Sin Estado fuerte no hay Nación

CFK planteó un discurso contra-hegemónico, que debería ser instrumento central en la lucha política por venir

Por Ricardo Aronskind

Cuando una de las dirigentes más importantes del país hace un fuerte señalamiento público sobre el funcionamiento aberrante de aspectos centrales de nuestra economía, que alude y cuestiona los intereses y la rentabilidad parasitaria de sectores del capital más concentrado del país, la pregunta es cómo hará el sistema de dominación social para procesar y continuar con la invisibilización de estas cuestiones claves, de pronto iluminadas.

Lamentablemente la importancia de los temas planteados por Cristina Kirchner en su discurso del lunes pasado en el Congreso de la CTA en Avellaneda, fue en parte eclipsado por las peleas en torno al significado de las organizaciones sociales, sus dirigentes, y la transparencia y validez de ese sistema de contención popular. No es que no sean cuestiones relevantes. Pero si se pudiera poner bajo control nacional la utilización del excedente económico para aplicarlo a fines sociales y productivos –que está sobrevolando en las reflexiones de Cristina—, la discusión sobre la pobreza simplemente no existiría. La Argentina tiene todas las posibilidades de terminar con ese tema.

Que se haya logrado desviar la atención pública hacia trifulcas dirigenciales menores es otra demostración de la capacidad y claridad que tiene la derecha para organizar la agenda pública en base a los intereses de las corporaciones, y también marca las limitaciones del campo popular para focalizarse en ejes discursivos alineados con sus propios intereses.

Los temas imprescindibles

La contribución central de Cristina en la presentación realizada fue, a nuestro entender, plantear con claridad las bases para un discurso contra-hegemónico, que debería transformarse en un instrumento central en la lucha política que se viene. No es posible, frente a la montaña de afirmaciones falsas de la derecha, basadas en datos inexistentes y en prejuicios clasistas, repetidas a lo largo de décadas por los medios de comunicación y adoctrinamiento de masas, enfrentarse con un discurso impreciso y vacilante.

El eje Estado-mercado es fundamental. Es inaceptable que en el año 2022 se siga hablando del mercado como modo de endiosamiento empresarial, cuando la evidencia internacional y local es que las corporaciones –ese es el verdadero contenido actual de la palabra «mercados»— en todo caso deben ocuparse de producir riqueza, pero no deben asumir el control de las políticas públicas —ni de los políticos— porque los resultados son catastróficos.

Eso es lo que pasó en Estados Unidos en 2008, cuando las autoridades económicas cooptadas por el poder financiero permitieron, desregulaciones mediante, que ocurriera la gigantesca estafa inmobiliaria propiciada por los grandes bancos. También es nuestra propia experiencia, con las aperturas importadoras, las convertibilidades y los endeudamientos enloquecidos, que respondieron a los pedidos de las finanzas internacionales y de los especuladores locales.

La lección es clara: cuando las corporaciones asumen el control de los Estados, el mando de los partidos políticos, el control de los medios que circulan en la sociedad, apuntan a atender a sus propias necesidades de acumulación cortoplacista. No hay futuro, porque no es un tema de las empresas. Para eso estaba el Estado, que las corporaciones se ocuparon de neutralizar.

Otro tema central es salir a discutir la causa, o causas, de la inflación.

  • 1. porque es un problema económico-social actual de primera magnitud.
  • 2. porque es un tema político vinculado a la gobernabilidad de la economía y el porvenir de este gobierno y del Frente de Todos.
  • 3. porque dado el lavado de cerebro colectivo que la sociedad viene recibiendo hace décadas, es imprescindible que se lo enfrente coherente y consistentemente desde una perspectiva popular, que no puede coincidir ni en una coma con el discurso que bajan las corporaciones, los monopolios y los banqueros.

No sé si CFK lo pensó de esta forma, pero en su discurso vuelve a dar una batalla por la explicación de las dificultades actuales y la forma de entender lo que pasa, lo que nos pasa.

Es una batalla central, que no la puede dar una persona, por más capaz que sea. Porque esta lógica de pensar lo público no puede quedar reducida a un discurso perdido: tiene que ser tomada por amplios sectores de la sociedad. Sin construir y trabajar políticamente una versión alternativa de lo que pasa en el país, no hay ninguna posibilidad de lograr hegemonía discursiva, ni cambiar el sentido común, ni siquiera de afectar la distribución de los votos peligrosamente tentados por las ficciones que vende la derecha.

Otro punto fundamental es el señalamiento, con todas las letras, del «endeudamiento criminal» provocado por el macrismo. No es una novedad, pero es muy importante políticamente ayudar a que la gente jerarquice los temas. La derecha ha acostumbrado a la población a poner en un mismo plano el «elevado» sueldo de un diputado que la deuda externa pública, los «bolsos de López» que la fuga de capitales. El endeudamiento criminal del macrismo está en la base de la creciente intromisión del FMI, en la debilidad cambiaria del Estado –y por consiguiente en las facilidades desestabilizadoras de actores privados—, en las presiones inflacionarias «por expectativas», en la potenciación de la cultura especulativa y rentística que permea a amplios sectores de la sociedad.

Un tema medular, y que hasta ahora no había sido abordado como se debe tampoco por el kirchnerismo, es el de la enorme evasión impositiva. Cristina ofreció algunas comparaciones internacionales, para ubicar el tema. Pero aún no se ha iniciado un combate serio en torno a esta cuestión, que tendría un enorme impacto. Probablemente en la inhibición de los partidos populares o de izquierda en abordar el tema aparezca también la hegemonía ideológica de la derecha sobre sectores medios y de trabajadores: estos se perciben, en sintonía con el gran capital, como «víctimas» del Estado, cuando se habla de la carga impositiva. Se genera un imaginario «frente único» de los evasores, como si todos fueran lo mismo. La realidad es que si en nuestro país se pudieran cobrar impuestos como en el capitalismo avanzado, no habría déficit fiscal, el país no dependería en forma significativa del crédito externo, por lo tanto la dependencia financiera sería mínima, y el poder de banqueros y otros sectores rentísticos sobre el Estado y las políticas públicas sería ínfimo. Insistimos, hay toneladas de argumentos y datos por los cuales una recaudación tributaria más normal le haría un extraordinario bien al país, y esa es una tarea política pendiente para los economistas y los políticos populares.

De por sí, la expresión «Estado estúpido» trasciende las obvias necesidades de coordinación entre las diversas dependencias económicas del Estado. Esa no coordinación es funcional a una situación en la cual al Estado se le escapan recursos por todas partes, porque no es capaz de conocer la realidad sobre la que opera y de aplicar las leyes que corresponden. La clave es entender que el Estado está desfinanciado no por casualidad: es una situación en la que ganan los evasores impositivos, y los bancos que viven de prestarle al Estado.

La definición de «Estado estúpido» debería obligar a una reconsideración del aparato estatal desmantelado que nos legaron las experiencias neoliberales, y la escasa atención que en otros gobiernos se la ha dado a la recomposición de las capacidades estatales para accionar en función del bien común. No es un tema técnico, sino que tiene directa relación con frenar el continuo despeñamiento hacia un modelo político dominado por una oligarquía que fija las leyes reales a despecho de las instituciones democráticas, como ocurre actualmente.

La misión de des-estupidizar al Estado implica tareas políticamente muy arduas, pero sumamente promisorias desde el punto de vista de la auto-reconstrucción del Estado, para ponerlo al servicio de las mayorías. Se derivarían una serie de beneficios fiscales extraordinarios, porque construir un Estado inteligente y eficiente permitiría poder cortar la sangría de recursos que salen del país a través de grandes organizaciones locales y extranjeras. La recuperación del Río Paraná y la concreción del Canal Magdalena están en esa misma dirección.

Más complejas y discutibles son las aseveraciones de Cristina cuando se interna en las disquisiciones sobre el capitalismo. No porque no existan modelos de capitalismo mejores que el argentino. El problema del capitalismo argentino es que los grandes capitalistas argentinos quieren un modelo de negocios excluyente que condena al país por siempre al subdesarrollo y a una pobreza completamente innecesaria.

No es una afirmación subjetiva, basada en prejuicios. Lo mostraron cuando gobernaron, en los gobiernos de Videla, de Menem y de Macri, y lo reafirman todos los días, con sus propuestas públicas orientadas contra los derechos de los trabajadores y contra las capacidades del Estado. Y lo vuelven a refrendar con sus prácticas económicas predatorias (remarcaciones, evasión impositiva, maniobras cambiarias, fuga de capitales), ya casi naturalizadas por el sistema político.

No es menor que para ese modelo raquítico que habita en sus proyectos de país, cuenten con el respaldo inconmovible de las potencias atlánticas, que los ven como sus representantes coloniales. No hay nada de compromiso con el país en quienes ofrecen y apoyan financieramente a dirigentes tan lamentables e ineficientes como Macri o Milei. Esos nombres son una expresión del desprecio que los sectores dominantes tienen por la sociedad argentina, y sobre el tipo de cualidades –ignorancia e irresponsabilidad— que promueven para sus futuros gobiernos.

Es un problema complejo, porque el modelo que planteó el kirchnerismo, de acumulación capitalista con inclusión social y con cierto grado de regulación estatal, es rechazado por parte de la elite empresaria dominante en la Argentina como si se tratara del comunismo cubano.

De nada vale que Cristina proclame e insista en sus credenciales capitalistas: todas las ideas que circulan en la cúpula social argentina apuntan a un capitalismo rentístico y de rapiña, cuyas prácticas ella misma describió y denostó en su discurso en Avellaneda. No estarían apareciendo socios empresariales de peso para un capitalismo más social y menos depredador.

Las derivaciones políticas de las palabras de CFK

  • Cristina plantea temas de enorme importancia para cualquier modelo económico saneado, que al mismo tiempo se internan claramente en el campo del delito económico de gran porte. Son temas éticos, pero también enormemente prácticos. Avanzar en la resolución de estas cuestiones no requiere sólo la decisión política del gobierno, y la imprescindible construcción política en la calle para sustentarla, sino enfrentar el problema de un Poder Judicial que se encuentra en buena medida cooptado por el propio poder económico que sostiene las prácticas delincuenciales.
  • Los tópicos de la intervención de Cristina, de generalizarse, cambiarían completamente el tipo de discurso que baja del oficialismo, del Frente de Todos. El actual discurso se caracteriza por la minimización de cualquier problema económico, y por la despolitización de la política económica, tratada como un tema «técnico» en el cual no juegan intereses, sino problemas de coordinación y malentendidos que pueden ser superados. El discurso predominante actual tiende a disimular por default las trampas económicas recibidas y los vetos constantes del gran capital.
  • Del discurso de Avellaneda surge un punteo programático central para cualquier fuerza política que quiera cambiar en serio la Argentina, y salir de la trampa económica montada entre el establishment local y las potencias occidentales que dominan el escenario. Es un discurso al mismo tiempo preocupante –por la magnitud de los socios de la delincuencia— y esperanzador, porque el país cuenta con los recursos para que se pueda vivir muy bien.
  • Genera un desafío enorme hacia su propio espacio político: ¿qué se hace después de semejante caracterización? ¿Se permanece en la pasividad, en la falta de debate interno y en la falta de organización de cara a la sociedad? ¿Cómo se le acercan estas cuestiones –que no son de fácil visualización— a las grandes mayorías? ¿Cuál es la relación posible con los espacios del Frente de Todos que no ven o no les interesan los grandes problemas que señala la Vicepresidenta? ¿A partir de estos señalamientos se abren nuevos espacios de alianzas con sectores políticos y sociales más amplios del país?

Hablemos de decoupling

Se ha vuelto a hablar en estos días del ingreso de la Argentina a ese espacio de grandes países no pertenecientes al núcleo capitalista encarnado por Estados Unidos y el Norte de Europa, llamado BRICS. Entre los argumentos pro ingreso a los BRICS, se sostiene que a nuestro país le convendría participar, ya que tendría acceso a los fondos del Banco de Desarrollo de los BRICS. Hay flotando en el ambiente, nuevamente, la auto imagen de país pordiosero, desesperado por fondos, que tiene que hacer cualquier cosa para juntar unos dólares e «ir tirando».

Hay que tener conciencia de que el ingreso a los BRICS es una definición geopolítica muy importante, no una astucia circunstancial para conseguir cash. La situación mundial se está tensando en forma acelerada, y hace falta un serio debate nacional sobre nuestros intereses en este escenario. Sería muy positivo ingresar a los BRICS, pero tenemos que saber en cuál juego global nos metemos.

La confrontación global, en la cual Estados Unidos encabeza a un conjunto de países subordinados, y otro núcleo que parece estar formándose en torno a la enorme economía china, exige que pensemos y tengamos lecturas propias. Vale prestarle atención a dos textos importantes, que nos ofrecen ciertas perspectivas sobre el panorama mundial no tan lejanas en el tiempo.

El 26 de mayo de este año, Antony Blinken, Secretario del Departamento de Estado de Estados Unidos, leyó un discurso con una clara toma de posición en la Universidad George Washington:

«(…) En la actualidad, China es una potencia mundial con un alcance, influencia y ambición extraordinarios. Es la segunda economía mundial, con ciudades y redes de transporte público de talla mundial. Alberga una de las mayores compañías tecnológicas del mundo y aspira a dominar las tecnologías e industrias del futuro. Está modernizando rápidamente sus fuerzas militares y tiene intención de convertirse en una fuerza beligerante del más alto nivel y de alcance global. También anunció que pretende crear una esfera de influencia en el Indopacífico y convertirse en la principal potencia mundial.

(…) La transformación de China se debe al talento, el ingenio y el arduo trabajo del pueblo chino. También fue posible por la estabilidad y las oportunidades que ofrece el orden internacional. Puede decirse que ningún país en el planeta se ha beneficiado más de eso que China. Pero en vez de usar su poder para reafirmar y revitalizar las leyes, los acuerdos, los principios y las instituciones que hicieron posible su éxito, de modo que otros países también puedan beneficiarse, Pekín menoscaba esa posibilidad. Durante la presidencia de Xi, el Partido Comunista Chino que gobierna al país se ha vuelto más represivo a nivel interno y más agresivo en el extranjero.

(…) Incluso mientras Rusia se movilizaba para invadir Ucrania, el Presidente Xi y el Presidente Putin declararon que la amistad entre sus países ‘no tenía límites’, literalmente.

(…) La defensa por parte de Pekín de la guerra que libra el Presidente Putin para eliminar la soberanía de Ucrania y asegurar una esfera de influencia en Europa debería preocupar a todos los que consideramos a la región del Indopacífico nuestro hogar». (SIC: «nuestro hogar».)

Las palabras de Blinken no permiten esperar nada bueno en materia de cooperación internacional, y ya insinúan la utilización norteamericana del conflicto en Ucrania para avanzar en el intento de aislamiento de China, considerado el principal adversario por los estrategas estadounidenses.

Por el lado chino, las aguas no están más calmas. Un artículo publicado recientemente en China ofrece una mirada muy cruda del estado de las relaciones chino-occidentales. Se trata de un texto del profesor Cheng Yawen, integrante de la School of International Relations and Public Affairs, que funciona en la Shanghai International Studies University, publicado en Culture Vertical No. 3, de junio 2022 bajo el título «El dividendo de la paz se acabó, y China tiene que prepararse para un completo desacoplamiento – Reflexiones de un profesor de Shanghai». Se lo puede leer completo aquí . Hay también una versión en castellano.

El académico chino sostiene, en muy apretada síntesis, que desde el comienzo en 2018 de la guerra comercial Estados Unidos-China, los países occidentales vienen buscando desacoplarse de China en términos de los intercambios económicos, tecnológicos y de personas. Sostiene que el reciente conflicto ruso-ucraniano marca el final de la ola de globalización encabezada por Estados Unidos. Y que China, enfrentando la posibilidad de un completo desacoplamiento por parte de Occidente en el futuro, necesita urgentemente hacer una nueva elección en sus prioridades diplomáticas y estratégicas, para disminuir la importancia de Europa y de Estados Unidos y promover un nuevo sistema internacional basado en la cooperación Sur-Sur. Entre otros puntos, menciona la necesidad de promover el abandono del dólar como moneda de intercambio con los países periféricos, y la creación de un sistema de crédito alternativo al manejado por los norteamericanos y sus aliados.

Si se observa el diseño –con el sello norteamericano— de las sanciones contra la Federación Rusa a partir de la guerra en Ucrania, se puede advertir el intento de promover el corte casi total de los lazos fundamentales en materia financiera, energética, comercial e incluso cultural entre Europa y Rusia. La dinámica y las características de las sanciones, que también afectan severamente a la propia Europa, están siendo seguidas con atención por la dirigencia china. Europa se muestra en un total estado de postración política y diplomática frente a los intereses norteamericanos.

No podemos prever exactamente el curso de los acontecimientos, pero de profundizarse este proceso de desconexión buscada entre dos inmensos núcleos económicos, militares y culturales, toda nuestra región sudamericana sufrirá enormes presiones, tironeada entre el tremendo peso político, ideológico y cultural norteamericano en su «patio trasero», y las oportunidades de progreso real y de múltiples intercambios valiosos que ofrecen el espacio BRICS y Asia en general.

Tanto los desafíos inmanentes en la agenda lanzada por Cristina Kirchner, como los planteados por el enorme movimiento de placas tectónicas geo-estratégicas en el que estamos metidos, requieren que la Argentina cuente con un Estado potente, capaz de generar desarrollo interno, cuidar a toda nuestra población, y manejar en condiciones inteligentes su lugar en el sistema de alianzas globales. Todo lo contrario de la agenda neoliberal, que plantea el debilitamiento económico constante y la subordinación incondicional a Occidente.

Como China, Rusia y Estados Unidos tienen claro, sin Estado Fuerte no hay Nación.

El Cohete a la Luna