Sobre la imposibilidad del comunismo

Pedro Salmerón Sanginés

Al menos dos generaciones de mexicanos han sido educados en la idea de la imposibilidad del comunismo, en la certeza de que el «socialismo real» era un sistema sin futuro, posibilidades ni sentido y, por reflejo lógico, suscriben la idea de que con el capitalismo como sistema económico y la democracia liberal como modelo político, termina la historia.

Así que es tiempo de hablar, otra vez, de un libro inmenso, abarcador, global: Historia del siglo XX, de Eric Hobsbawm, que en su capítulo 13 hace una espléndida síntesis de lo que fue «el socialismo real» en la URSS primero («Trajera lo que trajese el futuro, lo que nació a principios de los años 20 fue un solo Estado, muy pobre y atrasado, mucho más atrasado que la Rusia de los zares… pero… dedicado a crear una sociedad diferente y opuesta a la del capitalismo»); a partir de 1945 Europa Oriental; en 1949 el país más poblado del mundo (y con grandes masas de su población en la extrema pobreza); y posteriormente Vietnam, Laos, Camboya, Mongolia, Cuba y algunos países africanos recién independizados.

Hobsbawn analiza el funcionamiento de esas sociedades, centrándose en lo económico y lo social, y nos recuerda cosas que a mis alumnos (cuando los tuve) les habrían parecido increíbles:

«El hecho fundamental de la Rusia soviética era que sus nuevos gobernantes, el Partido Bolchevique, no esperaban que sobreviviese en el aislamiento y menos aún que se convirtiese en el centro de una economía colectivista autárquica («el socialismo en un solo país»). Ninguna de las condiciones que Marx y sus seguidores habían considerado necesarias para el establecimiento de una economía socialista estaban presentes en esa masa ingente de territorios que era sinónimo de atraso económico y social».

Cuando quedó claro que la URSS sería por un tiempo el único país que trataría de construir el socialismo, «el comunismo soviético se convirtió… en un programa para transformar países atrasados en avanzados. Este énfasis en el crecimiento económico ultrarrápido no carecía de atractivo» y tras la victoria militar de la URSS sobre la mayor potencia militar de la época (Alemania), pareció que el modelo del socialismo real marcaba una ruta atractiva:

«La fórmula soviética de desarrollo económico –una planificación estatal centralizada encaminada a la construcción ultrarrápida de las industrias básicas y las infraestructuras esenciales para una sociedad industrial moderna– parecía pensada para ellos… Esta idea de ‘socialismo’ inspiró a una serie de colonias que acababan de acceder a la independencia».

En la década de 1930 sólo Japón tuvo mayor crecimiento económico que la URSS, y entre 1945-1960, «las economías del ‘campo socialista’ crecieron considerablemente más de prisa que las de Occidente, hasta el punto que dirigentes soviéticos como Nikita Krushev creían sinceramente que, de seguir la curva de crecimiento al mismo ritmo, el socialismo superaría en producción al capitalismo en un futuro inmediato.»

La historia de la URSS de 1920 a 1940 es, entre otras cosas, la de la prodigiosa conversión de un país atrasado y devastado, aislado y asediado, en una potencia industrial y militar, considerada a partir de 1945, una superpotencia, aunque a un costo humano enorme.

Tras la muerte del dictador Stalin la historia política de las dos superpotencias de la guerra fría tiene curiosas similitudes: del gulag al macartismo, de Afganistán a Vietnam, de la represión de los afrodescendientes que luchaban por los derechos civiles a la de los musulmanes del oriente soviético, del muro de Berlín a los inauditos criminales Videla, Echeverría o Pinochet… en fin, un dato duro aportado por Hobsbawn: a fines de los 80 en Estados Unidos había 426 presos por cada 100 mil habitantes y en la URSS, 268. Y si nos vamos a los criterios étnicos de los presos, tocaremos más callos del «paraíso de la libertad».

Pero el crecimiento de la URSS y en general de los países del «socialismo realmente existente» declinó en los años 60. Y en los años 70, los alcanzó la crisis mundial. El capítulo 14 analiza las dos crisis paralelas, de Estados Unidos y sus aliados, y de la URSS y Europa Oriental. Crisis nacidas de grandes transformaciones de la economía y alimentadas por la cada vez más costosa carrera armamentista, lo que nos lleva al verdadero pretexto de este artículo, el capítulo 16, «el final del socialismo. La clave (y la invitación a leerlo: el libro se consigue en muchas librerías y se baja gratis «para efectos educativos» de Internet), la conclusión que extraemos es que las dos superpotencias estaban en una crisis casi terminal y que cualquiera de las dos pudo desplomarse antes que la otra… es decir, que la caída de ese socialismo real no era fatal.

Con base en el mismo libro, el sábado 19 el genial analista Maciek Wisnewski nos recordó en las páginas de este diario que «hace 30 años, a contrapelo del reinante optimismo del fin de la historia, Eric Hobsbawm se atrevió a hacer su propia predicción y pintó el panorama de la posguerra fría lleno de guerras, enormes desigualdades, desastres ecológicos y otras ruinas del neoliberalismo». El socialismo real fracasó. El capitalismo real sólo nos lleva a la guerra, la violencia y la desigualdad una y otra vez.

La Jornada