Segurola y Habana

Por Graciana Peñafort

El 2020 fue un año de luchas y dolores. Un año de pandemia. Un año difícil. Comparto esta nota, que habla de la política, la esperanza y la insolencia necesaria para enfrentarse a un mundo que a veces es hostil, pero al que enfrentamos diariamente con la convicción de que es posible hacerle frente y seguir adelante. Lo hicimos este año y acá estamos, dispuestos a dar batalla en el 2021.

No entiendo mucho de futbol. A lo largo de mis casi 44 años amigos y parejas han tratado de explicarme qué es una posición adelantada. Sigo sin poder detectar esa falta en un partido… y sigo sin entender por qué es una falta exactamente. Confieso que he ido a la cancha a ver más recitales que partidos de fútbol. Por eso me tomó por sorpresa darme cuenta de cuánto lo quería al Diego.

Siendo honesta, en casa no se ve fútbol… No crecí con partidos los fines de semana y no recuerdo haber visto por ejemplo el Mundial del 86 y la primera que vez que escuché la palabra Maradona, fue en la escuela. El primer Mundial que recuerdo es el de 1994, porque ya tenía 17 años y vi los partidos con mis amigos del secundario. Del fútbol me enamoraron Fontanarrosa, Soriano, Sacheri, Galeano y la voz de Apo leyendo sus relatos. El valor simbólico de los partidos, la épica un poco mágica que veo desde mi lógica que poco comprende del juego en sí mismo. Y asumo que lo que enamoró del Diego no fue su talento deportivo. Me enamoró el Diego símbolo, su insolencia y también su humanidad.

Recuerdo con claridad la escena de «la tienen adentro», del hombre que había tolerado el coro de opinadores cuestionándolo. Y resulta que ganó y le salió de adentro la expresión. Me conmovió entonces el hombre sitiado por los opinadores y el enojo y la descarga que poder decir eso y el alivio posterior que debe haber sentido al decirlo. Por esos días yo estaba embarcada en el debate de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y entendía perfectamente la impotencia de tener que tolerar la crítica infundada y virulenta de los medios de comunicación.

Desde ese día y para siempre hice mío algo bellísimo que había escrito Osvaldo Soriano: «Maradona es el gran relato de este país. Un gran relato que todavía no terminó. Nosotros estamos viéndolo ahora en la inmediatez. Porque lo que le pasa al sujeto de nuestro amor no puede sernos ajeno. Por eso no cuenten conmigo para crucificar a Diego». Cada vez que alguien criticaba a Maradona, incluso con fundamentos, yo repetía lo escrito por Soriano, como un mantra protector del sujeto de mi amor.

Y muchos años después Diego dijo a propósito de la constitucionalidad de la Ley, obtenida en la Corte: «A Clarín le salió un grano en la nariz; ahora tiene que acatar lo que dice el gobierno. La repartija tiene que ser igual para todos y a mí eso no me lo va a cambiar nadie por más que mañana Clarín diga que soy el peor de la historia». Siempre supimos que enfrentar a un grupo de medios de esa magnitud no iba a ser gratuito en la vida de nadie. También supimos siempre que hay ciertas batallas que se ganan porque es importante militar la insolencia pacifica de pelear por aquello en lo que se cree. Y lo que venga después. solo será lo que venga después…y que realmente a veces el después no importa tanto.

A la chica de clase media de una familia de intelectuales la conmovía hasta las tripas la historia del pibe de Fiorito que salió del barro en base a un talento extraordinario y una insolencia apabullante. Me conmovía su desborde constante y, por absurdo que les suene, un poquito me identificaba. ¿Qué podía exigirle en términos morales al Diego, si en mi mundito infinitamente mas chico, mis amigos y yo misma hacíamos cosas parecidas? Lo dijo perfectamente Galeano, cuando escribió: «Maradona se convirtió en una suerte de Dios sucio, el más humano de los dioses. Eso quizás explica la veneración universal que él conquistó, más que ningún otro jugador. Un Dios sucio que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón». Creo que al pasar por alto las cosas que le cuestionaban a Maradona, pasábamos por alto las cosas que a nosotros mismos nos jodían de nosotros. Una suerte de amnistía hacia el Diego, que derramaba clemencia hacia nosotros.

¿Quién no quiere ser Maradona? ¿Quién no quiere ser el más talentoso en lo suyo, y que el mundo nos perdone las cosas hasta horribles que tenemos y que no logramos vencer? ¿Quién no quiere redimirse mil veces de sí mismo?

Me emocionaba que Maradona media más o menos lo mismo que yo y verlo parado ahí, petisito y con el pecho hinchado, enfrentando a personas e instituciones tremendamente poderosas, sin darse cuenta que la comparación de David y Goliat se quedaba chiquita. Y en lugar de honda, ganaba de un zurdazo impresionante.

Fue en el 2016, cuando para los medios de comunicación ser kirchnerista era casi un delito en sí mismo, y cuando muchos trataban de ocultar sus fotos, Maradona se le plantó y dijo: «Cristinista hasta los huevos». Eso son pelotas y no macanas.



Para gente como yo, que no dábamos abasto para defender compañeros perseguidos por un Poder Judicial sediento de sangre y humillación, ese pequeño hecho de rebeldía insolente significó un montón.

¿Quién no quiere poder decir lo que piensa y decirlo con brillantez y lenguaje de barrio? ¿Quien no quiere tener los amigos que te gustan, sean Fidel, Chávez, Maduro aunque muchísimos te critiquen? Es como mi adorada Stella Calloni, ¿quién no quiere ver las revoluciones con sus propios ojos?

Todos tenemos amores inmensos, como el amor de la Claudia y tenemos amores vergonzantes y abrazos clandestinos para escapar de algo que no podríamos definir acabadamente. Todos tenemos excesos, pecados y momentos que no actuamos bien. y aquellos en los que actuamos francamente mal. Y tenemos arrepentimientos y cambios bruscos de dirección. Y todos queremos que al final de tiempo, los que nos quisieron nos recuerden con comprensión y ternura.

Cuestionan el amor por el Diego en atención a sus defectos. No sé ustedes, pero yo soy bastante imperfecta y he amado profundamente a personas imperfectas. Joaquín Sabina dice que no quiere besar cicatrices, pero a decir verdad uno ama con cicatrices, propias y ajenas. En lo personal, creo que el amor es saber que en la cicatriz también esta la piel de los que amamos.

A Maradona lo amamos desde nuestras cicatrices, como amamos su gol a los ingleses desde la herida de los muertos de Malvinas y los cientos de colimbas que volvieron para descubrir que este país ingrato no podía amarlos –ni cuidarlos— porque sus cicatrices provocaban repulsión en el país que los había enviado a esa guerra absurda.

Un poco pienso que a Diego lo amamos con su desmesura, como amamos los argentinos. Y como amamos los peronistas, así, sin beneficio de inventario. Porque no concluimos que la «Argentina es un país de mierda», sino que reivindicamos hasta sus excesos, porque este es nuestro país posible. Al que tenemos que defender con insolencia y parándonos de manos.

En algún lugar todos somos Maradona citando en la esquina de Habana y Segurola al adversario de turno. Si viene y se anima. Porque en algún lugar entre el pibe que percibió el hambre de su mamá y los que pelean por gambetear a los poderosos hay mucho en común. Sobre todo, en común los adversarios. Y la insolencia de enfrentarlos. Aunque digan que somos lo peor del mundo. Sucios, feos y malos. Villeros.

Maradona es el símbolo del amor que un pueblo, y también el amor por nosotros mismos, por nuestro país y por nuestras Dalmas y Gianinas y Janas y nuestros Dieguitos. Nuestras Doñas Totas y nuestros Don Diegos. El amor que despertó en este país al sur del mundo y que como el tango o la birome, recorrió el mundo.

El viejo Carlino, duende hermoso, peronista y borrachín, escribió una bella poesía sobre el «Mono» Gatica que termina diciendo

«Pero ardiendo siempre como el viento de protagonista
Y esa dramática alucinación
De querer vivir tuteándote con la vida.
Pero no importa, señores, maten la pasión, la calle,
Los gorriones populares.
¡Maten, maten maten!
Ahora ya no serás más José María
Serás un árbol, un tango
El barrio enarbolado
La eternidad, hermano».

Me acordé mucho de esa poesía cuando veía la represión policial sobre los nadie que iban a despedirte dolientes. Porque los enemigos de lo popular odian el amor por seres imperfectos. Como si el único amor válido fuese el amor que pontifica, Pero por más que «maten la pasión, la calle» —o intenten hacerlo—, el amor es pasión, desmesura y piel ardiendo entre contradicciones. Diego, vos ya sos el barrio enarbolado, a lo largo y ancho del mundo. Y la eternidad. Aunque confieso que una parte de mí, está esperando que resucites en cualquier momento.

Desde acá, prometiendo ver todos tus partidos que no vi, a ver si aprendo algo de futbol, te dejo un abrazo de gol… con los dedos en V.



El Cohete a la Luna

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