¿Sonríe el león de Damasco?

Foto: Robert Fisk fotografiado por Stephanie Sinclair dentro en un edificio destruido, en Beirut, marzo de 2008

Por Robert Fisk

Damasco.

El gran poeta iraquí del siglo X Abu Tayyib al-Mutanabbi vivió alguna vez, oh ciudad malhadada, en el emirato de Alepo. Incluso encabezó una revuelta en Siria que fue sofocada con crueldad, cosa familiar por estos rumbos. Al-Mutanabbi pasó dos años en prisión antes de reconciliarse con su pérdida y luego lo soltaron. La mayoría de los niños árabes en Siria pueden citarlo de memoria; uno de sus poemas preferidos comienza con estas palabras:

Cuando veas los dientes de un león, no creas que el león te sonríe.

Me acordé de este león al recorrer la semana pasada los escombros a un lado del Centro de Estudios Científicos e Investigación, en el suburbio de Barzeh, en Damasco. Fue ese el centro, ahora famoso por tantas fotos de satélite, que destruyeron los misiles de Donald Trump al asestar un golpe “en el corazón del programa sirio de armas químicas”.

Pero ¿de veras fue así? Cualquier cosa que tenga el nombre de “departamento de investigación química farmacéutica y civil” –que parece sacado de Dr. Strangelove y designa la sección del complejo alcanzada por al menos 13 misiles– merece que se estudie su contenido con detenimiento. Durante tres días me negaron el permiso de visitar esta institución. Si estaba en ruinas –como lo está sin duda, en una escala mucho mayor de lo que sugieren las fotos–, ¿por qué la demora?

¿Importa en realidad? Bueno, sí. Me recuerda la mucho más famosa “fábrica de leche infantil” en Irak, bombardeada por los estadunidenses en 1991, que el general Powell llamó “una fábrica de armas biológicas, de eso estamos seguros”. Mi colega Patrick Cockburn escribió acerca de ella la semana pasada, recordando su visita a esa fábrica apenas horas después del bombardeo. Pasada la guerra, resultó que probablemente el edificio había sido una fábrica de fórmulas para lactantes, después de todo. Aunque uno nunca sabe qué se puede hacer con un vaso de leche.

El problema es que, si bien los occidentales creemos que todos los dictadores árabes mienten con regularidad, se supone que pedimos cuentas a nuestros propios líderes… y nos cercioramos de que digan la verdad cuando afirman actuar en nuestro nombre. Por eso el ataque en Duma debe ser explicado por completo, y por eso yo quería saber si estas ruinas en Barzeh (respuesta directa a Duma, aunque desde luego en Barzeh no hubo muertos) eran lo que dijimos que eran, o lo que los sirios dijeron que eran: una instalación de investigación médica. ¿Me sonreía el león? ¿O interpreté mal la expresión de su rostro?

Cierto, el doctor Said al-Said, jefe del departamento de polímeros del centro, era todo sonrisas, y no se parece en nada al doctor Strangelove, por si sirve de algo. Y los escombros de su centro de investigación, cuando me reuní con él, sin “cuidadores” ni guardias, me aportaron pocas pruebas del centro de investigación de armas químicas que los estadunidenses afirman que fue. Más bien parecía un sitio en el que –según la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ), de 192 países miembros, durante su visita de noviembre pasado– no había evidencia de que se desarrollaran, probaran o produjeran armas químicas o biológicas.

La OPAQ es la misma institución que investiga el presunto ataque con gas en Duma. “Si este hubiera sido un centro de armas químicas”, señala el doctor, golpeándome el pecho con su índice, “usted habría muerto con sólo pararse aquí”. No es concluyente, considerando el tiempo transcurrido, y claro está que pudo haberse empleado sólo para investigación, más que para almacenar armas químicas, lo cual formaba parte de la afirmación de Washington. La misma pregunta: ¿qué se puede hacer con un vaso de leche?

Caminé a gatas entre los escombros durante más de una hora y encontré cinco edificios en total destrucción. Tuve libertad de andar por donde quisiera bajo el sol, lo que divirtió mucho a Al-Said, quien tiene 64 años de edad. Pero ya habían pasado cuatro días desde el ataque anglo-francés-estadunidense. Los políticos occidentales acusan de rutina a sus enemigos de cubrir evidencia incriminatoria antes de abrir a periodistas los sitios bombardeados. Y a mí me tuvieron esperando tres días.

Sin embargo, cuando al fin pude cruzar en mi auto la entrada al campus, aún había documentos y archivos pegados al concreto aplastado o flotando en la brisa. Los papeles más interesantes que pude encontrar se relacionaban con un proyecto de desalinización en la Siria rural y una disertación publicada en inglés por científicos kuwaitíes sobre el uso del hule para sellar puentes carreteros de concreto. Mientras estaba allí, palas mecánicas comenzaron a llevarse grandes trozos de mampostería –algunos con más papeles atrapados entre el cascajo– y a echarlos en camiones para desecharlos.

¿Podría en verdad ser este el sitio de un elaborado encubrimiento? ¿Podrían los sirios haber retirado la evidencia en cuatro días? Y si bien yo no soy experto en armas químicas, la OPAQ definitivamente sí lo es, y visitó Barzeh varias veces en 2013. Pero ¿qué ocurrió desde entonces? “Dijeron que estaba libre de cualquier investigación en armas químicas”, dijo Al-Said. Los informes publicados lo confirman, pero no se ha realizado visita alguna desde noviembre pasado.

Sin embargo –las preguntas se multiplican aquí, como probablemente ocurre en un centro de investigación–, ¿es concebible que la OPAQ no hubiera hecho alguna referencia a un cambio en el propósito del complejo de Barzeh si lo hubiera sospechado en los cinco meses pasados? Persistía un fuerte olor a plástico quemado, que el funcionario atribuyó a las piezas humeantes de computadoras y escritorios de plástico.

Me adentré en los escombros y ni los trabajadores ni el corpulento jefe del centro se pusieron nerviosos o me pidieron detenerme, lo cual es un signo revelador de que alguien se está inquietando. Me ocurrió en Serbia cuando descubrí trincheras militares detrás de un hospital bombardeado por la OTAN; resultó que los pacientes civiles estaban muertos y que los soldados yugoslavos que se habían ocultado allí contra todas las leyes de guerra estaban desarmados y habían partido hacía mucho tiempo. Entre los edificios ilesos en el campus sirio estaban aulas de estudio y una escuela para niños con pinturas de animales que sin duda –dado el desgaste de la pintura– habían decorado las paredes muchos veranos atrás.

El doctor Al-Said estudió química aplicada, primero en Dresde (cuando aún era parte de Alemania Democrática) y luego en Dusseldorf. Trabajó allí 15 años, dijo, pero estaba en casa, a 15 kilómetros de aquí, cuando los misiles cayeron en horas tempranas. ¿Esperaba ser el blanco?, le pregunté. “No soy experto en política”, repuso. “Pero de los estadunidenses, los británicos y franceses se puede esperar cualquier cosa.”

Sus alumnos y profesores, insistió, investigaban la producción de químicos medicinales y, en especial, el ADN de alacranes y víboras, así como la leucemia y el cáncer. “Hemos estado produciendo investigación para medicinas de uso local, pero que se venden en todo Medio Oriente. Estábamos desarrollando partículas de hule (sic) para la industria petrolera e investigando el uso del hule en la construcción de puentes.” Cuando me contó esto, no sabía que yo había encontrado documentos relativos a ese tema entre los escombros: punto a su favor. “La OPAQ nos dio certificados dos veces”, añadió.

También noté que este gran campus está ubicado a menos de kilómetro y medio de la escena de feroces batallas hace 18 meses entre el ejército del gobierno y Nusrah (así como algunos rebeldes del ”Ejército Sirio Libre”). En ese tiempo presencié algunos de los combates. ¿Habría mantenido el régimen sirio un centro de investigación de armas químicas que pudo haber caído con facilidad en manos de sus enemigos, en ese entonces o después? Si los estadunidenses tenían razón cuando dijeron el fin de semana que el centro de Barzeh era usado para la investigación, desarrollo, producción y prueba de armas químicas y biológicas, entonces el régimen corría graves riesgos antes o después de las batallas. Así pues, si los estadunidenses tenían razón, debió haberse hecho un arduo trabajo para cambiar la naturaleza de este complejo en los cinco meses pasados, desde la última vez que la OPAQ estuvo aquí.

Hoy día se acepta que la tristemente célebre fábrica de leche infantil de Bagdad era genuina, aunque el régimen iraquí puso un falso letrero en inglés sobre sus puertas devastadas para las cámaras de televisión, después del bombardeo. El único letrero junto al destruido complejo sirio es un gran retrato de Bashar al Assad con la leyenda “Todo para ustedes” escrita encima. En árabe.

Pero volvamos al león. El pobre Muttanabi fue asesinado al cabo del tiempo por un hombre al que había insultado en un poema. Su nombre –esperen a leer esto– era Dabbah al-Assadi. Sin parentesco, claro.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya
Periódico La Jornada (México)

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