Shabos-najmú

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Isaak Bábel

«Shabos-najmú» fue publicado originalmente en el periódico demócrata socialista Estrella de la Tarde (Vechernyaya zvezda), el 16 de marzo de 1918. En los últimos años ha experimentado una completa «rehabilitación». Su primera reaparición tuvo lugar en el núm. 8 de la revista Estandarte, en 1964, y fue incluido en las dos ediciones soviéticas de las Obras Completas de Babel, publicadas en 1966.

Escrito con evidente deleite, «Shabos-najmú» está basado en una historia judía tradicional. Es una especie de farsa, franca y ligeramente sarcástica. Aunque su pluma no nos ha dado otros cuentos comparables, Bábel ciertamente proyectaba seguir escribiendo sobre el héroe de esta historia, ya que lleva el subtítulo «Del ciclo Hershele». Hershele Ostropoler, personaje del folklore de los poblados judíos, es la manifestación judía de un arquetipo universal, el pillo, y en cierto modo similar a Till Eulenspiegel.

Los judíos seguirían siendo figuras prominentes en la futura obra de Bábel, pero nunca volvieron a ser retratados de forma tan despreocupada. Es posible que Bábel presenciara demasiados actos de violencia contra ellos como para seguir utilizando los personajes judíos estereotipados como blanco de chanzas. Entre 1918 y 1923, Hersbele, el personaje popular, fue reemplazado por Benya Krik, el bandolero judío.

Shabos-najmú quiere decir, en hebreo, «Sábado de consuelo». El día de ayuno de Tisha B’au, que conmemora la destrucción del primer Templo Judío por los babilonios en el año 586 a. C., y del segundo por los romanos en el año 70 d. C., es seguido de un sábado de consuelo. Este sábado, shabos-najmú, deriva su nombre del versículo de Isaías que se lee ese día en la sinagoga, y cuyas primeras palabras son Najmú, najmú, «Consólalos, consólalos».


Shabos-najmú

Se va la mañana, llega la noche, y estamos en el quinto día. Otra mañana, otra noche, y es el sexto día. En el sexto día —el viernes— hay que rezar. Después de la oración, sales a dar un paseo por el shtetl luciendo el mejor sombrero que tienes y luego vuelves a casa para la cena. Una vez allí, el buen judío se bebe un vaso de vodka —ni Dios ni el Talmud le prohíben beberse dos— y come pescado relleno y pastel de pasas. Después de cenar se siente a gusto. Le cuenta historias a su mujer, y luego se va a dormir con un ojo cerrado y la boca abierta. Mientras él duerme, su mujer escucha la radio en la cocina, y se le antoja que el violinista ciego ha venido del pueblo para tocar bajo su ventana.

Así ocurre con todos los judíos. Pero Hershele no era un judío como los demás. Por algo se hizo famoso en Ostropole, en Berdichev y en Vilyuisk. Hershele sólo celebraba un viernes de cada seis. Los demás viernes los pasaba sentado con su familia en la oscuridad, soportando el frío. Sus hijos lloraban, y su mujer se enfurecía con él. A Hershele, cada uno de sus reproches le pesaba como una piedra. Solía responderle en verso.

Una vez, cuenta la historia, Hershele pensó que lo que debía hacer era estar prevenido. El miércoles se fue a la feria con la intención de ganar un poco de dinero para el viernes. Donde haya una feria siempre habrá un pan[10], pero habría que tener mucha suerte para sacarles tres céntimos a diez judíos. Todos ellos oyeron las graciosas historias de Hershele; sin embargo, cuando llegó el momento de pagar ya se habían esfumado. Hershele volvió a casa con la barriga vacía como un instrumento de viento.

—¿Has ganado algo? —le preguntó su mujer.

—He ganado la vida eterna —contestó él—. Ricos y pobres me la prometieron.

La mujer de Hershele sólo tenía diez dedos; se los dobló hacia atrás uno por uno. Su voz estalló como un trueno en la montaña:

—Todas las demás tienen un marido como Dios manda. Pero yo tengo uno que me alimenta de chistes. Ojalá te dejara Dios sin lengua, sin pies y sin manos en el Año Nuevo.

—Amén —dijo Hershele.

—En las ventanas de los vecinos arden las velas como si dentro de las casas quemaran encinas. Pero yo tengo unas tan pequeñas como cerillas y echan tanto humo que llega hasta el cielo. Todo el mundo cuece pan blanco, pero a mí mi marido me trae leños más húmedos que pelo recién lavado.

Hershele no dijo una sola palabra. ¿Para qué avivar el fuego cuando ya está ardiendo? Eso por un lado. Y por otro, ¿qué se le puede decir a una mujer malhumorada cuando tiene razón? Una vez que su mujer se cansó de gritar. Hershele fue a tumbarse sobre la cama y pensó: «Quizá debiera ir a ver al Rabí Borhul». (Todo el mundo sabía que el Rabí Borhul sufría de la melancolía negra y que sólo Hershele, con su charla, lograba distraerle). «¿Y si fuera a ver al Rabí Borhul? La verdad es que los criados del tsadik se guardan la carne y sólo me tiran los huesos. La carne es mejor que los huesos, pero los huesos son mejor que el aire. Iré a ver al Rabí».

Hershele se levantó y fue a ensillar su yegua. El animal le miró con ojos tristes, llenos de reproche.

—Muy bien, Hershele —decía su mirada—, ayer no me diste avena, anteayer no me diste avena, y hoy también me quedé sin nada. Si mañana no me das un poco, tendré que ponerme a pensar si voy a seguir viviendo.

Hershele vaciló ante esta mirada inquisidora, bajó los ojos y acarició los suaves labios del animal. Luego lanzó un suspiro tan profundo que la yegua lo comprendió todo. «Me iré a ver al Rabí a pie», dijo Hershele.

Cuando Hershele emprendió la marcha, el sol estaba muy alto en el cielo. Por el ardiente camino, que se perdía a lo lejos, se arrastraban las carretas tiradas por bueyes blancos y repletas de heno dulce y oloroso. Los campesinos, sentados en lo alto de sus cargas, balanceaban las piernas y hacían restallar sus largos látigos. El cielo era azul y los látigos negros. Cuando hubo recorrido más de cinco millas, Hershele llegó a un bosque. El sol empezaba a abandonar su lugar en el cielo, y éste se encendía de fuegos apacibles. Muchachas descalzas conducían las vacas al corral. Las ubres rosadas de las vacas, henchidas de leche, oscilaban suavemente.

El bosque acogió a Hershele con su frescor, en una penumbra delicada. Las hojas verdes se inclinaban para acariciarse unas a otras con sus lisas manos y susurraban quedamente allá en lo alto, después volvían a su sitio con un murmullo tembloroso. Pero Hershele no las oía. La orquesta que tocaba en su barriga era más grande que las que había en los bailes del Conde Potocki. Todavía le quedaba un largo trecho que recorrer. Desde los confines de la tierra, el crepúsculo se apresuraba a cerrarse sobre la cabeza de Hershele, y a cernirse sobre el mundo. Lámparas inmóviles se encendieron en el cielo, y la tierra enmudeció.

Ya era de noche cuando Hershele llegó a una posada. En una de las pequeñas ventanas brillaba una luz. Zelda, la mujer del posadero, cosía pañales sentada en su cuarto caliente junto a esa ventana. Tenía el vientre tan grande que se hubiera dicho que esperaba trillizos. Hershele miró su rostro rojo y pequeño, donde brillaban unos ojos de azul muy claro, y la saludó:

—Buenas noches, señora —dijo—. ¿Podría quedarme aquí a descansar un momento?

—Claro que sí —contestó ella.

Hershele se sentó. Las aletas de la nariz le resollaban como el fuelle de un herrero.

En el fogón crepitaban las llamas y el agua hervía en un enorme caldero, cubriendo de espuma unos blanquísimos raviolis. Un pollo muy gordo flotaba en un caldo dorado. Del horno se desprendía un olorcillo a pastel de pasas. Hershele, sentado en su banco, se retorcía como una mujer dando a luz. En ese momento, su cabeza bullía con tantas maquinaciones como esposas tuvo el Rey Salomón. En la habitación callada hervía el agua, y el pollo se mecía en las olas doradas.

—¿Dónde está su marido, señora? —preguntó Hershele.

—Se ha ido a pagar las rentas al señor —dijo ella, y volvió a callar. Abrió sus redondos ojos infantiles y súbitamente prosiguió:

—Y yo. estoy aquí, sentada junto a la ventana, pensando. Quisiera preguntarle algo.

Me imagino que habrá viajado usted mucho, y que habrá estudiado con un rabí y conoce nuestras costumbres judías. Pero a mí nadie me ha enseñado nada. Dígame, ¿vendrá pronto Shabos-najmú?

«Vaya, vaya», se dijo Hershele. «La pregunta no está mal. Hay de todo en la viña del Señor».

—Es que mi marido me ha prometido que cuando venga Shabos-najmú iremos a visitar a mi madre. Y te compraré un vestido, dice, y una peluca nueva, y le pediremos al Rabí Motalemi que nos nazca un hijo en lugar de una hija. Pero sólo cuando venga Shabos-najmú. Digo yo que este Shabos-najmú será un ser del otro mundo, ¿verdad?

—No se equivoca usted, señora —replicó Hershele—. El propio Dios habla por su boca. Tendrá usted un hijo y una hija. Señora, yo soy Shabos-najmú.

Los pañales que Zelda tenía sobre la falda cayeron al suelo. Se levantó de un salto y se golpeó la cabeza contra una viga; era una joven muy alta, rolliza y sonrosada. Sus pechos erguidos parecían dos sacos repletos de trigo. Sus grandes ojos azules se abrieron como los de un niño.

—Yo soy Shabos-najmú —repitió Hershele—. Llevo dos meses dando vueltas por el mundo para ayudar a la gente. Del cielo a la tierra hay un largo trecho. Tengo los zapatos agujereados. Le traigo saludos de toda su gente desde allá arriba.

—¿De la tía Pesia? —gritó Zelda—. ¿Y de mi padre, y de la tía Golda? ¿Usted los conoce?

—¿Quién no los conoce? A menudo hablo con ellos tal como estoy hablando ahora con usted —dijo Hershele.

—¿Cómo les va allá araba? —preguntó Zelda, cruzando sobre d vientre sus dedos temblorosos.

—No muy bien —suspiró Hershde—. ¿Qué clase de vida cree usted que puede llevar un muerto? Allá arriba no hay muchas diversiones.

Los ojos de Zelda se llenaron de lágrimas.

—Tienen frío —prosiguió Hershde— y pasan hambre. Porque comen lo mismo que los ángeles. No se les permite más. ¿Y cuánto puede comer un ángel? Con un poco de agua ya se quedan conformes. Ni en cien años se conseguiría allí un vaso de vodka.

—Pobre padre mío —murmuró Zelda, impresionada.

—Por Pascua se contentan con un latke, y un buñuelo debe durar un día entero.

—Pobre tía Pesia —dijo Zelda con un escalofrío.

—Hasta yo mismo paso hambre —continuó Hershele, volviendo la cabeza para ocultar una lágrima que le rodaba por la nariz y se perdía en su barba— y no puedo hacer nada; en el otro mundo, me tratan como a todos los demás…

Hershele no tuvo tiempo de terminar la frase. Batiendo el suelo con sus grandes pies, Zelda le puso delante platos, tazones, vasos y botellas. Cuando Hershele empezó a comer, la dueña de la posada vio que, efectivamente, se trataba de un ser del otro mundo.

Para empezar, Hershele comió hígado de pollo picado con cebollas, todo ello rociado de manteca. Lo apuró con un vaso de excelente vodka perfumado de corteza de naranja. Luego comió pescado, aplastando las patatas que lo acompañaban en su sabrosa salsa, y vertiendo medio tarro de rábano picante en un lado del plato —de un rábano que hubiera hecho llorar de envidia a cinco panes vestidos con sus mejores galas.

Después del pescado, Hershele hizo los cumplidos al pollo, y al caldo, donde nadaban gruesas burbujas de grasa. Los raviolis, bañados en mantequilla, saltaban a su boca como liebres huyendo del cazador. No es necesario decir lo que le ocurrió al pastel de pasas. ¿Qué le iba a ocurrir, si a veces Hershele se pasaba un año entero sin ver un pastel?

Cuando hubo terminado, Zelda fue a reunir las cosas que había decidido darle a Hershele para que se llevara con él al otro mundo y las entregara a su padre, a la tía Pesia y a la tía Golda. Para su padre sacó un taled nuevo, una botella de licor de cerezas, un jarro de mermelada de frambuesa y una bolsa de tabaco; para la tía Pesia, un par de abrigadas medias grises, y para la tía Golda una peluca vieja, una peineta grande y un libro de oraciones. Además, le dio a Hershele un par de botas, algunas cortezas de ganso frito y una moneda de plata.

—Salúdelos de nuestra parte, señor Shabos-najmú, salúdelos muy cariñosamente de nuestra parte —fueron sus palabras de despedida a Hershele, que se disponía a marcharse con su pesada carga—, ¿o prefiere esperar a que vuelva mi marido?

—No —dijo Hershele—. Debo irme. ¿No pensará que usted es la única de quien tengo que ocuparme?

Cuando hubo caminado una milla, Hershele se detuvo a tomar aliento. Arrojó al suelo su fardo, se sentó sobre él y consideró la situación.

—Bien sabes, Hershele —se dijo—, que el mundo está lleno de necios. La dueña de aquella posada era una necia. Pero quizá no lo sea su marido. Quizá su marido tenga unos puños como yunques, mejillas hinchadas y un látigo muy largo. Si llega a casa y sale a buscarte por el bosque, ¿qué harás entonces?

Hershele no perdió el tiempo en buscar una respuesta. Enterró apresuradamente su fardo y señaló el lugar para poder encontrarlo más tarde.

Luego rehízo corriendo su camino, se desnudó y, abrazado a un árbol, se dispuso a esperar. No tuvo que hacerlo por mucho tiempo. Hacia la madrugada, Hershele oyó el restallido de un látigo, el ruido de un bocal entre los labios de un caballo y el repiqueteo de sus cascos. Era el posadero, que venía, desalado, tras el señor Shabos-najmú.

Cuando llegó junto a Hershele, que seguía desnudo y abrazado al árbol, el posadero detuvo su caballo y lo miró con la misma cara de tonto que hubiera puesto un monje al darse de bruces con el diablo.

—¿Qué hace usted aquí? —exclamó.

—Soy un ser del otro mundo —respondió Hershele con voz lúgubre—. Me han robado unos papeles muy importantes que llevaba para el Rabí Boruhl.

—Ya sé quién te ha robado —gritó el posadero—. Yo también tengo unas cuentas que arreglar con él. ¿Hacia dónde fue?

—No podría decirlo —murmuró amargamente Hershele—. Si me presta un caballo, podría alcanzarlo mientras usted me espera aquí. Desnúdese y arrímese al árbol. Abrácese a él y no lo suelte hasta que yo vuelva. Es un árbol sagrado, y de él dependen muchas cosas en este mundo.

Hershele no tuvo que mirarlo dos veces para saber de qué pasta estaba hecho. En seguida se dio cuenta de que el posadero era tan necio como su mujer. Sin decir esta boca es mía, el hombre se quitó la ropa y se arrimó al árbol. Hershele montó al carro y se dirigió al lugar donde había dejado su fardo. Lo desenterró y siguió su camino hasta el lindero del bosque.

Aquí, Hershele volvió a cargar con su fardo, abandonó a la yegua y tomó el camino que conducía a la casa del Rabí. Ya era de mañana. Los gallos cantaban con los ojos cerrados. La yegua del posadero, tirando de la carreta vacía, se dirigió con paso cansino hacia donde había dejado a su amo.

Éste la esperaba, acurrucado junto al árbol, desnudo bajo los rayos del sol naciente. Tiritaba de frío, y saltaba de un pie a otro para calentarse.

(De: Debes saberlo todo. Relatos 1915-1937, Alianza Editorial. Traducción: Verónica Head, 1976)

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