de Macedonio Fernández, «El oficio de vivir», de Cesare Pavese y «En nuestro tiempo» («In our time») de Ernest Heminway. Ya ven. Todo el tiempo estuvo obsesionado por lo que significaba el acto de la escritura. El escribir. El ser escritor. El estilo de vida que suponía esa opción.

Demos por descontado que su existencia fue un experiencia infinitamente rica, que abrió nuevas sendas para muchos y lo seguirá haciendo. Demos por descontado que su vida tuvo y tendrá, a sus ojos y a los de quienes fuimos (somos) sus lectores, un sentido indefinido e inobjetable. Hagamos lo propio al imaginar que sintió que había conquistado lo que se había propuesto desde sus comienzos, quizás con algunos matices

Interrogó como nadie el mapa de la literatura argentina, su arquitectura, sus vínculos con la Historia, sus tramas urdidas con la política y con el poder. Hubo también zonas de la teoría y la crítica literarias que, diluyendo fronteras y géneros, incorporó en especial a su novelística. Artífice, renovador, creador, tenía claro su programa y, me parece, no se abandonó jamás a la improvisación ni al azar, por más que su mente fuera una suerte de enorme laboratorio capaz de segregar nuevos significados y otorgarles a ellos nuevos sentidos. La literatura norteamericana fue otro de sus núcleos de indagación porque la admiraba apasionadamente. Por cierto, todo el tiempo estaba cavilando, desvelado, acerca de en qué consiste el escurridizo arte de escribir. Muy en especial el de narrar, en lo que está por debajo y por detrás. Revalorizó a Roberto Arlt, ubiándolo en un lugar de privilegio en las poéticas de la Nación. Otro tanto con Macedonio Fernández, lo que ya había hecho Borges. Finalmente, recuperó la figura de Witold Gombrowicz. Y por supuesto lo que él consideró las tres vanguardias: Saer, Puig y Rodolfo Walsh.

Acometió la publicación de sus diarios hacia sus últimos años (tres volúmenes llegaron a editarse), entre varios otros libros de entrevistas y seminarios, cuando estaba demasiado enfermo para consagrarse a esa tarea que era para él, ya a esta altura, un mandato. El mérito a su trabajo es de naturaleza geométrica entonces, y también constituyó una empresa titánica. Trabajó contra reloj. Y trabajó, en definitiva, como siempre había trabajado, esa es mi hipótesis, con el sonido y la furia de quien sabe que la vida es corta y la literatura infinita. Que no alcanza la vida, literalmente, para leer aún los mejores libros.

Ahora, quién sabe. Para algunos de nosotros descansará a solas, para siempre, en un lugar que probablemente él ha elegido. Para otros, quién sabe lo hará en otro lugar, en el que quizás se le hayan encomendado tareas acordes a sus talentos. Cada quien lo pensará a su modo. Menos importante que ese destino que todo mortal ignora y conoce a la vez, persisten y persistirán sus libros. Espléndidos. Desafiantes. Precursores.

 

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* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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