Sobre
los mitos popularesAl igual que en otros momentos lo fueron, o lo son aún, Gardel, Evita, el Mono Gatica, Minguito, el Negro Olmedo, Rodrigo, Maradona y muchos, muchos otros, con diferencias y matices.
Tal vez nadie mejor que La Mona Gimenez para soslayar el capítulo que la cultura oficial
(ista) le adeuda a ciertos mitos populares: "En Buenos Aires yo sigo siendo un negrito..."
Cuando la cultura oficial (ista) logra "rescatar" a un personaje popular, arreándolo hacia el corral de sus valores y sus supuestos básicos (como ocurrió con Fangio o Acavallo, convertido uno en exitoso empresario y el otro en mediocre comerciante), el imaginario social y popular empieza a retacearle y mezquinarle el lugar del mito.
Serán personajes famosos, sí, y quizás ídolos, pero descafeinados y afectados por clichés medioclasista y reverentes hacia el órden instituido. Nunca serán "verdaderos" mitos populares.
Es que la cultura oficial (ista) no se banca la conducta insolente y desfachatada, la risotada impertinente de quien, aparte de ganar dinero -punto crucial y de inflexión de la ideología medioclasista y capitalista- se ríe y mofa ante quienes admonizan sobre "lo que debe ser".
El órden instituido responde a ciertos valores de clase como la prudencia, el ahorro, la vida saludable y la ausencia de escándalo. Es obvio que desde ese lugar jamás se entenderá que en otros estratos y pautas sociales se priorice la intensidad de vida, el goce desmedido, el coraje, el exceso y la pasión desbordada.
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Y si usted tampoco puede hacerlo sería bueno que reflexionara que si siente los valores medioclasistas como propios y únicos legítimos, es que se encuentra tan identificado con ellos que ya no puede discernir, descriminar ni aceptar las diferencias.
La Mona Gimenez tendrá cien mil veces más dinero que Ud. en su cuenta bancaria, venderá miles de discos, será seguido y amado por multitudes, respetado y querido por grandes músicos como Jairo y Fito Páez, y usted seguramente le reconocerá todo eso. Pero en el fondo de su corazón lo seguirá considerando un negrito de mierda.
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¿A quién dedica ese saludo, Ringo? "A los pibes de mi barrio, a los pibes de
Boedo que me están mirando."
En mayo de 1976 Oscar Natalio "Ringo" Bonavena, el campeón argentino de boxeo, caía asesinado a la salida de un prostíbulo en Estados Unidos. Nueve años antes, María Esther Gilio publicaba en "Marcha" un reportaje que lo pintaba de cuerpo entero.
"Yo
le gano a ése. A ése y a cien como él", dijo Ringo; y miró hacia la cámara con expresión desafiante. Pero enseguida sonrió y guiñó un ojo. "Ringo ahora saluda", explicó el locutor, como si los televidentes fueran ciegos. "¿A quién está dedicado ese saludo, Ringo?" "A los pibes de mi barrio. A los pibes de Boedo que me están mirando." Dijo, y volvió a sonreír sin saber muy bien hacia qué cámara dirigir la mirada.
Dos días después se entrenaba en el Luna Park. Un portero guardaba fervorosamente la entrada del gimnasio. Cualquiera podía creer que detrás de esa puerta se encontraba el jardín de las Hespérides. Tan celoso era su cuidado, tan ansiosas las miradas de los que quedaban fuera. Cuando Ringo, después de dos horas, apareció distribuyendo sonrisas de héroe cansado, una ola de excitación recorrió a los chiquilines que también desde hacía dos horas husmeaban la entrada y conjeturaban sobre entrenamientos, campeonatos, zurdazos y dólares. Ringo se dejó palmear por uno, simuló tirar un puñetazo a otro y girando rápidamente me emplazó con su índice. "¿Usted es la uruguaya? ¿Así que quiere hacerme un reportaje en casa de mi vieja? ¿Sabe una cosa? Eso fue lo que más me gustó. Eso... que quiera conocer a la vieja. Venga, tengo la cachila afuera."
La cachila, un Mercedes deportivo blanco tapizado en cuero negro, sin desmedro, podía integrar las ensoñaciones del emir de Kuwait. Ringo se acercó y le palmeó el capot con aire tierno. "Seis millones", dijo. "¿De dólares?", pregunté distraída. "¡Ah, no! Pero usted está loca..." y acercándose con mirada interrogante: "Digamé, ¿es buena periodista usted?".
-¿Por qué? ¿Solamente se entrega a los buenos?
-No... pero como además es mujer... Suba.
-Quédese tranquilo... mis amigas dicen que soy buena.
-Mis amigos también, pero yo tengo...
-Sí, muchas copas y medallas para demostrarlo.
-Eso es. Y empresarios que me pagan cualquier plata.
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-Un millón. -¿Un millón? Por un millón no levanto este dedo. Quizá veinte millones por una pelea. Hace poco gané en una noche veintiséis millones -dijo; y se quedó mirando la cara que yo ponía. Para no decepcionarlo abrí la boca extasiada.
-¡Ah!... -¿Vio? -dijo, y pegó un frenazo que me tiró contra el parabrisas.
-Ringo... no se olvide que aquí adentro hay un campeón.
Sonrió. -Yo manejo rápido. ¿Tiene miedo? Este auto da más de doscientos. ¿Por qué no empieza con las preguntas?
-¿Qué cree que estuve haciendo hasta ahora?
Volvió a mirarme con expresión desconfiada.
-¿Será buena periodista usted?
-Soy mala... pero muy honesta.
(Soltó una carcajada.) -Ahí me hace acordar a la vieja que siempre quería hacerme entrar con alguna muchacha fea pero muy trabajadora.
Estábamos rodeando Plaza de Mayo. Ringo había aminorado la marcha del auto y miraba atentamente hacia un grupo de chicos y palomas. "¿También usted venía aquí de niño, a dar de comer a las palomas?", le pregunté.
-De pibe venía, sí... Y ahora también vendría... Uno siempre tiene algo de pibe. Yo veo a los chiquilines pateando una pelota o remontando un barrilete y se me van las manos. Mire esos pibes con las palomas. ¿Usted se cree que a mí no me gustaría estar allí con todas las palomas alrededor? Que alguna se me viniera arriba, bien confiada, y cuando menos se lo espera ¡chácate!, dejarla dormida de un manotazo.
-¿Qué? -Mire, yo tengo un 38, un 22 y un Winchester, pero me gusta la honda... ¡Qué me vienen a mí con la caza mayor! No hay como la honda.
-¿Era muy peleador de chico?
-Me peleo ahora... ¿no me iba a pelear cuando era pibe? Vea ese idiota; ése, allí adelante que no me deja pasar. (Gritando.) ¡Cara de mandarina...! (Riendo.) Le digo eso porque estoy con usted, si no...
-¿Nunca llega a las manos?
-¿Usted está mal? Está prohibido; un boxeador no puede. Pero de chico me saqué las ganas. Peleaba en todas partes, en las canchas, en la escuela.
-¿Cómo le surgió la idea de hacerse boxeador?
-(Se tapa la cara.) Yo cuando era chico tenía la misma cara que ahora. Todos me decían: "¿Vos sos boxeador, pibe?", y la vieja siempre me disfrazaba de boxeador. Dios me hizo boxeador. Bueno, yo digo Dios como puedo decir mi mamá. A Dios no lo conozco, a mi vieja sí. Es lo más grande que hay -dijo, y quedó por algunos minutos totalmente ausente.
-Se quedó muy abstraído, Ringo, ¿en qué estaba pensando?
-Estoy pensando que si mi hija nace el mismo día que yo es un fenómeno.
-Aunque no nazca el mismo día, igual es un fenómeno.
-¿Vio? ¿Lo va a decir? -Seguro. Habíamos dejado el centro y atravesábamos el Once; el grito de "chau Ringo" se hizo entonces tan frecuente que casi no hablábamos. "Por aquí lo conoce todo el mundo", le dije.
-Estoy entrando en mis barrios, aquí soy un ídolo.
-Las mujeres lo deben volver loco.
-Nooo... Además, yo a las mujeres poca bolilla -dijo, y se llevó el pelo hacia atrás con los dedos entreabiertos-. Mire para enfrente. ¿Ve esa casa? Me la acabo de comprar. Ahora le estoy haciendo pileta. Es barrio berreta pero estoy cerca de la casa de la vieja, me río del mundo.
Dos cuadras más adelante detuvo el auto, señaló hacia la derecha y dijo: "Aquí vive la vieja". Tenía el aire de estar diciendo: "Aunque parezca mentira todavía existen los milagros; mi madre vive allí, en esa casa que parece igual a todas". Bajamos y, sin golpear, entramos. Dos señoras y un boxer nos salieron al encuentro dando grandes muestras de contento. "¡Tití! -decía una de las señoras-, ¡sólo tengo milanesas!"
-Me como siete -dijo Ringo, sin ánimo de broma.
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Pasamos a la cocina. Todo se agitaba alrededor del campeón. Eran las tres de la tarde pero la cocina volvió a encenderse y la heladera a abrirse y cerrarse. Aparecieron las milanesas, pero también ensaladas, quesos, choclos, papas, buñuelos, sopa, vino (por supuesto con soda), y ante mí, que había aceptado un café, un tazón colosal rebosando café negro. Ringo comía, toreaba alternadamente a la madre y al perro, y respondía a mis preguntas.
-Cuénteme su primera pelea.
-¿Te acordás vieja? Yo era un pibe; tenía 17 años. Un pibe con unas ganas locas de pelear. Tiré piñas por todos lados. No veía, le pegué hasta al referí. A mi manager no le pegué porque me agarró la mano a tiempo -dijo y volvió a concentrarse en la comida.
-No se olvide, diga que mi perro es un boxer. Mírele la cara. Tiene cara de boxeador como yo.
-Tiene. ¿Cuál fue su mejor enemigo?
-¿Quiere decir si alguna vez me hice amigo del que peleó conmigo?
-De José Georgetti. Era un gordo fenómeno. Andaba en la mala, no acertaba una. Peleamos y a mí me descalificaron. Decían: "le ganó a Ringo". Con eso repuntó bien, le volvieron a dar buenas peleas. En la casa colgó un retrato mío. Cuando yo peleo viene a verme y me dice: "A ese tenés que darle con la zurda", o "No le des mucho al principio, cansalo"... y todo por esa pelea.
-Mientras pelea, ¿oye lo que el público le grita?
-Cuando recién empecé oía como quien oye llover. Tenía menos responsabilidad, me quedaba tranquilo. Ahora es distinto.
-¿Y qué le gritan? -¡Vieja! Vení, oí, mirá si le voy a decir lo que me gritan.
La madre se acercó y dijo: "A veces se acuerdan de mí". -Eso sí que me da rabia -dijo Ringo-. Pero lo que más me gritan es: "Dale, maricón, anda a dormir a tu casa".
-¿Cuáles son las condiciones más importantes para un boxeador?
-Que sea guapo y que sepa crear arriba del ring.
-¿Qué quiere decir eso? -Sí, no debe esperar lo que le diga el manager. El manager le dice: "Pegale al hígado, al estómago". Hay algunos boxeadores que oyen, y le meten nomás al hígado, y eso está mal. Hay que pegar por otro lado, más arriba, y cuando el tipo se descuida, chau, darle al hígado.
-Usted tiene fama de fanfarrón.
-Soy muy fanfarrón. -¿Nunca tuvo miedo? -¿Arriba del ring? No. -¿De verdad? -¡Arriba del ring no! -y luego riéndose a carcajadas-: Tengo miedo arriba del avión. Si tuviera ese miedo cuando peleo no podría pelear.
-Vamos a pensar que usted sube al ring. Al tipo con el que va a pelear nunca lo vio antes o lo vio de lejos. En cuanto lo ve, ¿tiene ganas de pegarle o las ganas le van viniendo de a poco?
-No, no, yo trato de tenerle rabia para poder pegarle con ganas. Por ejemplo que en el diario o en la radio haya dicho: "A Ringo yo lo mato" o algo así.
-¿Habla mientras pelea? -Yo no soy de hablar mucho.
-¿Otros boxeadores sí? ¿Qué dicen?
-Y... pueden decir "mientras vos estás aquí, ¿sabés con quién está (disculpe) acostada tu novia?", o cosas por el estilo.
-Cuando termina una pelea, ¿qué tiene ganas de hacer? ¿Qué hace?
Ringo se da vuelta y mira a la madre que no ha dejado de trajinar a su alrededor llevando y trayendo platos. "El Tití siempre viene para casa después de las peleas" -dice la madre-. Y luego Ringo: "¿Vio?". "Sí -añade la madre-, ¿pero quién hizo el sacrificio para formar ese cuerpo?"
Yo no entendí bien y quedé mirándola. A su vez Ringo quedó mirándome a mí. Por fin dijo: "Pero mire que usted es buenas noches. La vieja le quiere decir que este cuerpo lo hizo ella. Estos noventa y tres quilos a la sombra. ¡Toque! ¡Toque aquí! ¡Pero toque bien que no muerde!
-¡Fantástico! -Dijo bien. Fantástico. Volvió a sentarse y comenzó a comer la fruta.
-Cuénteme cómo fue la pelea con el campeón mundial, en Estados Unidos.
-Qué quiere que le cuente, si no vi nada. Me dio cada piña que no sabía ni cómo me llamaba. Mala noche, malísima -dijo y con el sifón echó un chorro de soda al perro que ladró sorprendido-. ¿Sabe cómo se llama mi perro? Se llama Ringo como yo.
-¿Conoció a Cassius Clay en Norteamérica?
-Sí, pero de lejos en un gimnasio. Yo le grité: "A vos te mato".
-¿En español? -No, en inglés: "I kill you".
-¿Sabe inglés? -¿Usted está mal? Hace un rato... ¿le quedan muchas preguntas? Porque pájaro que comió, voló.
-Ya termino. Hace un rato hablábamos del momento en que usted se enfrenta con el otro, arriba del ring. Supongamos que están peleando y el otro, ya medio grogui, se cae al menor golpe. Usted sabe que lo que correspondería sería que el manager tirara la toalla y la pelea terminara, que el otro ya no es nada. ¿Qué siente en ese momento?
-Una vez estaba peleando con un tipo que estaba así como dice usted, lo tocaba y se caía. De golpe me di vuelta y le tiré un trompazo que si lo agarro hay que hacerle la estética.
-¿Al pobre tipo? -¡Al manager! Me lo tuvieron que sacar, quería matarlo. Hay cada criminal... Otras veces uno está tan caliente que no se da cuenta de cómo está el otro y puede deshacerlo sin querer.
-Supongamos que la pelea termina en este momento, usted ganó, el juez le levanta el brazo, ahí en el suelo fuera de combate está el otro. ¿Siente lástima?
-Yo gané, el juez me levanta el brazo... y enseguida empiezo a ver la gente que grita, las luces de los fotógrafos. Levanto la cabeza y me olvido del otro. No tengo nada más que ver con ese tipo. Si después me lo encuentro abajo le digo: "Estuviste bien, guapeaste", para alentarlo, ¿me entiende?
-En ese momento se siente muy feliz.
-Sí. Pero no porque lo rompí todo al otro; de él no me acuerdo más. -Se puso de pie-. Venga que le voy a mostrar la casa que le regalé a mi vieja.
Me la enseñó paciente y ordenadamente, explicando las mejoras, los arreglos, los costos. La madre nos seguía ensimismada a ambos -la casa y Ringo- mientras sonriendo, asentía con la cabeza. Ringo se detuvo de pronto, y señalado con aire severo un saco que ésta llevaba puesto dijo: "¡Mamá!, ¿no te dije que ese saco lo tiraras? ¡Dámelo!".
Con el gesto de estar partiendo una hoja de papel lo abrió de lado a lado y riendo se lo puso al perro de bufanda.
-No -dijo la madre-, es lindo porque con la calor...
-¡Vieja! ¡No se dice "la calor"! El calor, el calor. No me haga pasar vergüenza delante de la uruguaya.
Ninguna vergüenza campeón, ilustre imagen de antiesnobismo, seguro huésped al Reino de los Cielos.
Fuente: Marcha, Montevideo, 1967
Indudablemente, nadie, pero nadie puede negar la aún omnipotente presencia etérea en el medio deportivo que corresponde de OSCAR NATALIO "RINGO" BONAVENA, niño de las calles de nuestro barrio, que lo vió más de una ves cometer diabluras de pibe, sanas como las de antes... y cómplice con su silencio.
Nacido el 25/09/42 con un peso de 3,950 kilos, Oscar sale al mundo desde la panza de doña Dominga Grillo, alojado allí cómodamente gracias a la generosa intervención de Don Vicente Bonavena, en ese momento vecino de Boedo, aunque nos duela, quién a partir de ese momento se convierte de padre de 9 hijos.
Ringo Bonavena, después de ser expulsado del club San Lorenzo de Almagro aterriza en la sede del globo siendo conocido en el ambiente por auto proclamarse el más guapo de la barra bullanguera, esto sucede en 1958. Aquí los hermanos Raggo, históricos profes del club reciben a un tosco individuo de pie plano al que tiempo después convierten en boxeador internacional.
Después de desarrollar alguna experiencia boxística, entre ellas una negativa a cargo de Corletti, Ringo enfrenta a Lee Carr en San Pablo, mientras representa a la Argentina participando como miembro de la delegación comisionada en esos juegos panamericanos. (1963) A causa de su conducta deportiva, distante de la deseada por la comisión de box nacional, Bonavena es descalificado en este combate debido a que víctima de su impotencia por el castigo al que lo estaba sometiendo Carr lo muerde en una tetilla.
Sancionado por la FAB decide emigrar a EEUU en busca de nuevos horizontes deportivos acompañado como siempre por su hermano José, reciben para esto el beneficio de una carta de recomendación emitida por Tino Porzio, el representante deportivo de los hermanos Raggo, allí en EEUU se hace cargo de su dirección técnica la misma persona que le pagó los pasajes a él y su hermano José, un tal Singer, quien lo haría debutar como preliminarista en el Madison Square Garden logrando ése día, el 3/1/64 vencer a su oponente por KO en el primer round (Ron Hicks).
Ringo había logrado en ese debut la conjunción de los unos...primera temporada del Madison, primera pelea, primer round, primer KO, primer minuto.
Después de varios rivales de 2da línea se enfrenta a Zora Folley, la derrota que le ocasiona este veterano boxeador lo arrima a la idea de volver a la Argentina, aprovechando para ese entonces que la sanción de la FAB había terminado.
El regreso de Ringo al pugilato argentino estuvo coronado de incidentes generados por él mismo con afán de promoción, frente a un rival de "prestigio" llamado Díaz, a quien dejo KO técnico en el cuarto round, en declaraciones posteriores al combate dejo en claro que quería a Peralta, Goyo había despreciado a Ringo en EEUU cuando este se ofreció como sparring para el argentino que criticó el ofrecimiento de Ringo como una manera de hacerse conocer a costa de la fama que precedía al mismísimo Goyo Peralta quien iba a tratar de conseguir el titulo mundial de la categoría que estaba en poder de Willy Pastrano.
Peralta Goyo, campeón argentino de la categoría, jamás logró el título de campeón mundial, Ringo tampoco, pero si preguntas por alguno la respuesta popular es Ringo...campeón argentino de la categoría después de destronar a Peralta, un provinciano de origen radicado en azul, donde fue elegido concejal por el partido justicialista, en unas elecciones que después fueron anuladas. ¿Por qué?...mirá...al día siguiente de la pelea, un domingo, como era obligado, costumbre en esa época durante el almuerzo familiar siguieron los festejos...por supuesto en la casa de Doña Dominga, en la calle 33 orientales, después "del morfi" Ringo traje gris corbatita fina, se calzo el cinturón de campeón y salió a las calles del barrio para mostrarse tal cual un pavo real a toda cola extendida...la caminata del campeón terminó en la cancha de su querido Huracán que curiosamente jugaba ese día contra el archirival deportivo... los cuervos de Boedo
Gordito, pie plano, actor en "los muchachos impacientes" y con Zulma Faiad en la revista de calle Corrientes, cantor del "Pío-Pío", brazos cortos, campeón nacional de su categoría... y de Parque Patricios porque sí...
Fuente: Web de Parque Patricios - http://patriciospq.turincon.com
Hay tipos que me dicen: "Hola, Bonavena, siéntese, coma algo". ¡Si cuando yo no tenía un mango no me daban de comer! ¿Por qué me quieren dar de comer ahora?
EXTRA llevó a Oscar "Ringo" Bonavena a una mesa redonda sobre la juventud argentina y, durante dos horas, él estuvo en silencio mientras otros hablaban. Sin embargo, al final, sorpresivamente, tomó la palabra y se extendió en un monólogo que duró veinte minutos y se prolongó luego a la calle, a solas, con un redactor de la revista. Ese monólogo, grabado, está aquí letra por letra. En alguna medida confirma las palabras de Vicente Forte cuando dijo de Bonavena que era un "nuevo Martín Fierro". Tanta es la "cencia popular" que Ringo es capaz de derramar y contagiar. Habla de todo lo que lo rodea y demuestra que la vida sólo exige un requisito: la autenticidad. Eso se aprende aquí.
"¿Gente joven quién es? ¿Yo soy joven? ¡Yo soy un viejo! Yo no sé que le ven de joven a mi generación. ¿Qué es lo que es joven? ¿Usar minifalda? Para ser joven uno debiera tener experiencia, y la experiencia llega de viejo. Es un peine que te dan cuando te quedaste pelado. Yo no creo que seamos jóvenes. Yo, para mí, soy un viejo. Y no porque tenga experiencia. No, me siento viejo... no sé ni lo que quiero. La juventud de ahora tampoco sabe lo que quiere. ¿Qué es saber lo que querés? ¿Llegar a una meta? Y bueno, si es eso, entonces uno entra en la facultad y en vez de hacer revoluciones y andar fumando por la calle -porque acá chillamos contra Norteamérica pero si no tenemos un Master’s (marca de cigarillos de la época) en el bolsillo nos morimos- hay que estudiar y recibirse. Dejarse de Mao Tsé Tung y que sé yo. No se reciben, no laburan y hablan de Mao Tsé Tung.
"Yo no entiendo a la gente joven. ¿Cuál es? ¿Qué yo no me siento joven porque llegué? Y, sí, llegué, pero... ¿qué? Además la gente de mi edad no quería ni quiere que yo llegue. Y en todos los terrenos es lo mismo. ¿Con qué vienen? Los doctores, por ejemplo. Yo tengo... cien doctores amigos y todos se tiran uno contra otro. ¿Sabés cómo se tiran? Que no, que éste esto, que aquél lo otro, que éste trabaja en la Municipalidad, que aquél trabaja allá... y así. La gente no quiere que yo llegue porque dice que soy fanfa. ¿Por qué fanfa? ¿Porqué digo que voy a ganar? Ahora, si yo digo que voy a perder y que... bueno... en fin, si me ganan mala suerte. Entonces, sí, soy un buen muchacho. ¡Pero no le doy de morfar a mi vieja! Prefiero decir que lo voy a matar al tipo (que no lo mato, que es mentira, lo digo de grupo) y darle de morfar a mi vieja. Yo conozco un tipo que habla del hermano -"que lo voy acompañar aquí a mi hermano, que lo voy a ayudar allá"-, pero ¡porqué ese hermano está arriba! ¡A los dos "muertos" que están abajo no los voy a nombrar nunca! ¿Y eso es un buen hermano? Sin embargo, todos dicen que es un señor. Pero vos agarrá su historia; tiene cinco o seis hermanos, todos de la misma profesión que él, y nombra solamente al que le va bien; a los "muertos", no (seguramente se refiere a Goyo Peralta).
"Y así todos. Aquí solamente se nombra a los próceres. A mí me preguntan quién es el mejor boxeador del mundo y yo digo Accavallo. Pero vos le preguntás a cualquiera y te dice Cassius Clay. ¡Pero si nunca lo vieron pelear! No lo vi pelear yo... lo vi por televisión, ¿cómo voy a decir Cassius Clay? ¿Por lo que leo? ¿Cómo voy a creer por lo que leo?... Después, por ejemplo, a muchos les preguntás: ¿vos creés en esto? ¿Creés que podés hacer aquello? Y te dicen: "Y... no, yo no creo". Y les preguntás: ¿Y en Jesús creés? "¡Ah, sí! ¡En Dios, sí!" ¡Pero si no lo vieron! Yo tenía como ídolo a Rocky Marciano, otro puede tener a Rattin, a Palito Ortega, a Justo Suárez, que sé yo... así te puedo nombrar a muchos. Y el otro día le pregunto a una señora quién es su ídolo ¿y sabés qué me dice? ¿sabés quién? ¡Jesús! ¿Y por qué? le
pregunto. "Y...porque se hizo matar." ¡Pero para eso yo me hago matar mañana mismo a ver si soy ídolo! Por eso pregunto si el Che Guevara es ídolo. Era un loco que buscaba lo suyo, nada más. Yo también busco lo mío: ser campeón del mundo, cazar plata y vivir bien. A mí me dicen que soy ídolo. Yo no creo ser ídolo; creo ser popular. Pero no creo que ningún muchacho de mi edad quiera ser como yo. El ídolo es humilde y sencillo. Y yo no soy ni humilde ni sencillo. Yo no soy derrotado... porque el humilde es derrotado. La modestia es vanidad. Mirá, un tipo pregunta a otro: "¿Así que tenés un Mercedes Benz?" "Y... sí, más o menos"... "¿Así que tenés un Mercedes Benz?" y yo te contesto de otra manera: "Sí, gracias a Dios tengo un Mercedes Benz". Ves cuál es la diferencia. Si yo te dijera: "Sí, como dije antes yo peleé por todo el mundo, conocí muchos países, me compré varias casas" sería vanidoso. ¿A vos qué te interesa eso? Lo mismo que el otro día, viene un tipo y me dice, "que tal Ringo, cómo va, dónde va a pelear". "Y... no sé, le digo, quizás en EEUU, no sé" le contesto. Y me dice: "¡Ah! Justamente yo tengo una hija becada para EEUU". ¡Y a mí qué me importa! ¿Ves lo que te digo? Siempre quieren ser más que vos. Es la envidia. ¿Vos podés creer que la gente silbe a los que corren con Torino? Es un coche argentino y lo silban ¿vos podés creer?
"Esto que te digo pasa con todo. Vos venís conmigo y yo te presento como el doctor Fulano de Tal te dice: "¡Ah, el doctor! ¿Qué tal? ¿Cómo le va? Encantado, póngase cómodo". ¿Qué me vienen con esas cosas raras a mí? Yo voy con el doctor Paladino y un amigo y presento "un amigo, el Pato", no pasa nada; y digo "y este es el doctor Paladino" y empiezan: "¡Ah, el doctor!" ¿No es una persona igual que el otro, acaso? ¡A mí me da bronca! Yo estoy continuamente en eso. Por eso al que viene con "Hola Ringo, qué hacés" y me entra a palmear y abrazar me lo
saco de encima ¡fuera!, ¡fuera! Por eso soy fanfa. Porque hay cosas que no puedo tolerar. Hay tipos que me dicen: "Hola, Bonavena, siéntese, coma algo". ¡Si cuando yo no tenía un mango no me daban de comer! ¿Por qué me quieren dar de comer ahora? Si yo una vez pisé un pucho y me quemé el pie. Tenía un agujero así en el zapato. Y ahora que tengo mosca, todos me invitan. No hay caso: tanto tenés, tanto valés.
"Tanto tenés, tanto valés. Cuando perdí con Jimmy Ellis se abrieron todos y me quedé solo. Cuando gané a Mildelberger el presidente me mandó un telegrama; cuando perdí no se acordó. Hasta gente que yo creí que era amiga mía desapareció. Todo el periodismo, todos. Cuando alguien se acercaba era para buscar pretextos: "No hiciste lo que te dijimos..." ¿Y qué me pueden enseñar a mí? ¿Se creen que es como el fútbol que uno se cansa y le pasa la pelota a otro? ¿A quién le paso la pelota yo arriba del ring?
"Te dicen: "Vamos, Ringo, vamos a ganar". ¿Qué vamos? ¿Qué vamos?, si el que pone la cara soy yo. Vas a ganar, tendrían que decir. Si suena la campana y yo me quedo solo ahí arriba. Vivimos de grupo, viejo. Hay que seguir un camino y llegar a lo que uno quiere. Yo ya a algo llegué, pero ahora quisiera hacer otras cosas. A veces tengo bronca de no haber estudiado (aunque no pude, claro). Si hubiera estudiado podría hablar de muchas cosas que no entiendo. A veces quisiera no ser Bonavena, poder hacer las cosas que hace cualquier muchacho, vos, por ejemplo. Yo vivo bien, ya estoy cubierto para todo el viaje: ahora quisiera dejar el boxeo ya y empezar a hacer otras cosas. Mirá que yo lo que me gusta lo aprendo, no soy ningún bruto, por más que la gente lo diga. A mí me importa lo que dice la gente; hago como que no, pero me importa. Lo que pasa es que yo tuve que hacerme una imagen de malo. Pero era la única manera de conseguir peleas. Yo en 1963 me fui a EEUU sin un mango, y dos cosos me agarraron y me hicieron firmar un papel y hacer peleas. Ganaba 10 dólares y los mandaba para acá porque mi mujer estaba por tener la nena. Después vine para acá y tuve que decir que los iba a matar a todos para que alguien me llevara el apunte y me diera alguna pelea. Ahora estoy bien y trato de hacer todo lo que siento.
"Por eso grabé un disco: no tengo nada de voz, pero me gusta cantar. Por eso voy a correr el Gran Premio si se hace: porque hago lo que siento. Yo no tengo amantes; pero porque no lo siento. Lo que siento lo hago y lo que no, no. Ahora quisiera hacer algo nuevo. Siento que podría hacer muchas cosas."
Fuente: Extra - AÑO IV - Nº 38 09/68 (Bernardo Neustadt)
Alabanza del boxeador que tenía pie plano
No tenía la mirada apacible, su hablar no era sereno ni su sombra reposada. Más bien era desvergonzado, picapleitos, machista y fanfarrón. Tampoco era lo que se dice comedido y serio. Más bien chiquilín y prepotente. Pero era bueno. Con todo lo que implica la palabra bondad. Un reo inculto. Un mersa. Un self-made-man. Un alborotador. Un impuro. Pero bueno. Y buen boxeador, quizá como pocos o ninguno. No sé si el mejor, porque tenía pié plano. No fue campeón del mundo por poco, pero estuvo cerca.
Había nacido bajo la luz de Virgo en mil novecientos cuarenta y dos, en La Quema. Dicen que murió como vivió: espectacularmente. Y tal vez así sea: su joven corazón de treinta y tres años –alguien dirá rápida y estúpidamente
"¡La edad de Cristo!"- fue partido en dos por la bala rimbombante de un fusil treinta-cero-seis, disparada desde treinta metros por un matón a sueldo, allá por Nevada, América del Norte.
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Amaba a su madre con un desmedido amor, para regocijo de los buenos intelectuales y de los malos (de maldad) psicoanalistas. Su familia solía vivir en conventillos, y había otros siete hermanos con quienes compartir vestimentas, comidas y un cacho de mamá. Una vez -él mismo se lo recordó al periodismo- se le vino abajo el depósito de agua del baño cuando fue a tirar la cadena, de puro podrido que estaba. Muchos años después instalaría cuatro baños a todo trapo en su casa nueva. Compartió su fortuna con todos sus hermanos, con todos sus parientes y con todos los amigos que el oro no compra ni corrompe: los que lo siguen llorando después de desaparecida la orgía de titulares del periodismo amarillo, después de achicharradas y secas todas las palmas y todas las coronas de todos sus triunfos y de su único velorio. Después de vendidos y olvidados todos los libritos, todas las reseñas, todas las separatas, todos los homenajes, todas las estampas. Y si alguno les pregunta a ésos, sus amigos, qué tenía de especial, qué había en él, cuyo
discurso era un golpe bajo para la inteligencia, ellos dirán
"No sé, pero era bueno".
Su madre acostumbraba a disfrazarlo de boxeador cuando era niño, el disfraz más fácil y barato de los carnavales. Él ponía la cara y el cuerpo: todo un boxeador. Los guantes y el pantaloncito eran de otro. A los once años se quebró una pierna -pesaba ya sesenta kilos- y su mamá lo alzó y llevó en brazos al hospital, que no quedaba justamente a la vuelta. Jamás se olvidaría de eso. Aquel siete de diciembre de mil novecientos setenta tiró dos veces el negro a la lona, pero al final perdería por nock out. Igual fue inolvidable, la hora suprema, la excelsa, la grandiosa. Casi igual que Firpo. Muchas veces quiso repetirlo: apeló, luchó, peleó, pero no le dieron otra chance.
Tenía una bocaza clara y transparente, hasta se animó a cantar el
"Pío-pío" en la televisión. ¿Pero era él? Un poco era nosotros, o cachitos de nosotros, de los que no pudimos salir de Parque Patricios, de los que nunca pudimos pechearle a los de arriba, de los que jamás pudimos salvarnos para ninguna cosecha por más que hicimos fuerza. Por más que lo deseamos, no pudimos ni podremos.
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Contra todo lo previsible no era peronista, pero se hizo bordar en su bata de campeón
"Las Malvinas son argentinas" bajo un amarillo sol amanecido, mucho antes que sobreviniera la onda patriotera y sangrienta del ochenta y dos. Le gustaba coleccionar armas e ir de safaris de caza mayor, pero nunca olvidó la gomera colgada del bolsillo de atrás. Su vida fue una fugaz y estentórea risotada y –para su bien- su madre lo sobrevivió. En el fondo ella era más fuerte. No pudo ser buen padre ni buen marido, quizá porque nunca dejó de ser el mejor de todos los hijos de todas las madres de todas las
Quemas: el que pudo, el que llegó, el que triunfó. Quería ser canchero y la mayoría de las veces alzó palmas de ridículo; juntaba objetos colosales, lustrosos e inútiles con la misma intensidad y asombro desmesurado
con
que los chicos de barrio juntan figuritas. Fue un solitario adelantado de la plata dulce. ¿Pero no es un poco el deseo nuestro: tener la exclusividad de otra plata dulce? Hasta escribió, a pedido, para la revista Satiricón. Anoten: a pedido. Pero jugaba mucho, perdiendo fortunas en casinos y mesas clandestinas, dicen.
Al final tuvo que hacer de payaso para los millonarios yanquis, con otros grandulones en desgracia con quienes se cruzaba a golpes con efluvio a tongo y a camelo en los monumentales adefesios palaciegos de las Vegas.
"Esos hoteles tienen alfombras que te llegan hasta los tobillos, tenés que verlo, ustedes no se lo imaginan", diría deslumbrado el muchacho de Parque Patricios. Lo más parecido a un sueño cuando el mayor capital que uno tiene es justamente un sueño. Sobre todo si uno tiene once años y ha nacido en la irrealidad de La Quema. Quizás él tenía once años, y todavía disfrazado nos hizo creer a todos que era grande. Pero igual allá en el norte se rebajó y perdió rango. Todo por unos dólares mugrientos. Pero ahí está, seguro que ahora cerquita del buen Dios. Porque era inocente de toda inocencia y puro como un ángel irredento. Y fuerte. Y tan temerario y osado como para llamarlo a Don King
"racista al revés", porque el negro no quería que su pupilo negro peleara otra vez con otro blanco. Y aparte sudaca. Así era él.
También diría, y esto lo sacamos de sus declaraciones:
"En mi casa mando yo y mis hijos no van a ir nunca al psicólogo", y otras cosas semejantes y del mismo tenor. Yo creo que si para tanta gente ingrata somos capaces de engordar graciosamente la vista, quizás él más que nadie merezca esa concesión, esa delicadeza que se llama olvido. Olvidemos esto.
Era sagaz y astuto. En un programa acartonado de la televisión de los setenta, no viene al caso, le preguntaron una vez:
-¿Pero para usted todo se reduce a dinero, a comprar y vender?
-A ver si no, esperá un cachito y a ver si no me vas a cortar para pasar las propagandas -respondió sin perfidia.
Seguro que cuando llegó allá arriba, con el pecho anegado de claveles rojos, San Pedro habrá querido sacarse una foto de recuerdo antes de llenarle la ficha celestial y hacerlo pasar a la bienaventuranza de un Paraíso lo más parecido a Las Vegas. Porque San Pedro -según dicen los chismosos serafines- es un poco cholulo y se desvive por los pescados grandes que de vez en cuando le manda La Parca. Y él, seguro, habrá bajado alardeando de la cupé Torino, no se habrá sacado los descomunales anteojos espejados ni el mersón sombrero texano, y le habrá gritado desenfadadamente, abriendo sus enormes brazotes de buenazo:
"¡Pedrito viejo y peludo nomás!" Para estupor de la gilada que no nació en La Quema ni lo esperó el avión presidencial, por si ganaba.
Y después en la foto, seguro que para joder nomás, le hizo los cuernitos.
Marzo
2007: Se incendió el hotel donde mataron a Ringo
Se trata del Mustang Ranch, en Las Vegas, Nevada, en Estados Unidos. El mítico
boxeador argentino murió allí en 1976. En esa época el dueño del lugar era un ex
manager, Joe Conforte, que según los rumores, lo mandó matar porque Ringo tenía
un romance con su mujer.
El domingo, el hotel Mustang Ranch, en la ciudad de Las Vegas, en Nevada,
Estados Unidos, se incendió producto de unas pruebas que realizaba allí el
departamento de bomberos, ya que el edificio y el terreno habían sido cedidos al
Estado. Aquél lugar fue un icono en la historia del boxeo argentino: allí
asesinaron a Oscar Natalio Bonavena, el 22 de mayo de 1976.
El Mustang Ranch funcionaba como un burdel en aquellos tiempos. El dueño era el
empresario Joe Conforte. Un representante de boxeadores, dueño de varios casinos
y manejador de varias casas de apuestas deportivos. Conforte fue manager de
Bonavena en la década del 60, cuando Ringo buscó peleas y dinero fresco en
Estados Unidos tras recibir una suspensión de la FAB (Federación Argentina de
Boxeo) por "morderle la tetilla a un rival".
La historia cuenta que Joe Conforte, un mafioso de Las Vegas, lo mandó matar
porque Bonavena mantenía un romance con su esposa, Sally Conforte. Una noche en
la que Ringo acudió al cabaret del hotel, pero con la intención final de
encontrarse con Sally, el guardaespaldas de Conforte, Willard Ross Brymer, lo
asesinó de un escopetazo.
Bonavena es uno de los personajes más carismáticos de la historia del boxeo
argentino, aunque nunca consiguió ser campeón mundial. Nació el 25 de septiembre
de 1942 en el barrio de Boedo. Fanático hincha de Huracán, ensayó sus primeros
golpes en el club de Parque Patricios (hoy una estatua en homenaje decora el
parque). Tras conseguir el campeonato amateur de boxeo en 1959 y dos coronas
sudamericanas en los dos años siguientes, Bonavena probó suerte en Estados
Unidos. Su punto más alto fue el 7 de diciembre de 1970, cuando se enfrentó a
Cassius Clay, después conocido como Muhammad Alí, en el Madison Square Garden de
Nueva York. Perdió en el último round, después de haber caído en tres
oportunidades y decretándose el nocaut automático. Ringo tenía 68 peleas, 58
triunfos, 9 derrotas y un empate.
La historia del cabaret donde murió Bonavena llegó a su fin el domingo. Después
de pasar por varias manos, y con la tecnología de los hoteles modernos de Las
Vegas, el Mustang Ranch entró en su peor etapa. Endeudado y sin nadie que quiera
mantenerlo, fue cedido al departamento de bomberos de Nevada. En una
entrenamiento, el hotel pereció en las llamas.
Fuente: Clarin.com, 26/03/07
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