Sinceramente: el libro que empezó a acomodar los melones

Por Enrique Manson

Confiábamos en su talento y en su manejo político de la oportunidad, pero no podíamos evitar la ansiedad de que pasara el tiempo sin definiciones –aunque lo había de sobra– y en algún rincón del corazón éramos vulnerables a la demanda inauténtica de los que nos reprochaban por no definir un programa de gobierno o postergar la respuesta a la incógnita de las candidaturas. La candidatura de Ella.

El 25 de abril, dando comienzo a una catarata de medidas sorprendentes, de aquellas que desestabilizan los escenarios y patean los tableros, Cristina Fernández de Kirchner, nuestra Cristina, cambió la pantalla política que teníamos los argentinos ante los ojos. Aunque referido a otro impacto posterior, Horacio Verbitsky escribiría en su Cohete a la Luna: “La candidatura presidencial de Alberto Fernández postulada a las 5 de la mañana del sábado 18 por Cristina es uno de esos sismos con los que sólo Perón, Menem, Alfonsín y Kirchner solían trastornar el escenario político y desconcertar a propios y ajenos”.

La grieta

Hace pocos años, un comunicador conocido por audaz y desfachatado, que acababa de pasar de su originario progresismo a una fervorosa adhesión a los factores de poder, comentaba con dolor que nuestro país se encuentra dividido por una grietaque lo quiebra en su unidad. Desde luego, que esa dolorosa desunión nada tendría de casual. Sería –siguiendo el estilo potencial del Gran Diario Argentino– provocada por la crispación de los partidarios del gobierno nacional que tan pesada herencia dejara al presidente Macri.

No ha sido el bufo de radio Mitre el primero en atribuir a la militancia de los sectores populares el odio político. Años atrás Félix Luna afirmaba que en la década de 1940 –y con Perón– se había terminado el fair play entre los políticos argentinos. “Este fenómeno, desconocido hasta ese momento, fue uno de los elementos más característicos de la época peronista.” Acostumbrados como estamos a que nos avisen que todos los males argentinos se deben a Perón, siempre nos pareció abusivo caracterizar a la etapa peroniana por ello. En los años de continuidad constitucional que corrieron entre Pavón y el 6 de septiembre de 1930 estallaron las revoluciones mitristas de 1874 y 1893, la cívica del 90, las radicales del 93 y de 1905, sin olvidar la guerra civil de 1880. Todo esto en un marco de elecciones con fraude y matonaje. La década siguiente, con sus urnas cambiadas y su “sufragio de difuntos”, tuvo también las revoluciones de Pomar, Cattáneo y Bosch, en las que no se tiraba con balas de fogueo. El presidente Justo era odiado por el pueblo radical, que añoraba a Don Hipólito, y los partidos de la Concordancia tampoco creían merecedor de respeto a un radicalismo al que era “patriótico” trampear.

Hay grieta, y en buena hora. Significa que hay dos visiones distintas de la Argentina que todos queremos. Algunos creemos que la Patria es el otro, y también están quienes están convencidos de que si los negros viven como yo, entonces yo vivo como un negro. Por lo que es mejor que los negros no tengan la pretensión de disfrutar de celulares, buena comida, escuela, salud y hasta las vacaciones en Miami que les augura un excesivo Dady Brieva.

«Es un libro de mierda»

Cuando me invitaron a escribir sobre Sinceramente, yo estaba por la mitad de la lectura del libro. Había tenido la suerte de enterarme que se iba a publicar y pude reservarlo antes de que se agotara, y se agotara, y se volviera a agotar… Y además lo compré –cómo quien pone una pica en Flandes– en una librería del grupo Clarín. Uno se da gustos colaterales…

Calificado como un libro de mierda por periodistas independientes, no era esa la actitud que tendríamos frente a su lectura, como lo prueba nuestro afán cuasi deportivo de tenerlo antes que nadie. Es que no somos objetivos. Porque no nos resulta indiferente lo que interpelamos desde nuestra subjetividad. Buscamos respuestas para entender la realidad. Desde nuestro lugar, desde nuestro tiempo y desde nuestra identidad. Y lo tuvimos en nuestras manos, y nos pusimos a leer el libro de mierda.

Conversar con Cristina

No me destacaré por la originalidad si empiezo por contar lo que casi todos los que lo han leído o lo están leyendo dicen: leerlo es conversar con Cristina. Uno no ha tenido casi oportunidad de hacerlo, pero después de haber disfrutado infinidad de veces de las abrumadoras cadenas nacionales que impedían a muchos contemplar la telenovela de la tarde, se siente como la única vez que habló personalmente con Arturo Jauretche: la conocía como si hubiéramos tenido un trato cotidiano. Eso se tradujo en una familiaridad y en un lenguaje coloquial que, aunque el lector no pudiera hacerle llegar sus respuestas, el diálogo era la forma de comunicación presente.

Al éxito de tener Sinceramente en nuestras manos, siguió la primera impresión que lo valorizaba por su existencia misma, luego vino la etapa de evaluación. Con el agravante de la deformación profesional de uno que lo lleva a detectar insensiblemente hasta defectos menores en toda publicación (son muchos años de tener la libreta de calificaciones en la cartuchera). Y sí, encontré errores. Errores menores que ponían en claro que se trataba de un libro escrito casi a vuelapluma. Indudablemente por Cristina, hasta en los modismos informales y el lenguaje llano para expresar sentimientos: ¡Increíble! Todavía debe haber alguno, o alguna, que sigue diciendo que no era abogada. Cuanto mediocre suelto. O cuando dice… después lo escucho “hablar” a Mauricio Macri, que no necesita cadena nacional por la cobertura y el blindaje mediático que tiene… En fin… Y refiriéndose a turbios asuntos tribunalicios aquello de La verdad… Si ladra, mueve la cola y tiene cuatro patas… Y sí, es perro.

El período más reciente de nuestra historia no es algo desconocido para mí. Lo he vivido y también es el que más he trabajado apasionadamente, aunque tratando de no faltar a la verdad. Naturalmente eso no impidió que la lectura de Sinceramente me sirviera para llenar infinidad de huecos en mi conocimiento. Desde luego que la mayoría de esos huecos estaban en gran medida en la historia personal y familiar de los K, en la relación personal de los dos principales protagonistas de lo que va de la historia del siglo XXI argentino.

Es abrumadora la parte en la que se refiere a la obra de gobierno de los doce años felices. La enumeración es interminable, y no se trata de una mera lista de acciones sino de la recordación de cambios profundos en los derechos de todos, con especial referencia a los de los más débiles, de los excluidos, de los marginados. Es inevitable recordar la obra material, pero valorando especialmente aquella que recuperó para la Argentina la condición de país de avanzada en campos como los satélites artificiales, en lo que renacía aquella heroica compadrada del primer peronismo de meter a la Patria en el selecto grupo de los dueños de la tecnología nuclear, aunque con fines pacíficos. Y junto con avances materiales, los logros en materia de jubilaciones, la recuperación de YPF y Aerolíneas Argentinas –que da pérdida, diría algún neoliberal, igual que las escuelas y los hospitales, decimos nosotros–, el desendeudamiento externo, la recuperación de la Memoria con la celebración del Bicentenario, muestra también del avance hacia la recuperación de la Patria Grande. Y dentro de lo más destacado, la acción incomparable en el Mundo en la lucha por los Derechos Humanos, lo que incluyó la recuperación de las Fuerzas Armadas que salieron del lodazal para volver a ser aplaudidas por el pueblo cómo cuando los viejos recordamos en los años 50 del siglo pasado.

Tema especial es el referido al Papa argentino. Cuando Bergoglio fue consagrado, me tocó asistir al cumpleaños de una compañera, casada con un ex jesuita de larga relación con Francisco. En la mesa, otros jesuitas retiro efectivo se cansaron de despotricar contra lo que consideraban que habían sido graves faltas del nuevo Pontífice. Cristina recuerda cómo la oposición esperaba poco menos que se pusiera a la cabeza de la lucha anti-k, pero como sabemos, no fue así. Más allá de los conflictos –inevitables entre el Cardenal de Buenos Aires y el presidente, sobre todo tratándose de Jorge y Néstor– había cambiado la pantalla. Y la relación fue impecable.

Sobre el final Sinceramente se sumerge en el pantano de las consecuencias y la utilización bastarda del mayor atentado criminal de nuestra historia. Aparece claramente el compromiso de la que no era la recluta Fernández, con la resolución del crimen y también surge el infame encubrimiento y todas sus consecuencias. Sin faltar la conspiración final con el suicidio del fiscal Nisman incluido, y la utilización de su muerte para influir en el resultado electoral de 2015. Con el daño colateral de la infamia utilizada contra el canciller Timerman, que la lleva a decir: ¡Qué destino, Dios mío!… Héctor falleció el 30 de diciembre de 2018 y no pudo leer las declaraciones ni el infamia de Cimadevilla (1) ¡Qué lástima! Es en esta parte cuando es admirable la soltura y la desinhibición a la hora de nombrar a personajes que en muchos casos son tratados con la dureza que merecen por sus actos o en el pensamiento de la autora. ¿Cuántas veces, tal vez innecesariamente, evitamos dar nombres y apellidos para reemplazarlos por eufemismos? Tal vez influidos por los tiempos en que al General se lo nombraba cómo el Tirano prófugo. Cristina no se ahorra nombres, y aún duros calificativos, cuando habla del sicario Bonadío, el mutante Ercolini

Y sí, Cristina empezó a acomodar los melones. Siguió haciéndolo con la fórmula, seguirá en cada vez más acertada compañía. Nosotros confiamos. Pero confiamos activamente porque no somos meros espectadores, y sabemos que una vez más la tarea es ardua, y los enemigos feroces y poderosos. Como dijera Perón un 12 de junio, cuando se llevaba la más maravillosa música, tenemos al pueblo, ¡nada menos! Y la tenemos a Ella en la conducción.

***

(1) Senador cambiemita que se negó a encubrir en el caso Nisman.

Agencia Paco Urondo

16/06/19

Un comentario

  • Rolando Revagliatti dice:

    Gran saludo al autor de este artículo de parte de un lector que ayer recibió de regalo con motivo del Día del Padre (las mayúsculas son mías) el libro comentado (del que ya habrá leído casi unas cien páginas).

    Rolando

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