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© 2002 Olga Wornat
A Jorge Giacobone,
por todos los días de los años felices
A Joseph Contreras,
por el amor y la luz
INVESTIGACIÓN, ARCHIVO Y DOCUMENTACIÓN
KATHERINE CORTES GUERRIERI Y ALICIA ALESSI
Prólogo
Mi abuela se llamaba Doña María del Carmen López. No sabía leer, pero llegó al
puerto de Buenos Aires con un retrato al óleo de los Reyes de España y un libro
entre las manos. El autor del libro era el Reverendo Padre Tomás Péndola, y se
titulaba Consejos para la Juventud. El volumen tenía una tapa a colores en la
que se veía a un niño guiado por un sacerdote, y había sido impreso en la Casa
de Niños Expósitos de Madrid, en 1898. "Vivid, amados míos, en el temor a Dios",
aconsejaba el Padre Péndola. "El amor y las novelas conducen a muchos al
suicidio", advertía en los párrafos finales. Doña Carmen, mi abuela, nunca lo
leyó por sí misma, pero tampoco lo abandonó, a tal punto habían taladrado con la
Iglesia su cabeza; cargó setenta años con ese libro repleto de signos
desconocidos para ella, como se carga con los límites del destino, o con la
cruz.
Yo aprendí a leer antes de ir al colegio, apenas cumplí los cuatro años. A los
ocho, al tomar la primera comunión, podía leer el catecismo sin ninguna
dificultad. Sin embargo, aquel silencioso abismo de la Iglesia también apareció
frente a mis ojos. Frente a mis oídos, en realidad, porque el abismo provenía de
una voz susurrándome detrás de la esterilla del confesionario, una voz que me
preguntaba a mí, al niño de pantalones blancos, si alguna vez había cruzado la
calle sin permiso.
–¿Cómo?
–Sin permiso, hijo... si alguna vez has cruzado la calle solo...
–Sí, Padre.
Hubo un silencio, y luego la voz señaló que cada vez que cruzaba la calle sin
permiso, estaba pegándole al Señor Jesucristo un nuevo latigazo en la espalda.
Lo que decía la voz me afectó, y cerré los ojos. ¿Qué cosa vinculaba la calle
Chenault, en la parte pobre de Sarandí, con un látigo suspendido en el tiempo de
Jerusalén? ¿Tanto le dolería al Señor que fuera libre?
Yo era un niño que no quería pegarle latigazos a nadie, y que entonces rezó los
no sé cuántos padrenuestros y no recuerdo cuántos avemarias, llena eres de
gloria, bendita tú eres en la tierra sin látigos en la que los chicos cruzan la
calle con el viento en la cara.
Cuatro años más tarde, a mis doce, tuve mi última experiencia con la Iglesia,
cuando después de una pelea a los gritos con mi padre decidí escaparme de mi
casa en Mar del Plata. Comenzaba el invierno del '72 y pasé la primera noche en
un bar de la terminal de micros, y las dos siguientes dentro de una calesita
cubierta por una lona, en una plaza del centro de la ciudad. Pero el problema no
eran las noches sino los días, que se volvían interminables. En una de esas
mañanas eternas me detuve a mirar el edificio que se levantaba frente a la
plaza: era la catedral de Mar del Plata. Allí alguien me podría ayudar. Esperé
toda la mañana y gran parte de la tarde en un banco de madera, hasta que llegó
un sacerdote y le expuse mi problema: yo vivía ahí, enfrente, en esa calesita, y
me había ido de casa. Le ofrecí trabajar en lo que fuera a cambio de comida y
una cama. El Padre, con una sonrisa, declinó mi oferta.
–Imagínate, hijo mío, si todos los sin techo vinieran a vivir aquí a la
Catedral...
Le dije que sí, que claro, aunque no me lo imaginaba.
Creo que, desde aquella tarde, no volví a esperar nada de la Iglesia.
Cuando comprendí que nadie tiene en su poder las llaves del reino de Dios,
comencé a creer en la libertad.
Esta exhaustiva y brillante investigación de Olga Wornat habla de eso: de
pequeños hombres proponiéndose Grandes Fines, hundiéndose en la sombra del poder
y en la de su propia conciencia.
Jorge Lanata, Buenos Aires, julio de 2002
Horacio
Verbitsky y el vínculo Iglesia-Poder Militar
"Este trabajo es parte de un proceso colectivo"
El periodista y escritor desmenuza las historias y el contexto histórico de
libros como Robo para la Corona, El vuelo, Un mundo sin periodistas y El
silencio, que abre a partir de mañana la Biblioteca Horacio Verbitsky.
Por Silvina Friera
Sus libros instalaron temas en la agenda pública, pero no se los devoró la
coyuntura; perduran porque han pasado a la historia, enlazando de un modo
indisoluble hechos con procesos, lo micro (“yo robo para la Corona”, la frase de
José Luis Manzano) con lo macro. La corrupción menemista tuvo un cronista
implacable a la hora de vincular los negociados de un gobierno con el cambio de
paradigmas en el sistema internacional –la crisis del socialismo– y en el
movimiento peronista, que abandonaba las líneas centrales que constituyeron su
identidad. El paso siguiente fue demostrar la construcción de un poder absoluto
sin justicia ni control, y lo molesto que pueden resultar los periodistas. Con
el cambio de década y de siglo, colocó en la centralidad del debate social y
político los crímenes del terrorismo, y a la Iglesia como cerebro del brazo
militar durante la dictadura. Página/12 y Editorial Sudamericana ofrecen a
partir de mañana la Biblioteca Horacio Verbitsky, doce libros imprescindibles
para comprender la política argentina. Y para inaugurar la colección se presenta
El Silencio, una minuciosa investigación que revela el funcionamiento de un
campo de concentración en una propiedad eclesiástica, donde la patota de la
Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) escondió a 60 detenidos desaparecidos
durante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979.
La Biblioteca Verbitsky se completará con Hacer la Corte, La última batalla de
la Tercera Guerra Mundial, Ezeiza, Civiles y militares, El vuelo, La posguerra
sucia, Robo para la Corona, Hemisferio derecho, La educación presidencial, Medio
siglo de proclamas militares y Un mundo sin periodistas. El columnista de
Página/12 dice que nunca logra anticipar la repercusión que pueden tener sus
libros, pero admite que han instalado temas como la corrupción, la justicia, los
crímenes de la dictadura y el rol de la Iglesia y de las Fuerzas Armadas durante
la dictadura militar, entre otros.
–Una de sus investigaciones más emblemáticas fue Robo para la Corona. ¿Qué le
interesaba destapar con la corrupción menemista?
–Al principio no me atraía demasiado el tema de la corrupción porque,
desvinculado de las líneas centrales de un proceso político, me parecía un poco
vacío. El trabajo consistió básicamente en vincularlo con el proceso político,
porque la corrupción del gobierno de Menem era el ingrediente necesario en ese
momento de abandono por parte del peronismo de lo que habían sido las líneas
centrales de su identidad histórica, pero era también la etapa de la crisis
internacional del paradigma socialista. En consecuencia, las motivaciones para
la dirigencia dejaban de ser un proyecto determinado de país y pasaban a ser los
beneficios inmediatos.
–¿Por qué tuvo tanta repercusión ese libro?
–Creo que colaboró mucho el gobierno menemista, que reaccionó con un ataque tan
sistemático que hizo que mucha gente, que tal vez de otro modo no se hubiera
enterado o interesado, pensara que si reaccionaban de esa manera contra el libro
es porque debe haber cosas muy tremendas que no quieren que se sepan. Lo cual
era cierto, pero tuvieron la torpeza de ponerlo en evidencia.
–¿Cómo explica que El vuelo haya sido el libro que permitió que Scilingo fuera
condenado a 640 años de prisión?
–Scilingo está condenado porque es una persona que no se aguanta a sí misma por
lo que hizo, y que sólo puede encontrar sosiego en el castigo. Yo no lo busqué a
él, sino que Scilingo me interpeló en el subte y empezamos a conversar. Me tomé
varios días para verificar si realmente era quien decía ser, si tenía la
historia que decía tener, y recién cuando lo verifiqué empecé a investigar sobre
un tema que para mí era un deber moral. Tampoco pensé que iba a tener la
repercusión que tuvo porque no había ninguna preocupación en la sociedad por los
vuelos de la muerte. Eran los años de la plata dulce menemista, del “déme dos”,
de la euforia de los paraísos artificiales. Pero era la primera vez que uno de
los ejecutores del terrorismo de Estado confesaba. Al final de la dictadura y al
principio del gobierno de Alfonsín hubo suboficiales que contaron algunas cosas,
pero ninguno que lo hubiera hecho en primera persona y con datos concretos de
cuándo, cómo y dónde. Además asumía la responsabilidad y confesaba el daño que
le habían ocasionado los vuelos de la muerte y cómo le habían destruido la vida.
–¿En qué sentido la confesión de Scilingo marcó un antes y un después en la
sociedad argentina respecto de los crímenes del terrorismo de Estado?
–Hasta ese momento se conocían los episodios de la ESMA por el testimonio de los
sobrevivientes, las investigaciones judiciales y por las denuncias de los
organismos de derechos humanos, pero había un sector importante de la sociedad
que no terminaba de incorporar estos testimonios y que no lograba entender lo
que significaban para la Argentina. La aparición de este hombre cambió eso
totalmente; los sobrevivientes dejaron de ser parias y pasaron a ser reconocidos
por la sociedad. Inicialmente los sobrevivientes reaccionaron con mucha
violencia contra Scilingo, porque sentían que venía uno de los asesinos a
desplazarlos como la voz creíble del relato de lo que había ocurrido. Lo cual
era totalmente cierto, ellos ya lo habían dicho. Pero después de diez años
entendieron los aportes de ese testimonio, no para el conocimiento de los hechos
sino para la toma de conciencia del conjunto de la sociedad.
–¿Fue, en cierto sentido, como un segundo Nunca más?
–Desde entonces no hay dos versiones de la historia, y de hecho los militares
dejaron de negar los hechos; lo que tratan de hacer es justificarlos,
explicarlos, contextualizarlos, equipararlos con los actos de la guerrilla.
Incluso como línea de estrategia jurídica, hay muchos militares que están
entregando manuales que demostrarían que tenían órdenes de hacer lo que
hicieron. Abandonaron la estrategia de la negación por el testimonio de
Scilingo, que abrió un capítulo nuevo. Además de que los sobrevivientes dejaron
de ser parias, emergieron sectores no visibles de la sociedad como los hijos,
que recuperaron la dignidad de sus historias personales y las de sus padres. La
confesión de Scilingo fue de enorme importancia para la sociedad argentina. Hay
miles de discusiones posibles en torno de los hechos, jurídicas, políticas,
éticas, filosóficas; se pueden admitir opiniones muy diversas, pero después de
Scilingo lo que no se puede hacer es negar los hechos. También Scilingo fue el
primero en revelar el rol que tuvo la Iglesia. Cuando el almirante Mendía, que
era el comandante de operaciones navales, informó acerca del sistema clandestino
de asesinatos de prisioneros, dijo que ése era un método aprobado por la
jerarquía eclesiástica, que lo consideraba una forma cristiana de muerte. Y
cuando volvían de las misiones en las que arrojaban a las personas indefensas al
mar, y se sentían mal por lo que habían hecho, recurrían a los capellanes que
los tranquilizaban con parábolas bíblicas.
–¿Scilingo lo llevó a El Silencio?
–En realidad me devolvió a ese tema. Yo había publicado una nota en la revista
Página/30, pero nunca había podido profundizar la investigación, aunque siempre
había tenido el proyecto de hacerlo porque me parecía un caso único que un campo
de concentración hubiera funcionado en una propiedad eclesiástica. A partir de
la confesión de Scilingo retomé la investigación. En septiembre de 1979, cuando
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos vino a investigar las denuncias,
todavía la ESMA tenía unos 60 prisioneros que estaban dentro de lo que ellos
llamaban “proceso de reeducación”, copiado de la guerra de Argelia, y que fue
inventado por una asociación católica integrista, Cité Catholique, que trabajaba
dentro del Ejército y de la Iglesia francesa. Ese proceso consistía en
convertira los prisioneros detenidos en agentes de Inteligencia propios mediante
un trabajo de adoctrinamiento católico. Logré documentar muy bien cómo se
trasplantó ese proceso a la Argentina, pero lo novedoso era cómo la Iglesia
participaba de ese proceso y cómo estaba al tanto de cada uno de los detalles.
Encontré un documento del gobierno de los Estados Unidos en el que el embajador
norteamericano en la Argentina describía a su Cancillería el proceso de
recuperación con un grado de detalle asombroso, y señalaba que su fuente era el
nuncio apostólico Pio Laghi.
–Un mundo sin periodistas es de fines de la década del ’90 y da cuenta de la
sistemática persecución del gobierno menemista contra el periodismo. ¿Cómo
vincularía el tema de este libro con la relación de Néstor Kirchner con la
prensa?
–El gobierno de Menem promovió muchos juicios contra los periodistas, los
amenazó y hubo muchas agresiones físicas. Intentó reformar las leyes para
establecer penas más graves, y mediante la denuncia internacional y la
organización de grupos de periodistas, conseguí que se derogara la ley de
desacato que se usaba para la persecución. La situación actual me parece
totalmente distinta. En el prólogo de aquel libro advertía que la nueva amenaza
que hay para la libertad de expresión era la concentración de la propiedad de
los medios y la aparición de personalidades vinculadas con la corrupción de la
política, que invertían dineros mal habidos en los medios. Eso se ha concretado
con creces, y en ese sentido creo que el déficit más grande del actual gobierno
fue cuando prorrogó por diez años todas las licencias de radio y de televisión.
En vez de favorecer el ingreso de nuevos sectores, cristalizó esta situación. Si
bien benefició a todos los actuales licenciatarios, fue una medida con nombre y
apellido porque justamente aquellos medios audiovisuales que expresaban esa
canalización de dineros espurios de la corrupción estaban en convocatoria de
acreedores, y la prórroga los salvó de la quiebra. Me parece un gravísimo error
de este gobierno. En cuanto a las declaraciones de Kirchner, lo que hace es
recordarles a muchos medios el comportamiento que tuvieron durante la dictadura
y eso me parece que está bien, es legítimo precisar quién es quién. Si lo hace
respecto de los militares, de los empresarios, por qué no lo podrá hacer con el
diario La Nación. Además este diario, a través de Escribano, le presentó a
Kirchner, aun antes de asumir, cinco puntos de un pliego de condiciones donde le
detallaban lo que tenía que hacer si no quería ser derrocado, y uno de los
puntos principales era no avanzar con los juicios por los crímenes de la
dictadura. Poner eso en evidencia me parece razonable. Lo que el Gobierno
debería hacer es avanzar en la democratización, permitir que se expresen otros
sectores de la sociedad que no sean sólo los grandes medios y tomar medidas que
impidan la consolidación de negocios monopólicos. Si cada vez que un medio
critica lo que el Gobierno hace, la respuesta será recordarles lo que el medio
hizo durante la dictadura, me parece que estamos adelgazando el espesor de un
debate que es muy importante.
–¿Sigue una especie de “método Walsh” como periodista? ¿Sería algo así como el
Walsh de los ’90?
–Hay muchas cosas que aprendí de él, básicamente una actitud que es política,
ética, de entrega al trabajo y de identificación con un proyecto popular, de
poner nuestro trabajo periodístico no al servicio de un fenómeno individual sino
como parte de un proceso colectivo, y de asumir riesgos por eso. Me enseñó mucho
el valor del archivo, de la búsqueda de información, de la sistematización. No
sé si soy el Walsh de los ’90, soy la persona menos apropiada para opinar. Esa
valoración la tienen que hacer otros.
El poder eclesiástico, el poder militar
¿Por qué la Iglesia en la Argentina está tan vinculada con el poder militar?
–La Iglesia argentina fue arrinconada en el siglo XIX por el proyecto liberal de
secularización. A partir de la primera década del siglo XX, cuando la
inmigración comenzó a expresarse política, social y sindicalmente, la burguesía
liberal, que había organizado el país y que había iniciado su proceso de
secularización, no tenía una respuesta frente a este desafío que le planteaba la
agitación social de los años previos al centenario de la Revolución de Mayo. La
Iglesia desplazada, con un rechazo firme por parte de la clase trabajadora –hay
testimonios de la época que muestran que un sacerdote no podía asomarse a las
calles de Buenos Aires sin que lo corrieran a pedradas–, inició un largo y
deliberado proceso de recuperación de posiciones. Y eligió a un actor social
nuevo, el Ejército. Se dio un proceso paralelo: por un lado la Iglesia marginada
por la burguesía liberal quiso recuperar posiciones en la sociedad, y por otro,
la burguesía liberal no fue capaz de expresar su hegemonía en un partido
político que la representara dentro de ciertas reglas del juego democrático. La
confluencia de estos dos factores provocó que todo ese trabajo de la Iglesia
sobre las Fuerzas Armadas, de inculcarles concepciones totalitarias,
integristas, según las cuales la democracia representativa era corrupta y
contraria al bien común y a las leyes de Dios, fuera asumido por esa burguesía
que no tenía una representación en el sistema político, y confluyera en el
primer golpe militar de 1930, que es de inspiración eclesiástica. El gabinete de
Uriburu estuvo formado por la Iglesia y por los abogados de las grandes
compañías transnacionales. La idea de la nación católica se fue afirmando como
un núcleo duro de la ideología de las clases dominantes en la Argentina. Y como
siguieron sin tener una expresión política que las representara, los golpes
sucesivos fueron inspirados por esta conjunción entre intereses económicos
oligárquicos e ideología integrista católica.
Padres Nuestros. La Iglesia que desobedeció al poder
Documental realizado por H.I.J.O.S. sobre el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) que buscaba construir una iglesia junto al pueblo y a las luchas populares de liberación que se dieron en los 60' y 70'. (Documental en 4 partes disponible en Youtube)
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