Ser medieval

LA LUCHA POR LA LEGALIZACIÓN DEL ABORTO

Por Bárbara Orbuch*

El trayecto oscurantista y el regresivo viaje a los pretéritos medievales son una moneda corriente en el presente de nuestro país.

La pregnancia de las huestes rancias y retrógradas instaladas hoy en el poder, son un componente esencial que se irradia desde su interior y amenaza de modo constante los avances y las conquistas de derechos logrados.

La lucha por la legalización del aborto y el promisorio triunfo en diputados, son un faro en este túnel subterráneo, una luz encendida por millones de mujeres que pujan por un derecho que ya se ha conquistado en la mayoría de los países occidentales hace medio siglo.

En las preliminares de la sanción deseada, hemos tenido que tolerar discursos de la más baja calaña: desde la tétrica y descarada analogía psicopática del torturador, por parte de Massot, hasta la animalización de la mujer en la comparativa con la pesquisa de los cachorros de canes, llegando al discurso de Campagnoli sobre la extracción de la plusvalía materna, tomando a la mujer como un container y reservorio de procreación para la entrega de sus productos a las mujeres ricas infértiles.

Ya en su punto cúlmine; el discurso falaz , tramposo, abtencionista y precámbrico de Abel Albino, destinatario de millonarias partidas presupuestarias del estado para su fundación Conin, nos condujo a una esfera zoológica desconocida y extraña.

Es sorprendente como prevalecen en estas visiones, las lógicas simbólicas expropiatorias sobre el cuerpo femenino, estableciendo miradas siniestras que ubican a las mujeres en posiciones extrasubjetivas y degradantes.

Sin dudas, la mirada de clase es excluyente en todas estas visiones, como en la de Avelina Carrió, naturalizando la violación de “los patrones” y castigando doblemente a las mujeres,  sus víctimas, con un sadismo sin igual. La vicepresidenta Michetti , desde su túnel de oscuridad llega más allá en su ser medieval, coronando con tolerancia cero al deseo de las mujeres. La maternidad es para ella una especie de enema social forzado, cuyo efecto colateral se soluciona en los divanes de los psicólogos, y donde el hematoma de la opresión se resuelve por la vía express de la adopción redentora.

Así la injusticia resuena amplificada y no tiene límites. Y lo obtuso, simplificado, reduccionista, animalizado y paupérrimo, tiene eco y voz.

Pero las millones de voces de las mujeres en las calles son incontenibles y la telúrica y bizarra mordaza de la derecha argentina no alcanza para acallarlas.

El arrastre fantasmal de siglos de injusticias y el imperativo categórico aún vigente de muertes en abortos clandestinos evitables; generan una imperiosa determinación de la agenda de la Salud Pública. El abandono y la desregulación por parte del Estado, deja librada a su suerte a miles de mujeres expuestas a la aberración de la discriminación y la muerte.

Por eso la legalización del aborto es en primer término una cuestión de justicia social.

La lucha por la legalización del aborto, y la igualdad de género, es también fundamentalmente, la lucha por la igualdad social.

Pero también es una lucha por la plenitud sexual de la mujer, su derecho al placer y a la libertad de una maternidad elegida, jamás impuesta desde afuera. Es la lucha por rechazar todo tipo de colonización de los cuerpos de las mujeres.

La maternidad como fruto del deseo de una mujer, que debe ser respetada en su autodeterminación, en la propia mirada consciente sobre sí misma y sobre su desarrollo como sujeto histórico y social.

 

 

Hablamos de una maternidad responsable y producto del deseo. Desde la perspectiva psicoanalítica, la subjetividad de una mujer la ubica en la determinación de su propio espacio histórico y el de su maternidad, a su cuerpo como un espacio de lo simbólico más allá de la extensión de una geografía biológica-organicista.

La maternidad como lugar y espacio de deseo, donde la condición de ese deseo es fundante y posibilitador del advenimiento de un hijo.

El deseo de la mujer es la coordenada central sobre la que se despliega otra vida; y el deseo, como motor de la vida, es el principio del origen y el desarrollo de un futuro proceso de subjetivación, previo alojamiento simbólico de un nuevo ser en este mundo.

Uno de los designios más consolidado de la cultura patriarcal es la unidireccionalidad entre sexo y procreación; la mujer como instrumento de la reproducción, como su unívoca e inequívoca matriz.

Aquí también opera la censura sobre el placer sexual de la mujer y la reducción de su sexualidad a la genitalidad y la procreación, ambos lastres patriarcales que la sociedad debe remover de la matriz representacional de su vida comunitaria y social.

En el centro de las censuras y las represiones, algunos sectores regresivos de la sociedad quieren imponer su “ser medieval”. Sostienen un modelo de mujer perimido, caduco; una mujer desubjetivizada como un mero instrumento del automatismo biológico y no como una protagonista social igualitaria.

Sin dudas, la consigna del gran movimiento de mujeres que lleva la punta de lanza : “Educación sexual para decidir , anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir” emprende una lucha que engloba varios frentes: el educativo, el cultural, el social. Es absolutamente transversal y trasciende todos los ámbitos de la sociedad , contrastando severamente con estos grupos reaccionarios pero tan instalados en altos estamentos con injerencia política y gubernamental. Desde el eje de la educación, la implementación efectiva de educación sexual integral para los jóvenes en las escuelas, es una cuestión primordial y una demanda permanente de los colectivos de estudiantes y docentes.

El patriarcado nos ha bajado el dedo durante siglos para rebajar a la mujer a un lugar de súbdita sin derechos, bajo el mandato de ser inmovilizada, sojuzgada y castigada con el estigma de la imposibilidad de gozar de la sexualidad.

Así, el placer sexual ha sido pecaminoso merced al imperio del poder que la iglesia ostentó durante siglos en su ejercicio del control social.

 

 

Tanto los discursos exclusivamente biologicistas, como los religiosos, son discursos amos. Poseen en sí mismos un gran caudal normalizador y normativizante, además de una parafernalia administrativo-legal y un gran poder de lobby.

La potencialidad de la vida es tomada de modo conveniente por la superestructura, escindiendo a la mujer de su titularidad; donde esa potencial vida le pertenece tácitamente a un Otro: A un amo del cuerpo femenino: A la iglesia, al Derecho, a la Sociedad y/o a Dios.

La mujer es entonces apartada del gobierno de su propio cuerpo, y de su deseo. Es excluída de sí misma, ya no se pertenece, ya no se es propia. Su sola condición de mujer, desde esta perspectiva, la inhabilita para decidir sobre su sexualidad y sobre una maternidad plena .

Desde esa mirada hay un supuesto básico previo y una escisión clara: la mujer es un ente separado de un objeto que no le es propio, es otro objeto, sin posibilidad de decidir , donde la decisión a partir de la germinación, ya no le pertenece a ella. La procreación otorga un fruto divino, pasible de ser expropiado, donado o lanzado a este mundo feliz, sin intervención alguna de ella misma. La maternidad , desde estas miradas excluyentes, es algo que la trasciende inclusive a ella misma, independientemente de su deseo.

De este modo, la violencia simbólica que se ejerce y se imprime sobre la mujer es inconmensurable… La mujer no es nombrada, no existe, puede ser inclusive un saco portador de otra vida, que también será un objeto, ser descartada en esta ecuación simbólica, y hasta expuesta a la muerte.

Bajo esta órbita, la naturalización de la maternidad como un hecho exclusivamente biológico y natural ha tenido un gran peso específico en la formación cultural y educativa de la crianza de las mujeres bajo la órbita del patriarcado.

Pero la maternidad no es únicamente biológica, ni es natural, es como todo proceso humano inmerso en la cultura y el lenguaje, un hecho social, cultural, histórico y también subjetivo, que se produce en la vida material y simbólica de las mujeres.

Es así como no se respeta a la mujer, ni se respeta su derecho humano a decidir sobre su maternidad responsable.

Las perspectivas de quienes les niegan el derecho a decidir a las mujeres, son plurivariadas, pero todas autoritarias y punitivas: morales, teológicas, religiosas, infantilistas, naif. Se autoproclaman pro-vida, o creen en el “Atalaya” del mundo ideal, pero en el trato que le dispensan a la mujer en su discurso y sus prácticas, son implacablemente crueles y condenatorias. Inclusive en su vertiente más reaccionaria, suministran a la mujer que decide interrumpir su embarazo un tratamiento equivalente a la de una homicida.

Quieren que “Ser medieval” sea actual y vigente en nuestros días.

En este paisaje cultural de sombras y oscuridades, los cuerpos de las mujeres han transitado por innumerables desfiladeros y derroteros:

Cuerpos vacíos, subrogados, esclavos.

Cuerpos objetos y objetivados.

Cuerpos instrumentalizados. Cuerpos almacén. Cuerpos para usar, para alquilar o vender. Cuerpos para modelar. Cuerpos para adornar. Cuerpos para rellenar con petróleo.

Cuerpos para el mercado.

Cuerpos para ser explotados en talleres clandestinos.

Pero la soberanía del cuerpo de las mujeres, que con tristeza y desolación, es y ha sido permanente receptáculo de violencia y de desigualdad, hoy clama por su autodeterminación y libertad.

Cuerpos de mujeres deseantes y autónomas, que exigimos igualdad de derechos para todas.

El cuerpo de las mujeres está hecho de palabras, de deseos, de historia, de pensamientos y de resistencias.

Por eso las voces de las mujeres no se acallan y gritarán hasta ser escuchadas.

* Psicoanalista. Lic. En Psicología UBA y UNED.



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