Sylvia Molloy: la casa de las palabras

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

“Después de todo. ¿En qué lengua soy?”. Esta es la frase final del libro “Vivir entre lenguas” (2016) de la escritora y académica argentina Sylvia Molloy radicada en EE.UU. desde hace ya muchos años. La obra plantea muchos temas interesantes para discutir y reflexionar en torno de las repercusiones que tiene en un sujeto (en este caso mujer) la posibilidad (producto del destino pero también de ciertas elecciones) de hablar varias lenguas y de vivir entre varias lenguas, esto es, la experiencia del polilingüismo. Y cuando digo “vivir entre varias lenguas” y no solo “saber varias lenguas” me refiero a que ese sujeto elige desplazamientos, circula a todo lo largo de su vida por espacios que naturalmente la ponen en contacto con ellas y la llevan a utilizarlas en distintos contextos, no sólo toponímicos sino también de distinta índole institucional o privada. Esa circulación obliga a una determinada clase de intercambio que lo singulariza.

Al comienzo afirma de sí, que “es trilingüe” o se “crió trilingüe”. Pero luego atenúa el énfasis. Porque en verdad la adquisición de esos idiomas fue sucesiva, gradual, como si hubiera sido bajo la forma de napas. Primero el español nativo, la lengua de los comienzos. Luego, alrededor de los tres años, su padre, hijo de inmigrantes irlandeses radicados en Argentina, comenzó a hablarle en inglés (en tanto sin embargo habla con su esposa en español). Finalmente, poco más tarde, adquirió “una nostalgia”: el francés perdido de su madre, inmigrante de esa ascendencia. Ese duelo por pérdida de lengua de la madre es recuperado por la hija bajo la forma de una reparación pero también merced al notable esfuerzo del estudio. Y de la puesta en juego de una serie de operaciones para ese aprendizaje que supondrán un esfuerzo notable y un “gasto».

El libro es una profunda, perspicaz y aguda indagación que vacila entre lo autobiográfico y lo ensayístico o, si así se prefiere, la meditación metalingüística. Ejemplos, casos, anécdotas, viñetas, sobre todo la recuperación de momentos, idas y vueltas en la temporalidad y naturalmente en el espacio, van marcando los compases de la historia de un origen y de varios aprendizajes exigentes que demanda el “ser habitado” y “hacer pie” en tres lenguas, en tres dominios: el convivir con ellas, el convivir “en ellas”, pese a que la intensidad de esas prácticas se manifieste con distinta dinámica en cada caso.

Pero no obstante, hay siempre una pérdida y una recuperación: giros, expresiones, frases hechas, vulgarismos, extranjerismos, barbarismos, incluso, que regresan de un modo espontáneo y hasta involuntario pero siempre esplendoroso, aunque descoloquen o desubiquen, no solo a la enunciadora sino a quien eventualmente la escucha. Es algo que la sume en el desconcierto por lo que pronuncia y por el asombro que le provoca. Como si fuera la lengua la que hablara por ella y no ella la que tomara la decisión de hacerlo. Pero ¿acaso no será así siempre? ¿acaso no seremos siempre hablados por la lengua sin ser conscientes de ello? Considero que algo de eso hay. La autora se descubre a sí misma en algún momento pronunciando una frase kitsch o evocando a un personaje de escandaloso mal gusto. Lo que comporta una suerte de oxímoron. Porque estamos ante una académica y una escritora destacadísima. De modo que este comportamiento no parece encajar con su índole. Pero ¿quién no se ha descubierto a sí mismo siendo vulgar sin, a la vez, no serlo?

En otros casos, lo que gana la partida son, en ese viaje a la infancia o a la adolescencia ciertos malentendidos, cuando se deja fascinar por expresiones que luego la desencantan al descubrir la verdadera formulación en su idioma originario de determinadas expresiones que había cargado de prestigio. O bien idealizado.

Porque si de algo habla esta libro es del modo perturbador en el que en un sujeto (en este caso podría arriesgar que la presencia potente de una autora/narradora Molloy) conviven dentro de sí pisando o bien firme o bien cayéndose en un delicado abismo del sentido, dos lenguas aprendidas con la materna o nativa. Y ese “hacer pie” en ocasiones la conduce, como dije, a trastabillar, tropezarse, derrumbarse o incluso lastimarse.

Está la lengua del estudio, la investigación y la docencia. Los “papers” y los libros (en los que en algunos casos ella se traduce a sí misma). Sus “tretas” para comenzarlos cuando está sumida en la parálisis o cuando el bloqueo la asalta es comenzarlos en inglés como una forma astuta de recurrir a formas que la despierten de esa parálisis creativa. Está la lengua del pasado, que remite también a una lengua fechada, antes de partir de Argentina (este es, recordémoslo, un libro en buena medida autobiográfico, por más que goza de ciertas máscaras). Y está esa lengua más de pasaje, también vinculada al estudio, que se sabe, se ha aprendido con una profesora en Buenos Aires primero y se ha terminado de consolidar en Francia, país en el que ha escrito su tesis doctoral. No obstante, esa misma tesis se ha construido, al igual que sus primeros borradores literarios, parcialmente, sobre fragmentos, robos, hurtos o préstamos a un director de tesis diestro, escribiendo frases en papelitos para luego apropiárselas y luego incorporarlos a ese documentos de carácter burocrático, como suelen ser las tesis. Por más que Molloy tiene un “tono” muy singular para escribir crítica que no se parece al de nadie que conozca. Y ello como todo tráfico, supone alguna clase de sanción que no vendrá del exterior sino de la condena inmisericorde con que ella asista a esa práctica. Una operación de contrabando. En otros casos, aparecían sintagmas que se le ocurrían o volvían a su memoria al momento de la escritura.

Hay un colmo que no quisiera dejar pasar: por ejemplo el instante privado en el que habla con sus mascotas, incluso con sus gallinas, dato ante el cual un amigo queda profundamente asombrado.

Y Molloy configura en este libro, una tradición rica, fecunda pero no exenta de conflictos (quizás el conflicto, dato interesante, sea inherente a la diglosia o a la poliglosia) y un catálogo, un estudio de casos similares al suyo (o parecidos, digamos), entre los cuales incluye a individuos tan dispares como Guillermo Enrique Hudson (William Henry Hudson, en verdad, cuando decide tomar la pluma), Elías Canetti, George Steiner, entre otros, son a quienes evoca que atravesaron por parecidas o similares experiencias, cada uno en su singularidad. Podríamos sumar, en un sentido distinto pero que también oscilaron entre lo creativo y lo académico (según los casos) en Francia a Julio Cortázar, Saúl Yurkievich y Arnaldo Calveyra. Por no mencionar a Héctor Bianciotti quien directamente cambió de lengua para escribir. Otro tanto en Italia el escritor argentino Juan Rodolfo Wilcock, quien también cambió al italiano su lengua literaria. En fin, los casos de la relación entre escritores y lengua literaria pueden multiplicarse y, en otro sentido, en algunos casos pueden estar rodeados de una lengua extranjera pero aún así escribir en la nativa.

Lo que podría imaginarse como un don, la clave de bóveda de un secreto, las llaves del reino para un mundo de puertas abiertas que de pronto se abren, de posibilidades infinitas y ante todo de una mirada optimista y axiológicamente connotada de modo positivo, contiene sus matices emotivamente ambiguos y contradictorios. Porque si bien se trata incuestionablemente de una destreza que puede ser pensada ante todo como ventaja y privilegio, adopta matices, tornasoles, contrastes porque, visto “de puertas adentro”, el bilingüismo o la poliglosia también se padecen. Esa zona de la intimidad más recóndita en la que, es cierto, hay tensiones y las culturas chocan porque los recuerdos han sido concebidos cubiertos, encapsulados según distintos tegumentos de propios de distintas lenguas. Incluso se llega en algunos casos al sufrimiento.

Ser “pescado” en su país, delatado por el acento lo sume al sujeto mujer en la alteridad, en la condición de “outisder” y, por lo tanto, en la ajenidad y, en el peor de los casos, el ostracismo. Hablar distinto es ya ser un extranjero y, por lo tanto, ser un intruso cuando no un invasor. Por más prestigio que connote la extranjería de esa lengua. Acudir a inevitables arcaísmos es otra de las formas que suelen ser delatoras. Hay menciones de marcas de productos comerciales que ya no existen o ya no circulan, motivo por el cual la autora/narradora se encuentra entonces tan obnubilada como consternada porque cobra consciencia del paso del tiempo en el marco de una diacronía de la cual ha quedado expulsada porque ha transcurrido en otro espacio. En efecto: el tiempo ha transcurrido en otro espacio. Ella no sabe que ha estado ocurriendo durante todos estos años en su patria natal desde el orden de lo lingüístico así como también ha sido y no al mismo tiempo una extranjera en EE.UU.

Finalmente, dentro de algunos hogares, se hablan tantas lenguas, incluso en el seno de una misma frase, circunstancia que provoca la frustración de quien por ajenidad de figura de “outsider”, podría elegir o el silencio o incluso el aprendizaje de una lengua otra.

Creo que este libro de Sylvia Molloy es un libro imprescindible. Revisa, como dije, desde las profundidades expresivas y las raíces más hondas (la zona más radical de todo ser humano y de un sujeto de cultura), su identidad de extranjería cuando se es “rico de lenguas” y no pobre de ellas (pero no necesariamente experimenta el confort, el bienestar de esa riqueza, tal como lo señalé). Atenta tanto a las paradojas (las suyas y las de mundo) junto con una tópica de los idiomas que la alojan y la alejan de su domicilio en EE.UU. porque es una extranjera allí radicada. Hilando fragmentos de la historia de un sujeto mujer deshilachados, Molloy construye o, en todo caso, deconstruye y reconstruye una identidad. La oriunda de su patria natal porque es una expatriada. Y la de Francia, donde permaneció transitoriamente, porque es la patria de la instrucción, de la formación o del estudio. En tanto EE.UU. es la del trabajo y, parcialmente, la otra también del estudio ¿dónde alojarse con comodidad entonces? Es una pregunta que queda en suspenso, sin respuesta. Ese permanecer como pregunta tal vez sea la más interesante clave del libro. Precisamente, su silencio. Ese habitar una suerte de limbo en el cual se procuro no hablar demasiado o directamente no hablar pero no ser extranjero en ninguna parte. Pero se necesita hablar. No se puede dejar de hablar o escribir. Es entonces cuando uno deja se convierte, en el caso de Molloy, en una extranjera donde quiera que esté.

En esas lenguas ella se siente hospedada (más o menos hospitalariamente) en la casa de las palabras. En sus distintos recintos, más o menos recónditos, ella busca sus recovecos hasta encontrar el más cómodo para poder moverse, porque debe hallar su madriguera así como en los jardines los niños construyen sus casitas de madera para jugar como pequeños refugios. El juego en este caso sería la escritura. No porque escribir sea “un juego de niños”. Sino porque se trata de la actividad creativamente más primordial. En ese espacio escribe y guarda su escritura la autora, probablemente en la casa de la infancia, lo pienso ahora, desde allí escribe y, por sobre todo, lo hace la sede de su escritura: la de su literatura. La literatura es el espacio por excelencia de la privacidad y de lo más irreductible de la experiencia. “Su casa” es hacer con el lenguaje (español) un espacio que la albergue al mismo tiempo que lo va construyendo.

La escritura (postulo) es una patria. Porque escribir es hacerlo en una lengua. Y, analógicamente, es hacerlo desde un espacio simbólico singular pero también material. Quiero decir: toda lengua remite a una toponimia que también se despliega en la temporalidad (como vimos). Aún siendo aprendida con maestros o transmitida de modo informal. De modo que la escritura literaria efectivamente considero que es el lugar en el que Sylvia Molloy se encuentra no sólo más a gusto sino más a salvo. Porque tantas lenguas suponen la metabolización de muchos sentidos que difícilmente el sujeto de la enunciación está en condiciones de procesar. Experiencias que atraviesan desde el miedo a la angustia. Pueden ser experimentados bajo la forma de una amenaza. Así, la escritura procede a permitir que desde la inteligibilidad de un texto en el momento de su producción el sujeto quede fijado en un valor expresivo y, por lo tanto, en un código que remite a una tópica interna y externa. Esa tópica lo aloja, lo localiza y lo sitúa. Leo entonces la escritura literaria en el caso de Sylvia Molloy como “el hogar de las palabras”. Ese espacio/tiempo que no lo es y porque no está discriminado precisamente sino por fuera de de ellos (al igual que el inconsciente). En esos términos sí permite la posibilidad de que un sujeto de la enunciación encuentre un momento y un lugar para ser completados, totalmente (al menos durante un tiempo, el necesario). Y que ese sujeto puede ser lo que es y lo que ejerce.

Allí ya no se siente una apátrida. Allí quizás pise con pie firme de manera definitiva, total, fatalmente, pero también feliz siendo al menos durante la concepción y organización de esos signos y sus significados, definitivamente monolingüe. Se es en una lengua, entonces, cuando se escribe de una vez y para siempre, la literatura. La que leemos. La que leemos en un español atravesado por la experiencia previa de una intersección con otras lenguas. El resultado es espléndido. Una convivencia selectiva que hace que esa elección sea, también, un regreso en el que se desanda la propia historia hasta la casa de las palabras.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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