Roberto Baschetti: «Montoneros supo ganarse en su larga lucha por la liberación nacional varios enemigos»

El historiador y sociólogo Roberto Baschetti conversó con Agencia Paco Urondo al conmemorarse el quincuagésimo aniversario del secuestro, juicio y ajusticiamiento del General Pedro Eugenio Aramburu. Reflexiona sobre la irrupción de Montoneros y nos adelanta algo de su reciente libro «Quemá esas cartas, rompé esas fotos. Montoneros. 1970-2020»

Por Federico Tártara y Miguel Martinez Naón

(Las fotos forman parte del archivo personal de Roberto Baschetti y su reciente libro publicado por Ediciones Jironesdemivida)

Agencia Paco Urondo: En tu reciente libro «Quemá esas cartas, rompé esas fotos. Montoneros. 1970-2020» hacés especial hincapié en los años previos al surgimiento de la organización Montoneros, donde la violencia oligárquica estaba instalada en el país desde el año 55 ¿Qué sucedió en el país durante todo ese período desde el 55 hasta el 70?

Roberto Baschetti: Es cierto. Esos años previos que van del 55’ al 70’ explican por si solos la aparición de Montoneros en el escenario político-social argentino. Tanta violencia contra el pueblo por parte de sectores minoritarios concentrados en riqueza y en poder y con el monopolio de las armas, solo podían ser enfrentados y eventualmente derrotados, apelando a la única salida que le quedaba a ese mismo pueblo –del cual Montoneros era parte- como era apelar a una violencia superior. Perón desde su exilio en una película documental filmada por Solanas y Getino, es sumamente claro, cuando con gesto adusto, mirando a la cámara en un primer plano, asevera que «La violencia en manos del pueblo no es violencia, es justicia». Pero no me quedo en la retórica, hay hechos concretos imposibles de ser ignorados. Concatenados y en un imaginario plano inclinado llevarán a lo sucedido 15 años más tarde.

Perón en elecciones libres llevadas a cabo en 1951 para el período presidencial 1952-958 accede a su reelección a la primera magistratura con el 62,49% de los votos en tanto que su contrincante más directo lo sigue con solo un31,81%. Ese peronismo en las urnas es invencible. Hay que buscar otro modo para sacarlo del medio. Ya lo habían intentado ese mismo año con una revuelta fallida del sector más oligárquico por entonces del ejército argentino, el de la caballería, que intenta matar a Perón en una visita programada a Campo de Mayo. Para horror de estos caballeros de doble apellido que juegan al polo en sus ratos de ocio, su conspiración es derrotada por otro sector del ejército argentino, el de los suboficiales, el de los «zumbos» el de los cabecitas negras, peronistas hasta el caracú. Una humillación que nunca olvidarán.

Bien, avancemos en el tiempo. En 1953, en una plaza colmada de trabajadores que aclaman a su líder luego de un viaje de éste a Chile, civiles antiperonistas ligados a la UCR colocan bombas entre la multitud que arrojan un saldo de más de 5 muertos. Los agresores –siempre confabulados- prometen perfeccionarse.

Con el afán de generar el terror en la población y matar a Perón, el 16 de junio de 1955, aviones de la Marina y de la Aeronáutica, bombardean Plaza de Mayo, ocasionando una masacre. Se contabilizan 307 muertos, hubo muchos más, si luego se suman varios de los heridos que llegaron por entonces al millar. Tres meses más tarde un golpe cívico-militar violento –con su nueva carga de pérdida de vidas- arroja del poder al presidente constitucional Juan Domingo Perón a un largo exilio de 18 años.

Curiosamente los que toman por asalto el gobierno se auto-justifican proclamando a los cuatro vientos que han derrocado a un dictador, a un tirano, a un déspota, además pervertido y ladrón, y recurren a palabras tales como democracia, libertad, república, tan huecas de contenido cuando no son rodeadas y usufructuadas por un pueblo.

Quizás la Libertad que entienden es la que gustaba describir a Jorge Luis Borges cuando se emocionaba hasta las lágrimas al recordarse marchando y cantando con otros «La Marsellesa» por avenida Santa Fe cuando cayó el peronismo; y tal vez la Democracia que pergeñaban era esa, donde ese mismo peronismo estaba proscripto y perseguido sin posibilidad alguna de presentarse a elecciones y la República vaya a saber en qué pliego de su pelaje de «gorilas» la habían ocultado teniendo en cuenta que la plaza con ese mismo nombre la llenaron de metralla y la inundaron con sangre de compatriotas, meses antes.

Como corolario de este putsch hubo entre otras barbaridades: el asalto a los sindicatos (casi 5 millones de afiliados) por «comandos civiles» antiperonistas para intervenirlos, el robo y ocultamiento del cadáver de Evita, la destrucción total de todo tipo de material que tuviera la inscripción de la Fundación Eva Perón; desde frazadas y vajillas hasta pulmotores en un momento en que en la Argentina atacaba la poliomielitis que hacía estragos entre los más pequeños. Jerarcas «libertadores» indignados, que redactaban informes para que cesaran en los establecimientos de la Fundación de cuidados para niños, los almuerzos y cenas con pollo y pescado (un derroche); niños a los que además luego de su aseo y baño diario se los acicalaba con perfume (a sus ojos un lujo innecesario o superfluo).

Se conculcaron casi todos los derechos de los trabajadores en consonancia con las primeras tratativas con el Fondo Monetario Internacional, que trajeron pobreza y desocupación; por el decreto ley 4.161 se prohibió al Peronismo y las cárceles se llenaron con sus partidarios.

La resistencia popular (¡Viva Perón! ¡Perón Vuelve!), no se hizo esperar. En un principio de manera inorgánica luego tomando otras formas. Y como esa reacción popular fue en aumento los usurpadores de la voluntad popular se vieron en la necesidad de escarmentar una vez más a ese pueblo. Apelaron a los fusilamientos de civiles y militares peronistas entre el 9 y 12 de junio de 1956.

A nivel institucional, la vida burocrática estatal de la nación siguió como si nada. Los complotados presos del 51’ y ’55 fueron liberados y ascendidos en el escalafón militar. El mismo camino de reconocimiento, obtuvieron por parte del presidente Frondizi, el general Pedro Eugenio Aramburu y el Contralmirante Isaac Francisco Rojas, -golpistas- cuando en 1960 fueron ascendidos como si aquí nada hubiese pasado.

Podría seguir enunciando hechos calamitosos hasta 1970 con otros gobernantes. El Plan Conintes de represión al pueblo durante el frondizismo, el desconocimiento de la voluntad popular en las elecciones ganadas por el peronismo en la provincia de Buenos Aires el 18 de marzo de 1962, los planes de lucha de la CGT –contra la miseria y el hambre- en medio de una represión «in crescendo», la prohibición del regreso de Perón a la Argentina como «prenda de paz» en 1964. En este hecho tuvo activa participación el canciller del gobierno radical de Arturo Illia. El Dr. Miguel Ángel Zavala Ortiz, que gestionó el apoyo de la dictadura brasileña de aquel momento con el visto bueno de los Estados Unidos, para que Perón en su escala aérea en Río de Janeiro, no pudiese seguir viaje a la patria. El mismo Zavala Ortiz –único civil- que estaba entre la tripulación de un avión que bombardeo la Plaza de Mayo aquel 16 de junio y el mismo Zavala Ortiz que hoy tiene una plazoleta con su nombre en la zona de Retiro frente al Sheraton Hotel.

Pero me detengo como dije, antes, en los hechos acaecidos entre 1955 y 1958, gobierno de facto de la autoproclamada «Revolución Libertadora» que gestó una espiral de violencia, odio y revanchismo que derivó en el secuestro y ejecución de Aramburu, tres quinquenios más tarde. Está claro a la luz de la narración de estos hechos que la violencia política en Argentina no comenzó con Montoneros en 1970 como sectores interesados han querido consolidar a través de un relato falso. Y que Aramburu –junto a Isaac Francisco Rojas- fue el principal actor y culpable de todo lo malo que le sucedió a nuestro pueblo.

APU: La organización Montoneros hace su aparición pública el 29 de Mayo de 1970 secuestrando al general Pedro Eugenio Aramburu. Quienes llevaron a cabo esta acción fueron un reducido grupo de militantes. Posteriormente y de forma muy inmediata se convirtió en la organización de masas más importante de nuestro país, esto también está presente en tu libro ¿cómo se dio ese proceso tan complejo e inmediato?

R.B: Esta pregunta no la debo contestar yo. La debe contestar el pueblo, a través de esos miles de jóvenes que se incorporaron a la lucha como pudieron y desde donde pudieron. Siempre bajo la égida de Montoneros, porque esa organización, supo ponerse a la cabeza de un proyecto de liberación nacional y social y marcó un sendero, trazó un camino a fuego, a través de su consigna «Luche y Vuelve». No había que ser un entendido en epistemología para saber de qué se estaba hablando. Porque con Perón en la patria volvía la dignidad, la salud, el trabajo y la educación para todos, nada menos. Se acertó en la consigna; la respuesta fue masiva. Aquí, las reflexiones de un compañero que dio pelea, fue perseguido, secuestrado, encarcelado, debió exiliarse y ahora en este gobierno actual, está al frente de la lucha contra el coronavirus, como Ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires.

Años atrás, reflexionó de este modo:

«¿Cómo un joven, hijo de una anodina y pacifista familia de clase media sin identidad política definida, terminó abrazando una causa nacional, popular y revolucionaria, a través de su incorporación al peronismo de izquierda que expresaba la Organización Montoneros, asumiendo ingentes grados de violencia política? ¿Qué fue lo que lo condujo, como a otros miles, a tomar parte de la más espectacular convocatoria juvenil a una arriesgada y comprometida militancia que conllevaba niveles de entrega ilimitados?»(…) «Un compañero de grado nombró a Perón y Eva Perón, recibiendo inmediatamente la reprimenda de la maestra quien lo retiró del aula y lo condujo hacia la dirección. Al parecer, la falta o indisciplina era de tal gravedad que tenían que tomar conocimiento del fatídico episodio las más altas autoridades de la institución. Por temor, no quise preguntar a nadie de allí sobre ningún por qué. En casa, del tema tampoco se quiso hablar ¿Qué era lo que estaba sucediendo? La situación era inexplicable para mi novel cerebro, impotente para comprender por qué, por ejemplo, no se podía nombrar a esas dos personas. Es que en realidad, la situación era un tanto esquizofrénica. Se enseñaba y proclamaba la libertad de conciencia y de pensamiento pero a la vez se la prohibía. Había un gobierno no elegido por el pueblo pero que gobernaba a nombre y en defensa de la democracia y que a su vez había derrocado a un ‘dictador’ elegido en dos oportunidades por el voto mayoritario de la gente. En nombre de la paz y la justicia se bombardeaban plazas llenas de personas, se fusilaba a civiles y militares afines al ‘tirano prófugo’ como se permitía nombrar al endemoniado ‘dictador’. Claro que todas estas elucubraciones eran solo vagas y controvertidas sensaciones en un niño de 6 o 7 años, más que pensamientos elaborados y, por otra parte, no constituían ni por lejos los principales temas en la agenda de sus problemas e inquietudes. Pero de todas formas fueron el inicio, los primeros brotes, de cierta curiosidad que eclosionaría una década después en un fruto de justa rebeldía contra tanta mentira acumulada».
Daniel Gollan. «Me fui con ella. Un joven militante de los ’70 y el precio de sostener las utopías». Chuquisaca. 2017.

Y ese convencimiento en la necesidad de luchar por una causa y darle legitimidad a sus mentores y ejecutores, se veía, se palpaba, día a día, en cada acto popular, en cada escena diaria.

Escena 1

Un ex montonero, Miguel Fernández Long, que también militaba por esa zona norte del GBA, cuenta esta sabrosísima anécdota que registra el grado de adhesión que se llegó a tener entre la gente:
«Una vez fuimos a hacer una operación y en un momento dado aparece un camión de Coca-Cola. El pibito que subía y bajaba cajones, me dice:
‘No vayan que para allá que hay muy muchos…muy muchos…’ ¿Muy muchos qué? le digo.
‘Muy muchos milicos’. El pibito se baja del camión, me da la mano y me dice: ¡Yo: montonero y peronista!».

Escena 2

«- Son Montoneros, no son médicos, no tengas miedo. Le decía una madre a su hijo para que el chico no se resistiera a la jeringa, en medio de una campaña de vacunación contra la poliomielitis que había organizado la JP».
Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami. Los Oesterheld. Sudamericana, 2016.

Y además debe recordarse lo siguiente, que no es un dato menor y explica porque Montoneros tuvo la aceptación que tuvo en las bases (hablando en criollo, había por fin alguien que devolvía los sopapos que venían de todas partes):

«Nosotros no inauguramos ni la violencia ni los caños, ni el sabotaje ni la toma de fábricas. Pero éramos los que habíamos dado organicidad y fuerza a la acción militar, como un aspecto más de la acción política. Así habíamos roto el monopolio de la violencia armada que ejercían las Fuerzas Armadas cada vez que violaban con un golpe la soberanía popular». Roberto Perdía. La otra historia. Testimonio de un jefe montonero. Grupo Agora. 1997.

APU: Otro capítulo importante de tu libro hace referencia al valor de muchos militantes montoneros que ante la embestida oligárquica e imperialista de la dictadura militar del 76 decidieron quedarse en el país a combatir ¿Cómo caracterizás esta etapa de la organización en general, y la actitud heroica de estos combatientes en particular?

R.B: Montoneros supo ganarse en su larga lucha por la liberación nacional varios enemigos a la vez y todos tan temibles como poderosos: la oligarquía vernácula, el imperialismo norteamericano, el capitalismo salvaje, las fuerzas armadas, la burocracia sindical, las bandas armadas de ultraderecha. Con la honestidad revolucionaria que no tuvo nadie dentro de aquella coyuntura política, Montoneros, fue el primero en enfrentar a López Rega, un intocable del círculo áulico gobernante y luego también el primero en denunciar –ya en dictadura- el plan económico y entreguista de Martínez de Hoz, en tanto el conjunto del arco político miraba para otro lado. Montoneros decidió seguir en la clandestinidad y continuar resistiendo como fuera necesario. Y la inmensa mayoría de sus cuadros tuvo un comportamiento ejemplar y consecuente hasta las últimas instancias, que en aquel momento, en caso de ser aprehendidos se pagaba con la tortura infinita y una muerte atroz. Mirta Clara contó esto sobre su compañero de vida y militancia el «Flaco» Néstor Carlos Sala: «El domingo 12 de diciembre de 1976, a la hora de la siesta, un miembro del Servicio Penitenciario Federal, Casco, que era quien continuamente amenazaba con fusilarlo, fue a buscar a Néstor a Resistencia, le dijo que prepara sus cosas para un ´traslado’. Nunca había traslados los días domingo. El ‘Flaco’ le contestó que lo único que pedía era que lo dejaran hablar. Volvió al pabellón y les comunicó a los compañeros que lo iban a sacar; ellos se negaron a que saliera porque sabían que iban a fusilarlo. El ‘Flaco’ discutió con ellos, les dijo que si él no salía los iban a masacrar a todos, que los militares se iban a meter en la cárcel provocando un genocidio. Mientras ellos discutían, los penitenciarios iban llamando a más detenidos que estaban en otros pabellones: Patricio ‘Pato’ Tierno, Carlos Duarte, Luis Barco, Luis Arturo Franzen, Mario Cuevas, Manuel Parodi Ocampo y Julio Pereira. Cuando se fue despidiendo, no solamente se dio un abrazo y un beso con cada compañero, sino que Néstor se paró en un banquito y les habló a todos. Era una estructura con un hall central y con balcones enrejados desde donde se podía ver de piso a piso. El ‘Flaco’ les dijo que sabía que muchos de ellos iban a morir, pero que muchos otros iban a vivir, y les pidió a estos, que les transmitieran a los hijos de los que iban a morir por qué habían luchado y por qué murieron. Les recordó que todos estaban ahí por la misma razón, por ser consecuentes con la liberación nacional y social de todo un pueblo y luego llenó su boca de ese gritó sanmartiniano que dice ‘Libres o muertos, jamás esclavos’ y comenzó a retirarse del mundo, haciendo con los dedos la «V» y silbando y cantando, él y todos, la Marcha Peronista». Resumiendo, puede decirse que en esa larga lucha, errores hubo a montones, que incidieron en que no se lograra el objetivo deseado, pero también debe dejarse aclarado y por escrito, que la organización fue aniquilada por otra razón que quizá no se comprenda si únicamente se sostiene una mirada rápida y superficial.

«Sabíamos que podíamos morir o caer presos, lo que nunca calculábamos era el fracaso; si poníamos voluntad y estábamos convencidos, seríamos invencibles (…) Hoy treinta años después, con el diario del lunes, se pueden hacer todos los análisis que quieras, pero a los Montoneros nos persiguieron por nuestras virtudes, no por nuestros errores, por ser la antítesis del país oligárquico y nuestra destrucción ya estaba decidida». Hugo Papalardo. Montonero. O como no recordar esa frase de Pablito cuando su padre le ofreció sacarlo de Argentina y llevarlo a Europa hasta que la cosa se calmara. La contestación no dio lugar a ninguna otra posibilidad de réplica: «Mientras haya un compañero a mi lado, resisto: en tanto haya un pobre en mi patria, me quedo». Pablo Hipólito Schmucler. UES. Montonero. No se dejó agarrar con vida. Asesinado el 29 de enero de 1977.

APU: Los medios hegemónicos se han ocupado arduamente de deformar y manipular la historia de los 70, atacando a las organizaciones político-militares, a los frentes de masas, con especial ensañamiento hacia la conducción de Montoneros (especialmente hacia Mario Eduardo Firmenich) como aquellos que «mandaron a los pibes al muere» entre otras muchas acusaciones. Esto se hizo eco en muchos ámbitos de militancia hasta la actualidad generando arduos debates ¿Qué pensás al respecto?

R.B: Lo que pienso es lo que debería pensar cualquier historiador que se precie de tal y guarde porciones importantes de honestidad y buena información en su bagaje intelectual. Y en respuesta a la pregunta concreta que se me hace, voy a repetir lo que dije oportunamente en un libro que sacó la Universidad Nacional del Comahue bajo el título «La verdad histórica en el enjuiciamiento a Montoneros. La defensa de Mario Eduardo Firmenich» (EDUCO, Neuquén, 2013). En ese texto explico que: «Suele hablarse sin la profundidad necesaria, repitiendo como ´boca de ganso´, acerca del ‘exilio dorado’ de Firmenich y otros líderes montoneros, luego del golpe cívico-militar del ’76. La idea que subyace a esta afirmación es que mientras ellos estaban a buen recaudo en el extranjero, aquí en la Argentina dictatorial mandaban a la muerte a jóvenes ‘idealistas’, verdaderos ‘perejiles’ en el argot militar de la época.

Al respecto cabe mencionar que los manuales de la CIA y el Pentágono norteamericano ofrecen a sus escribas y diseminadores, lo que llaman ‘ideas-fuerza’, un variado repertorio de recursos para llevar adelante el descrédito y el escepticismo sobre el accionar de los enemigos del imperio y sus aliados nativos. La ‘idea-fuerza» que aquí se instala puede expresarse en estos términos: ‘No tiene ningún sentido luchar hasta el fin por una causa en tanto sus jefes naturales, se esconden o lo que es peor, traicionan esa misma lucha’.

En el caso concreto que nos ocupa, la aseveración expuesta se estrella contra la realidad, mostrando rápidamente su engaño. El ochenta por ciento o más de la Conducción Nacional (CN) de Montoneros cayó luchando –perdió la vida- en nuestra patria o fueron sus miembros secuestrados-desaparecidos, en ocasión de retornar desde el exterior para sumarse nuevamente a la lucha en el territorio argentino. Vemos:

De los 13 montoneros con altos cargos que luego del golpe del ’76 formaron parte de la CN o del Secretariado Nacional, 10 fueron asesinados: Alberto Molinas y Carlos Alberto Hobert en 1976. Horacio Arrué, Julio Roqué y Juan Alejandro Barry en 1977. Oscar De Gregorio en 1978. Horacio Mendizábal en 1979. Horacio Campiglia en 1980. Y Eduardo Pereira Rossi y Raúl Clemente Yager en 1983. Sobrevivientes: Mario Eduardo Firmenich, Roberto Cirilo Perdía y Fernando Vaca Narvaja, quienes obviamente siguieron militando en los países que los acogieron y los tres en algún momento, recuérdese, sufrieron intentos de asesinato por parte de los grupos de tareas militares dispersos por el mundo».

Termino de contestar la pregunta que me formulan, con la reflexión de un querido historiador ya fallecido, Osvaldo Bayer y que viene muy al caso: «Cuando los revolucionarios se equivocan y aplican análisis y métodos que llevan a la derrota pasan instantáneamente a la categoría de delincuentes o irresponsables y hasta se sospecha que hubieran podido ser agentes policiales. Pero no solo para la sociedad establecida, sino principalmente para aquellos que alguna vez tuvieron alguna concomitancia ideológica con el vencido». (Revista Crisis. Noviembre 1986).

APU: ¿Por qué decidiste ponerle este título al libro? ¿De donde proviene ese cita? Seguramente tenga que ver con las medidas de seguridad que tomaban mucho de los militantes en ese tiempo. Por otro lado también, desde la cárcel se escribieron muchas cartas en código para superar la censura de los militares y para no entregar datos valiosos.

R.B: El título del libro… todo un tema. Varios elementos convergieron para dar lugar al que después fuera el definitivo. Por un lado, el solista Guillermo Fabián Novellis, del grupo musical «La Mosca», -geminiano como yo- alegrando las reuniones sociales con ese tema que hace bailar hasta a las piedras y que en una parte de la canción dice: «Yo romperé tus fotos, yo quemaré tus cartas, para no verte más…».

Y en aquellas épocas de plomo y represión –digamos del ’75 en adelante- lo primero que hacía un militante y luego a medida que avanzaba el terror cualquier mortal, era desprenderse de todo el material gráfico o sonoro que lo pudiera comprometer. Romperlo, quemarlo, enterrarlo.

Yo, joven e irresponsable por partes iguales, cuando sabía de alguien que iba a proceder de ese modo, lo contactaba y me llevaba todo ese material y lo ponía a buen recaudo. Algunos genes de archivero, evidentemente, ya estaban haciendo nido en mi cerebro; además de que sabía, tenía la idea muy clara, que si yo lograba preservar todo ese material de una destrucción segura, luego en tiempos mejores, iba a ser mucho más fácil reconstruir toda nuestra historia.

Por otro lado tengo en mi archivo personal un sinfín de fotografías de la época y gran cantidad de ellas de los diarios «Noticias» y «La Voz» que en distintos períodos de nuestra historia contemporánea expresaron el punto de vista montonero y de otros sectores del peronismo revolucionario. De este modo, al darle forma a este libro, el rubro fotos –en su gran mayoría inéditas, como puede comprobarse con las que ilustran esta nota- estaba cubierto por demás. Y con respecto a las cartas, el segundo elemento a tener en cuenta para confeccionar el libro, actué de la siguiente manera. Si bien tenía una buena cantidad de las mismas, era consciente que, como en un iceberg, lo que no se veía era más de los que se mostraba o estaba a la vista. Entonces apelé a las cadenas de internet con compañeros, amigos, conocidos, para sumar material escrito en forma de misivas y cartas y que a su vez reenviaran ese, mi pedido, a gentes de su confianza. Como muchos de ellos me conocían por mis trabajos anteriores, al poco tiempo me hice de otro caudal importante de material. Solamente me faltaba darle forma al libro. Y eso hice.

APU: La organización Montoneros nunca se disolvió formalmente. ¿Por qué en el recorte del universo llegas hasta el 2020?

R.B: El subtítulo del libro es claro: «Montoneros 1970-2020» porque intenta mostrar todo lo ocurrido en sus 50 años de existencia. Presentar lo sucedido, repasar lo actuado, recuperar lo perdido u olvidado.

«En febrero del ’70 nos reunimos en Córdoba compañeros de esa provincia, Buenos Aires, Santa Fe, Tucumán, Salta. Allí decidimos avanzar en la constitución de una organización nacional (…) Acordamos discutir que su nombre fuera ‘Montoneros’. Un ex seminarista participante de la reunión, el ‘Negro’ Orlando Montero, dejó asentado sobre un pizarrón ese nombre escrito (…) El nombre reunía una serie de condiciones que hacían muy fácil la elección.

Se correspondía con el revisionismo que acompañaba toda nuestra actividad. Significaba recuperar nuestras tradiciones épicas y los méritos del hombre criollo en procura de darle independencia a la Nación y retomar las banderas de una práctica federalista (…) Preferíamos optar por una denominación que naciera de la propia experiencia, que recogiera la memoria histórica y la cultura de nuestro pueblo. Las montoneras del siglo XIX nos daban el nombre que buscábamos». Cirilo Perdía. Miembro de la Conducción Nacional de Montoneros.

Es muy cierto que Montoneros como tal no existe más y nunca tendría espacio y lugar en un sistema democrático como el que se vive en Argentina desde 1983 en adelante. Pero la organización como tal ha dejado una marca muy fuerte e indeleble que se visualiza muy claramente por ejemplo en otros planos: como el político, el histórico o el académico. Discusiones y trabajos sobre el sujeto histórico «Montoneros» están a la orden del día. Me animo a decir que en esos ámbitos sí, hay Montoneros para rato. Solo basta con requerir información sobre las tesis, tesinas o artículos ya publicados o en curso de darse a conocer. Solamente en mi archivo hay más de 150 trabajos relacionados directa o indirectamente con esa temática.

APU: ¿Cuál fue la carta que más te impactó? ¿Por qué? Ricardo Omar Sapag dejó una carta tremenda por la muerte de su hermano.

R.B: ¿La carta que más me impacto? Es difícil elegir una, cuando en el libro recupero 220 del mismo tenor, donde se manifiesta el compromiso de tamaña cantidad de militantes por el triunfo de la revolución en la que están empeñados, y en pos de conseguir una patria Libre, Justa, Soberana, Socialista. Pero recuerdo muy bien, esta que mencionan, a la que se hace referencia, y que está incluida en el libro. Es la misiva (3/7/77) que este compañero Ricardo Omar Sapag (luego él también asesinado), le hace llegar a sus padres con motivo de la muerte de su hermano en combate, Enrique Horacio «Caíto» Sapag, quien con tan solo 19 años de vida cayó en Berazategui, provincia de Buenos Aires. En su rol de miliciano montonero apoyaba con su presencia activa una huelga ferroviaria contra la dictadura militar. Otro compañero presente relató luego, que el pelotón del cual formaba parte Enrique, cruzó un colectivo sobre las vías y al caer la represión mejor armada y superior en número, él los enfrentó dando oportunidad al repliegue ordenado del resto. Fue baleado a mansalva. Enrique, «Arturito» Sapag era el hijo menor del gobernador de Neuquén, Felipe Sapag. Cuando Don Felipe murió a la edad de 93 años, el 14 de marzo de 2010, al costado del féretro colgaban dos cuadros con las fotografías de sus hijos peronistas asesinados por la dictadura militar; en el medio estaba la imagen de Jesús crucificado.

Aquí va parte de la misiva:

Domingo 3 de julio de 1977

Papá, Mamá, Silvia, Luis. Mi querida familia:

Posiblemente ya sabía que alguna vez tendría que escribir esta carta, y ustedes que la recibirían. Bueno, Caito está muerto, no ha podido sustraerse a un destino que no le correspondía pero que sabía que le podía tocar. No ha podido vivir más, pero nos ha dejado acá una lección de vida. No va a ver el triunfo del pueblo, pero con su entrega ha forjado a construirlo. ¡Y cómo! No ha vivido mucho más de 24 años, pero ha vivido tan plenamente, tan intensamente y con tal felicidad, que en su vida se resumen mil años de historia, que en su lucha se resume la explicación final de para qué el hombre está sobre la tierra y en su muerte se resume que cuando estamos a la búsqueda de objetivos totales, superiores, comportan sobre todo, la simplicidad y la entrega, la humildad y el despojo personal, el amor por los demás. Carito no era otra cosa que un pibe, pero las dimensiones de su acción nos obligan a respetarlo e incluirlo dentro de la «raza» y la estirpe de los grandes.

Desde chico mamó el amor de su familia, fue rebelde en su adolescencia. En la escuela sacaba justo para el 6 (¿eh, mamá?). Estaba buscando algún sentido a este mundo y se hizo medio hippie. «Sonríe solo cuando viene a pedirme plata» (dicho con la dulzura de papá, no con las connotaciones hijas de puta de la revista «Gente»). Escuchaba a los Beatles, pero ni ahí, ni en sus estudios de contador, ni de arquitectura, estaba su destino. Simplemente todas esas pruebas le sirvieron para descubrir cuáles eran los mecanismos de esta sociedad, cuáles eran las sucias motivaciones de un poder injusto. Y sobre todo, para descubrir que ese poder injusto, entre todos, podía ser destruido.

Hasta el 30 de junio de 1977, día final, devino en Montonero, devino en luchador incansable, batallador, gladiador de la justicia. Como les digo, en Montonero.

¡Ah, familia mía, que placer era estar con él!. Siempre irradiaba un no sé qué. Que nos quede la satisfacción de saber que él estuvo siempre feliz de su vida, hasta en su momento último lo imagino avasallante, despierto.

(…)

Muéstrenle esta carta a la familia, yo no sé, pero quizás todavía supongan que somos dos descarriados a los que les han llenado la cabeza. Arranquen, aférrense a las enseñanzas de Caíto, no vivan de su recuerdo y no vivan de la esperanza de reencontrarse en algún lugar del mundo conmigo. Yo me quedo acá. Y ustedes también, porque deben mostrarle al mundo sus cabezas altivas, porque deben decirle que su hijo Ricardo Omar era un gran tipo, y deben demostrar que no son la familia donde hizo nido la desgracia, sino donde por fruto del amor, floreció y creció ese gran tipo que se llamó Ricardo Omar Sapag. Caíto, como Jesucristo, murió para que vivamos. Nos corresponde no endiosarlo, pero es una obligación también estar contentos y felices de que una luz nos ilumina.

No pido que mi familia sea dueña del estoicismo espartano, como el de aquella mujer que pregunta primero por la Patria y no por sus hijos que han muerto en la batalla. Yo no lo pido, yo ¡lo exijo! por el recuerdo de mi hermano.

(…)

Acá llegamos a un punto clave: sobre si es justo o no en nuestro caso el uso de la violencia. ¡Si, es justo! Porque el nuestro es el legítimo derecho a la defensa propia. Porque ellos son los avasalladores, ellos son los prepotentes que quieren acallar la voz de la justicia. Porque ellos, defensores del Poder de unos pocos, son, no digamos ya los que torturan y asesinan con los rudimentos más salvajes a varios miles, sino digamos mejor que son los que torturan día tras día a las madres que no pueden dar de comer bien a sus hijos, a los hijos que no pueden vivir dignamente, a millones y millones de trabajadores que se desloman de sol a sol, para traer a la mesa un mísero mango. Para cambiar esto, murió Caíto. Murió para que vivamos.

Muchos dirán: «El mundo es así, que se le va a hacer». ¡No! El mundo no es así, el mundo puede ser cambiado. Debe serlo. Los católicos hablan de la superación del hombre y de la sociedad. Nosotros, a través de nuestra convicción política, vamos a conducir al pueblo argentino a ese cambio. ¡Por eso murió Caíto, murió para que vivamos!

No creo que se pueda agregar algo más a esto que he transcripto. Es fiel testimonio de un compromiso llevado a su máximo exponente.

Para concluir con este extenso reportaje que mucho les agradezco, permítanme explicitar a grandes rasgos el contenido del libro y el modo de obtenerlo.

En cuanto a su desarrollo. Que encontrará su potencial lector en el desarrollo del mismo. Hago un punteo de lo fundamental entre tantos otros temas tratados:

Repaso cuatro hechos fundamentales de la violencia política argentina (Cuando la policía era peronista y los «gorilas» eran los subversivos. Los bombardeos a Plaza de Mayo. La revolución «fusiladora». La resistencia peronista y los 17 de Octubre con Perón en el exilio).

Lo que llamo «cartas pre montoneras» y que transcriben la situación de dolor e impotencia a partir de 1956 con los fusilamientos de obreros y militares peronistas. Incluye cartas de los que van a ser fusilados.

Un sector especial dedicado a ciertos oligarcas, cipayos e imperialistas que desde sus puestos de poder y de gobierno facilitaron la entrega y la sumisión del pueblo argentino (fotos inéditas).

La aparición de Montoneros y el Caso Aramburu. Incluye la transcripción facsimilar de los 5 comunicados emitidos al respecto, por orden de aparición. Más una carta virtualmente desconocida de Montoneros a Monseñor Caggiano en función de los hechos acaecidos. Se recuperan también testimonios del pueblo que expresan su aprobación por lo sucedido.

La fiesta popular del 25 de mayo de 1973. «Primer ley vigente, libertad a los combatientes».

El apotegma que fue bandera de rebelión y lucha: «Si Evita viviera sería montonera».

Las ya mencionadas historias de vida de 220 montoneros a través de escritos de ellos o sobre ellos.

Las relaciones internacionales de Montoneros con diferentes pueblos del mundo. Textos, fotos, militantes.

Apostillas montoneras. Aquí hay de todo un poco: La guerra de guerrillas en nuestra historia; como salió el nombre de Montoneros para aquel grupo armado; un militante cuenta como dibujó y llevó a la práctica por primera vez el famoso óvalo montonero con el fusil y la tacuara en su interior; la resistencia obrera y montonera a la dictadura cívico-militar del ’76 en adelante.

Por primera vez confecciono un listado –que seguramente se ampliará en el tiempo-, con el nombre y apellido, edad y pertenencia de ámbito, de montoneros caídos, ya sea en lucha, ya sea secuestrados y desparecidos. Por el momento son más de 3.700 militantes los que he reunido a tal efecto

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POSDATA. Por las razones de dominio público que estamos viviendo, el libro aún no está en las librerías y consideramos que estará terminado en cuanto a impresión y encuadernación en un plazo no mayor a 75 días. Pero a partir de hoy, ya estamos haciendo una venta anticipada que facilite el dinero necesario para esos fines.

Los interesados pueden comunicarse con:

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Agencia Paco Urondo

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