Stiuso, sexo y extorsión

Por Ricardo Ragendorfer

El escándalo desatado por las palabras de Natacha Jaitt trae a la mesa la larga saga de extorsiones, sexo, balas y dinero sucio en la que siempre hay espías o ex espías involucrados, junto a jueces, políticos y “famosos”. Los senderos que cruzan a Martins, Macri y Stiuso.

El caos del significante. Así se podría definir la suma de causas y efectos que acumula el llamado “caso Jaitt”. En resumen: colgada de una pesquisa judicial sobre abusos a menores en clubes de futbol, una famosa ex stripper denuncia sin pruebas en un programa de TV a personajes ligados al poder por prácticas de pedofilia. Y confiesa que los escrutó por cuenta de una “empresa privada”. La asiste detrás de las cámaras una mujer enlazada al mundo de los espías. Se está, entonces, en presencia de un montaje que deja al desnudo otro conflicto: la autonomía de los servicios de inteligencia frente a las autoridades políticas de turno. Una historia que confirma el vínculo entre los fisgones del Estado, el negocio de la prostitución y el star system; algo que, en rigor, se remonta a la noche de los tiempos con fines oscilantes entre el infundio, la extorsión y los “carpetazos” basados en la sexualidad de sus víctimas.

Un ilustrativo ejemplo al respecto –ocurrido hace ya dos décadas– fue el “affaire Spartacus”, llamado así en alusión a un lupanar de homosexuales en la zona del Congreso. Su cénit: la difusión por TV de un video en donde se veía al juez federal Norberto Oyarbide coqueteando allí con un taxi boy disfrazado de vikingo. Aquellas imágenes habían sido filtradas por el “gerente” del lugar, Luciano Garbellano, un proxeneta inescrupuloso e impulsivo que supo instalar cámaras ocultas en las habitaciones. Lo cierto es que, entre otras calamidades, el asunto destapó una red de protección policial a prostíbulos encabezada por el jefe de la Superintendencia de Seguridad Personal, comisario Roberto Rosa, que involucraba al propio Oyarbide. El 24 de marzo de 1998, Garbellano fue baleado por desconocidos mientras conducía su automóvil hacia a Zarate. Le pegaron seis tiros. Por milagro, sobrevivió. Y el móvil del ataque no tardó en trascender: días antes había negociado la venta de su preciada “videoteca” –a razón de 50 mil dólares la unidad– con dos enviados de la SIDE. Y eso habría ofuscado de sobremanera a Rosa. Cabe destacar que uno de los interesados en dicha transacción resultó ser el hoy célebre Antonio Stiuso.

El Procurador de la causa de pedofilia

Fue la primera que vez que su identidad real saltaba a la luz pública. Y en medio del río de tinta que corrió a raíz del escándalo en cuestión, también emergieron otros nombres, tanto de espías como de proxenetas. O con ambos oficios a la vez. Entre estos últimos resaltaba un tal Raúl Martins Coggiola.

Si hay una vida que simboliza la utilización del sexo comercial para el acopio de datos sensibles, esa es la suya. Bien vale repasarla.
El rufián melancólico

Hubo un tiempo remoto en que Martins era otro: “Aristóbulo Manghi”. Así fue rebautizado en la SIDE. Tenía apenas 27 años y un espíritu locuaz, al que solía dar rienda suelta entre los parroquianos de Angelo’s, un pequeño bar en la esquina de Santa Fe y Laprida. Allí –según un testigo de esos días– decía dar clases de Historia en un secundario. Y provenir de una familia acomodada, de la cual –se jactaba– hasta heredaría un pequeño campo. Pero en más de una oportunidad, entonado por el whisky, solía revelar su verdadera ocupación.

La sombra de Stiuso llega hasta La Salada

Nadie sabe con exactitud por qué el único hijo de doña Cledis Precilla Coggiola, una madre severa y sobreprotectora, se enroló en el organismo de la calle 25 de Mayo. Pero sí trascendió que su solicitud de ingreso –recomendada por un teniente coronel amigo de la familia– fue presentada en 1973. Meses después salió su “nombramiento condicional” con categoría C-C33 IN 14, que en buen romance significa “agente secreto” con funciones operativas. Y fue destinado a la Base Bilinghurst.

Es justo reconocer que, como hombre de acción, lo suyo fue modesto. Sus primeras tareas fueron tomar fotografías de militantes en actos y marchas, durante los días previos al golpe de 1976. A partir de entonces, se dedicó al seguimiento de posibles “blancos de la lucha antisubversiva”. De ese modo se hizo diestro en el arte del “ovejeo” y la “capacha”, tal como en argot represivo se denominaban los dispositivos de vigilancia sobre las futuras víctimas.

Hay que aclarar que el personal de la Base Billinghurst tenía bajo su control el centro clandestino de detención Automotores Orletti, nada menos que la filial vernácula del Plan Cóndor. Allí hizo amistad con dos celebridades del terrorismo de Estado: Eduardo Ruffo y Aníbal Gordon. Allí también hizo excelentes migas con un muchacho de su edad: “El Lauchón”. Su nombre real: Pedro Tomás Viale. Incluso lo presentó en una oportunidad a sus contertulios de Angelo’s. Al restaurarse la democracia en diciembre de 1983, Martins dejó de frecuentar ese bar.

Tres años después renunció a la SIDE. Y al tiempo se transformó en el “Yabrán de la prostitución”, como a él le agrada que lo llamen. Hay quienes creen que en su conversión empresarial pudo haber dinero negro del aparato represivo de la última dictadura. Paralelamente –y quizás por hobby– retomó la docencia impartiendo clases de Historia e Instrucción Cívica en un colegio católico del cual su abuelo había sido rector. En una ocasión invitó al joven secretario de un juzgado correccional para dar una clase de sobre adicciones. Era nada menos que Norberto Oyarbide. Todo indica que ambos se conocían de otros claustros más festivos.

Vuelta al oscurantismo en la ex-SIDE

En tanto, sus burdeles prosperaban debido a su notable cintura para tal negocio. Y se dedicaba a esa actividad sin haber quebrado del todo su lazo con la SIDE. De allí reclutó dos estrechos colaboradores: su “culata” predilecto, Marcelo Gordon (hijo del ya fallecido Aníbal), y al agente Viale, quien seguía reportando en la central de espías a la Sección de Contrainteligencia. Y su jefe no era otro que Stiuso.

Entre otros menesteres, Viale se ocupaba de detectar si los teléfonos del patrón estaban intervenidos, además de pinchar los de sus enemigos. Por ello, cobraba una suculenta mesada, la cual solía endulzarse en caso de servicios especiales. Ya a fines de la primera década del nuevo siglo, alternó aquellos quehaceres con un emprendimiento personal: la instalación de un prostíbulo en Puerto Iguazú. Un proyecto ambicioso, dado que dicho establecimiento iba a funcionar en un edificio de cuatro plantas, con sala de juego, venta de drogas y hasta servicio de lavandería. Incluso tentó a Martins con asociarse. Pero él desistió porque no era su zona.

A su vez, el Lauchón investigaba por cuenta de “La Casa” –tal como se le dice a la SIDE– cuestiones vinculadas al narcotráfico. En aquel contexto, tal vez haya encarado otras iniciativas comerciales.

Por entonces Martens había expandido su imperio hacia la paradisíaca ciudad mexicana de Cancún. Allí se estableció con su mujer y brazo derecho, Estela Noemí Percival; los secundaba Gabriel Conde como encargado cargo del Mix Sky Lounge, el lupanar insignia del ex espía en esas latitudes.

El regreso de “Jaime”

Poco después, Martins tuvo que sobrellevar una crisis policíaco-familiar que también arrastró al Lauchón, no sin inquietar a Stiuso. Resulta que su hija, Lorena, lo había denunciado por “proxenetismo” y “trata de personas”.

A principios de 2012 el Lauchón fue acusado por Lorena de mandarle sicarios por cuenta del papá con el propósito de callarla para siempre. Luego, al ser increpado por la mujer –puesto que lo conocía desde niña–, Viale sólo atinó a esgrimir: “No sabía que estabas vos ahí”.

El azar jurídico quiso que la denuncia de Lorena cayera precisamente en el despacho del juez Oyarbide. Y el asunto quedó en la nada.

Pero Mauricio Macri quedó engranpado en el caso por su desafortunada visita al Mix Sky Lounge durante su luna de miel con Juliana Awada, para brindar con Conde, a cuyo papá supo tratar por ser dirigente de Boca. Recién a tres semanas de trascender tal velada, el entonces alcalde porteño esgrimió: “Parecía un boliche normal. No percibí nada raro. Eso sí, no era muy lindo”. Sin embargo su paso por la Riviera Maya deslizó la presunta existencia de aportes económicos para el PRO y sobornos al Gobierno de la Ciudad con fondos de Martins. Y el asunto también quedó en la nada.

El 9 de julio de 2013, don Raúl pasó la mañana en su hogar, un lujoso piso del condominio Mar Lago, en la zona hotelera de Cancún. Pero la súbita irrupción de su asistente quebró la quietud. Ese hombre le extendió un celular. Desde Buenos Aires le hablaba su abogado, Teodoro Álvarez, por una mala noticia: el confuso fallecimiento de Viale, acribillado durante el alba por el Grupo Halcón de La Bonaerense, al ser allanada su casaquinta de La Reja por una causa de drogas. Martins asimiló el asunto contemplando el mar Caribe por el ventanal. El sol sobre sus cejas lampiñas le daba un aire de reptil.

Stiuso no tuvo ninguna duda de que se trató de un ajuste de cuentas. Ni que detrás del crimen estaba su enemigo, el jefe de los “Patas Negras, Hugo Matzkin. Pero también masticaba otra certeza: los plomos que despenaron a su amigo y subordinado eran en realidad para él: en esa noche fatídica debió ir a la casaquinta de La Reja a reunirse con el Lauchón, cita que canceló a último momento. Problemas de agenda.
A brillar, mi amor

En aquel invierno el enfrentamiento de Stiuso con el gobierno kirchnerista ya era un secreto a voces. Y él sentía que su carrera comenzaba a tener fecha de vencimiento. De hecho, el asesinato de Viale agravó la situación al dejar a la intemperie su lazo con Martins y, por ende, la pata prostibularia de su ejército secreto. Los contratiempos se le acumulaban.

En esa misma época una mujer algo enceguecida recorría los programas televisivos de chimentos para responsabilizar al entorno del representante de modelos, Leandro Santos, por la muerte de Julieta Gómez. Ella integraba el staff de la agencia regenteada por aquel individuo, además de noviar con su hermano. Y se había suicidado en la quinta de él.

La acusadora era Natacha Jaitt.

¿En qué afectaba este asunto a Stiuso? Resulta que Santos –sobre quien en la actualidad pesa un pedido de extradición de la Justicia uruguaya por los delitos de “proxenetismo y explotación sexual de menores”– era nada menos que el hombre que proveía chicas de la noche al fiscal Alberto Nisman.

“Natacha no sabe con quién se mete y menos aún el poder que tenemos los Santos”, fueron entonces las palabras de don José, el padre de Leandro.

¿Acaso se refería al jefe de Contrainteligencia de la SIDE?

Lo cierto es que, tras el deceso del fiscal, su hijo cerró la agencia. Stiuso fue constreñido a dar un paso al costado para empezar así a operar desde la sombra del retiro. Y la SIDE fue reemplazada por la AFI. Pero la señorita Jaitt siguió brillando en los medios.

En noviembre del año pasado, durante una producción fotográfica para la revista Noticias, ella –según recordó su jefe de redacción, Edi Zunino– se mostró verborágica y, de pronto, dijo: “Hasta la SIDE me pide cosas”.

En ese marco se requiere una audacia casi suicida para usar a la voluble Natacha en una operación de inteligencia.

Había llegado al set de La noche de Mirtha con una parva de papeles, escoltada por su abogado, una ex espía y su hermano, Ulises, quien oficiaría como apuntador. Ya se sabe el cariz que tomaron los acontecimientos delante de las cámaras. Y los nombres que ella supo soltar.

No cabe ninguna duda de que el 30 de marzo se produjo en el programa de Mirtha Legrand un momento inolvidable de la televisión argentina.

Entre los invitados estaba un silencioso Guillermo Cóppola, cuyo único gesto no pasivo fue alcanzarle a Natacha una hoja que se le había traspapelado en el momento más picante de sus denuncias.

“Guillermo, vos estás en todo”, fueron sus palabras de agradecimiento. Era como si él sólo hubiera tenido la misión de contenerla con su presencia.

Al día siguiente circuló profusamente en las redes sociales un video filmado el año pasado a hurtadillas en el restaurante Río Alba, de Palermo; allí se lo ve a “Guillote” con un comensal de lujo: el mismísimo Stiuso.

El mundo es un pañuelo.

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