Sobre silencios históricos

Por Adrián Ferrero*

Ha habido a lo largo de la Historia un silencio. O, mejor sería decir, varios silencios. El silencio de la infancia. El silencio de los ancianos. El silencio de los enfermos mentales. El silencio de los analfabetos de cualquier índole. El silencio de los pueblos avasallados por el poder imperial. El silencio de los homosexuales. El silencio de los presos. Y el silencio de las mujeres. Hay muchos otros. Me limitaré a nombrar solo estos, por ahora. Pero en verdad, más que silencios son voces que han sido silenciadas. Lo que no es lo mismo. Me explicaré. Ese silencio histórico, que registra antecedentes desde tiempos inmemoriales, tiene que ver con que quienes administraban la palabra, el saber, la capacidad de hacerlo circular, su registro y su documentación siempre han sido ciertos grupos poderosos. Y ciertos grupos claramente identificables. Esas asimetría de fuerzas, ha sentado las bases de una asimetría simbólica. También ha habido violencias operadas sobre estos grupos. Violencias físicas y violencias simbólicas. Ha habido confinamientos de toda índole y has habido confinamiento de su palabra. Así, inermes y mudos, no se podían nombrar ciertas experiencias sociales que hubiera sido primordial que sí lo fueran. De esa manera, hubiera acontecido el dinamismo saludable que toda sociedad requiere para que los sujetos que la integran estén lo más realizados posible.

Sin esta circunstancia no podría comprenderse el por qué ha llegado hasta nosotros un cierto patrimonio (y no otro). Por qué ese legado reúne más o menos siempre un mismo origen, un mismo contenido, una misma voz y determinadas lenguas dominantes. Ciertos documentos o han sido sustraídos, o bien destruidos o directamente omitidos como innecesarios o inconvenientes para ser dados a publicidad. La información clasificada en determinadas instituciones en las instancias en que ha sido revisada ha conducido a llevarnos grandes sorpresas.

Las condiciones de posibilidad de ciertas voces, de ciertos discursos, de ciertas prácticas asociadas a esos discursos, han sido posibles gracias a algunas ventajas que las favorecieron y un poder que se ha manifestado extremadamente selectivo e ideológicamente faccioso y astuto. Entre esos grupos dominantes y los otros grupos dominados, sojuzgados, subalternos, acallados, media el abismo que también condiciona hoy en día nuestros propios puntos de vista. Porque somos herederos, mal que nos pese, de ese legado. Y hemos sido educados bajo esa ignorancia y bajo esas supersticiones. Porque en ocasiones ni siquiera tienen un fundamento. Estamos empapados, nos guste o no, lo advirtamos o no, de ese mismo pasado. Somos un producto de ese pasado, por más que muchos puedan tomar una distancia crítica de él. Percibir con nitidez estas ilegitimidades.

Ahora bien: esa distancia crítica ¿cómo se logra? ¿Se nace espontáneamente con ella? ¿Se construye con un tipo de inteligencia e imaginación que nos aporta un cierta línea de la cultura letrada en la que elegimos formarnos? Porque el formarse y el pensar nos hace más libres y también más cuestionadores de ciertos elementales patrones que por líneas genealógica nos han llegado. ¿El formar parte de alguno de esos grupos por sentirnos discriminados será otra razón? ¿El tomar partido por ellos al advertir las injusticias pese a no integrarlos? ¿El haber recibido una educación familiar en la que pudimos tener tanto ejemplos como anti ejemplos de lo que aspirábamos a construir para nosotros? Puede que estas preguntas resuenen en algunos más que en otros. Y puede que hayan tenido lugar en la vida de algunas personas de un modo tan exhortativo que los haya conducido a una revisión a fondo de sus puntos de vista y de sus aprendizajes, su historia y una lectura distinta del mundo en el que vivimos.

En lo que respecta a la formación de nuestros antepasados y la nuestra, por más distancia que hayamos tomado, hemos abrevado en esas fuentes de incuestionable relevancia para nuestra educación. Incluso material en vigencia ha sido concebido a partir del modo en que las disciplinas se han organizado como tales. De modo que no existe, no podría existir un tipo de disciplina ajena por completo a ese pasado de saberes manipulados. Desmontar todo el aparato cultural que nos ha constituido como en tanto que sujetos de cultura reviste una tarea monumental, que considero hasta podría desestabilizarnos. Y que no estamos en condiciones de ejercer en forma individual sino debiera ser tarea de una comunidad, no de grupos militantes. Nuestra memoria, nuestra imaginación social y la Historia de la palabra (la filológica y la sociológica), esto es, la que transcurre todo a lo largo de un tiempo histórico pero también está atravesada por variables socioculturales de naturaleza diversa son fundamentales para la comprensión de lo que pensamos, sentimos y somos. Porque condiciona el modo como expresamos lo que queremos que deje de ser silencio. De modo que se trata de un dificilísimo arte de desaprendizaje. Nuestra propia ideología por más que sea el resultado de siglos de silencios o palabras adulteradas no supone ni adherir ni haber dejado de tomar algunas cosas buenas de ellas. Pero sí se vuelven imprescindibles estrategias de oposición y resistencia frente a la violencia simbólica y material. Corresponde que nuestra educación, tanto familiar como institucional, atravesada por esos discursos y que han afectado prácticas de generaciones de personas del mundo entero, sea puesta en cuestión por la comunidad. Resulta imprescindible desmantelar, en primer lugar, prejuicios. El prejuicio mutila. Congela. Entumece. Paraliza. Surte un efecto destructivo porque no favorece la convivencia ni con la diversidad ni con la diferencia ni tampoco entre pares respecto de ciertos disensos que puedan establecerse. Tampoco me parece que el prejuicio sea particularmente útil a los fines de gobernar los destinos del mundo. Con presidentes racistas, homófobos y xenófobos me parece que el paisaje que se presenta resulta escandaloso.

Esto ha traído consecuencias graves. Mujeres y varones, niños y niñas, enfermos y enfermas, ancianos y ancianas, la clases más pauperizadas y obreras durante la época industrial o las trabajadoras próximas, no sólo en su momento sino en la actualidad no se han podido educar, no se les han brindado los más elementales espacios para que ejercieran su palabra (en caso de que tuvieran la formación necesaria para hacerlo y también el ánimo para hacerlo) y también esta voz dominante prosigue su acción propagadora de más silencios. Hay un discurso aparentemente progresista que postula que sí, efectivamente todas las voces en una sociedad serán escuchadas. Sin embargo, a poco no digamos de investigar a fondo, sino de informarse superficialmente acerca de ciertos temas, advertimos que las cosas no han cambiado. Resulta penoso asistir a atentados racistas, femicidios, discriminaciones de toda índole y por distintos motivos, eliminación de instituciones del saber de determinados contenidos por considerárselos inconvenientes cuando en verdad resultan primordiales. Esta circunstancia nos sigue manteniendo a una retaguardia en la que, penosamente, son colectivos organizados u ONGs. Las que deben tomar la delantera como movimientos sin consenso comunitario, de modo combativo dar batalla no solo desde la palabra y trabajar a contracorriente. Luchar por los DDHH de las personas avasalladas y que esos DDHH les sean restituidos. Me estoy refiriendo en este artículo muy en especial en lo referente al silencio y al discurso que son mi campo de competencia. Pero que a su vez tienen un fuerte impacto en el orden de lo real. Motivo por el cual descalificarlos o darlos por descontado no me parece procedente por considerarlos de naturaleza no material. O no solo material. Por otra parte, el silencio y las palabras se hallan estrechamente vinculados, lo sabemos, a prácticas sociales. Más bien me inclino por un tipo de trabajo con el discurso desde lo ideológico que incida en el orden de lo real con vistas a modificar esa realidad. A afectar contextos sociales. Pero contextos sociales precisamente en los cuales esas palabras pueden tanto restituir significados a silencios como neutralizar discursos unívocos y que proponen recorridos lineales. Por lo general de naturaleza sean ilegítima.

En la actualidad, es cierto, se han alzado voces disidentes. Son más las voces que escriben, hablan, registran y tienen acceso a la educación que antes. A la educación superior en muchos casos han llegado mujeres que hubiera sido inconcebible un siglo atrás que ocurriera, por citar solo un caso. Estas experiencias han comenzado a dinamizarse pero no han modificado un sistema que resulta imposible cambiar de manera drástica. Llevará mucho tiempo -así como se ha instalado- erradicarlo. Quedan remezones de él que ignoro si en algún momento podrán ser verdaderamente suplantadas por prácticas sociales y una palabras que signifiquen además de resonar. Me inclino a pensar que, en virtud de la escena geopolítica, entre otras razones, resulta muy difícil que así ocurra. Pero residualmente quedan en la sociedad vestigios de todo este conjunto de iniciativas. Dejan una huella. Y sientan las bases de un campo de batalla. Sientan un precedente que más tarde o más temprano, desde distintos foros y desde distintas prácticas (la investigación, la docencia, los trabajos de campo, el periodismo, los trabajos de extensión, las artes), no solo vinculadas al saber, se puedan producir pequeños quiasmos que en un contexto hegemónico, simbólica y materialmente violento, agresivo no solo hacia ciertas minorías sino hacia ciertos discursos que circulan sobre ellas, puedan ser como mínimo reconocidos.

Lentamente se va construyendo un tejido social y una tradición en todas las áreas que mencioné, tanto por sus protagonistas como por partes de los estudiosos que han comenzado a ocuparse y, es más, especializarse en estos temas (lo que me resulta primordial: refinar los análisis), a recuperar, analizar y resignificar esas experiencias. Han comenzado a urdirse nuevas tramas. El paso siguiente será ya tomar decisiones. Pero antes hace falta una revisión en profundidad de estas premisas aberrantes que tanto dolor, desdicha, mutilación, frustración han ocasionado en las sociedades de distintos continentes y épocas. Y lo siguen haciendo en la contemporánea del modo más desaprensivo y en ocasiones cínico que imaginarse pueda.

Sé que se han naturalizado e internalizado ciertos discursos y prácticas frente a los cuales no todos se insubordinan. Considero que corresponde a los escritores y escritoras, historiadores e historiadoras (probablemente los más preparados para esta misión, excepcto que se realicen esepcializaciones) esclarecer los motivos, las causas y las consecuencias de estos silencios. Y asistir a otros para implementar políticas concretas (y si fuera posible políticas de Estado) que se traduzcan en la posibilidad de hacer escuchar esas voces para promoverlas, para que circulen, para cambiar el estado de cosas. Pero que también informen. Voces disonantes que hagan acto de presencia en la esfera pública. Que se expresen. Participen a la comunidad de un tipo de experiencia preciosa que permanecía invisibilizada. Y evitar el sufrimiento y el padecimiento históricos que han corrido parejos con ese silencio inmoral.

Es una misión política pero también es una misión ética. No desoírla, como no desoír ese coro doliente inmemorial es tarea de artistas, escritores, cientistas sociales y humanistas de todas las áreas del saber. También, por qué no decirlo, de la ciencia con una determinada orientación ideológica que elija sumarse a este trabajo que, como dije, debe ser tarea comunitaria. Una responsabilidad cívica. Un legado para futuras generaciones, para que no repitan sino reviertan silencios y los colmen con palabras que tengan sentido. Y que no prosigan los vacíos de significado que no solo no nombran experiencias sino que las ocultan o, lo que me parece mucho más calamitoso aún, las prohíben. Esa prohibición, de naturaleza moral, suele encubrir en cambio un cierto modo de pontificar y evangelizar ideológicamente a la sociedad para que, de modo hegemónico, vive, piense y sienta de una misma manera, porque de otro modo su disrupción será no solo censurada sino castigada de modo aleccionador. Lo sabemos: hay cosas que a la luz de sociedades hipócritas que ejercen los mismos censores al tiempo que se ocupan de su persecución. Precisamente, el trabajo, si bien no es desestimable en absoluto en toda su vigorosa eficacia, requiere de tiempo, consensos y la invenciones de nuevas de nuevas tradiciones a partir de las cuales repensar este estado de cosas. Corresponde, en tanto que escritores y escritoras, nos hagamos cargo de estos silencios y desde la palabra hablada, recitada o escrita, nos consagremos a un trabajo también crítico sobre los discursos. No puedo concebir legado mayor.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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