«Somos del barrio, del barrio de La Quema, somos del barrio de Ringo Bonavena»

Así cantaba la hinchada de Huracán, el club de sus amores. Ringo Bonavena nació el 25 de septiembre de 1942 en Parque Patricios, en el seno de una humilde familia numerosa. A los 17 años debutó exitosamente como aficionado y en adelante se dedicó al boxeo profesional. Fue campeón sudamericano, realizó 68 peleas profesionales, obtuvo 58 victorias, 44 por nocaut. Pero Ringo atravesó las barreras del deporte e incursionó en el cine, la TV y la música, e incluso escribió notas en la revista Satiricón. Su momento quizás más glorioso fue la pelea con Muhammad Alí (Cassius Clay) en 1970, donde, a pesar de la derrota, se afianzó como ídolo popular. Ringo fue asesinado en un oscuro episodio en un burdel de Reno, Nevada, un 22 de mayo como hoy de 1976.

Foto: Ringo y su mamá, Doña Dominga, su mayor amor en este mundo.

 

Alabanza del boxeador que tenía pie plano

Por Horacio Sacco

No tenía la mirada apacible, su hablar no era sereno ni su sombra reposada. Más bien era desvergonzado, picapleitos, machista y fanfarrón. Tampoco era lo que se dice comedido y serio. Más bien chiquilín y prepotente. Pero era bueno. Con todo lo que implica la palabra bondad. Un reo inculto. Un mersa. Un self-made-man. Un alborotador. Un impuro. Pero bueno. Y buen boxeador, quizá como pocos o ninguno. No sé si el mejor, porque tenía pié plano. No fue campeón del mundo por poco, pero estuvo cerca.

Había nacido bajo la luz de Virgo en mil novecientos cuarenta y dos, en La Quema. Dicen que murió como vivió: espectacularmente. Y tal vez así sea: su joven corazón de treinta y tres años –alguien dirá rápida y estúpidamente «¡La edad de Cristo!»- fue partido en dos por la bala rimbombante de un fusil treinta-cero-seis, disparada desde treinta metros por un matón a sueldo, allá por Nevada, América del Norte.

Amaba a su madre con un desmedido amor, para regocijo de los buenos intelectuales y de los malos (de maldad) psicoanalistas. Su familia solía vivir en conventillos, y había otros siete hermanos con quienes compartir vestimentas, comidas y un cacho de mamá. Una vez -él mismo se lo recordó al periodismo- se le vino abajo el depósito de agua del baño cuando fue a tirar la cadena, de puro podrido que estaba. Muchos años después instalaría cuatro baños a todo trapo en su casa nueva. Compartió su fortuna con todos sus hermanos, con todos sus parientes y con todos los amigos que el oro no compra ni corrompe: los que lo siguen llorando después de desaparecida la orgía de titulares del periodismo amarillo, después de achicharradas y secas todas las palmas y todas las coronas de todos sus triunfos y de su único velorio. Después de vendidos y olvidados todos los libritos, todas las reseñas, todas las separatas, todos los homenajes, todas las estampas. Y si alguno les pregunta a ésos, sus amigos, qué tenía de especial, qué había en él, cuyo discurso era un golpe bajo para la inteligencia, ellos dirán «No sé, pero era bueno».

Su madre acostumbraba a disfrazarlo de boxeador cuando era niño, el disfraz más fácil y barato de los carnavales. Él ponía la cara y el cuerpo: todo un boxeador. Los guantes y el pantaloncito eran de otro. A los once años se quebró una pierna -pesaba ya sesenta kilos- y su mamá lo alzó y llevó en brazos al hospital, que no quedaba justamente a la vuelta. Jamás se olvidaría de eso. Aquel siete de diciembre de mil novecientos setenta tiró dos veces el negro a la lona, pero al final perdería por nock out. Igual fue inolvidable, la hora suprema, la excelsa, la grandiosa. Casi igual que Firpo. Muchas veces quiso repetirlo: apeló, luchó, peleó, pero no le dieron otra chance.

No quería hacerle mal a nadie. Todo su poder estaba respaldado por noventa kilos de carne mal repartida y bastante bien desarrollada a fuerza de polenta y guisos de fideos. Muy tardíamente llegarían los mariscos chilenos de los restaurantes finolis donde sentaba a toda la parentela –mamá, obviamente, en el medio- mientras le hacía chistes ridículos a un mozo condescendiente. «Reíte vieja, que ya sufriste mucho lavando ropa pa’ afuera», susurraba al oído de su mayor amor en este mundo. Habrá dicho pavadas en su vida, pero por estas diez palabras entraría al Reino de los Cielos. Era bueno. Y aunque fumaba Partagás y consumía champán francés –quizá para mandarse un poco la parte y no porque le gustaran de verdad- y podía contar decenas de trajes ingleses, jamás se avergonzó ni ocultó sus humildes orígenes (otro lugar común, pero qué quieren que haga).

Tenía una bocaza clara y transparente, hasta se animó a cantar el «Pío-pío» en la televisión. ¿Pero era él? Un poco era nosotros, o cachitos de nosotros, de los que no pudimos salir de Parque Patricios, de los que nunca pudimos pechearle a los de arriba, de los que jamás pudimos salvarnos para ninguna cosecha por más que hicimos fuerza. Por más que lo deseamos, no pudimos ni podremos.

Contra lo previsible no era peronista, pero se hizo bordar en su bata de campeón «Las Malvinas son argentinas» bajo un amarillo sol amanecido, mucho antes que sobreviniera la onda patriotera y sangrienta del ochenta y dos. Le gustaba coleccionar armas e ir de safaris de caza mayor, pero nunca olvidó la gomera colgada del bolsillo de atrás. Su vida fue una fugaz y estentórea risotada y –para su bien- su madre lo sobrevivió. En el fondo ella era más fuerte. No pudo ser buen padre ni buen marido, quizá porque nunca dejó de ser el mejor de todos los hijos de todas las madres de todas las Quemas: el que pudo, el que llegó, el que triunfó. Quería ser canchero y la mayoría de las veces alzó palmas de ridículo; juntaba objetos colosales, lustrosos e inútiles con la misma intensidad y asombro desmesurado con que los chicos de barrio juntan figuritas. Fue un solitario adelantado de la plata dulce. ¿Pero no es un poco el deseo nuestro: tener la exclusividad de otra plata dulce? Hasta escribió, a pedido, para la revista Satiricón. Anoten: a pedido. Pero jugaba mucho, perdiendo fortunas en casinos y mesas clandestinas, dicen.

Al final tuvo que hacer de payaso para los millonarios yanquis, con otros grandulones en desgracia con quienes se cruzaba a golpes con efluvio a tongo y a camelo en los monumentales adefesios palaciegos de las Vegas. «Esos hoteles tienen alfombras que te llegan hasta los tobillos, tenés que verlo, ustedes no se lo imaginan», diría deslumbrado el muchacho de Parque Patricios. Lo más parecido a un sueño cuando el mayor capital que uno tiene es justamente un sueño. Sobre todo si uno tiene once años y ha nacido en la irrealidad de La Quema. Quizás él tenía once años, y todavía disfrazado nos hizo creer a todos que era grande. Pero igual allá en el norte se rebajó y perdió rango. Todo por unos dólares mugrientos. Pero ahí está, seguro que ahora cerquita del buen Dios. Porque era inocente de toda inocencia y puro como un ángel irredento. Y fuerte. Y tan temerario y osado como para llamarlo a Don King «racista al revés», porque el negro no quería que su pupilo negro peleara otra vez con otro blanco. Y aparte sudaca. Así era él.

También diría, y esto lo sacamos de sus declaraciones: «En mi casa mando yo y mis hijos no van a ir nunca al psicólogo», y otras cosas semejantes y del mismo tenor. Yo creo que si para tanta gente ingrata somos capaces de engordar graciosamente la vista, quizás él más que nadie merezca esa concesión, esa delicadeza que se llama olvido. Olvidemos esto.

Era sagaz y astuto. En un programa acartonado de la televisión de los setenta, no viene al caso, le preguntaron una vez:

-¿Pero para usted todo se reduce a dinero, a comprar y vender?

-A ver si no, esperá un cachito y a ver si no me vas a cortar para pasar las propagandas -respondió sin perfidia.

No era, lo que se dice, ningún careta. Fresca y nueva palabreja para un concepto vetusto y refinado: hipocresía. El no era un hipócrita, quizá por eso murió joven -alguien dirá rápida y estúpidamente «¡Como Cristo!»-, para no crecer, para no perder la frescura del desprejuicio, del se puede, del no me jodan; para no madurar y aposentarse en la achanchada adustez de los caretas. Los que compramos y vendemos y todo lo reducimos a dinero, pero nos tenemos que inventar excusas y mentiras para no pensarlo, para no creerlo ni sentirlo, para no acordarnos de los conventillos, de La Quema, de los depósitos de agua podridos, de las madres que alzan y llevan a sus hijos –si pudieran y si se lo pidieran- hasta el mismísimo cielo o el mismísimo infierno. Para no darnos cuenta de lo maravilloso que podría ser este mismo mundo si tuviéramos las ganas y los huevos que él tenía para cambiarlo. A su manera, claro.

Seguro que cuando llegó allá arriba, con el pecho anegado de claveles rojos, San Pedro habrá querido sacarse una foto de recuerdo antes de llenarle la ficha celestial y hacerlo pasar a la bienaventuranza de un Paraíso lo más parecido a Las Vegas. Porque San Pedro -según dicen los chismosos serafines- es un poco cholulo y se desvive por los pescados grandes que de vez en cuando le manda La Parca. Y él, seguro, habrá bajado alardeando de la cupé Torino, no se habrá sacado los descomunales anteojos espejados ni el mersón sombrero texano, y le habrá gritado desenfadadamente, abriendo sus enormes brazotes de buenazo: «¡Pedrito viejo y peludo nomás!» Para estupor de la gilada que no nació en La Quema ni lo esperó el avión presidencial, por si ganaba.

Y después en la foto, seguro que por joder nomás, le hizo los cuernitos.

(De: «Libro de Alabanzas», ed. Libros en Red, Buenos Aires, 2000.

 

 

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