Siete primeros planos de Eva Perón

Por José Pablo Feinmann

 

Primero

Ella es bastarda. Su padre, que se llama Juan como su único hermano, es una presencia fugaz que sólo pareciera tener el destino de embarazar a su madre. Son cinco los hijos que le entrega, que le abandona. Se muere en medio de su familia legal y Eva siente el rechazo de los legítimos cuando su madre los lleva al entierro. Ahí, más que nunca, o quizá por vez definitiva, sabe que la bastardía es su destino. No tiene linaje. No tiene nada detrás. Ningún derecho la respalda. Deberá hacerse a sí misma, inventarse como el bastardo sartreano. No sólo es existencialista sin saberlo, sino antes del existencialismo. Sartre, también sin saberlo, escribirá sobre ella en el Saint Genet, ya que toda escritura sobre la bastardía la incluye.

Segundo

Ella tiene un cuerpo y lo utiliza como herramienta de poder. Si el bastardo tiene que inventarse, darse el ser que no tiene por esencia, la primera certeza de Eva para ser es la de su cuerpo. Descubre que es bella y que eso no es poco para someter a los hombres en su búsqueda ascendente. Llega a Junín ese cantante meloso, acosado por la bobería de las solteronas, y es presa fácil para Eva, que lo seduce y lo obliga a rescatarla de la siesta interminable de ese pueblo con destino de corte y confección. Aquí, quienes habrán de odiarla, empiezan su coro rencoroso, profieren la palabra que la marca, con el vaho del odio dicen prostituta, una y otra vez, siempre, prostituta. Eva está más allá o más acá de eso. ¿Qué puede importar en una vida de sucesos vertiginosos un epíteto nacido del alma católica de la Argentina gorila? Eva quería trepar, quería ser eso que dirán que fue: la más grande trepadora después de la Cenicienta. Y qué. ¿Quién puede acusar de algo a esa muchacha que buscaba el ser con lo único que tenía, con su belleza, con su cuerpo? Prefiero imaginarla cerca de Naná, de Griseta, de Lola-Lola, no de la Virgen María. Prefiero imaginarla una mezcla de Rosa Luxemburgo y Margarita Gautier. Habrá desatinado muchas camas, o acaso no tantas, nunca lo sabremos, pero cuando llegó a la que quería se detuvo, se quedó allí para siempre. Era la cama de Perón.

Tercero

Ella es la mina del hombre con más poder en la República. Es la mina de Perón. Ella es, también, el más grande agravio que ese coronel populista le infiere a la oligarquía: se mete con Eva Perón, esa actriz, esa puta. De Perón se podrán decir todo tipo de cosas, buenas y malas, pero sólo una es innegable: entre 1944 y 1952 tuvo a su lado una mujer excepcional. De verdad. No un florero como tuvieron todos los señores presidentes de este país desdichado, sino una mujer, ella, Eva, que lo cubrió de elogios para neutralizarlo, para tenerlo de su lado, para llevarlo al territorio del pueblo y no al de los cuarteles, de donde él venía y de donde tal vez nunca salió del todo. ¿O no reclamó en seguida, en 1973, sus galas de teniente general, su rango de milico y se sacó montones de fotos que abrumaron las paredes de los sindicatos, donde habitaban sus aliados y sus patotas?

Cuarto

Ella quiere la vicepresidencia. Es una ambición política y ontológica. Ontológica porque quiere darse el ser, ser en la modalidad de algo, quiere el ser que el Estado puede darle, quiere ser, por fin, una objetividad del mundo, una legalidad instituida y respetada. Y política porque sabe que con ella llegan a la cima del poder los sindicalistas que le son fieles y los pobres, los grasitas, los morochos que tanto quiere, los bastardos como ella, los que nada tienen, ni tierras ni apellidos, sólo brazos fuertes, sudor, cansancio y plusvalía. Se juega, aquí, su partida decisiva. Llena la plaza y habla con los grasitas durante horas, le piden algo que ella ya perdió, la vicepresidencia. La perdió por la oligarquía, por la Iglesia, por los militares y la perdió por Perón, que la dejó sola, que le tenía miedo, que sabía, como nadie, que en esa Argentina de 1951 sólo había un político a su altura, capaz de pelearle espacios de poder, de quitárselos, de relegarlo, ella, Eva. La deja sola ante los lobos y los lobos la devoran.

Quinto

Ella tiene cáncer. Presumen algunos que el fuego de su militancia la quemó. Otros, los que la odian, que la quemó su maldad. Se desliza como un fantasma por el Palacio Unzué. Perón no quiere verla; le impresionan su delgadez, su palidez, su furia. Ella no acepta esa enfermedad. Se resiste a estar en cama. “Ahí es donde todos los hijos de puta quieren que esté, en la cama, postrada, enferma, inútil, inofensiva.” Luego del golpe de Menéndez le pide fusilamientos a Perón. “Si no fusilamos nosotros hoy -dice arrasada por la fiebre– nos van a fusilar ellos mañana.” Sólo otro bastardo como ella la acompaña en la agonía, Jamandreu, el que la vistió primero con los trajes Dior y luego con el traje sastre seco, austero de la compañera militante. Jamandreu, cálido y sufriente en una Argentina de machos, cuando los homosexuales no era gays sino putos o pervertidos o invertidos, seres que carecían (como buenos bastardos) de la gran condición del patricio argentino, la hombría. Jamandreu, que le dice: “En este país ser pobre, ser puto y ser Eva Perón es la misma cosa”.

Ella, muriéndose, quiere formar milicias populares y le compra armas al príncipe Bernardo de Holanda. Era tarde, ya era tarde para todo. Las armas llegan y Perón las desvía al arsenal Esteban de Luca. En 1955, serán utilizadas por sus enemigos para derrocarlo.

Sexto

Ella se muere. Para su mal y para su bien. Se muere en medio de sufrimientos atroces. “Soy muy chiquita para sufrir tanto”, ha dicho. Juancito, el tarambana de su hermano, se pone a gritar “no hay Dios, no hay Dios” cuando recibe la noticia. Perón le organiza funerales descomedidos. Es el 26 de julio de 1952.

Sin embargo, los que mueren jóvenes mueren intactos, mueren siendo lo que han sido. No envejecen, no negocian, no claudican, no concilian, no engordan, no se arrugan, no se contradicen, no tienen un antes y un después sino un presente constante. Así, Eva comparte el destino de Ernesto Guevara, o el de Marilyn Monroe, o el de James Dean, o el de George Gershwin o el de Mozart: mueren habiendo sido una sola cosa, un destello, una fugacidad sin hendijas.

Séptimo

Ella, en los setenta, se guevariza. Es el Che de la juventud militante. El dibujo de Carpani reemplaza al de Manteola, el que ilustraba la cubierta de La razón de mi vida. Se recuerdan sus frases más duras. Segritan en los actos militantes. “La patria dejará de ser colonia o la bandera flameará sobre sus ruinas.”

Hoy, en la Argentina devastada del nuevo siglo, es difícil conjeturar dónde está. Pero si de buscarla se trata o, mejor aún, si se trata de encontrar el rostro que de ella permaneció, el que la muerte dibujó para siempre, el de la militante bastarda, rencorosa, vengativa, dura, autoritaria, apasionada por los desheredados y por la justicia social, habremos de encontrarla entre las geografías del riesgo. Entre los de abajo, entre sus vivos y entre sus muertos.

*Publicada en Página/12 el 22 de julio de 2002.

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