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Novelista
y ensayista argentino, cuya obra se caracteriza por un profundo contenido
intelectual sobre la difícil separación entre las nociones del bien y del mal, y
por un estilo brillante e inquietante. Nació en Rojas [en 1911] en el seno de
una familia de inmigrantes italianos. Se licenció en Física y Matemáticas en la
Universidad de La Plata; después de doctorarse en 1938, viajó [becado] a París
para trabajar en los laboratorios Joliot-Curie. Entró en contacto con el
surrealismo, experiencia transcendente en su vida ya que decidió adentrarse en
los territorios más oscuros del arte apoyándose en el lenguaje del inconsciente
y en los métodos del psicoanálisis. Regresó a Argentina en 1940 como profesor de
la Universidad Nacional de Buenos Aires y realizó sus primeras colaboraciones en
revistas y suplementos literarios. En 1945 publicó unos artículos en el
periódico La Nación atacando el régimen de Perón, por lo que se vió forzado a
abandonar la enseñanza.
Estuvo retirado durante un año y el resultado fue el libro Uno y el Universo
(1945), una colección de artículos políticos y filosóficos en los que censuraba
la moral neutral de la ciencia heredada del siglo XIX. Esta desconfianza en la
ciencia le llevó a investigar sobre las posibilidades que ofrecería la
literatura para analizar problemas existenciales, y el fruto fue la novela El
túnel (1948) en la que el narrador describe una historia de amor y muerte en la
que muestra la soledad del individuo contemporáneo. A Sábato le interesa
reflexionar sobre la locura, comprender el motivo por el cual el protagonista
mata a la mujer que ama y que es su única vía de salvación. La obra tuvo una
gran aceptación y sirvió para calificar a su autor como una inquietante y
original personalidad literaria.
Sobre héroes y tumbas (1961), considerada la mejor novela argentina del siglo
XX, fue su siguiente obra y le consagró como escritor universal. En ella quiso
indagar "las verdades últimas (y muchas veces atroces) que hay en el subsuelo
del hombre" y vertió sus obsesiones personales en una clara introspección
autobiográfica en medio de las reflexiones sobre la historia argentina; todo a
lo largo de la obra se va haciendo negativo, pesimista, sin salida. La novela
muestra a los últimos representantes de una familia oligárquica venida a menos,
en la que se intercala la historia de los seguidores del general Lavalle que una
vez derrotados llevaron el cuerpo muerto de su jefe al exilio; en un tercer
plano argumental pero vertebrador de la estructura del libro e imprescindible
para el conocimiento del personaje central, Fernando, está el ‘Informe para
ciegos’ que a veces se ha publicado como pieza autónoma; se trata de una
pesadilla que sufre Fernando culpabilizándose por un incesto cometido y que
lleva al autor a introducirse en los abismos infernales más perturbadores,
combinando elementos tomados del surrealismo, Nietzsche, Jung y Freud.
Aún siguió reflexionando sobre las posibilidades de la novela en Abaddón y el
exterminador (1974) de corte autobiográfico más acusado, con una estructura
narrativa aparentemente fragmentaria, y de argumento apocalíptico en el cual las
potencias maléficas rigen el universo y es inútil la resistencia.
Su compromiso civil, en defensa de la democracia y del respeto a los derechos
humanos, se muestra en ensayos como El otro rostro del peronismo, El caso
Sábato, Torturas y libertad de prensa, Carta abierta al general Aramburu (1956),
La cultura en la encrucijada nacional (1976); en 1985 presidió la Comisión
Nacional que publicó el informe Nunca más sobre la represión llevada a cabo en
Argentina por los gobiernos militares desde 1976 a 1983. Toda su reflexión sobre
la literatura y especialmente sobre la novela la ha plasmado en ensayos tan
significativos como El escritor y sus fantasmas (1963) y Aproximación a la
literatura de nuestro tiempo: Robbe-Grillet, Borges, Sartre (1968). Sábato ha
recibido el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor de Francia en 1979,
y el Premio Miguel de Cervantes en 1984. Desde hace años, la pérdida progresiva
de la vista le ha alejado de la escritura, aunque ha descubierto la pintura y a
ella dedica gran parte de su tiempo.
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Crónica
de un almuerzo - El general, los escritores y los desaparecidos
Por Margarita Pierini
"La comida comenzó con budín de verduras, puntas de espárragos, salsa blanca
y golf. Después y mientras tomábamos excelentes vinos servidos de botellas
envueltas en su conveniente servilleta blanca, se pasó a los ravioles con
una salsita de tomates. A los postres llegaron ensaladas de frutas con dulce
de leche o crema, según los gustos. Finalizamos con café". [1]
Así detallaba Horacio Ratti, por entonces presidente de la SADE, el menú con
que el Presidente de la Nación, Teniente General Jorge Rafael Videla,
agasajó en la Casa de Gobierno el 19 de mayo de 1976 a los cuatro escritores
convocados "para conversar abierta, francamente de los problemas que atañen
a la cultura en relación con la situación del país", según anticipara el
diario Clarín dos días antes del encuentro[2]. En el inicio de una etapa que
marcaría, al decir de Videla a sus comensales, "un nuevo rumbo del país"[3]
este cónclave de representantes de la literatura nacional: -Jorge Luis
Borges, Leonardo Castellani, Horacio Esteban Ratti y Ernesto Sábato-
despertó gran interés en los medios, convenientemente aleccionados por la
usina proveedora de información, la SIP (Secretaría de Información Pública).
30 años después de aquel almuerzo, no está demás recordarlo.
El General se comunica con las Fuerzas Vivas
Poco más de un mes ha transcurrido desde el golpe, con una vertiginosa
sucesión de medidas dirigidas a extirpar de raíz los males severamente
diagnosticados por las FFAA -"demagogia complaciente, desorden, parálisis,
corrupción generalizada, subversión de valores"[4]. Ha llegado el momento de
comunicarse con la sociedad, para manifestarle la claridad y firmeza del
Proyecto que habrá de sanearla. Para ello, en el transcurso del mes de mayo
de 1976 se multiplican los encuentros con representantes destacados de
diversas corporaciones, así como los discursos ante los directivos de medios
de comunicación, que deberán hacer llegar ese mensaje a la ciudadanía.
La versión de la cena de Caparrós y
Anguita (La Voluntad)
MAYO DE 1976.
"Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvo
al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber
enfrentado las responsabilidades del gobierno. Yo nunca he
sabido gobernar mi vida, menos podría gobernar un país", dijo
Jorge Luis Borges, y los periodistas de Casa de Gobierno se
sonrieron: ya tenían un titulo para sus notas. El miércoles 19,
Borges, Ernesto Sábato, Horacio Esteban Ratti (presidente de la
Sociedad Argentina de Escritores) y Leonardo Castellani (un
sacerdote que escribía) almorzaron durante mas de dos horas con
el general Jorge Videla y con otro general, José Villarreal,
secretario general de la Presidencia. Primero los contertulios
bebieron whisky, jerez y jugo de frutas. Videla inició la
conversación preguntándole a Borges sobre su viaje a los Estados
Unidos y los resultados de su operación de ojos. Borges le
contestó que estaba muy cansado por ese recorrido de cuatro
meses y, sobre todo, por la comida americana. En cuanto a su
vista, intentó una demostración: señaló dónde estaba el
perchero, dónde una silla, dónde un cuadro. Y enseguida le dio
un vahído, estuvo a punto de caerse y lo atajaron Videla y
Ratti. Cuando se recuperó, todos pasaron al comedor privado. "El
desarrollo de la cultura es fundamental para el desarrollo de
una Nación", dijo Videla varias veces, y los demás asentían. Ver reportaje a Leonardo Castellani sobre el almuerzo por la revista Crisis |
Encabeza esta lista de encuentros, el domingo 9 de mayo, un almuerzo con los científicos, al que son convocados Luis F. Leloir, René Favaloro, Julio Olivera, Roque Carranza y Alfredo Lanari [5]. Días más tarde Videla recibe a un grupo de ex cancilleres. El 17 de mayo es el turno de las nuevas autoridades de la Conferencia Episcopal Argentina (Aramburu, Zaspe y el saliente Tortolo), que dos días antes habían difundido la Carta Pastoral anual cuyo espíritu de comprensión para con las dificultades de la "nueva etapa" correspondía reconocer. Con lenguaje a veces ambiguo, otras veces amenazadoramente diáfano, el documento planteaba, entre otros conceptos: "La justificación histórica del proceso que vive nuestro país no sólo se fundamentará por el término que puso a una determinada situación de cosas, sino también por la implementación adecuada de su acción política en la prosecución del bien común de toda la Nación".
Función del Estado, según la doctrina tradicional de la Iglesia, es velar
por el "bien común". En este sentido advierte el documento: "Sería fácil
errar con buena voluntad contra el bien común si se pretendiera: [...] que
los organismos de seguridad actuaran con la pureza química de tiempos de
paz, mientras corre sangre cada día; o que se arreglaran desórdenes, cuya
profundidad todos conocemos, sin aceptar los cortes drásticos que la
solución exige; o no aceptar el sacrificio, en aras del bien común, de
aquella cuota de libertad que la coyuntura pide; o que se buscara con
pretendidas razones evangélicas implantar soluciones marxistas".
El afán por difundir y esclarecer que anima a las nuevas autoridades se
expresa también en la convocatoria a los representantes de 173 medios de
comunicación de todo el país [6] y pocos días después, en el discurso a los
participantes en el Congreso Internacional de Publicidad, donde el
Presidente "explicó los motivos por los cuales las FFAA debieron asumir el
gobierno"[7].
Para complementar estos discursos clarificadores, que tal vez no sean
plenamente comprendidos por todos los medios (algunos diarios, como El
Independiente de La Rioja, se empeñan en mantenerse fieles a su nombre, por
lo cual serán objeto de periódicas clausuras) la Secretaría de Prensa y
Difusión hace saber que a partir del 22 de abril "queda prohibido informar,
comentar o hacer referencia a temas relativos a hechos subversivos,
aparición de cadáveres y muertes de elementos subversivos y/o de integrantes
de las Fuerzas Armadas o de seguridad por estos hechos, a menos que sea
informado por fuente oficial responsable. Incluye a secuestrados o
desaparecidos"[8]. Los periodistas extranjeros que no acaten de inmediato
esta norma serán expulsados, como puede comprobar el suizo Luc Banheret muy
pocos días después, el 28 de abril [9].
Entre la serie de conversaciones con "personas representativas o
especialistas de cada sector" [10] el encuentro con los escritores tiene una
relevancia especial, y así es presentado en las noticias previas y en los
comentarios de días sucesivos en diarios, revistas, radio y TV. Tal vez por
el lugar simbólico que la Cultura (con mayúsculas) ocupa en este proceso de
orden y regreso a los valores que propone el régimen, coincidiendo con
Borges en que "se supone que el escritor tiene el hábito del pensamiento, de
las funciones del espíritu y de la moral"[11]. Para recordar el contexto de
este diálogo del espíritu, en un momento en que hay quienes aprecian que "el
sistema es democrático, pero democrático con la atención y firmeza que el
país reclama con urgencia"[12] resulta oportuno recorrer la prensa de esos
días.
Algunos festejan
Witold Gombrowicz
y Ernesto SábatoPor
Juan Carlos Gómez |
El 28 de marzo The New York Times publica en primera plana una nota de
Jonathan Kandell -"At an Argentine party after the coup"- que la revista
Cuestionario reproduce en su número de abril de 1976, bajo el título La
fiesta inolvidable. El periodista relata una cena en un elegante piso de la
Av. Libertador, donde tuvo oportunidad de comprobar la alegre expectativa
con que los comensales celebraban los recientes acontecimientos. Entre otros
comentarios, reproduce el de la esposa de un fabricante de maquinaria
agrícola: "Mi esposo está tan contento con el golpe que por primera vez va a
pagar los impuestos".
"Exacto", corrobora el cónyuge.-"Todos mis amigos dicen lo mismo. Realmente
queremos que el gobierno tenga éxito. Si estos militares son tan serios como
parece, nosotros vamos a serlo también".
Como signo de esta seriedad, se ponen en práctica una serie de medidas que
van a atacar de raíz la demagogia reinante y a sanear una economía enferma,
como es sabido, por los gravísimos males del estatismo y el populismo.
El 2 de abril, el discurso del ministro de Economía, Martínez de Hoz,
anuncia la liberación de precios, reformas al sistema tributario, nueva Ley
de Inversiones Extranjeras (más favorable a esas inversiones), privatización
de las empresas "oportunamente socorridas por el Estado" y despidos masivos.
En sintonía con esta política, el día 12, por una resolución del Banco
Central, se dispone que las empresas que otorguen aumentos salariales no
sólo no podrán trasladarlos a los precios sino que se verán privadas del
crédito en bancos y entidades financieras y será inmediatamente exigible el
reembolso de los ya otorgados.
Según informes del INDEC, el costo de vida aumenta un 38% en marzo; durante
el primer cuatrimestre del año los precios mayoristas suben 198%.
En el ámbito de la Educación, el 1° de abril la Junta modifica la Ley
Universitaria (vigente desde 1974). La enseñanza universitaria pasa a
depender del Ministerio; se excluye a los alumnos del gobierno de la
Universidad.
Pocos días después, el 6 de abril, asume como secretario de Ciencia en el
Ministerio de Educación el Dr. Sol Libertario Rabasa; quedan cesantes 90
funcionarios de la Secretaría de Ciencia y Técnica.
"Y acontecieron cosas que parecen soñadas"
Cualquier lector atento a los diarios de esos días podría haber hecho suyas
las palabras de Echeverría en "El Matadero", de haber tenido el ánimo
dispuesto para las citas literarias. Algunos de esos sueños/pesadillas:
1. Asiáticos en las riberas del Plata. El martes 11/5 La Nación informa en
la p.3 que, según noticias de Montevideo, en sus costas "apareció un nuevo
cadáver" con lo cual ya suman 6 en pocas semanas. En los 5 casos anteriores,
voceros cercanos a las autoridades uruguayas dijeron que "podría tratarse de
ciudadanos de un país asiático, por los rasgos fisonómicos y la
pigmentación". Los cuerpos sin ropa estaban "atados de pies y manos y con
señales de torturas y mutilaciones". Esos cinco cuerpos llevaban por lo
menos 20 días en el agua, lo cual puede explicar esta curiosa hipótesis
étnica; en el último caso, que según dictamen del forense sólo tenía 2 días
de muerto, ya no se registran rasgos asiáticos; al menos, no consta en la
información oficial.
2. Misterios: Comenta el Buenos Aires Herald: "Continúa el misterio sobre la
forma en que fue detenida mucha gente desde el 24 de marzo y sobre cómo
fueron llevados muchos a bordo de los buques-cárceles". [13]
3. Cese de funciones. Continuando con la depuración de la burocracia
estatal, tan gravosa para la economía que se quiere hacer florecer, "dióse
de baja a dos empleadas subversivas del rectorado de la Universidad de
Rosario". Una de ellas había muerto en el ataque a Monte Chingolo ocho meses
antes; la otra estaba presa, según informa LN (11/5)
4. Compinches. El diario Clarín reproduce el 18/3 la siguiente noticia:
"Seis extremistas resultaron muertos en Córdoba cuando un grupo de
compinches intentó rescatarlos en circunstancias en que eran trasladados en
un móvil oficial según se informó oficialmente". En los días posteriores se
agregan detalles. La Nación transmite un comunicado del Comando del Tercer
Cuerpo del Ejército (Córdoba) sobre la muerte de 6 "detenidos por
actividades extremistas durante un enfrentamiento ocurrido cuando eran
trasladados". Tres coches, francotiradores con armas largas tratan de hacer
escapar a los detenidos; mueren los seis. Entre las fuerzas policiales, pese
a que "enfrentaron el sorpresivo ataque en inferioridad numérica sólo
resulta con heridas en el brazo el agente de policía Sixto Contreras". Las
FFAA también tendrán que lamentar "serios daños en las carrocerías de sus
automóviles" como resultado de los disparos. No hay detalles sobre la muerte
de los seis "prófugos", que estaban detenidos desde antes del Golpe.
Prolegómenos de un almuerzo esperado
Desde la víspera, Sábato, convertido en vocero de sí mismo, informa a Clarín
sobre el acontecimiento que tendrá como protagonistas a las dos grandes
figuras de la literatura nacional: Borges y él (o él y Borges, lo mismo da),
además del Presidente de la SADE, Horacio E. Ratti. Ante la información que
le brindan los periodistas sobre la presencia de otros invitados, lo niega
enfáticamente[14].
Sin embargo, desde un ámbito que no podemos precisar (¿tal vez con el
propósito de mantener los buenos vínculos con la Iglesia?) se promueve
también la invitación al Padre Castellani, un escritor poco convencional y
de difícil filiación, pero asociado habitualmente con el nacionalismo
católico.
Testimonios posteriores aportan información sobre lo que ocurría horas antes
del esperado almuerzo. La Comisión Directiva de la SADE -que había ganado
las elecciones internas gracias a sus aliados del PC- presiona a su
presidente para que entregue, en la carpeta con múltiples pedidos gremiales,
una lista con los escritores desaparecidos o presos: Haroldo Conti, Alberto
Costa, Roberto Santoro, Antonio Di Benedetto, entre otros. A pesar de la
resistencia de Ratti a encargarse de misión tan poco "diplomática" y
desagradable para él, como es la de "tener que abogar por esos comunistas"
-relata Carlos Patiño[15]- la CD se mantiene firme y Ratti debe acatar la
decisión.
Unos días antes, el P. Castellani había recibido la visita de "una persona
que, con lágrimas en los ojos, sumida en la desesperación, [le] había
suplicado que intercediera por la vida del escritor Haroldo Conti"[16],
secuestrado en su casa el 4 de mayo.
Almorzando con el presidente
Antes de ingresar a la reunión, los cuatro escritores se prestan a las
preguntas de la prensa acerca de sus expectativas sobre el encuentro. Borges
dice: "Yo simplemente contestaré lo que me pregunten. Soy tímido y ante
tanta gente importante, seguramente me sentiré abochornado". Pero, por lo
que trascendió finalizado el almuerzo, el autor de El Aleph "discurrió largo
y tendido sobre sus cuatro meses recientemente pasados en Estados Unidos".
Días antes, al regresar de su viaje, había recordado ante los periodistas
"la felicidad con que en California escuché de Caillet-Bois la noticia de
que ahora estábamos gobernados por caballeros, como son los militares, y no
por el hampa". Felicidad desbordante, a juzgar por la efusión: "Cuando
Caillet-Bois me informó sobre el golpe, nos abrazamos y lloramos" [17].
No es ésta la primera vez que el escritor visita la Casa de Gobierno. Como
recuerda para La Opinión, sus anteriores anfitriones fueron los presidentes
Lonardi y Aramburu.
Por su parte, el P. Castellani dirá al ingresar a la reunión: "Para mí es un
honor entrevistar al presidente ya que ahora mucha gente nos tiene más
respeto que antes".
Sobre lo conversado en el almuerzo entre los seis comensales -los
escritores, Videla y el secretario de la Presidencia, Villarreal- las
versiones ofrecen diversos matices, pero no cambian en lo esencial. Todos
coinciden en que Videla habló poco y en que Sábato estuvo elocuente.
Sobre el contenido de los diálogos, éste ultimo se explayó al salir de la
Casa de Gobierno, en una improvisada conferencia de prensa en la explanada
del Banco Nación: "Hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuo. En
ningún momento el diálogo descendió a la polémica literaria o ideológica."
Después, continúa La Nación, Sábato reflexionó: "Tampoco incurrimos en el
pecado de caer en la banalidad. Cada uno de nosotros vertió, sin
vacilaciones, su concepción personal de los temas abordados"[18].
Planeando en esas alturas del espíritu ("con el Presidente de la Nación
hablamos de la cultura en general, de temas espirituales, históricos y
vinculados con los medios masivos de comunicación", afirma Sábato) tal vez
no hayan resultado tan discordantes los pedidos que se sucedieron a lo largo
de la reunión: "la transformación de la SADE en un ente recaudador, el
pedido de facilidades para viajar a precios reducidos en los pasajes, como
sucede con los periodistas" , la designación de agregados culturales en las
embajadas del exterior, el nombramiento de asesores culturales en radio y
TV, etc.
Siguiendo con este espíritu cultural, se conversó también sobre la necesidad
de elaborar un "Proyecto de ley del idioma, estableciendo normas precisas
que velen por la pureza del idioma, prohíban el uso de vocablos foráneos en
documentos oficiales, en la enseñanza y en los medios de difusión"[19]. Esta
purificación de los vocablos -que parece constituir una de las más graves
preocupaciones de los regímenes militares, como atestigua el anecdotario de
la cultura argentina- se asocia durante la conversación con un tema vigente
al que es difícil escapar, a pesar de toda la voluntad de no "descender" a
banalidades: "Se tocó el problema de la censura" -refiere Ratti- "y en
general se planteó la conveniencia de tener que orientar al público para no
tener que recurrir a la censura, para que quien es capaz se haga la censura
él mismo" [20].
Dado el declarado propósito de "no descender" a la polémica, es posible
inferir que no hubo preguntas sobre el destino previsto para "los que no
eran capaces".
Purificados por la guerra
La revista Crisis, para el que sería el penúltimo número antes de su cierre
(julio de 1976) buscó entrevistar a los cuatro escritores para que dieran su
visión del encuentro. Borges se excusó "por falta de tiempo". Sábato, por su
parte, respondió sin vueltas a la requisitoria telefónica: "Yo no hago
declaraciones para la revista Crisis". La nota publicada en el número 39
("Ecos del encuentro del Presidente de la Nación con los escritores")
reproduce las entrevistas a Ratti y Castellani. En el diálogo con éste
último aparece un pasaje significativo de las conversaciones de aquel día:
"Fíjese qué curioso -le dice al periodista- Borges y Sábato, en un momento
de la reunión, dijeron que el país nunca había sido purificado por ninguna
guerra internacional. Ellos más tarde lo negaron, así como aseguraron decir
cosas que, en realidad, no dijeron. Pero hablaron de la purificación por la
guerra. Lo interesante es que el presidente Videla, que es un general, un
profesional de la guerra, los interrumpió para manifestar su desacuerdo.
[...] A mí también eso me cayó como un balde de agua fría, por lo tremendo
que eso significa. Además, por lo incorrecto: se olvidan de que la Argentina
atravesó varias guerras internacionales, como la de independencia, la del
bloqueo anglo-francés, la del Paraguay, y más bien que de esas contiendas no
salió purificada".
El pedido
En algún momento del almuerzo, Castellani, como se había comprometido a
hacer, entregó un papel con el nombre de Haroldo Conti a Videla;
según
relata después a Crisis, éste "lo recogió respetuosamente y aseguró que la
paz iba a volver muy pronto al país". Asimismo, Ratti le presentó una lista
de escritores -"creo que eran dieciséis nombres, que estaban pasando por una
circunstancia muy lamentable, como es el caso de Haroldo Conti y Eduardo
[sic, por Alberto] Costa, de los que nada se sabe hasta la fecha"[21].
Los otros dos invitados no harán mención a este episodio del almuerzo.
En la entrevista con Crisis, Ratti se muestra confiado por el resultado de
su solicitud. Del "general con civismo" -como califica a Videla al salir de
la reunión- espera la pronta resolución de los problemas planteados. Como
muestra de la celeridad y eficacia castrenses, uno de los casos expuestos,
refiere -una demorada pensión para una nieta de Groussac- se ha resuelto en
pocos días. "Este ejemplo -dice Ratti- demuestra que los papeles que le
dejamos a Videla no han ido al canasto..."
Castellani es más cauto: "Para mí [el almuerzo] fue un hecho agradable, pero
no muy trascendente. A menos que los hechos posteriores demuestren lo
contrario, por ejemplo, que aparezca el escritor Haroldo Conti." [22]
Sobremesa con dolor de estómago
Concluido el almuerzo, Borges se escabulló hábilmente del cerco
periodístico, retirándose en automóvil, pero antes "ofreció su residencia
para mantener en ella un coloquio de los 4 escritores que participaron de la
reunión" (LN 20/5). Sin embargo, relata Castellani, al llegar allí "nos
llevamos una sorpresa. Una persona que nos abrió la puerta dijo que Borges
no nos podía atender porque estaba en cama con fuertes dolores de estómago.
En fin, son cosas que pasan", es la irónica conclusión[23].
Sin embargo, Borges parece haberse recuperado lo suficiente como para
recibir a los periodistas de La Opinión, de acuerdo con la nota firmada por
Martín Muller ("Un purgatorio para Borges y la prensa", LO 20/5). "Con
máxima cortesía y serena obstinación, el dueño de casa invitaba a sus
tenaces visitantes a conversar de cualquier tema, menos del que interesaba a
sus interrogadores".
Finalmente, accedió a resumir la reunión en pocas palabras: "Fue una
conversación agradable. Yo hablé muy poco. Le agradecí al Presidente por la
salvación de la patria. El escuchó todo con mucha cortesía y mucha
atención".
Según pasan los años o Cómo reescribir (algunas) historias
En junio de 2004, El País saluda con una nota a toda página la publicación
de "España en los diarios de mi vejez" del ilustre Premio Cervantes de
Literatura de 1984. En la reseña del "besamanos interminable" con que Sábato
es agasajado en su casa en su 93° cumpleaños, junto a "su compañera
inseparable desde hace 25 años, Elvira González Fraga, Elvirita" (hermana de
Javier el economista) se hace referencia, sin dar detalles, a sus polémicas
con "políticos de diverso signo". Se recuerda (?) también "un almuerzo en la
Casa de Gobierno con el dictador Jorge Rafael Videla, durante el régimen
militar, al que asistieron Sábato y Borges, entre otras personalidades,
quienes le expresaron su inquietud por la situación de los desaparecidos"
(El País, 26 de junio de 2004, p. 26).
Diría Castellani: Son cosas que pasan....
Memoria de 30 años
Entre los actos celebrados para conmemorar el 24 de marzo de 1976, el
Ministerio de Educación organizó este año la proyección de un documental
realizado por Aliverti, Lejman y Enrique Vázquez. Sábato no quiso quedar al
margen; el ministro Filmus, según informa La Nación, "contó que el mismo
escritor había solicitado participar en el acto"[24].
En su mensaje a los jóvenes adoctrina: "Quiero que sepan, chicos, que el
dolor es también un patrimonio de los pueblos. El dolor es un valioso y
sagrado patrimonio al que sólo cabe serle fiel. No olviden que es la
simiente con la que habremos de ir labrando la historia: nos corresponde
fecundar ese dolor".
30 años después, a pesar de los reacomodos, de los oportunos
arrepentimientos, de la mediación de comunicadores oficiosos que reescriben
la historia, es la propia palabra la que se convierte en testimonio de la
fidelidad a un pensamiento según el cual la guerra purifica y el dolor
fecunda.
Verdad, justicia, reparación, parecen seguir siendo conceptos ajenos a este
universo semántico.
El 4 de mayo se cumplieron 30 años del secuestro y la desaparición del
escritor Haroldo Conti.
30 años después, los que supieron festejar en su momento y callarse después
reciben homenajes oficiales en el Congreso de la Lengua, aleccionan a los
jóvenes en el Ministerio de Educación y sus imágenes se multiplican en los
carteles de la Feria del Libro -¿paradójicamente?- en este año de la
Memoria.
Siempre es posible seguir repitiendo: Y, son cosas que pasan…
[1] La Opinión, 20/5/76.
[2] Cl 17/5, p. 6. Para las fuentes consultadas se utilizan las siguientes
siglas: La Nación (LN), La Opinión (LO), Clarín (Cl), revista Cuestionario
(Cu), revista Crisis (Cr).
[3] LO, 20/5.
[4] Del discurso de Videla en el Congreso Internacional de Publicidad (Cl
20/5, p. 3).
[5] LN 10/5, p. 1.
[6] Cl 13/5, p. 2.
[7] Cl 20/5, p. 2.
[8] Cu n. 37, mayo 1976.
[9] Cu n. 37.
[10] LN 20/5.
[11] LO, 20/5.
[12] Declaraciones de H. Ratti, LN, 20/5.
[13] Cu 16/5.
[14] Cl.17/5.
[15] C. Patiño, "Recordando a Hamlet Lima Quintana", en el murocultural.com,
2001.
[16] Cr, n. 39, julio 1976.
[17] LN 13-5, p.7.
[18] LN, 20/5.
[19] Cl 20/5.
[20] Cr n. 39.
[21] Cr n. 39.
[22] Cr n. 39.
[23] Cr n. 39, p. 4.
[24] LN 24/3/06.
Fuente: http://extramuros.unq.edu.ar
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SOBRE EL TUNEL. Complicado
galimatías que ha de resolver el que ama al constatar que, a pesar de su pasión,
nunca es poseedor de la persona amada y menos de su pensamiento, sentimientos o
de las motivaciones para su actuar. Y es que la cotidianidad del otro, es el
contundente teorema que demuestra la individualidad inobjetable de cualquiera
que sea uno mismo. Son amenazantes las amistades que para uno resultan
desconocidas, al igual que su pasado y los vínculos construidos con quien se
ama, cuando nosotros no estábamos. Atormenta desconocer -y posiblemente más
conocer- los afectos, los hábitos y códigos que por una relación recientemente
construida, nos mantiene en el círculo exterior.
Los personajes de Sabato en esta novela, ponen el dedo en esa llaga tan
temida: la de saber que por simple probabilidad, el placer, el amor y el estar
bien con la otra persona, difícilmente podría ser un estado continuo y
permanente.
Dura y directa forma tiene El túnel de remitirnos a la propia experiencia,
esa de la irracionalidad momentánea que ha desencadenado la peor de nuestras
reacciones posibles, para la que el arrepentimiento tardío no tiene ningún
remedio.
Ernesto Sabato sabe de letras, pero también de emociones. Directo, duro,
inflexible e íntegro, brinda para el que así lo quiere, el fermento que ha de
propiciar la reflexión sobre lo que es ser persona y las pasiones que
obligadamente se arrastran por ello.
[Esta edición digital corresponde a la versión en papel de Seix Barral,
México 1998, Biblioteca de bolsillo]
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El Túnel
"...en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío".
A la amistad de Rogelio Frigerio que ha resistido todas las asperezas y
vicisitudes de las ideas.
I
BASTARÁ decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne;
supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan
mayores explicaciones sobre mi persona.
Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En
realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una
forma de defensa de la especie humana. La frase "todo tiempo pasado fue mejor"
no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que -felizmente- la gente
las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal;
yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y,
así, casi podría decir que "todo tiempo pasado fue peor", si no fuera porque el
presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades,
tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para
mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. ¡Cuántas
veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller,
después de leer una noticia en la sección policial!. Pero la verdad es que no
siempre lo más vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto,
los criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago
porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda
convicción. ¿Un individuo es pernicioso?. Pues se lo liquida y se acabó. Eso es
lo que yo llamo una buena acción. Piensen cuánto peor es para la sociedad que
ese individuo siga destilando su veneno y que en vez de eliminarlo se quiera
contrarrestar su acción recurriendo a anónimos, maledicencia y otras bajezas
semejantes. En lo que a mí se refiere, debo confesar que ahora lamento no haber
aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que
conozco.
Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría
un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex
pianista se quejó de hambre y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero
viva.
No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante,
si hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata.
II
COMO decía, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán preguntarse qué me mueve a
escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar mi crimen)
y, sobre todo, a buscar un editor. Conozco bastante bien el alma humana para
prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me importa un bledo;
hace rato que me importan un bledo la opinión y la justicia de los hombres.
Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy
hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería
muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno
se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es mezquino,
sucio y pérfido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de
este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con
la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto
cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no
existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad
de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un
hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la
vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de
la acusación de soberbia argumentando que se había pasado la vida sirviendo a
individuos que no le llegaban a las rodillas?
La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de
la abnegación, de la generosidad. Cuando yo era chico y me desesperaba ante la
idea de que mi madre debía morirse un día (con los años se llega a saber que la
muerte no sólo es soportable sino hasta reconfortante), no imaginaba que mi
madre pudiese tener defectos. Ahora que no existe, debo decir que fue tan buena
como puede llegar a serlo un ser humano. Pero recuerdo, en sus últimos años,
cuando yo era un hombre, cómo al comienzo me dolía descubrir debajo de sus
mejores acciones un sutilísimo ingrediente de vanidad o de orgullo. Algo mucho
más demostrativo me sucedió a mí mismo cuando la operaron de cáncer. Para llegar
a tiempo tuve que viajar dos días enteros sin dormir. Cuando llegué al lado de
su cama, su rostro de cadáver logró sonreírme levemente, con ternura, y murmuró
unas palabras para compadecerme (¡ella se compadecía de mi cansancio!). Y yo
sentí dentro de mí, oscuramente, el vanidoso orgullo de haber acudido tan
pronto. Confieso este secreto para que vean hasta qué punto no me creo mejor que
los demás.
Sin embargo, no relato esta historia por vanidad. Quizá estaría dispuesto a
aceptar que hay algo de orgullo o de soberbia. Pero ¿por qué esa manía de querer
encontrar explicación a todos los actos de la vida?
Cuando comencé este relato estaba firmemente decidido a no dar explicaciones de
ninguna especie. Tenía ganas de contar la historia de mi crimen, y se acabó, al
que no le gustara, que no la leyese. Aunque no lo creo, porque precisamente esa
gente que siempre anda detrás de las explicaciones es la más curiosa y pienso
que ninguno de ellos se perderá la oportunidad de leer la historia de un crimen
hasta el final.
Podría reservarme los motivos que me movieron a escribir estas páginas de
confesión; pero como no tengo interés en pasar por excéntrico, diré la verdad,
que de todos modos es bastante simple, pensé que podrían ser leídas por mucha
gente, ya que ahora soy célebre; y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de
la humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me
anima la débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme. AUNQUE SEA
UNA SOLA PERSONA.
"¿Por qué -se podrá preguntar alguien- apenas una débil esperanza si el
manuscrito ha de ser leído por tantas personas? Éste es el género de preguntas
que considero inútiles, y no obstante hay que preverlas, porque la gente hace
constantemente preguntas inútiles, preguntas que el análisis más superficial
revela innecesarias. Puedo hablar hasta el cansancio y a gritos delante de una
asamblea de cien mil rusos, nadie me entendería. ¿Se dan cuenta de lo que quiero
decir?
Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona
que maté.
III
TODOS saben que maté a María Iribarne Hunter. Pero nadie sabe cómo la conocí,
qué relaciones hubo exactamente entre nosotros y cómo fui haciéndome a la idea
de matarla. Trataré de relatar todo imparcialmente porque, aunque sufrí mucho
por su culpa, no tengo la necia pretensión de ser perfecto.
En el Salón de Primavera de 1946 presenté un cuadro llamado Maternidad. Era por
el estilo de muchos otros anteriores : como dicen los críticos en su
insoportable dialecto, era sólido, estaba bien arquitecturado. Tenía, en fin,
los atributos que esos charlatanes encontraban siempre en mis telas, incluyendo
"cierta cosa profundamente intelectual". Pero arriba, a la izquierda, a través
de una ventanita, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una
mujer que miraba el mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá
algún llamado apagado y distante. La escena sugería, en mi opinión, una soledad
ansiosa y absoluta.
Nadie se fijó en esta escena; pasaban la mirada por encima, como por algo
secundario, probablemente decorativo. Con excepción de una sola persona, nadie
pareció comprender que esa escena constituía algo esencial. Fue el día de la
inauguración. Una muchacha desconocida estuvo mucho tiempo delante de mi cuadro
sin dar importancia, en apariencia, a la gran mujer en primer plano, la mujer
que miraba jugar al niño. En cambio, miró fijamente la escena de la ventana y
mientras lo hacía tuve la seguridad de que estaba aislada del mundo entero; no
vio ni oyó a la gente que pasaba o se detenía frente a mi tela.
La observé todo el tiempo con ansiedad. Después desapareció en la multitud,
mientras yo vacilaba entre un miedo invencible y un angustioso deseo de
llamarla. ¿Miedo de qué? Quizá, algo así como miedo de jugar todo el dinero de
que se dispone en la vida a un solo número. Sin embargo, cuando desapareció, me
sentí irritado, infeliz, pensando que podría no verla más, perdida entre los
millones de habitantes anónimos de Buenos Aires.
Esa noche volví a casa nervioso, descontento, triste.
Hasta que se clausuró el salón, fui todos los días y me colocaba suficientemente
cerca para reconocer a las personas que se detenían frente a mi cuadro. Pero no
volvió a aparecer.
Durante los meses que siguieron, sólo pensé en ella, en la posibilidad de volver
a verla. Y, en cierto modo, sólo pinté para ella. Fue como si la pequeña escena
de la ventana empezara a crecer y a invadir toda la tela y toda mi obra.
IV
UNA TARDE, por fin, la vi por la calle. Caminaba por la otra vereda, en forma
resuelta, como quien tiene que llegar a un lugar definido a una hora definida.
La reconocí inmediatamente; podría haberla reconocido en medio de una multitud.
Sentí una indescriptible emoción. Pensé tanto en ella, durante esos meses,
imaginé tantas cosas, que al verla, no supe qué hacer.
La verdad es que muchas veces había pensado y planeado minuciosamente mi actitud
en caso de encontrarla. Creo haber dicho que soy muy tímido; por eso había
pensado y repensado un probable encuentro y la forma de aprovecharlo. La
dificultad mayor con que siempre tropezaba en esos encuentros imaginarios era la
forma de entrar en conversación. Conozco muchos hombres que no tienen dificultad
en establecer conversación con una mujer desconocida. Confieso que en un tiempo
les tuve mucha envidia, pues, aunque nunca fui mujeriego, o precisamente por no
haberlo sido, en dos o tres oportunidades lamenté no poder comunicarme con una
mujer, en esos pocos casos en que parece imposible resignarse a la idea de que
será para siempre ajena a nuestra vida. Desgraciadamente, estuve condenado a
permanecer ajeno a la vida de cualquier mujer.
En esos encuentros imaginarios había analizado diferentes posibilidades. Conozco
mi naturaleza y sé que las situaciones imprevistas y repentinas me hacen perder
todo sentido, a fuerza de atolondramiento y de timidez. Había preparado, pues,
algunas variantes que eran lógicas o por lo menos posibles. (No es lógico que un
amigo íntimo le mande a uno un anónimo insultante, pero todos sabemos que es
posible.)
La muchacha, por lo visto, solía ir a salones de pintura. En caso de encontrarla
en uno, me pondría a su lado y no resultaría demasiado complicado entrar en
conversación a propósito de algunos de los cuadros expuestos.
Después de examinar en detalle esta posibilidad, la abandoné. Yo nunca iba a
salones de pintura. Puede parecer muy extraña esta actitud en un pintor, pero en
realidad tiene explicación y tengo la certeza de que si me decidiese a darla
todo el mundo me daría la razón. Bueno, quizá exagero al decir "todo el mundo".
No, seguramente exagero. La experiencia me ha demostrado que lo que a mí me
parece claro y evidente casi nunca lo es para el resto de mis semejantes. Estoy
tan quemado que ahora vacilo mil veces antes de ponerme a justificar o a
explicar una actitud mía y, casi siempre, termino por encerrarme en mí mismo y
no abrir la boca. Esa ha sido justamente la causa de que no me haya decidido
hasta hoy a hacer el relato de mi crimen. Tampoco sé, en este momento, si valdrá
la pena que explique en detalle este rasgo mío referente a los salones, pero
temo que, si no lo explico, crean que es una mera manía, cuando en verdad
obedece a razones muy profundas.
Realmente, en este caso hay más de una razón. Diré antes que nada, que detesto
los grupos, las sectas, las cofradías, los gremios y en general esos conjuntos
de bichos que se reúnen por razones de profesión, de gusto o de manía semejante.
Esos conglomerados tienen una cantidad de atributos grotescos, la repetición del
tipo, la jerga, la vanidad de creerse superiores al resto.
Observo que se está complicando el problema, pero no veo la manera de
simplificarlo. Por otra parte, el que quiera dejar de leer esta narración en
este punto no tiene más que hacerlo; de una vez por todas le hago saber que
cuenta con mi permiso más absoluto.
¿Qué quiero decir con eso de "repetición del tipo"? Habrán observado qué
desagradable es encontrarse con alguien que a cada instante guiña un ojo o
tuerce la boca. Pero, ¿imaginan a todos esos individuos reunidos en un club? No
hay necesidad de llegar a esos extremos, sin embargo, basta observar las
familias numerosas, donde se repiten ciertos rasgos, ciertos gestos, ciertas
entonaciones de voz. Me ha sucedido estar enamorado de una mujer (anónimamente,
claro) y huir espantado ante la posibilidad de conocer a las hermanas. Me había
pasado ya algo horrendo en otra oportunidad: encontré rasgos muy interesantes en
una mujer, pero al conocer a una hermana quedé deprimido y avergonzado por mucho
tiempo, los mismos rasgos que en aquella me habían parecido admirables aparecían
acentuados y deformados en la hermana, un poco caricaturizados. Y esa especie de
visión deformada de la primera mujer en su hermana me produjo, además de esa
sensación, un sentimiento de vergüenza, como si en parte yo fuera culpable de la
luz levemente ridícula que la hermana echaba sobre la mujer que tanto había
admirado.
Quizá cosas así me pasen por ser pintor, porque he notado que la gente no da
importancia a estas deformaciones de familia. Debo agregar que algo parecido me
sucede con esos pintores que imitan a un gran maestro, como por ejemplo esos
malhadados infelices que pintan a la manera de Picasso.
Después, está el asunto de la jerga, otra de las características que menos
soporto. Basta examinar cualquiera de los ejemplos: el psicoanálisis, el
comunismo, el fascismo, el periodismo. No tengo preferencias; todos me son
repugnantes. Tomo el ejemplo que se me ocurre en este momento: el psicoanálisis.
El doctor Prato tiene mucho talento y lo creía un verdadero amigo, hasta tal
punto que sufrí un terrible desengaño cuando todos empezaron a perseguirme y él
se unió a esa gentuza; pero dejemos esto. Un día, apenas llegué al consultorio,
Prato me dijo que debía salir y me invitó a ir con él:
-¿A dónde? -le pregunté.
-A un cóctel de la Sociedad -respondió.
-¿De qué Sociedad? -pregunté con oculta ironía, pues me revienta esa forma de
emplear el artículo determinado que tienen todos ellos, la Sociedad, por la
Sociedad Psicoanalítica; el Partido, por el Partido Comunista, la Séptima, por
la Séptima Sinfonía de Beethoven.
Me miró extrañado, pero yo sostuve su mirada con ingenuidad.
-La Sociedad Psicoanalítica, hombre -respondió mirándome con esos ojos
penetrantes que los freudianos creen obligatorios en su profesión, y como si
también se preguntara: "¿qué otra chifladura le está empezando a este tipo?"
Recordé haber leído algo sobre una reunión o congreso presidido por un doctor
Bernard o Bertrand. Con la convicción de que no podía ser eso, le pregunté si
era eso. Me miró con una sonrisa despectiva.
-Son unos charlatanes -comentó-. La única sociedad psicoanalítica reconocida
internacionalmente es la nuestra.
Volvió a entrar en su escritorio, buscó en un cajón y finalmente me mostró una
carta en inglés. La miré por cortesía.
-No sé inglés - expliqué.
-Es una carta de Chicago. Nos acredita como la única sociedad de psicoanálisis
en la Argentina.
Puse cara de admiración y profundo respeto.
Luego salimos y fuimos en automóvil hasta el local. Había una cantidad de gente.
A algunos los conocía de nombre, como al doctor Goldenberg, que últimamente
había tenido mucho renombre a raíz de haber intentado curar a una mujer los
metieron a los dos en el manicomio. Acababa de salir. Lo miré atentamente, pero
no me pareció peor que los demás, hasta me pareció más calmo, tal vez como
resultado del encierro. Me elogió los cuadros de tal manera que comprendí que
los detestaba.
Todo era tan elegante que sentí vergüenza por mi traje viejo y mis rodilleras. Y
sin embargo, la sensación de grotesco que experimentaba no era exactamente por
eso sino por algo que no terminaba de definir. Culminó cuando una chica muy
fina, mientras me ofrecía unos sandwiches, comentaba con un señor no sé qué
problema de masoquismo anal. Es probable, pues, que aquella sensación resultase
de la diferencia de potencial entre los muebles modernos, limpísimos,
funcionales, y damas y caballeros tan aseados emitiendo palabras
génito-urinarias.
Quise buscar refugio en algún rincón, pero resultó imposible. El departamento
estaba atestado de gente idéntica que decía permanentemente la misma cosa.
Escapé entonces a la calle. Al encontrarme con personas habituales (un vendedor
de diarios, un chico, un chofer), me pareció de pronto fantástico que en un
departamento hubiera aquel amontonamiento.
Sin embargo, de todos los conglomerados detesto particularmente el de los
pintores. En parte, naturalmente, porque es el que más conozco y ya se sabe que
uno puede detestar con mayor razón lo que se conoce a fondo. Pero tengo otra
razón: LOS CRÍTICOS. Es una plaga que nunca pude entender. Si yo fuera un gran
cirujano y un señor que jamás ha manejado un bisturí, ni es médico ni ha
entablillado la pata de un gato, viniera a explicarme los errores de mi
operación, ¿qué se pensaría?. Lo mismo pasa con la pintura. Lo singular es que
la gente no advierte que es lo mismo y aunque se ría de las pretensiones del
crítico de cirugía, escucha con un increíble respeto a esos charlatanes. Se
podría escuchar con cierto respeto los juicios de un crítico que alguna vez haya
pintado, aunque más no fuera que telas mediocres. Pero aun en ese caso sería
absurdo, pues ¿cómo puede encontrarse razonable que un pintor mediocre dé
consejos a uno bueno?
V
ME HE APARTADO de mi camino. Pero es por mi maldita costumbre de querer
justificar cada uno de mis actos. ¿A qué diablos explicar la razón de que no
fuera a salones de pintura? Me parece que cada uno tiene derecho a asistir o no,
si le da la gana, sin necesidad de presentar un extenso alegato justificatorio.
¿A dónde se llegaría, si no, con semejante manía? Pero, en fin, ya está hecho,
aunque todavía tendría mucho que decir acerca de ese asunto de las exposiciones,
las habladurías de los colegas, la ceguera del público, la imbecilidad de los
encargados de preparar el salón y distribuir los cuadros. Felizmente (o
desgraciadamente) ya todo eso no me interesa; de otro modo quizá escribiría un
largo ensayo titulado De la forma en que el pintor debe defenderse de los amigos
de la pintura.
Debía descartar, pues, la posibilidad de encontrarla en una exposición.
Podía suceder, en cambio, que ella tuviera un amigo que a su vez fuese amigo
mío. En ese caso, bastaría con una simple presentación. Encandilado con la
desagradable luz de la timidez, me eché gozosamente en brazos de esa
posibilidad. ¡Una simple presentación! ¡Qué fácil se volvía todo, qué amable! El
encandilamiento me impidió ver inmediatamente lo absurdo de semejante idea. No
pensé en aquel momento que encontrar a un amigo suyo era tan difícil como
encontrarla a ella misma, porque es evidente que sería imposible encontrar un
amigo sin saber quién era ella. Pero si sabía quién era ella ¿para qué recurrir
a un tercero? Quedaba, es cierto, la pequeña ventaja de la presentación, que yo
no desdeñaba. Pero, evidentemente, el problema básico era hallarla a ella y
luego, en todo caso, buscar un amigo común para que nos presentara.
Quedaba el camino inverso, ver si alguno de mis amigos era, por azar, amigo de
ella. Y eso sí podía hacerse sin hallarla previamente, pues bastaría con
interrogar a cada uno de mis conocidos acerca de una muchacha de tal estatura y
de pelo así y así. Todo esto, sin embargo, me pareció una especie de frivolidad
y lo deseché, me avergonzó el sólo imaginar que hacía preguntas de esa
naturaleza a gentes como Mapelli o Lartigue.
Creo conveniente dejar establecido que no descarté esta variante por
descabellada, sólo lo hice por las razones que acabo de exponer. Alguno podría
creer, efectivamente, que es descabellado imaginar la remota posibilidad de que
un conocido mío fuera a la vez conocido de ella. Quizá lo parezca a un espíritu
superficial, pero no a quien está acostumbrado a reflexionar sobre los problemas
humanos. Existen en la sociedad estratos horizontales, formados por las personas
de gustos semejantes, y en estos estratos los encuentros casuales (?) no son
raros, sobre todo cuando la causa de la estratificación es alguna característica
de minorías. Me ha sucedido encontrar una persona en un barrio de Berlín, luego
en un pequeño lugar casi desconocido de Italia y, finalmente, en una librería de
Buenos Aires. ¿Es razonable atribuir al azar estos encuentros repetidos? Pero
estoy diciendo una trivialidad, lo sabe cualquier persona aficionada a la
música, al esperanto, al espiritismo.
Había que caer, pues, en la posibilidad más temida, al encuentro en la calle.
¿Cómo demonios hacen ciertos hombres para detener a una mujer, para entablar
conversación y hasta para iniciar una aventura?. Descarté sin más cualquier
combinación que comenzara con una iniciativa mía; mi ignorancia de esa técnica
callejera y mi cara me indujeron a tomar esa decisión melancólica y definitiva.
No quedaba sino esperar una feliz circunstancia, de esas que suelen presentarse
cada millón de veces; que ella hablara primero. De modo que mi felicidad estaba
librada a una remotísima lotería, en la que había que ganar una vez para tener
derecho a jugar nuevamente y sólo recibir el premio en el caso de ganar en esta
segunda jornada. Efectivamente, tenía que darse la posibilidad de encontrarme
con ella y luego la posibilidad, todavía más improbable, de que ella me
dirigiera la palabra. Sentí un especie de vértigo, de tristeza y desesperanza.
Pero, no obstante, seguí preparando mi posición.
Imaginaba, pues, que ella me hablaba, por ejemplo para preguntarme una dirección
o acerca de un ómnibus; y a partir de esa frase inicial yo construí durante
meses de reflexión, de melancolía, de rabia, de abandono y de esperanza, una
serie interminable de variantes. En alguna yo era locuaz, dicharachero (nunca lo
he sido, en realidad); en otra era parco; en otras me imaginaba risueño. A
veces, lo que es sumamente singular, contestaba bruscamente a la pregunta de
ella y hasta con rabia contenida; sucedió (en alguno de esos encuentros
imaginarios) que la entrevista se malograra por irritación absurda de mi parte,
por reprocharle casi groseramente una consulta que yo juzgaba inútil o
irreflexiva. Estos encuentros fracasados me dejaban lleno de amargura, y durante
varios días me reprochaba la torpeza con que había perdido una oportunidad tan
remota de entablar relaciones con ella; felizmente, terminaba por advertir que
todo eso era imaginario y que al menos seguía quedando la posibilidad real.
Entonces volvía a prepararme con más entusiasmo y a imaginar nuevos y más
fructíferos diálogos callejeros. En general, la dificultad mayor estribaba en
vincular la pregunta de ella con algo tan general y alejado de las
preocupaciones diarias como la esencia general del arte o, por lo menos, la
impresión que le había producido mi ventanita. Por supuesto, si se tiene tiempo
y tranquilidad, siempre es posible establecer lógicamente, sin que choque, esa
clase de vinculaciones; en una reunión social sobra el tiempo y en cierto modo
se está para establecer esa clase de vinculaciones entre temas totalmente
ajenos; pero en el ajetreo de una calle de Buenos Aires, entre gentes que corren
colectivos y que lo llevan a uno por delante, es claro que había que descartar
casi ese tipo de conversación. Pero por otro lado no podía descartarla sin caer
en una situación irremediable para mi destino. Volvía, pues, a imaginar
diálogos, los más eficaces y rápidos posibles, que llevaran desde la frase:
"¿Dónde queda el Correo Central?" hasta la discusión de problemas del
expresionismo o del superrealismo. No era nada fácil.
Una noche de insomnio llegué a la conclusión de que era inútil y artificioso
intentar una conversación semejante y que era preferible atacar bruscamente el
punto central, con una pregunta valiente, jugándome todo a un solo número. Por
ejemplo, preguntando: "¿Por qué miró solamente la ventanita?" Es común que en
las noches de insomnio sea teóricamente más decidido que durante el día, en los
hechos. Al otro día, al analizar fríamente esta posibilidad, concluí que jamás
tendría suficiente valor para hacer esa pregunta a boca de jarro. Como siempre,
el desaliento me hizo caer en el otro extremo, imaginé entonces una pregunta tan
indirecta que para llegar al punto que me interesaba (la ventana) casi se
requería una larga amistad, una pregunta del género de: "¿Tiene interés en el
arte?"
No recuerdo ahora todas las variantes que pensé. Sólo recuerdo que había algunas
tan complicadas que eran prácticamente inservibles. Sería un azar demasiado
portentoso que la realidad coincidiera luego con una llave tan complicada,
preparada de antemano ignorando la forma de la cerradura. Pero sucedía que
cuando había examinado tantas variantes enrevesadas, me olvidaba del orden de
las preguntas y respuestas o las mezclaba, como sucede en el ajedrez cuando uno
imagina partidas de memoria. Y también resultaba a menudo que reemplazaba frases
de una variante con frases de otra, con resultados ridículos o desalentadores.
Por ejemplo, detenerla para darle una dirección y en seguida preguntarle:
"¿Tiene mucho interés en el arte?" Era grotesco.
Cuando llegaba a esta situación descansaba por varios días de barajar
combinaciones.
VI
AL VERLA caminar por la vereda de enfrente, todas las variantes se amontonaron y
revolvieron en mi cabeza. Confusamente, sentí que surgían en mi conciencia
frases íntegras elaboradas y aprendidas en aquella larga gimnasia preparatoria:
"¿Tiene mucho interés en el arte?", "¿Por qué miró sólo la ventanita?",
etcétera. Con más insistencia que ninguna otra, surgía una frase que yo había
desechado por grosera y que en ese momento me llenaba de vergüenza y me hacía
sentir aun más ridículo: "¿Le gusta Castel?".
Las frases, sueltas y mezcladas, formaban un tumultuoso rompecabezas en
movimiento, hasta que comprendí que era inútil preocuparme de esa manera,
recordé que era ella quien debía tomar la iniciativa de cualquier conversación.
Y desde ese momento me sentí estúpidamente tranquilizado, y hasta creo que
llegué a pensar, también estúpidamente: "Vamos a ver ahora cómo se las
arreglará."
Mientras tanto, y a pesar de ese razonamiento, me sentía tan nervioso y
emocionado que no atinaba a otra cosa que a seguir su marcha por la vereda de
enfrente, sin pensar que si quería darle al menos la hipotética posibilidad de
preguntarme una dirección tenía que cruzar la vereda y acercarme. Nada más
grotesco, en efecto, que suponerla pidiéndome a gritos, desde allá, una
dirección.
¿Qué haría? ¿Hasta cuándo duraría esa situación? Me sentí infinitamente
desgraciado. Caminamos varías cuadras. Ella siguió caminando con decisión.
Estaba muy triste, pero tenía que seguir hasta el fin, no era posible que
después de haber esperado este instante durante meses dejase escapar la
oportunidad. Y el andar rápidamente mientras mi espíritu vacilaba tanto me
producía una sensación singular, mi pensamiento era como un gusano ciego y torpe
dentro de un automóvil a gran velocidad.
Dio vuelta en la esquina de San Martín, caminó unos pasos y entró en el edificio
de la Compañía T. Comprendí que tenía que decidirme rápidamente y entré detrás,
aunque sentí que en esos momentos estaba haciendo algo desproporcionado y
monstruoso.
Esperaba el ascensor. No había nadie más. Alguien más audaz que yo pronunció
desde mi interior esta pregunta increíblemente estúpida:
-¿Éste es el edificio de la Compañía T.?
Un cartel de varios metros de largo, que abarcaba todo el frente del edificio,
proclamaba que, en efecto, ése era el edificio de la Compañía T.
No obstante, ella se dio vuelta con sencillez y me respondió afirmativamente.
(Más tarde, reflexionando sobre mi pregunta y sobre la sencillez y tranquilidad
con que ella me respondió, llegué a la conclusión de que, al fin y al cabo,
sucede que muchas veces uno no ve carteles demasiado grandes; y que, por lo
tanto, la pregunta no era tan irremediablemente estúpida como había pensado en
los primeros momentos).
Pero en seguida, al mirarme, se sonrojó tan intensamente, que comprendí me había
reconocido. Una variante que jamás había pensado y sin embargo muy lógica, pues
mi fotografía había aparecido muchísimas veces en revistas y diarios.
Me emocioné tanto que sólo atiné a otra pregunta desafortunada; le dije
bruscamente:
-¿Por qué se sonroja?
Se sonrojó aún más e iba a responder quizá algo cuando, ya completamente perdido
el control, agregué atropelladamente:
-Usted se sonroja porque me ha reconocido. Y usted cree que esto es una
casualidad, pero no es una casualidad, nunca hay casualidades. He pensado en
usted varios meses. Hoy la encontré por la calle y la seguí. Tengo algo
importante que preguntarle, algo referente a la ventanita, ¿comprende?
Ella estaba asustada:
-¿La ventanita? -balbuceó-. ¿Qué ventanita?
Sentí que se me aflojaban las piernas. ¿Era posible que no la recordara?
Entonces no le había dado la menor importancia, la había mirado por simple
curiosidad. Me sentí grotesco y pensé vertiginosamente que todo lo que había
pensado y hecho durante esos meses (incluyendo esta escena) era el colmo de la
desproporción y del ridículo, una de esas típicas construcciones imaginarias
mías, tan presuntuosas como esas reconstrucciones de un dinosaurio realizadas a
partir de una vértebra rota.
La muchacha estaba próxima al llanto. Pensé que el mundo se me venía abajo, sin
que yo atinara a nada tranquilo o eficaz. Me encontré diciendo algo que ahora me
avergüenza escribir .
-Veo que me he equivocado. Buenas tardes.
Salí apresuradamente y caminé casi corriendo en una dirección cualquiera. Habría
caminado una cuadra cuando oí detrás una voz que me decía:
-¡Señor, señor!
Era ella, que me había seguido sin animarse a detenerme. Ahí estaba y no sabía
cómo justificar lo que había pasado. En voz baja, me dijo:
-Perdóneme, señor... Perdone mi estupidez... Estaba tan asustada...
El mundo había sido, hacía unos instantes, un caos de objetos y seres inútiles.
Sentí que volvía a rehacer y a obedecer a un orden. La escuché mudo.
-No advertí que usted preguntaba por la escena del cuadro -dijo temblorosamente.
Sin darme cuenta, la agarré de un brazo.
-¿Entonces la recuerda?
Se quedó un momento sin hablar, mirando al suelo. Luego dijo con lentitud:
-La recuerdo constantemente.
Después sucedió algo curioso, pareció arrepentirse de lo que había dicho porque
se volvió bruscamente y echó casi a correr. Al cabo de un instante de sorpresa
corrí tras ella, hasta que comprendí lo ridículo de la escena; miré entonces a
todos lados y seguí caminando con paso rápido pero normal. Esta decisión fue
determinada por dos reflexiones: primero, que era grotesco que un hombre
conocido corriera por la calle detrás de una muchacha; segundo, que no era
necesario. Esto último era lo esencial, podría verla en cualquier momento, a la
entrada o a la salida de la oficina. ¿A qué correr como loco? Lo importante, lo
verdaderamente importante, era que recordaba la escena de la ventana: "La
recordaba constantemente." Estaba contento, me hallaba capaz de grandes cosas y
solamente me reprochaba el haber perdido el control al pie del ascensor y ahora,
otra vez, al correr como un loco detrás de ella, cuando era evidente que podría
verla en cualquier momento en la oficina.
VII
"¿EN LA OFICINA?", me pregunté de pronto en voz alta, casi a gritos, sintiendo
que las piernas se me aflojaban de nuevo. ¿Y quién me había dicho que trabajaba
en esa oficina? ¿Acaso sólo entra en una oficina la gente que trabaja allí? La
idea de perderla por varios meses más, o quizá para siempre, me produjo un
vértigo y ya sin reflexionar sobre las conveniencias corrí como un desesperado;
pronto me encontré en la puerta de la Compañía T. y ella no se veía por ningún
lado. ¿Habría tomado ya el ascensor? Pensé interrogar al ascensorista, pero
¿cómo preguntarle? Podían haber subido ya muchas mujeres y tendría entonces que
especificar detalles: ¿qué pensaría el ascensorista ? Caminé un rato por la
vereda, indeciso. Luego crucé a la otra vereda y examiné el frente del edificio,
no comprendo por qué. ¿Quizá con la vaga esperanza de ver asomarse a la muchacha
por una ventana?. Sin embargo era absurdo pensar que pudiera asomarse para
hacerme señas o cosas por el estilo. Sólo vi el gigantesco cartel que decía:
COMPAÑÍA T.
Juzgué a ojo que debería abarcar unos veinte metros de frente; este cálculo
aumentó mi malestar. Pero ahora no tenía tiempo de entregarme a ese sentimiento:
ya me torturaría más tarde, con tranquilidad. Por el momento no vi otra
solución. que entrar. Enérgicamente, penetré en el edificio y esperé que bajara
el ascensor; pero a medida que bajaba noté que mi decisión disminuía, al mismo
tiempo que mi habitual timidez crecía tumultuosamente. De modo que cuando la
puerta del ascensor se abrió ya tenía perfectamente decidido lo que debía hacer:
no diría una sola palabra. Claro que, en ese caso, ¿para qué tomar el ascensor?
Resultaba violento, sin embargo, no hacerlo, después de haber esperado
visiblemente en compañía de varias personas. ¿Cómo se interpretaría un hecho
semejante? No encontré otra solución que tomar el ascensor, manteniendo, claro,
mi punto de vista de no pronunciar una sola palabra; cosa perfectamente factible
y hasta más normal que lo contrario: lo corriente es que nadie tenga la
obligación de hablar en el interior de un ascensor, a menos que uno sea amigo
del ascensorista, en cuyo caso es natural preguntarle por el tiempo o por el
hijo enfermo. Pero como yo no tenía ninguna relación y en verdad jamás hasta ese
momento había visto a ese hombre, mi decisión de no abrir la boca no podía
producir la más mínima complicación. El hecho de que hubiera varias personas
facilitaba mi trabajo, pues lo hacía pasar inadvertido.
Entré tranquilamente al ascensor, pues, y las cosas ocurrieron como había
previsto, sin ninguna dificultad; alguien comentó con el ascensorista el calor
húmedo y este comentario aumentó mi bienestar, porque confirmaba mis
razonamientos. Experimenté una ligera nerviosidad cuando dije "octavo", pero
sólo podría haber sido notada por alguien que estuviera enterado de los fines
que yo perseguía en ese momento.
Al llegar al piso octavo, vi que otra persona salía conmigo, lo que computaba un
poco la situación; caminando con lentitud esperé que el otro entrara en una de
las oficinas mientras yo todavía caminaba a lo largo del pasillo. Entonces
respiré tranquilo; di unas vueltas por el corredor, fui hasta el extremo, miré
el panorama de Buenos Aires por una ventana, me volví y llamé por fin el
ascensor. Al poco rato estaba en la puerta del edificio sin que hubiera sucedido
ninguna de las escenas desagradables que había temido (preguntas raras del
ascensorista, etcétera). Encendí un cigarrillo y no había terminado de
encenderlo cuando advertí que mi tranquilidad era bastante absurda: era cierto
que no había pasado nada desagradable, pero también era cierto que no había
pasado nada en absoluto. En otras palabras más crudas: la muchacha estaba
perdida, a menos que trabajase regularmente en esas oficinas; pues si había
entrado para hacer una simple gestión podía ya haber subido y bajado,
desencontrándose conmigo. "Claro que -pensé- si ha entrado por una gestión es
también posible que no la haya terminado en tan corto tiempo." Esta reflexión me
animó nuevamente y decidí esperar al pie del edificio.
Durante una hora estuve esperando sin resultado. Analicé las diferentes
posibilidades que se presentaban:
1. La gestión era larga; en ese caso había que seguir esperando.
2. Después de lo que había pasado, quizá estaba demasiado excitada y habría ido
a dar una vuelta antes de hacer la gestión; también correspondía esperar.
3. Trabajaba allí; en este caso había que esperar hasta la hora de salida.
"De modo que esperando hasta esa hora -razoné- enfrento las tres posibilidades."
Esta lógica me pareció de hierre y me tranquilizó bastante para decidirme a
esperar con serenidad en el café de la esquina, desde cuya vereda podía vigilar
la salida de la gente. Pedí cerveza y miré el reloj: eran las tres y cuarto.
A medida que fue pasando el tiempo me fui afirmando en la última hipótesis:
trabajaba allí. A las seis me levanté, pues me parecía mejor esperar en la
puerta del edificio: seguramente saldría mucha gente de golpe y era posible que
no la viera desde el café.
A las seis y minutos empezó a salir el personal.
A las seis y media habían salido casi todos, como se infería del hecho de que
cada vez raleaban más. A las siete menos cuarto no salía casi nadie: solamente,
de vez en cuando, algún alto empleado; a menos que ella fuera un alto empleado
("Absurdo", pensé) o secretaria de un alto empleado ("Eso sí", pensé con una
débil esperanza). A las siete todo había terminado.
VIII
MIENTRAS volvía a mi casa profundamente deprimido, trataba de pensar con
claridad. Mi cerebro es un hervidero, pero cuando me pongo nervioso las ideas se
me suceden como en un vertiginoso ballet; a pesar de lo cual, o quizá por eso
mismo, he ido acostumbrándome a gobernarlas y ordenarlas rigurosamente; de otro
modo creo que no tardaría en volverme loco.
Como dije, volví a casa en un estado de profunda depresión, pero no por eso dejé
de ordenar y clasificar las ideas, pues sentí que era necesario pensar con
claridad si no quería perder para siempre a la única persona que evidentemente
había comprendido mi pintura.
O ella entró en la oficina para hacer una gestión, o trabajaba allí; no había
otra posibilidad. Desde luego, esta última era la hipótesis más favorable. En
este caso, al separarse de mí se habría sentido trastornada y decidiría volver a
su casa. Era necesario esperarla, pues, al otro día, frente a la entrada.
Analicé luego la otra posibilidad: la gestión. Podría haber sucedido que,
trastornada por el encuentro, hubiera vuelto a la casa y decidido dejar la
gestión para el otro día. También en este caso correspondía esperarla en la
entrada.
Estas dos eran las posibilidades favorables. La otra era terrible: la gestión
había sido hecha mientras yo llegaba al edificio y durante mi aventura de ida y
vuelta en el ascensor. Es decir, que nos habíamos cruzado sin vernos. El tiempo
de todo este proceso era muy breve y era muy improbable que las cosas hubieran
sucedido de este modo, pero era posible: bien podía consistir la famosa gestión
en entregar una carta, por ejemplo. En tales condiciones creí inútil volver al
otro día a esperar.
Había, sin embargo, dos posibilidades favorables y me aferré a ellas con
desesperación.
Llegué a mi casa con una mezcla de sentimientos. Por un lado, cada vez que
pensaba en la frase que ella había dicho ("La recuerdo constantemente"), mi
corazón latía con violencia y sentí que se me abría una oscura pero vasta y
poderosa perspectiva; intuí que una gran fuerza, hasta ese momento dormida, se
desencadenaría en mí. Por otro lado imaginé que podía pasar mucho tiempo antes
de volver a encontrarla. Era necesario encontrarla. Me encontré diciendo en alta
voz, varias veces: "¡Es necesario, es necesario!"
IX
AL OTRO DÍA, temprano, estaba ya parado frente a la puerta de entrada de las
oficinas de T. Entraron todos los empleados, pero ella no apareció: era claro
que no trabajaba allí, aunque restaba la débil hipótesis de que hubiera
enfermado y no fuese a la oficina por varios días.
Quedaba, además, la posibilidad de la gestión, de manera que decidí esperar toda
la mañana en el café de la esquina.
Había ya perdido toda esperanza (serían alrededor de las once y media) cuando la
vi salir de la boca del subterráneo. Terriblemente agitado, me levanté de un
salto y fui a su encuentro. Cuando ella me vio, se detuvo como si de pronto se
hubiera convertido en piedra: era evidente que no contaba con semejante
aparición. Era curioso, pero la sensación de que mi mente había trabajado con un
rigor férreo me daba una energía inusitada: me sentía fuerte, estaba poseído por
una decisión viril y dispuesto a todo. Tanto que la tomé de un brazo casi con
brutalidad y, sin decir una sola palabra, la arrastré por la calle San Martín en
dirección a la plaza. Parecía desprovista de voluntad; no dijo una sola palabra.
Cuando habíamos caminado unas dos cuadras, me preguntó:
-¿A dónde me lleva?
-A la plaza San Martín. Tengo mucho que hablar con usted -le respondí, mientras
seguía caminando con decisión, siempre arrastrándola del brazo.
Murmuró algo referente a las oficinas de T., pero yo seguí arrastrándola y no oí
nada de lo que me decía.
Agregué:
-Tengo muchas cosas que hablar con usted.
No ofrecía resistencia: yo me sentía como un río crecido que arrastra una rama.
Llegamos a la plaza y busqué un banco aislado.
-¿Por qué huyó? -fue lo primero que le pregunté. Me miró con esa expresión que
yo había notado el día anterior, cuando me dijo "la recuerdo constantemente":
era una mirada extraña, fija, penetrante, parecía venir de atrás; esa mirada me
recordaba algo, unos ojos parecidos, pero no podía recordar dónde los había
visto.
-No sé -respondió finalmente-. También querría huir ahora.
Le apreté el brazo.
-Prométame que no se irá nunca más. La necesito, la necesito mucho -le dije.
Volvió a mirarme como si me escrutara, pero no hizo ningún comentario. Después
fijó sus ojos en un árbol lejano.
De perfil no me recordaba nada. Su rostro era hermoso pero tenía algo duro. El
pelo era largo y castaño. Físicamente, no aparentaba mucho más de veintiséis
años, pero existía en ella algo que sugería edad, algo típico de una persona que
ha vivido mucho; no canas ni ninguno de esos indicios puramente materiales, sino
algo indefinido y seguramente de orden espiritual; quizá la mirada, pero ¿hasta
qué punto se puede decir que la mirada de un ser humano es algo físico?; quizá
la manera de apretar la boca, pues, aunque la boca y los labios son elementos
físicos, la manera de apretarlos y ciertas arrugas son también elementos
espirituales. No pude precisar en aquel momento, ni tampoco podría precisarlo
ahora, qué era, en definitiva, lo que daba esa impresión de edad. Pienso que
también podría ser el modo de hablar.
-Necesito mucho de usted -repetí. No respondió: seguía mirando el árbol.
-¿Por qué no habla? -le pregunté. Sin dejar de mirar el árbol, contestó:
-Yo no soy nadie. Usted es un gran artista. No veo para qué me puede necesitar.
Le grité brutalmente:
-¡Le digo que la necesito! ¿Me entiende? Siempre mirando el árbol, musitó:
-¿Para qué?
No respondí en el instante. Dejé su brazo y quedé pensativo. ¿Para qué, en
efecto? Hasta ese momento no me había hecho con claridad la pregunta y más bien
había obedecido a una especie de instinto. Con una ramita comencé a trazar
dibujos geométricos en la tierra.
-No sé -murmuré al cabo de un buen rato-. Todavía no lo sé.
Reflexionaba intensamente y con la ramita complicaba cada vez más los dibujos.
-Mi cabeza es un laberinto oscuro. A veces hay como relámpagos que iluminan
algunos corredores. Nunca termino de saber por qué hago ciertas cosas. No, no es
eso...
Me sentía bastante tonto, de ninguna manera era esa mi forma de ser. Hice un
gran esfuerzo mental, ¿acaso yo no razonaba? Por el contrario, mi cerebro estaba
constantemente razonando como una máquina de calcular; por ejemplo, en esta
misma historia ¿no me había pasado meses razonando y barajando hipótesis y
clasificándolas? Y, en cierto modo, ¿no había encontrado a María al fin, gracias
a mi capacidad lógica? Sentí que estaba cerca de la verdad, muy cerca, y tuve
miedo de perderla: hice un enorme esfuerzo.
Grité:
-¡No es que no sepa razonar! Al contrario, razono siempre. Pero imagine usted un
capitán que en cada instante fija matemáticamente su posición y sigue su ruta
hacia el objetivo con un rigor implacable. Pero que no sabe por qué va hacia ese
objetivo, ¿entiende?
Me miró un instante con perplejidad; luego volvió nuevamente a mirar el árbol.
-Siento que usted será algo esencial para lo que tengo que hacer, aunque todavía
no me doy cuenta de la razón.
Volví a dibujar con la ramita y seguí haciendo un gran esfuerzo mental. Al cabo
de un tiempo, agregué:
-Por lo pronto sé que es algo vinculado a la escena de la ventana: usted ha sido
la única persona que le ha dado importancia.
-Yo no soy crítico de arte -murmuró. Me enfurecí y grité:
-¡No me hable de esos cretinos!
Se dio vuelta sorprendida. Yo bajé entonces la voz y le expliqué por qué no
creía en los críticos de arte: en fin, la teoría del bisturí y todo eso. Me
escuchó siempre sin mirarme y cuando yo terminé comentó:
-Usted se queja, pero los críticos siempre lo han elogiado.
Me indigné.
-¡Peor para mí! ¿No comprende? Es una de las cosas que me han amargado y que me
han hecho pensar que ando por el mal camino. Fíjese por ejemplo lo que ha pasado
en este salón: ni uno solo de esos charlatanes se dio cuenta de la importancia
de esa escena. Hubo una sola persona que le ha dado importancia: usted. Y usted
no es un crítico. No, en realidad hay otra persona que le ha dado importancia,
pero negativa: me lo ha reprochado, le tiene aprensión, casi asco. En cambio,
usted...
Siempre mirando hacia adelante dijo, lentamente:
-¿Y no podría ser que yo tuviera la misma opinión?
-¿Qué opinión?
-La de esa persona.
La miré ansiosamente; pero su cara, de perfil, era inescrutable, con sus
mandíbulas apretadas. Respondí con firmeza:
-Usted piensa como yo.
-¿Y qué es lo que piensa usted?
-No sé, tampoco podría responder a esa pregunta. Mejor podría decirle que usted
siente como yo. Usted miraba aquella escena como la habría podido mirar yo en su
lugar.
No sé qué piensa y tampoco sé lo que pienso yo, pero sé que piensa como yo.
-¿Pero entonces usted no piensa sus cuadros?
-Antes los pensaba mucho, los construía como se construye una casa. Pero esa
escena no: sentía que debía pintarla así, sin saber bien por qué. Y sigo sin
saber. En realidad, no tiene nada que ver con el resto del cuadro y hasta creo
que uno de esos idiotas me lo hizo notar. Estoy caminando a tientas, y necesito
su ayuda porque sé que siente como yo.
-No sé exactamente lo que piensa usted. Comenzaba a impacientarme. Le respondí
secamente:
-¿No le digo que no sé lo que pienso? Si pudiera decir con palabras claras lo
que siento, sería casi como pensar claro. ¿No es cierto?
-Sí, es cierto.
Me callé un momento y pensé, tratando de ver claro. Después agregué:
-Podría decirse que toda mi obra anterior es más superficial.
-¿Qué obra anterior?
-La anterior a la ventana.
Me concentré nuevamente y luego dije:
-No, no es eso exactamente, no es eso. No es que fuera más superficial.
¿Qué era, verdaderamente? Nunca, hasta ese momento, me había puesto a pensar en
este problema; ahora me daba cuenta hasta qué punto había pintado la escena de
la ventana como un sonámbulo.
-No, no es que fuera más superficial -agregué, como hablando para mí mismo-. No
sé, todo esto tiene algo que ver con la humanidad en general ¿comprende?
Recuerdo que días antes de pintarla había leído que en un campo de concentración
alguien pidió de comer y lo obligaron a comerse una rata viva. A veces creo que
nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde
millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos
enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están
naciendo para volver a empezar la comedia inútil.
¿Sería eso, verdaderamente? Me quedé reflexionando en esa idea de la falta de
sentido. ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de
astros indiferentes?
Ella seguía en silencio.
-Esa escena de la playa me da miedo -agregué después de un largo rato-, aunque
sé que es algo más profundo. No, más bien quiero decir que me representa más
profundamente a mí... Eso es. No es un mensaje claro, todavía, no, pero me
representa profundamente a mí.
Oí que ella decía:
-¿Un mensaje de desesperanza, quizá? La miré ansiosamente:
-Sí -respondí-, me parece que un mensaje de desesperanza. ¿Ve cómo usted sentía
como yo? Después de un momento, preguntó:
-¿Y le parece elogiable un mensaje de desesperanza? La observé con sorpresa.
-No -repuse-, me parece que no. ¿Y usted qué piensa? Quedó un tiempo bastante
largo sin responder; por fin volvió la cara y su mirada se clavó en mí.
-La palabra elogiable no tiene nada que hacer aquí -dijo, como contestando a su
propia pregunta-. Lo que importa es la verdad.
-¿Y usted cree que esa escena es verdadera? -pregunté. Casi con dureza, afirmó:
-Claro que es verdadera.
Miré ansiosamente su rostro duro, su mirada dura. "¿Por qué esa dureza?", me
preguntaba, "¿por qué?" Quizá sintió mi ansiedad, mi necesidad de comunión,
porque por un instante su mirada se ablandó y pareció ofrecerme un puente; pero
sentí que era un puente transitorio y frágil colgado sobre un abismo. Con una
voz también diferente, agregó:
-Pero no sé qué ganará con verme. Hago mal a todos los que se me acercan.
X
QUEDAMOS en vernos pronto. Me dio vergüenza decirle que deseaba verla al otro
día o que deseaba seguir viéndola allí mismo y que ella no debería separarse ya
nunca de mí. A pesar de que mi memoria es sorprendente, tengo, de pronto,
lagunas inexplicables. No sé ahora qué le dije en aquel momento, pero recuerdo
que ella me respondió que debía irse. Esa misma noche le hablé por teléfono. Me
atendió una mujer; cuando le dije que quería hablar con la señorita María
Iribarne pareció vacilar un segundo, pero luego dijo que iría a ver si estaba.
Casi instantáneamente oí la voz de María, pero con un tono casi oficinesco, que
me produjo un vuelco.
-Necesito verla, María -le dije-. Desde que nos separamos he pensado
constantemente en usted cada segundo. Me detuve temblando. Ella no contestaba.
-¿Por qué no contesta? -le dije con nerviosidad creciente.
-Espere un momento -respondió.
Oí que dejaba el tubo. A los pocos instantes oí de nuevo su voz, pero esta vez
su voz verdadera; ahora también ella parecía estar temblando.
-No podía hablar -me explicó.
-¿Por qué?
-Acá entra y sale mucha gente.
-¿Y ahora cómo puede hablar?
-Porque cerré la puerta. Cuando cierro la puerta saben que no deben molestarme.
-Necesito verla, María -repetí con violencia-. No he hecho otra cosa que pensar
en usted desde el mediodía. Ella no respondió.
-¿Por qué no responde?
-Castel... -comenzó con indecisión.
-¡No me diga Castel! -grité indignado.
-Juan Pablo... -dijo entonces, con timidez. Sentí que una interminable felicidad
comenzaba con esas dos palabras.
Pero María se había detenido nuevamente.
-¿Qué pasa? -pregunté-. ¿Por qué no habla?
-Yo también -musitó.
-¿Yo también qué? -pregunté con ansiedad.
-Que yo también no he hecho más que pensar.
-¿Pero pensar en qué? -seguí preguntando, insaciable.
-En todo.
-¿Cómo en todo? ¿En qué?
-En lo extraño que es todo esto... lo de su cuadro... el encuentro de ayer... lo
de hoy... qué sé yo... La imprecisión siempre me ha irritado.
-Sí, pero yo le he dicho que no he dejado de pensar en usted -respondí-. Usted
no me dice que haya pensado en mí.
Pasó un instante. Luego respondió:
-Le digo que he pensado en todo.
-No ha dado detalles.
-Es que todo es tan extraño, ha sido tan extraño... estoy tan perturbada...
Claro que pensé en usted...
Mi corazón golpeó. Necesitaba detalles: me emocionan los detalles, no las
generalidades.
-¿Pero cómo, cómo?... -pregunté con creciente ansiedad-. Yo he pensado en cada
uno de sus rasgos, en su perfil cuando miraba el árbol, en su pelo castaño, en
sus ojos duro y cómo de pronto se hacen blandos, en su forma de caminar...
-Tengo que cortar -me interrumpió de pronto-. Viene gente.
-La llamaré mañana temprano -alcancé a decir, con desesperación.
-Bueno -respondió rápidamente.
XI
PASÉ una noche agitada. No pude dibujar ni pintar, aunque intenté muchas veces
empezar algo. Salí a caminar y de pronto me encontré en la calle Corrientes. Me
pasaba algo muy extraño: miraba con simpatía a todo el mundo. Creo haber dicho
que me he propuesto hacer este relato en forma totalmente imparcial y ahora daré
la primera prueba, confesando uno de mis peores defectos: siempre he mirado con
antipatía y hasta con asco a la gente, sobre todo a la gente amontonada; nunca
he soportado las playas en verano. Algunos hombres, algunas mujeres aisladas me
fueron muy queridos, por otros sentí admiración (no soy envidioso), por otros
tuve verdadera simpatía; por los chicos siempre tuve ternura y compasión (sobre
todo cuando, mediante un esfuerzo mental, trataba de olvidar que al fin serían
hombres como los demás); pero, en general, la humanidad me pareció siempre
detestable. No tengo inconvenientes en manifestar que a veces me impedía comer
en todo el día o me impedía pintar durante una semana el haber observado un
rasgo; es increíble hasta qué punto la codicia, la envidia, la petulancia, la
grosería, la avidez y, en general, todo ese conjunto de atributos que forman la
condición humana pueden verse en una cara, en una manera de caminar, en una
mirada. Me parece natural que después de un encuentro así uno no tenga ganas de
comer, de pintar, ni aun de vivir. Sin embargo, quiero hacer constar que no me
enorgullezco de esta característica: sé que es una muestra de soberbia y sé,
también, que mi alma ha albergado muchas veces la codicia, la petulancia, la
avidez y la grosería. Pero he dicho que me propongo narrar esta historia con
entera imparcialidad, y así lo haré.
Esa noche, pues, mi desprecio por la humanidad parecía abolido o, por lo menos,
transitoriamente ausente. Entré en el café Marzotto. Supongo que ustedes saben
que la gente va allí a oír tangos, pero a oírlos como un creyente en Dios oye La
pasión según San Mateo.
XII
A LA MAÑANA siguiente, a eso de las diez, llamé por teléfono. Me atendió la misma
mujer del día anterior. Cuando pregunté por la señorita María Iribarne me dijo
que esa misma mañana había salido para el campo. Me quedé frío.
-¿Para el campo? -pregunté.
-Sí, señor. ¿Usted es el señor Castel?
-Sí, soy Castel.
-Dejó una carta para usted, acá. Que perdone, pero no tenía su dirección.
Me había hecho tanto a la idea de verla ese mismo día y esperaba cosas tan
importantes de ese encuentro que este anuncio me dejó anonadado. Se me
ocurrieron una serie de preguntas: ¿Por qué había resuelto ir al campo?
Evidentemente, esta resolución había sido tomada después de nuestra conversación
telefónica, porque, si no, me habría dicho algo acerca del viaje y, sobre todo,
no habría aceptado mi sugestión de hablar por teléfono a la mañana siguiente.
Ahora bien, si esa resolución era posterior a la conversación por teléfono
¿sería también consecuencia de esa conversación? Y si era consecuencia, ¿por
qué?, ¿quería huir de mí una vez más?, ¿temía el inevitable encuentro del otro
día?
Este inesperado viaje al campo despertó la primera duda. Como sucede siempre,
empecé a encontrar sospechosos detalles anteriores a los que antes no había dado
importancia. ¿Por qué esos cambios de voz en el teléfono el día anterior?
¿Quiénes eran esas gentes que "entraban y salían" y que le impedían hablar con
naturalidad? Además, eso probaba que ella era capaz de simular. ¿Y por qué
vaciló esa mujer cuando pregunté por la señorita Iribarne? Pero una frase sobre
todo se me había grabado como con ácido: "Cuando cierro la puerta saben que no
deben molestarme." Pensé que alrededor de María existían muchas sombras.
Estas reflexiones me las hice por primera vez mientras corría a su casa. Era
curioso que ella no hubiera averiguado mi dirección; yo, en cambio, conocía ya
su dirección y su teléfono. Vivía en la calle Posadas, casi en la esquina de
Seaver.
Cuando llegué al quinto piso y toqué el timbre, sentí una gran emoción.
Abrió la puerta un mucamo que debía de ser polaco o algo por el estilo y cuando
di mi nombre me hizo pasar a una salita llena de libros: las paredes estaban
cubiertas de estantes hasta el techo, pero también había montones de libros
encima de dos mesitas y hasta de un sillón. Me llamó la atención el tamaño
excesivo de muchos volúmenes.
Me levanté para echar un vistazo a la biblioteca. De pronto tuve la impresión de
que alguien me observaba en silencio a mis espaldas. Me di vuelta y vi a un
hombre en el extremo opuesto de la salita: era alto, flaco, tenía una hermosa
cabeza. Sonreía mirando hacia donde yo estaba, pero en general, sin precisión. A
pesar de que tenía los ojos abiertos, me di cuenta de que era ciego. Entonces me
expliqué el tamaño anormal de los libros.
-¿Usted es Castel, no? -me dijo con cordialidad, extendiéndome la mano.
-Sí, señor Iribarne -respondí, entregándole mi mano con perplejidad, mientras
pensaba qué clase de vinculación familiar podía haber entre María y él.
Al mismo tiempo que me hacía señas de tomar asiento, sonrió con una ligera
expresión de ironía y agregó:
-No me llamo Iribarne y no me diga señor. Soy Allende, marido de María.
Acostumbrado a valorizar y quizá a interpretar los silencios, añadió
inmediatamente:
-María usa siempre su apellido de soltera.
Yo estaba como una estatua.
-María me ha hablado mucho de su pintura. Como quedé ciego hace pocos años,
todavía puedo imaginar bastante bien las cosas.
Parecía como si quisiera disculparse de su ceguera. Yo no sabía qué decir. ¡Cómo
ansiaba estar solo, en la calle, para pensar en todo!
Sacó una carta de un bolsillo y me la alcanzó.
-Acá está la carta -dijo con sencillez, como si no tuviera nada de
extraordinario.
Tomé la carta e iba a guardarla cuando el ciego agregó, como si hubiera visto mi
actitud:
-Léala, no más. Aunque siendo de María no debe de ser nada urgente.
Yo temblaba. Abrí el sobre, mientras él encendía un cigarrillo, después de
haberme ofrecido uno. Saqué la carta; decía una sola frase:
Yo también pienso en usted.
MARÍA
Cuando el ciego oyó doblar el papel, preguntó:
-Nada urgente, supongo.
Hice un gran esfuerzo y respondí:
-No, nada urgente.
Me sentí una especie de monstruo, viendo sonreír al ciego, que me miraba con los
ojos bien abiertos.
-Así es María -dijo, como pensando para sí-. Muchos confunden sus impulsos con
urgencias. María hace, efectivamente, con rapidez, cosas que no cambian la
situación. ¿ Cómo le explicaré?
Miró abstraído hacia el suelo, como buscando una explicación más dará. Al rato,
dijo:
-Como alguien que estuviera parado en un desierto y de pronto cambiase de lugar
con gran rapidez. ¿Comprende? La velocidad no importa, siempre se está en el
mismo paisaje. Fumó y pensó un instante más, como si yo no estuviera. Luego
agregó:
-Aunque no sé si es esto, exactamente. No tengo mucha habilidad para las
metáforas.
No veía el momento de huir de aquella sala maldita. Pero el ciego no parecía
tener apuro. "¿Qué abominable comedia es esta?", pensé.
-Ahora, por ejemplo -prosiguió Allende-, se levanta temprano y me dice que se va
a la estancia.
-¿A la estancia? -pregunté inconscientemente.
-Sí, a la estancia nuestra. Es decir, a la estancia de mi abuelo. Pero ahora
está en manos de mi primo Hunter. Supongo que lo conoce.
Esta nueva revelación me llenó de zozobra y al mismo tiempo de despecho: ¿ qué
podría encontrar María en ese imbécil mujeriego y cínico? Traté de
tranquilizarme, pensando que ella no iría a la estancia por Hunter sino,
simplemente, porque podría gustarle la soledad del campo y porque la estancia
era de la familia. Pero quedé muy triste.
-He oído hablar de él -dije, con amargura. Antes de que el ciego pudiese hablar
agregué, con brusquedad:
-Tengo que irme.
-Caramba, cómo lo lamento -comentó Allende-. Espero que volvamos a vernos.
-Sí, sí, naturalmente -dije.
Me acompañó hasta la puerta. Le di la mano y salí corriendo. Mientras bajaba en
el ascensor, me repetía con rabia: "¿Qué abominable comedia es ésta?"
XIII
NECESITABA despejarme y pensar con tranquilidad. Caminé por Posadas hacia el
lado de la Recoleta.
Mi cabeza era un pandemonio: una cantidad de ideas, sentimientos de amor y de
odio, preguntas, resentimientos y recuerdos se mezclaban y aparecían
sucesivamente.
¿Qué idea era esta, por ejemplo, de hacerme ir a la casa a buscar una carta y
hacérmela entregar por el marido? ¿Y cómo no me había advertido que era casada?
¿Y qué diablos tenía que hacer en la estancia con el sinvergüenza de Hunter? ¿Y
por qué no había esperado mi llamado telefónico? Y ese ciego, ¿qué clase de
bicho era? Dije ya que tengo una idea desagradable de la humanidad; debo
confesar ahora que los ciegos no me gustan nada y que siento delante de ellos
una impresión semejante a la que me producen ciertos animales, fríos, húmedos y
silenciosos, como las víboras. Si se agrega el hecho de leer delante de él una
carta de la mujer que decía Yo también pienso en usted, no es difícil adivinar
la sensación de asco que tuve en aquellos momentos.
Traté de ordenar un poco el caos de mis ideas y sentimientos y proceder con
método, como acostumbro. Había que empezar por el principio, y el principio (por
lo menos el inmediato) era, evidentemente, la conversación por teléfono. En esa
conversación había varios puntos oscuros.
En primer término, si en esa casa era tan natural que ella tuviera relaciones
con hombres, como lo probaba el hecho de la carta a través del marido, ¿por qué
emplear una voz neutra y oficinesca hasta que la puerta estuvo cerrada ? Luego,
¿ qué significaba esa aclaración de que "cuando está la puerta cerrada saben que
no deben molestarme"? Por lo visto, era frecuente que ella se encerrara para
hablar por teléfono. Pero no era creíble que se encerrase para tener
conversaciones triviales con personas amigas de la casa: había que suponer que
era para tener conversaciones semejantes a la nuestra. Pero entonces había en su
vida otras personas como yo. ¿Cuántas eran? ¿Y quiénes eran?
Primero pensé en Hunter, pero lo excluí en seguida: ¿a qué hablar por teléfono
si podía verlo en la estancia cuando quisiera? ¿Quiénes eran los otros, en ese
caso?
Pensé si con esto liquidaba el asunto telefónico. No, no quedaba terminado:
subsistía el problema de su contestación a mi pregunta precisa. Observé con
amargura que cuando yo le pregunté si había pensado en mí, después de tantas
vaguedades sólo contestó: "¿no le he dicho que he pensado en todo?" Esto de
contestar con una pregunta no compromete mucho. En fin, la prueba de que esa
respuesta no fue clara era que ella misma, al otro día (o esa misma noche) creyó
necesario responder en forma bien precisa con una carta.
"Pasemos a la carta", me dije. Saqué la carta del bolsillo y la volví a leer:
Yo también pienso en usted,
MARÍA
La letra era nerviosa o por lo menos era la letra de una persona nerviosa. No es
lo mismo, porque, de ser cierto lo primero, manifestaba una emoción actual y,
por lo tanto, un indicio favorable a mi problema. Sea como sea, me emocionó
muchísimo la firma: María. Simplemente María. Esa simplicidad me daba una vaga
idea de pertenencia, una vaga idea de que la muchacha estaba ya en mi vida y de
que, en cierto modo, me pertenecía.
¡Ay! Mis sentimientos de felicidad son tan poco duraderos... Esa impresión, por
ejemplo, no resistía el menor análisis: ¿acaso el marido no la llamaba también
María? Y seguramente Hunter también la llamaría así, ¿ de qué otra manera podía
llamarla? ¿Y las otras personas con las que hablaba a puertas cerradas? Me
imagino que nadie habla a puertas cerradas a alguien que respetuosamente dice
"señorita Iribarne".
¡"Señorita Iribarne"! Ahora caía en la cuenta de la vacilación que había tenido
la mucama la primera vez que hablé por teléfono: ¡Qué grotesco! Pensándolo bien,
era una prueba más de que ese tipo de llamado no era totalmente novedoso:
evidentemente, la primera vez que alguien preguntó por la "señorita Iribarne" la
mucama, extrañada, debió forzosamente haber corregido, recalcando lo de señora.
Pero, naturalmente, a fuerza de repeticiones, la mucama había terminado por
encogerse de hombros y pensar que era preferible no meterse en rectificaciones.
Vaciló, era natural; pero no me corrigió.
Volviendo a la carta, reflexioné que había motivo para una cantidad de
deducciones. Empecé por el hecho más extraordinario: la forma de hacerme llegar
la carta. Recordé el argumento que me transmitió la mucama: "Que perdone, pero
no tenía la dirección." Era cierto: ni ella me había pedido la dirección ni a mí
se me había ocurrido dársela; pero lo primero que yo habría hecho en su lugar
era buscarla en la guía de teléfonos. No era posible atribuir su actitud a una
inconcebible pereza, y entonces era inevitable una conclusión: María deseaba que
yo fuera a la casa y me enfrentase con el marido. Pero ¿por qué? En este punto
se llegaba a una situación sumamente complicada: podía ser que ella
experimentara placer en usar al marido de intermediario; podía ser el marido el
que experimentase placer; podían ser los dos. Fuera de estas posibilidades
patológicas quedaba una natural: María había querido hacerme saber que era
casada para que yo viera la inconveniencia de seguir adelante.
Estoy seguro de que muchos de los que ahora están leyendo estas páginas se
pronunciarán por esta última hipótesis y juzgarán que sólo un hombre como yo
puede elegir alguna de las otras. En la época en que yo tenía amigos, muchas
veces se han reído de mi manía de elegir siempre los caminos más enrevesados: Yo
me pregunto por qué la realidad ha de ser simple. Mi experiencia me ha enseñado
que, por el contrario, casi nunca lo es y que cuando hay algo que parece
extraordinariamente claro, una acción que al parecer obedece a una causa
sencilla, casi siempre hay debajo móviles más complejos. Un ejemplo de todos los
días: la gente que da limosnas; en general, se considera que es más generosa y
mejor que la gente que no las da. Me permitiré tratar con el mayor desdén esta
teoría simplista. Cualquiera sabe que no se resuelve el problema de un mendigo
(de un mendigo auténtico) con un peso o un pedazo de pan: solamente se resuelve
el problema psicológico del señor que compra así, por casi nada, su tranquilidad
espiritual y su título de generoso. Júzguese hasta qué punto esa gente es
mezquina cuando no se decide a gastar más de un peso por día para asegurar su
tranquilidad espiritual y la idea reconfortante y vanidosa de su bondad. ¡Cuánta
más pureza de espíritu y cuánto más valor se requiere para sobrellevar la
existencia de la miseria humana sin esta hipócrita (y usuaria) operación!
Pero volvamos a la carta.
Solamente un espíritu superficial podría quedarse con la misma hipótesis, pues
se derrumba al menor análisis. "María quería hacerme saber que era casada para
que yo viese la inconveniencia de seguir adelante." Muy bonito. Pero ¿por qué en
ese caso recurrir a un procedimiento tan engorroso y cruel? ¿No podría habérmelo
dicho personalmente y hasta por teléfono? ¿No podría haberme escrito, de no
tener valor para decírmelo? Quedaba todavía un argumento tremendo: ¿por qué la
carta, en ese caso, no decía que era casada, corno yo lo podía ver, y no rogaba
que tomara nuestras relaciones en un sentido más tranquilo? No, señores. Por el
contrario, la carta era una carta destinada a consolidar nuestras relaciones, a
alentarlas y a conducirlas por el camino más peligroso.
Quedaban, al parecer, las hipótesis patológicas. ¿ Era posible que María
sintiera placer en emplear a Allende de intermediario? ¿O era él quien buscaba
esas oportunidades? ¿O el destino se había divertido juntando dos seres
semejantes?
De pronto me arrepentí de haber llegado a esos extremos, con mi costumbre de
analizar indefinidamente hechos y palabras. Recordé la mirada de María fija en
el árbol de la plaza, mientras oía mis opiniones; recordé su timidez, su primera
huida. Y una desbordante ternura hacia ella comenzó a invadirme: Me pareció que
era una frágil criatura en medio de un mundo cruel, lleno de fealdad y miseria.
Sentí lo que muchas veces había sentido desde aquel momento del salón: que era
un ser semejante a mí.
Olvidé mis áridos razonamientos, mis deducciones feroces. Me dediqué a imaginar
su rostro, su mirada -esa mirada que me recordaba algo que no podía precisar-,
su forma profunda y melancólica de razonar. Sentí que el amor anónimo que yo
había alimentado durante años de soledad se había concentrado en María. ¿Cómo
podía pensar cosas tan absurdas ?
Traté de olvidar, pues, todas mis estúpidas deducciones acerca del teléfono, la
carta, la estancia, Hunter.
Pero no pude.
XIV
Los DÍAS siguientes fueron agitados. En mi precipitación no había preguntado
cuándo volvería María de la estancia; el mismo día de mi visita volví a hablar
por teléfono para averiguarlo; la mucama me dijo que no sabía nada; entonces le
pedí la dirección de la estancia.
Esa misma noche escribí una carta desesperada, preguntándole la fecha de su
regreso y pidiéndole que me hablara por teléfono en cuanto llegase a Buenos
Aires o que me escribiese. Fui hasta el Correo Central y la hice certificar,
para disminuir al mínimo los riesgos.
Como decía, pasé unos días muy agitados y mil veces volvieron a mi cabeza las
ideas oscuras que me atormentaban después de la visita a la calle Posadas. Tuve
este sueño: visitaba de noche una vieja casa solitaria. Era una casa en cierto
modo conocida e infinitamente ansiada por mí desde la infancia, de manera que al
entrar en ella me guiaban algunos recuerdos. Pero a veces me encontraba perdido
en la oscuridad o tenía la impresión de enemigos escondidos que podían asaltarme
por detrás o de gentes que cuchicheaban y se burlaban de mí, de mi ingenuidad.
¿Quiénes eran esas gentes y qué querían? Y sin embargo, y a pesar de todo,
sentía que en esa casa renacían en mí los antiguos amores de la adolescencia,
con los mismos temblores y esa sensación de suave locura, de temor y de alegría.
Cuando me desperté, comprendí que la casa del sueño era María.
XV
EN LOS DÍAS que precedieron a la llegada de su carta, mi pensamiento era como un
explorador perdido en un paisaje neblinoso: acá y allá, con gran esfuerzo,
lograba vislumbrar vagas siluetas de hombres y cosas, indecisos perfiles de
peligros y abismos. La llegada de la carta fue como la salida del sol.
Pero este sol era un sol negro, un sol nocturno. No sé si se puede decir esto,
pero aunque no soy escritor y aunque no estoy seguro de mi precisión, no
retiraría la palabra nocturno; esta palabra era, quizá, la más apropiada para
María, entre todas las que forman nuestro imperfecto lenguaje.
Esta es la carta que me envió:
He pasado tres días extraños: el mar, la playa, los caminos me fueron trayendo
recuerdos de otros tiempos. No sólo imágenes: también voces, gritos y largos
silencios de otros días. Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros
recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé que estay preparando recuerdos
minuciosos, que alguna vez me traerán la melancolía y la desesperanza.
El mar está ahí, permanente y rabioso. Mi llanto de entonces, inútil; también
inútiles mis esperas en la playa solitaria, mirando tenazmente al mar. ¿Has
adivinado y pintado este recuerdo mío o has pintado el recuerdo de muchos seres
como vos y yo?
Pero ahora tu figura se interpone: estás entre el mar y yo. Mis ojos encuentran
tus ojos. Estás quieto y un poco desconsolado, me miras como pidiendo ayuda.
MARÍA
¡Cuánto la comprendía y qué maravillosos sentimientos crecieron en mí con esta
carta! Hasta el hecho de tutearme de pronto me dio una certeza de que María era
mía. Y solamente mía: "estás entre el mar y yo"; allí no existía otro, estábamos
solos nosotros dos, como lo intuí desde el momento en que ella miró la escena de
la ventana. En verdad ¿cómo podía no tutearme si nos conocíamos desde siempre,
desde mil años atrás? Si cuando ella se detuvo frente a mi cuadro y miró aquella
pequeña escena sin oír ni ver la multitud que nos rodeaba, ya era como si nos
hubiésemos tuteado y en seguida supe cómo era y quién era, cómo yo la necesitaba
y cómo, también, yo le era necesario.
¡ Ah, y sin embargo te maté! ¡ Y he sido yo quien te ha matado, yo, que veía
como a través de un muro de vidrio, sin poder tocarlo, tu rostro mudo y ansioso!
¡Yo, tan estúpido, tan ciego, tan egoísta, tan cruel!
Basta de efusiones. Dije que relataría esta historia en forma escueta y así lo
haré.
XVI
AMABA desesperadamente a María y no obstante la palabra amor no se había
pronunciado entre nosotros. Esperé con ansiedad su retorno de la estancia para
decírsela.
Pero ella no volvía. A medida que fueron pasando los días, creció en mí una
especie de locura. Le escribí una segunda carta que simplemente decía: "¡Te
quiero, María, te quiero, te quiero!"
A los dos días recibí, por fin, una respuesta que decía estas únicas palabras:
"Tengo miedo de hacerte mucho mal." Le contesté en el mismo instante: "No me
importa lo que puedas hacerme. Si no pudiera amarte me moriría. Cada segundo que
paso sin verte es una interminable tortura."
Pasaron días atroces, pero la contestación de María no llegó. Desesperado,
escribí: "Estás pisoteando este amor."
Al otro día, por teléfono, oí su voz, remota y temblorosa. Excepto la palabra
María, pronunciada repetidamente, no atiné a decir nada, ni tampoco me habría
sido posible: mi garganta estaba contraída de tal modo que no podía hablar
distintamente. Ella me dijo:
-Vuelvo mañana a Buenos Aires. Te hablaré apenas llegue.
Al otro día, a la tarde, me habló desde su casa.
-Te quiero ver en seguida -dije.
-Sí, nos veremos hoy mismo -respondió.
-Te espero en la plaza San Martín -le dije. María pareció vacilar. Luego
respondió:
-Preferiría en la Recoleta. Estaré a las ocho.
¡Cómo esperé aquel momento, cómo caminé sin rumbo por las calles para que el
tiempo pasara más rápido! ¡ Qué ternura sentía en mi alma, qué hermosos me
parecían el mundo, la tarde de verano, los chicos que jugaban en la vereda!
Pienso ahora hasta qué punto el amor enceguece y qué mágico poder de
transformación tiene. ¡ La hermosura del mundo! ¡ Si es para morirse de risa!
Habían pasado pocos minutos de las ocho cuando vi a María que se acercaba,
buscándome en la oscuridad. Era ya muy tarde para ver su cara, pero reconocí su
manera de caminar.
Nos sentamos. Le apreté un brazo y repetí su nombre insensatamente, muchas
veces; no acertaba a decir otra cosa, mientras ella permanecía en silencio.
-¿Por qué te fuiste a la estancia? -pregunté por fin, con violencia-. ¿Por qué
me dejaste solo? ¿Por qué dejaste esa carta en tu casa? ¿Por qué no me dijiste
que eras casada?
Ella no respondía. Le estrujé el brazo. Gimió.
-Me haces mal, Juan Pablo -dijo suavemente.
-¿Por qué no me decís nada? ¿Por qué no respondes? No decía nada.
-¿Por qué? ¿Por qué? Por fin respondió:
-¿Por qué todo ha de tener respuesta? No hablemos de mí: hablemos de vos, de tus
trabajos, de tus preocupaciones. Pensé constantemente en tu pintura, en lo que
me dijiste en la plaza San Martín. Quiero saber qué haces ahora, qué pensás, si
has pintado o no.
Le volví a estrujar el brazo con rabia.
-No -le respondí-. No es de mí que deseo hablar: deseo hablar de nosotros dos,
necesito saber si me querés. Nada más que eso: saber si me querés.
No respondió. Desesperado por el silencio y por la oscuridad que no me permitía
adivinar sus pensamientos a través de sus ojos, encendí un fósforo. Ella dio
vuelta rápidamente la cara, escondiéndola. Le tomé la cara con mi otra mano y la
obligué a mirarme: estaba llorando silenciosamente.
-Ah... entonces no me querés -dije con amargura.
Mientras el fósforo se apagaba vi, sin embargo, cómo me miraba con ternura.
Luego, ya en plena oscuridad, sentí que su mano acariciaba mi cabeza. Me dijo
suavemente:
-Claro que te quiero... ¿por qué hay que decir ciertas cosas?
-Sí -le respondí-, ¿pero cómo me querés? Hay muchas maneras de querer. Se puede
querer a un perro, a un chico. Yo quiero decir amor, verdadero amor, ¿entendés?
Tuve una rara intuición: encendí rápidamente otro fósforo. Tal como lo había
intuido, el rostro de María sonreía. Es decir, ya no sonreía, pero había estado
sonriendo un décimo de segundo antes. Me ha sucedido a veces darme vuelta de
pronto con la sensación de que me espiaban, no encontrar a nadie y sin embargo
sentir que la soledad que me rodeaba era reciente y que algo fugaz había
desaparecido, como si un leve temblor quedara vibrando en el ambiente. Era algo
así.
-Has estado sonriendo -dije con rabia.
-¿Sonriendo? -preguntó asombrada.
-Sí, sonriendo: a mí no se me engaña tan fácilmente. Me fijo mucho en los
detalles.
-¿En qué detalles te has fijado? -preguntó.
-Quedaba algo en tu cara. Rastros de una sonrisa.
-¿Y de qué podía sonreír? -volvió a decir con dureza.
-De mi ingenuidad, de mi pregunta si me querías verdaderamente o como a un
chico, qué sé yo... Pero habías estado sonriendo. De eso no tengo ninguna duda.
María se levantó de golpe.
-¿Qué pasa? -pregunté asombrado.
-Me voy -repuso secamente. Me levanté como un resorte.
-¿Cómo, que te vas?
-Sí, me voy.
-¿Cómo, que te vas? ¿Por qué?
No respondió. Casi la sacudí con los dos brazos.
-¿Por qué te vas?
-Temo que tampoco vos me entiendas. Me dio rabia.
-¿Cómo? Te pregunto algo que para mí es cosa de vida o muerte, en vez de
responderme sonreís y además te enojas. Claro que es para no entenderte.
-Imaginas que he sonreído -comentó con sequedad.
-Estoy seguro.
-Pues te equivocas. Y me duele infinitamente que hayas pensado eso.
No sabía qué pensar. En rigor, yo no había visto la sonrisa sino algo así como
un rastro en una cara ya seria.
-No sé, María, perdóname -dije abatido-. Pero tuve la seguridad de que habías
sonreído.
Me quedé en silencio; estaba muy abatido. Al rato sentí que su mano tomaba mi
brazo con ternura. Oí en seguida su voz, ahora débil y dolorida:
-¿Pero cómo pudiste pensarlo?
-No sé, no sé -repuse casi llorando. Me hizo sentar nuevamente y me acarició la
cabeza como lo había hecho al comienzo.
-Te advertí que te haría mucho mal -me dijo al cabo de unos instantes de
silencio-. Ya ves como tenía razón.
-Ha sido culpa mía -respondí.
-No, quizá ha sido culpa mía -comentó pensativamente, como si hablase consigo
misma. "Qué extraño", pensé.
-¿Qué es lo extraño? -preguntó María.
Me quedé asombrado y hasta pensé (muchos días después) que era capaz de leer los
pensamientos. Hoy mismo no estoy seguro de que yo haya dicho aquellas palabras
en voz alta, sin darme cuenta.
-¿Qué es lo extraño? -volvió a preguntarme, porque yo, en mi asombro, no había
respondido.
-Qué extraño lo de tu edad.
-¿De mi edad?
-Sí, de tu edad. ¿Qué edad tenés? Rió.
-¿Qué edad crees que tengo?
-Eso es precisamente lo extraño -respondí-. La primera vez que te vi me
pareciste una muchacha de unos veintiséis años.
-¿Y ahora?
-No, no. Ya al comienzo estaba perplejo, porque algo no físico me hacía
pensar...
-¿Qué te hacía pensar?
-Me hacía pensar en muchos años. A veces siento como si yo fuera un niño a tu
lado.
-¿Qué edad tenés vos?
-Treinta y ocho años.
-Sos muy joven, realmente.
Me quedé perplejo. No porque creyera que mi edad fuese excesiva sino porque, a
pesar de todo, yo debía de tener muchos más años que ella; porque, de cualquier
modo, no era posible que tuviese más de veintiséis años.
-Muy joven -repitió, adivinando quizá mi asombro.
-Y vos, ¿qué edad tenés? -insistí.
-¿Qué importancia tiene eso? -respondió seriamente.
-¿Y por qué has preguntado mi edad? -dije, casi irritado.
-Esta conversación es absurda -replicó-. Todo esto es una tontería. Me asombra
que te preocupes de cosas así.
¿Yo preocupándome de cosas así? ¿Nosotros teniendo semejante conversación? En
verdad ¿cómo podía pasar todo eso? Estaba tan perplejo que había olvidado la
causa de la pregunta inicial. No, mejor dicho, no había investigado la causa de
la pregunta inicial. Sólo en mi casa, horas después, llegué a darme cuenta del
significado profundo de esta conversación aparentemente tan trivial.
XVII
DURANTE más de un mes nos vimos casi todos los días. No quiero rememorar en
detalle todo lo que sucedió en ese tiempo a la vez maravilloso y horrible. Hubo
demasiadas cosas tristes para que desee rehacerlas en el recuerdo.
María comenzó a venir al taller. La escena de los fósforos, con pequeñas
variaciones, se había reproducido dos o tres veces y yo vivía obsesionado con la
idea de que su amor era, en el mejor dé los casos, amor de madre o de hermana.
De modo que la unión física se me aparecía como una garantía de verdadero amor.
Diré desde ahora que esa idea fue una de las tantas ingenuidades mías, una de
esas ingenuidades que seguramente hacían sonreír a María a mis espaldas. Lejos
de tranquilizarme, el amor físico me perturbó más, trajo nuevas y torturantes
dudas, dolorosas escenas de incomprensión, crueles experimentos con María. Las
horas que pasamos en el taller son horas que nunca olvidaré. Mis sentimientos,
durante todo ese período, oscilaron entre el amor más puro y el odio más
desenfrenado, ante las contradicciones y las inexplicables actitudes de María;
de pronto me acometía la duda de que todo era fingido. Por momentos parecía una
adolescente púdica y de pronto se me ocurría que era una mujer cualquiera, y
entonces un largo cortejo de dudas desfilaba por mi mente: ¿dónde? ¿cómo?
¿quiénes? ¿cuándo?
En tales ocasiones, no podía evitar la idea de que María representaba la más
sutil y atroz de las comedias y de que yo era, entre sus manos, como un ingenuo
chiquillo al que se engaña con cuentos fáciles para que coma o duerma. A veces
me acometía un frenético pudor, corría a vestirme y luego me lanzaba a la calle,
a tomar fresco y a rumiar mis dudas y aprensiones. Otros días, en cambio, mi
reacción era positiva y brutal: me echaba sobre ella, le agarraba los brazos
como con tenazas, se los retorcía y le clavaba la mirada en sus ojos, tratando
de forzarle garantías de amor, de verdadero amor.
Pero nada de todo esto es exactamente lo que quiero decir. Debo confesar que yo
mismo no sé lo que quiero decir con eso del "amor verdadero", y lo curioso es
que, aunque empleé muchas veces esa expresión en los interrogatorios, nunca
hasta hoy me puse a analizar a fondo su sentido. ¿ Qué quería decir? ¿Un amor
que incluyera la pasión física? Quizá la buscaba en mi desesperación de
comunicarme más firmemente con María. Yo tenía la certeza de que, en ciertas
ocasiones, lográbamos comunicarnos, pero en forma tan sutil, tan pasajera, tan
tenue, que luego quedaba más desesperadamente solo que antes, con esa imprecisa
insatisfacción que experimentamos al querer reconstruir ciertos amores de un
sueño. Sé que, de pronto, lográbamos algunos momentos de comunión. Y el estar
juntos atenuaba la melancolía que siempre acompaña a esas sensaciones,
seguramente causada por la esencial incomunicabilidad de esas fugaces bellezas.
Bastaba que nos miráramos para saber que estábamos pensando o, mejor dicho,
sintiendo lo mismo.
Claro que pagábamos cruelmente esos instantes, porque todo lo que sucedía
después parecía grosero o torpe. Cualquier cosa que hiciéramos (hablar, tomar
café) era doloroso, pues señalaba hasta qué punto eran fugaces esos instantes de
comunidad. Y, lo que era mucho peor, causaban nuevos distanciamientos porque yo
la forzaba, en la desesperación de consolidar de algún modo esa fusión, a
unirnos corporalmente; sólo lográbamos confirmar la imposibilidad de prolongarla
o consolidarla mediante un acto material. Pero ella agravaba las cosas porque,
quizá en su deseo de borrarme esa idea fija, aparentaba sentir un verdadero y
casi increíble placer; y entonces venían las escenas de vestirme rápidamente y
huir a la calle, o de apretarle brutalmente los brazos y querer forzarle
confesiones sobre la veracidad de sus sentimientos y sensaciones. Y todo era tan
atroz que cuando ella intuía que nos acercábamos al amor físico, trataba de
rehuirlo. Al final había llegado a un completo escepticismo y trataba de hacerme
comprender que no solamente era inútil para nuestro amor sino hasta pernicioso.
Con esta actitud sólo lograba aumentar mis dudas acerca de la naturaleza de su
amor, puesto que yo me preguntaba si ella no habría estado haciendo la comedia y
entonces poder ella argüir que el vínculo físico era pernicioso y de ese modo
evitarlo en el futuro; siendo la verdad que lo detestaba desde el comienzo y,
por lo tanto, que era fingido su placer. Naturalmente, sobrevenían otras peleas
y era inútil que ella tratara de convencerme: sólo conseguía enloquecerme con
nuevas y más sutiles dudas, y así recomenzaban nuevos y más complicados
interrogatorios.
Lo que más me indignaba, ante el hipotético engaño, era el haberme entregado a
ella completamente indefenso, como una criatura.
-Si alguna vez sospecho que me has engañado -le decía con rabia- te mataré como
a un perro.
Le retorcía los brazos y la miraba fijamente en los ojos, por si podía advertir
algún indicio, algún brillo sospechoso, algún fugaz destello de ironía. Pero en
esas ocasiones me miraba asustada como un niño, o tristemente, con resignación,
mientras comenzaba a vestirse en silencio.
Un día la discusión fue más violenta que de costumbre y llegué a gritarle puta.
María quedó muda y paralizada. Luego, lentamente, en silencio, fue a vestirse
detrás del biombo de las modelos; y cuando yo, después de luchar entre mi odio y
mi arrepentimiento, corrí a pedirle perdón, vi que su rostro estaba empapado en
lágrimas. No supe qué hacer: la besé tiernamente en los ojos, le pedí perdón con
humildad, lloré ante ella, me acusé de ser un monstruo cruel, injusto y
vengativo. Y eso duró mientras ella mostró algún resto de desconsucio, pero
apenas se calmó y comenzó a sonreír con felicidad, empezó a parecerme poco
natural que ella no siguiera triste: podía tranquilizarse, pero era sumamente
sospechoso que se entregase a la alegría después de haberle gritado una palabra
semejante y comenzó a parecerme que cualquier mujer debe sentirse humillada al
ser calificada así, hasta las propias prostitutas, pero ninguna mujer podría
volver tan pronto a la alegría, a menos de haber cierta verdad en aquella
calificación.
Escenas semejantes se repetían casi todos los días. A veces terminaban en una
calma relativa y salíamos a caminar por la Plaza Francia como dos adolescentes
enamorados. Pero esos momentos de ternura se fueron haciendo más raros y cortos,
como inestables momentos de sol en un cielo cada vez más tempestuoso y sombrío.
Mis dudas y mis interrogatorios fueron envolviéndolo todo, como una liana que
fuera enredando y ahogando los árboles de un parque en una monstruosa trama.
XVIII
MIS INTERROGATORIOS, cada día más frecuentes y retorcidos, eran a propósito de
sus silencios, sus miradas, sus palabras perdidas, algún viaje a la estancia,
sus amores. Una vez le pregunté por qué se hacía llamar "señorita Iribarne", en
vez de "señora de Allende". Sonrió y me dijo:
-¡Qué niño sos! ¿Qué importancia puede tener eso?
-Para mí tiene mucha importancia -respondí examinando sus ojos.
-Es una costumbre de familia -me respondió, abandonando la sonrisa.
-Sin embargo -aduje-, la primera vez que hablé a tu casa y pregunté por la
"señorita Iribarne" la mucama vaciló un instante antes de responderme.
-Te habrá parecido.
-Puede ser. Pero ¿por qué no me corrigió?
María volvió a sonreír, esta vez con mayor intensidad.
-Te acabo de explicar -dijo- que es costumbre nuestra, de manera que la mucama
también lo sabe. Todos me llaman María Iribarne.
-María Iribarne me parece natural, pero menos natural me parece que la mucama se
extrañe tan poco cuando te llaman "señorita".
-Ah... no me di cuenta de que era eso lo que te sorprendía. Bueno, no es lo
acostumbrado y quizá eso explica la vacilación de la mucama.
Se quedó pensativa, como si por primera vez advirtiese el problema.
-Y sin embargo no me corrigió -insistí.
-¿Quién? -preguntó ella, como volviendo a la conciencia.
-La mucama. No me corrigió lo de señorita.
-Pero, Juan Pablo, todo eso no tiene absolutamente ninguna importancia y no sé
qué querés demostrar.
-Quiero demostrar que probablemente no era la primera vez que se te llamaba
señorita. La primera vez la mucama habría corregido.
María se echó a reír.
-Sos completamente fantástico -dijo casi con alegría, acariciándome con ternura.
Permanecí serio.
-Además -proseguí-, cuando me atendiste por primera vez tu voz era neutra, casi
oficinesca, hasta que cerraste la puerta. Luego seguiste hablando con voz
tierna. ¿ Por qué ese cambio ?
-Pero, Juan Pablo -respondió, poniéndose seria-, ¿ cómo podía hablarte así
delante de la mucama?
-Sí, eso es razonable; pero dijiste: "cuando cierro la puerta saben que no deben
molestarme". Esa frase no podía referirse a mí, puesto que era la primera vez
que te hablaba. Tampoco se podía referir a Hunter, puesto que lo podes ver
cuantas veces quieras en !a estancia. Me parece evidente que debe de haber otras
personas que te hablan o que te hablaban. ¿No es así?
María me miró con tristeza.
-En vez de mirarme con tristeza podrías contestar -comenté con irritación.
-Pero, Juan Pablo, todo lo que estás diciendo es una puerilidad. Claro que
hablan otras personas: primos, amigos de la familia, mi madre, qué sé yo...
-Pero me parece que para conversaciones de ese tipo no hay necesidad de
esconderse.
-¡ Y quién te autoriza a decir que yo me escondo! -respondió con violencia.
-No te excites. Vos misma me has hablado en una oportunidad de un tal Richard,
que no era ni primo, ni amigo de la familia, ni tu madre.
María quedó muy abatida.
-Pobre Richard -comentó dulcemente.
-¿Por qué pobre?
-Sabes bien que se suicidó y que en cierto modo yo tengo algo de culpa. Me
escribía canas terribles, pero nunca pude hacer nada por él. Pobre, pobre
Richard.
-Me gustaría que me mostrases alguna de esas cartas.
-¿Para qué, si ya ha muerto?
-No importa, me gustaría lo mismo.
-Las quemé todas.
-Podías haber dicho de entrada que las habías quemado. En cambio me dijiste
"¿para qué, si ya ha muerto?" Siempre lo mismo. Además ¿por qué las quemaste, si
es que verdaderamente lo has hecho? La otra vez me confesaste que guardas todas
tus cartas de amor. Las cartas de ese Richard debían de ser muy comprometedoras
para que hayas hecho eso. ¿ O no?
-No las quemé porque fueran comprometedoras, sino porque eran tristes. Me
deprimían.
-¿Por qué te deprimían?
-No sé... Richard era un hombre depresivo. Se parecía mucho a vos.
-¿Estuviste enamorada de él?
-Por favor...
-¿Por favor qué?
-Pero no, Juan Pablo. Tenés cada idea...
-No veo que sea descabellada. Se enamora, te escribe cartas tan tremendas que
juzgas mejor quemarlas, se suicida y pensás que mi idea es descabellada. ¿Por
qué?
-Porque a pesar de todo nunca estuve enamorada de él.
-¿Porqué no?
-No sé, verdaderamente. Quizá porque no era mi tipo.
-Dijiste que se parecía a mí.
-Por Dios, quise decir que se parecía a vos en cierto sentido, pero no que fuera
idéntico. Era un hombre incapaz de crear nada, era destructivo, tenía una
inteligencia mortal, era un nihilista. Algo así como tu parte negativa.
-Está bien. Pero sigo sin comprender la necesidad de quemar las cartas.
-Te repito que las quemé porque me deprimían.
-Pero podías tenerlas guardadas sin leerlas. Eso sólo prueba que las releíste
hasta quemarlas. Y si las releías sería por algo, por algo que debería atraerte
en él.
-Yo no he dicho que no me atrajese.
-Dijiste que no era tu tipo.
-Dios mío, Dios mío. La muerte tampoco es mi tipo y no obstante muchas veces me
atrae. Richard me atraía casi como me atrae la muerte o la nada. Pero creo que
uno no debe entregarse pasivamente a esos sentimientos. Por eso tal vez no lo
quise. Por eso quemé sus cartas. Cuando murió, decidí destruir todo lo que
prolongaba su existencia.
Quedó deprimida y no pude lograr una palabra más acerca de Richard. Pero debo
agregar que no era ese hombre el que más me torturó, porque al fin y al cabo de
él llegué a saber bastante. Eran las personas desconocidas, las sombras que
jamás mencionó y que sin embargo yo sentía moverse silenciosa y oscuramente en
su vida. Las peores cosas de María las imaginaba precisamente con esas sombras
anónimas. Me torturaba y aún hoy me tortura una palabra que se escapó de sus
labios en un momento de placer físico.
Pero de todos aquellos complejos interrogatorios, hubo uno que echó tremenda luz
acerca de María y su amor.
XIX
NATURALMENTE, puesto que se había casado con Allende, era lógico pensar que
alguna vez debió sentir algo por ese hombre. Debo decir que este problema, que
podríamos llamar "el problema Allende", fue uno de los que más me obsesionaron.
Eran varios los enigmas que quería dilucidar, pero sobre todo estos dos: ¿lo
había querido en alguna oportunidad?, ¿lo quería todavía? Estas dos preguntas no
se podían tomar en forma aislada: estaban vinculadas a otras: si no quería a
Allende, ¿a quién quería? ¿A mí? ¿A Hunter? ¿A alguno de esos misteriosos
personajes del teléfono? ¿O bien era posible que quisiera a distintos seres de
manera diferente, como pasa en ciertos hombres ? Pero también era posible que no
quisiera a nadie y que sucesivamente nos dijese a cada uno de nosotros, pobres
diablos, chiquilines, que éramos el único y que los demás eran simples sombras,
seres con quienes mantenía una relación superficial o aparente.
Un día decidí aclarar el problema Allende. Comencé preguntándole por qué se
había casado con él.
-Lo quería -me respondió.
-Entonces ahora no lo querés.
-Yo no he dicho que haya dejado de quererlo -respondió.
-Dijiste "lo quería". No dijiste "lo quiero".
-Haces siempre cuestiones de palabras y retorcés todo hasta lo increíble -protestó María-. Cuando dije que me había casado porque lo quería no quise
decir que ahora no lo quiera.
-Ah, entonces lo querés a él -dije rápidamente, como queriendo encontrarla en
falta respecto a declaraciones hechas en interrogatorios anteriores.
Calló. Parecía abatida.
-¿Por qué no respondes? -pregunté.
-Porque me parece inútil. Este diálogo lo hemos tenido muchas veces en forma
casi idéntica.
-No, no es lo mismo que otras veces. Te he preguntado si ahora lo querés a
Allende y me has dicho que sí. Me parece recordar que en otra oportunidad, en el
puerto, me dijiste que yo era la primera persona que habías querido.
María volvió a quedar callada. Me irritaba en ella que no solamente era
contradictoria sino que costaba un enorme esfuerzo sacarle una declaración
cualquiera.
-¿Qué contestas a eso? -volví a interrogar.
-Hay muchas maneras de amar y de querer -respondió, cansada-. Te imaginarás que
ahora no puedo seguir queriendo a Allende como hace años, cuando nos casamos, de
la misma manera. .
-¿De qué manera?
-¿Cómo, de que manera? Sabes lo que quiero decir.
-No sé nada.
-Te lo he dicho muchas veces.
-Lo has dicho, pero no lo has explicado nunca.
-¡Explicado! -exclamó con amargura-. Vos has dicho mil veces que hay muchas
cosas que no admiten explicación y ahora me decís que explique algo tan
complejo. Te he dicho mil veces que Allende es un gran compañero mío, que lo
quiero como a un hermano, que lo cuido, que tengo una gran ternura por él, una
gran admiración por la serenidad de su espíritu, que me parece muy superior a mí
en todo sentido, que a su lado me siento un ser mezquino y culpable. ¿Cómo podes
imaginar, pues, que no lo quiera ?
-No soy yo el que ha dicho que no lo quieras. Vos misma me has dicho que ahora
no es como cuando te casaste. Quizá debo concluir que cuando te casaste lo
querías como decís que ahora me querés a mí. Por otro lado, hace unos días, en
el puerto, me dijiste que yo era la primera persona a la que habías querido
verdaderamente. María me miró tristemente.
-Bueno, dejemos de lado esta contradicción -proseguí-. Pero volvamos a Allende.
Decís que lo querés como a un hermano. Ahora necesito que me respondas a una
sola pregunta : ¿ te acostás con él ?
María me miró con mayor tristeza. Estuvo un rato callada y al cabo me preguntó
con voz muy dolorida:
-¿Es necesario que responda también a eso?
-Sí, es absolutamente necesario -le dije con dureza.
-Me parece horrible que me interrogues de este modo.
-Es muy sencillo: tenés que decir sí o no.
-La respuesta no es tan simple: se puede hacer y no hacer.
-Muy bien -concluí fríamente-. Eso quiere decir que sí.
-Muy bien: sí.
-Entonces lo deseas.
Hice esta afirmación mirando cuidadosamente sus ojos; la hacía con mala
intención; era óptima para sacar una serie de conclusiones. No es que yo creyera
que lo desease realmente (aunque también eso era posible dado el temperamento de
María), sino que quería forzarle a aclarar eso de "cariño de hermano". María,
tal como yo lo esperaba, tardó en responder. Seguramente, estuvo pensando las
palabras. Al fin dijo:
-He dicho que me acuesto con él, no que lo desee.
-¡Ah! -exclamé triunfalmente-. ¡Eso quiere decir que lo haces sin desearlo pero
haciéndole creer que lo deseás!
María quedó demudada. Por su rostro comenzaron a caer lágrimas silenciosas. Su
mirada era como de vidrio triturado.
-Yo no he dicho eso -murmuró lentamente.
-Porque es evidente -proseguí implacable- que si demostrases no sentir nada, no
desearlo, si demostrases que la unión física es un sacrificio que haces en honor
a su cariño, a tu admiración por su espíritu superior, etcétera, Allende no
volvería a acostarse jamás con vos. En otras palabras: el hecho de que siga
haciéndolo demuestra que sos capaz de engañarlo no sólo acerca de tus
sentimientos sino hasta de tus sensaciones. Y que sos capaz de una imitación
perfecta del placer.
María lloraba en silencio y miraba hacia el suelo.
-Sos increíblemente cruel -pudo decir, al fin.
-Dejemos de lado las consideraciones de formas: me interesa el fondo. El fondo
es que sos capaz de engañar a tu marido durante años, no sólo acerca de tus
sentimientos sino también de tus sensaciones. La conclusión podría inferirla un
aprendiz: ¿por qué no has de engañarme a mí también? Ahora Comprenderás por qué
muchas veces te he indagado la veracidad de tus sensaciones. Siempre recuerdo
cómo el padre de Desdémona advirtió a Ótelo que una mujer que había engañado al
padre podía engañar a otro hombre. Y a mí nada me ha podido sacar de la cabeza
este hecho: el que has estado engañando constantemente a Allende, durante años.
Por un instante, sentí el deseo de llevar la crueldad hasta el máximo y agregué,
aunque me daba cuenta de su vulgaridad y torpeza.
-Engañando a un ciego.
XX
YA ANTES de decir esta frase estaba un poco arrepentido: debajo del que quería
decirla y experimentar una perversa satisfacción, un ser más puro y más tierno
se disponía a tomar la iniciativa en cuanto la crueldad de la frase hiciese su
efecto y, en cierto modo, ya silenciosamente, había tomado el partido de María
antes de pronunciar esas palabras estúpidas e inútiles (¿qué podía lograr, en
efecto, con ellas?). De manera que, apenas comenzaron a salir de mis labios, ya
ese ser de abajo las oía con estupor, como si a pesar de todo no hubiera creído
seriamente en la posibilidad de que el otro las pronunciase. Y a medida que
salieron, comenzó a tomar el mando de mi conciencia y de mi voluntad y casi
llega su decisión a tiempo para impedir que la frase saliera completa. Apenas
terminada (porque a pesar de todo terminé la frase), era totalmente dueño de mí
y ya ordenaba pedir perdón, humillarme delante de María, reconocer mi torpeza y
mi crueldad. ¡Cuántas veces esta maldita división de mi conciencia ha sido la
culpable de hechos atroces! Mientras una parte me lleva a tomar una hermosa
actitud, la otra denuncia el fraude, la hipocresía y la falsa generosidad;
mientras una me lleva a insultar a un ser humano, la otra se conduele de él y me
acusa a mí mismo de lo que denuncio en los otros; mientras una me hace ver la
belleza del mundo, la otra me señala su fealdad y la ridiculez de todo
sentimiento de felicidad. En fin, ya era tarde, de todos modos, para cerrar la
herida abierta en el alma de María (y esto me lo aseguraba sordamente, con
remota, satisfecha malevolencia el otro yo que ahora estaba hundido allá, en una
especie de inmunda cueva), ya era irremediablemente tarde. María se incorporó en
silencio, con infinito cansancio, mientras su mirada (¡cómo la conocía!)
levantaba el puente levadizo que a veces tendía entre nuestros espíritus: ya era
la mirada dura de unos ojos impenetrables. De pronto me acometió la idea de que
ese puente se había levantado para siempre y en la repentina desesperación no
vacilé en someterme a las humillaciones más grandes: besar sus pies, por
ejemplo. Sólo logré que me mirara con piedad y que sus ojos se ablandasen por un
instante. Pero de piedad, sólo de piedad.
Mientras salía del taller y me aseguraba, una vez más, que no me guardaba
rencor, yo me hundí en una aniquilación total de la voluntad. Quedé sin atinar a
nada, en medio del taller, mirando como un alelado un punto fijo. Hasta que, de
pronto, tuve conciencia de que debía hacer una serie de cosas.
Corrí a la calle, pero María ya no se veía por ningún lado. Corrí a su casa en
un taxi, porque supuse que ella no iría directamente y, por lo tanto, esperaba
encontrarla a su llegada. Esperé en vano durante más de una hora. Hablé por
teléfono desde un café: me dijeron que no estaba y que no había vuelto desde las
cuatro (la hora en que había salido para mi taller). Esperé varias horas más.
Luego volví a hablar por teléfono : me dijeron que María no iría a la casa hasta
la noche.
Desesperado, salí a buscarla por todas partes, es decir, por los lugares en que
habitualmente nos encontrábamos o caminábamos: la Recoleta, la Avenida
Centenario, la Plaza Francia, Puerto Nuevo. No la vi por ningún lado, hasta que
comprendí que lo más probable era, precisamente, que caminara por cualquier
parte menos por los lugares que le recordasen nuestros mejores momentos. Corrí
de nuevo hasta su casa, pero era muy tarde y probablemente ya hubiera entrado.
Telefoneé nuevamente: en efecto, había vuelto; pero me dijeron que estaba en
cama y que le era imposible atender el teléfono. Había dado mi nombre, sin
embargo.
Algo se había roto entre nosotros.
XXI
VOLVÍ a casa con la sensación de una absoluta soledad.
Generalmente, esa sensación de estar solo en el mundo aparece mezclada a un
orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a los hombres, los veo sucios,
feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi
olímpica.
Pero en aquel momento, como en otros semejantes, me encontraba solo como
consecuencia de mis peores atributos, de mis bajas acciones. En esos casos
siento que el mundo es despreciable, pero comprendo que yo también formo parte
de él; en esos instantes me invade una furia de aniquilación, me dejo acariciar
por la tentación del suicidio, me emborracho, busco a las prostitutas. Y siento
cierta satisfacción en probar mi propia bajeza y en verificar que no soy mejor
que los sucios monstruos que me rodean.
Esa noche me emborraché en un cafetín del bajo. Estaba en lo peor de mi
borrachera cuando sentí tanto asco de la mujer que estaba conmigo y de los
marineros que me rodeaban que salí corriendo a la calle. Caminé por Viamonte y
descendí hasta los muelles. Me senté por ahí y lloré. El agua sucia, abajo, me
tentaba constantemente: ¿para qué sufrir? El suicidio seduce por su facilidad de
aniquilación: en un segundo, todo este absurdo universo se derrumba como un
gigantesco simulacro, como si la solidez de sus rascacielos, de sus acorazados,
de sus tanques, de sus prisiones no fuera más que una fantasmagoría, sin más
solidez que los rascacielos, acorazados, tanques y prisiones de una pesadilla.
La vida aparece a la luz de este razonamiento como una larga pesadilla, de la
que sin embargo uno puede liberarse con la muerte, que sería, así, una especie
de despertar. ¿Pero despertar a qué ? Esa irresolución de arrojarse a la nada
absoluta y eterna me ha detenido en todos los proyectos de suicidio. A pesar de
todo, el hombre tiene tanto apego a lo que existe, que prefiere finalmente
soportar su imperfección y el dolor que causa su fealdad, antes que aniquilar la
fantasmagoría con un acto de propia voluntad. Y suele resultar, también, que
cuando hemos llegado hasta ese borde de la desesperación que precede al
suicidio, por haber agotado el inventario de todo lo que es malo y haber llegado
al punto en que el mal es insuperable, cualquier elemento bueno, por pequeño que
sea, adquiere un desproporcionado valor, termina por hacerse decisivo y nos
aferramos a él como nos agarraríamos desesperadamente de cualquier hierba ante
el peligro de rodar en un abismo.
Era casi de madrugada cuando decidí volver a casa. No recuerdo cómo, pero a
pesar de esa decisión (que recuerdo perfectamente), me encontré de pronto frente
a la casa de Allende. Lo curioso es que no recuerdo los hechos intermedios. Me
veo sentado en los muelles, mirando el agua sucia y pensando: "Ahora tengo que
acostarme" y luego me veo frente a la casa de Allende, observando el quinto
piso. ¿ Para qué miraría? Era absurdo imaginar que a esas horas pudiera verla de
algún modo. Estuve largo rato, estupefacto, hasta que se me ocurrió una idea:
bajé hasta la avenida, busqué un café y llamé por teléfono. Lo hice sin pensar
qué diría para justificar un llamado a semejante hora. Cuando me atendieron,
después de haber llamado durante unos cinco minutos, me quedé paralizado, sin
abrir la boca. Colgué el tubo, despavorido, salí del café y comencé a caminar al
azar. De pronto me encontré nuevamente en el café. Para no llamar la atención,
pedí una ginebra y mientras la bebía me propuse volver a mi casa.
Al cabo de un tiempo bastante largo me encontré por fin en el taller. Me eché,
vestido, sobre la cama y me dormí.
XXII
DESPERTÉ tratando de gritar y me encontré de pie en medio del taller. Había
soñado esto: teníamos que ir, varias personas, a la casa de un señor que nos
había citado. Llegué a la casa, que desde afuera parecía como cualquier otra, y
entré. Al entrar tuve la certeza instantánea de que no era así, de que era
diferente a las demás. El dueño me dijo:
-Lo estaba esperando.
Intuí que había caído en una trampa y quise huir. Hice un enorme esfuerzo, pero
era tarde: mi cuerpo ya no me obedecía. Me resigné a presenciar lo que iba a
pasar, como si fuera un acontecimiento ajeno a mi persona. El hombre aquel
comenzó a transformarme en pájaro, en un pájaro de tamaño humano. Empezó por los
pies: vi cómo se convenían poco a poco en unas patas de gallo o algo así.
Después siguió la transformación de todo el cuerpo, hacia arriba, como sube el
agua en un estanque. Mi única esperanza estaba ahora en los amigos, que
inexplicablemente no habían llegado. Cuando por fin llegaron, sucedió algo que
me horrorizó: no notaron mi transformación. Me trataron como siempre, lo que
probaba que me veían como siempre. Pensando que el mago los ilusionaba de modo
que me vieran como una persona normal, decidí referir lo que me había hecho.
Aunque mi propósito era referir el fenómeno con tranquilidad, para no agravar la
situación irritando al mago con una reacción demasiado violenta (lo que podría
inducirlo a hacer algo todavía peor), comencé a contar todo a gritos. Entonces
observé dos hechos asombrosos: la frase que quería pronunciar salió convertida
en un áspero chillido de pájaro, un chillido desesperado y extraño, quizá por lo
que encerraba de humano; y, lo que era infinitamente peor, mis amigos no oyeron
ese chillido, como no habían visto mi cuerpo de gran pájaro; por el contrario,
parecían oír mi voz habitual diciendo cosas habituales, porque en ningún momento
mostraron el menor asombro. Me callé, espantado. El dueño de casa me miró
entonces con un sarcástico brillo en sus ojos, casi imperceptible y en todo caso
sólo advertido por mí. Entonces comprendí que nadie, nunca, sabría que yo había
sido transformado en pájaro. Estaba perdido para siempre y el secreto iría
conmigo a la tumba.
XXIII
COMO dije, cuando desperté estaba en medio de la habitación, de pie, bañado en
un sudor frío.
Miré el reloj: eran las diez de la mañana. Corrí al teléfono. Me dijeron que se
había ido a la estancia. Quedé anonadado. Durante largo tiempo permanecí echado
en la cama, sin decidirme a nada, hasta que resolví escribirle una carta.
No recuerdo ahora las palabras exactas de aquella carta, que era muy larga, pero
más o menos le decía que me perdonase, que yo era una basura, que no merecía su
amor, que estaba condenado, con justicia, a morir en la soledad más absoluta.
Pasaron días atroces, sin que llegara respuesta. Le envié una segunda carta y
luego una tercera y una cuarta, diciendo siempre lo mismo, pero cada vez con
mayor desolación. En la última, decidí relatarle todo lo que había pasado
aquella noche que siguió a nuestra separación. No escatimé detalle ni bajeza,
como tampoco dejé de confesarle la tentación de suicidio. Me dio vergüenza usar
eso como arma, pero la usé. Debo agregar que mientras describía mis actos más
bajos y la desesperación de mi soledad en la noche, frente a su casa de la calle
Posadas, sentía ternura para conmigo mismo y hasta lloré de compasión. Tenía
muchas esperanzas de que María sintiese algo parecido al leer la carta y con esa
esperanza me puse bastante alegre. Cuando despaché la carta, certificada, estaba
francamente optimista.
A vuelta de correo llegó una carta de María, llena de ternura. Sentí que algo de
nuestros primeros instantes de amor volvería a reproducirse, si no con la
maravillosa transparencia original, al menos con algunos de sus atributos
esenciales, así como un rey es siempre un rey, aunque vasallos infieles y
pérfidos lo hayan momentáneamente traicionado y enlodado. Quería que fuera a la
estancia. Como un loco, preparé una valija, una caja de pinturas y corrí a la
estación Constitución.
XXIV
LA ESTACIÓN Allende es una de esas estaciones de campo con unos cuantos
paisanos, un jefe en mangas de camisa, una volanta y unos tarros de leche.
Me irritaron dos hechos: la ausencia de María y la presencia de un chofer.
Apenas descendí, se me acercó y me preguntó:
-¿ Usted es el señor Castel ?
-No -respondí serenamente-. No soy el señor Castel.
En seguida pensé que iba a ser difícil esperar en la estación el tren de vuelta;
podría tardar medio día o cosa así. Resolví, con malhumor, reconocer mi
identidad.
-Sí -agregué, casi inmediatamente-, soy el señor Castel.
El chofer me miró con asombro.
-Tome -le dije, entregándole mi valija y mi caja de pintura.
Caminamos hasta el auto.
-La señora María ha tenido una indisposición -me explicó el hombre.
"¡Una indisposición!", murmuré con sorna. ¡Cómo conocía esos subterfugios!
Nuevamente me acometió la idea de volverme a Buenos Aires, pero ahora, además de
la espera del tren había otro hecho: la necesidad de convencer al chofer de que
yo no era, efectivamente, Castel o, quizá, la necesidad de convencerlo de que,
si bien era el señor Castel, no era loco. Medité rápidamente en las diferentes
posibilidades que se me presentaban y llegué a la conclusión de que, en
cualquier caso, sería difícil convencer al chofer. Decidí dejarme arrastrar a la
estancia. Además, ¿qué pasaría en caso de volverme? Era fácil de prever porque
sería la repetición de muchas situaciones anteriores: me quedaría con mi rabia,
aumentada por la imposibilidad de descargarla en María, sufriría horriblemente
por no verla, no podría trabajar, y todo en honor a una hipotética mortificación
de María. Y digo hipotética porque jamás pude comprobar si verdaderamente la
mortificaban esa clase de represalias.
Hunter tenía cierto parecido con Allende (creo haber dicho ya que son primos);
era alto, moreno, más bien flaco; pero de mirada escurridiza. "Este hombre es un
abúlico y un hipócrita", pensé. Este pensamiento me alegró (al menos así lo creí
en ese instante).
Me recibió con una cortesía irónica y me presentó a una mujer flaca que fumaba
con una boquilla larguísima. Tenía acento parisiense, se llamaba Mimí Allende,
era malvada y miope.
¿Pero dónde diablos se habría metido María? ¿Estaría indispuesta de verdad,
entonces? Yo estaba tan ansioso que me había olvidado casi de la presencia de
esos entes. Pero al recordar de pronto mi situación, me di bruscamente vuelta,
en dirección a Hunter, para controlarlo. Es un método que da excelentes
resultados con individuos de este género.
Hunter estaba escrutándome con ojos irónicos, que trató de cambiar
instantáneamente.
-María tuvo una indisposición y se ha recostado -dijo-. Pero creo que bajará
pronto.
Me maldije mentalmente por distraerme: con aquella gente era necesario estar en
constante guardia; además, tenía el firme propósito de levantar un censo de sus
formas de pensar, de sus chistes, de sus reacciones, de sus sentimientos: todo
me era de gran utilidad con María. Me dispuse, pues, a escuchar y ver y traté de
hacerlo en el mejor estado de ánimo posible. Volví a pensar que me alegraba el
aspecto de general hipocresía de Hunter y la flaca. Sin embargo, mi estado de
ánimo era sombrío.
-Así que usted es pintor -dijo la mujer miope, mirándome con los ojos
semicerrados, como se hace cuando hay viento con tierra. Ese gesto, provocado
seguramente por su deseo de mejorar la miopía sin anteojos (como si con anteojos
pudiera ser más fea) aumentaba su aire de insolencia e hipocresía.
-Sí, señora -respondí con rabia. Tenía la certeza de que era señorita.
-Castel es un magnífico pintor -explicó el otro.
Después agregó una serie de idioteces a manera de elogio, repitiendo esas
pavadas que los críticos escribían sobre mí cada vez que había una exposición:
"sólido", etcétera. No puedo negar que al repetir esos lugares comunes revelaba
cierto sentido del humor. Vi que Mimí volvía a examinarme con los ojitos
semicerrados y me puse bastante nervioso, pensando que hablaría de mí. Aún no la
conocía bien.
-¿Qué pintores prefiere? -me preguntó como quien está tomando examen.
No, ahora que recuerdo, eso me lo preguntó después que bajamos. Apenas me
presentó a esa mujer, que estaba sentada en el jardín, cerca de una mesa donde
se habían puesto las cosas para el té, Hunter me llevó adentro, a la pieza que
me habían destinado. Mientras subíamos (la casa tenía dos pisos) me explicó que
la casa, con algunas mejoras, era casi la misma que había construido el abuelo
en el viejo casco de la estancia del bisabuelo. "¿Y a mí qué me importa?",
pensaba yo. Era evidente que el tipo quería mostrarse sencillo y franco, aunque
ignoro con qué objeto. Mientras él decía algo de un reloj de sol o de algo con
sol, yo pensaba que María quizá debía estar en alguna de las habitaciones de
arriba. Quizá por mi cara escrutadora, Hunter me dijo:
-Acá hay varios dormitorios. En realidad la casa es bastante cómoda, aunque está
hecha con un criterio muy gracioso.
Recordé que Hunter era arquitecto. Habría que ver qué entendía por
construcciones no graciosas.
-Este es el viejo dormitorio del abuelo y ahora lo ocupo yo -me explicó
señalando el del medio, que estaba frente a la escalera.
Después me abrió la puerta de un dormitorio.
-Este es su cuarto -explicó.
Me dejó solo en la pieza y dijo que me esperaría abajo para el té. Apenas quedé
solo, mi corazón comenzó a latir con fuerza pues pensé que María podría estar en
cualquiera de esos dormitorios, quizá en el cuarto de al lado. Parado en medio
de la pieza, no sabía qué hacer. Tuve una idea: me acerqué a la pared que daba
al otro dormitorio (no al de Hunter) y golpeé suavemente con mi puño. Esperé
respuesta, pero no me contestó. Salí al corredor, miré si no había nadie, me
acerqué a la puerta de al lado y mientras sentía una gran agitación levanté el
puño para golpear. No tuve valor y volví casi corriendo a mi cuarto. Después
decidí bajar al jardín. Estaba muy desorientado.
XXV
FUE UNA VEZ en la mesa que la flaca me preguntó a qué pintores prefería. Cité
torpemente algunos nombres: Van Gogh, el Greco. Me miró con ironía y dijo, como
para sí:
-Tiens. Después agregó:
-A mí me disgusta la gente demasiado grande. Te diré -prosiguió dirigiéndose a
Hunter- que esos tipos como Miguel Ángel o el Greco me molestan. ¡ Es tan
agresiva la grandeza y el dramatismo! ¿No crees que es casi mala educación? Yo
creo que el artista debería imponerse el deber de no llamar jamás la atención.
Me indignan los excesos de dramatismo y de originalidad. Fíjate que ser original
es en cierto modo estar poniendo de manifiesto la mediocridad de los demás, lo
que me parece de gusto muy dudoso. Creo que si yo pintase o escribiese haría
cosas que no llamasen la atención en ningún momento.
-No lo pongo en duda -comentó Hunter con malignidad.
Después agregó:
-Estoy seguro de que no te gustaría escribir, por ejemplo, Los hermanos
Karamazov.
-Quelle horreur! -exclamó Mimí, dirigiendo los ojitos hacia el cielo. Después
completó su pensamiento-: Todos parecen nouveaux-riches de la conciencia,
incluso ese moine ¿cómo se llama?... Zozime.
-¿Por qué no decís Zózimo, Mimí? A menos que te decidas a decirlo en ruso.
-Ya empiezas con tus tonterías puristas. Ya sabes que los nombres rusos pueden
decirse de muchas maneras. Como decía aquel personaje de una farce: "Tolstói o
Tolstuá, que de las dos maneras se puede y se debe decir."
-Será por eso -comentó Hunter- que en una traducción española que acabo de leer
(directa del ruso, según la editorial) ponen Tolstoi con diéresis en la /'.
-Ay, me encantan esas cosas -comentó alegremente Mimí-. Yo leí una vez una
traducción francesa de Tchékhov donde te encontrabas, por ejemplo, con una
palabra como ichvochnik. (o algo por el estilo) y había una llamada. Te ibas al
pie de la página y te encontrabas con que significaba, pongo por caso, porteur.
Imagínate que en esc caso no se explica uno por qué no ponen en ruso también
palabras como malgré o avant. ¿No te parece? Te diré que las cosas de los
traductores me encantan, sobre todo cuando son novelas rusas. ¿Usted aguanta una
novela rusa?
Esta última pregunta la dirigió imprevistamente a mí, pero no esperó respuesta y
siguió diciendo, mirando de nuevo a Hunter:
-Fíjate que nunca he podido acabar una novela rusa. Son tan trabajosas...
Aparecen millares de tipos y al final resulta que no son más que cuatro o cinco.
Pero claro, cuando te empiezas a orientar con un señor que se llama Alexandre,
luego resulta que se llama Sacha y luego Sachka y luego Sa-chenka, y de pronto
algo grandioso como Alexandre Alexan-drovitch Bunine y más tarde es simplemente
Alexandre Ale-xandrovitch. Apenas te has orientado, ya te despistan nuevamente.
Es cosa de no acabar: cada personaje parece una familia. No me vas a decir que
no es agotador, mismo para ti.
-Te vuelvo a repetir, Mimí, que no hay motivos para que digas los nombres rusos
en francés. ¿Por qué en vez de decir Tchékhov no decís Chéjov, que se parece más
al original? Además, ese "mismo" es un horrendo galicismo.
-Por favor -suplicó Mimí-, no te pongas tan aburrido, Luisito. ¿Cuándo
aprenderás a disimular tus conocimientos? Eres tan abrumador, tan épuisant...
¿no le parece? -concluyó de pronto, dirigiéndose a mí.
-Sí -respondí casi sin darme cuenta de lo que decía.
Hunter me miró con ironía.
Yo estaba horriblemente triste. Después dicen que soy impaciente. Todavía hoy me
admira que haya oído con tanta atención todas esas idioteces y, sobre todo, que
las recuerde con tanta fidelidad. Lo curioso es que mientras las oía trataba de
alegrarme haciéndome esta reflexión: "Esta gente es frívola, superficial. Gente
así no puede producir en María más que un sentimiento de soledad. GENTE ASÍ NO
PUEDE SER RIVAL." Y sin embargo no lograba ponerme alegre. Sentía que en lo más
profundo alguien me recomendaba tristeza. Y al no poder darme cuenta de la raíz
de esta tristeza me ponía malhumorado, nervioso; por más que trataba de calmarme
prometiéndome examinar el fenómeno cuando estuviese solo. Pensé, también, que la
causa de la tristeza podía ser la ausencia de María, pero me di cuenta de que
esa ausencia más me irritaba que entristecía. No era eso.
Ahora estaban hablando de novelas policiales: oí de pronto que la mujer
preguntaba a Hunter si había leído la ultima novela del Séptimo círculo.
-¿Para qué? -respondió Hunter-. Todas las novelas policiales son iguales. Una
por año, está bien. Pero una por semana me parece demostrar poca imaginación en
el lector.
Mimí se indignó. Quiero decir, simuló que se indignaba.
-No digas tonterías -dijo-. Son la única clase de novela que puedo leer ahora.
Te diré que me encantan. Todo tan complicado y detectives tan maravillosos que
saben de todo: arte de la época de Ming, grafología, teoría de Einstein,
baseball, arqueología, quiromancia, economía política, estadísticas de la cría
de conejos en la India. Y después son tan infalibles que da gusto. ¿No es
cierto? -preguntó dirigiéndose nuevamente a mí.
Me tomó tan inesperadamente que no supe que responder.
-Sí, es cierto -dije, por decir algo.
Hunter volvió a mirarme con ironía.
-Le diré a Georgie que las novelas policiales te revientan -agregó Mimí, mirando
a Hunter con severidad.
-Yo no he dicho que me revienten: he dicho que me parecen todas semejantes.
-De cualquier manera se lo diré a Georgie. Menos mal que no todo el mundo tiene
tu pedantería. Al señor Castel, por ejemplo, le gustan ¿no es cierto?
-¿A mí? -pregunté horrorizado.
-Claro -prosiguió Mimí, sin esperar mi respuesta y volviendo la vista nuevamente
hacia Hunter- que si todo el mundo fuera tan savant como tú no se podría ni
vivir. Estoy segura que ya debes tener toda una teoría sobre la novela policial.
-Así es -aceptó Hunter, sonriendo.
-¿No le decía? -comentó Mimí con severidad, dirigiéndose de nuevo a mí y como
poniéndome de testigo-. No, si yo a éste lo conozco bien. A ver, no tengas
ningún escrúpulo en lucirte. Te debes estar muriendo de las ganas de explicarla.
Hunter, en efecto, no se hizo rogar mucho.
-Mi teoría -explicó- es la siguiente: la novela policial representa en el siglo
veinte lo que la novela de caballería en la época de Cervantes. Más todavía:
creo que podría hacerse algo equivalente a Don Quijote: una sátira de la novela
policial. Imaginen ustedes un individuo que se ha pasado la vida leyendo novelas
policiales y que ha llegado a la locura de creer que el mundo funciona como una
novela de Nicholas Blake o de Ellery Queen. Imaginen que ese pobre tipo se larga
finalmente a descubrir crímenes y a proceder en la vida real como procede un
detective en una de esas novelas. Creo que se podría hacer algo divertido,
trágico, simbólico, satírico y hermoso.
-¿Y por qué no lo haces? -preguntó burlonamente Mimí.
-Por dos razones: no soy Cervantes y tengo mucha pereza.
-Me parece que basta con la primera razón -opinó Mimí.
Después se dirigió desgraciadamente a mí:
-Este hombre -dijo señalando de costado a Hunter con su larga boquilla- habla
contra las novelas policiales porque es incapaz de escribir una sola, aunque sea
la novela más aburrida del mundo.
-Dame un cigarrillo -dijo Hunter, dirigiéndose a su prima. Después agregó-:
Cuándo dejarás de ser tan exagerada. En primer lugar, yo no he hablado contra
las novelas policiales: simplemente dije que se podría escribir algo así como el
Don Quijote de nuestra época. En segundo lugar, te equivocas sobre mi absoluta
incapacidad para ese género. Una vez se me ocurrió una linda idea para una
novela policial.
-Sans blague -se limitó a decir Mimí.
-Sí, te digo que sí. Fijate: un hombre tiene madre, mujer y un chico. Una noche
matan misteriosamente a la madre. Las investigaciones de la policía no llegan a
ningún resultado. Un tiempo después matan a la mujer; la misma cosa. Finalmente
matan al chico. El hombre está enloquecido, pues quiere a todos, sobre todo al
hijo. Desesperado, decide investigar los crímenes por su cuenta. Con los
habituales métodos inductivos, deductivos, analíticos, sintéticos, etcétera, de
esos genios de la novela policial, llega a la conclusión de que el asesino
deberá cometer un cuarto asesinato, el día tal, a la hora tal, en el lugar tal.
Su conclusión es que el asesino deberá matarlo ahora a él. En el día y hora
calculados, el hombre va al lugar donde debe cometerse el cuarto asesinato y
espera al asesino. Pero el asesino no llega. Revisa sus deducciones: podría
haber calculado mal el lugar: no, el lugar está bien; podría haber calculado mal
la hora: no, la hora está bien. La conclusión es horrorosa: el asesino debe
estar ya en el lugar. En otras palabras: el asesino es él mismo, que ha cometido
los otros crímenes en estado de inconsciencia. El detective y el asesino son la
misma persona.
-Demasiado original para mi gusto -comentó Mimí-. ¿Y cómo concluye? ¿No decías
que debía haber un cuarto asesinato ?
-La conclusión es evidente -dijo Hunter, con pereza-: el hombre se suicida.
Queda la duda de si se mata por remordimientos o si el yo asesino mata al yo
detective, como en un vulgar asesinato. ¿No te gusta?
-Me parece divertido. Pero una cosa es contarla así y otra escribir la novela.
-En efecto -admitió Hunter, con tranquilidad.
Después la mujer empezó a hablar de un quiromántico que había conocido en Mar
del Plata y de una señora vidente. Hunter hizo un chiste y Mimí se enojó:
-Te imaginarás que tiene que ser algo serio -dijo-. El marido es profesor en la
facultad de ingeniería.
Siguieron discutiendo de telepatía y yo estaba desesperado porque María no
aparecía. Cuando los volví a atender, estaban hablando del estatuto del peón.
-Lo que pasa -dictaminó Mimí, empuñando la boquilla como una batuta- es que la
gente no quiere trabajar más.
Hacia el final de ¡a conversación tuve una repentina iluminación que me disipó
la inexplicable tristeza: intuí que la tal Mimí había llegado a último momento y
que María no bajaba para no tener que soportar las opiniones (que seguramente
conocía hasta el cansancio) de Mimí y su primo. Pero ahora que recuerdo, esta
intuición no fue completamente irracional sino la consecuencia de unas palabras
que me había dicho el chofer mientras íbamos a la estancia y en las que yo no
puse al principio ninguna atención; algo referente a una prima del señor que
acababa de llegar de Mar del Plata, para tomar el té. La cosa era clara: María,
desesperada por la llegada repentina de esa mujer, se había encerrado en su
dormitorio pretextando una indisposición; era evidente que no podía soportar a
semejantes personajes. Y el sentir que mi tristeza se disipaba con esta
deducción me iluminó bruscamente la causa de esa tristeza: al llegar a la casa y
ver que Hunter y Mimí eran unos hipócritas y unos frívolos, la parte más
superficial de mi alma se alegró, porque veía de ese modo que no había
competencia posible en Hunter; pero mi capa más profunda se entristeció al
pensar (mejor dicho, al sentir) que María formaba también parte de ese círculo y
que, de alguna manera, podría tener atributos parecidos.
XXVI
CUANDO nos levantamos de la mesa para caminar por el parque, vi que María se
acercaba a nosotros, lo que confirmaba mi hipótesis: había esperado ese momento
para acercársenos, evitando la absurda conversación en la mesa.
Cada vez que María se aproximaba a mí en medio de otras personas, yo pensaba:
"Entre este ser maravilloso y yo hay un vínculo secreto" y luego, cuando
analizaba mis sentimientos, advertía que ella había empezado a serme
indispensable (como alguien que uno encuentra en una isla desierta) para
convertirse más tarde, una vez que el temor de la soledad absoluta ha pasado, en
una especie de lujo que me enorgullecía, y era en esta segunda fase de mi amor
en que habían empezado a surgir mil dificultades; del mismo modo que cuando
alguien se está muriendo de hambre acepta cualquier cosa, incondicionalmente,
para luego, una vez que lo más urgente ha sido satisfecho, empezar a quejarse
crecientemente de sus defectos e inconvenientes. He visto en los últimos años
emigrados que llegaban con la humildad de quien ha escapado a los campos de
concentración, aceptar cualquier cosa para vivir y alegremente desempeñar los
trabajos más humillantes; pero es bastante extraño que a un hombre no le baste
con haber escapado a la tortura y a la muerte para vivir contento: en cuanto
empieza a adquirir nueva seguridad, el orgullo, la vanidad y la soberbia, que al
parecer habían sido aniquilados para siempre, comienzan a reaparecer, como
animales que hubieran huido asustados; y en cierto modo a reaparecer con mayor
petulancia, como avergonzados de haber caído hasta ese punto. No es difícil que
en tales circunstancias se asista a actos de ingratitud y de desconocimiento.
Ahora que puedo analizar mis sentimientos con tranquilidad, pienso que hubo algo
de eso en mis relaciones con María y siento que, en cierto modo, estoy pagando
la insensatez de no haberme conformado con la parte de María que me salvó
(momentáneamente) de la soledad. Ese estremecimiento de orgullo, ese deseo
creciente de posesión exclusiva debían haberme revelado que iba por mal camino,
aconsejado por la vanidad y la soberbia.
En ese momento, al ver venir a María, ese orgulloso sentimiento estaba casi
abolido por una sensación de culpa y de vergüenza provocada por el recuerdo de
la atroz escena en mi taller, de mi estúpida, cruel y hasta vulgar acusación de
"engañar a un ciego". Sentí que mis piernas se aflojaban y que el frío y la
palidez invadían mi rostro. ¡Y encontrarme así, en medio de esa gente! ¡Y no
poder arrojarme humildemente para que me perdonase y calmase el horror y el
desprecio que sentía por mí mismo!
María, sin embargo, no pareció perder el dominio y yo comencé inmediatamente a
sentir que la vaga tristeza de esa tarde comenzaba a poseerme de nuevo.
Me saludó con una expresión muy medida, como queriendo probar ante los dos
primos que entre nosotros no había más que una simple amistad. Recordé, con un
malestar de ridículo, una actitud que había tenido con ella unos días antes. En
uno de esos arrebatos de desesperación, le había dicho que algún día quería, al
atardecer, mirar, desde una colina, las torres de San Gemignano. Me miró con
fervor y me dijo: "¡Qué maravilloso, Juan Pablo!" Pero cuando le propuse que nos
escapásemos esa misma noche, se espantó, su rostro se endureció y dijo,
sombríamente: "No tenemos derecho a pensar en nosotros solos. El mundo es muy
complicado." Le pregunté qué quería decir con eso. Me respondió, con acento aún
más sombrío: "La felicidad está rodeada de dolor." La dejé bruscamente, sin
saludarla. Más que nunca, sentí que jamás llegaría a unirme con ella en forma
total y que debía resignarme a tener frágiles momentos de comunión, tan
melancólicamente inasibles como el recuerdo de ciertos sueños, o como la
felicidad de algunos pasajes musicales.
Y ahora llegaba y controlaba cada movimiento, calculaba cada palabra, cada gesto
de su cara. ¡ Hasta era capaz de sonreír a esa otra mujer!
Me preguntó si había traído las manchas.
-¡ Qué manchas! -exclamé con rabia, sabiendo que malograba alguna complicada
maniobra, aunque fuera en favor nuestro.
-Las manchas que prometió mostrarme -insistió con tranquilidad absoluta-. Las
manchas del puerto.
La miré con odio, pero ella mantuvo serenamente mi mirada y, por un décimo de
segundo, sus ojos se hicieron blandos y parecieron decirme: "Compadéceme de todo
eso." ¡Querida, querida María! ¡Cómo sufrí por ese instante de ruego y de
humillación! La miré con ternura y le respondí:
-Claro que las traje. Las tengo en el dormitorio.
-Tengo mucha ansiedad por verlas -dijo, nuevamente con la frialdad de antes.
-Podemos verlas ahora mismo -comenté adivinando su idea.
Temblé ante la posibilidad de que se nos uniera Mimí. Pero María la conocía más
que yo, de modo que añadió en seguida algunas palabras que impedían cualquier
intento de entrometimiento:
-Volvemos pronto -dijo.
Y apenas pronunciadas, me tomó del brazo con decisión y me condujo hacia la
casa. Observé fugazmente a los que quedaban y me pareció advertir un relámpago
intencionado en los ojos con que Mimí miró a Hunter.
XXVII
PENSABA quedarme varios días en la estancia pero sólo pasé una noche. Al día
siguiente de mi llegada, apenas salió el sol, escapé a pie, con la valija y la
caja. Esta actitud puede parecer una locura, pero se verá hasta qué punto estuvo
justificada.
Apenas nos separamos de Hunter y Mimí, fuimos adentro, subimos a buscar las
presuntas manchas y finalmente bajamos con mi caja de pintura y una carpeta de
dibujos, destinada a simular las manchas. Este truco fue ideado por María.
Los primos habían desaparecido, de todos modos. María comenzó entonces a
sentirse de excelente humor, y cuando caminamos a través del parque, hacia la
costa, tenía verdadero entusiasmo. Era una mujer diferente de la que yo había
conocido hasta ese momento, en la tristeza de la ciudad: más activa, más vital.
Me pareció, también, que aparecía en ella una sensualidad desconocida para mí,
una sensualidad de los colores y olores: se entusiasmaba extrañamente
(extrañamente para mí, que tengo una sensualidad introspectiva, casi de pura
imaginación) con el color de un tronco, de una hoja seca, de un bichito
cualquiera, con la fragancia del eucalipto mezclada al olor del mar. Y lejos de
producirme alegría, me entristecía y desesperanzaba, porque intuía que esa forma
de María me era casi totalmente ajena y que, en cambio, de algún modo debía
pertenecer a Hunter o a algún otro.
La tristeza fue aumentando gradualmente; quizá también a causa del rumor de las
olas, que se hacía a cada instante más perceptible. Cuando salimos del monte y
apareció ante mis ojos el cielo de aquella costa, sentí que esa tristeza era
ineludible; era la misma de siempre ante la belleza, o por lo menos ante cierto
género de belleza. ¿Todos sienten así o es un defecto más de mi desgraciada
condición?
Nos sentamos sobre las rocas y durante mucho tiempo estuvimos en silencio,
oyendo el furioso batir de las olas abajo, sintiendo en nuestros rostros las
partículas de espuma que a veces alcanzaban hasta lo alto del acantilado. El
cielo, tormentoso, me hizo recordar el del Tintoretto en el salvamento del
sarraceno.
-Cuántas veces -dijo María- soñé compartir con vos este mar y este cielo.
Después de un tiempo, agregó:
-A veces me parece como si esta escena la hubiéramos vivido siempre juntos.
Cuando vi aquella mujer solitaria de tu ventana, sentí que eras como yo y que
también buscabas ciegamente a alguien, una especie de interlocutor mudo. Desde
aquel día pensé constantemente en vos, te soñé muchas veces acá, en este mismo
lugar donde he pasado tantas horas de mi vida. Un día hasta pensé en buscarte y
confesártelo. Pero tuve miedo de equivocarme, como me había equivocado una vez,
y esperé que de algún modo fueras vos el que buscara. Pero yo te ayudaba
intensamente, te llamaba cada noche, y llegué a estar tan segura de encontrarte
que cuando sucedió, al pie de aquel absurdo ascensor, quedé paralizada de miedo
y no pude decir nada más que una torpeza. Y cuando huiste, dolorido por lo que
creías una equivocación, yo corrí detrás como una loca. Después vinieron
aquellos instantes de la plaza San Martín, en que creías necesario explicarme
cosas, mientras yo trataba de desorientarte, vacilando entre la ansiedad de
perderte para siempre y el temor de hacerte mal. Trataba de desanimarte, sin
embargo, de hacerte pensar que no entendía tus medías palabras, tu mensaje
cifrado.
Yo no decía nada. Herniosos sentimientos y sombrías ideas daban vueltas en mi
cabeza, mientras oía su voz, su maravillosa voz. Fui cayendo en una especie de
encantamiento. La caída del sol iba encendiendo una fundición gigantesca entre
las nubes del poniente. Sentí que ese momento mágico no se volvería a repetir
nunca. "Nunca más, nunca más", pensé, mientras empecé a experimentar el vértigo
del acantilado y a pensar qué fácil sería arrastrarla al abismo, conmigo.
Oí fragmentos: "Dios mío... muchas cosas en esta eternidad que estamos juntos...
cosas horribles... no sólo somos este paisaje, sino pequeños seres de carne y
huesos, llenos de fealdad, de insignificancia..."
El mar se había ido transformando en un oscuro monstruo. Pronto, la oscuridad
fue total y el rumor de las olas allá abajo adquirió sombría atracción: ¡Pensar
que era tan fácil! Ella decía que éramos seres llenos de fealdad e
insignificancia; pero, aunque yo sabía hasta qué punto era yo mismo capaz de
cosas innobles, me desolaba el pensamiento de que también ella podía serlo, que
seguramente lo era. ¿Cómo? -pensaba-, ¿con quiénes, cuándo? Y un sordo deseo de
precipitarme sobre ella y destrozarla con las uñas y de apretar su cuello hasta
ahogarla y arrojarla al mar iba creciendo en mí. De pronto oí otros fragmentos
de frases: hablaba de un primo, Juan o algo así; habló de la infancia en el
campo; me pareció oír algo de hechos "tormentosos y crueles", que habían pasado
con ese otro primo. Me pareció que María me había estado haciendo una preciosa
confesión y que yo, como un estúpido, la había perdido.
-¡Qué hechos, tormentosos y crueles! -grité.
Pero, extrañamente, no pareció oírme: también ella había caído en una especie de
sopor, también ella parecía estar sola.
Pasó un largo tiempo, quizá media hora.
Después sentí que acariciaba mi cara, como lo había hecho en otros momentos
parecidos. Yo no podía hablar. Como con mi madre cuando chico, puse la cabeza
sobre su regazo y así quedamos un tiempo quieto, sin transcurso, hecho de
infancia y de muerte:
¡Qué lástima que debajo hubiera hechos inexplicables y sospechosos! ¡ Cómo
deseaba equivocarme, cómo ansiaba que María no fuera más que ese momento! Pero
era imposible: mientras oía los latidos de su corazón junto a mis oídos y
mientras su mano acariciaba mis cabellos, sombríos pensamientos se movían en la
oscuridad de mi cabeza, como en un sótano pantanoso; esperaban el momento de
salir, chapoteando, gruñendo sordamente en el barro.
XXVIII
PASARON cosas muy raras. Cuando llegamos a la casa encontramos a Hunter muy
agitado (aunque es de esos que creen de mal gusto mostrar las pasiones); trataba
de disimularlo, pero era evidente que algo pasaba. Mimí se había ido y en el
comedor todo estaba dispuesto para la comida, aunque era claro que nos habíamos
retardado mucho, pues apenas llegamos se notó un acelerado y eficaz movimiento
de servicio. Durante la comida casi no se habló. Vigilé las palabras y los
gestos de Hunter porque intuí que echarían luz sobre muchas cosas que se me
estaban ocurriendo y sobre otras ideas que estaban por reforzarse. También
vigilé la cara de María; era impenetrable. Para disminuir la tensión, María dijo
que estaba leyendo una novela de Sartre. De evidente mal humor, Hunter comentó:
-Novelas en esta época. Que las escriban, vaya y pase... ¡pero que las lean!
Nos quedamos en silencio y Hunter no hizo ningún esfuerzo por atenuar los
efectos de esa frase. Concluí que tenía algo contra María. Pero como antes que
saliéramos para la costa no había nada de particular, inferí que ese algo contra
María había nacido durante nuestra larga conversación; era muy difícil admitir
que no fuera a causa de esa conversación o, mejor dicho, a causa del largo
tiempo que habíamos permanecido allá. Mi conclusión fue: Hunter está celoso y
eso prueba que entre él y ella hay algo más que una simple relación de amistad y
de parentesco. Desde luego, no era necesario que María sintiese amor por él; por
el contrario: era más fácil que Hunter se irritase al ver que María daba
importancia a otras personas. Fuera como fuese, si la irritación de Hunter era
originada por celos, tendría que mostrar hostilidad hacia mí, ya que ninguna
otra cosa había entre nosotros. Así fue. Si no hubieran existido otros detalles,
me habría bastado con una mirada de soslayo que me echó Hunter a propósito de
una frase de María sobre el acantilado.
Pretexté cansancio y me fui a mi pieza apenas nos levantamos de la mesa. Mi
propósito era lograr el mayor numero de elementos de juicio sobre el problema.
Subí la escalera, abrí la puerta de mi habitación, encendí la luz, golpeé la
puerta, como quien la cierra, y me quedé en el vano escuchando. En seguida oí la
voz de Hunter que decía una frase agitada, aunque no podía discernir las
palabras; no hubo respuestas de María; Hunter dijo otra frase mucho más larga y
más agitada que la anterior; María dijo algunas palabras en voz muy baja,
superpuestas con las últimas de él, seguidas de un ruido de sillas; al instante
oí los pasos de alguien que subía por la escalera: me encerré rápidamente, pero
me quedé escuchando a través del agujero de la llave; a los pocos momentos oí
pasos que cruzaban frente a mi puerta: eran pasos de mujer. Quedé largo tiempo
despierto, pensando en lo que había sucedido y tratando de oír cualquier clase
de rumor. Pero no oí nada en toda la noche.
No pude dormir: empezaron a atormentarme una serie de reflexiones que no se me
habían ocurrido antes. Pronto advertí que mi primera conclusión era una
ingenuidad: había pensado (lo que es correcto) que no era necesario que María
sintiese amor por Hunter para que él tuviera celos; esta conclusión me había
tranquilizado. Ahora me daba cuenta de que si bien no era necesario tampoco era
un inconveniente.
María podía querer a Hunter y sin embargo éste sentir celos.
Ahora bien: ¿había motivos para pensar que María tenía algo con su primo? ¡ Ya
lo creo que había motivos! En primer lugar, si Hunter la molestaba con celos y
ella no lo quería, ¿por qué venía a cada rato a la estancia? En la estancia no
vivía, ordinariamente, nadie más que Hunter, que era solo (yo no sabía si era
soltero, viudo o divorciado, aunque creo que alguna vez María me había dicho que
estaba separado de su mujer; pero, en fin, lo importante era que esc señor vivía
solo en la estancia). En segundo lugar, un motivo para sospechar de esas
relaciones era que María nunca me había hablado de Hunter sino con indiferencia,
es decir con la indiferencia con que se habla de un miembro cualquiera de la
familia; pero jamás me había mencionado o insinuado siquiera que Hunter
estuviera enamorado de ella y menos que tuviera celos. En tercer lugar, María me
había hablado, esa tarde, de sus debilidades. ¿Qué había querido decir? Yo le
había relatado en mi carta una serie de cosas despreciables (lo de mis
borracheras y lo de las prostitutas) y ella ahora me decía que me comprendía,
que también ella no era solamente barcos que parten y parques en el crepúsculo.
¿Qué podía querer decir sino que en su vida había cosas tan oscuras y
despreciables como en la mía? ¿No podía ser lo de Hunter una pasión baja de ese
género?
Rumié esas conclusiones y las examiné a lo largo de la noche desde diferentes
puntos de vista. Mi conclusión final, que consideré rigurosa, fue: María es
amante de Hunter.
Apenas aclaró, bajé las escaleras con mi valija y mi caja de pinturas. Encontré
a uno de los mucamos que había comenzado a abrir las puertas y ventanas para
hacer la limpieza: le encargué que saludara de mi pane al señor y que le dijera
que me había visto obligado a salir urgentemente para Buenos Aires. El mucamo me
miró con ojos de asombro, sobre todo cuando le dije, respondiendo a su
advertencia, que me iría a pie hasta la estación.
Tuve que esperar varías horas en la pequeña estación. Por momentos pensé que
aparecería María; esperaba esa posibilidad con la amarga satisfacción que se
siente cuando, de chico, uno se ha encerrado en alguna parte porque cree que han
cometido una injusticia y espera la llegada de una persona mayor que venga a
buscarlo y a reconocer la equivocación.
Pero Marta no vino. Cuando llegó el tren y miré hacia el camino por última vez,
con la esperanza de que apareciera a último momento, y no la vi llegar, sentí
una infinita tristeza.
Miraba por la ventanilla, mientras el tren corría hacia Buenos Aires. Pasamos
cerca de un rancho; una mujer, debajo del alero, miró el tren. Se me ocurrió un
pensamiento estúpido: "A esta mujer la veo por primera y última vez. No la
volveré a ver en mi vida." Mi pensamiento flotaba como un corcho en un río
desconocido. Siguió por un momento flotando cerca de esa mujer bajo el alero.
¿Qué me importaba esa mujer? Pero no podía dejar de pensar que había existido un
instante para mí y que nunca más volvería a existir; desde mi punto de vista era
como si ya se hubiera muerto: un pequeño retraso del tren, un llamado desde el
interior del rancho, y esa mujer no habría existido nunca en mi vida.
Todo me parecía fugaz, transitorio, inútil, impreciso. Mi cabeza no funcionaba
bien y María se me aparecía una y otra vez como algo incierto y melancólico.
Sólo horas más tarde mis pensamientos empezarían a alcanzar la precisión y la
violencia de otras veces.
XXIX
Los DÍAS que precedieron a la muerte de María fueron los más atroces de mi vida.
Me es imposible hacer un relato preciso de todo lo que sentí, pensé y ejecuté,
pues si bien recuerdo con increíble minuciosidad muchos de los acontecimientos,
hay horas y hasta días enteros que se me aparecen como sueños borrosos y
deformes. Tengo la impresión de haber pasado días enteros bajo el efecto del
alcohol, echado en mi cama o en un banco de Puerto Nuevo. Al llegar a la
estación Constitución me recuerdo muy bien entrando al bar y pidiendo varios
whiskies seguidos; después recuerdo vagamente que me levanté, que tomé un taxi y
que me fui a un bar de la calle 2 5 de Mayo o quizá de Leandro Alem. Siguen
algunos ruidos, música, unos gritos, una risa que me crispaba, unas botellas
rotas, luces muy penetrantes. Después me recuerdo pesado y con un terrible dolor
de cabeza en un calabozo de comisaría, un vigilante que abría la puerta, un
oficial que me decía algo y después me veo caminando nuevamente por las calles y
rascándome mucho. Creo que entré nuevamente a un bar. Horas (o días) más tarde
alguien me dejaba en mi taller. Luego tuve unas pesadillas en las que caminaba
por los techos de una catedral. Recuerdo también un despertar en mi pieza, en la
oscuridad y la horrorosa idea de que la pieza se había hecho infinitamente
grande y que por más que corriera no podría alcanzar jamás sus límites. No sé
cuánto tiempo pudo haber pasado hasta que las primeras luces del alba entraron
por el ventanal. Entonces me arrastré hasta el baño y me metí, vestido, en la
bañadera. El agua fría empezó a calmarme y en mi cabeza comenzaron a aparecer
algunos hechos aislados, aunque destrozados e inconexos, como los primeros
objetos que se ven emerger después de una gran inundación: María en el
acantilado, Mimí empuñando su boquilla, la estación Allende, un almacén frente a
la estación que se llamaba La confianza o quizá La estancia, María preguntándome
por las manchas, yo gritando: "¡Qué manchas!", Hunter mirándome torvamente, yo
escuchando arriba, con ansiedad, el diálogo entre los primos, un marinero
arrojando una botella, María avanzando hacia mí con ojos impenetrables, Mimí
diciendo Tchékhov, una mujer inmunda besándome y yo pegándole un tremendo
puñetazo, pulgas que me picaban en todo el cuerpo, Hunter hablando de novelas
policiales, el chofer de la estancia. También aparecieron trozos de sueños:
nuevamente la catedral en una noche negra, la pieza infinita.
Luego, a medida que me enfriaba, aquellos trozos se fueron uniendo a otros que
iban emergiendo de mi conciencia y el paisaje fue reconstituyéndose, aunque con
la tristeza y la desolación que tienen los paisajes que surgen de las aguas.
Salí del baño, me desnudé, me puse ropa seca y comencé a escribir una carta a
María. Primero escribí que deseaba darle una explicación por mi fuga de la
estancia (taché "fuga" y puse "ida"). Agregué que apreciaba mucho el interés que
ella se había tomado por mí (taché "por mí" y puse "por mi persona"). Que
comprendía que ella era muy bondadosa y estaba llena de sentimientos puros, a
pesar de que, como ella misma me lo había hecho saber, a veces prevalecían
"bajas pasiones". Le dije que apreciaba en su justo valor el asunto de la salida
de un barco o el asistir sin hablar a un crepúsculo en un parque pero que, como
ella podía imaginar (taché "imaginar" y puse "calcular"), no era suficiente para
mantener o probar un amor: seguía sin comprender cómo era posible que una mujer
como ella fuera capaz de decir palabras de amor a su marido y a mí, al mismo
tiempo que se acostaba con Hunter. Con el agravante -agregué- de que también se
acostaba con el marido y conmigo. Terminaba diciendo que, como ella podría darse
cuenta, esa clase de actitudes daba mucho que pensar, etcétera.
Releí la carta y me pareció que, con los cambios anotados, quedaba
suficientemente hiriente. La cerré, fui al Correo Central y la despaché
certificada.
XXX
APENAS salí del correo advertí dos cosas: no había dicho en la carta por qué
había inferido que ella era amante de Hunter; y no sabía qué me proponía al
herirla tan despiadadamente: ¿acaso hacerla cambiar de manera de ser, en caso de
ser ciertas mis conjeturas? Eso era evidentemente ridículo. ¿Hacerla correr
hacia mí? No era creíble que lo lograra con esos procedimientos. Reflexioné, sin
embargo, que en el fondo de mi alma sólo ansiaba que María volviese a mí. Pero,
en este caso, ¿por qué no decírselo directamente, sin herirla, explicándole que
me había ido de la estancia porque de pronto había advertido los celos de
Hunter? Al fin de cuentas, mi conclusión de que ella era amante de. Hunter,
además de hiriente, era completamente gratuita; en todo caso era una hipótesis,
que yo me podía formular con el único propósito de orientar mis investigaciones
futuras.
Una vez más, pues, había cometido una tontería con mi costumbre de escribir
cartas muy espontáneas y enviarlas en seguida. Las cartas de importancia hay que
retenerlas por lo menos un día hasta que se vean claramente todas las posibles
consecuencias.
Quedaba un recurso desesperado, ¡ el recibo! Lo busqué en todos los bolsillos,
pero no lo encontré: lo habría arrojado estúpidamente, por ahí. Volví corriendo
al correo, sin embargo, y me puse en la fila de las certificadas. Cuando llegó
mi turno, pregunté a la empleada, mientras hacía un horrible e hipócrita
esfuerzo para sonreír.
-¿No me reconoce?
La mujer me miró con asombro: seguramente pensó que era loco. Para sacarla de su
error, le dije que era la persona que acababa de enviar una carta a la estancia
Los Ombúes. El asombro de aquella estúpida pareció aumentar y, tal vez con el
deseo de compartirlo o de pedir consejo ante algo que no alcanzaba a comprender,
volvió su rostro hacia un compañero; me miró nuevamente a mí.
-Perdí el recibo -expliqué. No obtuve respuesta.
-Quiero decir que necesito la carta y no tengo el recibo -agregué.
La mujer y el otro empleado se miraron, durante un instante, como dos compañeros
de baraja.
Por fin, con el acento de alguien que está profundamente maravillado, me
preguntó:
-¿Usted quiere que le devuelvan la carta?
-Así es.
-¿Y ni siquiera tiene el recibo?
Tuve que admitir que, en efecto, no tenía ese importante documento. El asombro
de la mujer había aumentado hasta el límite. Balbuceó algo que no entendí y
volvió a mirar a su compañero.
-Quiere que le devuelvan una carta -tartamudeó. El otro sonrió con infinita
estupidez, pero con el propósito de querer mostrar viveza. La mujer me miró y me
dijo:
-Es completamente imposible.
-Le puedo mostrar documentos -repliqué, sacando unos papeles.
-No hay nada que hacer. El reglamento es terminante.
-El reglamento, como usted comprenderá, debe estar de acuerdo con la lógica
-exclamé con violencia, mientras comenzaba a irritarme un lunar con pelos largos
que esa mujer tenía en la mejilla.
-¿Usted conoce el reglamento? -me preguntó con sorna.
-No hay necesidad de conocerlo, señora -respondí fríamente, sabiendo que la
palabra señora debía herirla mortalmente.
Los ojos de la arpía brillaban ahora de indignación.
-Usted comprende, señora, que el reglamento no puede ser ilógico: tiene que
haber sido redactado por una persona normal, no por un loco. Si yo despacho una
carta y al instante vuelvo a pedir que me la devuelvan porque me he olvidado de
algo esencial, lo lógico es que se atienda mi pedido. ¿ O es que el correo tiene
empeño en hacer llegar cartas incompletas o equívocas? Es perfectamente claro y
razonable que el correo es un medio de comunicación, no un medio de compulsión :
el correo no puede obligar a mandar una carta si yo no quiero.
-Pero usted lo quiso -respondió.
-¡Sí! -grité-, ¡pero le vuelvo a repetir que ahora no lo quiero!
-No me grite, no sea mal educado. Ahora es tarde.
-No es tarde porque la carta está allí -dije, señalando hacia el cesto de las
cartas despachadas.
La gente comenzaba a protestar ruidosamente. La cara de la solterona temblaba de
rabia. Con verdadera repugnancia, sentí que todo mi odio se concentraba en el
lunar.
-Yo le puedo probar que soy la persona que ha mandado la carta -repetí,
mostrándole unos papeles personales.
-No grite, no soy sorda -volvió a decir-. Yo no puedo tomar semejante decisión.
-Consulte al jefe, entonces.
-No puedo. Hay demasiada gente esperando. Acá tenemos mucho trabajo, ¿comprende?
-Este asunto forma parte del trabajo -expliqué.
Algunos de los que estaban esperando propusieron que me devolvieran la carta de
una vez y se siguiera adelante. La mujer vaciló un rato, mientras simulaba
trabajar en otra cosa; finalmente fue adentro y al cabo de un largo rato volvió
con un humor de perro. Buscó en el cesto.
-¿Qué estancia? -preguntó con una especie de silbido de víbora.
-Estancia Los Ombúes -respondí con venenosa calma.
Después de una búsqueda falsamente alargada, tomó la carta en sus manos y
comenzó a examinarla como si la ofrecieran en venta y dudase de las ventajas de
la compra.
-Sólo tiene iniciales y dirección -dijo.
-¿Y eso?
-¿ Qué documentos tiene para probarme que es la persona que mandó la carta?
-Tengo el borrador -dije, mostrándolo. Lo tomó, lo miró y me lo devolvió.
-¿Y cómo sabemos que es el borrador de la carta?
-Es muy simple: abramos el sobre y lo podemos verificar.
La mujer dudó un instante, miró el sobre cerrado y luego me dijo:
-¿Y cómo vamos a abrir esta carta si no sabemos que es suya? Yo no puedo hacer
eso.
La gente comenzó a protestar de nuevo. Yo tenía ganas de hacer alguna
barbaridad.
-Ese documento no sirve -concluyó la arpía.
-¿Le parece que la cédula de identidad será suficiente? -pregunté con irónica
cortesía.
-¿La cédula de identidad?
Reflexionó, miró nuevamente el sobre y luego dictaminó:
-No, la cédula sola no, porque acá sólo están las iniciales. Tendrá que
mostrarme también un certificado de domicilio. O si no la libreta de
enrolamiento, porque en la libreta figura el domicilio.
Reflexionó un instante más y agregó:
-Aunque es difícil que usted no haya cambiado de casa desde los dieciocho años.
Así que casi seguramente va a necesitar también certificado de domicilio.
Una furia incontenible estalló por fin en mí y sentí que alcanzaba también a
María y, lo que es más curioso, a Mimí.
-¡Mándela usted así y váyase al infierno! -le grité, mientras me iba.
Salí del correo con un ánimo de mil diablos y hasta pensé si, volviendo a la
ventanilla, podría incendiar de alguna manera el cesto de las cartas. ¿Pero
cómo? ¿Arrojando un fósforo? Era fácil que se apagara en el camino. Echando
previamente un chorrito de nafta, el efecto sería seguro; pero eso complicaba
las cosas. De todos modos, pense esperar la salida del personal de turno e
insultar a la solterona.
XXXI
DESPUÉS de una hora de espera, decidí irme. ¿Qué podía ganar, en definitiva,
insultando a esa imbécil? Por otra parte, durante ese lapso rumié una serie de
reflexiones que terminaron por tranquilizarme: la carta estaba muy bien y era
bueno que llegase a manos de María. (Muchas veces me ha pasado eso: luchar
insensatamente contra un obstáculo que me impide hacer algo que juzgo necesario
o conveniente, aceptar con rabia la derrota y finalmente, un tiempo después,
comprobar que el destino tenía razón.) En realidad, cuando me puse a escribir la
carta, lo hice sin reflexionar mayormente y hasta algunas de las hirientes
frases parecían inmerecidas. Pero en ese momento, al volver a pensar en todo lo
que antecedió a la carta, recordé de pronto un sueño que tuve en alguna de esas
noches de borrachera: espiando desde un escondite me veía a mí mismo, sentado en
una silla en el medio de una habitación sombría, sin muebles ni decorados, y,
detrás de mí, a dos personas que se miraban con expresiones de diabólica ironía:
una era María; la otra era Hunter.
Cuando recordé este sueño, una desconsoladora tristeza se apoderó de mí.
Abandoné la puerta del correo y comencé a caminar pesadamente.
Un tiempo después me encontré sentado en la Recoleta, en un banco que hay debajo
de un árbol gigantesco. Los lugares, los árboles, los senderos de nuestros
mejores momentos empezaron a transformar mis ideas. ¿ Qué era, al fin de
cuentas, lo que yo tenía en concreto contra María? Los mejores instantes de
nuestro amor (un rostro de ella, una mirada tierna, el roce de su mano en mis
cabellos) comenzaron a apoderarse suavemente de mi alma, con el mismo cuidado
con que se recoge a un ser querido que ha tenido un accidente y que no puede
sufrir la brusquedad más insignificante. Poco a poco fui incorporándome, la
tristeza fue cambiándose en ansiedad, el odio contra María en odio contra mí
mismo y mi aletarga-miento en una repentina necesidad de correr a mi casa. A
medida que iba llegando al taller fui dándome cuenta de lo que quería: hablar,
llamarla por teléfono a la estancia, en seguida, sin pérdida de tiempo. ¿Cómo no
había pensado antes en esa posibilidad?
Cuando me dieron la comunicación, casi no tenía fuerzas para hablar. Atendió un
mucamo. Le dije que necesitaba comunicarme sin pérdida de tiempo con la señora
María. Al rato me atendió la misma voz, para decirme que la señora me llamaría
dentro de una hora, más o menos.
La espera me pareció interminable.
No recuerdo bien las palabras de aquella conversación por teléfono, pero sí
recuerdo que en vez de pedirle perdón por la carta (la causa que me había movido
a hablar), concluí por decirle cosas más fuertes que las contenidas en la carta.
Claro que eso no sucedió irrazonablemente; la verdad es que yo comencé
hablándole con humildad y ternura, pero empezó a exasperarme el tono dolorido de
su voz y el hecho de que no respondiese a ninguna de mis preguntas precisas,
según su hábito. El diálogo, más bien mi monólogo, fue creciendo en violencia y
cuanto más violento era, más dolorida parecía ella y más eso me exasperaba,
porque yo tenía plena conciencia de mi razón y de la injusticia de su dolor.
Terminé diciéndole a gritos que me mataría, que era una comediante y que
necesitaba verla en seguida, en Buenos Aires.
No contestó a ninguna de mis preguntas precisas, pero finalmente, ante mi
insistencia y mis amenazas de matarme, me prometió venir a Buenos Aires, al día
siguiente, "aunque no sabía para qué".
-Lo único que lograremos -agregó con voz muy débiles lastimarnos cruelmente, una
vez más.
-Si no venís, me mataré -repetí por fin-. Pensalo bien antes de tomar cualquier
decisión.
Colgué el tubo sin agregar nada más, y la verdad es que en ese momento estaba
decidido a matarme si ella no venía a aclarar la situación. Quedé extrañamente
satisfecho al decidirlo. "Ya verá", pensé, como si se tratara de una venganza.
XXXII
ESE DÍA fue execrable.
Salí de mi taller furiosamente. A pesar de que la vería al día siguiente, estaba
desconsolado y sentía un odio sordo e impreciso. Ahora creo que era contra mí
mismo, porque en el fondo sabía que mis crueles insultos no tenían fundamento.
Pero me daba rabia que ella no se defendiera, y su voz dolorida y humilde, lejos
de aplacarme, me enardecía más.
Me desprecié. Esa tarde comencé a beber mucho y terminé buscando líos en un bar
de Leandro Alem. Me apoderé de la mujer que me pareció más depravada y luego
desafié a pelear a un marinero porque le hizo un chiste obsceno. No recuerdo lo
que pasó después, excepto que comenzamos a pelear y que la gente nos separó en
medio de una gran alegría. Después me recuerdo con la mujer esa en la calle. El
fresco me hizo bien. A la madrugada la llevé al taller. Cuando llegamos se puso
a reír de un cuadro que estaba sobre un caballete. (No sé si dije que, desde la
escena de la ventana, mi pintura se fue transformando paulatinamente: era como
si los seres y cosas de mi antigua pintura hubieran sufrido un cataclismo
cósmico. Ya hablaré de esto más adelante, porque ahora quiero relatar lo que
sucedió en aquellos días decisivos.) La mujer miró, riéndose, el cuadro y
después me miró a mí, como en demanda de una explicación. Como ustedes
supondrán, me importaba un bledo el juicio que aquella desgraciada podría
formarse de mi arte. Le dije que no perdiéramos tiempo en pavadas.
Estábamos en la cama, cuando de pronto cruzó por mi cabeza una idea tremenda: la
expresión de la rumana se parecía a una expresión que alguna vez había observado
en María.
-¡Puta! -grité enloquecido, apartándome con asco-. ¡Claro que es una puta!
La rumana se incorporó como una víbora y me mordió el brazo hasta hacerlo
sangrar. Pensaba que me refería a ella. Lleno de desprecio a la humanidad entera
y de odio, la saqué a puntapiés de mi taller y le dije que la mataría como a un
perro si no se iba en seguida. Se fue gritando insultos a pesar de la cantidad
de dinero que le arrojé detrás.
Por largo tiempo quedé estupefacto en el medio del taller, sin saber qué hacer y
sin atinar a ordenar mis sentimientos ni mis ideas. Por fin tomé una decisión:
fui al baño, llené la bañadera de agua fría, me desnudé y entré. Quería aclarar
mis ideas, así que me quedé en la bañadera hasta refrescarme bien. Poco a poco
logré poner el cerebro en pleno funcionamiento. Traté de pensar con absoluto
rigor, porque tenía la intuición de haber llegado a un punto decisivo. ¿Cuál era
la idea inicial? Varias palabras acudieron a esta pregunta que yo mismo me
hacía. Esas palabras fueron: rumana, María, prostituta, placer, simulación.
Pensé: estas palabras deben de representar el hecho esencial, la verdad profunda
de la que debo partir. Hice repetidos esfuerzos para colocarlas en el orden
debido, hasta que logré formular la idea en esta forma terrible, pero indudable:
Marta y la prostituta han tenido una expresión semejante; la prostituta simulaba
placer; María, pues, simulaba placer; Marta es una prostituta.
-¡Puta, puta, puta! -grité saltando de la bañadera.
Mi cerebro funcionaba ya con la lúcida ferocidad de los mejores días: vi
nítidamente que era preciso terminar y que no debía dejarme embaucar una vez más
por su voz dolorida y su espíritu de comediante. Tenía que dejarme guiar
únicamente por la lógica y debía llevar, sin temor, hasta las últimas
consecuencias, las frases sospechosas, los gestos, los silencios equívocos de
María.
Fue como si las imágenes de una pesadilla desfilaran vertiginosamente bajo la
luz de un foco monstruoso. Mientras me vestía con rapidez, pasaron ante mí todos
los momentos sospechosos: la primera conversación por teléfono, con la asombrosa
capacidad de simulación y el largo aprendizaje que revelaban sus cambios de voz;
las oscuras sombras en torno de María que se delataban a través de tantas frases
enigmáticas; y ese temor de ella de "hacerme mal", que sólo podía significar "te
haré mal con mis mentiras, con mis inconsecuencias, con mis hechos ocultos, con
la simulación de mis sentimientos y sensaciones", ya que no podría hacerme mal
por amarme de verdad; y la dolorosa escena de los fósforos; y cómo al comienzo
había rehuido hasta mis besos y como sólo había cedido al amor físico cuando la
había puesto ante el extremo de confesar su aversión o, en el mejor de los
casos, el sentido maternal o fraternal de su cariño, lo que, desde luego, me
impedía creer en sus arrebatos de placer, en sus palabras y en sus rostros de
éxtasis; y además su precisa experiencia sexual, que difícilmente podía haber
adquirido con un filósofo estoico como Allende; y las respuestas sobre el amor a
su marido, que sólo permitían inferir una vez más su capacidad para engañar con
sentimientos y sensaciones apócrifos; y el círculo de familia, formado por una
colección de hipócritas y mentirosos; y el aplomo y la eficacia con que había
engañado a sus dos primos con las inexistentes manchas del puerto; y la escena
durante la comida, en la estancia, la discusión allá abajo, los celos de Hunter;
y aquella frase que se le había escapado en el acantilado: "como me había
equivocado una vez"; ¿con quién, cuándo, cómo? y "los hechos tormentosos y
crueles" con ese otro primo, palabras que también se escaparon inconscientemente
de sus labios, como lo reveló al no contestar mi pedido de aclaración, porque no
me oía, simplemente no me oía, vuelta como estaba hacia su infancia, en la quizá
única confesión auténtica que había tenido en mi presencia; y, finalmente, esta
horrenda escena con la rumana, o rusa, o lo que fuera. ¡ Y esa sucia bestia que
se había reído de mis cuadros y la frágil criatura que me había alentado a
pintarlos tenían la misma expresión en algún momento de sus vidas! ¡ Dios mío,
si era para desconsolarse por la naturaleza humana, al pensar que entre ciertos
instantes de Brahms y una cloaca hay ocultos y tenebrosos pasajes subterráneos!
XXXIII
MUCHAS de las conclusiones que extraje en aquel lúcido pero fantasmagórico
examen eran hipotéticas, no las podía demostrar, aunque tenía la certeza de no
equivocarme. Pero advertí, de pronto, que había desperdiciado, hasta ese
momento, una importante posibilidad de investigación: la opinión de otras
personas. Con satisfacción feroz y con claridad nunca tan intensa, pensé por
primera vez en ese procedimiento y en la persona indicada: Lartigue. Era amigo
de Hunter, amigo íntimo. Es cierto que era otro individuo despreciable: había
escrito un libro de poemas acerca de la vanidad de todas las cosas humanas, pero
se quejaba de que no le hubieran dado el premio nacional. No iba a detenerme en
escrúpulos. Con viva repugnancia, pero con decisión, lo llamé por teléfono, le
dije que tenía que verlo urgentemente, lo fui a ver a su casa, le elogié el
libro de versos y (con gran disgusto suyo, que quería que siguiésemos hablando
de él), le hice a boca de jarro una pregunta ya preparada:
-¿Cuánto hace que María Iribarne es amante de Hunter?
Mi madre no preguntaba nunca si habíamos comido una manzana, porque habríamos
negado; preguntaba cuántas, dando astutamente por averiguado lo que quería
averiguar: si habíamos comido o no la fruta; y nosotros, arrastrados sutilmente
por ese acento cuantitativo respondíamos que sólo habíamos comido una manzana.
Lartigue es vanidoso pero no es zonzo: sospechó que había algo misterioso en mi
pregunta y creyó evadirla contestando :
-De eso no sé nada.
Y volvió a hablar del libro y del premio. Con verdadero asco, le grité:
-¡Qué gran injusticia han cometido con su libro!
Me fui corriendo. Lartigue no era zonzo, pero no advirtió que sus palabras eran
suficientes.
Eran las tres de la tarde. Ya debía estar María en Buenos Aires. Llamé por
teléfono desde un café: no tenía paciencia para ir hasta el taller. En cuanto me
atendió, le dije:
-Tengo que verte en seguida.
Traté de disimular mi odio porque temía que sospechara algo y no viniese a la
cita. Convinimos en vernos a las cinco en la Recoleta, en el lugar de siempre.
-Aunque no veo qué saldremos ganando -agregó tristemente.
-Muchas cosas -respondí-, muchas cosas.
-¿ Lo crees ? -preguntó con acento de desesperanza.
-Desde luego.
-Pues yo creo que sólo lograremos hacernos un poco más de daño, destruir un poco
más el débil puente que nos comunica, herirnos con mayor crueldad... He venido
porque lo has pedido tanto, pero debía haberme quedado en la estancia: Hunter
está enfermo.
"Otra mentira", pense.
-Gracias -contesté secamente-. Quedamos, pues, en que nos vemos a las cinco en
punto. María asintió con un suspiro.
XXXIV
ANTES de las cinco estuve en la Recoleta, en el banco donde solíamos
encontrarnos. Mi espíritu, ya ensombrecido, cayó en un total abatimiento al ver
los árboles, los senderos y los bancos que habían sido testigos de nuestro amor.
Pensé, con desesperada melancolía, en los instantes que habíamos pasado en
aquellos jardines de la Recoleta y de la Plaza Francia y cómo, en aquel entonces
que parecía estar a una distancia innumerable, había creído en la eternidad de
nuestro amor. Todo era milagroso, alucinante, y ahora todo era sombrío y helado,
en un mundo desprovisto de sentido, indiferente. Por un segundo, el espanto de
destruir el resto que quedaba de nuestro amor y de quedarme definitivamente
solo, me hizo vacilar. Pensé que quizá era posible echar a un lado todas las
dudas que me torturaban. ¿Qué me importaba lo que fuera María más allá de
nosotros? Al ver esos bancos, esos árboles, pensé que jamás podría resignarme a
perder su apoyo, aunque más no fuera que en esos instantes de comunicación, de
misterioso amor que nos unía. A medida que avanzaba en estas reflexiones, más
iba haciéndome a la idea de aceptar su amor así, sin condiciones y más me iba
aterrorizando la idea de quedarme sin nada, absolutamente nada. Y de ese terror
fue naciendo y creciendo una modestia como sólo pueden tener los seres que no
pueden elegir. Finalmente, empezó a poseerme una desbordante alegría, al darme
cuenta de que nada se había perdido y que podía empezar, a partir de ese
instante de lucidez, una nueva vida.
Desgraciadamente, María me falló una vez más. A las cinco y media, alarmado,
enloquecido, volví a llamarla por teléfono. Me dijeron que se había vuelto
repentinamente a la estancia. Sin advertir lo que hacía, le grité a la mucama:
-¡Pero si habíamos quedado en vernos a las cinco!
-Yo no sé nada, señor -me respondió algo asustada-. La señora salió en auto hace
un rato y dijo que se quedaría allá una semana por lo menos.
¡ Una semana por lo menos! El mundo parecía derrumbarse, todo me parecía
increíble e inútil. Salí del café como un sonámbulo. Vi cosas absurdas: faroles,
gente que andaba de un lado a otro, como si eso sirviera para algo. ¡ Y tanto
como le había pedido verla esa tarde, tanto como la necesitaba! ¡ Y tan poco que
estaba dispuesto a pedirle, a mendigarle! Pero, -pensé con feroz amargura- entre
consolarme a mí en un parque y acostarse con Hunter en la estancia no podía
haber lugar a dudas. Y en cuanto me hice esta reflexión se me ocurrió una idea.
No, mejor dicho, tuve la certeza de algo. Corrí las pocas cuadras que faltaban
para llegar a mi taller y desde allí llamé nuevamente por teléfono a la casa de
Allende. Pregunté si la señora no había recibido un llamado telefónico de la
estancia, antes de ir.
-Sí -respondió la mucama, después de una pequeña vacilación.
-¿ Un llamado del señor Hunter, no? La mucama volvió a vacilar. Tomé nota de las
dos vacilaciones.
-Sí -contestó finalmente.
Una amargura triunfante me poseía ahora como un demonio. ¡ Tal como lo había
intuido! Me dominaba a la vez un sentimiento de infinita soledad y un insensato
orgullo: el orgullo de no haberme equivocado.
Pensé en Mapelli.
Iba a salir, corriendo, cuando tuve una idea. Fui a la cocina, agarré un
cuchillo grande y volví al taller. ¡Qué poco quedaba de la vieja pintura de Juan
Pablo Castel! ¡Ya tendrían motivos para admirarse esos imbéciles que me habían
comparado a un arquitecto! ¡Como si un hombre pudiera cambiar de verdad! ¿
Cuántos de esos imbéciles habían adivinado que debajo de mis arquitecturas y de
"la cosa intelectual" había un volcán pronto a estallar? Ninguno. ¡Ya tendrían
tiempo de sobra para ver estas columnas en pedazos, estas estatuas mutiladas,
estas ruinas humeantes, estas escaleras infernales! Ahí estaban, como un museo
de pesadillas petrificadas, como un Museo de la Desesperanza y de la Vergüenza.
Pero había algo que quería destruir sin dejar siquiera rastros. Lo miré por
última vez, sentí que la garganta se me contraía dolorosamente, pero no vacilé:
a través de mis lágrimas vi confusamente cómo caía en pedazos aquella playa,
aquella remota mujer ansiosa, aquella espera. Pisoteé los jirones de tela y los
refregué hasta convertirlos en guiñapos sucios. ¡ Ya nunca más recibiría
respuesta aquella espera insensata! ¡Ahora sabía más que nunca que esa espera
era completamente inútil!
Corrí a la casa de Mapelli pero no lo encontré: me dijeron que debía de estar en
la librería Viau. Fui hasta la librería, lo encontré, lo llevé aparte de un
brazo, le dije que necesitaba su auto. Me miró con asombro: me preguntó si
pasaba algo grave. No había pensado nada pero se me ocurrió decirle que mi padre
estaba muy grave y que no tenía tren hasta el otro día. Se ofreció a llevarme él
mismo, pero rehusé: le dije que prefería ir solo. Volvió a mirarme con asombro,
pero terminó por darme las llaves.
XXXV
ERAN LAS SEIS de la tarde. Calculé que con el auto de Mapelli podía llegar en
cuatro horas, de modo que a las diez estaría allá. "Buena hora", pensé.
En cuanto salí al camino a Mar del Plata, lancé el auto a ciento treinta
kilómetros y empecé a sentir una rara voluptuosidad, que ahora atribuyo a la
certeza de que realizaría por fin algo concreto con ella. Con ella, que había
sido como alguien detrás de un impenetrable muro de vidrio, a quien yo podía
ver, pero no oír ni tocar; y así, separados por el muro de vidrio, habíamos
vivido ansiosamente, melancólicamente.
En esa voluptuosidad aparecían y desaparecían sentimientos de culpa, de odio y
de amor: había simulado una enfermedad y eso me entristecía; había acertado al
llamar por segunda vez a lo de Allende y eso me amargaba. ¡ Ella, María, podía
reírse con frivolidad, podía entregarse a ese cínico, a ese mujeriego, a ese
poeta falso y presuntuoso! ¡Qué desprecio sentía entonces por ella! Busqué el
doloroso placer de imaginar esta última decisión suya en la forma más repelente:
por un lado estaba yo, estaba el compromiso de verme esa tarde; ¿para qué?, para
hablar de cosas oscuras y ásperas, para ponernos una vez más frente a frente a
través del muro de vidrio, para mirar nuestras miradas ansiosas y
desesperanzadas, para tratar de entender nuestros signos, para vanamente querer
tocarnos, palparnos, acariciarnos a través del muro de vidrio, para soñar una
vez más ese sueño imposible. Por el otro lado estaba Hunter y le bastaba tomar
el teléfono y llamarla para que ella corriera a su cama. ¡Qué grotesco, qué
triste era todo!
Llegué a la estancia a las diez y cuarto. Detuve el auto en el camino real, para
no llamar la atención con el ruido del motor y caminé. El calor era
insoportable, había una agobia-dora calma y sólo se oía el murmullo del mar. Por
momentos, la luz de la luna atravesaba los nubarrones y pude caminar, sin
grandes dificultades, por el callejón de entrada, entre los eucaliptos. Cuando
llegué a la casa grande, vi que estaban encendidas las luces de la planta baja;
pensé que todavía estarían en el comedor.
Se sentía ese calor estático y amenazante que precede a las violentas
tempestades de verano. Era natural que salieran después de comer. Me oculté en
un lugar del parque que me permitía vigilar la salida de gente por la escalinata
y esperé.
XXXVI
FUE UNA ESPERA interminable. No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese
tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos,
a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una
muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, lleno de
cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces
extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos
frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser río y
nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr
desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos
alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la
cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también
alucinados. Y era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o
túneles paralelos, sin saber que íbamos el uno al lado del otro, como almas
semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos,
delante de una escena pintada por mí, como clave destinada a ella sola, como un
secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían por fin
unido y que la hora del encuentro había llegado.
¡La hora del encuentro había llegado! Pero ¿realmente los pasadizos se habían
unido y nuestras almas se habían comunicado? ¡Qué estúpida ilusión mía había
sido todo esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el
muro que los separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla a María
como una figura silenciosa e intocable... No, ni siquiera ese muro era siempre
así: a veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del
otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos
acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una
mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda
la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en
todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había
transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos
transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído
ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad
pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles;
y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había
entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el
lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre
por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan
esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y
fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que cuando yo pasaba frente a
una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué
esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no
llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con
la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar
despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en
lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era
infinitamente más solitario que lo que había imaginado.
XXXVII
DESPUÉS de este inmenso tiempo de mares y túneles, bajaron por la escalinata.
Cuando los vi del brazo, sentí que mi corazón se hacía duro y frío como un
pedazo de hielo.
Bajaron lentamente, como quienes no tienen ningún apuro. "¿Apuro de qué?", pensé
con amargura. Y sin embargo, ella sabía que yo la necesitaba, que esa tarde la
había esperado, que habría sufrido horriblemente cada uno de los minutos de
inútil espera. Y sin embargo, ella sabía que en ese mismo momento en que gozaba
en calma yo estaría atormentado en un minucioso infierno de razonamientos, de
imaginaciones. ¡Qué implacable, que fría, qué inmunda bestia puede haber
agazapada en el corazón de la mujer más frágil! Ella podía mirar el cielo
tormentoso como lo hacía en ese momento y caminar del brazo de él (¡del brazo de
ese grotesco individuo!), caminar lentamente del brazo de él por el parque,
aspirar sensualmente el olor de las flores, sentarse a su lado sobre la hierba;
y no obstante, sabiendo que en ese mismo instante yo, que la habría esperado en
vano, que ya habría hablado a su casa y sabido de su viaje a la estancia,
estaría en un desierto negro, atormentado por infinitos gusanos hambrientos,
devorando anónimamente cada una de mis vísceras.
¡Y hablaba con ese monstruo ridículo! ¿De qué podría hablar María con ese
infecto personaje? ¿Y en qué lenguaje?
¿O sería yo el monstruo ridículo? ¿Y no se estarían riendo de mí en ese
instante? ¿Y no sería yo el imbécil, el ridículo hombre del túnel y de los
mensajes secretos?
Caminaron largamente por el parque. La tormenta estaba ya sobre nosotros, negra,
desgarrada por los relámpagos y truenos. El pampero soplaba con fuerza y
comenzaron las primeras gotas. Tuvieron que correr a refugiarse en la casa. Mi
corazón comenzó a latir con dolorosa violencia. Desde mi escondite, entre los
árboles, sentí que asistiría, por fin, a la revelación de un secreto abominable
pero muchas veces imaginado.
Vigilé las luces del primer piso, que todavía estaba completamente a oscuras. Al
poco tiempo vi que se encendía la luz del dormitorio central, el de Hunter.
Hasta ese instante, todo era normal: el dormitorio de Hunter estaba frente a la
escalera y era lógico que fuera el primero en ser iluminado. Ahora debía
encenderse la luz de la otra pieza. Los segundos que podía emplear María en ir
desde la escalera hasta la pieza estuvieron tumultuosamente marcados por los
salvajes latidos de mi corazón.
Pero la otra luz no se encendió.
¡ Dios mío, no tengo fuerzas para decir qué sensación de infinita soledad vació
mi alma! Sentí como si el último barco que podía rescatarme de mi isla desierta
pasara a lo lejos sin advertir mis señales de desamparo. Mi cuerpo se derrumbó
lentamente, como si le hubiera llegado la hora de la vejez.
XXXVIII
DE PIE entre los árboles agitados por el vendaval, empapado por la lluvia, sentí
que pasaba un tiempo implacable. Hasta que, a través de mis ojos mojados por el
agua y las lágrimas, vi que una luz se encendía en otro dormitorio.
Lo que sucedió luego lo recuerdo como una pesadilla. Luchando con la tormenta,
trepé hasta la planta alta por la reja de una ventana. Luego, caminé por la
terraza hasta encontrar una puerta. Entré a la galería interior y busqué su
dormitorio: la línea de luz debajo de su puerta me la señaló inequívocamente.
Temblando empuñé el cuchillo y abrí la puerta. Y cuando ella me miró con ojos
alucinados, yo estaba de pie, en el vano de la puerta. Me acerqué a su cama y
cuando estuve a su lado, me dijo tristemente:
-¿Qué vas a hacer, Juan Pablo?
Poniendo mi mano izquierda sobre sus cabellos, le respondí:
-Tengo que matarte, María. Me has dejado solo.
Entonces, llorando, le clavé el cuchillo en el pecho. Ella apretó las mandíbulas
y cerró los ojos y cuando yo saqué el cuchillo chorreante de sangre, los abrió
con esfuerzo y me miró con una mirada dolorosa y humilde. Un súbito furor
fortaleció mi alma y clavé muchas veces el cuchillo en su pecho y en su vientre.
Después salí nuevamente a la terraza y descendí con un gran ímpetu, como si el
demonio ya estuviera para siempre en mi espíritu. Los relámpagos me mostraron,
por última vez, un paisaje que nos había sido común.
Corrí a Buenos Aires. Llegué a las cuatro o cinco de la madrugada. Desde un café
telefoneé a la casa de Allende, lo hice despertar y le dije que debía verlo sin
pérdida de tiempo.
Luego corrí a Posadas. El polaco estaba esperándome en la puerta de calle. Al
llegar al quinto piso, vi a Allende frente al ascensor, con los ojos inútiles
muy abiertos. Lo agarré de un brazo y lo arrastré dentro. El polaco, como un
idiota, vino detrás y me miraba asombrado. Lo hice echar. Apenas salió, le grité
al ciego:
-¡Vengo de la estancia! ¡María era la amante de Hunter!
La cara de Allende se puso mortalmente rígida.
-¡ Imbécil! -gritó entre dientes, con un odio helado. Exasperado por su
incredulidad, le grité:
-¡ Usted es el imbécil! ¡ María era también mi amante y la amante de muchos
otros!
Sentí un horrendo placer, mientras el ciego, de pie, parecía de piedra.
-¡Sí! -grité-. ¡Yo lo engañaba a usted y ella nos engañaba a todos! ¡Pero ahora
ya no podrá engañar a nadie! ¿Comprende? ¡A nadie! ¡A nadie!
-¡ Insensato! -aulló el ciego con una voz de fiera y corrió hacia mí con unas
manos que parecían garras.
Me hice a un lado y tropezó contra una mesita, cayéndose. Con increíble rapidez,
se incorporó y me persiguió por toda la sala, tropezando con sillas y muebles,
mientras lloraba con un llanto seco, sin lágrimas, y gritaba esa sola palabra:
¡insensato!
Escapé a la calle por la escalera, después de derribar al mucamo que quiso
interponerse. Me poseían el odio, el desprecio y la compasión.
Cuando me entregué, en la comisaría, eran casi las seis.
A través de la ventanita de mi calabozo vi cómo nacía un nuevo día, con un cielo
ya sin nubes. Pensé que muchos hombres y mujeres comenzarían a despertarse y
luego tomarían el desayuno y leerían el diario e irían a la oficina, o darían de
comer a los chicos o al gato, o comentarían el film de la noche anterior.
Sentí que una caverna negra se iba agrandando dentro de mi cuerpo.
XXXIX
EN ESTOS MESES de encierro he intentado muchas veces razonar la última palabra
del ciego, la palabra insensato. Un cansancio muy grande, o quizá oscuro
instinto, me lo impide reiteradamente. Algún día tal vez logre hacerlo y
entonces analizaré también los motivos que pudo haber tenido Allende para
suicidarse.
Al menos puedo pintar, aunque sospecho que los médicos se ríen a mis espaldas,
como sospecho que se rieron durante el proceso cuando mencioné la escena de la
ventana.
Sólo existió un ser que entendía mi pintura. Mientras tanto, estos cuadros deben
de confirmarlos cada vez más en su estúpido punto de vista. Y los muros de este
infierno serán, así, cada día más herméticos.
FIN