Riquelme vuelve a Boca: las cosas en su lugar

Elecciones en Boca: más que una derrota para el macrismo

El costado político de perder el bastión fundacional del PRO

Por Ariel Greco

La derrota del macrismo en Boca tiene un simbolismo mucho mayor que una caída electoral en una institución de fútbol. Desde que Mauricio Macri le ganó las elecciones de diciembre de 1995 a Antonio Alegre y Carlos Heller, uno de los clubes más populares del país se transformó en una usina generadora de dirigentes que saltaron desde Boca hacia la política local y nacional, casi sin escalas. Por eso, después de las derrotas electorales de octubre, el impacto de las votaciones en Boca tienen un efecto multiplicador.

Cuando Juan Román Riquelme anunció su participación en las elecciones xeneizes como vicepresidente segundo de la lista que encabezaban Jorge Ameal y Mario Pergolini, muchos compararon esa estrategia con la que había hecho Cristina Fernández de Kirchner anunciando su postulación en la fórmula presidencial junto a Alberto Fernández. Con el resultado del 52,9 por ciento de los votos contra el 30,6 que obtuvo la lista oficialista que proponía a Christian Gribaudo y Juan Carlos Crespi, el acierto del máximo ídolo del club quedó corroborado y el golpe de nocaut hacia el bastión donde nació y creció el macrismo resultó insoslayable.

Cuando aterrizó en Boca, una de las promesas de campaña de Macri fue potenciar las divisiones juveniles para formar un equipo con 9 de 11 jugadores de inferiores. Obviamente, la concreción de esa promesa se podría equiparar a otras que hizo en su campaña a presidente de la Nación, como «pobreza cero» o «no vas a perder nada de lo que ya tenés».

Pero ante la falta de armado político propio, el club sí se transformó en una especie de divisiones inferiores de dirigentes, que hicieron sus primeras armas en Boca y luego fueron pasando a la función pública. Allí sí se puede armar un equipo titular y con suplentes destacados. El listado podría comenzar con la gobernadora saliente de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, que comenzó a trabajar con Macri en la Fundación Boca Social , al fiscal Carlos Stornelli, que fue jefe de seguridad del club con estrecho vínculo con el líder de la barra brava del club Rafael Di Zeo.

Los nombres se suceden: Andrés Ibarra saltó de gerente en Boca a ministro de modernización del Gobierno saliente. Francisco Quintana, ex presidente de los jóvenes PRO y Consejero de la Magistratura, también se desempeña como titular de la Asamblea de Representantes de Boca y fue el jefe de campaña de Gribaudo. O el propio candidato perdedor en las elecciones del domingo, que alternó su militancia en el club con ser el presidente del Instituto de Previsión Social de la Provincia de Buenos Aires y diputado nacional por la provincia de Buenos Aires entre 2007 y 2011.

A ellos se les podría sumar el embajador en Portugal Oscar Moscariello, que era vicepresidente del club y legislador por la ciudad en simultáneo. Con menos pompa, Ernesto Petrini, Fabián Horacio Zampone y Jorge Wellington Alves también cumplieron la doble función de dirigentes xeneizes y hombres PRO. Y se dio hasta sin necesidad de ser directivos: la amistad forjada con Macri a partir de los negocios en la compra y venta de jugadores le sirvió al escribano Gustavo Arribas para acceder a la Dirección General de la Agencia Federal de Inteligencia.

Otro caso emblemático es el de Raúl Oscar Ríos, titular de la Agencia Gubernamental de Control del Gobierno de la Ciudad durante la gestión de Macri, que era además vocal titular de la CD boquense. Ríos fue eyectado de su cargo por la falta de controles en un trágico derrumbe con dos muertos de un gimnasio en Villa Urquiza en 2010, aunque eso no le impidió en medio de la tragedia cumplir la orden de Daniel Angelici de ir a la Bombonera a votar en contra de la renovación de contrato de Riquelme, votación que terminó desempatando Ameal y que terminó con la renuncia del entonces tesorero.

Tampoco es un hecho menor dentro de la interna radical que la agrupación de Boca que lidera Enrique Nosiglia, que apoyó a Macri desde su arribo a Boca en 1995, esta vez jugó para Ameal, lo que seguramente dejará un frente abierto en el futuro con Angelici, otro dirigente de extracción radical.

Con esos antecedentes, no es fácil imaginarse el impacto de poder y simbólico que significa para Macri haber perdido también en Boca. El propio Riquelme lo expuso la semana pasada cuando contó que a horas de haber perdido las PASO, el presidente lo llamó para invitarlo a una negociación, porque no quería perder también en las elecciones del domingo. «Vos mandá a tu Daniel (Angelici), que yo mando a mi Daniel (Bolotnicoff, el representante de Román)», lo graficó con sutileza Riquelme, que aceptó la invitación a negociar, pero aclaró que su decisión ya estaba definida.

Como lo hizo en 2001, cuando patentó el festejo del «Topo Gigio» en un clásico ante River para exponer ante la Bombonera el destrato del entonces presidente xeneize que miraba desde un palco, Riquelme esperó su momento e hizo la jugada maestra. Irónicamente, aunque no se lo propuso, Román fue pieza clave, desde la cancha, para el crecimiento del macrismo. Y ahora, terminó siendo vital para darle puntapié de salida en el bastión fundacional.

 

Riquelme vuelve a Boca: las cosas en su lugar

Por Pablo Amalfitano

Riquelme vivió las elecciones en Boca a pura emoción desde la mañana

«En las elecciones de Boca va a ganar el que está, con todo lo malo que hizo, porque tiene todo comprado». Aquellos dardos de Juan Román Riquelme habían salido disparados días antes de los comicios de hace cuatro años. El máximo ídolo del club había sido empujado por la puerta de atrás y, en consecuencia, debió retirarse del fútbol con la camiseta de Argentinos Juniors.

Daniel Angelici, en efecto, se ganaría otros cuatro años al frente de Boca tras una disputa electoral en la que Román había decidido no participar de forma activa. Aquel ‘muñeco de nadie’, sin embargo, tendría otro tipo de planes para el futuro.

Nadie le habría cuestionado nada, cuatro diciembres después, si se hubiera mantenido al margen una vez más, parado sobre el pedestal eterno. Pero decidió bajar y dar la pelea contra un aparato tan poderoso como difícil de vulnerar que llevaba nada menos que 24 años en el poder.

Con todo para perder se movió en el barro político de la misma forma con la que manejaba el juego en sus tiempos de enganche. Con la espalda de los grandes y una dialéctica digna del mejor estratega, se cargó al hombro el epílogo de la campaña con la misma frialdad con la que descollaba en las finales. Así provocó el golpe de gracia: derrumbó el imperio que el macrismo había edificado en Boca y puso las cosas en su lugar.

Lo habían empujado a despedirse y, tras aquellos años de destrato, la respuesta fue implacable. Ahora vuelve al club de sus amores, como vicepresidente segundo, con un compromiso asumido: manejar el fútbol. «Román habla todo el día de fútbol. Sabe quién es el cuatro de Flandria. Sabe quiénes vuelven al club. Sabe a quiénes se les termina el contrato, acá y en otros equipos. Sabe todo», había dicho en plena campaña Mario Pergolini, flamante vicepresidente primero y compañero de fórmula del diez.

Riquelme respira fútbol. Y no existe una opción mejor para conducir el área que la persona que más entiende el juego. Alguien que lo entiende adentro de la cancha como nadie y lo demostró durante toda su carrera; alguien que también lo comprende afuera, en el fango político, en la batalla retórica, el sector desde el que luchó para expulsar a sus viejos verdugos del club.

A lo largo de este camino, como en sus mejores años, también tuvo rivales que eludir. Hasta Diego Maradona, cuya idolatría en el club no le alcanza siquiera para empezar a discutir, hizo intentos por erosionar su figura. Pero en Boca no hay nadie más grande que Riquelme, el hombre de la convicción incorruptible, el mismo que desestimó jugar una Copa del Mundo por sostener sus ideales cuando el propio Diego era el entrenador.

Los grandes siempre vuelven, por más intereses y factores de poder que haya enfrente, por más comprados que tengan los resultados. Vuelve Riquelme y con él lo harán las glorias de la era dorada xeneize, aquel ciclo histórico que supo tenerlo como protagonista excluyente. Volverá Bianchi. Volverán todos. Porque el tiempo pone las cosas en su lugar. Y su lugar, que nadie se atreva a negarlo, es y siempre será Boca.

pamalfitano@pagina12.com.ar

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