Ropa sucia

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Manuel Soriano*

Jueves 24:

«Lavala vos, boludito». Me lo dijo hoy, a las 17.53 horas. Quiero que quede registrado. Es la primera vez que mi mujer me llama así. El diminutivo es lo que más me molesta. No hay vuelta atrás después de «boludito». Se refería a la ropa, a mi ropa sucia; eso es lo que debo lavar. Yo había dejado mi bolsa de nylon, hace ya varios días, cerrada en el canasto, oliendo por dentro. Esa era la costumbre de la casa. Pero hace un par de horas, mientras escribía en la computadora una reseña sobre la muerte de Harold Pinter, sentí a mis espaldas el zumbido de mi mujer. Traía la bolsa agarrada por las orejas, con asco, como si llevara dentro un amasijo de ratas muertas. Apoyó la bolsa sobre el escritorio y lo dijo: «Lavala vos, boludito». No contesté nada. ¿Qué podía decir? Ella se fue y la bolsa quedó a mi lado, sobre el escritorio. Miré la pantalla de mi monitor:

«A los setenta y ocho años de edad falleció el brillante dramaturgo inglés Harold Pinter. Su esposa, Lady Antonia Fraser, afirmó: Era un grande y fue un privilegio vivir con él durante treinta y tres años.»

No es mi mujer quien realmente lava la ropa. Ella apenas la transporta hasta la casa de su madre, ida y vuelta. La madre lava, seca, plancha, suaviza, y lo hace todo con enorme entusiasmo. El placer maternal de lavar la ropa sucia: tiene que haber una metáfora detrás de eso. La solución parecía fácil: saltear un eslabón —el de mi mujer— en la cadena de lavado. Tomé mi celular y le mandé un mensaje de texto a mi suegra:

«Tengo ropa sucia. Me lavás? No digas nada a Laura.»

Pero Laura había tomado precauciones. Me había cerrado los caminos. Nunca pude ganar el ajedrez doméstico. La respuesta llegó pronto:

«Por mí encantada pero Laura no me deja. Qué le hiciste, Koch?»

Escribí la respuesta: «No le hice nada, te juro, nada». Pero no la mandé, la borré a tiempo. Por mi dignidad, la borré. Tiré el celular sobre la cama. Nunca le hago nada, ni maldades ni la cena. Ni hijos. Y no es por culpa mía, lo dijo el médico, aunque a ella no le alcanzó con eso, quiere otra opinión, de otro médico, como si fuera algo opinable. Mañana tengo que ir a buscar los resultados del examen. Le voy a preguntar al doctor: ¿Sirve mi semen, señor? Es como un trabalenguas si se repite muchas veces. Tengo cita mañana a las nueve. El consultorio queda cerca, a dos cuadras. Podría aprovechar para llevar mi ropa a la lavandería. Hay una en la planta baja del edificio del médico. La atienden dos viejas.

Retomé mi reseña sobre Pinter: Premio Nobel, compromiso social, una vida dedicada a combatir la injusticia. No puedo escribir sobre este tipo de vida con una bolsa de ropa sucia a mi lado. La bolsa es verde pero deja entrar un poco de luz; remeras, camisas, medias y calzones. La agarré y la llevé al comedor. La apoyé sobre la mesa, para que quedara a la vista, para que no me olvide de llevarla cuando mañana vaya al médico a buscar mis exámenes. Volví al cuarto de la computadora. No hubo caso: no pude con la reseña sobre Pinter. Copié y pegué de algunas noticias que ya aparecen en Internet. Las entreveré un poco, cambié algo acá y allá, para disimular. No creo que en la revista se den cuenta. Nadie lee mis reseñas. Nadie se da cuenta.

Viernes 25:

Fui a buscar los resultados del examen a las nueve de la mañana. Llevé, también, la bolsa de ropa sucia. Me acordé. Quise dejarla antes de entrar al médico pero la lavandería recién abre a las diez. Me tuvieron media hora en la sala de espera, treinta minutos de suspenso y ansiedad, antes de hacerme pasar al consultorio.

La sala de espera estaba repleta de tipos como yo, tipos a la espera de un resultado. Algunos esperaban con sus mujeres, sudando entre sus manos tomadas. Otros esperaban solos; a mí, al menos, me acompañó mi bolsita verde de ropa sucia. La apoyé en el piso blanco, entre mis zapatos de cuero. La secretaria nos fue llamando, uno a uno. Entraba a la sala con una planilla y llamaba por el apellido. Quiroz fue el primero. Era uno de los que esperaban con su mujer. Ella lo quiso acompañar pero su marido le pidió, con un breve ademán, que lo esperara sentada. Sus manos se separaron, lánguidamente, como se separan las manos en una estación de tren. La secretaria abrió la puerta espejada, Quiroz entró, y ella lo siguió, cerrando la puerta.

La secretaria es una señora mayor, pulcra y huesuda. Usa el pelo recogido en un rodete y unos anteojos espesos a media nariz. Me pregunto si ella sabe los resultados. No lo dice. No entra a la sala de espera y dice: «Koch: estéril». Pero hay algo, una mueca cínica, que la delata como al mal jugador de póquer. Quiroz volvió a la sala de espera con la cara de un hombre que se sabe incapaz de fecundar a una mujer, de tener un hijo con sus ojos amarillo-marrones. Volvió a juntar sus manos con las de su mujer. También juntaron los cuerpos esta vez; se abrazaron, frente a todos, en el medio de la sala. Lo abrazamos todos al pobre Quiroz, no de hecho, pero sí en nuestras cabezas, o al menos en la mía. Pero en parte me alegré, lo confieso. Si Quiroz no puede, es más probable que yo sí, razoné miserablemente.
La secretaria llamó al siguiente: Milstein o Milsberg. El paciente se paró, confiado, y desapareció tras la puerta espejada. Volvió a los cinco minutos, con un sobre color madera bajo el brazo. Caminaba orgulloso, sobrando a los que todavía sufríamos la espera. Nuestros ojos se cruzaron por medio segundo. No lo pude soportar. Bajé la mirada.

Intenté espiar la planilla de la secretaria. Me pareció notar que los apellidos estaban ordenados en dos columnas. Tenía que averiguar si yo compartía columna con Quiroz o con Milstein, con quién me alineaba, pero la secretaria se dio cuenta y apretó la planilla contra sus pechos desinflados. Tomé mi bolsa y la agarré por el nudo, como si fuera una mano o el muñón de una mano. La ropa sucia estaba transpirando. Pude ver, contra la luz blanca de la sala de espera, las gotitas de vapor, apiñadas en la cara interna del nylon. Apoyé la bolsa, hermética y tibia, sobre mi regazo. La presioné entre mis manos y el área del nudo se infló como un globo. El aire estaba atrapado dentro de la bolsa. Pensé en liberarlo, en hacer un corte con las uñas o con los dientes, pero no lo hice. Dejé el aire ahí, atrapado, hediendo. Lo corrí hacia el fondo. La bolsa quedó suave, redonda. Le di unas palmaditas con mi mano derecha. La arrullé.

La secretaria llamó al siguiente, no recuerdo su apellido, pero era otro de los que esperaba con su mujer. Eran feos, los dos. Muy feos. El tipo volvió pronto, con un sobre color madera y una gran sonrisa. Se abrazaron también, pero esta vez no hubo comprensión en el abrazo, sino mera alegría; la más pura y fea alegría. Es injusto que los feos puedan y yo no, pensé, no es justo con el resto de los que esperamos, y menos aún con sus eventuales hijos.

Al rato me llamaron a mí. El médico me esperaba parado, digno, con un sobre color madera en la mano. Sirve mi semen, señores. No lo digo yo, lo dicen los médicos, lo dice la Ciencia. El tipo estiró su mano pero me disculpé y le di un abrazo. La bolsa quedó apretada entre nosotros, entre el blanco de su guardapolvo y el marrón de mi saco.

Me olvidé de dejar la bolsa en la lavandería. Salí contento, silbando una marcha triunfal, y me olvidé. Me acordé de la bolsa recién cuando entré a mi departamento y tuve que cambiarla de mano para meter la llave en la cerradura. La volví a dejar sobre la mesa del comedor. Mi mujer no vuelve del trabajo hasta la noche. Trabaja de moza para una empresa de catering y hoy tiene hasta tarde. Debería llamarla y contarle los resultados. Pero no, que llame ella.

Son las seis de la tarde y hace un ratito nos comunicamos mediante tres mensajes de texto:

«Y?»

«Sirve.»

«Bueno. Lavaste la ropa?»

No contesté la última pregunta, por supuesto. Me enfureció que mezclara, en un mismo mensaje de texto, la aceptación de la noticia y la inquisición doméstica. En ese momento de furia se me ocurrió el jueguito: nunca voy a lavar esa ropa. La voy a dejar en la bolsa, sobre la mesa del comedor, hasta que mi mujer se encargue o hasta que se pudra como un pescado al sol. Hice un tajito en el nylon con mis dientes para que la ropa respirase, para que no se pudriera hacia adentro sino hacia afuera. La bolsa por fin pudo largar su aliento, un suspiro húmedo y acebollado, que hizo flamear los flecos de las cortinas.

Sábado 26:

Estoy esperando que Lorenzo me pase a buscar para ir a jugar al fútbol. Hoy tenemos un partido complicado. Tuve que pedir una remera prestada porque la mía quedó atrapada en la bolsa. Pensé en agrandar al agujero del nylon y pescar la remera pero el hedor me lo impidió: todavía guarda el barro y el sudor del sábado pasado. Es casi mediodía y Laura duerme. No la sentí llegar anoche. No pudimos hablar.

Hoy cumplimos cinco años de casados. Nos conocimos en un bar del Centro; ella atendía las mesas y yo almorzaba ahí casi todos los días laborables. Laura usaba el pelo atado con una rosa roja de plástico y un austero uniforme negro: delantal y pollera. Fueron necesarios tres meses de coqueteo y buenas propinas para que me dejara verla fuera del trabajo. Cuando por fin cedió, la pasé a buscar a la hora del cierre y la llevé al cine. Laura había cambiado el uniforme por vestimenta de calle; un acto perfectamente lógico, que por alguna extraña razón me tomó por sorpresa. Creo que fue mi primera decepción; siempre me gustaron las mujeres uniformadas.

Fuimos a ver una de Bruce Willis y después me llevó para su casa. Nos enamoramos sin ninguna dificultad. Durante esos meses, la pasaba a buscar, hacíamos algo, cualquier cosa, y terminábamos, siempre, despatarrados entre las sábanas de su cama. Al tiempito nos casamos. Me mudé, sin escalas, de la casa de mis padres a la de ella.

—Es tu vida, Koch, pero no te criamos para que te juntes con una camarera.

Así me despidió Madre, parada bajo el marco de la puerta de entrada, envuelta en su miseria y en un batón de seda natural. A veces pienso que seguimos juntos apenas para no darle la razón.

No sé por qué todavía tenemos una foto de nuestra luna de miel como fondo de pantalla: los dos sonreímos, yo la abrazo por detrás, de fondo el agua azul-turquesa del Caribe colombiano. Cada vez que enciendo la computadora, cada vez que la apago o cierro una ventana, me recibe esta imagen, como un recordatorio de lo que éramos, una triste postal de amor. ¡Cinco años! ¿Cómo llegamos de aquello a esto? ¿Qué nos pasó? No nos pasó nada: eso es lo más grave, lo más irremediable. No hubo una pelea mayor ni un engorde ni una traición; simplemente bajamos juntos, casi de la mano, la leve pendiente del desamor. Caímos sin darnos cuenta, sin sobresaltos, hasta llegar a esto. ¿Cómo puede existir tanta ceguera? ¿Cómo no lo notamos a tiempo? Un hombre camina por una llanura, por una llanura pampeana, sin darse cuenta de que pisa sobre tierra redonda, de que cada paso que da es imperceptiblemente redondo.

Lorenzo está tocando timbre. Es una pena: estaba viviendo un lindo momento de autocompasión. Laura sigue durmiendo; el ruido no le hace mella. Duerme de costado, abrazada a un tigrecito de peluche. La sábana se le ha deslizado hasta la cintura, descubriendo el perfecto arco de su espalda. Dios mío, sigue siendo perfecto. Le paso la mano por el filo del lomo, la tapo, le doy un beso en el omóplato. Atiendo el portero eléctrico y le digo a Lorenzo que bajo en cinco minutos. Cuando cierre esta pantalla en la que escribo va a quedar a la vista, otra vez, la foto de nuestra luna de miel. Se me ocurre una idea. Imprimo la foto a todo color y al pie escribo con letra floreada: «Feliz aniversario. Love, Koch». Encuadro las letras con un corazón. Nunca supe dibujar corazones: me quedó un poco flácido, como si lo hubiese agarrado la lluvia. Dejo la foto sobre la mesa del comedor, al lado de la bolsa de ropa sucia. Lorenzo vuelve a prenderse del timbre. Estamos llegando tarde.

Son las siete de la tarde y volví del fútbol. Ganamos 2 a 1, con un gol mío en tiempo suplementario. Laura no está. Trabaja casi todos los sábados y hoy no es la excepción. Apenas abrí la puerta de entrada me llegó el hedor de la ropa, un gran golpe de aire rancio. Sentí el calor de la náusea subir desde el estómago; después, de a poco, mi nariz se fue acostumbrando. La foto está exactamente donde la había dejado, sobre la mesa, al lado de la bolsa. Me pregunto si la habrá visto. Claro que la vio. Es imposible cruzar el comedor sin hacerlo. Eso es típico de Laura: esa artera inacción. Si al menos hubiese pintado unos bigotes sobre mi estúpida sonrisa.

Después del fútbol pasé por la lavandería de las viejas. Tenía que lavar la camiseta para devolvérsela limpia a su dueño. Llevé sólo la camiseta; podría haber llevado también la bolsa, no me hubiese costado nada, pero no, la dejé en casa, pudriéndose en su lugar, sobre la mesa del comedor.

La lavandería está en un local pequeño, del tamaño de un ascensor de hospital. Una de las viejas me abrió la puerta con una amabilidad que me pareció exagerada. La otra doblaba ropa detrás del mostrador. Ni bien entré, la vieja trancó la puerta y quedó parada a mis espaldas. Parecían hermanas: la misma edad y uniforme, la misma sonrisa equina, la misma medallita de la Virgen María colgando entre las mismas arrugas de sus pechos. Nunca pude verlas juntas; quiero decir, una al lado de la otra. Durante lo que duró nuestro diálogo mantuvieron su posición: una frente a mí, detrás del mostrador, y la otra a mis espaldas, sin soltar la mano de la tranca de la puerta.

Me hicieron demasiadas preguntas: nombre, teléfono, suavizante, cuánto vas a dejar de señita. Me hicieron probar el perfume, me lo echaron en una mano con un rociador, sin que pudiera negarme. Podría jurar que sentí olor a vieja, el olor que tenía mi abuela entre los pliegues del cuello y la cadenita de los anteojos. «¿Vas a querer perfumito en la ropa, Koch?» Dije que no con la cabeza. Sentí miedo y quise escapar. Les dejé la camiseta y pagué por adelantado.

Ya es medianoche. Laura todavía no vino pero me mandó un mensaje de texto:

«Llego en media hora. Estoy ovulando.»

Laura leyó todo lo que hay para leer sobre fecundidad: temperaturas, posiciones, horarios, estadísticas. Los dos somos médicamente aptos para procrear, eso es lo que más le molesta a Laura: la ausencia de una buena explicación. Una vez le dije que nos faltaba amor, pero ella no cree en cuentos de hadas. Los hijos no se hacen con amor, me dijo, se hacen con óvulos y espermas.

Ya no puedo sentir el olor de la bolsa, ni siquiera en el comedor. Y no es porque se haya ido, sino porque mi olfato ha ido perdiendo perspectiva, progresivamente, se ha encariñado con la podredumbre. El comedor está viciado, de eso no hay dudas, pero no sé hasta qué ambiente ha llegado esta lenta invasión. Faltan cinco minutos para que Laura aparezca, ovulando, por la puerta de entrada. Hay que darle la bienvenida. El apartamento es chico, pero sentí el deber de ayudar a la bolsa. La tomé entre las manos, como si se tratara de un fuelle, e hice un minucioso paseo por cada uno de los ambientes: cocina, dormitorio, baño, escritorio. A cada paso fui apretando el vientre de la bolsa, y esta a su vez respondió, largando su tibia bocanada, como uno de esos aparatos que se usan para avivar el fuego. Sólo el balcón quedó a salvo. Me da pena no poder llegar al balcón y a esas plantitas, con las que Laura habla como si fuesen cachorros o ancianos. Pero es demasiado ambicioso pretender llegar a los exteriores. Laura está tocando timbre. Dejé la llave puesta, del lado de adentro, para que ella no pueda entrar sin mi ayuda. Quiero ver su cara cuando entre.

Ahí voy, mi vida.

Domingo 27:

Son las tres de la mañana y no puedo dormir. Salí a fumar al balcón. A esta hora la ciudad descansa, se retira. Vivimos en un piso alto desde donde se ven más de trescientas ventanas, las he contado. De día se puede husmear de lo lindo, pero ahora las ventanas callan, como televisores apagados. Algunas noches busco, en el edificio de enfrente, un puntito rojo igual al mío; imagino la boca detrás de la brasa, cinchando el humo. A veces pienso que si viera esa lucecita podría dormir tranquilo, pero la vida no funciona así, con el equilibrio poético de algunos cuentos. Por eso volví a la computadora. Hoy me espera una noche larga. Acabo de hacer un hijo. No me pregunten cómo, pero lo sé.

Una mueca de asco, como de mate frío, fue la única seña que mostró Laura cuando entró a casa. Después siguió como si nada: prendió la tele, soltó su pelo castaño y comenzó a sacarse el esmalte rojo de las uñas. Se le estaban empezando a descascarar y ella es muy cuidadosa con sus uñas. Ni siquiera mencionó la bolsa ni abrió las ventanas para ventilar. Entre mano y mano, tomó el termómetro basal de su cartera y lo introdujo en su vagina. Al cabo de unos minutos, cuando ya había acabado con el esmalte, sacó el termómetro y miró detenidamente el mercurio. La temperatura era buena; lo sé porque sonrió y me pidió, con un movimiento de la cabeza, que fuera para el dormitorio.

En la cama siempre nos llevamos bien, eso tengo que reconocerlo. Incluso hoy, entre el hedor de la bolsa y la sensación de que era un acto meramente utilitario, pudimos completar una aceptable cogida. Laura insistió en que la penetrara desde atrás; había leído en una revista que eso favorecía a su útero inclinado. También me pidió que la hiciera llegar al orgasmo, pero no lo pidió jadeando, como hace una mujer normal, sino hablando de mucosa y contracciones. Así y todo pude hacer mi trabajo. Largué mi descarga con la fuerza de un futbolista paraguayo. La última exigencia de Laura fue que me quedara unos minutos así, quietito, para favorecer la carrera de mis bichos. Laura levantó su pelvis para aprovechar la gravedad. Conviene hacerlos nadar para abajo, me dijo, y a mí me pareció razonable. Nos mantuvimos en esa pose durante varios minutos. Los dos estábamos desnudos salvo por las medias de algodón, celestes las de ella, grises las mías.

Pude ver la bolsa, a través de la puerta abierta, descansando sobre la mesa del comedor. Me dieron ganas de tirarla por la ventana. Nunca cuento chistes, no me hacen ninguna gracia, pero en ese momento largué uno, casi sin pensarlo. «¿Sabés en qué se parecen los espermatozoides a los hombres?» Laura sacudió la cabeza. «En que sólo sirve uno en un millón.» El chiste fue malo y demagógico, pero Laura soltó el estruendo de su risa aniñada, contagiosa, y fue una cosa que no pudimos parar hasta que nos terminamos de vestir. Tiene linda risa.

Así empezó la vida de nuestro hijo, hace unas poquitas horas. Estoy seguro de que esta vez prendió; es una certeza un poco metafísica, lo sé, pero una certeza al fin. Laura también lo sintió; después del acto, se abrazó a su tigrecito de peluche y se durmió, mansamente, con una mueca maternal en los labios. Ya son casi las cinco de la mañana y necesito dormir. Hoy es el cumpleaños de Madre y nos invitó a tomar el té a su casa.

Son las cuatro de la tarde. Pude dormir hasta el mediodía, serenamente, pero tuve un sueño raro. Conviene que lo cuente pronto, antes de que se esfume. Soñé con las viejas de la lavandería. Iba a recoger mi camiseta, entraba sin pedir permiso y encontraba a una de las viejas sacándole jugo a uno de sus pechos desinflados con un sacaleche. La otra vieja juntaba el producto extraído —un líquido acuoso, parecido al jugo Ades de manzana— y lo metía en el rociador que usan para perfumar la ropa. «¿Querés probar el perfumito, Koch?», me ofrecían a coro. Y no fue sólo eso: las medallitas que usaban las viejas, en el lugar de la Virgen, mostraban la imagen de Madre envuelta en su batón de seda natural. En ese momento desperté, sudando, porque uno nunca muere del todo en las pesadillas.

Laura dormía desnuda, boca arriba, a mi lado. Cuando recobré el aliento, apoyé, suavemente, mi oreja contra su vientre. Era una sensación tibia, reconfortante: subir y bajar, como una marea, con el andar metódico de su respiración. Juraría que pude sentir la gestación. Un pequeño temblor. La larva de un movimiento.

Ya no puedo sentir el olor de la bolsa. Hace unos minutos, hundí mi nariz en la masa pegajosa de ropa sucia y, aun así, no pude sentir nada.

Laura se está terminando de arreglar. Se está poniendo linda para el cumpleaños de Madre. Sabe lo que nos espera: una mesa larga y fría, servida para tres, con escones, té Lipton y mermelada amarga de naranja. Me olvidé de comprarle el regalo. Una docena de rosas rojas, eso es lo que Madre siempre quiere. Acabo de recibir un mensaje de texto. Es Laura. Está en el baño, a poquitos metros, a distancia de grito y, sin embargo, elige mandarme un mensaje:

«Y si le regalamos la bolsa?»

Voy hasta el baño. Laura se está pintando los ojos. No la miro a ella sino a su imagen en el espejo. Sonrío.

*Manuel Soriano nació en Buenos Aires en 1977 y vive en Montevideo desde 2005. Es director de la editorial infantil Topito Ediciones y autor de los libros de cuentos «La caricia como método de tortura» (2007) y «Variaciones de Koch» (Alfaguara, 2012) -que recibió el Premio Nacional Narradores de la Banda Oriental-, del libro infantil «Las aventuras de Jirafa y Perrito» (Premio Fondo Concursable del Ministerio de Cultura, 2011), y de las novelas «Rugby» (Alfaguara, 2010) y «Fundido a blanco» (Criatura Editora, 2013). En 2015 ganó el Premio Clarín Novela 2015 por su libro «¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?», con un jurado integrado por Sylvia Iparraguirre, Leonardo Padura y Sergio Ramírez. «Nueve formas de caer» es su último libro de cuentos. Hace unos años se obsesionó con saber en forma precisa y detallada de dónde salían algunas de las melodías que acompañan canciones ya clásicas de las hinchadas argentinas. Esa obsesión se convirtió en el libro «Canten, putos«.

(De: Variaciones de Koch, Alfaguara, 2012)