Sobre republicanos y populistas

Por Demián Verduga

Foto: Prensa Cornejo

Los discursos que defendieron la continuidad de Cambiemos en la Convención radical, y que lograron vencer a los disidentes que rechazan seguir en alianza con el PRO; la columna publicada en Perfil por el asesor electoral Jaime Durán Barba, en la que desplegó imágenes de un país casi tribal si ganase la oposición; las nuevas operaciones de prensa violando los derechos fundamentales de personas privadas de su libertad, muestran una de las líneas narrativas que el gobierno desplegará para tratar de conservar el poder. Será una imaginaria batalla entre republicanos y populistas, asociando este último término a una expresión pre democrática, que supuestamente no acepta la existencia de un poder judicial, ni de la disidencia política, una corriente que viene a romper el pacto básico de convievencia que la sociedad argentina se dio a sí misma desde el final de la última dictadura.

El cinismo de esta estrategia no puede ser la excusa para minimizar los efectos que puede lograr en los sectores de la población que tienen en su voto el poder de inclinar la elección. Es aquí donde el imaginario nac&pop tiene que batallar contra sus propios prejuicios, para encontrar caminos discursivos que logren desmontar, al menos minimizar, el impacto de la operación cultural.

El antagonismo lleva muchas veces a actuar en espejo, a sedimentar prejuicios que no tienen demasiado sustento. Sólo por poner un ejemplo: fue Mauricio Macri el que quiso poner jueces de la Corte por decreto. Fue Néstor Kirchner el que por decreto limitó el poder del presidente para nombrar jueces en el Máximo Tribunal, haciendo que los nominados pasen por el control de diversas instituciones en el camino, es decir, haciéndolo más republicano.

Sin embargo, para el imaginario nacional popular las decisiones que fortalecen la división de poderes, como ese decreto del ex presidente, son difíciles de reivindicar. En algún lugar del imaginario quedó instalado que “lo republicano” es antipopular. Es una verdad difícil de sostener con ejemplos, parece atada a que hábilmente la derecha se quedó con esa bandera y, entonces, por antagonismo, hay que pararse enfrente.

De allí viene también un intento, a criterio del que escribe estéril, de transformar la carga del término populista, que pase a tener una asociación positiva en quienes lo escuchan. Es una tarea compleja cuando se trata de comunicación política y no de debate académico. El macrismo es más pragmático en esto. Sabe que el término neoliberalismo tiene una enorme carga negativa y hacen lo posible para sacárselo de encima.

Al intento de arrinconar a la principal fuerza de oposición en un lugar pre democrático, quebrantador del pacto de convivencia básica, habría que responderle sacudiéndose los prejuicios, arrebatando una bandera que la derecha usa como suavizante de sí misma, para no caer en la trampa que teje la falsa batalla de republicanos contra populistas.

La aguda percepción que tuvo la ex presidenta Cristina Fernández al hablar de volver a ordenar la vida de los ciudadanos es un camino. Ordenar la vida cotidiana contiene una enorme cantidad de significados: llegar a fin de mes, que los chicos vayan a la escuela, tener trabajo; la seguridad en las calles, entre otras cosas.

Otro elemento es invitar a quienes trabajan denodadamente por demonizar al oponente político a que dejen de hacerlo, no contestarles en espejo. Puede sonar a quien pone la otra mejilla, quizás lo sea, pero el efecto de no permitirse caer en el antagonismo en este caso puede ser arrollador. Es invitar a la democracia, a que preserven sus ideas pero que las defiendan sin buscar la manera de anular la legitimidad del que piensa distinto, reduciendo cualquier debate a la frase “son todos chorros”.

Insistir en esa invitación más allá de la respuesta del que esté enfrente, a lo Ghandi, si se quiere. La idea se basa en una creencia, quizás equivocada, de que la mayoría de la sociedad argentina no quiere vivir atravesada por el odio, de que el odio cansa, irrita el esófago, la boca del estómago, que ya tiene suficiente con tratar de llenarse día a día. Insistir en esa invitación más allá de la respuesta del que esté enfrente, a lo Ghandi, si se quiere. La idea se basa en una creencia, quizás equivocada, de que la mayoría de la sociedad argentina no quiere vivir atravesada por el odio, de que el odio cansa, irrita el esófago, la boca del estómago, que ya tiene suficiente con tratar de llenarse día a día.

Tiempo Argentino

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