Sobre el No Matarás y otras culpas

Luis Mattini, ex dirigente del PRT-ERP, visto de a varios

Por Juan Mendoza

Esta no es solo una entrevista al último secretario general del PRT-ERP y autor de varios libros, sino la suma de miradas -familiares incluidos- sobre él. Desfilan el uso de la violencia, los errores, la culpa, el dolor y hasta una bronca fuerte de Fidel Castro.

La única vez que la muerte lo rondó tan cerca no fue en ninguna de las instancias límites que afrontó como guerrillero en los años setenta de la Argentina. Había asaltado bancos, desarmado policías, copado unidades militares y comisarías. Había estado en furibundos tiroteos y había sentido el repiquetear de las balas a centímetros de su cabeza. Pero lo que hizo que su vida pendiera de un hilo no provino de su accionar en la lucha armada, sino de un accidente de tránsito. Ocurrió una noche otoñal del 2004, ya muy lejos de aquella travesía insurgente regada de pólvora y sangre. Viajaba arriba de un taxi por las calles de la ciudad de Buenos Aires cuando fue embestido a toda velocidad por un Mercedes Benz. El impacto le produjo gravísimas heridas en su cabeza y lo llevaron a estar sumergido durante cuarenta días en estado de coma profundo.

–Cuando recuperé la conciencia, mis amigos me contaron que me puse a gritar: ¡Hijos de puta! ¡Me están torturando! ¡Aunque me revienten no les voy a decir nada! ¡No voy a hablar!. Un médico practicante que justo pasaba por ahí, se acercó cuando escuchó los gritos y les dijo a las personas que me estaban cuidando: claramente tiene un síndrome de alcoholismo.

El médico sólo supo que la persona que estaba recostada en la camilla respondía al nombre de Juan Arnol Kremer. Lo que no supo es que en aquellos gritos desaforados que había proferido el convaleciente se agazapaba una parte de su existencia que respondía a otra identidad, a otro ser, pero que aún pervivía bajo esa misma piel. Porque en algún momento de su pasado, Kremer había dejado de ser quien era y al amparo de las sombras de la clandestinidad, bajo otro nombre, comenzó a vivir una vida paralela. Ese camino lo llevaría a ser parte y ejercer la jefatura de una las organizaciones guerrilleras más importantes que surgieron en la Argentina: el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Hoy, el nombre de guerra que parió aquel pasado ardoroso, terminó por imponerse sobre el de Juan Arnol Kremer, que quedó relegado a trámites legales y diligencias burocráticas.

–Ahora yo digo que Luís Mattini es mi nombre artístico –dice en tono jocoso. Pero como suele repetir a menudo, y esta vez con el semblante serio, agrega una última frase–En realidad, decidí seguir llamándome así para reafirmar la militancia de una época.

En un departamento del barrio de Congreso de la Ciudad de Buenos Aires, Luís Mattini descansa sobre una pequeña silla giratoria. Cuando se levanta para servirse café en la cocina, lo hace despacio, casi con dificultad. Su cuerpo voluminoso, alto, de casi un metro ochenta, se mueve lento. Desde hace un tiempo, cada vez que sale a la calle, se acompaña de un bastón. Sin embargo, su tono transmite fortaleza. El habla lo vuelve jovial, pero la mesura con la que elige las palabras le confiere un aire sosegado antes que pasional. De tanto en tanto sus dedos peinan hacia atrás una cabellera renegrida, lacia y abundante, donde se entrecruzan algunas canas. De mirada apacible, casi tímida, le basta fruncir el ceño para que ese semblante sereno adquiera una expresión hosca, lindante con cierta dureza. A sus setenta y nueve años, el porte formal y por momentos rígido que irradia, hace pensar que uno está frente a alguna eminencia catedrática o incluso empresarial, antes que con un ex guerrillero. Pero Mattini lo fue. Y fue también uno de los primeros que con mirada autocrítica se atrevió a volver sobre los pasos de una generación que eligió el fusil y las bombas como medios de lucha para transformar el mundo.

–Nosotros estábamos convencidos de que íbamos a hacer el socialismo, estábamos absolutamente convencidos. Pero ese convencimiento era histórico. En ese momento todo el mundo estaba ganando. Se había ganado en Cuba, los yanquis habían perdido tres guerras en Vietnam ¿no teníamos razones para pensar que íbamos a ganar? Íbamos a lograr una sociedad más justa. Recuerdo cuando mis hijos me preguntaban: ¿Por qué no podemos irnos de vacaciones? Yo les decía: «ya vamos a ir cuando tomemos el poder».

–¿Cuándo surgió en vos la idea de que un mundo más justo sólo se podía lograr a través de la lucha armada?

–Desde muy jovencito ya estaba convencido de que la revolución era un fenómeno violento y que iba a ser sangrienta. Es decir, íbamos a tener que portar armas, aprender a usarlas, y que iba a haber muertos. Nunca creí que iba a ser pacífica. Asumir la violencia para mí fue un acto muy racional. Te diría que de una extrema racionalidad. Recuerdo la primera vez que vino un compañero a darnos entrenamiento militar. Nos dijo: «Miren que las armas hay que tenerlas para usarlas, no son de adorno. Si empuñás un arma, tenés que saber que podés disparar. Y si disparás, tenés que saber que podés matar».

–¿Te acordás qué sentiste la primera vez que empuñaste un arma?

–Sí, fue en el año sesenta y ocho. En una reunión un compañero trajo un paquete, lo abrió y sacó una pistola. Yo me sorprendí. «¿Y esto para qué es?» pregunté. «Bueno, Flaco, vamos a hacer la guerra… ¿qué esperabas?» me dijo. Yo agarré el arma, la miré de un lado, la miré del otro y me dije: «Bueno, hay que aprender a usarla. Llegó el momento». El tema es que cuando empezás a ejercer la violencia, se sabe cómo empieza pero nunca se sabe cómo termina y hacia dónde te lleva. Y ahí es donde tenés que ponerle límites, ¿pero cómo hacés para limitarla? En la lucha armada, cuando ejercés la violencia contra otras personas, surge un mecanismo que se llama endurecimiento y que la costumbre hace regla. Entonces, bueno, un muerto al principio fue un escándalo. Pero después nos acostumbramos. Sé que hoy suena terrible decir esto, pero eran tantos los muertos de nuestro lado como los muertos que nosotros provocábamos en el bando contrario, que nos fuimos endureciendo por costumbre.

Sin armas sobre el Paraná

Juan Arnol Kremer nació en 1941 en Zárate, ubicada en la ribera del río Paraná. Al poco tiempo sus padres se instalaron con él y su hermano menor, Rodolfo, en Lima, un pueblo aún más pequeño del partido que se levanta también a la vera del río. Apenas dos mil habitantes, con luz eléctrica sólo a partir del mediodía, caminos polvorientos y calles que terminaban en un inmenso trigal. Escuela primaria, siestas de río, aventuras de niño donde el tiempo fluía lento.

–Yo fui un chico criado por un padre que para evitar que tuviéramos influencias violentas, nunca nos quiso regalar armas de juguete. Mi padre a lo sumo pescaba, pero en mi casa no había armas. Cuando ingresé a la organización, yo no sabía tirar, nunca había usado un arma.

Sus padres compartieron no sólo el lugar de trabajo donde se conocieron, el frigorífico de Zárate, sino también su amor por la clase trabajadora a la que pertenecían. Elvira Balugano, operaria, y Juan Arnol Kremer, carpintero, prolongaban las sobremesas familiares con largas prédicas a favor de los obreros. Ella, más aguerrida, vituperaba a los «capitalistas opresores». Él, más soñador, bregaba por una «sociedad de iguales», para después ponerse a recitar de corrido la Odisea de Homero o algún poema de Víctor Hugo. Arnolito, como así lo llamaban de niño, escuchaba embelesado aquellas arengas sociales, que por otro lado aburrían sobremanera a su hermano Rodolfo, dos años menor que él.

–Ni mi madre ni mi padre habían militado nunca. Mi padre se definía como un libre pensador. Sin ser peronista había adherido al primer gobierno de Perón, ese del «Estado de bienestar» y que yo disfruté de niño. Pero ninguno había militado nunca. Con el correr de los años, yo termino involucrando a todos, porque tanto mis padres como mi hermano, se suman a la organización. Mi vieja termina participando de un secuestro en México, mi viejo muere en el exilio y mi hermano Rodolfo está desaparecido.

El Ejército Revolucionario del Pueblo nació en 1970 como brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) que se fundó en 1965 y cuyo referente máximo fue Mario Roberto Santucho. De origen marxista-leninista, el PRT-ERP buscó la toma del poder y focalizó como su principal enemigo a las Fuerzas Armadas.

–En el congreso donde su funda el ERP habíamos dicho que teníamos que empezar con las acciones menos sangrientas posibles, evitar herir inútilmente a la gente. Cuando se matan a estos dos policías, se generaron discusiones muy fuertes dentro de la organización. En una reunión posterior a este hecho, se empezó a increpar a los compañeros que habían participado del operativo, y en medio de la discusión, Gorriarán (Enrique Gorriarán Merlo) dijo: «Bueno, bueno che, en la guerra muere gente… ¡Qué le vamos a hacer!». Algunos de nosotros estábamos muy enojados, éramos de la línea de los que creíamos que había que empezar más suave.

–En el tiempo que duró tu accionar como guerrillero, ¿tuviste alguna confrontación interna por el hecho de haber tomado las armas?

–Bueno, cuando se cometieron, los que yo llamo errores… en alguna situación de absoluto descuido o acciones muy irracionales de algunos compañeros… Y sí, me sentí mal, nunca entendí el crimen por el crimen mismo. Por ejemplo, cuando dispararon a pesar de que estaban las hijas del Capitán Viola y dieron muerte a su hijita de tres años. Lo único que me tranquilizó fue que Santucho estaba fuera de sí, porque no podía creer lo irresponsable que habían sido los compañeros. Bueno, esa no es la guerra que queríamos hacer.

–¿Cómo vivías la posibilidad de poder matar a alguien?

–El tema de matar era un tema que siempre lo tuve claro. Matar para mí era una cuestión del combate. Estás en combate: o matás o morís. Lo que sí, para mí el civil era sagrado. ¿Y por qué esa diferencia? Porque el hombre que está armado está dispuesto a matar, y si estás dispuesto a matar… aguantátela….

–¿Tenés la certeza de que mataste o en el fragor del combate nunca tenías registro del resultado?

–Sí, me ha quedado el registro en situación de combate. Estar en un tiroteo, estar disparando y ver que caen. Y luego escuchar que hubo, no sé, dos muertos y tres heridos, bueno, alguno de ellos habrá sido por mí…

–¿Cómo sobrellevabas la sensación de que en cualquier momento podían matarte?

–Mirá, el miedo a la muerte casi no existía. Por lo menos en términos conscientes. Nosotros habíamos aprendido del Che Guevara que la muerte era un accidente. Solo eso. Yo estuve en varias balaceras. Recuerdo estar tumbado atrás de una camioneta, con un FAL trabado, tratando de destrabarlo. Sentía el ruido de las ráfagas de las ametralladoras y cómo pegaban las balas alrededor mío. No es que me haga el valiente, pero lo único que pensaba en ese momento era: «Si una de estas balas es para mí, que llegue rápido».

Luisito metalúrgico

Arnolito entró en la adolescencia cuando en 1955 la autodenominada Revolución Libertadora derrocaba a Juan Domingo Perón. Las dictaduras militares comenzaron a sucederse una tras otra y un día se encontró estudiando marxismo alentado por el director de la biblioteca de Zárate, un viejo alemán que había sido discípulo de Rosa Luxemburgo. Cuando comenzó a dar sus primeros pasos como activista de izquierda en Praxis, una agrupación marxista que lideraba el intelectual Silvio Frondizi, Arnolito había quedado atrás. Ahora era un joven que había elegido el nombre de «Luis» como seudónimo para su militancia clandestina, en honor a su admirado Beethoven. Al igual que lo había hecho su padre, optó por aprender un oficio. Pero el suyo no fue el de carpintero, sino el de herrero, con el que ingresó como obrero calificado a una importante empresa metalúrgica de Campana. También había tiempo para el amor y a la edad de veinticuatro años se casó con una joven maestra del pueblo. Poco después nació su primera hija, Gabriela. La historia, a su vez, no dejaba de parir sucesos que insuflaban la conciencia de toda una generación que bregaba por cambios cada vez más radicales. Luis inauguraba la década del setenta realizando su primera acción de envergadura como militante del PRT-ERP: colocó una bomba de estruendo en la puerta del domicilio del intendente de Zárate, funcionario de la dictadura de ese momento. La llevó a cabo apenas una hora después de haber nacido su segundo hijo, Andrés.

–Sí, ya lo sé. Se podría haber quedado sin padre esa misma noche. Pero así vivíamos. Cada vez empecé a estar más ausente. Descansé la responsabilidad de mis dos hijos en su madre. A veces me iba un lunes y aparecía un viernes. Y eso fue deteriorando la relación con mi ex mujer. Mi hija mayor, Gabriela, una vez me dijo: «Respeto el empeño que pusiste por querer cambiar el mundo, pero vos no deberías haber tenido hijos».

En su libro Los Perros. Memorias de un combatiente revolucionario, Mattini se refirió al hecho de haberse ausentado de la clínica inmediatamente después de haber nacido su hijo. En el capítulo titulado «De caños y pensamientos» escribió: «Por supuesto usted me preguntará: ¿No pensaste que tu hijo podía quedar huérfano el mismo día de nacer? ¿No pensaste que podías ir preso y tu familia quedaría desamparada? (…) No amigo, no lo ‘pensamos’, si por pensar se entiende eso. Porque si hubiéramos pensado así, como se nos pide, no lo habríamos hecho. En realidad, no hubiéramos hecho nada».

–Que haya ido a hacer un operativo esa noche en que yo nací, fue la consecuencia lógica de una serie de elecciones que él tomo en su vida –dice Andrés Kremer, cuarenta y siete años después de su nacimiento, al referirse a su padre y a su vida de militante–. Yo reivindico el hecho de que haya buscado cambiar las cosas para hacer una sociedad más igualitaria. No te podría decir que avalo todos los métodos de ese camino elegido, pero sí la coherencia que él tuvo. Y el hecho de que él hiciera lo que hizo como militante, significaba la distancia conmigo y con la familia. De mi parte no hay reproche, porque considero que era algo necesario de hacer, analizándolo como un proceso histórico. Eso hacía que lo otro no pudiera estar. Por ejemplo, no teníamos vacaciones o los cumpleaños casi que no eran festejados. Por la vida que él llevó, no veo tan clara mi relación con él como hijo. Sobre todo en mi infancia y en mi preadolescencia la distancia con él fue muy grande. Hoy puedo decir de él que es una persona bastante ambigua. En el accionar cotidiano se lo ve con mucha seguridad, tiene coraje, y no simplemente por el hecho de que alguna vez haya tomado las armas. Y es muy, muy racional y con un grado de frialdad importante como para poder tener esa capacidad de análisis crítico que tiene. Pero nuestro vínculo filial es bastante difícil. No podría calificarlo como un vínculo tradicional de padre e hijo. No porque haya habido conflicto, sino porque a mí me faltó el oficio de hijo y a él le faltó el oficio de padre.

Derrota y silencio

Mattini cierra la puerta de su departamento y vuelve a acomodarse en la misma silla. Los encuentros que va deshilvanando se suceden casi idénticos. «Usted dirá, señor» es la frase que repite, con cierta afabilidad, al comienzo de cada entrevista. Un andar despacio hasta la cocina, una taza de café, algún furioso ataque de tos y el relato caleidoscópico de su pasado. Su presente son las largas horas que pasa frente a las computadora corrigiendo su último libro. El resto del tiempo lo ocupa en leer. Jubilado desde hace algunos pocos años del cargo de asesor en Derechos Humanos y Medio Ambiente de la Defensoría del Pueblo de la Nación, desde entonces, sus días son silenciosos, frugales, casi pura quietud. Una rutina idónea para su veta de escritor. Su primer libro, Hombres y mujeres del PRT-ERP, escrito en el exilio a principios de los ochenta y publicado en la Argentina en 1990, inició una carrera en la que buscó no solo retratar «los años de plomo», sino también dejar plasmada su experiencia como militante político. No volvió a casarse desde que se separó de la madre de sus hijos, pero las mujeres siguieron presentes en su vida, algunas en historias fugaces, otras formaron parte de un andar más extenso. Como el que recorrió con la escritora y periodista Victoria Azurduy, con quien estuvo en pareja durante once años.

–Fue una relación muy importante en mi vida –dice Victoria Azurduy, quien también llegó a militar en el PRT-ERP en los años setenta–. Luis es una persona con mucha voluntad, muy convencido de sus ideas. Muy trabajador. Muy buen amigo. Como pareja es otra cosa. Me es muy difícil hablar… Pero yo creo que en ese sentido él tiene una gran inestabilidad afectiva. Conmigo fue la pareja más larga que tuvo. Pero hay todo un tema en cuanto a la afectividad. Yo creo que a él como a muchos de nosotros nos cuesta mucho admitir que la revolución no fue posible, que no se hizo… Tantas muertes, tanto sacrificio… Nos costó admitir que el poder corrompe, así seas marxista o lo que fuere. También es cierto que Luis cambió mucho luego del accidente de tránsito que tuvo. Se volvió más cauto, antes era mucho más espontáneo. Me refiero a la pareja. Pero bueno, en el amor no hay seguro de vida.

Luis Mattini confiesa que la monogamia siempre la vivió como una contradicción. Fogueado en sus años juveniles por lecturas de Jean Paul Sartre que alentaban al amor libre, durante mucho tiempo convivió en él ese tironeo que desafiaba la tradición familiar con el sometimiento al mandato social.

-Finalmente hice lo contrario a lo que deseaba. Me casé por tradición y asumí rápidamente la idea del compromiso. Pero siempre me acosó ese deseo que no se cumplía. Porque hablábamos del amor libre, pero no lo vivíamos. Esa parte fue muy contradictoria.

–¿Cómo comulgaba esa idea de amor libre en una organización tan rígida a nivel interno como fue el PRT-ERP?

–No, las infidelidades eran sancionadas. A mí me parecía un absurdo. Hablábamos de «moral proletaria» pero en realidad era una doble moral, porque los cuernos están en todo el mundo. ¿Qué moral proletaria? Además, yo mismo no tenía una conducta muy sana que digamos… Y después me fui dando cuenta de que había compañeros que eran como yo, zorros que no decían nada y compañeros que eran una manga de pelotudos que tenían que andar contando todo lo que hacían. Además, la tensión con la que se vivía, el jugarte la vida todos los días, te desarrollaba el erotismo muchísimo más. La expresión: «¡A coger que se acaba el mundo!» tiene su verdad. Eso se reprimía y hacía agua por todas partes. El tema es que el deseo estaba visto como un concepto pequeño burgués y se buscó condicionarlo. ¿Pero cómo condicionás el deseo? Fijate que hasta el propio Santucho tuvo una amante cuando estaba casado con Sayo (Ana María Villareal). El también había caído en esa trampa.

–¿De qué manera trataban el tema de la homosexualidad?

–Primero tené en cuenta que nosotros éramos una organización que venía con los viejos prejuicios de época, de cuando yo era joven. El prejuicio era muy grande, no solo con el tema de la homosexualidad, sino con el tema de la masturbación. Pero además el PRT arrastraba un problema gravísimo, que consideraba que había una moral proletaria y una moral burguesa, y se hizo de esto una especie de dogma. Y eso envenenó todo. Para el PRT la homosexualidad era algo que había que corregir. Toda «degeneración», entre comillas, era producto de un pequeño burgués. Una vez detectaron a un compañero que tenía «desviaciones homosexuales» y Santucho dijo que había que mandarlo al psicólogo. Nosotros veníamos del modelo cubano, y en Cuba en esa época la homosexualidad era delito penal.

En 1971 Mattini viajó a Cuba junto a otros militantes del PRT-ERP para recibir entrenamiento militar. Ocho meses después regresó a la Argentina convertido en un experto tirador de FAL (Fusil Automático Liviano) y con eximios conocimientos en la fabricación de todo tipo de armamentos. El viaje también le deparó un apodo que Luis convirtió en el apellido que completaría su nombre de guerra.

–Como siempre andaba con la pava en la mano, el mate en la otra y los papeles bajo el brazo, un compañero cada vez que me veía llegar, decía: «¡Qué hacés matini! ¡Ahí viene matini!» Una vez que tuve que firmar unos papeles decidí tomarlo como apellido y firmé así: Mattini, con doble t.

La sofisticación con las que realizó las tareas de ingeniería en la construcción de imprentas clandestinas, que llegaron a maravillar al propio Santucho, sumado a sus conocimientos adquiridos en Cuba, lo llevaron al poco tiempo a ser nombrado integrante del Buró Político del PRT-ERP, máximo escalafón en la estructura jerárquica de esta organización.

–Cuando ingreso al buró me hago cargo de la parte sindical y de la parte de ingeniería. Además de la fabricación de armamentos, que era lo que más había aprendido en Cuba. Ahí es cuando hacemos la ametralladora JCR, que tomamos como modelo de una ametralladora alemana. Los milicos se quedaron asombrados cuando descubrieron lo que habíamos producido. Incluso con talleres propios.

En sus primeros años de vida como organización guerrillera, el ERP llegó a contar con cierto beneplácito de un sector de la población que veía en su accionar cierta justicia reparadora a favor de los más desposeídos. Operaciones como asaltos a camiones con mercadería para ser repartida en villas miserias, secuestros extorsivos que incluían como demanda la reincorporación de obreros despedidos, suba de sueldos y distribución de comida, frazadas y útiles escolares en barrios carenciados, tuvieron un halo robinhoodesco que incrementó la afluencia de simpatizantes a sus filas. En su época de mayor apogeo, se estima que el ERP llegó a contar con unos seis mil militantes entrenados para combatir.

–Esta adhesión que teníamos de la gente se pierde muy rápidamente entre el año 74 y 75. Nunca acertamos en cómo adecuar una organización que nació para enfrentar dictaduras militares. Cuando el poder respondió con política no supimos qué hacer. La realidad nos demandaba una respuesta política y nosotros dimos una respuesta militar.

En 1973 el peronismo retornó al poder con un masivo apoyo de la población argentina, pero el ERP tomó la decisión de no dejar de combatir. A fines de ese año, Mattini emprendió su segundo viaje a Cuba, pero esta vez en calidad de misión. Llevaba un mensaje de Roberto Santucho que debía transmitirle a Fidel Castro en persona.

-El ERP estaba operando en las sierras de la provincia de Tucumán y tenía que solicitarle a Fidel entrenamiento militar para nuestros guerrilleros.

Su estadía en la isla llevaba tres semanas. Con Manuel «Barbarroja» Piñeiro como anfitrión, había hecho contacto con casi toda la plana mayor del Comité Central cubano, pero de Castro no tenía noticias.

-La última noche de mi estadía en Cuba, vino Piñeiro a verme a la casa de protocolo donde me alojaron y me dijo que querían hacerme una cena de despedida. Yo tenía el avión a las cinco de la mañana del día siguiente. Ya había descartado la posibilidad de entrevistarme con Fidel. Cuando estábamos sentados en la mesa con un grupo de cubanos, sentí como un movimiento de gente que avanzaba por la casa. Miré y entre medio de dos tipos, venía Fidel.

Mattini tenía treinta y dos años cuando esa noche se fundió en un largo abrazo, que lo sintió fuerte, cálido, con quien había comandado la revolución que mucho tenía que ver con la que él mismo buscaba llevar a cabo en su país.

-¿Sabés lo que nos pasa a las personas altas como yo cuando encontramos a alguien mucho más alto? ¡Lo vemos como un gigante! Y a Fidel lo vi enorme… enorme.

Desde las nueve de la noche y a lo largo de varias horas, Mattini escuchó embelesado la oratoria de un Castro que pasó de la calidad de los vinos chilenos y las bondades de la yerba y la carne vacuna argentina, a sus peripecias vividas durante los años que duró la revolución cubana. Cuando se hicieron las tres de la mañana Mattini entró en pánico.

–En dos horas tenía que tomar el avión y no había podido plantearle el pedido de Santucho. Hasta que en un momento se interrumpió, hizo un silencio y me preguntó: «A ver chico, ¿Cómo es eso de que quieren hacerle una guerrilla a Perón?» Yo le dije que no era contra Perón, sino que estábamos preparando la guerrilla en el monte para cuando hubiera otro golpe de Estado. Fidel me escuchó, pero me dijo: «La respuesta es no. La Argentina acaba de levantar el bloqueo que tenía con la isla ¿Tu sabes lo que significa para nosotros esa apertura que hizo el gobierno peronista? Nosotros no podemos prepararle una guerrilla a ustedes en un gobierno democrático. Y chico, déjame decirte algo: donde se come no se caga».

La definición de «guerra»

–Cada vez que se habla de los años setenta y de los enfrentamientos armados que hubo, se vuelve sobre aquello de si fue o no fue una guerra…

–Sí, sí… Es que los compañeros se hacen los boludos ahora. Pero yo no me puedo hacer el boludo en eso. Hace poco declaré en uno de los juicios por delitos de lesa humanidad y tuve que hacer malabarismos para negar que aquello fue una guerra. Pero nosotros decíamos que sí, que estábamos en guerra.

–¿Qué pensás cuando se define al ERP como a una organización terrorista?

–Bueno, no estoy tan en desacuerdo con esa calificación. El terrorismo es parte de la táctica política. Cuando nosotros comenzamos a ejecutar oficiales del Ejército, el objetivo era terrorista. En el sentido de que pararan la mano porque sino le íbamos a seguir matando gente. Y eso es terror.

–¿Cómo vivías en lo personal las ejecuciones que llevaba adelante la organización?

–Para mí, si la solución política es matar al tirano, hay que matarlo. Incluso hasta el día de hoy sigo felicitando a Gorriarán, que bajó a Somoza. Nosotros no teníamos un concepto humanista del asunto: el tirano merecía morir. Yo estaba convencido de eso y en este punto no he cambiado. Y si yo digo que estoy de acuerdo, es porque soy el primero que dispararía contra el tirano.

–¿Y a vos te tocó ejecutar a alguien?

–Así, de matar fríamente, no. Pero lo hubiera hecho por disciplina.

Luis Mattini asumió la dirección del PRT-ERP como Secretario General luego de que Santucho cayera bajo las balas de una redada del Ejército en julio de 1976. Reemplazar no sólo a quien había sido el dirigente fundacional de la organización, sino además a quien poseía la cualidad natural de líder, no fue tarea fácil. Por otra parte, el accionar represivo que se desató contra el ERP luego del golpe de marzo del 76, dejó a Mattini al frente de una organización casi diezmada.

–Esa sucesión yo la viví mal, porque quedé casi por descarte. En el Buró éramos cuatro y habían matado a tres. Yo era el cuarto que quedaba vivo. Era consciente de esa situación, sabía que yo no era el líder indiscutido. Había gente que a mí me consideraba casi un advenedizo, porque yo no era de los tradicionales y justo voy a quedar como Secretario General. No me gustaba nada esa situación. Yo sentía que tenía que levantar un muerto y que no estaba en condiciones de hacerlo. Nunca tuve confianza de que yo pudiera levantar ese muerto.

Daniel De Santis ingresó al PRT-ERP en 1972 y en 1975 formó parte de su Comité Central. Escribió numerosos libros que retratan la historia de la organización y su propia historia como militante. En sus escritos, es uno de los que más ha fustigado a Mattini sobre su desempeño como Secretario General. En el exilio optó por cerrar filas en torno a Gorriarán Merlo. Esto es lo que dice De Santis:

–Cuando el queda como Secretario General después de que lo matan a Santucho, me di cuenta de que era una responsabilidad para la cual él no estaba capacitado. En las reuniones donde ya era Secretario General, había una diferencia notable entre las intervenciones de Gorriarán y las intervenciones de él. Gorriarán era claro, preciso. Tenía claridad hacia dónde dirigir el esfuerzo político. En cambio con él no se sabía con precisión qué quería. Creo que también tiene muy exacerbado su egocentrismo, y eso no le permitió darse cuenta de que él no estaba capacitado para esa tarea. El principal responsable de la división del partido fue Mattini. Organizó una fracción en el exilio. Se debatió si había que continuar con la lucha armada o no. Y la posición del grupo de Mattini era que no había que hacer la lucha armada en el gobierno de Videla. Le habíamos hecho la guerrilla a Perón ¿y no se íbamos a hacer a Videla?

Cuando Fidel dijo que no

Las hileras de libros que se apilan sobre el escritorio y que apenas dejan espacio para la computadora, parecen reducir aún más las dimensiones del departamento de un ambiente. Una cocina pequeña, un baño más pequeño aún y pegada al espacio que utiliza como lugar de trabajo, se ubica la cama de dos plazas. Mattini no cuenta con casa propia y está viviendo en este departamento gracias a la generosidad de una amiga que desde hace unos años se lo dejó como bien de uso. Las fotos que se distribuyen por las paredes pertenecen al álbum familiar de la dueña. Unas pocas refieren al pasado de Mattini. En una de estas se lo ve a él y a Gorriarán Merlo junto a un grupo de cinco personas.

–Ahí estábamos en Praga. Eso fue en 1977, ya estábamos en el exilio. El hombre que está entre Gorriarán Merlo y yo es un alto funcionario del Comité Central Cubano. Mi idea era llegar a Cuba, hablar con Fidel y decirle: «Comandante, ahora hay una dictadura militar en nuestro país. Necesitamos que nos entrene a doscientos compañeros para combatirla». Pero los cubanos nos citaron en Praga y ahí, este representante de Fidel Castro me dice: «Pero oye muchacho ¿ustedes no ven lo que está pasando en su país? ¡Los están masacrando! ¡No está quedando nadie! ¿Qué es eso de preparar gente? Ustedes primero tienen que parar esa masacre». Para mí fue un impacto muy fuerte, mucho más que lo dijera un cubano. Ahí empecé a tomar una real dimensión de la derrota.

–Ya había transcurrido un año del golpe de Estado dado por los militares en marzo del 76 ¿Tampoco en ese período tomaron conciencia de la magnitud de la represión?

–No, no. Nosotros estábamos repitiendo la experiencia de lo que habíamos pasado con la dictadura de Lanusse, donde el nivel represivo fue muchísimo menor al que estábamos viviendo en ese momento. Es decir, nunca lo medimos con parámetro reales. Además, estábamos tan acostumbrados que no nos dábamos cuenta del terror que imperaba. Caían todos los días compañeros. Un día viene mi madre desesperada: «Tu hermano no regresó…». Lo habían secuestrado, desaparecido… Y bueno, uno más… En un momento hasta me llegué a decir: «No tengo derecho a llorar más a mi hermano que a cualquier otro compañero». Y era un disparate pensar así. «Cayó mi hermano como están cayendo otros, no puedo llorar más a mi hermano que a otros» me decía, no me lo podía permitir. Un disparate… un disparate, pero estábamos tan jugados que no había manera de retroceder.

Como Secretario General, Mattini reunió en París a todos los militantes que habían podido escapar de la represión y comenzaron a evaluar las posibilidades reales de retornar a la Argentina y enfrentar a la dictadura.

–Cuando había que preparar equipos de gente para mandar al país, ahí sí yo tenía miedo… Con cada compañero que tenía que mandar para el país, temblaba. Era demasiado el peso. Daba demasiadas vueltas antes de mandarlo. Entonces empezó a comentarse de que yo era un tipo lento, que no resolvía las cosas rápidas.

Para Mattini, enviar gente de regreso era condenarlos a una muerte segura. Gorriarán Merlo, por su parte, planteaba que a través de la lucha armada aún era posible desencadenar una insurrección masiva en el país.

–Mattini es un hombre valiente, porque se atrevió a decir cosas con las que muchos no están de acuerdo. Pero son cosas con las que yo coincido –dice el periodista y escritor Carlos Gabetta, quien formó parte del servicio de inteligencia del ERP–. Nosotros teníamos una desviación militarista, había mucho mesianismo. Cuando se produjo la fractura entre Mattini y Gorriarán, unos y otros me pedían que me pusiera de su lado. Yo les dije a los dos: «No, miren: esto ya es una especie de farsa. Que nos dividamos en el exilio, ya es el colmo». Y ahí se terminó mi relación con el Partido. Pero si hubiera tenido que elegir me quedaba con el sector de Luis. Gorriarán me parecía un extremista, un tipo muy poco capacitado. Mattini siempre me pareció, como lo sigue demostrando hasta hoy, un tipo sensato. Es un hombre que abrió su mente a reconsiderar todos esos años. Tuvo un cargo de extrema responsabilidad y no obstante se puso a reflexionar sobre nuestros propios errores. Y eso es un gran mérito.

Los debates que se desatan en torno a las dos posiciones terminaron por fraccionar el partido. Los que avalaban la posición de Mattini decidieron permanecer en el exilio y crear una escuela de formación política. Los que adherían a Gorriarán finalmente partieron junto a él rumbo a Nicaragua para sumarse al Frente Sandinista de Liberación Nacional. La experiencia del PRT-ERP había llegado a su fin.

–Luis fue siempre un pensador muy interesado por todas las ramas del arte, estudioso incansable. Tiene una capacidad asombrosa para transformar una idea en acción concreta–dice Reino Hietala, quien conoció a Mattini en sus épocas de juventud en las calles de Zárate y se sumó junto a él como militante del PRT-ERP. Durante la última dictadura militar, logró exiliarse en Finlandia, desde donde hoy escribe estas líneas vía correo electrónico–. Luis asume como Secretario General en un momento muy especial en el cual estábamos recibiendo fuertes golpes. Él no dirigió al Partido en una época de avance sino en una época de profunda crisis. Hoy es muy fácil criticar el pasado. Decir hoy que la responsabilidad de la derrota del PRT es responsabilidad de alguno de nuestros dirigentes es una estupidez total. Nuestra derrota se debió tanto a nuestra inmadurez política como organizativa. En 1977 el PRT agonizaba y no hubo ni pudo haber posibilidad de recuperación. La lucha armada había dejado de ser una alternativa.

Secuestro en México y final

México fue la parada siguiente luego de un largo periplo europeo al que lo arrastró el exilio. Llegó en 1980 junto a sus padres, su mujer y sus hijos. Allí dijo adiós a un matrimonio que había estado plagado de ausencias y desencuentros. Despidió a su padre, que falleció evocando su Zárate natal y abjurando de Dios. Renunció a su cargo como Secretario General del PRT-ERP y vivió, junto a su madre, los últimos coletazos de una travesía que llegaba a su fin.

–Mis viejos se empezaron a involucrar con la organización dándole refugio a algún compañero. Cada vez fueron adquiriendo más y más compromisos, hasta convertirse en una especie de colaboradores directos del ERP. Lo llegaron a tratar bastante a Santucho. En México, mi vieja siguió militando en el partido.

En octubre de 1981, un grupo de exiliados argentinos secuestró a Beatriz Madero Garza, hija del industrial minero Enrique Madero, hermano de Pablo Emilio Madero, que en ese entonces se postulaba como candidato presidencial por el Partido de Acción Nacional (PAN).

-Mi vieja llega una noche y me cuenta del secuestro. ¡Ella era la que hacía de custodia de la mujer! Ya los habían atrapado a todos y ahora la policía mexicana la estaba buscando a ella. Yo me enojé muchísimo. Me pareció una locura. Recurro a la embajada cubana para ver si la podemos mandar a mi vieja para la isla, pero los cubanos estaban indignadísimos con el secuestro. Mi contacto cubano fue clarito: «Dicen en La Habana que por favor no te arrimes a la embajada a menos de veinte kilómetros, que no te quieren ni ver y que del tema de tu madre, ni hablar. Además, Fidel dice que te vayas de esta ciudad porque va a ser peor. Si caés vos se embarra todo. Tenés que irte inmediatamente». Y yo no tenía dónde ir, no tenía documentos, no tenía nada. Pude alojar a mi vieja en la casa de unos amigos. Pedí asilo en una organización de exiliados y me dieron flete para Suecia. Y ahí para mí se terminó. Ya estaba todo terminado.

Qué le hice a mi hermano

Una leve hendidura traza una línea de unos cinco centímetros sobre su frente. Es la única cicatriz visible que quedó sobre el cuerpo de Mattini como consecuencia del accidente automovilístico de 2004. Después de la operación los médicos auguraban un desenlace ominoso: algún tipo de hemiplejia, pérdida del habla o incluso que no volviera a despertar.

–Afortunadamente no me quedó ningún tipo de secuela. Lo único que noto es una leve dislexia cuando escribo. Por ejemplo, en vez de poner casa, pongo «saca». Pero me pasa muy rara vez.

En todos sus años de combatiente, Mattini pudo sortear los avatares que se le podrían haber presentado. No sufrió heridas en combate, cárcel, tortura. Pero hay dos recuerdos que se fundieron en su memoria y que a lo largo de su vida volvieron a emerger en distintas oportunidades, asolándolo.

–El terror a caer y a hablar bajo tortura siempre fue mucho peor que el miedo a que me pegaran un tiro, incluso que el miedo a la muerte. El terror a llegar a hablar en la tortura me acompañó siempre. Fijate cómo me marcó que ese pánico emergió cuando tuve el accidente de auto y me puse a gritar en el hospital.

El otro recuerdo no tiene que ver con el miedo sino con el dolor. Todavía lo siente denso, pesado, ardiente. Cuarenta y un años después, la desaparición de su hermano Rodolfo es un tema que aún lo conmueve sobremanera, hasta hacerle muy difícil poder hablar de él.

–Me generó tal culpa que me costó una vida sobrellevarla y para eso necesité ayuda psicológica. Porque todo indica que me buscaban a mí y lo agarraron a él. Lo pude procesar cuando el psicoanalista me dijo: «¿Pero su hermano no era un combatiente igual que usted? ¿No se la estaba jugando igual que usted?» Pero durante mucho tiempo arrastré esa culpa. Me cuesta mucho tocar este tema.

–¿En algún momento te ha pesado haber sobrevivido?

–Uh, esa es una pregunta muy pesada… Yo sobreviví por razones absolutamente fortuitas. Pero tengo una cosa muy clara: sé lo que ha sido mi conducta. No tengo ningún acto físico del que arrepentirme o avergonzarme por haber sido cobarde. Sí tengo que arrepentirme o por lo menos autocondenarme de haber tenido cobardía mental o intelectual. Ciertas cosas que no dije y que las debería haber dicho. Debería haber condenado con más firmeza ciertas acciones de la organización o incluso haberme opuesto en su momento a que se realizaran, como la toma de los regimientos de Azul o Monte Chingolo, que terminaron en desastres.

–¿Sentís que valió la pena todo lo que viviste en tus años de militante?

–Mirá, si es por el resultado final, uno tendría más que amargarse que otra cosa. Porque en definitiva a nosotros nos derrotaron. Pero creo que lo que valió es lo que se vivió, no lo que se logró. Nosotros militábamos para el futuro como excusa, pero lo que estábamos viviendo era un presente permanente. Esa era la pasión. Y a veces me dan ganas de volver a ver cómo era eso… volver a sentir esa pasión. Sí… cierta nostalgia de volver a ser aquel que fui.

Socompa. Periodismo de Frontera

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