|

|
|
|
3.
"Estoy dispuesto a morir pero no a matar"
–Cuando llegué corriendo al lugar había un charco de sangre. Me acuerdo que
llovía en la villa. Y a mí me temblaban las manos, el cuerpo, y sentía que
la cabeza me estallaba. Me quedé duro, parado frente al charco de sangre. Y
de pronto un hilo rojo comenzó a bajar por las canaletas de la vereda, hacia
la tierra donde había un árbol. La lluvia caía intensamente y la sangre se
deslizaba hacia la tierra. La tierra chupó la sangre de Carlos. Se chupó
toda la sangre. Parecía un milagro de Dios ante tanta locura...
Hacía veintiséis años que una ráfaga de metralleta había destrozado el
cuerpo del sacerdote Carlos Mugica, pero el hombre hablaba como si todo
hubiera sucedido hacía apenas unos días. Su voz sonaba entrecortada y tenía
los ojos cargados de lágrimas. Se quedaba largos ratos en silencio, con la
mirada fija en una de las paredes de aquella habitación pequeña y austera,
recordando detalles y dolores, añejos pero aún punzantes.
Carlos Mugica y Orlando Yorio habían sido compañeros.
Más que eso, amigos y cómplices de sueños y utopías. Mugica fue el líder, el
más carismático de aquellos hombres del Movimiento de Sacerdotes del Tercer
Mundo (MSTM) que apostaron al cambio desde la estructura religiosa, el
exponente de una generación que provocó un cisma en la Iglesia Católica
argentina, y que acompañó a los movimientos revolucionarios que surgían en
Latinoamérica y otras partes del mundo. Y Yorio había sido uno de esos
implacables y fieles militantes de sotana de la orden de los Jesuitas, que
sacrificaron todo atrás de un ideal.
Una cama, una mesa de luz, una cruz de madera en la pared, una pequeña
biblioteca atiborrada de libros era todo lo que parecía quedarle de aquella
revolución inconclusa. Eso y los recuerdos. A través de la ventana, llegaba
a la habitación el canto de los pájaros y las voces de los niños jugando en
la calle de tierra. Una brisa destemplada venía desde el río. La casa estaba
ubicada a unos veinte minutos de ómnibus desde Montevideo, la capital del
Uruguay.
Yorio tenía entonces sesenta y cinco años y una salud resquebrajada por la
impiedad de los verdugos de la Escuela de Mecánica de la Armada, la famosa
ESMA, donde había permanecido encerrado en calidad de detenido desaparecido
durante seis meses, en 1977, junto a Francisco Jalics, otro jesuita. Había
sido salvajemente torturado, pero las presiones del Vaticano y del Papa
Paulo VI sobre el dictador Videla, surtieron efecto y una noche fueron
liberados en un descampado de la provincia de Buenos Aires.
Un domingo de abril de 2000, Yorio recordó frente a mí su profunda amistad
con Mugica y la militancia de ambos en el MSTM. Los tumultuosos conflictos
con la jerarquía eclesiástica, la locura, la muerte y también las derrotas
posteriores, se robaron toda la conversación. Cada media hora, Leonor, amiga
fiel y compañera de la vida, ingresaba a la habitación para controlar su
presión arterial y su estado emocional, intensamente movilizado por el
repaso del pasado. Pocos meses después, Orlando Yorio moría de un paro
cardíaco. Se fue en pleno sueño, sin sufrimientos. Su cuerpo está enterrado
en el cementerio de Montevideo, la ciudad que lo cobijó cuando tuvo que
salir de Buenos Aires, bajo la presión de las amenazas de los mafiosos de la
bonaerense.
Martín de Biase, en su libro Entre dos Fuegos, vida y muerte del sacerdote
Carlos Mugica, contó que un mes antes del trágico 11 de mayo de 1974, Carlos
Mugica había buscado refugio, como tantas otras veces, en Los Toldos, una
localidad de la provincia de Buenos Aires donde el padre Mamerto Menapace,
su amigo y compañero desde 1969, lo esperaba para un retiro espiritual.
Necesitado como nunca de amor y protección, Carlos le escuchó hablar a
Mamerto acerca de "la violencia de la luz y la violencia de las sombras".
Aquellas palabras se le clavaron en el medio del pecho, recordó Yorio.
Turbado y conmovido, le oyó explicar que toda verdad, por el sólo hecho de
manifestarse, ejerce presión sobre aquel que no la acepta. Esa es la
violencia de la luz. Esta actitud de compromiso, conmueve siempre al opresor
y puede despertar en él una de estas dos reacciones opuestas: que acepte esa
verdad y se convierta o, por el contrario, que agreda a quien predica la
verdad. En este caso, estamos ante la violencia de las sombras... En
consecuencia, decía Mamerto, ponerse a la luz cuando las sombras andan
sueltas es un peligro y, si alguien opta por esa violencia, lo más probable
es que lo maten.
Después
del retiro del que participaron muchos otros sacerdotes, los dos amigos se
quedaron a solas. En el libro, Martín De Biase relata que el padre Menapace,
rompió entonces el silencio y le preguntó:
–¿No tenes miedo de que te maten?
–No, no tengo miedo de morir. De lo único que tengo miedo es de que Aramburu
me eche de la Iglesia ––le había respondido Mugica, refiriéndose al
poderosísimo arzobispo de la ciudad de Buenos Aires.
Entonces, Menapace le aseguró:
–Yo no sé si Aramburu puede ponerte frente a la situación de irte, pero de
lo único que podes estar seguro es que, pase lo que pase, Dios te va a ser
fiel.
Mugica escuchó como a una profecía cada una de las palabras de su amigo. La
Iglesia, la que lo vio nacer en Cristo y la que lo vería morir a su puerta.
La gran madre de la que nunca imaginó salir, porque prefería entregar la
vida, apagarse, antes de que se apagase alguna luz de su gran casa. Ésa, su
madre, no lo abandonaría. Eso creía.
–La Iglesia es a la vez santa y prostituta. Pero aun con todas sus
deficiencias sigue siendo mi madre. Y, aunque la madre de uno sea una puta,
uno la sigue queriendo inmensamente –explicaba Mugica, parafraseando a San
Agustín con la ductilidad que creía necesaria para que los otros, que en
algunos casos eran agnósticos y en otros de entendederas cortas, lo
entendieran y sobre todas las cosas lo aceptaran.
Como en una pieza de teatro en la que los actores adelantan el diálogo de
escenas futuras, Mugica y Menapace se despidieron con un abrazo. Carlos le
había dicho: "Hermano, este año muchos nos vamos a encontrar con Dios".
Después del asesinato, Menapace juró: "Realmente se encuentra junto a Dios".
–Yo solamente le temo a la tortura. La tortura destruye a la gente, la
aniquila. Le pido a Dios que no me toque nunca. Pero la muerte, sé que no me
da miedo. Dios está cerca y yo estoy listo –decía Mugica de manera
insistente, sofocado por el presagio de un final cercano que lo acosaba, y
que finalmente lo atrapó en un torbellino siniestro.
"(...) Un hombre y un sacerdote, que no había vacilado en su vida en asumir
netamente posiciones divisivas, se vio rodeado en su muerte de hombres y
mujeres de todas las clases y tendencias, es decir: de los segmentos
superiores e inferiores, diestros y siniestros, que integran (o desintegran)
la sociedad argentina. Por otra parte, una muerte que es indiscutiblemente
resultado de causas políticas. Fue acompañada y celebrada con la mayor
seriedad religiosa, sin ninguna nota disonante, si no es por una tardía y
equívoca, que despertó la oposición de los presentes. Nadie podía dudar que
allí se enterraba a un sacerdote, no a un militante político", decía el
entonces sacerdote Jorge Mejías, director de la revista católica Criterio,
en un editorial escrito a raíz del asesinato de Mugica. Y había más:
"(...) No se trata de hacer panegíricos. No los hubo felizmente en la
Recoleta. Hubieran quedado minúsculos ante la realidad de la muerte. Como
alguien ha hecho notar, el padre Mugica era una contradicción viviente.
Nadie puede negar la profundidad y sinceridad de su compromiso sacerdotal,
marcado por un vibrante amor por los pobres de este mundo, o quizás, para
ser más exactos, por los marginados de nuestra sociedad de consumo. Había
que ir a la villa la noche del domingo 12 para comprobarlo. Aquella
muchedumbre de hombres y mujeres había perdido su norte. Habían perdido a
quien no se conformaba con asistirlos, sino que procuraba hacerlos
conscientes de sí mismos y caminar con sus propios pies, para reivindicar
sus derechos".
–Carlos no huía del mundo. Podría haber sido asesinado en un mitin político,
en un bar mientras conversaba con una chica o a la salida de un cine. En
cualquiera de esas circunstancias su imagen habría tenido una connotación
diferente a la que luego permaneció. Sin embargo, era y se sentía sacerdote.
Cayó como cura, en la puerta de una parroquia y después de haber celebrado
misa. Dios le fue fiel –reflexionó finalmente Yorio.
Saludos a las sirvientas
A los veintidós años, Mugica se había acercado a la Iglesia sin imaginar que
la fe iba a marcar profundos surcos en su camino y que su vida iría a
transformarse en un sendero apasionante, sufriente y liberador para tantos,
aunque trágico para él.
–Empezó a trabajar en grupos de Acción Católica, en el Santísimo Sacramento.
Era rubiecito, con dos faroles celestes como ojos, y muy flaquito e
inquieto. No había cumplido los trece cuando colaboró por primera vez y
tenía el deseo oculto de ser o parecer más grande. En estos años creo que
empezó su vocación sacerdotal. Fue muy gracioso verlo en una procesión
barrial de la Virgen. Le había pedido prestado un pantalón largo a su
hermano mayor, porque él aún no tenía edad para usarlos. El resultado fue
que cada, dos pasos, se agarraba con una mano los pantalones que le sobraban
por todos lados y que se le caían a pesar del cinturón –contó emocionado el
padre Alberto Carbone, quien a los setenta y tres años, es cura párroco de
la iglesia Nuestra Señora de la Paz, en el Barrio Obrero Rivadavia, del
partido de Merlo-Moreno.
Carbone está hoy totalmente alejado de la exposición pública a la que fue
sometido a principios de los años setenta, cuando su nombre aparecía en
titulares cuerpo catástrofe en los diarios, que lo exhibían como cura
montonero y lo ligaban al asesinato del ex presidente de la dictadura, Pedro
Eugenio Aramburu. En su casa se había encontrado la máquina de escribir en
la que los guerrilleros habían escrito el comunicado adjudicándose el hecho,
situación que lo llevó a la cárcel. Carbone se mantiene lejos de las
reuniones de las cúpulas eclesiásticas, pero nunca está ausente de donde
militan la pobreza y la necesidad, como en sus años de juventud.
–Yo lo quería muchísimo. Carlos era un tipo especial, lleno de vida y amor
por los pobres. Y profundos deseos de cambiar el mundo. No medía los
riesgos, se metía en todas partes, peleaba contra los poderosos, se jugaba
por lo que pensaba.. Fue el gran exponente del movimiento liberador que
empezó a gestarse en aquellos años adentro de la Iglesia y que luego fue
aplastado por los de arriba. A veces pienso qué hubiera sido de él si hoy
estuviera vivo. Creo que no era de este mundo... –dice Carbone con
melancolía.
Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe, tal su nombre completo, había nacido
el 7 de octubre de 1930. Apenas un mes antes se había producido el primer
golpe militar que registró la historia argentina: el 6 de septiembre el
gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen caía derrocado por un
movimiento revolucionario liderado por el teniente general José Félix de
Uriburu.
Tercero entre siete hermanos, todos se habían criado en un amplio y antiguo
piso de estilo francés, de la calle Arroyo 844. Cuando la familia terminó de
ampliarse y los hijos estaban medianamente crecidos, los Mugica se mudaron a
un edificio no menos distinguido, sobre la calle Gelly Obes 2230.
El jefe de tan prolífera familia era ingeniero civil, abogado y político del
muy conservador Partido Demócrata. Se llamaba Adolfo Mugica. Su mujer,
Carmen Echagüe, hija del ex gobernador de la provincia de Buenos Aires,
Pascual Echagüe, había soñado siempre con que uno de sus hijos fuera
sacerdote. Carlos cumplió con el deseo materno, aunque difícilmente ella
hubiera imaginado un sacerdocio como el suyo. Carlos Mugica se metió a ser
cura por amor a los pobres y por amor a Cristo. Nunca se imaginó escalando
puestos dentro de la conservadora Iglesia argentina de esos años, a pesar,
de que por su origen social, tenía todo lo que se necesitaba para llegar a
la cúspide. Consciente del dolor de cabeza constante que significaba para su
madre, Carlos Mugica vivía comprándole sus dulces preferidos y le decía:
–Esto es para endulzar los disgustos que te traigo.
Aunque en un momento de su vida definió claramente su opción por los pobres,
y la practicó entre otras cosas con su trabajo diario en las villas, siguió
viviendo largos años con sus padres.
–Me gusta charlar y discutir con papá, que sigue siendo "gorila" en algunas
cosas, y leer el diario y comentarlo juntos por la mañana –explicaba. Así
era Carlos, un burgués que se refugiaba en la villa y un villero que
descansaba en la casa familiar de la calle Arroyo.
María Marta, la menor de sus hermanas, definió una vez a su familia como
"tradicional, con dos valores esenciales: la patria y la religión". Y él
reconocería después que durante su juventud no había tenido en cuenta el
mundo de los humildes y que en aquellos días, cuando escribía cartas a su
familia, las terminaba siempre con esta frase: "Saludos a las sirvientas".
Ese sacerdote al que todos conocieron como "el cura de Perón" había sido en
sus orígenes profundamente antiperonista. Y además, el único entre siete
hermanos que jamás se educó en colegios católicos.
Mugica cursó sus estudios primarios en la escuela estatal Cinco Esquinas, de
Libertad y Quintana y los secundarios en el Nacional Buenos Aires, donde fue
un alumno de regular para insuficiente. Se llevó muchas materias a
diciembre, varias a marzo y fue suspendido por mala conducta en cinco
oportunidades. Su familia no tuvo otra alternativa que enviarlo a cursar
tercer y cuarto año al ILSE. Allí las cosas mejoraron. Quizá como una manera
de tomarse revancha, se esforzó durante esos dos años, volvió al Colegio
Nacional para cursar quinto año y terminó graduándose allí.
Fanático del fútbol, ni bien terminó el secundario fue a probarse al Club
All Boys, pero no pudo ingresar al plantel: había cumplido los dieciocho y
estaba excedido en edad para la categoría amateurs, cuyo tope eran los
diecisiete años. Pero su amor por el fútbol no terminó en sueño frustrado:
no perdió oportunidad para mezclarse en picados con los cracks de la época,
con los que jugó tan en serio como un profesional. Arroyo, así se llamaba el
equipo que integraba junto a sus amigos Ricardo Pereyra Iraola, los dos
hermanos Tezanos Pinto y los Rodríguez Larreta. Mugica llevaba la camiseta
número diez, la del habilidoso estratega.
Siguiendo los pasos de su padre, ingresó a la Facultad de Derecho de la
Universidad de Buenos Aires (UBA). Allí conoció a Roberto Guevara Lynch,
hermano del Che y se hicieron amigos. Algunos años después, ambos viajarían
a Bolivia para reclamar los restos de Ernesto Guevara.
Cursó dos años de abogacía con muy buenas calificaciones, pero su vocación
sacerdotal pudo más y en marzo de 1952 ingresó al Seminario de Villa Devoto,
donde lo esperaba una férrea disciplina. El padre Héctor Botan, compañero de
Mugica en el seminario y luego en el MSTM, recordó así esa etapa
preconciliar:
–Éramos dóciles, no cuestionábamos las reglas establecidas, y en ese tiempo
Mugica no era especialmente rebelde. Por el contrario, era conocido por su
disciplina y sujeción a las normas. Si nos mandábamos alguna chiquilinada,
por menor que fuera, Carlos se arrepentía y confesaba. No delataba a los
otros, pero los superiores lo averiguaban a raíz de su relato.
Su disciplina y su obsesión por superarse quedó reflejada en una libretita
que llevaba siempre consigo y en las luchas por temas que se conservan en el
archivo del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS, jesuítas). Allí
constan, día por día, las cosas en las que se proponía mejorar y las
acompañaba –escritas de puño y letra– con citas y frases como éstas:
"Me preocupa ser el factor de pecados de otros. Tengo mucho amor propio."
"Tengo dudas sobre mi salvación y aflojo en mis propósitos, me cuesta mucho
estar dispuesto a lo que venga, a la cruz si es necesario."
"No entiendo por qué el Señor me permite estas vacilaciones egocéntricas."
Ciertos apuntes de ejercicios revelan prácticas ya superadas, como cuando
hablaba de los "propósitos de mortificación ".
Mugica numeraba: "1) usar cilicio toda la cuaresma, una vez al día durante
una hora; 2) disciplina los viernes y cuando haya faltas que reparar...; 4)
leer someramente el diario en espectáculos y deportes... ". Entre los
propósitos a corregir figuraba: "Comportarme en clase. Serenidad en el
fútbol".
"Es necesario que olvide todas aquellas cosas que no tienen que ver con la
búsqueda del reino de Dios: fútbol, comida, alegrías algo mundanas.
"Debo tratar de hacer lo más agradable a Dios, lo más perfecto.
"Vivir más recogido porque quiero cumplir perfectamente con la voluntad de
Dios. Puntos débiles: la comida y la falta de humildad en las
conversaciones, y un sentimiento de inferioridad que me produce cierta
inquietud.
"A esto me ayudará el pensar en la humildad de Jesús hista los 30 años,
permaneciendo escondido a pesar de ser quién era, y la de su Bendita Madre
durante la concepción y después del nacimiento, siempre escondida."
Aunque ya desde esa época se proponía controlar los excesos de su
personalidad, su entrañable amigo Ricardo Capelli recordaría muchos años
después facetas que hablaban muy en contrario y que fueron su sello a pesar
de sus esforzados intentos plasmados en su pintoresca libretita.
–Era capaz de putearte en plena calle y después te llamaba a las tres de la
mañana para pedirte perdón. Aunque se lo aceptaba, él insistía en darte
explicaciones. ¡Y el malhumor!!! Era terrible, sobre todo cuando jugaba al
fútbol y su equipo iba perdiendo. Se ponía tramposo: si hacían el gol del
empate, empezaba a gritar: "Es la hora, es la hora, hora, referí", aunque
aún faltaran cinco minutos.
Además estaba siempre ocupado y entonces decía pequeñas mentiras para seguir
en lo que le interesaba. Una vez vino una mina de Barrio Norte para pedirle
la extremaunción para su padre. Carlos me dijo: "Decíle que no estoy". Diez
minutos después corría desorbitado y gritando: "¡Qué cagada!¿Dónde está esa
mujer?".
De su impulsividad también dio cuenta su amigo y compañero del seminario,
Alejandro Mayol, quien se popularizó en los años sesenta como el Padre
Alejandro. Con su guitarra a cuestas, Alejandro cantó, grabó discos, hizo
shows en televisión –algo insólito para un integrante del clero de esa
época– y fue el ideólogo y coautor, junto a Ariel Ramírez, de La Misa
Criolla.
–A Mugica lo llamábamos La Bestia porque era inagotable, emprendedor para
todo. Para rezar, discutir, bromear, estudiar... Devolvía los libros
irreconocibles, todos marcados con anotaciones propias. Comía y dormia como
si fuera el último día–recordó Mayol.
El enfrentamiento entre Perón y la Iglesia argentina repercutió en las
costumbres del seminario. Luego del intento de golpe "gorila" del 16 de
junio de 1955, las iglesias del centro y de la zona norte, como Vicente
López y San Isidro, fueron incendiadas. También ardieron los ochenta mil
libros y legajos, algunos de la época de la Colonia, de la biblioteca de la
Curia. Y hasta surgió en el seno del gobierno la idea de tomar y expropiar
la Catedral de Buenos Aires. Se vivía un clima de inseguridad y amenazas, y
frente a la desprotección, les permitieron a los seminaristas irse a sus
casas, al principio, una vez por mes; luego una vez por semana; y también se
toleró la ropa de calle.
En septiembre de 1955, al ocurrir el derrocamiento de Perón, Mugica
trabajaba en un conventillo de la calle Catamarca, con el padre Iriarte,
quien muchos años después recordaría así aquellos días:
–Su padre estaba prófugo, dos de sus hermanos en la cárcel y Carla había
reconocido haber participado "del júbilo orgiástico de la oligarquía" por la
caída de Perón. El festejó la caída del régimen junto a su amigo Ricardo
Capelli, pero desde ese momento algo cambió en él. "Si el pueblo está
triste, yo estoy en la vereda equivocada. Cuando volvía a casa, a mi mundo
que en esos momentos estaba paladeando la victoria, sentí que algo de ese
mundo ya se había derrumbado, pero me gustó ", reconoció. Y a partir de allí
trazó una diferencia con la burguesía a la que pertenecía.
–Soy un converso al peronismo y los conversos, dicen, son más fanáticos–
advertiría años más tarde Mugica.
Probablemente en su conversión al peronismo operó un doble sentimiento de
culpa: él pertenecía a la Iglesia y provenía a la vez de la alta clase
social, y tanto una como la otra, habían apoyado y festejado en la primavera
de 1955 el derrocamiento de Perón. De ahí que luchó el resto de sus días
para revertir la idea que muchos pobres tenían sobre la Curia; para ellos
los señores de las catedrales se identificaban con la oligarquía y los
regímenes opresivos. No fue una tarea fácil. Y de haber estado con vida
durante la dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983, hasta le hubiera
resultado imposible. Para lograrlo, se integró a los grupos de seminaristas
que realizaban actividades misioneras en el interior del país.
En 1956 su padre pasó a integrar la Junta Consultiva Nacional del nuevo
gobierno militar y luego, durante el gobierno de Arturo Frondizi, pero ya en
1961, fue ministro de Relaciones Exteriores y Culto. En 1956, también
ingresaron nuevos profesores al seminario. Uno de ellos fue Jorge Mejía,
director de Criterio, quien actualmente es el Cardenal encargado del Archivo
del Vaticano y presidente de la Congregación para los Obispos. Entre los más
renovadores, además de Mejía, se contaban los teólogos Lucio Gera y Rafael
Tello. Los nuevos directores espirituales fueron Carmelo Giaquinta y Jorge
Vernazza, este último uno de los principales referentes del MSTM en Capital
Federal. Y todos ellos influyeron en Carlos Mugica.
Según el padre Iriarte, su ultra católica y conservadora familia vivió
abrumada por la manera que tenía aquel hijo de vivir el sacerdocio. Y tenía
sus motivos:
–De alguna manera él siempre se encargaba de implicarlos, usando las
propiedades familiares o enfrentando a sus padres con la realidad de los
pobres. Era sabido que si el fin de semana hacía calor, Carlos irrumpía en
la quinta familiar que tenían en Berazategui con un séquito de gente
humilde. Entraban todos juntos y ahí nomás se tiraban a la pileta. Era
curioso ver cómo su madre, su padre y sus hermanos iban desapareciendo poco
a poco. Uno a uno se replegaban en el interior de la casa.
Nadie pudo entender nunca cómo Adolfo Mugica, cajetilla y antiperonista como
era, no le prohibía a su hijo hacer estas cosas. Por el contrario,
disfrutaban mucho de la compañía mutua y de las discusiones ideológicas que
el sacerdote remataba con alguna broma:
–Gracias a mí, vos podes mandarte cualquier cagada porque tenes acomodo en
el cielo– le decía riendo a su padre.
Su ordenación
Después de ocho años de estudios en el Seminario Metropolitano, Mugica se
ordenó el 21 de diciembre de 1959 en la Catedral de Buenos Aires. La Iglesia
Católica argentina tenía en ese momento al cardenal Antonio Caggiano,
arzobispo de Buenos Aires, como máxima autoridad.
Aquella fue una ordenación numerosa y algo rebelde. Conservador a ultranza,
el arzobispo de Buenos Aires pretendía realizar la tonsura en las cabezas de
los quince nuevos sacerdotes, pero no logró que ninguno de ellos se
propusiera espontáneamente para quedar medio calvo. Entonces, Caggiano les
dijo a cada uno en el momento de imponerle las manos:
–Lo consagro con la condición de que se haga la tonsura.
Sus palabras causaron irritación en los quince nuevos curas. Sabían que la
consagración no debía concretarse con amenazas paternalistas, sino en
recogimiento y silencio. De ahí en más, la relación entre los jóvenes
renovadores y la jerarquía eclesiástica fue cada vez más distante.
Carlos Mugica corría sin embargo con ciertas ventajas: su padre era amigo de
monseñor Caggiano, así que el cardenal lo nombró a principios de 1960, y con
sólo veintinueve años, en el secretariado de la Curia. Ése era un cargo que
sacerdotes de mayor antigüedad se desvivían vanamente por alcanzar. Pero
Mugica no demostró ningún apuro. Le comunicó al arzobispo que pasaría un año
en misiones rurales junto a monseñor Juan José Iriarte, que acababa de ser
designado obispo de Reconquista, y que luego estaría a su disposición para
ejercer su función en la Curia. Y así fue.
Las miserables condiciones de vida de los hacheros terminaron de definir su
compromiso con los más humildes. De uno de sus primeros confesores del
seminario, el padre Alejandro Aguirre, Mugica había aprendido una enseñanza
que nunca olvidaría: "La felicidad está en las cosas de los demás". A los
sin nada no le cabía otra.
Su primera experiencia pastoral la tuvo en 1961, cuando se lo asignó a la
parroquia Nuestra Señora del Socorro, en la calle Carlos Pellegrini 1535,
casi Juncal, como vicario cooperador y administrador de los sacramentos.
Allí debió soportar críticas por su referencia al compromiso social
cristiano y "porque se metía demasiado en política", al decir de los fieles
de esa distinguida comunidad.
Un episodio memorable fue el del 7 de julio de 1963. Por obra y gracia de la
proscripción del peronismo, ese día resultó electo presidente el radical
Humberto Arturo Illia, por sólo el 23 por ciento de los votos. Ante una
feligresía constituida en su gran mayoría por fervientes antiperonistas,
Mugica se lamentó en su homilía:
–Hoy es un día triste, la mayoría del pueblo ha quedado fuera del comicio...
Uno atrás de otro, los fieles se fueron retirando del templo y el párroco
Miguel Lloverás le pidió de ahí en más que se ciñera sólo a "cuestiones
religiosas".
Pero hubo varios episodios más de enfrentamiento entre Mugica y sus
feligreses. En noviembre de 1964 uno de ellos lo tildó públicamente de
comunista y a consecuencia de esto él pidió muy ofuscado su retiro.
–Unas estúpidas señoras gordas le dijeron al párroco que yo hacía política
en misa– explicó fastidiado.
En ese tiempo fue designado asesor de la Acción Católica en el Colegio
Nacional Buenos Aires y en las facultades de Ciencias Económicas y Medicina,
de la UBA, donde actuaba la Juventud Universitaria Católica (JUC).
Tanto la ACA como la JUC habían recibido más elogios que críticas, cuando se
vivía en un clima preconciliar. Ya en 1962, se concretó la renovación de
autoridades y asumió la presidencia Francisco del Campo. Se sumaron, además,
presbíteros de gran capacidad intelectual y compromiso que más adelante
serían integrantes del MSTM. Eran: en la UBA, Alejandro Mayol (Farmacia y
Bioquímica), Pedro Gelman (Arquitectura), Domingo Bresci y Rodolfo
Ricciardelli (Ingeniería) y Carlos Mugica (Ciencias Económicas y Medicina).
Otros vinculados de manera informal fueron Lucio Gera, Rafael Tello y Miguel
Masciliano.
Desde un comienzo Mugica se transformó en un líder natural. Lo admiraban y
tomaban como modelo por su espíritu de lucha y su compromiso. Si alguien no
tenía una vida coherente, le pedía que no participara más. Era impulsivo y
una vez echó a una chica porque tenía un Rolex. Sus actitudes, más el
fantasma que sobrevolaba a toda la sociedad y especialmente a la jerarquía
eclesiástica argentina, acusaban a la JUC de marxista.
Desde 1963, Mugica también se desempeñaba como profesor de Teología en las
facultades de Psicopedagogía y Derecho, de la Universidad del Salvador. Sus
clases eran desestructuradas y simples, pero siempre apasionantes y
generadoras de polémica. No era un pensador teórico sino vivencial y sus
alumnos lo amaban. Hasta tal punto que le solicitaron algo inusual al
director del Departamento de Teología, el jesuíta Ignacio Pérez del Viso:
volver a tener al padre Carlos como profesor al año siguiente.
Por esos días, el clérigo que más suspiros arrancara entre sus feligresas,
hizo también su primera aparición en los medios: una homilía por semana en
Radio Municipal.
Siempre omnipresente, montado en su moto Gilera y con su pequeña agenda en
el bolsillo, él se las arreglaba para estar en todos los lugares en que lo
necesitaran. Llegaba tarde a las reuniones y se retiraba antes para ir a
otra. Para muchos era extraño, pero a la vez pintoresco y saludable, que
aquel profesor de Teología, cura de la Iglesia del Socorro, sacerdote radial
y a la vez secretario del arzobispo de Buenos Aires, fuera a la cancha los
domingos y se desplazara en moto por toda la ciudad. Pero, para Mugica, era
simplemente ser él.
A ciertas horas cumplía con la ortodoxia y usaba sotana negra y breviario en
el bolsillo. En la calle, como una copia de James Dean: campera de cuero y
polera negra, regalo de su hermano Alejandro, al que más amaba de la
familia. Con el tiempo, la sotana se fue transformando en una túnica raída,
y un pulóver gastado y sucio reemplazó la polera de firme color negro.
Contacto montonero
Cuando en 1964 Mugica volvió a su colegio, el Nacional Buenos Aires, como
asesor de la Juventud de Estudiantes Católicos (JEC), una rama de la Acción
Católica Argentina (ACA), conoció allí a los futuros integrantes de
Montoneros.
Mario Eduardo Firmenich, Carlos Gustavo Ramus y Fernando Abal Medina, eran
por entonces militantes de Tacuara, una organización de extrema derecha,
clerical y antiperonista.
Mugica podía comprender a algunos de esos muchachos –él también había sido
antiperonista– pero tenía profundas diferencias de metodología y también
ideológicas. En ningún momento olvidó que era un ministro de Cristo en la
tierra y continuó fiel a la prédica del Evangelio. Según las autoridades de
la ACA, la JEC –que Firmenich presidía– era la menos importante de las tres
agrupaciones que componían la Quinta Rama Especializada. Las reuniones se
realizaban semanalmente en Alsina 830. En esas horas de encuentro había un
primer espacio para la oración, el siguiente para dialogar sobre la relación
del adolescente con la sociedad y finalmente sucedían las conclusiones a las
que llamaban "iluminación".
Con su efervescencia y pasión, se convirtió en el consejero espiritual de la
rama escolar y fue quien, según Firmenich, "nos enseñó que el cristianismo
era imposible sin el amor a los pobres y a los perseguidos por su defensa de
la justicia y su lucha contra la injusticia".
El mensaje de Mugica causó profunda impresión en los futuros montoneros
porque él mismo se encargó de ponerlo en práctica. Los futuros jefes
montoneros lo seguían a todas partes: la villa y los retiros en el campo.
En el verano de 1966, quince integrantes de la ACA participaron en una
misión rural organizada por la Acción Misionera Argentina (AMA, dirigida por
el obispo Búfano, que tiempo después los expulsaría a todos por
"comunistas"), en Tartagal, en el inhóspito chaco santafecino, y la
conducción de la misma estuvo a cargo del padre Mugica.
–Yo trabajaba en la zona y tenía una vida religiosa activa, cuando me enteré
del campamento me acerqué. Allí conocí al padre Mugica y a muchos con
quienes después conformaríamos Montoneros. Había mucha reflexión y
guitarreadas– recordó el ex jefe montonero, Roberto Cirilo Perdía.
Entre esos otros, estaba también Graciela Daleo, entonces una bella joven
ultracatólica, que soñaba con ser monja misionera. Tiempo más tarde, cambió
el sueño del hábito por el fusil y se convirtió en una ferviente militante
montonera, que además, estuvo "desaparecida" en la ESMA un año y medio,
durante la dictadura. Era tal la relación que Daleo mantenía con Mugica, que
no sólo se confesaba con él y asistía todos los domingos a sus misas, sino
que un día le pidió su opinión porque Mario Firmenich estaba enamorado de
ella. "Salí con Mario... El cura la autorizó a salir con el futuro jefe
montonero, que en ese entonces le escribía a su amada almibarados poemas de
amor.
–Mugica era implacable en sus exigencias, durísimo. Estaba convencido de que
la miseria de los hacheros podía revertirse y en ese momento, sólo veía la
solución en la metralleta– recordó Daleo. "Graciela lloraba mucho en esas
charlas, le parecía que el padre Mugica era durísimo, inflexible, y lo peor
era que muchas veces le parecía que tenía razón. Se miraba a la luz de la
doctrina y se veía llena de egoísmo, de maldad, de falta de compromiso con
la miseria de sus hermanos. (...) También era cierto que, muchas veces
Mugica les parecía brillante, revelador, les explicaba que había que ligar
el compromiso cristiano al compromiso terrenal, y citaba palabras como las
de Cristo echando a los mercaderes del templo, o el Buen Pastor que se ocupa
más de las ovejas descarnadas del rebaño... ", cuentan Martín Caparros y
Eduardo Anguita, en uno de los tomos de La Voluntad. Los futuros
guerrilleros Mario Firmenich y Carlos Ramus también integraron esta misión
religiosa entre desarrapados hacheros del norte argentino y sus familias.
–¿Sabes cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar
las ligaduras de la opresión, liberar al oprimido y romper todo yugo, partir
tu pan con el hambriento, acoger en tu casa a los pobres sin hogar, cubrir
al que veas desnudo y tratar misericordiosamente al que es de tu carne.
Entonces prorrumpirá tu luz como la aurora y no tardará en brotar tu
salvación. Entonces iré detrás de ti y delante de ti irá la justicia– decía
Mugica a sus muchachos, bajo la luz de los faroles a querosén, con la voz
encendida por la pasión y afiebrado con las palabras del profeta Isaías.
En 1967 el grupo se dividió, tenían muchas diferencias y discutían por
cualquier cosa. Mugica rechazaba ya la guerra de guerrillas por considerarla
incompatible con el evangelio. En cambio, Abal Medina, Ramus y Firmenich
empezaron a prepararse para la lucha armada, rompieron con sus
organizaciones católicas seculares y pasaron a la clandestinidad. Firmenich
sacrificó para eso sus estudios de ingeniería y la presidencia de la JEC.
"Desde mediados de 1967 en adelante, se produjo un distanciamiento entre el
que fuera nuestro asesor espiritual y nosotros, los que habíamos sido sus
discípulos", explica Firmenich en un artículo con su firma, publicado años
después en el diario Noticias. "Estas diferencias comenzaron después de
aquella misión, que habíamos realizado en Tartagal. En aquella oportunidad,
Carlos Mugica fue el primero en proclamar que la única solución estaba en la
metralleta (fueron sus palabras textuales). Después de aquello, estuvimos
casi un año realizando militancia política, a la par que habíamos formado un
grupo integrado por varios compañeros, entre los que estábamos Carlos Mugica
y nosotros tres (Firmenich, Abal Medina y Ramus), en el cual se debatía si
la violencia política era moralmente lícita. Para nosotros el problema
aparecía bastante claro: si la oligarquía y el imperialismo utilizaban la
violencia para explotar al pueblo, ¿por qué razón el pueblo no tenía derecho
a responder con la violencia para conquistar su liberación? Mugica, sin
embargo, entró en la duda. Naturalmente esto condujo rápidamente a la
disolución del grupo y ocasionó el distanciamiento. A medida que nosotros
fuimos concretando en la práctica aquella necesidad que tenía el peronismo
de profundizar la lucha armada contra la dictadura, las diferencias fueron
aumentando."
La primera evidencia pública de la pertenencia de Mugica al MSTM ocurrió en
diciembre de 1968. Junto a veintidós sacerdotes firmó en aquella oportunidad
una carta dirigida al dictador Juan Carlos Onganía, en la que se
descalificaba el Plan de Erradicación de las Villas de Emergencia, dispuesto
por el gobierno militar de la "Revolución argentina". Se la llevaron
personalmente y se alinearon en silencio frente a la Casa de Gobierno. La
fotografía de entonces, publicada en Primera Plana, es impresionante,
conmovedora. Parece una nimiedad, pero entonces, bajo aquel régimen era un
gesto revolucionario, especialmente si se tiene en cuenta que Onganía era un
general de comunión diaria, al que la jerarquía eclesiástica miraba con muy
buenos ojos, porque había venido a poner "orden" y a luchar contra el
"comunismo".
"Estoy convencido de que en el seno de las Fuerzas Armadas y de los órganos
de represión existen grupos paranoicos de mentalidad nazi que quieren
impedir de cualquier modo el proceso de liberación del pueblo y la prédica
de la verdad por los hombres de la Iglesia. Hace poco un alto jefe de la
Marina me dijo: "Cuidado padre, que tenemos la Gestapo metida adentro". Y yo
le respondí: "Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y su Iglesia
luchando junto al pueblo por su liberación). No temamos la represión.
Temamos que con nuestro silencio culpable y cobarde nos enfrentemos un día
con el juicio de Dios", dijo Mugica en esos días, con palabras casi
premonitorias sobre los años trágicos por venir.
"Hendido el ceño sobre los ojos cielo y los labios prietos, nadie
descubriría en Carlos Mugica la imagen tradicional del sacerdote católico.
Menos la de un profeta social del tercermundismo. Por detrás de la sotana
raída o –con más frecuencia– del pullover viejo sucio, se adivina una
prestancia natural que sugiere canchas de rugby, salones mundanos, clubes
aristocráticos, clase ociosa. Y habría algo de verdad: como tantos
revolucionarios de nuestra época (Ernesto Guevara Lynch, Fidel Castro Ruiz),
Carlos ha emergido del corazón mismo de la oligarquía...", era la
descripción que hacía la revista Primera Plana, en su edición del 5 de
noviembre de 1971.
Las mujeres
Mugica recorría las villas para conocer los problemas de la gente y en la
31, de Retiro, era líder y mediador de conflictos. Lo ayudaban en la tarea
militantes de la Juventud Universitaria Católica (JUC) y de la Juventud de
Estudiantes Católicos (JEC). Uno de ellos fue Fernando Galmarini, luego
integrado a la organización Montoneros y en la década de los años noventa,
funcionario del gobierno de Menem y de Duhalde. En su grupo permanente de
colaboradores estaban Ema Almirón y Lucía Cullen, esta última, hija del
entonces titular de la Corte Suprema de Justicia de la provincia de Buenos
Aires.
–El gran amor de su vida fue Lucía. Era una mujer hermosísima, hija de una
familia burguesa de clase alta, de grandes ojos claros y estaba
profundamente enamorada de Carlos. Ella jugaba al fútbol sólo por lealtad a
él–contó el dirigente justicialista Julio Bárbaro, quien de joven militó en
la Democracia Cristiana y luego en la organización peronista de derecha,
Guardia de Hierro.
Bárbaro era uno de los tantos muchachos católicos que visitaban asiduamente
a Mugica en el cuarto de la terraza del edificio de Gelly Obes y Copérnico,
donde el sacerdote vivía con sus padres. En esa habitación de quince metros
cuadrados que originariamente había sido pensada como departamento de
servicio, sólo había una cama, una cruz, una kitchenette y muchos libros.
Carlos la había elegido para él. Ese era su lugar y las sirvientas debieron
emigrar cerca de los patrones, en la planta baja.
–Mugica nos confesaba en la parroquia, en un bar o en su cuarto. Recuerdo
que en 1967 nos autorizó, a mí y a mi novia, a tener relaciones
prematrimoniales. Para nosotros, su palabra era muy importante y esa
autorización, en el catolicismo de esa época, era como descular el mundo.
Era toda una transgresión que él nos diera permiso para coger. Después de
ese episodio, una pareja me vino a contar que estaban desesperados por tener
relaciones prematrimoniales, pero que no se animaban. Me acuerdo que les
dije: "Ustedes eligieron la violencia, andan armados y aceptaron matar. Si
aceptaron matar antes de coger, están locos. Si les resulta más natural
matar que hacer el amor, a ustedes les está fallando algo en la cabeza... "–
rió Bárbaro.
Así como frecuentaba a Mugica, Bárbaro también conocía a sus grandes amigos,
entre ellos al cura guitarrero Alejandro Mayol. Tanto lo admiraba, que
cuando decidió casarse, lo eligió para su misa de esponsales. Pero nunca
imaginó la sorpresa que le daría el cura unos meses después.
–Fue algo muy curioso, porque me casó el 18 de octubre de 1968 y a los tres
meses, en enero de 1969, se casó él con Beatriz Braga. Vino toda la
guerrilla al casamiento de Alejandro. Me acuerdo que lo hicimos en la quinta
de un amigo mío, en San Miguel.
EL SEXO ERA UN TEMA DE CONFLICTO ENTRE LOS CATÓLICOS DE LOS AÑOS SESENTA.
MUGICA, COMO CLÉRIGO, LO AFRONTABA CON MADUREZ, PERO COMO HOMBRE, LO
TRANSITABA CON PROFUNDO SACRIFICIO.
–Nosotros queríamos alquilarle el confesionario. Es que allí iban las
mejores minas de Buenos Aires, embobadas por la fama de seductor que tenía
Mugica y por la pinta– contó Ricardo Capelli.
Juran, sin embargo, que el sacerdote fue célibe, y que no hubo hombre que
sufriera más por mantener sus votos de castidad. Que había llegado a
infligirse fuertes castigos corporales para matar el deseo por el sexo
opuesto. Es que las mujeres lo acosaban a toda hora: lo acompañaban a las
villas, jugaban al fútbol para complacerlo, le clavaban los ojos, le pedían
consejos, se le metían en la casa, revoloteaban como moscas a su alrededor y
se enamoraban perdidamente. Otros, que también intimaron con él, dicen que a
lo mucho que se animó fue a acostarse con una mujer en la misma cama, sin
tocarse.
–Siempre iba acompañado de una runfla de "Camilas O'Gorman", de ojos
iluminados– recordó una de sus mejores amigas, Elena Goñi, haciendo
referencia al trágico romance entre un cura español y una mujer de la alta
sociedad argentina, a quienes Juan Manuel de Rosas, ordenó ejecutar como
castigo.
Entre esas "Camilas", revoloteó la propia Elena, una chica católica de clase
alta, que como muchas en esos tiempos, se metieron a hacer trabajo social en
las villas miserias, atraídas por el ideal de cambio y revolución. Elena en
muchas oportunidades le ofreció al sacerdote abandonar todo para acompañarlo
en su misión. La respuesta de Carlos Mugica fue cortante y práctica:
–Tu primera militancia es tu hija, a mi no me rompas las pelotas.
Carlos Mugica fue estoico por fidelidad a su Iglesia. Y porque sabía que a
su Santa Madre le bastaba con que pisara una sola vez el palito para
desvirtuar su obra y desoír su llamado a terminar con los pobres. Toda la
nomenclatura conservadora de la Iglesia Católica argentina de esos años, le
caería encima y lo destrozarían de un puñetazo. Un amorío hubiese sido ideal
para callarlo, para banalizar sus planteos por un mundo más justo. Para
obligarlo a suavizar su discurso y retornarlo al punto del que nunca debería
haber salido, para domesticarlo, para sacarlo del medio. Como pasó con
Jerónimo Podestá, al margen de la estupidez del celibato obligatorio que
tantas consecuencias trajo y trae. Mugica advirtió entonces que eran muchos
los motivos para evitar el error y se convirtió en guardián implacable de
sus múltiples tentaciones. Sufría horrores, pero se reía. Aunque a veces
lloraba para controlar el deseo, se reía, y decía resignado:
–Es terrible. Los que tienen que liberarnos del celibato son los viejos de
mierda de la jerarquía, a los que ya no se les para...
El viaje a París
En octubre de 1967, cuando fue asesinado el Che Guevara, Mugica impactado,
viajó a La Paz para reclamar la entrega de sus restos y averiguar por el
paradero de Regís Debray y Ángel Bustos. Lo recibió el general Juan José
Torres, pero no tuvo éxito. Desde Madrid, Perón escribía una carta al mayor
Bernardo Alberte, en la que se refería a la muerte de Guevara: "Su muerte me
desgarra el alma, porque era uno de los mejores, quizás, el mejor". De
Bolivia, el sacerdote partió a París y se instaló en una habitación del
pensionado religioso, en el número 61 de la Rué Madame. En su periplo por
Europa, Carlos Mugica se encontró con el Mayo Francés. Recorrió las calles,
habló con los jóvenes, curioseó y trajo novedades: "la revolución está en
marcha", juraba.
Fanático de Racing como pocos, viajó a Glasgow, Inglaterra, para ver el
partido que la Academia jugaba por la Copa Intercontinental contra el
Céltic. En el estadio colmado de argentinos, estaba el intelectual John Bebe
William Cooke, delegado de Juan Domingo Perón e inspirador de la guerrilla
peronista rural "Uturuncos", quien le propuso visitar Cuba.
¿A qué viajó a París Carlos Mugica? Las fuentes míticas aseguran que fue a
vivenciar los cambios sociales que se estaban dando en el primer mundo, y de
hecho lo hizo, porque vivió allí todo el Mayo Francés. Pero otras versiones
dicen que se fue huyendo de una mujer, Lucía Cullen, quien lo movilizaba y
conflictuaba de tal manera, que ponía en señal de peligro su elección del
celibato. Al respecto, Julio Bárbaro, su compañero y respetuoso oyente de
sus homilías en la capilla de la calle Nazca, tiene una versión intermedia:
–Carlos se fue a París y Lucía lo siguió. Pero él no huía, él la enfrentaba.
Le explicaba que la amaba, pero que amaba mucho más a la Iglesia y a Cristo.
Carlos no quería largar la sotana, como hizo Alejandro Mayol, y a la vez, su
profunda religiosidad le impedía transitar el pecado. Si algo había de
incuestionable en Carlos Mugica, era su gran coherencia, alimentada por la
fe. La fe lo llevó al sacrificio y a vivir lo que él llamaba "un amor
platónico y espiritual" con Lucía. No fue simple, pero transitó ese camino
con estoica hombría. A su regreso de París, me dijo: "Te juro, Julio, que
con Lucía dormimos en la misma habitación, pero ella lo hizo en la cama y yo
siempre en el piso". ¿Qué necesidad tenía de darme explicaciones a mí?
Marta Mugica, hermana de Carlos, me recibió una helada tarde de invierno del
año 2000, en su casa de Vicente López, en la provincia de Buenos Aires.
Conversamos muchas horas. Delgada, de gestos ásperos y firmes, y la misma
mirada clara de su hermano, Marta vive aferrada a los recuerdos. Divorciada
y con un hijo cura, la casa está inundada de fotografías del asesinado líder
de los sacerdotes del Tercer Mundo. Una imagen de la virgen de Guadalupe –de
la que es devota fanática– en un costado de la puerta de entrada, con flores
y velas permanentemente encendidas. Y en una habitación del piso superior de
la casa, los apuntes, los libros, las agendas y la ropa manchada de sangre y
agujereada por los balazos que Carlos Mugica llevaba el día que lo mataron y
que Marta conserva con unción religiosa.
–Mi hermano era un santo, un ser con un aura especial. ¿Las mujeres? Se
volvían locas por él, siempre estaba rodeado de las más lindas chicas de
Buenos Aires. Él estuvo muy enamorado en su juventud. Pero esa mujer nunca
le correspondió y se casó con otro. Al punto tal, que el mismo Carlos fue el
que realizó la ceremonia religiosa. Fue tremendo para él y una gran prueba
verla a ella en la Iglesia, de la mano de otro hombre. Lucía Cullen fue muy
importante, su íntima amiga. Ella lo amaba mucho, claro que sí, pero Carlos
y a había elegido a Dios. Un día, mi hermano me confesó que si alguna vez
resolvía dejar los hábitos, se casaba con Lucía. "Somos de la misma clase
social y vemos el mundo de la misma manera. Haríamos una buena pareja", me
dijo. Pero esto nunca pasó y cada uno siguió su camino...
Lucía Cullen ingresó en Montoneros y allí conoció al mítico dirigente José
Luis Nell Tacci, un ex integrante del grupo católico nacionalista Tacuara,
que había participado en 1964 en el asalto al Policlínico Bancario, episodio
con el que se inicia la guerrilla urbana peronista. Así como Carlos Mugica,
José Luis Nell era un hombre carismático, idealista y temerario. Y Lucía no
fue ajena a sus encantos. Fue preso y condenado y luego escapó de los
Tribunales a Uruguay, donde tomó contacto con los Tupamaros. Con ellos no
sólo adquirió formación teórica, sino que participó de robos, secuestros y
atentados. Nell cayó preso otra vez, fue brutalmente torturado y más tarde,
organizó la famosa fuga del penal uruguayo de Punta Carretas. Regresó a la
Argentina y se dedicó a organizar la Juventud Peronista donde era famoso por
su historia y su audacia en los operativos militares. Se enamoró de Lucía y
se casaron. Sin embargo, la tragedia llegaría para marcar el destino de la
pareja.
El 20 de junio de 1973, el día en que Juan Domingo Perón regresaba a la
Argentina de su exilio español, Nell iba al mando de una de las columnas de
Montoneros que ingresaba a Ezeiza a recibirlo. En medio del infernal tiroteo
desatado por los grupos de la ultraderecha peronista enlazados con la Triple
A y grupos de militares que habían copado el palco oficial, Nell cayó
acribillado en medio del campo. Sobrevivió, pero los balazos le habían
quebrado la columna vertebral, y a partir de ese momento debió movilizarse
en silla de ruedas. El guerrillero no pudo soportar la situación y se
sumergió en una depresión de la que no logró salir. Lucía y Carlos seguían
encontrándose como podían y mantenían largas charlas. Dicen que él la
apoyaba mucho en esos momentos de desesperación y angustia. Como paradoja,
Mugica venía en el charter de invitados que traía a Perón a la Argentina el
mismo día en que Nell caía gravemente herido en Ezeiza. Un día de la
primavera de la 1974, Nell le pidió a Lucía, que como prueba de su amor le
ayudara a quitarse la vida, que no aguantaba vivir en ese estado. Y ella,
llorando y abrazada a él, asintió al pedido. Le colocó una pistola en la
mano derecha y José Luis Nell se voló la cabeza. Habían pasado cuatro meses
del asesinato de Mugica. En 1976, en un bar de Buenos Aires, ella también
desaparecía para siempre bajo las garras de los dinosaurios de la dictadura.
Antes de volver de Europa a la Argentina, Mugica se dio el gusto de viajar a
Cuba. Lo hizo vía Praga y con pasaporte falso gracias a las gestiones del
Bebe Cooke. No obtuvo una entrevista personal con Castro, pero se llevó una
impresión muy favorable del régimen de La Habana, que muchas veces hizo
pública. Sobre todo sentía admiración por la figura del Che Guevara. A su
regreso, el sacerdote asuncionista Ramiro López lo destinó al barrio de
Comunicaciones y le encargó la construcción de una capilla. Jorge Goñi había
creado los campeonatos de fútbol entre las distintas villas, como una manera
de conseguir mejoras estructurales para esos barrios y Mugica lideró los
entrenamientos en el de Comunicaciones.
–Lo conocí cuando venía a la casa de mis abuelos maternos en la villa de
Retiro donde yo vivía con mi mamá y mis hermanos.
El secuestro de Aramburu
El 29 de mayo de 1970, Día del Ejército, se produjo el secuestro del general
Pedro Eugenio Aramburu, quien había sido designado presidente de facto en
1955 por la llamada Revolución Libertadora, tras el derrocamiento de Juan
Domingo Perón. Una organización armada autodenominada Montoneros, salió
entonces a la palestra y se adjudicó el hecho. Poco después, dos de los
implicados se enfrentaron a balazos con la policía en la pizerría La Rueda
de Williams Morris, y murieron los guerrilleros Gustavo Ramus y Fernando
Abal Medina. Éstos habían sido discípulos de Mugica en el Nacional Buenos
Aires, eran activos militantes católicos, habían pertenecido al Comando
Camilo Torres de Juan García Elorrio, y sus familiares pidieron una misa por
ellos. Otro sacerdote combativo, el padre Hernán Benítez – quien fuera
confesor de Evita y había mantenido en los primeros años de la Resistencia
una fluida relación epistolar con Perón en el exilio– y Mugica rezaron el
responso en la Iglesia de San Francisco Solano, de Mataderos.
"Se comprometieron con la causa de la justicia, que es la de Dios, porque
comprendieron que Jesucristo nos señala el camino del servicio. Que este
holocausto nos sirva de ejemplo ", señaló Mugica.
"Perdón a Dios por la suerte de ellos, que fueron asesinados por la Nación,
que no supo comprenderlos, darles un camino, colmar su sed de justicia. La
sociedad los ha juzgado, castigado y destruido, pero si tienen que responder
ahora a la inquisitoria del Señor –has dado de comer al hambriento y de
beber al sediento– ellos pueden responder que han dado sus vidas para que en
el mundo no hubiera hambre ni sed", dijo Benítez.
Tres días después Mugica y Benítez eran detenidos por los presuntos delitos
de "apología del crimen e incitación a la violencia". Pero los liberaron a
la semana.
En ese convulsionado año, sin embargo, Mugica no paró de mostrarse polémico
y provocador. Una vez viajó a Necochea, donde se alojó en la casa de una
familia amiga de Ricardo Capelli, y a poco de estar manifestó necesidad de
dar misa el domingo. Mandó entonces a su amigo a pedirle permiso al párroco,
el sacerdote De Luis, un cura tradicional sostenido por los terratenientes
de la zona. De Luis fue terminante: le hizo saber que de ninguna manera
cedería la misa de las siete de la tarde al padre Carlos.
–Está bien –contestó el amigo– le voy a decir a Mugica que usted no lo
autoriza..
Al oír el apellido, De Luis dibujó en su cara una expresión incrédula, se
tornó repentinamente amable y accedió al favor. El mito Mugica ya estaba en
marcha. Ese personaje irresistible y controvertido, había comenzado a
transitar la leyenda.
Ese domingo la Iglesia estaba abarrotada con lo mejor de la sociedad de
Necochea. Los dueños de la tierra lo vieron aparecer alto, rubio, imponente
y con su sonrisa magnética. Las chicas suspiraron cuando se encaramó al
pulpito. Desde allí Mugica comenzó su sermón con una frase que congeló el
murmullo general:
–Sé que muchos de ustedes están en la boludez...– dijo. Y ahí mismo les
encomendó a los presentes el deber de orar para ser perdonados.
Hubo entonces un silencio incrédulo y miradas cruzadas. Algunos fruncían el
ceño, otros sonreían nerviosos. Al terminar la misa, Mugica salió de la
parroquia totalmente ajeno al vendaval que había desatado, pero ellos, los
de su clase, lo rodearon y comenzaron a insultarlo. Lúdico y burlesco, el
cura se abrió paso entre quienes lo cercaban, bailando y canturreando:
"Guarda, guarda, que se viene, se viene, el comunismo... ".
Afuera había periodistas, micrófonos y cámaras, así que aquello fue un
verdadero escándalo que trascendió los límites de Necochea. Muchos se
enfurecieron y otros se quedaron hipnotizados: no podían asimilar el
contraste entre su origen y su elección de vida.
Sus gestos desafiantes y exagerados dotaban a Mugica de un poder que crecía
ajeno a su voluntad. Cada actitud en defensa de sus convicciones, lo
enfrentaba con el establishment. Se acercaba, a lo mejor sin saberlo, a su
destino de mártir. Era como si el destino fuese un caballo ingobernable que
lo arrastraba en andas, corcoveando y al galope, hacia un final ya escrito.
El cura De Luis quiso suavizar las cosas, sacarlo del centro de la escena.
Le pidió que el próximo domingo celebrara una misa para las monjas en la
intimidad del convento, pero la noticia corrió por toda la ciudad y el lugar
se llenó de gente. Apenas entró, las mujeres de hábito riguroso lo rodearon.
Entonces él, con su carisma inagotable, preguntó:
–¿Dónde puedo ir a mear?
Las monjas se sonrojaron y no atinaron a contestarle. Recién ahí, él reparó
en la sorpresa que había provocado, y entonces afirmó muy serio:
–Los curas también meamos, ¿o qué piensan ustedes? Mugica comenzó la misa
con un pedido:
–Recemos el Padre Nuestro tomados de las manos. ¿Está aquí alguno de los que
ayer me amenazó.. ? Quisiera mostrarle lo que es Dios, lo que es la vida, lo
que es ser pobre...– explicó. Y se ganó el corazón de todos.
Más tarde sonaron las guitarras y fue como describe la canción Fiesta de
Juan Manuel Serrat: cada uno olvidó su origen y todos se sintieron hermanos.
–A Mugica lo conocí en 1971 y era un sacerdote que representaba la Iglesia
que nosotros concebíamos. Como él, entre nosotros había muchos curas con los
que trabajábamos juntos por la liberación de los pueblos. Carlos era un
compañero más. Vos lo oías y decías "este flaco es fabuloso ". Con él podías
hablar cosas de la vida en un café y te daba la confianza de un par, pero a
la vez lo rodeaba un halo que lo elevaba, no importaba la circunstancia ni
la ropa que llevara. Era un hombre comprometido con su tiempo. Sabía que su
rol había sido determinante y que su prédica y contacto con muchos sectores
juveniles tenía consecuencias, lo que no significa que avivara el fuego. No
lo quieran disfrazar con una metralleta en la mano, porque eso no era lo de
él, pero tampoco ponerlo todo el tiempo rezando y con una imagen celestial.
Como todos nosotros en esa época, él era protagonista de su tiempo.
Políticamente fue reconocido. Viajó en el charter de regreso de Perón, ahí
no estaba cualquiera. Una de las primeras visitas que hizo Perón estando en
Gaspar Campos, fue a la villa de Mugica– recordó el ex dirigente de la
Juventud Peronista de la Capital Federal, Juan Carlos Dante Gullo.
La opción por el peronismo
En 1972, con la vuelta del general Perón a la escena política, las
diferencias entre los sacerdotes del Tercer Mundo fueron ineludibles y con
ellas, también la fractura. Mugica no tardó un segundo en definirse:
–En el Evangelio no hay ninguna receta política para el cristiano, pero hay
criterios de opción. Y ahí podemos discrepar. Usted tiene que optar por
aquel movimiento que exprese a los humildes, que desde los pobres luche por
el bien de todos. Personalmente, yo pienso que ese movimiento hoy, en la
Argentina, es el peronismo– dijo.
Coherente con esta postura, tomó la decisión de viajar junto al padre Jorge
Vernazza en el charter que trajo a Perón de regreso, lo cual fue muy mal
visto por el grupo de sacerdotes no justicialistas.
–Admiraba profundamente a Carlos Mugica. Yo también pertenecía el MSTM, pero
era muy joven. Nunca me voy a olvidar de una reunión del Movimiento, en la
que participé, que se hizo en la casa de Gaspar Campos. No lo podía creer:
tenía enfrente mío al general Perón y a Mugica. Ellos se entendían muy bien,
había cierta alquimia–recordó el padre Luis Farinello, devenido en las
elecciones de octubre de 2001 candidato a senador por la provincia de Buenos
Aires en representación del Polo Social, una agrupación de centroizquierda.
El 25 de mayo de 1973 Héctor J.Campera asumió como presidente de la Nación y
José "el Brujo" López Rega le ofreció una asesoría en el Ministerio de
Bienestar Social, que tenía a su cargo. Mugica aceptó a condición de no
recibir ninguna remuneración, pero casi de inmediato surgieron diferencias.
Tres meses después el cura renunció.
–Llegué a la conclusión –dijo– de que no había comunicación entre el
Ministerio y los villeros.
Tal como ya había hecho con Onganía, se atrevió a cuestionar públicamente el
plan de viviendas y de erradicación de villeros que el ministro había
diseñado. El Brujo respondió poniendo en duda la honestidad de su adversario
y Mugica lo increpó personalmente en el Ministerio. Esa misma noche dijo en
la villa:
–López Rega me va a mandar a matar.
El 2 de julio de 1973, una organización autodenominada Acción Nacionalista
Argentina, colocó una bomba en el domicilio de Mugica. Una semana después, a
las dos de la madrugada, dos individuos ingresaron al edificio donde vivía
el sacerdote, cortaron la electricidad de los ascensores y comenzaron a
golpear su puerta al grito de "¡Carlos, abrí!". Mugica no estaba en su casa.
Desde el retorno a la democracia, en 1973, cuando se le preguntaba a Mugica
por el tema de la violencia, él respondía invariablemente:
–Estoy dispuesto a que me maten, pero no a matar.
Su asesinato
El 11 de mayo de 1974, luego de celebrar misa en la parroquia del padre
Vernazza, de San Francisco Solano, en el barrio de Mataderos, Mugica se
retiró en compañía de su amigo, Ricardo Capelli. A poco de abandonar el
templo, un hombre joven, delgado, de barba y bigotes, descendió de un
automóvil con una ametralladora en la mano. Enfrentó al sacerdote y le
disparó veinte proyectiles, quince de los cuales impactaron en su cuerpo.
Tendido en la vereda, recibió de Vernazza los últimos sacramentos. Mugica
alcanzó a decirle:
–Nunca más que ahora debemos permanecer unidos junto al pueblo–. A las pocas
horas, falleció en la sala de operaciones del hospital Salaberry.
Capelli fue herido por las mismas balas que recibió Mugica. Eran amigos
entrañables y fueron juntos hasta el umbral de la muerte. Para Carlos fue el
final. Para Ricardo, el principio de una sucesión de catorce operaciones y
de un exilio de veinticinco años. Con la garganta oprimida, contó así aquel
trágico momento:
–Verlo morir fue un sufrimiento psíquico y moral muy grande. No pude ir al
velorio. Estábamos en la parroquia de San Francisco Solano, del padre
Vernazza. Había terminado la misa y Carlos y yo salimos por la sacristía. Me
adelanté, porque él siempre se quedaba charlando con alguien, llegué al auto
y escuché una voz que lo llamaba con tono imperativo: "¡Padre Carlos!!!", le
dijo. Y de inmediato escuché el tableteo de una ametralladora. Vi a un
hombre de espalda, que subía a un auto y a Carlos con una bala cerca del
corazón. Después supe que las balas fueron quince. Lo subieron enseguida al
Citroen de un vecino, para llevarlo al Salaberry, pero allí no pudieron
hacer nada.
Se ha escrito que no le temía a la muerte y que sabía que lo iban a matar.
Pero según Ricardo Capelli, Mugica era un amante de la vida, un aprendiz de
Cristo pleno de confianza, que espantaba su propio espanto y el de los
otros, los que lo querían y le pedían que se escondiera un tiempo, con una
convicción:
–Soy cura. No se van a animar conmigo.
Después de su asesinato, su familia le ganó un juicio millonario al Estado,
pero no lo repartió entre los humildes a los que Carlos Mugica había
consagrado su vida. Alegaron problemas familiares y se fueron con el dinero.
No comprendieron el profundo alcance de su entrega.
Ninguna organización se adjudicó el asesinato. En principio, acusaron a los
Montoneros, quienes habían sido criticados por Mugica luego de que se
retiraran del último acto del 1 de Mayo de 1974. que Perón presidió desde el
balcón de la Casa Rosada, poco antes de morir. El líder del peronismo los
había tratado de "estúpidos imberbes" y en respuesta los Montoneros plegaron
sus banderas y dejaron la plaza vacía. El sacerdote no pudo entender que
hicieran semejante cosa. Poco después, Montoneros pasó a la clandestinidad.
Para Elena Goñi, su gran amiga, Carlos Mugica había sido contundente
respecto de la violencia, desde el principio de la democracia. Ella estaba
presente cuando el sacerdote le dijo a Firmenich:
–Se acabó esta joda. Ahora que el gobierno es constitucional, ustedes se
meten los fierros en el culo.
En mayo había ido al diario La Opinión y le había ofrecido a su director,
Jacobo Timerman, escribir una serie de artículos. Pactaron la presentación
de una nota para el domingo 12. Según Timerman, Mugica le había confesado el
dolor que sentía por su enemistad con Mario Firmenich. Estas divergencias
eran más fuertes que las que el líder guerrillero admitiría posteriormente.
Unos días antes, en un discurso que había pronunciado en Córdoba, Firmenich
no había mencionado ni una sola vez a Perón, y eso había colmado a Mugica:
–¡Ni una sola vez lo nombró! ¡Qué hijo de puta! Así que si quieren formar el
Partido Montonero, fenómeno. Que se presenten en las elecciones a ver si
sacan más votos que el peronismo– exclamó.
Dos días después, el clérigo entregó su artículo en el que reiteraba su
rechazo a la violencia revolucionaria, ya que, escribió, "el pueblo se ha
podido expresar libremente, se ha dado sus legítimas autoridades. La
elección de aquella vía, entonces, procede de grupos ultra minoritarios,
políticamente desesperados y en abierta contradicción con el actual sentir y
la expresa voluntad del pueblo".
No obstante, alrededor de Carlos Mugica ya se había instalado la violencia.
Cada paso que daba, alimentaba el odio de uno u otro bando. Parecía encarnar
la sentencia bíblica del Evangelio según San Juan: "Si me persiguieron a mí,
también los perseguirán a ustedes". Podría haberse ido del país, pero no lo
hizo. Por compromiso, por heroísmo, por inconsciencia o por convicción,
resolvió quedarse.
–Si en este momento recibo una bala, no sé si viene de algún grupo de
derecha o de izquierda. ¿Irme? En un momento tan complicado, en el que mucha
gente está jugándose y perdiendo la vida, yo no puedo escaparme. El pastor
no puede abandonar a su suerte a sus ovejas– razonaba.
¿Fue su muerte una venganza de los Montoneros, de los que se había separado
al comienzo del gobierno constitucional, porque ya no había una dictadura
contra la cual luchar, sino autoridades legítimas votadas por el pueblo?
Firmenich lo negó:
–En los últimos tiempos, él había recibido amenazas telefónicas; eran
amenazas de muerte, y se habían hecho en nombre de nuestra organización.
¡Qué disparate! ¿Cómo nosotros íbamos a amenazar de muerte a Carlos Mugica?
¿En qué política revolucionaria cabe matar a los hombres del pueblo por
diferencias acerca de cuál es la mejor manera de destruir al mismo enemigo?
Durante muchos años persistió la duda sobre quién fue el autor, hasta que en
marzo de 1984, Juan Carlos Juncos, custodio del ex ministro de Bienestar
Social e integrante de la organización parapolicial autodenominada Triple A,
creada por López Rega, confesó ante el juez Eduardo Hernández Agrámente que
había intervenido junto a otras tres personas en el asesinato de Mugica.
Aseguró que la orden había sido dada por el mismo López Rega, porque "Mugica
estaba molestando políticamente con su actividad".
El padre Alberto Carbone, integrante del MSTM, también fue tajante:
–A mí no me parece que tenga sustento la teoría de que Montoneros pudo
haberlo matado, era muy común en esa época que se dijera algo así, y que le
adjudicaran a esa organización cuanto trabajo sucio hacían otros. A Carlos
lo mató la Triple A. Además, yo recuerdo que lo estábamos velando cuando
recibí un llamado de los muchachos de Montoneros, que me transmitieron su
pesar y me aseguraron que ellos no tenían nada que ver con ese asesinato.
¿Por qué los Montoneros habían llamado al padre Carbone, con quien sólo
habían compartido horas de actividad universitaria, para explicarle que
ellos no eran los responsables de esa muerte absurda que nadie entendió ni
aceptó nunca?
Quien sabe, la historia de aquellos años de sangre y fuego fue tan compleja,
tan retorcida, tan disímil, que seguramente nunca nos enteremos de los
verdaderos motivos de muchos acontecimientos.
El sepelio
Más de siete mil personas se acercaron con dolor a despedir al cura villero,
pero su amado general Perón no concurrió al entierro ni pronunció una sola
palabra de condolencia.
En la parroquia, la mayoría de los asistentes le adjudicaban el crimen a
Montoneros. A las cuatro y media de la tarde arribaron el diputado Leonardo
Bettanín y el titular de la Regional primera de la Juventud Peronista, Juan
Carlos Anón, ambos ligados a la organización armada. La multitud les gritó:
"¡traidores! ¡asesinos!" y los sacaron a golpes de puño y a puntapiés. El
dirigente montonero Norberto Habbeguer y su esposa, Flora Castro, también
fueron al sepelio y de una manera educada, pero intimidatoria, les
sugirieron que se retiraran. Se despidieron del padre Mugica desde la
vereda.
Desde Roma, el Vaticano reconoció el testimonio de Mugica. Su órgano
oficial, el periódico L'Obsservatore Romano lo definió como una "víctima del
amor", y añadió que "lo asesinaron a traición, con determinación, agregando
a la lista de las víctimas del odio, una vida pura. Es justo recordarlo... y
auspiciar que su sangre inocente fecunde los esfuerzos para la pacificación
de los hermanos en Argentina... Nos inclinamos en el dolor, con reverenda y
admiración".
La revista Cabildo, reconocida por su tendencia ultraderechista, señaló que
"el padre Mugica murió en su ley, víctima del engranaje que él, en alguna
medida, había contribuido a levantar un engranaje de violencia, de mitos, de
odios y resentimientos. Murió víctima de su orgullo, de su ingenuidad y de
sus errores. Olvidó que el marxismo es también una religión total, fuerte y
en crecimiento, inexorablemente inmisericorde, que no perdona a sus
enemigos, ni menos aún a sus adeptos".
Unos días después del asesinato, profundamente conmovido por la desgracia,
el padre Héctor Botan, amigo de Mugica, fue a verlo al arzobispo de la
ciudad de Buenos Aires, el poderoso Juan Carlos Aramburu, en busca de una
palabra de consuelo. En cambio, le oyó decir:
–Bueno, supongo que aquí acaban todas nuestras discusiones sobre Mugica...
Paso seguido, abrió uno de los cajones de su escritorio y prácticamente le
arrojó a la cara los artículos que Firmenich había escrito para el diario
Noticias. Aramburu se había tomado el trabajo de subrayar los párrafos en
los que el jefe montonero expresaba su vieja amistad con el sacerdote
asesinado. Acusador y determinante, sentenció:
–AHORA ME VAS A DECIR QUE MUGICA NO ERA MONTONERO.
La Organización Montoneros había difundido un comunicado en el que se
afirmaba que "a pesar de las diferencias que mantenía nuestra organización
con algunas de las últimas posiciones públicas de Mugica, reivindicamos su
acción como parte del campo popular. El objetivo de este asesinato
–agregaban– es ahondar y hacer insuperables esas diferencias".
No contento con eso, Mario Firmenich escribió enseguida cuatro artículos
sucesivos en el diario Noticias, ésos que monseñor Aramburu le había
refregado al padre Botan en las narices como prueba irrefutable del origen
montonero de Mugica. En los dos primeros recordaba su relación estrecha con
el sacerdote y su posterior "distanciamiento". En el tercero, realizaba su
descargo ante las acusaciones. Se quejaba de que "los medios de comunicación
nos quieren adjudicar el crimen". Y si bien reconocía que los llamados de
amenaza habían existido, aseguraba que no habían sido realizados por su
agrupación sino por "sectas ultraizquierdistas" conformadas por "caraduras y
oportunistas que... usan nuestro nombre, pretendiendo fortalecer sus propias
posiciones políticas a costillas de nuestra fuerza y nuestra
representatividad".
Según Firmenich, "estaba creada la situación para que el verdadero enemigo
diera un golpe audaz, destinado a que las fuerzas del pueblo, que no
coinciden en cómo destruirlos a ellos, se dediquen a destruirse entre sí. De
este modo, las diferencias nunca podrían ser superadas, porque se oscurecen
con los odios personales y con el erróneo deseo de la venganza".
En el último artículo, agregaba que "sólo los enemigos que Carlos tuvo
siempre podían tener interés en matarlo. Aquellos para los que él era el
"cura comunista; el cura que, queriendo cristianizar a los bolches, se hizo
bolche "parafraseando a "El Caudillo".
Demasiadas explicaciones para quien se sabe inocente. Pero aun así Firmenich
no terminó ahí, también le dio explicaciones al padre Alberto Carbone:
–Alberto, Mario quiere verte para explicarte que nosotros no matamos a
Mugica–le dijo una voz.
En el encuentro, Firmenich repitió lo dicho en el diario Noticias y Carbone
casi no abrió la boca.. Habían pasado muchas cosas en el medio y las
distancias eran demasiado grandes.
El larguísimo editorial de Mejías, en Criterio, tenía los siguientes
párrafos:
"(...)Felizmente la reacción parece unánime, salvo los asesinos y sus
cómplices verbales o mentales. Es en realidad, la sociedad misma argentina
que se defiende sin saberlo. La muerte en su seno de un sacerdote católico
es un crimen que la afecta colectivamente. Toca la conciencia de todos, como
decíamos. Algo en ella ha sido herido y contra ella se reacciona y se la
defiende. En la muerte de este hombre indefenso, consagrado en principio al
servicio de Dios y de los pobres, todos hemos sido tocados. Los lazos
básicos, inconscientes, que unen a los hombres, más allá de la verborragia
fraternizante y de la prédica vacía sobre los derechos del hombre, salen a
la luz. Un día, por lo menos. Es preciso exorcizar la muerte de uno de
nosotros, producida por uno de nosotros.
"(...) Se dice que durante su agonía en el hospital Salaberry, el padre
Mugica, todavía consciente, pedía la unión entre los argentinos. El había
creído que ella se realizaría por un camino. Otros, igualmente cristianos,
han podido y pueden pensar diversamente. La cuestión no es el medio, sino el
fin. A las puertas de la muerte y de la eternidad, él debe haber visto esa
necesidad de unidad de manera diferente de cómo la veía en el tiempo de sus
luchas. Debe haber percibido el fin más que los medios. O más bien, debe
haber sentido como una referencia implícita, que su muerte era el verdadero
medio que podía traer la ansiada unidad. "
Seis días después del homicidio, la revista de la ultraderecha peronista, El
Caudillo, publicó un artículo tan contrario a sus editoriales anteriores,
que resultó hipócrita. Aseguraba haberle realizado una entrevista a Mugica
antes de su muerte y decía que el sacerdote había afirmado en esa
oportunidad que los Montoneros lo habían condenado a muerte. Lo curioso fue
que nunca se publicó el texto del pretendido reportaje.
Todos los caminos condujeron al subcomisario Rodolfo Almirón Sena, jefe
operativo de la Triple A, cuando se señaló al autor material del asesinato.
La señora María Ester Tubio deTozzi lo vio dentro de la Iglesia y su
descripción coincide con la que aportaron Carmen Artero de Jurkiewicz y
Nicolás Margoumet. Ambos lo habían visto disparar sobre Mugica, en la calle,
desde una distancia de 1,20 metros. Las pericias demostraron que la
ametralladora usada podía ser una Ingram M-10, de procedencia
norteamericana, o bien una Franchi, modelo 57, italiana. Luego se sabría que
las Ingram eran comúnmente utilizadas por los miembros de la Triple A
–Almirón incluido– en buena parte de los aproximadamente dos mil atentados
que se atribuyeron a la organización.
Miguel Bonasso, en su libro El presidente que no fue, citó una revelación
del padre Hernán Benítez efectuada años después del crimen: "La Iglesia sabe
que al padre Mugica lo mató el comisario Rodolfo Almirón, que era el jefe de
la custodia de López Rega".
Para Marta Mugica también queda claro quiénes fueron los asesinos de su
hermano. Según me relató la tarde en que la visité en su casa. "Yo por los
Montoneros no pongo las manos en el fuego, Carlos estaba amenazado por
ellos, lo odiaban por las críticas que él les hacía en público. Decían que
Carlos los perjudicaba con la gente. Pero por las pruebas, fueron los de la
Triple A. Ellos se les adelantaron...".
Y para muestra de su pensamiento basta repasar un episodio que sucedió en el
año 1995, cuando una muchedumbre que partió del cementerio de la Recoleta,
recordaba los veinte años de su asesinato.
–Señor le voy a pedir que se retire. Yo soy la hermana de Carlos Mugica y
usted nos está ofendiendo con su presencia. ¡Vayase de aquí! Usted hizo
mucho daño al país...
–No me voy a retirar. Yo fui discípulo del padre Mugica...
–¡Por favor! Usted es un mentiroso. Si hubiera sido discípulo de mi hermano
otra hubiera sido su historia. ¡Vayase de aquí!
–No me voy a retirar. El padre Mugica fue mi asesor espiritual...
–¡Mentira! Usted es un asesino, salga de aquí...
Este diálogo fue registrado por las cámaras de Crónica TV, el 13 de mayo de
1995, a las 17 horas en plena avenida Figueroa Alcorta, justo frente a ATC,
cuando los manifestantes, en su mayoría habitantes de la villa 31 de Retiro,
regresaban del acto.
Los protagonistas fueron el ex jefe montonero Mario Eduardo Firmenich y
Marta Mugica. Mientras la mujer hablaba, una catarata de insultos, golpes de
puño y empujones surgió de la multitud y fue a dar en la cara de Firmenich,
que se retiró corriendo. De algún lugar voló una piedra y le pegó en el
cuello. Firmenich se detuvo, sacó un pañuelo y se secó la sangre que
brotaba. En su rostro no se movió un músculo. Su mujer, María Elpidia
Martínez Agüero lo tomó de un brazo y le dijo: "Vamos Pepe, salgamos rápido
de aquí".
–¡Asesino, asesino!– gritaba la gente enfervorizada. Habían pasado veinte
años, pero los odios y rencores de una década sangrienta, demasiado
tumultuosa, seguían intactos.
El falso culpable
El sumario se cerró por primera vez dos meses después del homicidio, con
apenas 162 fojas. El juez a cargo de la causa era Julio Lucini. Fue
reabierta diez años después, al sobrevenir nuevamente la democracia. Juan
Carlos Junco, un convicto preso en la cárcel de Neuquén, confesó ser el
asesino de Mugica y de dos sindicalistas: Rogelio Coria y José Ignacio
Rucci. El juez a cargo de la instrucción, Eduardo Hernández Agramonte, se
empeñó en creerle y la prensa anunció la resolución del caso. Era el verano
de 1984. Meses después, el Servicio Penitenciario Federal reveló que dos de
las personas que Juncos había mencionado como sus acompañantes en el
atentado, se encontraban en prisión. Junco reconoció entonces que había
inventado toda su declaración para ser trasladado a Buenos Aires y poder así
ser visitado por su madre, que estaba muy enferma.
Su vuelta a la villa
Eran las dos y media de la tarde del 9 de octubre de 1999 cuando el padre
Carlos Mugica comenzó su peregrinaje hacia su tumba definitiva. El sol ardía
sobre las mejillas oscuras y sudorosas de cientos de hombres y mujeres que
se acercaron a la recoleta Iglesia del Pilar, desde donde partió la
procesión. Una bandera laboriosamente confeccionada, que el viento hacía
flamear con furia, decía en letras rojas: "Villa 31". La llevaban como un
estandarte hombres de brazos fuertes, moldeados por el trabajo. Gente de
buen vestir –todos familiares y amigos de Mugica– y más de treinta
sacerdotes, se confundían entre aquellos paraguayos, bolivianos y cabecitas
negras del interior del país, que al fin y al cabo eran el cuerpo y el alma
de la ceremonia.
Todos comulgaron su amor por el padre Carlos Mugica durante las casi tres
horas que duró la caminata desde la Recoleta hasta el corazón de la Villa
31, en Retiro. En sus corazones, las palabras del cura tercermundista
seguían vivas:
–Nada ni nadie me impedirá servir a Jesucristo y a su Iglesia, luchando
junto a los pobres por su liberación. Si el Señor me concede el privilegio,
que no merezco, de perder la vida en esta empresa, estoy a su disposición...
Niños de poco más de diez años y algunos adolescentes sostenían con
dificultad los carteles que decían: "Carlos Mugica no ha muerto, vive en
nuestra hermandad". Por su corta edad no habían podido conocerlo, pero
sabían casi todo sobre él. Como sus padres, siguen viviendo en Retiro, cerca
de la capilla Cristo Obrero, donde el sacerdote nacido en el seno de una
familia de clase alta se había entregado al apostolado hasta morir
acribillado a balazos en 1974, cuando ellos aún no habían nacido.
La emoción embargó a la muchedumbre cuando el féretro llegó a la villa y
comenzó a recorrer su camino hacia la morada definitiva. De hombro en hombro
lo habían cargado durante todo el trayecto, turnándose para que nadie dejara
de llevarlo. El dolor se había clavado en el pecho de esos mismos hombres
hacía veinticinco años, cuando también a pulso alzaron su cuerpo en la
Capilla Cristo Obrero, donde había sido velado en medio de la bronca y el
desconsuelo popular.
–Hacía mucho tiempo que teníamos el proyecto de traer los restos de Carlos a
la Villa 31 para que descanse junto la gente a la que él le brindó la vida,
pero sólo cuando empezamos a trabajar el tema con el arzobispo de Buenos
Aires, monseñor Jorge Bergoglio, tuvimos la convicción de que ese sueño de
todos se iba a hacer realidad– comentó el padre Guillermo Torres, o Willie,
como lo apodan los vecinos de la Villa 31, a la que llegó hace cuatro años.
A la entrada del barrio, mezclado entre quienes esperaban para darle la
bienvenida a Mugica, se encontraba el futuro cardenal primado de la
Argentina. Monseñor Bergoglio estaba tan conmovido como los peregrinos.
Erguido, pero con humildad, caminó con ellos esas calles zurcadas por el
abandono y la marginación, hasta llegar a la capilla Cristo Obrero, donde se
celebró la misa.
Había llegado a la villa con la timidez de siempre y con ciertas sombras,
aquéllas que pocos feligreses conocen: su cuestionado papel como Provincial
de los jesuitas en la época de la dictadura (1973-1979), su mano férrea en
la dirección del Colegio Máximo de los Jesuitas, en San Miguel, y su
silencioso camino al poder, de monje jesuita a cardenal primado. En voz baja
se le achacaba la desprotección en que habría dejado a los dos sacerdotes de
esa orden, Yorio y Jalics, que fueron secuestrados y vivieron el mismo
horror que miles de detenidos políticos.
Porque no sabían de esas sombras, o porque prefirieron dejarlas pasar, el
caso fue que a Bergolio lo recibieron como un rayo de luz: era uno de los
primeros obispos que visitaba la Villa 31. La gente agradeció el gesto y se
olvidó de los murmullos. Monseñor recuperó la confianza con las primeras
palmadas que le dieron aquellas manos oscuras y francas que lo saludaron.
Todo iba a estar bien, lo presentía.
En la puerta de cada una de las casillas, sus moradores habían puesto una
mesa con un mantel blanco prolijamente estirado, para que el féretro pudiera
ser apoyado por unos instantes. El paso fue lento y sentido. Cada familia
reunida lo acariciaba, le rezaba en reserva y luego se despedía de Mugica
con un beso y un "bienvenido a tu casa, padre". Así fue en cada una de las
casas. Todos habían preparado desde la mañana temprano las mesas para
recibirlo y darle las gracias.
Cuando los restos llegaron finalmente a la capilla, llegó el momento
culminante: la misa. Dando muestras de su bajo perfil, el arzobispo de
Buenos Aires le cedió la palabra al sacerdote Héctor Botan, amigo entrañable
de Mugica y compañero del MSTM.
Botan los hizo llorar y reír. Contó anécdotas de la vida de Carlos Mugica,
al que definió como "un sacerdote que se desveló por la suerte de los
pobres", y recordó entre otras, una de sus frases célebres:
–Cuando una mujer te hace picar la espalda, mejor rajemos...
La capilla y el galpón de tinglado bajo el cual descansa Mugica desde ese
día, dentro de un gran nicho de ladrillos a la vista, con plaquetas
recordatorias, estaban esa tarde totalmente decoradas. La gente había
trabajado mucho para ese regreso. Flores, carteles, cancioneros,
demostraciones de danzas populares del Paraguay y de Bolivia, murgas...
Todas las expresiones se hicieron sentir para darle la tan esperada
bienvenida. Un grupo de jóvenes había pintado durante toda la noche, en un
paredón, una leyenda en letras negras y rojas, que recogía sus últimas
palabras: "Padre Carlos: "Ahora más que nunca debemos estar junto alPueblo
".
No fue aquella la primera vez que monseñor Bergoglio puso sus pies en una
villa. Lo había hecho desde su misión pastoral como jesuíta y lo siguió
haciendo luego de sus ascensos dentro de la jerarquía eclesiástica pero tal
muestra de cariño popular lo impresionó. Respiró profundo, miró a su
alrededor y dijo lo que hacía mucho tiempo, aquellos hombres ansiaban
escuchar:
–Oremos por los asesinos materiales, por los ideólogos del crimen del padre
Carlos y por los silencios cómplices de gran parte de la sociedad y de la
Iglesia Argentina– pidió Bergolio.
Quizás era demasiado tarde para tremenda confesión. Había muchos muertos en
el medio, mucha sangre derramada de inocentes, muchos culpables sin castigo.
Sin embargo, la risa y el llanto se abrazaron. Y la sangre de Mugica fluyó,
viva e inmortal, entre sus fieles y pobres seguidores de la villa.
|
Solo10.com:
Dominios -
Registro de Dominios -
Alojamiento Web - Hospedaje
Web - Web Hosting