Silvia Bleichmar o la cinta de Moebius

Por Adrián Ferrero*

Entonces empecé por el comienzo. Es decir, fui al último ensayo de su libro publicado. Terminado, recordémoslo, 15 días antes de fallecer la psicoanalista Silvia Bleichmar. El ensayo se titula “De la creencia al prejuicio”. Fue publicado, como se recordará, en Dolor país y después… (2007), con significativos puntos suspensivos que invitan a proseguir una lectura inconclusa y hasta, por eso mismo, esperanzada.

Me pareció bastante sintomático (esta palabra tiene siempre resonancias psicoanalíticas, si bien no vale para el caso) que una experta en esta disciplina y escritora argentina, doctorada en la Universidad de París VII bajo la dirección de Jean Laplanche (una autoridad en la materia), esto es, consagrada al trabajo psicoanalítico académico y profesional de su competencia, concentrara sus esfuerzos por desmantelar argumentativamente este concepto. Lo pone en correlación con otros no menos perturbadores para la libertad subjetiva y la producción del pensamiento crítico pero el punto que me interesaba a mí al detenerme en ese ensayo, además de que fuera en el que ella detuvo su escritura, reenviaba automáticamente al pensamiento dogmático.

Más allá de los contenidos del ensayo (que no abordaré aquí porque aspiro a realizar una intervención que me dirige en una dirección más estricta), sí me gustaría tomar nota de algunos puntos en relación con este dato.

Evidentemente no se trató de un objeto casual como corpus reflexivo a abordar. Evidentemente fue siempre y la acompañó a Silvia Bleichmar como uno de los principios fundantes y más radicales de su, me atrevería a definir en términos de Pierre Bourdieu, proyecto creador, esta batalla en contra de un pensamiento apriorístico que es el enemigo de la posibilidad de un intercambio fluido de argumentos y del ejercicio de una mirada severa y crítica contra el estado de cosas vigente. Y es el pensamiento esencialmente menos problematizador del orden de lo real y del orden del pensamiento unívoco. Y, por otro lado, el gran aliado del pensamiento totalitario, que se vuelve cómplice de regímenes sostenidos por ideologías notablemente destructivas del semejante. O por considerar que hay un otro que por ser distinto ese rasgo lo marca social y culturalmente y lo inferioriza. También, quizás, porque constituye una alteridad que automáticamente pone distancia con él al punto en ocasiones de aspirar a suprimirlo, denigrarlo o degradarlo. Esto es, el gran enemigo de lo que Silvia Bleichmar defendió siempre como lo que denominó una “ética del semejante”.

Resulta evidente para quienes no provenimos del psicoanálisis (probablemente por esa misma circunstancia de contraste) y muy en particular entiendo que para los especialistas en esa disciplina que buena parte de la producción de Silvia Bleichmar estuvo orientada en esa dirección: desmantelar dogmatismos y derribar prejuicios. De modo fundamentado, argumentado y acentuando el carácter complejo de los distintos temas (no desestimándolos o relativizándolos de modo apresurado) y esa me parece es una de las grandes lecciones me deja en tanto que escritor y especialista en el área de Letras. Una escritura indómita, que se resistía tanto admitir el pensamiento irracionalista como el apriorístico, rechazaba también la superstición. Todo ello sin una puesta a prueba y una puesta en debate a fondo. Para lo cual es necesario, en este momento, en este presente histórico, una comunión de semejantes para evidentemente ponerlas en ejercicio concretos desde múltiples prácticas y perspectivas, no solo las librescas.

Doy por descontado también que quien cuestiona el prejuicio suele padecer sus efectos como un mecanismo de defensa diría automático por parte de quienes lo detentan como un atributo incluso aún sin un registro autoperceptivo. En ocasiones ni siquiera existe una consciente de él. Y en ocasiones, créase o no, se lo padece por parte de los mismos prejuiciosos. Es por ello que no me extraña que ella gozara de una reputación incómoda tanto entre algunos de sus colegas (cosa que no la arredró), como entre ciertos grupos de intelectuales no sólo provenientes del psicoanálisis o bien directamente de la sociedad cuando entraba en diálogo con ella en intervenciones públicas (de hecho escribió ampliamente en la prensa gráfica y participó de columnas radiales).

En efecto, esa abierta hostilidad se volvía particularmente acentuada cuando la interpelaba y, mediante una cierta clase de razonamiento esclarecido y definitivamente preparado para afrontar las falacias y las, como dije, supersticiones, se solía hacer de una buena población de individuos o grupos hostiles cuando no enemigos. No me cuesta imaginar cuáles. Tampoco, como digo, por qué los incomodaba ni tampoco que podría ir ese enorme arco de reacciones del intento de la desautorización al abierto agravio hacia su persona.

Lo cierto es que desde este artículo final (pero que en verdad como cinta de Moebius regresa y se enlaza con sus comienzos) leo toda la obra de Silvia Bleichmar, incluso la clínica para la no soy competente en evaluar pero sí poner en un contexto desde una lectura global y una comprensión profana.

Y daría un paso más allá: leo este artículo en el marco de su proyecto en el que encuentro una coherencia y una congruencia absolutas. Sus discípulos prosiguen un sendero insinuado a través de un diálogo con ella de modo irreemplazable y fecundo, los colegas con quienes sí estableció consensos manifiestos también lo hacen a partir de un intercambio enriquecedor, riguroso y exigente. Sus seres queridos difundiendo su pensamiento, su obra y su caudal teórico así como sus experiencias, no solo disciplinarias sino autobiográficas sin necesidad por ello de incurrir por ello en indiscreciones.

Comportamientos como los de Silvia Bleichmar, se perciben precisamente en personas que apuestan al orden de lo racional, de los humanismos y la sensatez refiriéndome con ellos a saber poner en el lugar adecuado a cada objeto en el momento oportuno, sea de naturaleza simbólica o material. Un pensamiento consistente, contundente y sin fisuras. Que si contemplamos la obra de Silvia Bleichmar a la luz de todo su magnífico esplendor, no hizo sino confirmarse libro tras libro, de Dolor país (2002) a No me hubiera gustado morir en los 90 (2006), conferencia tras conferencia, seminario tras seminario. Uno logra advertir y confirmar, ante todo, respeto hacia su figura y la presencia incuestionable de una ética profesional y de una ética pública. De lo que soy capaz de dar fe bajo la forma de una convicción sin ser un psicoanalista pero sí de su lector sistemático es su capacidad provocadora, polémica y disparadora de pensamiento creativo (para cualquier disciplina y con todas sus resonancias que su pensamiento provocador despertaba). Todo intelectual curioso, atento al universo social y al de las Ciencias Sociales o, si así se prefiere, de las Humanidades, que lo rodea, preocupado y atento a las tramas del dolor social, no puede omitir bajo ningún punto de vista los libros de Silvia Bleichmar. Señalan un hito y señalan un punto culminante del pensamiento crítico argentino de los siglos XX y XXI y, daría un paso más allá, latinoamericano. Algunos de sus colegas señalan sus aportes incluso al psicoanálisis mundial. Lo que da la pauta de una profesional y de una intelectual que estaba un paso más allá de los asuntos que atañían a su mero entorno local o nacional sino que tenía una proyección crítica en torno del corpus psicoanalítico que le permitía elaborar hipótesis originales y una revisión a fondo del mismo, además de denotar actualización.

De modo paradigmático, así, Silvia Bleichmar, señala un camino que establece lazos y una entrega sin precedentes entre intelectuales y entre intelectuales y sociedad. Intelectuales que nos acercamos a su obra de modo inspirador para, en nuestros respectivos campos de estudio y de trabajo, encontrar un referente nítido guiado, ante todo, por una profunda honestidad intelectual y un profundo sentido del compromiso con nuestro país, en particular con sus zonas más vulnerables y castigadas. También en la apuesta a un riesgo en el pensar que en su caso vale como sinónimo de valentía, de excelencia académica, de rigurosidad y de integridad. También, agregaría yo, como para cerrar y como para abrir un futuro artículo, un pensamiento de saberes integradores.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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